La muerte en Venecia (I)

Thomas Mann

 

 

 

I

Von Aschenbach, nombre oficial de Gustavo Aschenbach a partir de la celebración de su cincuentenario, salió de su casa de la calle del Príncipe Regente, en Munich, para dar un largo paseo solitario, una tarde primaveral del año 19… La primavera no se había mostrado agradable. Sobreexcitado por el difícil y esforzado trabajo de la mañana, que le exigía extrema preocupación, penetración y escrúpulo de su voluntad, el escritor no había podido detener, después de la comida, la vibración interna del impulso creador, de aquel motus animi continuus en que consiste, según Cicerón, la raíz de la elocuencia. Tampoco había logrado conciliar el sueño reparador, que le iba siendo cada día más necesario, a medida que sus fuerzas se gastaban. Por eso, después del té, había salido, con la esperanza de que el aire y el movimiento lo restaurasen, dándole fuerzas para trabajar luego con fruto.

Principiaba mayo, y, tras unas semanas de frío y humedad, había llegado un verano prematuro. El «Englischer Garten» tenía la claridad de un día de agosto, a pesar de que los árboles apenas estaban vestidos de hojas. Las cercanías de la ciudad se inundaban de paseantes y carruajes. En Anmeister, adonde había llegado por senderos cada vez más solitarios, se detuvo un instante para contemplar la animación popular de los merenderos, ante los cuales habían parado algunos coches. Desde allí, y cuando el sol comenzaba ya a ponerse, salió del parque atravesando los campos. Después, sintiéndose cansado, como el cielo amenazase tormenta del lado de Foehring, se quedó junto al Cementerio del Norte esperando el tranvía, que le llevaría de nuevo a la ciudad, en línea recta.

No había nadie, cosa extraña, ni en la parada del tranvía ni en sus alrededores. Ni por la calle de Ungerer, en la cual los rieles solitarios se tendían hacia Schwalimg. Ni por la carretera de Foehring se veía venir coche ninguno. Detrás de las verjas de los marmolistas, ante las cuales las cruces, lápidas y monumentos expuestos a la venta formaban un segundo cementerio, no se movía nada. El bizantino pórtico del cementerio, se erguía silencioso, brillando al resplandor del día expirante. Además de las cruces griegas y de los signos hieráticos pintados en colores claros, se veían en el pórtico inscripciones en letras doradas, ordenadas simétricamente, que se referían a la otra vida, tales como «Entráis en la morada de Dios» o «Que la luz eterna os ilumine». Aschenbach se entretuvo durante algunos minutos leyendo las inscripciones y dejando que su mirada ideal se perdiese en el misticismo de que estaba penetrada, cuando de pronto, saliendo de su ensueño, advirtió en el pórtico, entre las dos bestias apocalípticas que vigilaban la escalera de piedra, a un hombre de aspecto nada vulgar que dio a sus pensamientos una dirección totalmente distinta.

¿Había salido de adentro por la puerta de bronce, o había subido por fuera sin que Aschenbach lo notase? Sin dilucidar profundamente la cuestión, Aschenbach se inclinaba, sin embargo, a lo primero. De mediana estatura, enjuto, lampiño y de nariz muy aplastada, aquel hombre pertenecía al tipo pelirrojo, y su tez era lechosa y llena de pecas. Indudablemente, no podía ser alemán, y el amplio sombrero de fieltro de alas rectas que cubría su cabeza le daba un aspecto exótico de hombre de tierras remotas. Contribuían a darle ese aspecto la mochila sujeta a los hombros por unas correas, un cinturón de cuero amarillo, una capa de montaña, pendiente de su brazo izquierdo, y un bastón con punta de hierro, sobre el cual apoyaba la cadera.

Tenía la cabeza erguida, y en su flaco cuello, saliendo de la camisa deportiva, abierta, se destacaba la nuez, fuerte y desnuda. Miraba a lo lejos con ojos inexpresivos, bajo las cejas rojizas, entre las cuales había dos arrugas verticales, enérgicas, que contrastaban singularmente con su nariz aplastada. Así —quizá contribuyera a producir esta impresión el verlo colocado en alto— su gesto tenía algo de dominador, atrevido y violento. Y sea que se tratase de una deformación fisonómica permanente, o que, deslumbrado por el sol crepuscular, hiciese muecas nerviosas, sus labios parecían demasiado cortos, y no llegaban a cerrarse sobre los dientes, que resaltaban blancos y largos, descubiertos hasta las encías.

¿Aschenbach pecaba de indiscreción al observar así al desconocido en forma un tanto distraída y al mismo tiempo inquisitiva? En todo caso, de pronto notó que le devolvía su mirada de un modo tan agresivo, cara a cara, tan abiertamente resuelto a llevar la cosa al último extremo, tan desafiadoramente, que Aschenbach se apartó con una impresión penosa, comenzando a pasear a lo largo de las verjas, decidido a no volver a fijar su atención en aquel hombre. En efecto, minutos después lo había olvidado. Pero, bien porque el aspecto errante del desconocido hubiera impresionado su fantasía, o por obra de cualquier otra influencia física o espiritual, lo cierto es que de pronto advirtió una sorprendente ilusión en su alma, una especie de inquietud aventurera, un ansia juvenil hacia lo lejano, sentimientos tan vivos, tan nuevos o, por lo menos, tan remotos, que se detuvo, con las manos en la espalda y la vista clavada en el suelo, para examinar su estado de ánimo.

Era sencillamente deseo de viajar; deseo tan violento como un verdadero ataque, y tan intenso, que llegaba a producirle visiones. Su imaginación, que no se había tranquilizado desde las horas del trabajo, cristalizó en la evocación de un ejemplo de las maravillas y espantos de la tierra que quería abarcar en una sola imagen. Veía claramente un paisaje: una comarca tropical cenagosa, bajo un cielo ardiente; una tierra húmeda, vigorosa, monstruosa, una especie de selva primitiva, con islas, pantanos y aguas cenagosas; gigantescas palmeras se alzaban en medio de una vegetación lujuriante, rodeadas de plantas enormes, hinchadas, que crecían en complicado ramaje; árboles extrañamente deformados hundían sus raíces hacia el suelo, entre aguas quietas de verdes reflejos y cubiertas de flores flotantes, de una blancura de leche y grandes como bandejas.

Pájaros exóticos, de largas zancas y picos deformes, se erguían en estúpida inmovilidad mirando de lado, y por entre los troncos nudosos de la espesura de bambú brillaban los ojos de un tigre al acecho… Su corazón comenzó a latir aceleradamente, movido de temor y de oscuras ansias. Al cabo de un rato, se pasó la mano por la frente y continuó su paseo por delante de las marmolerías.

Por lo menos, desde que tuvo a su alcance medios para aprovechar a su antojo las facilidades de comunicación, no había considerado el viaje sino como una medida higiénica, que en ocasiones tuvo que emplear aun contra sus deseos e inclinaciones. Preocupado excesivamente por los problemas que le ofrecía su propio yo, su alma europea, sobrecargada por el impulso creador y con escasa inclinación a dispersarse para sentir la atracción del complejo mundo interior, se había conformado con la idea general que todos nos hacemos de la superficie de la tierra sin apartarnos gran cosa de nuestro círculo, y ni siquiera había intentado nunca salir de Europa. Además, desde que su vida había iniciado el descenso lento, desde que su temor de artista de no acabar su obra, de que llegase su última hora antes de que realizara lo suyo, sin haber producido cuanto en su interior fermentaba, desde que su preocupación creadora había dejado de ser preocupación caprichosa de un instante, su vida exterior se había limitado casi exclusivamente a deslizarse dentro de la hermosa ciudad en que fijara su residencia y a escapar de vez en cuando hacia la recia casa de campo que hizo construir en la montaña, donde pasaba los veranos lluviosos.

En efecto, aquel impulso oscuro que tan inesperada y tardíamente le acometía, fue pronto dominado y reducido a justas proporciones por la razón y por el dominio de sí mismo, adquirido a fuerza de ejercicios.

Se había propuesto llegar, antes de irse al campo, hasta un punto determinado en la obra que entonces le absorbía. El pensamiento de un viaje por el mundo, que por fuerza tendría que ocuparle demasiado tiempo, le parecía cosa absurda contraria a sus planes e indigna de ser tomada en consideración. Sin embargo, comprendía perfectamente la razón de aquellos súbitos deseos. Era un ansia indudable de huir, ansia de cosas nuevas y lejanas, de liberación, de descanso, de olvido. Era el deseo de huir de su obra, del lugar cotidiano, de su labor obstinada, dura y apasionada. Cierto que la amaba y que casi amaba ya también la lucha renovada todos los días, entre su voluntad orgullosa y terca, probada ya muchas veces, y aquel agotamiento creciente que nadie debía sospechar, y del cual no podía quedar en su obra huella alguna. Pero parecía razonable no aumentar demasiado la tensión del arco ni ahogar por capricho un ansia tan vivamente sentida. Pensó en su labor, pensó en aquel pasaje que en todo tiempo había tenido que abandonar, sin que le valiesen su paciente esfuerzo ni sus atrevidos ímpetus. La examinó una vez más, tratando de vencer o desviar el obstáculo, y, con un estremecimiento de impotencia, hubo de confesarse vencido. Lo que le molestaba no era una dificultad insuperable, sino cierta falta de complacencia en su obra, que se le manifestaba como disconformidad. Cierto es que desde joven, la disconformidad había sido para él la íntima naturaleza, la esencia del talento, y que por ello había dominado y enfriado el sentimiento, sabiendo que éste se inclina a satisfacerse con un «poco más o menos» optimista y con una semiperfección.

¿No sería que el sentimiento así dominado se vengaba abandonándole, negándose a animar su arte, anulando de esa manera toda complacencia, todo encanto en la forma y en la expresión? No es que produjese cosas malas; los años le habían traído la ventaja de encontrarse cada vez más dueño y más seguro de su destreza. Pero, mientras la nación rendía acatamiento a esta maestría, él no estaba satisfecho por ello. Y era como si a su obra le faltase el fervor de esa alegría ágil que, como ninguna otra cualidad, produce el encanto del público. Le temía al veraneo en el campo, solo, en la reducida casa, con la muchacha que le preparaba la comida y el criado que servía la mesa; tenía miedo de las siluetas, conocidas hasta la saciedad, de las cimas y laderas de las montañas, que, como todos los años, serían testigos de su cansancio y su desasosiego. Necesitaba un cambio, una vida imprevista, días ociosos, aire lejano, sangre nueva. Así, el verano sería fecundo y productivo.

