Mi siglo [Fragmento]

Günter Grass

 

 

 

1929

Y de pronto todos éramos americanos. Pues sí, simplemente nos compraron. Porque el viejo Adam Opel no vivía y los jóvenes ejecutivos de la Opel no nos querían ya. Pero nuestra gente conocía desde hacía tiempo la cadena de producción. Todos trabajábamos a destajo colectivo. E incluso antes trabajé a destajo para la Rana Verde… Se llamaba así porque los chicos de la calle, cuando salió al mercado aquel dos plazas todo pintado de verde, le gritaban: «¡Rana Verde! ¡Rana Verde!». Oh sí, hacia el año veinticuatro se produjo en serie. Tenía lo que se llamaba una excéntrica de frenado, en la que yo trabajaba con el torno. Se necesitaba para el eje delantero. Sin embargo, cuando en el veintinueve todos nos volvimos americanos, sólo hubo destajos colectivos, también para la Rana Verde, porque ahora salía ya lista de la cinta transportadora. No, no con toda la gente, porque hubo despidos poco antes de Navidad, lo que fue horrible. Lo dijeron en el Opel-Prolet, que era el periódico de nuestra empresa, que los americanos, igual que en su país, iban a implantar el llamado sistema Ford: cada año echaban gente, y luego contrataban barato trabajadores no cualificados. Eso se puede hacer con cadenas de producción y destajos colectivos. Pero la Rana Verde era fenomenal. Se vendía como agua. Pues sí, la gente del ramo la ponía verde: decían que habían copiado a los franceses su Citroën, sólo que el de ellos era amarillo, decían. Los franceses reclamaron ante los tribunales daños y perjuicios, pero no les dieron nada. Y a la Rana Verde se la veía por todas las carreteras alemanas. Porque era barata, incluso para la gente modesta, no sólo para los señoritos y los que tenían chófer. No, yo no. ¿Con cuatro hijos y la casita que había que pagar aún? Pero mi hermano, representante de hilos y otras cosas de mercería, pasó de la motocicleta, en la que tenía que ir hiciera el tiempo que hiciera, a nuestro biplaza. ¡Doce caballos de vapor! ¿A que eso le asombra, eh? Sólo gastaba cinco litros y cogía los sesenta por hora. Al principio costaba aún cuatro seiscientos, pero mi hermano la consiguió por dos setecientos, porque los precios estaban bajando por todas partes y la falta de trabajo era cada vez peor. No, mi hermano estuvo mucho tiempo aún yendo con su muestrario en la Rana Verde. Siempre de viaje, sí, hasta allí abajo, hasta Constanza. Y en excursiones de un día con Elsbeth, que era entonces su novia, hasta Heilbronn o Karlsruhe. Tuvo suerte en unos tiempos difíciles. Porque un año más tarde, cuando aquí todos se hicieron americanos, tuve que empezar a cobrar el paro, lo mismo que muchos más en Rüsselsheim y otros sitios. Uy qué tiempos, ¿eh? Pero mi hermano me llevaba a veces con él en sus viajes de representante, como copiloto, por decirlo así. Una vez fuimos con la Rana Verde hasta Bielefeld, en donde estaba su empresa. Entonces vi la Porta Westfálica y lo bonita que es Alemania. Y vi donde los jeruscos, en otro tiempo, zurraron a los romanos, en el bosque de Teutoburg. Allí merendamos. Estuvo muy bien. Pero por lo demás he tenido bien poco que hacer. Unas veces algo para una oficina de jardinería, otras como trabajador eventual en una cementera. Sólo después del gran cambio, cuando vino Adolfo, hubo otra vez puestos en la Opel, y de hecho fui al principio comprobador de compras y estuve luego en el departamento de pruebas, porque había aprendido durante mucho tiempo en el torno, todavía con Adam Opel. Sin embargo, mi hermano anduvo aún muchos años de representante con su Rana Verde, más tarde incluso en las autopistas, hasta que se fue a la mili y su Rana Verde se quedó con nosotros en el cobertizo, para después de la guerra. Y ahí está todavía, porque mi hermano se quedó para siempre en Rusia y yo no consigo separarme de ella. No, a mí me enviaron sólo a hacer el servicio militar a Riga, en donde estaba nuestro taller de reparaciones. Pues sí, y luego, con nuestra gente, volví a empezar enseguida después de la guerra en la Opel. Menos mal que éramos americanos. Sólo algunas bombas antes y ningún desmantelamiento después. Tuvimos suerte, ¿eh?

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1930

Cerca de la Savignyplatz, en la Grolmanstrasse, poco antes del paso subterráneo del suburbano, estaba aquel establecimiento especial. Como cliente ocasional de la cervecería de Franz Diener, me enteraba de los acontecimientos grandes y pequeños de los que en la tertulia habitual, a la que cada noche asistía gente importante, se hablaba con alegría y alcohol. Se hubiera podido creer que, con Franz, que hacia finales de los años veinte, antes de que Max Schmeling lo destronara tras quince asaltos, fue campeón alemán de los pesos pesados, habría algunos contertulios boxeadores retirados o en activo. Pero no. En los años cincuenta y a comienzos de los sesenta, en su establecimiento se juntaban actores, gente del cabaret y de la radio, e incluso escritores y personajes más bien dudosos, que se hacían pasar por intelectuales. De forma que el tema no eran los éxitos de Bubi Scholz y su derrota en el combate contra Johnson, sino cotilleos de teatro, por ejemplo audaces especulaciones sobre las causas de la muerte de Gustaf Gründgens allá lejos, en las Filipinas, o sobre alguna intriga de la emisora Radio Libre Berlín. Todo ello se derramaba a todo volumen hasta la barra. También recuerdo que El vicario de Rolf Hochuth fue bastante discutido, pero por lo demás se evitaba la política, aunque la era de Adenauer tocaba claramente a su fin.

