Queneau y los amantes ilícitos

José Luis Barrera

 

 

 

 

En la secundaria conocí a un profesor de Física que, orondo, paseaba su idiotez por los pasillos del colegio, los patios e incluso por la cafetería. Con su dedo índice manchado de tinta de marcador para pizarrón blanco apuñalaba a los estudiantes, al tiempo que repetía “¡el que sabe, sabe; si no, Sociales!” Cualquiera que optara por Literatura o Historia era, para él, un perfecto cretino.

Ese mismo año, tuve como profesor de Lengua a un tipo que advertía a los colegiales: “yo detesto la Literatura y si la estudié es por no haber aprobado el ingreso a Medicina”.

Afortunadamente, ninguno de estos personajes tuvo el menor influjo en mí y los recuerdo apenas como una humorada de la vida o como a polichinelas que se mueven entre brumas insubstanciales de la memoria.

Sin embargo, si estas criaturas de la oscuridad hubieran conseguido su objetivo, jamás habría vuelto a tocar un libro, impidiéndome conocer la obra de Raymond Queneau (El Havre, 1903), escritor francés de esos que ya no se hacen: experimental, brillante, juguetón, con gran sentido del humor.

Se podría decir millones de cosas al respecto de la obra del francés, pues jugó con los géneros como se le dio la gana.

Hizo burla del erotismo en las Obras completas de Sally Mara, pero con tal seriedad que se dio el lujo de filtrar crítica política entre una y otra levantada de falda (Ítalo Calvino quedó incrédulo y horrorizado). También se metió con la psicología infantil en su novelita Zazie en el metro o con la poesía y el surrealismo en El instante fatal

Nada le pareció inalcanzable, su capacidad intelectual le permitía escurrirse entre los recovecos más oscuros o extraños de la lengua para solazar o sorprender.

Como Dios sí juega a los dados, en un coloquio en el norte de Francia, Queneau se cruzó con el matemático François Le Lionnais (París, 1901), quien, en el mundo de los números, quería practicar experimentos análogos a los que el escritor hacía con las letras.

Ambos fundaron, unos meses más tarde, el Taller de Literatura Potencial o, simplemente, Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle), unificando preocupaciones, estandarizando experimentos.

Queneau agarró de las matemáticas la teoría de probabilidad y se puso a jugar con sonetos o anécdotas del metro y al estilo de un personaje de Borges que sacó una pieza del ajedrez para comprobar que era imposible jugar sin ella, el francés extraía las vocales de las palabras o las cambiaba por uves.

A un despistado como mi profesor de Física, esto le habría parecido un desperdicio de tiempo, pero Le Lionnais y Queneau comprendían que las matemáticas y el arte no están divorciados (los pitagóricos ya lo sabían mucho antes) y también se dieron cuenta que una y otra disciplina podían prestarse herramientas para alcanzar niveles de conocimiento superior.

La idea que se escondía tras este romance ilícito entre la literatura y los números era sacarse a patadas de la zona de confort para enfrentar el mayor miedo de cualquier creador (en ciencia o en arte): la falta de ideas.

Oulipo nunca buscó transformarse en un movimiento literario ni crear una escuela, su objetivo fue buscar técnicas nuevas que ayudaran a los creadores a luchar contra ese monstruo de la hoja en blanco, de modo que cuando la imaginación abandonara al escritor, este podría recurrir a los juegos, estimulando su cerebro y su creatividad.

Los profesores de cualquier disciplina tal vez deberían intentarlo. Las ciencias y las artes se vuelven inaccesibles para los estudiantes porque están cubiertas con el manto de lo hermético y lo cierto es que los científicos como Einstein o los artistas como Queneau eran grandes humoristas a los que, aunque lo negaran, les encantaba jugar a los dados.

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