Había que emprender, pues, un viaje. No muy lejos, no hasta los lugares de los tigres precisamente. Bastaría con una noche en cada cama, y un descanso de tres o cuatro semanas en una playa cualquiera del Mediodía deleitable…

Así pensaba, mientras el ruido del tranvía iba acercándose por la calle de Angerer. Ya subiendo al vehículo, decidió consagrar la noche al estudio del mapa y de la guía de ferrocarriles. Al encontrarse en la plataforma, se le ocurrió buscar al hombre exótico que había visto hacía algunos instantes, y que había tenido ya cierta trascendencia para él. Pero no pudo verlo, pues aquél no se encontraba ni junto al pórtico ni en la parada ni tampoco en el coche.

II

El autor de la fuerte y luminosa epopeya de Federico II; el paciente artista que había tejido, en obstinada labor, el tapiz novelesco titulado Maía, tan rico en figuras y en el cual se congregaban tantos destinos humanos a la sombra de una idea; el creador de aquella fuerte narración titulada Un miserable, que mostró a toda la juventud la posibilidad de una decisión moral más allá del más profundo conocimiento; el autor también del apasionado ensayo Espíritu y Arte (con esto quedan sucintamente enumeradas las obras de su edad madura), cuya fuerza ordenadora y cuya elocuencia hizo que ciertos críticos autorizados lo colocaran al nivel de la obra de Schiller en el terreno de la poesía ingenua y sentimental, Gustavo Aschenbach había nacido en L., capital de distrito de la provincia de Silesia. Hijo de un alto funcionario judicial, sus ascendientes fueron funcionarios públicos, hombres que habían vivido una vida disciplinaria y sobria, al servicio del Estado y del rey. La espiritualidad de la familia había cristalizado una vez en la persona de un pastor. En la generación precedente, la sangre alemana de sus antepasados se mezcló con la sangre más viva y sensual de la madre del escritor, hija de un director de orquesta bohemio.

De ella provenían los rasgos extranjeros que podían notarse en el aspecto exterior de Aschenbach.

La combinación de ese espíritu de rectitud profesional con los ímpetus apasionados y oscuros provenientes de su ascendencia materna, habían producido un artista, el artista singular que se llamaba Gustavo Aschenbach.

Como su naturaleza iba impulsada enteramente hacia la gloria, sin ser un escritor precoz precisamente, pronto apareció ante el público, maduro y formado, gracias a la decisiva y definida personalidad de su genio. Cuando apenas había dejado el gimnasio poseía ya un nombre. Diez años más tarde había aprendido a desempeñar una función desde la mesa de su despacho: la de administrar su gloria manteniendo una correspondencia, que debía ser limitada (¡tantos son los que acuden a los favorecidos de la fortuna!) para ser sustanciosa y digna de su nombre. A los cuarenta años, cansado de los esfuerzos y alternativas de su profesión de escritor, ocupaba ya un puesto entre la intelectualidad mundial, que diariamente le manifestaba su afecto y reconocimiento en todos los países.

Su genio, apartado por igual de lo vulgar y de lo excéntrico, era de la índole más apropiada para conquistar, al mismo tiempo, la admiración del gran público y el interés animador de las minorías selectas. Acostumbrado desde muchacho al esfuerzo, y al esfuerzo intenso, no había disfrutado nunca del ocio ni conoció la descuidada indolencia de la juventud. A los treinta y cinco años de edad cayó enfermo en Viena. Un fino observador decía por entonces, hablando de él en sociedad: «Aschenbach ha vivido siempre así —y cerraba fuertemente el puño de la mano izquierda—. Nunca así —y dejaba colgar indolentemente la mano abierta.» Esto era exacto, y el valor moral probado por ello era tanto mayor, cuanto que su naturaleza no era robusta ni mucho menos, y no había nacido para ejecutar esfuerzos de suprema tensión.

Su delicada complexión hizo que los médicos le excluyesen durante su niñez de la asistencia a la escuela, por lo cual disfrutó una educación casera. Había crecido así, aislado, sin amigos, dándose cuenta prematuramente de que pertenecía a una generación en la cual escaseaba, si no el talento, sí la base fisiológica que el talento requiere para desarrollarse; a una generación que suele dar muy pronto lo mejor que posee y que rara vez conserva sus facultades actuantes hasta una edad avanzada. Pero su lema favorito fue siempre resistir, y su epopeya de Federico no era sino la exaltación de esta palabra, que le parecía el compendio de toda virtud pasiva. Y deseaba ardientemente llegar a viejo, pues siempre había creído que sólo es verdaderamente grande y realmente digno de estima el artista a quien el Destino ha concedido el privilegio de crear sus obras en todas las etapas de la vida humana.

Por eso, como la carga de su talento tenía que ir sobre unos hombros débiles, y como quería llegar lejos, necesitaba una extremada disciplina. Y la disciplina era, por fortuna, una parte de su herencia paterna. A los cuarenta, a los cincuenta años, lo mismo que antes, a la edad en que otros descuidan sus facultades, sueñan y aplazan tranquilamente la ejecución de grandes planes, él comenzaba temprano la jornada cotidiana, dándose una ducha de agua fría, y luego, alumbrándose con un par de velas altas en el candelabro de plata, a solas con su manuscrito, brindaba al arte en dos o tres horas de intenso y concentrado trabajo mental, las fuerzas que había acumulado durante el sueño. Atestigua realmente la victoria de su robustez moral el hecho de que sus desconocidos lectores creyesen que el mundo de su novela Maía, o las figuras épicas entre las que desarrollaba la vida heroica de Federico, procedían de una inspiración súbita y habían sido creados en momentos de extraordinaria fuerza de expresión. Pero, en realidad, la grandeza de toda su obra estaba hecha de un minucioso trabajo cotidiano; era la resultante de cientos de inspiraciones breves, y debía la excelsa maestría de la concepción total y de cada uno de los detalles al hecho de que su creador, con tenacidad y energía semejantes a las del héroe que conquistara su provincia natal, supo perseverar años y años bajo la tensión de una misma obra, consagrando a la labor de ejecución, propiamente dicha, sus horas más preciosas e intensas.

Para que cualquier creación espiritual produzca rápidamente una impresión extraña y profunda, es preciso que exista secreto parentesco y hasta identidad entre el carácter personal del autor y el carácter general de su generación. Los hombres no saben por qué les satisfacen las obras de arte. No son verdaderamente entendidos, y creen descubrir innumerables excelencias en una obra, para justificar su admiración por ella, cuando el fundamento íntimo de su aplauso es un sentimiento imponderable que se llama simpatía. Aschenbach había escrito expresamente, en un pasaje poco conocido de sus obras, que casi todas las cosas grandes que existen son grandes porque se han creado contra algo, a pesar de algo: a pesar de dolores y tribulaciones, de pobreza y abandono; a pesar de la debilidad corporal, del vicio, de la pasión. Eso era algo más que una observación: era el resultado de una experiencia íntimamente vivida por él, la fórmula de su vida y de su gloria, la clave de su obra. ¿Por qué había de extrañar, entonces, el hecho de que lo más peculiar de las figuras por él creadas tuviera su carácter moral?

Ya desde sus comienzos, un agudo crítico, al hablar del tipo de héroe preferido por Aschenbach, y que dominaba toda su obra, había escrito que «podía imaginarse como un tipo de intrepidez varonil, de inteligencia y juventud, que, poseído de altivo rubor, se yergue, inmóvil, apretando los dientes, mientras su cuerpo sufre traspasado por lanzas y espadas». Esta observación resultaba muy bella, muy ingeniosa y muy exacta, a pesar de la excesiva pasividad atribuida al héroe. Porque la serenidad en medio de la desgracia, y la gracia en medio de la tortura, no son sólo resignación; son también actividad y encierran un triunfo positivo. La figura de san Sebastián es por eso la imagen más bella, si no de todo el arte, por lo menos del arte a que aquí se hace referencia. Así, penetrando en el mundo creado por las obras de Aschenbach, se veía el elegante dominio del autor, el dominio de sí mismo, que esconde hasta el último momento a los ojos del mundo fisiológico. La fealdad amarillenta, que logra convertir en puro resplandor el rescoldo apagado que en su interior alienta y que lega a las cumbres más excelsas del reino de la belleza, es igual a la pálida impotencia, que del fondo ardiente del alma saca las fuerzas suficientes para obligar a un pueblo descreído a arrojarse a los pies de la cruz, a «sus» pies. Nada tienen que hacer con eso la amable apostura al servicio vacío y severo de la forma, la vida artificial y aventurera, el ansia y el arte enervadores del falsificador nato. Considerando estos aspectos y otros semejantes, uno llega a dudar de que haya otro heroísmo que el heroísmo de la debilidad. Y, en todo caso, ¿qué especie de heroísmo podría ser más de nuestro tiempo que éste? Aschenbach era el poeta de todos aquellos que trabajaban hasta los límites del agotamiento, de los abrumados, de los que se sienten caídos aunque se mantienen erguidos todavía, de todos estos moralistas de la acción que, pobres de aliento y con escasos medios, a fuerza de exigir a la voluntad y de administrarse sabiamente, logran producir, al menos por un momento, la impresión de lo grandioso. Estos hombres abundan en todas partes, son los héroes de la época. Y todos se encontraban reflejados en su obra; se hallaban afirmados, ensalzados, cantados en ella: por eso difundían agradecidos la gloria del autor. Había sido joven y brutal, como la época, y mal aconsejado por ella, había cometido públicamente inconveniencias, poniéndose en ridículo, pecando contra el acto y el buen gusto de palabra y de obra. Pero luego había adquirido aquella dignidad a la cual, según sus propias palabras, tiende espontáneamente todo gran talento, con innato impulso. Podía afirmarse por eso que todo el desarrollo de su personalidad había consistido en ascender hasta esa actitud digna, de manera consciente y tenaz, contra todos los obstáculos de la duda y todos los filos de la ironía.

Las masas burguesas se regocijaban con las figuras acabadas, sin vacilaciones espirituales; pero la juventud apasionada e iconoclasta se siente atraída por lo problemático. Y Aschenbach era problemático después de haber sido todo lo irreverente que puede ser un muchacho.