Franz Diener, por mucho que quisiera acentuar su aspecto de posadero honrado, tenía un rostro de boxeador marcado por la dignidad y la melancolía. Se buscaba de buena gana su compañía. De una forma sólida, irradiaba algo misteriosamente trágico. Pero siempre había sido así: los artistas e intelectuales se sentían atraídos por el boxeo. No sólo Brecht cultivaba su debilidad por los hombres de puños fuertes; en torno a Max Schmeling, antes aún de que fuera a América y saltara a las primeras páginas, se reunía gente famosa, entre ellos Fritz Kortner, el actor, y Josef von Sternberg, el director de cine, pero también Heinrich Mann se dejaba ver con él. Por eso, en la taberna de Franz Diener se podía admirar en todas las paredes de la sala delantera, y detrás del mostrador, no sólo fotos de boxeadores en poses conocidas, sino un gran número de fotografías enmarcadas de celebridades de la vida cultural, en otro tiempo o todavía conocidas.

Franz era uno de los pocos profesionales que habían sabido invertir con cierta garantía sus ingresos de los combates de boxeo. En cualquier caso, su taberna estaba siempre llena hasta los topes. La mesa de la tertulia solía estar ocupada hasta después de medianoche. Era él quien servía en persona. Porque cuando, excepcionalmente, se hablaba de boxeo, casi nunca era de sus combates con Neusel o Heuser —Franz era demasiado modesto para sacar a relucir sus victorias—, sino siempre, únicamente, del primero y el segundo combates de Schmeling contra Sharkey en los años treinta y treinta y uno, en que Max se convirtió en campeón de los pesos pesados, aunque pronto tuviera que ceder el título. Se hablaba además de su victoria en Cleveland sobre Young Stribling, al que en el decimoquinto asalto dejó K.O. Sin embargo, esas retrospectivas de unos hombres en su mayoría de cierta edad se desarrollaban, en lo que la política de aquellos años se refería, como en el vacío: ni una palabra sobre el gobierno de Brüning ni del choque cuando los nazis, en las elecciones al Reichstag, se convirtieron de pronto en el segundo partido más votado.

Ya no sé si O.E. Hasse, el actor, que se hizo un nombre con El general del Diablo, o Dürrenmatt, el autor suizo ya entonces famoso, a los que ensayos teatrales traían a veces a Berlín, fueron los que dieron la consigna; quizá fui yo desde la barra. Es posible, porque se trató sobre todo, en la pelea que siguió, de aquella emisión teatral sensacional del 12 de junio del año treinta, que pudimos oír el 13 por la emisora de onda corta americana a partir de las tres de la mañana, y de la que fui yo responsable, como técnico de sonido de la Radiodifusión del Reich en Zehlendorf. Con nuestro receptor de onda corta recientemente construido, me cuidé de que la recepción fuera óptima, lo mismo que antes —aunque no sin parásitos— había transmitido el combate de Schmeling contra Paulino Uzcudun y, antes aún, fui ayudante cuando se transmitió el primer aterrizaje del zepelín en Lakehurst. Cientos de miles oyeron cómo el dirigible LZ 126, sobre Manhattan, hacía su show. Sin embargo, en aquella ocasión, el placer terminó ya al cabo de media hora: en el cuarto asalto, Sharkey, que con su certero gancho de izquierda iba tres asaltos por delante, fue descalificado tras un fuerte gancho al estómago, que alcanzó a Schmeling demasiado bajo, tirándolo al suelo. Mientras Max se retorcía de dolor, fue proclamado nuevo campeón mundial por el árbitro, y por cierto ovacionado, porque Schmeling, incluso en el Yankee Stadium de Nueva York, era el favorito.

Algunos de la tertulia de Franz Diener recordaban todavía aquella emisión de radio.

—¡Pero Sharkey fue claramente el mejor! —decían.

—Qué va. Max necesitaba tiempo. Sólo después del asalto quince se solía crecer…

—Es verdad. Porque cuando, dos años más tarde, después de quince asaltos duros perdió contra Sharkey, todos, hasta el alcalde de Nueva York, protestaron, porque, por puntos, Schmeling era claramente superior.

Los combates posteriores con El bombardero moreno —Max venció en el primer combate, después de doce asaltos, por K.O., y Joe Louis en el segundo, en el primer asalto, ya igualmente por K.O.— se mencionaban sólo de pasada, y lo mismo la calidad, nuevamente mejorada, de nuestras emisiones de radio. Se hablaba más bien de la «Leyenda de Schmeling». En realidad, no había sido un boxeador extraordinario, decían, sino más bien alguien que suscitaba simpatía. Lo realmente grande en él se había conocido por su persona, no por la fuerza de sus puños.

También, aunque sin querer, había sido útil para la maldita política de aquellos años: un alemán de exhibición. No es de extrañar que, después de la guerra, cuando perdió en Hamburgo contra Neusel y Vogt, no pudiera volver al cuadrilátero.

Entonces Franz Diener, que se había quedado tras el mostrador y rara vez comentaba los combates de boxeo, dijo:

—Sigo estando orgulloso de haber perdido mi título frente a Max, aunque él sólo se dedique ahora a criar gallinas.

Luego volvió a sacar cerveza, puso huevos en salmuera o albóndigas con una pizca de mostaza, y sirvió ronda tras ronda de aguardiente hasta la raya. Y en la tertulia se habló otra vez de cotilleos de teatro, hasta que Friedrich Dürrenmatt, prolijamente y al modo de Berna, explicó a la concurrencia, reducida ahora al silencio, el Universo con sus galaxias, nebulosas y años-luz.

—Nuestra Tierra, quiero decir lo que hormiguea por ella dándose importancia, ¡no es más que una migaja! —exclamó, y pidió luego otra ronda de cerveza.

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1931

Hacia Harzburg, hacia Brunswick, era la consigna…

—Venían de todos las regiones. La mayoría en tren, pero nosotros, los camaradas del Vogtland, en caravana…

—¡Se acabó la servidumbre! ¡Bendicen los nuevos estandartes! Incluso desde la costa, desde las playas de Pomerania, acudieron desde Franconia, Múnich, Renania, en camiones, en autobuses, motocicletas…

—Y todos en traje pardo de gala…

—Los de la segunda escuadra motorizada fuimos desde Plauen; veinte coches cantando: «Tiemblan los huesos podridos…».

—Ya al amanecer, nuestra delantera abandonó Crimmitschau. Y, pasando por Altenburg, fue con tiempo otoñal inmejorable en dirección a Leipzig…

—¡Sí, camaradas! Por primera vez experimenté toda la fuerza del monumento, vi los héroes apoyados en la espada, y comprendí que para nosotros, mucho más de cien años después de la Batalla de los Pueblos, suena otra vez la hora de la liberación…

—¡Abajo la esclavitud!

—¡Sí, camarada! No en esa barraca de chismorreos del Reichstag, que habría que incendiar, no, en las calles de Alemania se encuentra por fin la Nación…

—Sin embargo, cuando habíamos dejado atrás la dulce Turingia, con Sauckel, nuestro jefe regional, a la cabeza; y cuando, luego, Halle y Eisleben, la ciudad de Lutero, quedaron atrás, llegamos a la prusiana Aschersleben, en donde tuvimos que quitarnos la camisa parda y mostrarnos con camisa blanca, por decirlo así neutral…

—Porque allí todavía los socialdemócratas con su prohibición…

—Y ese cerdo de ministro de policía. ¡Recordad ese nombre: Severing!

—Sin embargo, en Bad Harzburg, ya en tierra de Brunswick, estuvimos otra vez libres de coacciones. Miles y miles en traje pardo…

—Lo mismo que una semana después en la misma Brunswick, cuando nuestra gente seguía haciendo de policía y, disciplinadamente, se habían reunido más de cien mil camisas pardas…

—Entonces vi al Führer cara a cara.

—Al pasar desfilando, ¡yo también!

—Y durante un segundo, no, durante una eternidad, yo…

—¡Qué va, camaradas! No había ya ningún yo, sólo un gran nosotros que, hora tras hora, pasaba con la mano en alto haciendo el saludo alemán. Todos, todos nosotros recibimos su mirada en el alma…

—Me pareció como si sus ojos me hubieran bendecido…

—Desfiló el ejército pardo. Y en cada uno de nosotros se posó su mirada…

—Y antes había visitado personalmente los más de cuatrocientos vehículos de transporte de tropas, autocares y vehículos motorizados de dos ruedas, todos dispuestos en hilera, porque, en el futuro, sólo con escuadras motorizadas…

—Y luego, en el Campo de Francisco, bendijo los nuevos estandartes, veinticuatro, con palabras talladas en bronce…

—Su voz venía de los altavoces. Era como si el Destino nos rozara. Era como si quisiera alumbrar aquí, saliendo de las tormentas de acero de la Gran Guerra, la Alemania de la doma y la disciplina. Era como si por él hablara la predestinación. Era, como fundido en bronce, lo nuevo…

—Y, sin embargo, hay algunos que dicen que en todo eso nos han precedido las ligas fascistas de Mussolini. Quiero decir con sus camisas negras, su squadrismo, sus grupos de asalto…

—¡Qué sandez! Cualquiera puede ver que no tenemos nada de italianini. Rezamos en alemán, amamos en alemán y odiamos en alemán. Y quien se cruza en nuestro camino…

—Pero de momento necesitamos algunos aliados, como la semana pasada, cuando forjaron el Frente de Harzburg y ese Hugenberg, con sus majaderos germanonacionales…

—Todos esos burgueses y plutócratas de sombrero y chistera…

—Es que todos ellos son de ayer, y un día habrá que eliminarlos, como también a los del «Casco de Acero»…

—Sí, sí, por nuestra boca, sólo por nuestra boca habla el porvenir.

—Y cuando las SA motorizadas de la Leonhardplatz, en columnas interminables, volvieron a sacar a las masas pardas de la ciudad de Enrique el León y las trajeron de nuevo a nuestras regiones próximas o lejanas, todos nos llevamos el fuego que la mirada del Führer había encendido, para que siguiera ardiendo, ardiendo…