Sin embargo, parece que un espíritu noble y vigoroso no se acoraza tanto contra nada como contra el encanto amargo, punzante, del conocimiento. Y es lo cierto que la escrupulosa profundidad del joven no tiene casi fuerza cuando se la compara con la decisión inquebrantable del hombre maduro, elevado ya a la categoría de maestro, de negar el saber, de rechazarlo, de dejarlo atrás con la cabeza erguida, siempre que se corra el riesgo de que ello pueda paralizar, desanimar, desvanecer la voluntad, el impulso de acción, el sentimiento y hasta la misma pasión. Su famosa narración titulada Un miserable sólo podía interpretarse como expresión de la repugnancia contra el indecoroso funcionamiento psíquico de la época, simbolizado en la figura de aquel semipícaro estúpido y morboso que busca su tragedia arrojando a su mujer en brazos de un adolescente, por impotencia, por vicio, por veleidad moral, y que cree tener derecho a hacer cosas indignas so pretexto de profundidad de pensamiento. El ímpetu de la frase con que reprobaba lo reprobable que podía haber en él, significaba la superación de toda incertidumbre moral, de toda simpatía con el abismo, la condenación del principio de la compasión, según el cual comprenderlo todo es perdonarlo todo, y lo que aquí se preparaba, y en cierto modo se realizaba ya acabadamente, era aquel Milagro de la inocencia renovada, del que se hablaba un poco más tarde de un modo declarado, pero no sin cierto acento misterioso, en uno de los diálogos del autor. ¡Extrañas asociaciones! ¿Fue consecuencia de ese «renacimiento», de esa nueva dignidad y rigor, el hecho de que se observase, casi por la misma época, el extraordinario vigor de su sentido de la belleza, y se apreciase en él la pureza, sencillez y equilibrio aristocrático de la forma, de esta forma que en adelante prestará a todas sus creaciones un sello tan visible de maestría y clasicismo? Pero la decisión moral, más allá de todo saber, de todo conocimiento disolvente y apático, ¿no significa al mismo tiempo una simplificación moral del mundo y del alma, y, por consiguiente, una propensión al mal, a lo prohibido, a lo moralmente prohibido? Y la forma, a su vez, ¿no presenta un doble aspecto? ¿No es moral e inmoral a la vez: moral como resultado y expresión del esfuerzo disciplinado, pero amoral, e incluso inmoral, puesto que encierra por naturaleza una indiferencia moral y porque, más aún, aspira esencialmente a humillar lo moral bajo su ceño orgulloso y despótico?

Pero, sea lo que fuere, cada artista tiene su desarrollo peculiar. ¿Cómo no ha de ser diverso el de aquel que va acompañado del aplauso y la confianza de la muchedumbre, junto al de quien pasa sin el brillo y el halago de la gloria? Sólo los bohemios incorregibles encuentran aburrido, y les parece cosa de burla, el hecho de que un gran talento salga de la larva del libertinaje, se acostumbre a respetar la dignidad del espíritu y adquiera los hábitos de un aislamiento lleno de dolores y luchas no compartidas, de un aislamiento que le ha deparado el poder y la consideración de las gentes.

Por lo demás, ¡cuánto hay de juego y de placer en la formación de un talento en la soledad!

Con el tiempo, las obras de Gustavo Aschenbach adquirieron cierto carácter oficial, didáctico; su estilo perdió las osadías creadoras, los matices sutiles y nuevos; su estilo se hizo clásico, acabado, limado, conservador, formal, casi formulista. Como Luis XIV, suprimió además toda palabra ordinaria en sus escritos. Por esa época se incluyeron escritos suyos en las Antologías de lectura para uso de las escuelas. Esto estaba en armonía con su evolución. Por eso, al cumplir los cincuenta años, cuando un príncipe alemán que acababa de subir al trono le concedió el título de noble, por ser autor de Federico, él no lo rechazó.

Después de largos años de vida inquieta, después de haber intentado fijar aquí y allá su residencia, se estableció por fin en Munich, donde llevaba una vida de burgués, considerado y respetado. El matrimonio que contrajo en su juventud con una muchacha de familia de profesores no duró mucho tiempo, pues la esposa murió poco después, tras una breve dicha conyugal. Le había quedado una hija, que estaba ya casada. No había tenido ningún hijo varón.

Gustavo von Aschenbach era de estatura poco menos que mediana, más bien moreno, e iba afeitado completamente. Su cabeza no estaba proporcionada a su desmedrado cuerpo. El cabello, peinado hacia atrás, algo escaso en el cráneo y muy abundante y bastante gris en las cejas, servía de marco a una frente amplia. Unos lentes de oro con los cristales al aire oprimían el puente de la nariz, recia, noblemente curvada. La boca era carnosa, tan pronto floja como estrecha y apretada. Las mejillas, flacas y hundidas, y la barba partida, bien formada en suave ondulación. Sobre la cabeza, generalmente inclinada en una postura doliente, parecían haber pasado grandes tormentas. Sin embargo, era sólo el arte lo que había retocado su fisonomía, como sólo suele hacerlo una vida llena de emociones y aventuras. Debajo de aquella frente se habían forjado las frases chispeantes de la conversación entre Voltaire y Federico acerca de la guerra. Aquellos ojos, que miraban cansados tras los cristales de los lentes, habían visto el sangriento horror de los lazaretos de la guerra de los Siete Años. El arte significaba, para quien lo vive, una vida enaltecida; sus dichas son más hondas y desgastan más rápidamente; graba en el rostro de sus servidores las señales de aventuras imaginarias, y el artista, aunque viva exteriormente en un retiro claustral, se siente al fin y al cabo poseído de un refinamiento, un cansancio, y una curiosidad de los nervios, más intensos de los que puede engendrar una vida llena de pasiones y goces violentos.

III

Decidido ya el viaje, algunos asuntos de carácter social y literario retuvieron a Gustavo en Munich durante dos semanas después de aquel paseo. Al fin, un día dio orden de que se le tuviera dispuesta la casa de campo para dentro de cuatro semanas, y una noche, entre mediados y fines de mayo, tomó el tren para Trieste. En dicha ciudad se detuvo sólo veinticuatro horas, embarcándose para Pola a la mañana siguiente.

Lo que buscaba era un mundo exótico, que no tuviera relación alguna con el ambiente habitual, pero que no estuviese muy alejado. Por eso fijó su residencia en una isla del Adriático, famosa desde hacía años y situada no lejos de la costa de Istria. Habitaban la isla campesinos vestidos con andrajos chillones y que hablaban un idioma de sonidos extraños. Desde la orilla del mar veíanse rocas hermosas. Pero la lluvia y el aire pesado, el hotel lleno de veraneantes de clase media austríaca y la falta de aquella sosegada convivencia con el mar, que sólo una playa suave y arenosa proporciona, le hicieron comprender que no había encontrado el lugar que buscaba. Sentía en su interior algo que lo impulsaba hacia lo desconocido. Por eso estudiaba mapas y guías, buscaba por todas partes, hasta que de pronto vio con claridad y evidencia lo que deseaba. Para encontrar rápidamente algo incomparable y de prestigio legendario, ¿adonde tenía que ir? La respuesta era ya fácil. Se había equivocado. ¿Qué hacía allí? Tenía que ir a otra parte. Se apresuró a abandonar su falsa residencia. Semana y media después de su llegada a la isla, en una alborada llena de húmeda niebla, un bote a motor le volvió rápidamente con su equipaje al puerto de guerra austríaco; saltó a tierra, y por una tabla subió inmediatamente a la húmeda cubierta de un pequeño vapor dispuesto para emprender el viaje a Venecia.

Era el barco una vieja cáscara de nuez, sucia y sombría, de nacionalidad italiana. En un camarote iluminado con luz artificial, al que Aschenbach se dirigió tan pronto hubo pisado el barco, acompañado de un marinero sucio y jorobado, que le abrumaba con sus cortesías rutinarias, estaba sentado tras una mesa, con un sombrero inclinado y una colilla de puro en la boca, un hombre de barba puntiaguda, con aspecto de director de circo a la antigua moda, que con los modales desenvueltos del profesional anotó las circunstancias del viajero y le extendió el billete. «¿A Venecia?», dijo repitiendo la contestación de Aschenbach, y extendiendo el brazo para mojar la pluma en el escaso contenido de un tintero ladeado: «A Venecia, primera clase. Muy bien, caballero.» Y escribió con grandes caracteres, echó arenilla azul de una caja sobre lo escrito, la vertió en un cacharro, dobló el papel con sus huesudos y amarillos dedos y se puso a escribir de nuevo murmurando al mismo tiempo: «Un viaje bien elegido. ¡Oh, Venecia! ¡Magnífica ciudad! Ciudad de irresistible atracción para las personas ilustradas, tanto por el prestigio de su historia como por sus actuales encantos.» La rápidez de su gesticulación y su monótona cantilena aturdían y molestaban; parecía que procuraba hacer vacilar al viajero en su resolución de viajar a Venecia. Tomó apresuradamente la moneda que Gustavo le dio para pagar, y, con destreza de croupier, dejó caer la vuelta sobre el paño mugriento que cubría la mesa. «¡Feliz viaje, caballero! —exclamó haciendo una reverencia teatral—. Ha sido para mí un honor el servirle… ¡Caballeros!», gritó luego alzando la mano con ademán majestuoso, como si el negocio marchase a las mil maravillas, a pesar de que no se aguardaba ya a nadie más. Aschenbach volvió a la cubierta.

Apoyándose con un brazo en la barandilla del barco, se puso a contemplar a las ociosas gentes congregadas en el muelle para mirar a los pasajeros de a bordo. Los de segunda clase, hombres y mujeres, acampaban en cubierta, utilizando como asientos cajas y bultos de ropa. Los de primera clase eran muchachos alegres, miembros de una sociedad de excursionistas, que se habían reunido para hacer un viaje a Italia y que debían de ser dependientes de comercio de Pola. Se los veía satisfechos de sí mismos y de su empresa; charlaban, reían, gozaban con sus propios gestos y ocurrencias, y, apoyados en la barandilla, se burlaban a gritos de las gentes que, con la cartera bajo el brazo, iban entrando en los establecimientos de la calle del puerto, amenazando con sus bastoncitos a los ruidosos excursionistas.