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1932

Tenía que ocurrir algo. En cualquier caso, las cosas no podían seguir así, con decretos de urgencia y elecciones continuas. Sin embargo, en principio, hasta hoy no ha cambiado mucho. Bueno, estar sin trabajo entonces y parado ahora no es exactamente lo mismo. En aquella época no se decía «estoy sin trabajo», sino «voy a que me estampillen». Por alguna razón, eso parecía más activo. La verdad es que nadie quería reconocer que no tenía trabajo. Se consideraba una vergüenza. En cualquier caso, cuando en el colegio o en la catequesis me preguntaba el reverendo Watzek, yo decía: «Mi padre va a que lo estampillen», mientras que mi nieto dice ahora tranquilamente: «Vivo del subsidio». Es verdad, cuando Brüning estaba en el poder, eran unos seis millones, pero ahora estamos otra vez en cinco, bien contados. Por eso hoy se escatima el dinero y se compra sólo lo más necesario. En principio, las cosas no han cambiado. Sólo que en el treinta y dos, cuando llevaba ya tres inviernos yendo a que lo estampillaran, a Padre hacía tiempo que le estaba descontando, y le reducían la asistencia social cada dos por tres. Tres marcos cincuenta a la semana cada vez. Y como mis hermanos iban los dos a que los estampillaran, y sólo mi hermana Erika, vendedora en Tietz, traía a casa un verdadero salario, Madre no llegaba a reunir siquiera doscientos marcos semanales para la casa. Eso no bastaba en absoluto, pero en nuestra vecindad ocurría lo mismo por todas partes. ¡Ay de quien agarraba la gripe o lo que fuera! Sólo por el certificado había que apoquinar cincuenta pfennig. Echar medias suelas a los zapatos abría un agujero en las finanzas.

El carbón comprimido costaba unos dos marcos el quintal. Sin embargo, en las cuencas los montones aumentaban. Naturalmente, estaban vigilados, estrictamente además, con alambre de espino y perros. Y el colmo eran las patatas de invierno.

Tenía que ocurrir algo, porque el sistema entero estaba podrido. En principio, hoy ocurre lo mismo. También las esperas en la oficina de empleo. Una vez, mi padre me llevó con él: «Para que veas cómo funciona esto». Ante la oficina había dos policías que velaban por que nadie perturbase el orden, porque delante había una cola y dentro estaban de pie también, ya que no había asientos suficientes. Sin embargo, tanto fuera como dentro todo estaba muy tranquilo, porque todos andaban meditando sólo para sus adentros. Por eso se podía oír tan bien el ruido de las estampillas. Un chasquido seco. Estampillaban en cinco o seis ventanillas. Todavía hoy lo oigo. Y veo muy bien las caras cuando rechazaban a alguien. «¡Ha pasado el plazo!», o «faltan papeles». Padre lo llevaba todo: hoja de inscripción, último certificado de trabajo, declaración de pobreza e impreso de giro postal. Porque, desde que sólo recibía beneficencia, comprobaban la necesidad, hasta en nuestra casa. Ay, si había muebles demasiado nuevos o una radio. Y además olía a ropa húmeda. Porque fuera hacían cola bajo la lluvia. No, no había apreturas ni alborotos, ni siquiera políticos. Bueno, porque todo el mundo estaba harto y todos lo sabían: así no se puede seguir. Tiene que ocurrir algo. Sin embargo, después mi padre me llevó a la autoayuda de los desempleados, en el edificio del sindicato. Allí había carteles y llamamientos a la solidaridad. Y había también algo que comer, un plato único, la mayoría de las veces una sopa. Madre no debía saber que habíamos estado allí: «Os sacaré a todos adelante», decía ella y, cuando me frotaba en el bocadillo del colegio un poco de manteca, se reía; o cuando sólo había pan: «Hoy a palo seco». Bueno, las cosas no son ahora tan malas, aunque pueden empeorar. En cualquier caso, entonces había ya algo así como el servicio social para los llamados desempleados de la beneficencia. En nuestro caso, en Remscheid, tenían que apencar en la presa, construyendo caminos. Padre también, porque vivíamos de la beneficencia. En aquella época, como los caballos eran demasiado caros, enganchaban a unos veinte hombres a una apisonadora de no sé cuántos quintales y, a la voz de «¡arre!», arrancaban. A mí no me dejaban ir a mirar, porqué Padre, que en otro tiempo fue maquinista jefe, se avergonzaba ante su hijo. Sin embargo, en casa lo oía llorar cuando, en la oscuridad, estaba echado junto a Madre. Ella no lloraba, pero al final, poco antes de la toma del poder, no hacía más que decir: «Peor no puede ser». Una cosa así no puede pasarnos hoy, he dicho a mi nieto para tranquilizarlo, cuando se dedica como siempre a hablar mal de todo.

—Tienes razón —me respondió el rapaz—, por muy mal que esté lo del trabajo, las acciones de la Bolsa no hacen más que subir.

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1933

La noticia del nombramiento nos sorprendió a las doce, cuando, con Bernd, mi joven colaborador, tomaba un tentempié en la Galería, mientras escuchaba distraídamente la radio. Quiero decir que no me sorprendió: tras la renuncia de Schleicher, todo apuntaba a Él, sólo Él entraba en consideración y hasta el anciano Presidente del Reich tuvo que someterse a su Voluntad de Poder. Traté de reaccionar con una chirigota: «Ahora tendremos a un pintor de brocha gorda como artista», pero Bernd, a quien normalmente la política, como dice, no le interesa «un comino», se consideraba personalmente amenazado:

—¡Largarse! ¡Hay que largarse! —exclamó.

Me sonreí, claro está, ante su reacción excesiva, pero sin embargo me sentí confirmado en mi actitud previsora: hacía ya unos meses que había puesto a salvo en Amsterdam los cuadros que, ante la predecible toma del poder, podían considerarse especialmente sospechosos: varios Kirchner, Pechstein, Nolde, etcétera. Sólo de mano del Maestro había todavía algunos en la Galería, los tardíos y coloridos paisajes de jardín. Indudablemente, no pertenecían a la categoría de «degenerados». Sólo por ser judío estaba él en peligro, lo mismo que su mujer, aunque traté de persuadir a Bernd y de persuadirme:

—Tiene mucho más de ochenta años. No se atreverán a tocarlo. En el peor de los casos, tendrá que dimitir de su cargo de Presidente de la Academia. Qué va, en tres o cuatro meses la pesadilla habrá acabado.