Había un muchacho con un traje de verano amarillo claro, de corte anticuado, una corbata púrpura y un panamá con el ala medianamente levantada, que sobresalía de entre todos los demás por su voz chillona. Pero apenas Aschenbach lo hubo mirado con cierto detenimiento, se dio cuenta, no sin espanto, de que se trataba de un joven falsificado: era un viejo, sin duda alguna. Sus ojos y su boca aparecían circundados de profundas arrugas. El carmín mate de sus mejillas era pintura; el cabello negro que asomaba por debajo del sombrero de paja, aprisionado por una cinta de colores, una peluca; el cuello aparecía decaído y ajado; el enhiesto bigote y la perilla, teñidos; la dentadura amarillenta, que mostraba al reírse, postiza y barata, y sus manos, llenas de anillos, eran manos de viejo. Aschenbach sintió cierto estremecimiento al contemplarlo en comunidad con los amigos. ¿No sabían, no notaban que era viejo, que no le correspondía llevar aquel traje tan claro; no veían que no era uno de los suyos? Se habría dicho que, por la fuerza de la costumbre, lo toleraban sin enterarse de su incompatibilidad, lo trataban como a un igual y respondían sin repugnancia a las palmadas afectuosas que les daba en el hombro. ¿Cómo era posible? Aschenbach se cubrió la frente con las manos y cerró los ojos, irritados a causa de haber dormido poco. Le parecía que todo aquello salía de lo normal, que comenzaba una transmutación ilusoria en torno suyo, que el mundo adquiría un carácter singular, que podía quizá volver a su aspecto normal cerrando un momento los ojos. Pero en aquel instante se sintió dominado por la sensación del vacío, y alzando los ojos con una especie de espanto irracional, advirtió que el pesado y sombrío casco del barco estaba separándose de la orilla. Lentamente iba ensanchándose la estela de agua sucia entre el barco y el muelle, a medida que la máquina arrancaba trabajosamente. Ejecutando una maniobra lentísima, el vapor puso proa a alta mar. Aschenbach fue al lado del timón, donde el jorobado le había abierto una silla de playa; allí lo saludó el capitán, vestido de levita, pero de levita grasienta.

El cielo aparecía gris, y el aire estaba húmedo. El puerto y las islas habían ido quedando atrás, hasta que, de pronto, toda huella de tierra desapareció del neblinoso horizonte. Sobre la cubierta lavada, que no se acababa de secar, caía la carbonilla de la máquina. Al cabo de una hora empezó a llover. Extendieron una lona por encima de la cubierta.

Forrado en su abrigo, con un libro en el regazo, el viejo descansaba, mientras las horas transcurrían inadvertidamente. Había cesado de llover, se retiró la lona de la cubierta. El horizonte se había despejado enteramente. Bajo la cúpula del cielo se extendía en torno al barco el disco inmenso del mar. En el espacio, vacío, sin solución de continuidad, faltaba también la medida del tiempo y flotábase en lo infinito. A manera de extrañas visiones, el viejo repugnante, la barba afilada del taquillero, desfilaban con gestos indecisos y palabras de ensueño ante el espíritu del viajero, hasta que, al cabo, se durmió.

Hacia mediodía, tuvo que bajar al comedor, que tenía la forma de un pasillo, con puertas a los camarotes. Se sentó a la cabecera de la larga mesa. En la otra extremidad, los excursionistas, incluso el viejo, bebían alegremente con el capitán, desde las diez de la mañana. La comida resultó pobre y terminó rápidamente. Luego Aschenbach subió a cubierta para ver cómo estaba el cielo; quizás aclarara del lado de Venecia.

Había hecho esa suposición, pues la ciudad le recibía siempre con tiempo espléndido. Pero el cielo y el mar seguían turbios y grises. De cuando en cuando caía una lluvia neblinosa, y tuvo que aceptar la idea de encontrarse, llegando por ruta marina, con otra Venecia distinta de la que él había conocido cuando la visitó por tierra. Estaba apoyado en un mástil, con la mirada fija en lontananza, esperando ver tierra. Recordaba al poeta melancólico y entusiasta ante quien emergieron en otro tiempo de aquellas aguas las cúpulas y las campanadas de su sueño, repetía algo de lo que entonces había cristalizado en cántico de admiración, de dicha o de tristeza, y conmovido sin esfuerzo por tales sentimientos ahondaba en su corazón ya maduro, para ver si el Destino le reservaba aún nuevos entusiasmos y emociones, o quizás una tardía aventura sentimental.

Así surgió a la derecha la costa plana; el mar comenzó a animarse con botes de pescadores. Apareció la isla de Bader; al dejarla a la izquierda, el barco pasó, acortando la marcha, por el estrecho puerto que lleva el nombre de la isla y se paró en la laguna, frente a unas casuchas pobres y pintorescas, en espera de la falúa del servicio de Sanidad.

Al fin, después de una hora, apareció la falúa. Habían llegado, y no habían llegado; no tenían prisa. Sin embargo, los dominaba la más viva impaciencia. Los excursionistas de Pola se sintieron patriotas, excitados sin duda por las cornetas militares que sonaban por el lado del parque, y sobre cubierta, entusiasmados con el arte, daban vivas a los bersaglieri que hacían ejercicios. Pero era repugnante ver el estado en que su camaradería con la gente joven había puesto al lamentable anciano. Su viejo cerebro no había podido resistir, como en el caso de los jóvenes, los efectos del vino, y aparecía vergonzosamente borracho. Con una mirada estúpida y un pitillo entre los dedos, temblorosos, vacilaba, conservando difícilmente el equilibrio. Como habría caído al primer paso, no se atrevía a moverse del sitio; sin embargo, mostraba una excitación lamentable; asía de las solapas a todo el que se le aproximaba, tartamudeaba, gesticulaba, lanzaba risotadas, alzaba con ademán de necia burla su dedo índice, lleno de anillos, y de un modo equívoco, repugnante, se lamía los labios. Aschenbach lo miraba con sombrío entrecejo, mientras volvía a adueñarse nuevamente de él la sensación de que el mundo mostraba una inclinación tentadora a deformarse en siluetas singulares y exóticas. Pero no pudo seguir examinando esa sensación, pues la maquinaria volvió a funcionar mientras el barco continuaba su interrumpido viaje por el canal de San Marcos.

Otra vez se presentaba a la vista la magnífica perspectiva, la deslumbradora composición de fantásticos edificios que la república mostraba a los ojos asombrados de los navegantes que llegaban a la ciudad; la graciosa magnificencia del palacio y del Puente de los Suspiros, las columnas con santos y leones, la fachada pomposa del fantástico templo, la puerta y el gran reloj, y comprendió entonces que llegar por tierra a Venecia, bajando en la estación, era como entrar a un palacio por la escalera de servicio. Había que llegar, pues, en barco a la más inverosímil de las ciudades.

Paró la maquinaria, comenzaron a aproximarse las góndolas, se descolgó la escalerilla y subieron a bordo los empleados de la Aduana a desempeñar su cometido; los pasajeros podían ir desembarcando. Aschenbach dio a entender que deseaba una góndola para trasladarse junto con su equipaje a la estación de los vaporcitos que circulan entre la ciudad y el Lido, pues pensaba tomar habitación a orillas del mar. Poco después, su deseo fue propagándose a gritos por la superficie de la laguna, donde los gondoleros reñían con otros en su dialecto. No podía descender todavía porque estaban bajando su baúl con gran trabajo. Por eso se vio durante unos minutos expuesto, sin escape posible, a la solicitud del repugnante viejo, a quien la borrachera impulsaba a rendir al extranjero los honores de la despedida. «Le deseamos una agradable temporada», tartamudeaba entre tumbos. «Tendremos muy presente su recuerdo. Au revoir, excusez y bonjour, Excelencia.» La boca se le llenó de agua, guiñó los ojos y sacó la lengua con gesto equívoco. «Nuestros respetos —continuó — en la misma forma—, nuestros respetos al pasajero simpático…» De pronto se le fue la dentadura postiza. Aschenbach logró al fin escabullirse… «Al hombre simpático», oía decir a sus espaldas, mientras descendía por la escalera, asido a la cuerda.

¿Quién no experimenta cierto estremecimiento, quién no tiene que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez, o tras larga ausencia, en una góndola veneciana? La extraña embarcación, que ha llegado hasta nosotros invariable desde una época de romanticismo y de poema, negra, con una negrura que sólo poseen los ataúdes, evoca aventuras silenciosas y arriesgadas, la noche sombría, el ataúd y el último viaje silencioso. ¿Y se ha notado que el amplio sillón barnizado de negro es el más blando, más cómodo, más agradable del mundo? Aschenbach se dio cuenta de ello cuando se sentó a los pies del gondolero, junto a su equipaje reunido. Los remeros seguían riñendo rudamente en su dialecto incomprensible, y con gestos amenazadores. Pero el silencio peculiar de la ciudad parecía absorber blandamente sus voces, apaciguándolas y deshaciéndolas en el agua. En el puerto hacía calor. Recibiendo el soplo tibio del siroco, recostado sobre los blandos almohadones, el viajero cerró los ojos para gozar de una languidez tan dulce como desacostumbrada que empezaba a poseerlo. «La travesía será corta —pensaba—. ¡Ojalá durase siempre!» Lentamente, con suave balanceo, iba sustrayéndose al ruido, a la algarabía de las voces.

El silencio se hacía más profundo a medida que avanzaba. No se oía sino el chasquido de los remos en el agua, el ruido sordo de las olas contra la embarcación, que se alzaba negra y alta como una nave guerrera, y el murmullo del gondolero, que murmuraba trabajosamente, con sonidos acentuados por el movimiento rítmico del cuerpo. Aschenbach alzó la vista, y con ligera extrañeza advirtió que la laguna se ampliaba y que la embarcación tomaba rumbo hacia alta mar. Al parecer, no podía entregarse plenamente al descanso, sino que tenía que velar por la ejecución de su voluntad.

—Al embarcadero de vapores —dijo, volviéndose a medias.

El murmullo del marinero cesó; pero no hubo contestación alguna.

—¡Digo que al embarcadero de vapores! —repitió, volviéndose del todo y llevando la vista al rostro del gondolero, que, erguido detrás de él, destacaba su silueta sobre el fondo gris del cielo.

Era un hombre de fisonomía desagradable y hasta brutal, con traje azul de marinero, faja amarilla a la cintura y sombrero de paja deformada, cuyo tejido comenzaba a deshacerse, graciosamente ladeado. Sus facciones, su bigote rubio, retorcido, bajo la nariz corta y respingona, hacían que no pareciese italiano. Aunque de tan escasa corpulencia que no se le hubiera creído apto para su oficio, manejaba con gran vigor los remos, poniendo todo el cuerpo en cada golpe. Por dos veces el esfuerzo hizo que se contrajesen sus labios, descubriendo los blancos dientes. Con las rojizas cejas fruncidas, miró por encima del pasajero, mientras le replicaba en forma decidida y hasta brutal:

—¡Pero usted va al «Lido»!

Aschenbach replicó:

—Sí. Pero sólo he tomado la góndola para que me llevase hasta San Marcos. Quiero utilizar el barquillo.

—No puede usted utilizar el barquillo, caballero.

—¿Por qué no?

—Porque no admite equipaje.

Eso era exacto. Lo recordaba ya Aschenbach, pero calló un momento. Las maneras rudas y groseras del hombre le parecieron insoportables. Por eso replicó:

—Ésa es cuestión mía. Yo dejaré mi equipaje en custodia; regrese.

Hubo un silencio. Seguía el chasquido de los remos y el ruido sordo del agua que azotaba la embarcación. El gondolero comenzó a hablar consigo mismo.

¿Qué haría? A solas en el agua con aquel hombre tan poco tratable y tan rudamente decidido, no encontraba medio alguno para imponer su voluntad. Además, ¿para qué irritarse en vez de seguir indolentemente recostado en la blandura de los almohadones? ¿No había deseado que la travesía durara largo tiempo, que no acabara nunca? Lo más importante, sobre todo, lo más agradablemente delicioso, era dejar que las cosas siguieran su curso. De su asiento, de su sillón, forrado de negro, parecía desprenderse un vaho de indolencia irresistible, y era una delicia inefable sentirse así suavemente arrullado por los remos del terco gondolero que tenía a sus espaldas. La idea de haber caído en manos de un criminal cruzó vagamente por la imaginación de Aschenbach, sin que sus pensamientos se inquietasen en gesto defensivo.

Más desagradable le parecía la posibilidad de ser víctima de una estafa vulgar, de que todo aquello sólo se encaminase a sacarle más dinero. Una especie de sentimiento del deber, o de orgullo, un deseo de prevenirse, lograron hacerle saltar.

—¿Cuánto cobra usted por el viaje?

El gondolero, mirando hacia lo alto, respondió:

—Tendrá usted que pagar lo que cuesta.

El deseo de estafarle era evidente. Aschenbach dijo de un modo maquinal:

—No pagaré nada, absolutamente nada, si no me lleva al sitio que le indiqué.

—Usted quiere ir al «Lido».

—Pero no con usted.

—De nada tiene que quejarse.

«Es cierto —pensó Aschenbach, y se calmó—. Me llevas bien. Aunque hayas pensado sólo en mi dinero y aunque me des con un remo en la cabeza, me habrás llevado bien.»

Pero no aconteció nada de eso. Tuvieron incluso compañía: un bote con músicos ambulantes, hombres y mujeres que cantaban acompañados de guitarras y mandolinas y que iban al lado de la góndola, rompiendo el silencio que reinaba en la superficie del agua con canciones de una poesía para uso de turistas que les producía buenas ganancias. Aschenbach arrojó unas monedas en el sombrero que le presentaban, hecho lo cual los cantores callaron y desaparecieron. Volvió a oírse el murmullo del gondolero, que hablaba, con frases sordas y entrecortadas, consigo mismo.

Llegaron, al fin, en el instante en que salía un vapor con rumbo a la ciudad. Dos guardias municipales paseaban por la orilla, con las manos a la espalda y el rostro vuelto hacia la laguna. Aschenbach saltó de la góndola apoyándose en aquel viejo que se encuentra en todos los embarcaderos de Venecia con su gancho. Luego, al ver que no tenía monedas pequeñas, se fue por cambio a un hotel próximo a fin de arreglar su cuenta con el gondolero. Le cambiaron en la caja, volvió, encontró su equipaje en el muelle, sobre un carrito; pero góndola y gondolero habían desaparecido.

—Tuvo que marcharse —dijo el viejo del gancho—. Es un mal hombre, un hombre sin licencia, señor. Es el único gondolero que no tiene licencia. Los otros telefonearon aquí. Él vio que le estaban aguardando, y ha tenido que irse.

Aschenbach se encogió de hombros.

—El señor ha hecho el viaje gratis —dijo el viejo tendiéndole el sombrero.

Aschenbach le echó unas monedas, luego dio orden de que condujera su equipaje al «Hotel Bader», y siguió al carrito a lo largo de la brillante avenida de cafés, bazares, flores, hoteles, que atraviesa la isla en diagonal hasta la playa.

Entró en el espacioso hotel por la parte de atrás, atravesando la terraza del jardín, llegando a las oficinas por el pasadizo del vestíbulo. Como había anunciado su llegada, le recibieron con gran amabilidad. Un maitre d’hótel, hombre pequeñito que se deslizaba silenciosamente con finura servil, de bigote negro y levita de corte francés, le acompañó en el ascensor hasta el segundo piso y le mostró su cuarto: una habitación agradable, con el mobiliario de madera de cerezo, con un ramo de flores olorosas sobre una mesilla, y desde cuyas altas ventanas se podía disfrutar de la visión del mar abierto. Cuando se retiró el empleado, Aschenbach se asomó a una de las ventanas, y mientras le llevaban el equipaje y lo acomodaban en la habitación, se puso a contemplar la playa, que a aquella hora estaba casi desierta, y el mar sin sol. Había pleamar. Las olas, bajas y lentas, morían en la orilla con acompasado movimiento.

Los sentimientos y observaciones del hombre solitario son al mismo tiempo más confusos y más intensos que los de las gentes sociables; sus pensamientos son más graves, más extraños y siempre tienen un matiz de tristeza. Imágenes y sensaciones que se esfumarían fácilmente con una mirada, con una risa, un cambio de opiniones, se aferran fuertemente en el ánimo del solitario, se ahondan en el silencio y se convierten en acontecimientos, aventuras, sentimientos importantes. La soledad engendra lo original, lo atrevido, y lo extraordinariamente bello; la poesía. Pero engendra también lo desagradable, lo inoportuno, absurdo e inadecuado.

De esta manera, el ánimo del viajero sentíase todavía inquieto con las impresiones de la travesía, el repulsivo viejo verde con sus gestos equívocos, el gondolero brutal que se había quedado sin su dinero. Todos estos hechos, sin ofrecer dificultades al entendimiento ni construir materia de cavilación, le parecían de naturaleza extraña. Las contradicciones que tales hechos envolvían, le intranquilizaron. Sin embargo, saludó al mar con los ojos, y su corazón se llenó de alegría al contemplarse tan cerca de Venecia. Finalmente se apartó de la ventana, se aseó, le dio a la doncella algunas órdenes relacionadas con su instalación, y se fue al ascensor, donde un suizo, de uniforme verde, le llevó al piso inferior.

Tomó el té en la terraza, junto al mar; bajó luego, siguiendo a lo largo del muelle un buen trecho en dirección al «Hotel Excelsior». Al retornar, creyó que era ya hora de cambiarse de traje para comer. Lo hizo con parsimonia, con esmero, como siempre, pues estaba habituado a trabajar mientras se arreglaba. Después se encontró un poco antes de la hora, en el hall, donde estaban reunidos algunos huéspedes, desconocidos entre sí, pero en espera común de la comida. Tomó un periódico de la mesa, se arrellanó en un sillón de cuero y se puso a pensar en aquellas personas, que se diferenciaban con ventaja de las de su residencia anterior.

Había allí un ambiente mucho más abierto y de mayor amplitud y tolerancia. En los coloquios a media voz se notaban los acentos de los grandes idiomas. El traje de etiqueta, uniforme de la cortesía, reunía en armoniosa unidad aparente todas las variedades de gentes allí congregadas. Se veían los secos y largos semblantes de los americanos, numerosas familias rusas, señoras inglesas, niños alemanes con institutrices francesas. La raza eslava parecía dominar. Cerca de él hablaban en polaco.

Se trataba de un grupo de muchachos reunidos alrededor de una mesilla de paja, bajo la vigilancia de una maestra o señorita de compañía. Tres chicas de quince a diecisiete años, quizás, un muchacho de cabellos largos que parecía tener unos catorce. Aschenbach advirtió con asombro que el muchacho tenía una cabeza perfecta. Su rostro, pálido y preciosamente austero, encuadrado de cabello color de miel; su nariz, recta; su boca, fina, y una expresión de deliciosa serenidad divina, le recordaron los bustos griegos de la época más noble. Y siendo su forma de clásica perfección, había en él un encanto personal tan extraordinario, que el observador podía aceptar la imposibilidad de hallar nada más acabado. Lo que inmediatamente saltaba a la vista era el contraste entre el aspecto educacional a que obedecía el vestido y el trato que se daba a sus hermanas. El atavío de las tres hermanas, la mayor de las cuales era ya una mujercita formada, no podía ser más sencillo y casto, hasta el extremo de que casi las afeaba. Un traje claustral, uniforme de color gris, bastante largo, mal cortado a propósito, con un cuello blanco planchado como única nota clara, hacía que no fuera posible encontrar nada agradable en sus cuerpos. El cabello, liso y pegado a la cabeza, daba a los rostros una expresión monjil e insustancial.

Aquel atavío era sin duda la obra de una madre que no aplicaba al chico la severidad pedagógica que creía aplicable a las muchachas. Se veía que la existencia del muchacho era presidida por la blandura y el trato delicado. Nadie se había atrevido a poner las tijeras en sus hermosos cabellos, que caían en rizos abundantes sobre la frente, sobre las orejas y sobre la espalda. El traje de marinero inglés, cuyas mangas abombadas se ajustaban hacia abajo oprimiendo las finas muñecas de sus manos infantiles, prestaba, con sus cordones, botones y bordados, algo de rico y mimado a su delicada figura. Aschenbach lo veía de medio perfil, sentado, con las piernas extendidas y uno de los pies, con su zapato de charol, sobre el otro; tenía un codo apoyado en el brazo de su asiento de mimbre, la mejilla caída sobre la mano cerrada, en una actitud de elegante indolencia, sin asomo alguno de la rigidez a que parecían habituadas sus hermanas. ¿Estaría enfermo? La piel de su cara era blanca como el marfil sobre el dorado oscuro de los rizos que le servían de marco. ¿O era simplemente un hijo único, mimado, en quien un cariño excesivo y caprichoso había producido aquel enervamiento? Aschenbach se inclinaba a creer en lo último. Casi todas las naturalezas artísticas tienen esa innata tendencia malévola que aprueba las injusticias engendradoras de belleza y que rinde homenaje y acatamiento a esas preferencias aristocráticas.

Entretanto, un camarero recorría los pasadizos anunciando en inglés que la comida estaba servida. La concurrencia fue dirigiéndose poco a poco, por la puerta de cristales, al comedor. Pasaban huéspedes retrasados que entraban del vestíbulo o salían del ascensor. Habían comenzado ya a servir la comida, pero los polacos continuaban en su mesita de mimbre. Aschenbach, cómodamente hundido en un sillón y con el hermoso mancebo ante sus ojos, esperaba también.