Sin embargo, mi inquietud persistió o aumentó. Cerramos la Galería. Y, después de haber conseguido calmar un poco a mi querido Bernd, que naturalmente estaba deshecho en lágrimas, me puse en camino a última hora de la tarde. Pronto no habría posibilidad de pasar. Hubiera debido tomar el suburbano. Por todas partes venían columnas. Ya desde la Hardenbergstrasse. Subían de seis en fondo por la avenida de la Victoria, una columna de asalto tras otra, con decisión. Una corriente parecía aspirarlas hacia la Gran Estrella, en donde, evidentemente, todas convergían. Cuando las tropas se aglomeraban, marcaban el paso sobre el terreno, apremiantes, impacientes; nada de inmovilizarse. Ay, aquella terrible seriedad de los rostros, subrayados por los barbuquejos. Y cada vez más curiosos, cuya afluencia comenzaba a cerrar las zonas de peatones. Por encima de todos, aquellos cantos al unísono…

Entonces, por decirlo así, me metí en la maleza, me abrí camino por el ya oscuro Tiergarten, pero no era el único que se esforzaba por avanzar por caminos secundarios. Finalmente, cerca de la meta, vi que la Puerta de Brandeburgo estaba cerrada al tráfico normal. Sólo con ayuda de un policía, al que conté no sé ya qué, pude llegar a la plaza de París, situada inmediatamente detrás de la Puerta. Ay, ¡cuántas veces habíamos pasado por allí llenos de esperanza! ¡Qué dirección más exclusiva y, sin embargo, conocida! ¡Cuántas visitas al estudio del Maestro! Y siempre resultaba ingenioso, con frecuencia divertido. Su seco humor en berlinés.

Ante el edificio señorial —desde hacía decenios propiedad de su familia— estaba, como si me aguardase, el conserje.

—Los señores están en la terraza —me dijo, llevándome escaleras arriba.

Entretanto debía de haber comenzado la marcha de las antorchas, como ensayada desde hacía años, pero en cualquier caso organizada con minuciosa precisión, porque, cuando llegué a la terraza, el júbilo anunció las columnas que se aproximaban.

¡Asqueroso, sin duda, aquel populacho! Y, sin embargo, el estrépito creciente resultaba excitante. Hoy tengo que confesarme que me fascinó… aunque sólo fuera durante un estremecimiento.

Sin embargo, ¿por qué se exponía él a la masa? El Maestro y Martha, su mujer, estaban en el borde exterior de la terraza. Más tarde, cuando estábamos en el estudio, le oímos decir: desde allí, en el setenta y uno, había visto desfilar victoriosamente por la Puerta a los regimientos que volvían de Francia; luego, en el catorce, a los infantes que se iban, todavía con casco puntiagudo; en el dieciocho la entrada de los batallones de marineros sublevados; y ahora había querido echar una última ojeada desde lo alto. Sobre eso se podían decir muchos desatinos.

Sin embargo antes, en la terraza, estaba de pie, mudo, con el puro frío en el rostro. Los dos con sombrero y abrigo, como dispuestos a irse. Oscuros contra el cielo. Una pareja hierática. También la Puerta de Brandeburgo estaba todavía gris, sólo de cuando en cuando explorada por los reflectores de la policía. Luego, sin embargo, la comitiva de las antorchas se acercó, se derramó como una corriente de lava en toda su anchura, separada por poco tiempo de los pilares, para volver a unirse, incesante, incontenible, solemne, fatal, iluminando la noche, alumbrando la puerta hasta la cuadriga de los caballos, hasta el borde del yelmo y el signo de la victoria de la diosa; incluso nosotros, en la terraza de la casa de Liebermann, fuimos bañados por aquel resplandor fatídico, y al mismo tiempo nos llegaron la humareda y el hedor de más de cien mil antorchas.

¡Qué vergüenza! Sólo de mala gana reconozco que aquella imagen, no, aquel cuadro naturalmente poderoso, es verdad, me espantó, pero me emocionó al mismo tiempo. Se desprendía de él una voluntad que parecía necesario obedecer. A aquel destino grandioso y progresivo no podía oponérsele nada. Un torrente que arrastraba.

Y el júbilo que se elevaba desde abajo por todas partes me hubiera arrancado posiblemente también —aunque sólo fuera a título experimental— un «Sieg Heil!» de aprobación, si Max Liebermann no hubiera aportado aquella frase que luego circuló por toda la ciudad como contraseña susurrada. Apartándose de aquella imagen cargada de Historia como de un adefesio histórico barnizado, dijo en berlinés:

—No puedo tragar tanto como quisiera vomitar.

Cuando el Maestro dejó la terraza de su casa, Martha lo cogió del brazo. Y yo empecé a buscar palabras apropiadas para convencer a la pareja de ancianos para que huyera. Pero las palabras no servían. No se las podía trasplantar, ni siquiera a Amsterdam, adonde huí enseguida con Bernd. Por cierto, para nuestros amados cuadros —entre ellos algunos de mano de Liebermann— fue Suiza ya, pocos años después, el lugar relativamente seguro aunque poco querido. Bernd me abandonó…

Ay… Pero eso es ya otra historia.