La institutriz, una señora pequeña y corpulenta, de cabello rojizo, dio por fin la señal de levantarse. Apartó a un lado la silla y se inclinó cuando una señora alta, vestida de gris claro y adornada con ricas perlas, entraba en el vestíbulo. El aire de aquella mujer era frío y contenido, y el peinado de su cabello, que iba ligeramente espolvoreado, así como la forma de su vestido, atestiguaban aquella sencillez que determina el buen gusto allí donde la religiosidad pasa como parte integrante de la elegancia. Bien podía haber sido ella la esposa de un alto funcionario alemán. Lo único exageradamente lujoso que exhibía eran sus alhajas, de inestimable valor, sus pendientes y su triple collar larguísimo, hecho de perlas grandes como cerezas y de suaves irisaciones.

Los muchachos, que se habían levantado rápidamente, se inclinaron luego para besarle la mano. Ella, la madre, con una sonrisa contenida de su cuidado rostro, pero con cierta expresión de cansancio, miraba por encima de sus cabezas y dirigía a la institutriz algunas palabras en francés. Luego se dirigió al comedor. La siguieron las muchachas, por orden de edades; a continuación, la institutriz y, por último, el muchacho. Por no sé qué razón, este último se volvió antes de penetrar por la puerta de cristales y, como no quedaba en la estancia nadie más, sus singulares ojos soñadores se encontraron con los de Aschenbach que, sumido en la contemplación, con su periódico en las rodillas, seguía al grupo con la mirada.

La escena que acababa de presenciar no tenía nada de particular en los detalles. No habían ido a comer antes de la llegada de la madre; la habían aguardado, para saludarla respetuosamente y para entrar en la sala siguiendo sus hábitos tradicionales. Pero todo esto se había hecho con tanta expresión, con tal acento de disciplina, de sentimiento del deber, de mutuo respeto, que Aschenbach se sintió singularmente conmovido. Aguardó un instante, luego entró, a su vez, en el comedor y pidió una mesa. Con cierto sentimiento de disgusto, comprobó luego que su sitio resultaba muy alejado de la familia polaca.

Durante toda la interminable comida, cansado y, sin embargo, presa de una gran agitación espiritual, Aschenbach caviló sobre cosas serias y hasta trascendentales, reflexionó sobre la misteriosa proporción en que lo normal tenía que conformarse con lo individual para engendrar la belleza humana; pasó después a pensar en problemas generales del arte y de la forma, y acabó comprendiendo que sus pensamientos y conclusiones se parecían a ciertas ficciones del sueño, felices aparentemente y que luego, a la luz de un ánimo sereno, resultan vacías e inútiles. Después de cenar se entretuvo paseando y fumando por el parque, fuertemente aromatizado; luego se acostó temprano y pasó la noche en un sueño continuo y profundo, pero animado por diversas visiones.

El tiempo no mejoró al día siguiente. Soplaba viento de tierra. Bajo el cielo turbio se veía el mar en soñolienta calma, con el horizonte tan alejado de la playa que dejaba libre varias filas de largos bancos de arena. Cuando Aschenbach abrió la ventana, creyó sentir el olor pestilente de la laguna.

De pronto, se encontró dominado por gran desasosiego. E instantes después, pensaba en marcharse. Estando en Venecia, hacía algunos años, tras unas alegres semanas primaverales, había tenido que soportar un tiempo tan malo como aquél. Le hizo tanto daño, que se vio obligado a marcharse apresuradamente. ¿No volvía a sentir, igual que entonces, la febril inquietud, la opresión de las sienes, el peso de los párpados? Cambiar otra vez de residencia sería molesto. Pero, si no cambiaba el viento, no podía permanecer allí. Por precaución, no deshizo todo el equipaje. A las nueve se desayunó en la salita que se encontraba entre el vestíbulo y el comedor.

En el edificio entero reinaba ese solemne silencio que constituye el orgullo de los grandes hoteles.

Los camareros caminaban silenciosamente. Todo lo que se oía era el tintineo de los servicios de té y algunas palabras a media voz. En un rincón, al lado opuesto de la puerta y dos mesillas más allá de la suya, Aschenbach advirtió a las muchachas polacas con su institutriz. Muy tiesas, con el cabello rubio pegado y los ojos enrojecidos, con vestidos azules de cuellos y puños planchados, muy estrechos, se las veía sentadas, alargándose unas a otras un tarro de conservas. Ya casi habían acabado el desayuno. Faltaba el muchacho.

Aschenbach sonreía: «¡Mi joven amigo! —pensó—. Parece que gozas del privilegio de dormir hasta cuando quieras.» Y sintiéndose de pronto muy contento, recordó silenciosamente el verso:

«Atavío variado, baños calientes y reposo»

Se desayunó tranquilamente, recibió el correo de manos del portero, que entró con la galoneada gorra en la mano y fumando un pitillo.

Leyó un par de cartas. De esa manera fue como pudo presenciar todavía la entrada del dormilón, a quien sus hermanas aguardaban.

Entró por la puerta de cristales y atravesó en silencio, diagonalmente, la estancia, hasta la mesa de sus hermanas. Su andar era gracioso, tanto en la actitud del busto como en el movimiento de las rodillas y en la manera de pisar; andaba ligeramente, con altanería y suavidad al propio tiempo, y su encanto aumentaba en virtud del pudor infantil, que por dos veces le obligó a bajar los ojos cuando miró en torno suyo. Sonriente, y hablando a media voz en su lenguaje sonoro y blando, saludó y se sentó. Esta vez estaba frente a Aschenbach, quien volvió a ver, con asombro y hasta con miedo, la divina belleza del niño. Llevaba una blusa ligera, de tela con listas azules y blancas, atada con una cinta de seda roja por encima del pecho y cerrada arriba por medio de un sencillo cuello blanco planchado. Sobre el cuello, que ni siquiera combinaba muy elegantemente con el traje, descansaba de manera incomparablemente encantadora la cabeza bella, la cabeza de Eros, de color de mármol de Paros, con sus cejas finas, sus sienes y sus orejas suavemente sombreadas por el marco de sus cabellos.

«¡Muy bien!», se dijo Aschenbach con esa fina destreza profesional con que a veces los artistas disfrazan el encanto, el entusiasmo que les produce una obra de arte. Luego pensó: «Aunque no tuviera yo el mar y la playa, permanecería aquí mientras tú no te fueras.»

A continuación se levantó y atravesando el vestíbulo entre las atenciones del personal, bajó a la gran terraza y se dirigió rectamente a la parte de playa destinada a los huéspedes del hotel. Hizo que un viejo bañero, descalzo, con pantalones de lienzo, blusa de marinero y sombrero de paja, le señalase la caseta; le ordenó que sacara al aire libre la mesa y asiento, y se arrellanó en la silla de tijera, que arrastró hasta el borde del agua por la arena amarillenta.

El cuadro que a sus ojos ofrecía la playa, la visión de aquellas gentes civilizadas, que gozaban sensualmente en medio de los elementos, le satisfizo y entretuvo como nunca. El mar, gris y sereno, estaba ya animado por niños que corrían descalzos por el agua, de nadadores de abigarradas figuras, que, con los brazos detrás de la cabeza, estaban tendidos sobre la arena. Otros remaban en pequeños botes sin quilla y pintados de encarnado y azul, y reían con alborozo.

Junto a la tensa cuerda del balneario, en cuyas plataformas uno se sentía como sobre una terraza, había movimiento alborozado e indolente reposo, saludos y charlas, elegancia matinal, todo mezclado con las desnudeces, que se aprovechan osadamente de las libertades del lugar. Por la orilla paseaban algunas personas envueltas en blancas capas de baño. Hacia la derecha había una montaña de arena con múltiples derivaciones, construida por los chiquillos y adornada con banderitas de todos los países. Los vendedores de mariscos, pasteles y frutas extendían sus mercancías arrodillados en el suelo. Hacia la izquierda, ante una de las casetas un tanto apartadas de la mayoría, y en las que por aquel lado terminaba la playa, había acampado una familia rusa. Caballeros con luengas barbas y grandes dientes, mujeres indolentes, una señorita del Báltico que, sentada ante un caballete, pintaba el mar, gesticulando de vez en cuando desesperadamente; dos niños feos y apacibles; una criada, con una cofia y serviles actitudes de esclava. Allí estaban gozando, agradecidos, del mar y del reposo; llamaban sin cesar, a gritos, a los chiquillos, que jugaban sin hacerles caso; bromeaban, empleando algunas palabras italianas, con el viejo humorista, a quien compraban golosinas; se besaban unos a otros en las mejillas, sin que les preocuparan en lo más mínimo los observadores alrededor.

«Me quedaré», pensaba Aschenbach. ¿Dónde podría estar mejor? Y con las manos dobladas sobre sus rodillas, dejaba que sus ojos se perdiesen en la monótona inmensidad del mar. Amaba el mar por razones profundas: por el ansia de reposo del artista que trabaja rudamente, que desea descansar de la variedad de figuras que se le presentan en el seno de lo simple e inmenso; por una tendencia perversa, opuesta enteramente a las exigencias de su misión en el mundo, y más tentadora, por eso, a lo inarticulado, desmedido y eterno; a la nada. Quien se esfuerza por alcanzar lo excelso, nota el ansia de reposar en lo perfecto. ¿Y la nada no es acaso una forma de perfección? Mas, mientras cavilaba perdido así en lo infinito, la horizontal del mar se vio de pronto cortada por una figura humana, y recogiéndose en lo concreto de su mirada sumida en lo indefinido, vio al muchacho, que, viniendo de la izquierda, pasaba ante él. Marchaba descalzo, dispuesto a corretear por el agua; las esbeltas piernas aparecían desnudas, hasta al rodilla, y caminaba lentamente, pero con ligereza y aplomo, como si estuviese habituado a andar sin zapatos; su mirada buscaba las casetas del lado izquierdo, pero apenas hubo advertido a la familia rusa, que gozaba tranquilamente de las delicias del día, apareció sobre su rostro una tormenta de colérico desprecio. Su frente se oscureció, se contrajeron sus labios en una expresión de rabia y frunció de tal modo las cejas, que sus ojos, centelleantes de algo oscuro y maligno, aparecieron hundidos. Bajó luego la vista y volvió a mirar amenazadoramente. Poco después se encogió de hombros con un ademán de violento desprecio y volvió la espalda al enemigo.