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1934

Dicho sea entre nosotros: ese asunto hubiera habido que liquidarlo de una forma más precisa. Me dejé llevar demasiado por motivos personales. El lío empezó con el cambio precipitado de destino, debido a la intentona de Röhm: destacados desde Dachau, el 5 de julio nos hicimos cargo del campo de concentración de Oranienburg, poco después de que una verdadera calamidad de hombres de las SA fueran sustituidos por un comando de portaestandartes de la guardia, camaradas, por cierto, que pocos días antes, en Wiessee y en otras partes, habían acabado sin contemplaciones con la banda de Röhm. Todavía visiblemente agotados, hablaban de la «Noche de los Cuchillos Largos» y nos traspasaron con la tienda sus propios subjefes de las SA, que debían ayudar en la parte burocrática del relevo, pero resultaron totalmente ineptos.

Uno de aquellos matones —llamado significativamente Stahlkopf (Cabeza de Acero)— pasó lista a los reclusos que teníamos confiados, ordenando a los judíos que se situasen en lugar separado.

Apenas una docena de personajes, entre los que uno llamaba especialmente la atención. En cualquier caso, reconocí enseguida a Mühsam. Inconfundible el rostro.

Aunque en el presidio de Brandeburgo le habían cortado la barba a hachazos y, en general, le habían leído la cartilla a modo, todavía quedaba de él lo suficiente. Dicho sea entre nosotros: un anarquista de lo más sublime y, por añadidura, un literato de café típico, que durante mis primeros años en Múnich había sido un personaje más bien cómico, concretamente como poeta y propagandista de la libertad absoluta, sobre todo del amor libre, claro está. Ahora tenía ante mí a una piltrafa, con la que apenas se podía hablar, porque había ensordecido. Como motivo señaló a sus oídos en parte supurantes y en parte con costras, haciendo una mueca de disculpa.

En mi calidad de ayudante, informé al jefe de brigada Eicke, calificando a Erich Mühsam por una parte de inofensivo y por otra de especialmente peligroso, porque hasta los comunistas habían temido su discurso propagandístico:

—En Moscú lo habrían liquidado hace tiempo.

El jefe de brigada Eicke dijo que me ocupara del caso, aconsejándome un tratamiento especial, lo que resultaba suficientemente claro. Al fin y al cabo, fue Theodor Eicke en persona quien liquidó a Röhm. Sin embargo, inmediatamente después de pasar lista cometí mi primer error, al pensar que podía dejar el trabajo sucio a Stahlkopf, el imbécil de las SA.

Dicho sea entre nosotros: yo tenía cierto temor a acercarme a aquel judío más de lo necesario. A eso se añadía que, durante el interrogatorio, mostró una entereza sorprendente. A cada una de mis preguntas respondía con versos de poemas, aparentemente suyos, pero también algunos de Schiller: «… y si no arriesgáis la vida…». Aunque le faltaban varios dientes anteriores, recitaba como si estuviera en un escenario. Por una parte era cómico, pero por otra… Además, me irritaban aquellos quevedos sobre sus narices de judío… Y más aún las resquebrajaduras en ambos cristales… Y él, impertérrito, sonreía después de cada cita…

En cualquier caso, concedí a Mühsam cuarenta y ocho horas, dándole el perentorio consejo de que, en ese plazo, pusiera fin por sí mismo. Hubiera sido la solución más limpia.

Bueno, pues no nos dio ese gusto. De manera que entró en acción Stahlkopf. Al parecer, lo ahogó en la taza del retrete. No quise enterarme de los detalles. Bien visto, resultó una auténtica chapuza. Naturalmente, a posteriori fue difícil fingir que Mühsam se había ahorcado. Las manos contraídas de una forma atípica. No conseguíamos sacarle la lengua. Además, el nudo estaba hecho de una forma demasiado experta. Mühsam no lo hubiera conseguido nunca. Y luego Stahlkopf, aquel idiota, hizo más tonterías aún, al dar publicidad al asunto en la lista matinal, con la orden: «¡Judíos para cortar la cuerda, un paso al frente!». Naturalmente, aquellos señores, entre ellos dos médicos, se dieron cuenta enseguida de la chapucería.

Como era de esperar, inmediatamente recibí del jefe de brigada Eicke un rapapolvos:

—Hombre, Ehardt, Dios sabe que hubiera podido hacerlo con algo más de limpieza.

Sólo cabía estar de acuerdo con él, porque, en confianza sea dicho, el asunto nos lo colgarían mucho tiempo aún, ya que no conseguimos enmudecer a aquel judío sordo. Por todas partes decían… En el extranjero se honraba a Mühsam como mártir… Hasta los comunistas… Y tuvimos que cerrar el campo de concentración de Oranienburg y distribuir a los reclusos por otros campos. Ahora estoy otra vez en Dachau, supongo que a prueba.

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1935

Por medio de mi asociación estudiantil, Teutonia, a la que, en calidad de «senior», pertenecía también mi padre, tuve oportunidad, al terminar mis estudios de Medicina, de hacer mis prácticas con el Dr. Brösing —también él viejo «teutón»—; es decir, lo ayudaba a prestar asistencia médica en los campos de trabajo que se habían instalado al aire libre para construir el primer tramo de autopista del Reich, desde Francfort del Meno hasta Darmstadt. De acuerdo con las condiciones de entonces, todo era sumamente primitivo, sobre todo porque entre los trabajadores de la autopista, especialmente en las columnas de paleadores, había, sorprendentemente, muchos sujetos cuyo comportamiento antisocial daba origen a conflictos incesantes. «Armar jaleo» y «hacer el bestia» eran acontecimientos cotidianos. Como consecuencia, entre nuestros pacientes no sólo había accidentados en los trabajos de carretera, sino también algunos camorristas de dudoso origen, heridos en peleas. El Dr. Brösing curaba las cuchilladas sin preguntar la causa. A lo sumo le oía decir su frase habitual:

—Señores míos, ya es hora de que acaben estas broncas políticas.