Un sentimiento delicado, en el que había un poco de respeto y un poco de vergüenza, movió a Aschenbach a volverse fingiendo no haber visto nada; pues a su temperamento circunspecto repugnaba explotar, ni aun consigo mismo, esa clase de explosiones pasionales como la que casualmente había descubierto. Se había regocijado y atemorizado al mismo tiempo, y se sentía dichosamente conmovido. Al fanatismo infantil, dirigido contra el cuadro más apacible de vida, mostraba el poco valor de lo divino en las relaciones humanas; hacía que una visión de vida, reposada y feliz, despertase pasiones revueltas, prestando a la bella figura del adolescente una exaltación que hacía tomarle más en serio de lo que sus años representaban.

Con la cabeza vuelta aún del otro lado, Aschenbach escuchaba la voz del muchacho, una voz clara, un poco débil, con la cual saludaba desde lejos, a gritos, a los compañeros que jugaban en la montaña de arena. Al oír la voz respondieron gritándole varias veces su nombre, o un diminutivo de su nombre. Aschenbach atendía con cierta curiosidad, sin poder atrapar más que dos sílabas melódicas, que sonaban como «Adgio», y con más frecuencia «Adgin», terminando en una n prolongada. El sonido era agradable, le halló adecuado por su eufonía al objeto que designaba, lo repitió para sí y, satisfecho, volvió a sus cartas y papeles.

Con su cartera de viaje sobre las rodillas, empezó a contestar su correspondencia, con estilográfica. Pero después de un cuarto de hora, encontró que era lastimoso abandonar en espíritu la expectación más agradable que conocía y echarla a perder con una actividad indiferente. Dejó a un lado sus útiles de escribir, y volvió a mirar al mar. Poco tiempo después, atraído por la algarabía de los chicos que jugaban con montones de arena, volvió la cabeza hacia la derecha, apoyándola cómodamente en el respaldo de su silla, para contemplar lo que hacía Adgio.

Pudo verlo al lanzar la primera mirada. La cinta roja de su pecho flotaba sin escaparse. Ocupado con otros niños en colocar una tabla vieja como puente sobre el foso húmedo de la montaña de arena, daba órdenes con gritos y movimientos de cabeza. Serían unos diez compañeros, chicos y chicas, algunos de su misma edad y otros, más pequeños, que hablaban en francés, en polaco y también en idiomas balcánicos. Pero el nombre más repetido era el de Adgio. Sin duda lo querían, lo admiraban todos. Especialmente uno de ellos, polaco también, robusto y fuerte, llamado algo así como «Saschu», con el cabello negro, engomado, parecía ser su más íntimo amigo y vasallo sumiso. Cuando el trabajo de la montaña de arena estuvo terminado, se fueron todos abrazados, playa adelante, y el llamado Saschu besó al hermoso Adgio.

Aschenbach se sintió tentado de amenazarle con el dedo. «Mas a ti, Cristóbulo, te aconsejo —pensó sonriendo—, que te vayas un año a viajar. Pues eso necesitas, por lo menos, si quieres curar.» Y luego se comió con delicia unos fresones maduros que compró a uno de los vendedores ambulantes. Hacía calor, a pesar de que el sol no lograba atravesar las nubes que cubrían el cielo. El espíritu se sentía invadido por una gran indolencia, y los sentidos penetrados por el encanto infinito y adormecedor del mar. A un hombre de la seriedad de Aschenbach le pareció en aquel momento una ocupación apropiada y suficiente adivinar, investigar qué nombre podía ser el que sonaba algo así como «Adgio». Con ayuda de algunos recuerdos, pensó que debía de ser «Tadzio», diminutivo de «Tadeum» y que se pronunciaba «Tadrín».

Tadzio había ido a bañarse. Aschenbach, que lo había perdido de vista, descubrió al fin su cabeza y su brazo extendido, allá lejos, en el mar, pues el mar parecía ser llano hasta muy afuera. Pero, sin duda, se cuidaban ya de él.

De pronto empezaron a oírse en la playa voces de mujeres que le llamaban, que gritaban su nombre, un nombre que dominaba la playa casi como una solución, y que con sus sonidos suaves y la n prolongada del final tenía al mismo tiempo algo de dulce y de estridente.

—¡Tadrín! ¡Tadrín!

Él se volvió entonces hacia la playa, corriendo, haciendo saltar el agua en espuma al levantar las piernas, con la cabeza echada hacia atrás. La visión de aquella figura viviente, tan delicada y tan varonil al mismo tiempo, con sus rizos húmedos y hermosos como los de un dios mancebo que, saliendo de lo profundo del cielo y del mar, escapaba al poder de la corriente, le producía evocaciones místicas, era como una estrofa de un poema primitivo que hablara de los tiempos originarios, del comienzo de la forma y del nacimiento de los dioses. Aschenbach escuchaba con los ojos cerrados aquel canto que renovaba en su interior, y pensó, una vez más, que allí se encontraba bien y que se quedaría.

Más tarde, Tadzio estaba tumbado en la arena descansando del baño, envuelto en su sábana, abierta por su hombro derecho, y con la cabeza descansando en el brazo desnudo. Aunque Aschenbach no lo miraba, sino que leía unas páginas en su libro, no se olvidaba de que estaba allí y sabía que sólo necesitaba tornar ligeramente la cabeza hacia la derecha para contemplar lo más admirable del mundo. Casi estuvo convencido de que su misión era velar por el muchacho, en lugar de ocuparse en sus propios asuntos. Y un sentimiento paternal, el sentimiento del que se sacrifica en espíritu al culto de lo bello, por aquello que posee belleza, llenaba y conmovía su corazón.

Ya hacia el mediodía abandonó la playa, regresó al hotel y subió en ascensor a la habitación. Allí permaneció largo tiempo ante el espejo, contemplando su agrisado cabello, su cansado rostro, de facciones afiladas. En aquel momento pensó en la gloria y en que por la calle le conocían muchos y lo contemplaban con respeto y admiración, todo a causa de su voluntad certera y coronada de gracia; evocó todos los éxitos anteriores de su talento que se le ocurrieron, y hasta pensó en su título de nobleza. Luego bajó al comedor y comió en su mesita. Cuando, al terminar la comida, tomó el ascensor, entró en él mucha gente joven que venía igualmente del comedor, y entre ellos, Tadzio. Estaba muy cerca de Aschenbach, por primera vez; tan cerca, que podía verlo, no a distancia, como en los cuadros, sino observándolo de cerca en sus menores detalles humanos. Alguien le había hablado, y él le respondía con una sonrisa de indescriptible simpatía; pero ya salía, bajando los ojos, en el primer piso: «La belleza nos hace vergonzosos», se dijo Aschenbach, poniéndose a pensar en el motivo de ello. Sin embargo, había notado que los dientes de Tadzio dejaban que desear; eran algo pálidos, sin ese esmalte brillante propio de la salud, y de una transparencia inquietante, como ocurre a veces por causa de la anemia.

«Es muy frágil, es enfermizo. No llegará a viejo», pensó Aschenbach, y renunció a analizar un sentimiento de satisfacción o intranquilidad que acompañaba a tal idea.

Pasó dos horas en su habitación, y luego se embarcó en el pequeño vapor para tornar hacia Venecia a través del olor pútrido de la laguna. Se apeó en San Marcos, tomó té en la plaza, y luego, cumpliendo su programa, fue a dar un paseo por las calles. El paseo hubo de trastornar completamente la situación de su ánimo, alterando sus planes.

Un calor bochornoso caía sobre las callejas; el aire era denso, y los olores que salían de las casas, tiendas y cocinas, olor de aceite, nubes de perfume y otras emanaciones, yacían apelotonados, sin dispersarse. El humo del tabaco se quedaba como cuajado, y sólo poco a poco se iba deshaciendo. La multitud de gente que se atropellaba en la estrechez de las calles, molestaba al paseante en vez de entretenerle. A medida que transcurría el tiempo, se adueñaba de él, progresivamente, el estado lamentable que el siroco, combinado con el aire del mar, puede producir, y que es excitación y desfallecimiento al mismo tiempo. Transpiraba copiosamente, los ojos querían cerrársele, sentía el pecho oprimido, tenía fiebre, la sangre palpitaba sensiblemente en sus sienes. Cruzando algunas calles, huyó de los barrios comerciales, donde el gentío se apretujaba, hacia los barrios pobres. Allí viose asaltado por una nube de mendigos, mientras los olores pútridos de los canales le cortaban la respiración. En un lugar tranquilo, en uno de esos sitios olvidados, y graciosamente pintorescos que se encuentran en el exterior de Venecia, al borde de un brocal, se sentó para descansar, se secó la frente y comprendió que debía marcharse.

Por segunda vez, y ya definitivamente, comprobó que Venecia le sentaba muy mal con aquel tiempo. Le pareció absurdo obstinarse tercamente en permanecer allí cuando las probabilidades de que el viento cambiase eran muy inseguras. Era preciso decidirse al vuelo. Volver a casa no era posible. No tenía dispuestas ni sus habitaciones de verano ni de invierno para ir allá. Pero Venecia no era el único sitio donde había mar y playa; podía encontrarlos en otros sitios, sin el lamentable complemento de la laguna y de las emanaciones, que le producían fiebre. Recordó una playa pequeña cerca de Trieste, que le habían ponderado mucho. ¿Por qué no irse allá? Caso de hacerlo, tenía que ser sin retraso, para que valiera la pena cambiar otra vez de residencia. Se decidió, y se puso en pie.

En el primer embarcadero que pudo encontrar, tomó una góndola y dio la orden de que le llevasen a San Marcos. La embarcación fue deslizándose en el turbio laberinto de los canales, por entre delicados balcones de mármol exornados con leones, doblando esquinas rezumantes, pasando luego al pie de otras fachadas suntuosas. Le costó trabajo llegar a su destino, pues el gondolero que trabajaba en combinación con fábricas de encajes y vidrios, trataba de desembarcarle a cada paso para que entrase a ver las tiendas y comprara. Si era, pues, verdad que la fantástica travesía por las lagunas de Venecia comenzaba a ejercer su encanto sobre él, aquel espíritu de mendicidad de reina caída, bastaba para romperlo.

De nuevo en el hotel, advirtió que circunstancias imprevistas le obligaban a marcharse a la mañana siguiente, temprano.

Le expresaron su pesar y le dieron la cuenta. Cenó y pasó la tibia velada leyendo periódicos en una mecedora de la terraza trasera. Antes de acostarse dispuso debidamente su equipaje.