Sin embargo, la mayoría de los trabajadores se comportaban bien y se sentían por lo general agradecidos, porque la gran hazaña del Führer, la construcción, anunciada ya el 1º de mayo del treinta y tres, de una red de autopistas que enlazaría Alemania entera, había dado trabajo y salario a muchos miles de jóvenes. Y también para los de más edad acabó un desempleo que había durado años. Sin embargo, había muchos a los que no se les daba bien aquel trabajo insólitamente duro. Una alimentación mala e incompleta en épocas anteriores puede haber sido la causa de su desfallecimiento corporal. En cualquier caso, el Dr. Brösing y yo, en el curso de la construcción de aquel tramo de autopista que avanzaba rápidamente, nos enfrentamos con una invalidez laboral hasta entonces desconocida y, por ello, no investigada, que el Dr. Brösing, médico tradicional pero no carente de humor, solía llamar «enfermedad de los paleadores». También hablaba del «crujido de los paleadores».

Siempre se trataba de lo mismo: los trabajadores afectados, daba igual que fueran jóvenes o de edad avanzada, sentían, al realizar un esfuerzo físico intenso, especialmente cuando tenían que trasladar constantemente con la pala enormes masas de tierra, un crujido entre los omoplatos al que seguían violentos dolores que les impedían seguir trabajando. En las radiografías, el Dr. Brösing encontró la prueba de la enfermedad que había bautizado tan acertadamente: un desgarro de la apófisis de la columna vertebral, en el límite entre cuello y tórax, que afectaba normalmente a la primera apófisis del tórax y la séptima del cuello.

En realidad, hubiera habido que declarar inmediatamente a aquella gente incapacitada para el trabajo y despedirla; pero el Dr. Brösing, que consideraba el ritmo marcado por la dirección de las obras como «irresponsable» y, cuando estaba conmigo, incluso de «asesino», pero por lo demás parecía políticamente indiferente, retrasaba el despido, de forma que el barracón de enfermos estaba siempre abarrotado. Coleccionaba pacientes, por decirlo así, ya fuera para investigar el desarrollo de la «enfermedad de los paleadores» o bien para señalar defectos.

Sin embargo, como no faltaba mano de obra, finalmente se terminó a tiempo la primera parte de la autopista del Reich. El 19 de mayo tuvo lugar su solemne inauguración en presencia del Führer y de altos camaradas del Partido, y con la participación de más de cuatro mil trabajadores de la autopista. Por desgracia, el tiempo fue pésimo. La lluvia alternaba con el granizo. Sólo de cuando en cuando salía el sol. Sin embargo, el Führer, de pie en un Mercedes descapotable y saludando a los cien mil curiosos, unas veces con el brazo derecho rígido y otras con el brazo doblado, recorrió el tramo construido. El júbilo era inmenso. Una y otra vez sonó la marcha de Badenweiler. Y desde el inspector general Dr. Todt hasta las columnas de paleadores, todos estaban convencidos de la importancia de aquel momento histórico.

Después del breve discurso de agradecimiento del Führer, dirigido a aquellos «trabajadores del puño y de la frente», el maquinista Ludwig Droessler, en nombre de todos los que habían participado en la construcción, saludó al ilustre huésped y, entre otras, encontró las sencillas palabras que siguen:

—Con la construcción de esta autopista, mi Führer, habéis iniciado una obra que, dentro de siglos, seguirá hablando de la voluntad de vivir y la grandeza de esta época…

Más tarde, con tiempo sólo ligeramente mejor, se abrió el tramo de autopista para un desfile de automóviles, en el que intervinieron, para solaz del público, algunos coches viejísimos, resoplantes y traqueteantes, pero también otros vehículos sólo de anteayer; por cierto, también el Dr. Brösing en su Opel de dos plazas, con al menos diez años encima, que quizá estuvo en otro tiempo pintado de verde. Sin embargo, el Dr. Brösing estimó que no tenía que participar en las celebraciones oficiales; le pareció más importante inspeccionar hacia la caída de la tarde el barracón de enfermos, mientras yo, como me dijo, podía asistir a «esas bobadas de uniforme». Por desgracia, no pudo publicar su informe médico sobre la llamada «enfermedad de los paleadores» en ninguna revista especializada; hasta la revista de nuestra asociación, Teutonia, sin dar razón alguna, rehusó al parecer publicarlo.

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1936

Nunca faltaba gente que diera ánimos. En nuestro campo de Esterwegen, que adquirió cierta celebridad por aquella Canción de los soldados del pantano cuyo estribillo hacía rimar la palabra «hermano», se rumoreaba desde principios del estío del treinta y seis que, antes de que comenzaran los Juegos Olímpicos, una amnistía pondría fin a nuestro miserable destino como parásitos sociales y cortadores de turba en el Emsland. Aquel rumor se alimentaba de la piadosa suposición de que hasta Hitler tenía que tener en cuenta a los demás países, la época del terror intimidante había pasado, y además la extracción de turba, como actividad muy alemana, debía reservarse a quienes hacían el servicio de trabajo voluntario.