No pudo dormir gran cosa, pues la proximidad del viaje le inquietaba. Cuando, de madrugada, abrió la ventana, el cielo seguía nublado, pero el aire parecía más fresco. Entonces comenzó a arrepentirse de sus propósitos. ¿No habría sido su decisión demasiado apresurada y errónea, obra de un estado febril? Si no hubiera avisado en el hotel, si con menos prisa hubiera esperado un cambio del tiempo, en vez de una mañana de quehaceres y preocupaciones, le aguardaría el goce tranquilo del día anterior en la playa. Pero era demasiado tarde, y se veía forzado a seguir queriendo lo que la víspera había querido. Se vistió, y a las ocho bajó en el ascensor para tomar el desayuno.

Cuando entró, el pequeño comedor estaba solitario. Mientras esperaba sentado que le sirviesen lo que había pedido, empezaron a entrar algunos huéspedes. Con la taza de té pegada a los labios, vio llegar a las muchachas polacas con su institutriz. Rígidas y frescas, con los ojos enrojecidos, se sentaron a su mesa de la esquina de la ventana. Un instante después se acercó a Aschenbach el portero, con la gorra en la mano, a comunicarle que había llegado el momento de partir. El automóvil esperaba para llevarle a él y a otros huéspedes al «Hotel Excelsior», punto desde donde la canoa—automóvil llevaría a los señores a la estación por el canal privado de la Compañía. El tiempo apremiaba.

Aschenbach respondió que no era del mismo parecer. Faltaba más de una hora para la salida del tren. Protestó contra la costumbre de los hoteles de echar a los viajeros antes de tiempo, y dijo al portero que deseaba tomar tranquilamente su desayuno. El empleado se retiró de mala gana, para reaparecer después de cinco minutos. Era imposible que el automóvil esperase más tiempo. «Pues que se vaya con mi baúl», replicó Aschenbach, irritado. Él tomaría, a su hora, el vaporcito público, y rogaba que le dejasen tranquilo. El empleado se inclinó. Aschenbach, satisfecho ya, terminó, sin apresurarse, el desayuno, y hasta pidió un periódico al camarero. Cuando se levantó finalmente, sólo le quedaba el tiempo justo. Y ocurrió que al mismo tiempo entraba Tadzio por la puerta de cristales.

Al cruzar, buscando a los suyos, tropezó con Aschenbach, que salía; bajó modestamente los ojos ante el hombre de cabellos grises y amplia frente para volver a levantarlos luego, con su manera dulce y amable, sin detener su marcha. « ¡Adiós, Tadzio! —pensó Aschenbach—. Poco tiempo ha durado nuestro conocimiento.» Y murmurando, contra su costumbre, dijo a media voz:

—¡Dios te bendiga!

Poco después hizo los últimos preparativos, repartió propinas, fue atendido por el suave maítre d’hótel, con su levita francesa, y abandonó el hotel a pie, como había llegado. Le seguía el mozo del hotel, que llevaba su equipaje de mano, atravesando la avenida Florida, que cruzaba de sesgo la isla para dirigirse al embarcadero. Llegó, tomó asiento y… lo que vino después fue un calvario por todas las profundidades del arrepentimiento.

La travesía conocida iba por la laguna, pasando por delante de San Marcos y subiendo luego por el Gran Canal. Aschenbach estaba sentado cerca de proa, en el banco circular, con un brazo extendido en la barandilla, y haciéndose sombra sobre los ojos con la otra mano. Quedaron atrás los jardines públicos, y la Piazzeta se abrió una vez más ante sus ojos en su magnificencia principesca. Al llegar a la gran serie de palacios, aparecieron tras un recodo del canal los arcos majestuosos de mármol de Rialto. El viajero contemplaba toda la belleza que desfilaba ante sus ojos, y se le oprimía el corazón. Respiraba, en aspiraciones profundas y espiraciones dolorosas, la atmósfera de la ciudad, aquel olor ligeramente putrefacto, de mar y de pantano, que el día anterior había querido abandonar con tanta urgencia. ¿Era posible que no hubiera sabido, que no hubiera considerado hasta qué punto su corazón estaba ligado a todo aquello? Lo que por la mañana era un sentimiento vago, una leve duda, tornose ya en angustia, en dolor efectivo y punzante, en tribulación tan grande para su alma, que varias veces asomaron lágrimas a sus ojos, en forma completamente extraña.

Aquello que más doloroso le resultaba, aquello que a veces le parecía absolutamente insoportable, era sin duda el pensamiento de que ya no volvería a Venecia, de que se despedía de ella para siempre. Porque después de haber comprobado por segunda vez que la ciudad era nociva para su salud, después, de haberse visto obligado por segunda vez a abandonarla de repente, tendría que considerarla como una residencia prohibida, insoportable. Insensato sería probar fortuna una vez más.

Sabía ya que, de irse en aquel instante, la vergüenza y el amor propio le impedirían volver a la amada ciudad, ante la cual había fracasado por dos veces su resistencia física. La lucha entre la apetencia espiritual y la incapacidad física le pareció de pronto grave e importantísima a aquel hombre que empezaba a envejecer. Y su derrota corporal le resultó tan lamentable, y tan vergonzoso haber cedido sin dificultad alguna, que no quiso comprender la razón por la cual había podido entregarse y someterse el día anterior sin lucha seria.

Mientras tanto, el vapor se aproximaba a la estación, y su dolor y su desconcierto aumentaban hasta darle vértigos. La partida parecía imposible, y no menos imposible el regreso. Entró en la estación completamente deshecho. Era muy tarde; no podía perder un momento si deseaba tomar el tren. Quería y no quería. Sin embargo, el tiempo apremiaba y lo empujaba hacia delante. Se apresuró a comprar su pasaje, y buscó entre el tumulto al empleado del hotel. Finalmente el hombre apareció y anunció que el baúl ya estaba facturado.

—¿Ya facturado?

—Sí, para Como.

—¿Para Como?

Y después de una sucesión apresurada de preguntas coléricas y de perplejas respuestas, resultó que el baúl había sido enviado, junto con el equipaje de otros pasajeros, desde el «Hotel Excelsior», hacia una dirección totalmente equivocada.

Aschenbach no podía conservar la única actitud que tales circunstancias requerían. Una alegría de aventura, un goce increíble sacudía casi convulsivamente su pecho. El empleado se precipitó a rescatar el baúl, pero luego volvió sin haber conseguido nada. Aschenbach declaró entonces que sin su equipaje no estaba dispuesto a marcharse, y que prefería volver para esperar en el hotel el retorno del baúl. Preguntó si la canoa-automóvil de la compañía estaba lista. Y se fue a la ventanilla, donde le devolvieron el precio del billete. Aseguró que telegrafiaría, que haría todo lo posible para recuperar el baúl rápidamente. De esa manera sucedió el extraño acontecimiento de que el viajero, a los cinco minutos de su llegada a la estación, volvió a encontrarse en el Gran Canal, en viaje de regreso al Lido.

¡Aventura increíble, vergonzosa y cómica, como cosa de pesadilla! ¡Los lugares de los cuales acababa de despedirse para siempre, con el corazón oprimido, estaban ante su vista otra vez por obra del Destino caprichoso, que acababa de brindarle una de sus jugarretas! El pequeño y rápido barco se deslizaba alegremente haciendo espuma y esquivaba, al pasar, góndolas y vapores, mientras su único pasajero disimulaba bajo la máscara de resignación, la excitación gozosa y sorprendida de un muchacho de vacaciones. En su pecho pugnaba por estallar, de tiempo en tiempo, la risa que su desgraciado accidente le producía; un accidente que no hubiera podido suceder más oportunamente a un escolar desaplicado. Habría que dar explicaciones; iba pensando que se encontraría con caras asombradas, y luego, todo arreglado. Se había evitado una desgracia, se había rectificado un grave error, y todo lo que había creído dejar a sus espaldas definitivamente volvía a aparecer ante sus ojos. Era suyo por todo el tiempo que deseara. Por lo demás, ¿le engañaba la rapidez del barco, o venía realmente del lado del mar aquel viento brusco?

Las olas azotaban el estrecho canal abierto en la isla hasta llegar al «Hotel Excelsior». Un ómnibus que esperaba allí condujo a Aschenbach, por la orilla del mar rizado, directamente hasta el «Hotel Bader». El pequeño maitre bajó la escalera para saludarle.

Con ligero mimo lamentó el accidente calificándolo de extraordinariamente sensible para él y para el establecimiento. Luego aprobó, lleno de convicción, el designio de Aschenbach de aguardar allí su baúl. Su habitación estaba ya ocupada; pero tenía a su disposición otra que no era peor que aquélla.

—Pas de chance, Monsieur —dijo sonriente el suizo del ascensor mientras subían.

Así fue cómo el fugitivo volvió a instalarse en una habitación que, en cuanto a situación y comodidades, era casi enteramente igual a la anterior.

Fatigado, atolondrado por la agitación de aquella mañana singular, tan pronto como hubo distribuido en la habitación el contenido de su maleta, se sentó en una butaca, dejando la ventana abierta. El mar había tomado un tono verde pálido; el aire parecía más fino y más limpio, y la playa, con sus casetas y sus botes, tenía más color, a pesar de que el cielo continuaba gris. Aschenbach, con las manos cruzadas sobre sus rodillas, miraba hacia el exterior, satisfecho de volver a verse allí, moviendo tristemente la cabeza y pensando en su indecisión, en su desconocimiento de sus propios deseos. Así estuvo sentado, descansando y pensando sin objeto fijo, durante una hora.

Hacia mediodía divisó a Tadzio, el cual, con su traje listado, volvía desde el mar al hotel. Aschenbach lo reconoció en seguida desde su altura, antes de verlo propiamente con sus ojos, e iba a decir algo así como un saludo cordial, un « ¡Tadzio, aquí estás tú también otra vez! », pero al mismo tiempo sintió que el saludo ligero se velaba callando ante la verdad; sintió el entusiasmo que encendía su sangre, la alegría, el dolor de su alma, y se dio cuenta de que la despedida le había resultado tan dolorosa sólo a causa de Tadzio.

Sentado e invisible en su sitio, se consideraba altísimo a sí mismo en silencio. Sus rasgos se habían reanimado: se enarcaban sus cejas y su boca se dilataba en una sonrisa atenta que expresaba goce espiritual. Después levantó la cabeza, y sus dos brazos, que colgaban indolentemente de los brazos de la butaca, hicieron un movimiento giratorio y de ascenso, lentamente, con las palmas de las manos vueltas hacia delante, como si insinuaran un abrazo. Fue un ademán de bienvenida; un gesto alegre y lánguido, lleno de indeciso placer.

(Continuará…)

 

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