Sin embargo, entonces enviaron destacados a cincuenta reclusos, todos artesanos calificados, a Sachsenhausen, cerca de Berlín. Allí, vigilados por hombres de las SS de la acuartelada «Unidad de la Calavera», debíamos construir un gran campamento, al principio previsto para dos mil quinientos reclusos en unas treinta hectáreas de superficie cercada; un campamento con futuro.

Como delineante, yo fui de los cortadores de turba destacados. Dado que las partes prefabricadas de los barracones las proporcionaba una empresa berlinesa, teníamos algunos contactos con el mundo exterior, en general estrictamente prohibidos, y supimos del jaleo que había en la capital del Reich ya antes de la inauguración de los Juegos: turistas de todo el mundo poblaban el Ku’damm, la Friedrichstrasse, la Alex y la plaza de Potsdam. Sin embargo, no se filtraban más cosas. Sólo cuando, en el puesto de guardia del barracón ya construido de la Comandancia, en el que estaba también la dirección de las obras, instalaron una radio, que desde muy temprano hasta muy tarde transmitía noticias para crear ambiente en torno a la fiesta de inauguración y, luego, los primeros resultados de las competiciones, comenzamos a disfrutar ocasionalmente de la adquisición. Como, solo o con otros, tenía que ir con bastante frecuencia a la dirección de las obras, estábamos hasta cierto punto al corriente en lo que se refería al comienzo de los Juegos. Y cuando, al anunciar los primeros resultados de las finales, pusieron el aparato a todo volumen, atronando así incluso el lugar de pasar lista y las obras limítrofes, muchos nos enteramos también de la entrega de medallas. Además, oíamos allí al lado quiénes se sentaban en la tribuna de honor: toda clase de eminencias internacionales, entre ellas, Gustavo Adolfo, sucesor al trono sueco, el príncipe heredero Umberto, un subsecretario de Estado inglés, llamado Vansittart, y un pelotón de diplomáticos, entre ellos algunos de Suiza. Por eso, no pocos confiábamos en que a aquella masiva presencia extranjera no se le pasaría por alto el gran campo de concentración que estaba surgiendo al borde de Berlín.

Sin embargo, el mundo no nos hacía caso. La deportiva «Juventud del Mundo» estaba suficientemente ocupada consigo misma. Nuestra suerte no importaba a nadie.

No existíamos. Y así transcurría con normalidad la vida cotidiana del campo, con excepción de la radio del puesto de guardia. Porque aquel aparato, por cierto de color gris campaña, evidentemente tomado en préstamo al Ejército, traía noticias de una realidad que se estaba desarrollando fuera del alambre de espino. Enseguida, el 1.º de agosto, en el lanzamiento de peso y de martillo hubo victorias alemanas. Yo estaba con Fritjof Tuschinski, un «verde», como llamábamos a los delincuentes a causa del color de su distintivo de recluso, en la dirección de las obras, para hacer correcciones en los planos, cuando anunciaron por la radio la segunda medalla de oro, que inmediatamente fue celebrada estruendosamente en la habitación de al lado por los «calaveras» que no estaban de guardia. Sin embargo, cuando Tuschinski opinó que debíamos celebrarlo también, cayó sobre él la mirada del director de las obras, el jefe de tropas de asalto Esser, que tenía fama de ser duro pero justo. Un aplauso ruidoso por mi parte hubiera tenido sin duda como consecuencia un castigo severo, porque, como recluso político, caracterizado por un galón rojo, hubiera sido tratado más duramente que el «verde». Tuschinski sólo tuvo que hacer cincuenta flexiones, mientras que yo, gracias a la máxima disciplina, conseguí esperar instrucciones inmóvil, aunque interiormente me alegrara de aquella y de otras victorias alemanas; al fin y al cabo hacía pocos años había sido corredor de media distancia en el Spartakus de Magdeburgo, cosechando éxitos incluso en los tres mil metros.

A pesar del prohibido aplauso —nosotros, nos dio a entender Esser, no éramos dignos de participar abiertamente en las victorias alemanas—, no se pudo evitar en el transcurso de los Juegos que, durante algunos minutos, se produjeran aproximaciones espontáneas entre reclusos y guardianes, por ejemplo cuando Luz Long, el estudiante de Leipzig, sostuvo en salto de longitud un emocionante duelo con Jesse Owens, vencedor americano en los cien y —poco después— los doscientos metros, duelo que Owens ganó finalmente con su récord olímpico de ocho metros seis. De todas formas, conservó su récord mundial de ocho trece. La medalla de plata de Long, sin embargo, fue celebrada por todos los que estaban cerca de la radio: dos subjefes de grupo de las SS que pasaban por sanguinarios, un kapo verde que nos despreciaba a los políticos y nos hacía la vida imposible en cuanto tenía ocasión, y yo, funcionario medio del Partido Comunista de Alemania, que sobrevivió a todo aquello y más, y hoy, con mi dentadura postiza mal encajada, rumio mis tristes recuerdos.

Es posible que aquel apretón de manos que Hitler se dignó dar al parecer al negro varias veces vencedor provocara ese breve compañerismo. Luego volvió a imponerse la distancia. El jefe de tropas de asalto Esser nos informó: las medidas disciplinarias afectaban a reclusos y guardianes. La radio antirreglamentaria desapareció, por lo que nos perdimos el desarrollo ulterior de los Juegos Olímpicos. Sólo por rumores supe de la mala suerte de nuestras chicas, que en la final de los cuatrocientos-relevo perdieron el testigo al pasarlo. Y cuando los Juegos terminaron, no hubo ya esperanza.

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