Liguero

José Luis Barrera

El Salón de la Rue des Moulins (1894)-Henri Toulouse Lautrec

 

 

Ser puta es grave, pero ser cliente es peor. Por orden del Ministerio de Educación, en la escuela nos explicaron que los cuerpos que se entregan al placer son primitivos.

Encontrar prostitutas es difícil, sin embargo, durante una noche de borrachera, uno de mis amigos del colegio me dijo: ¡vamos de putas!

No es miedo lo que tuve. O tal vez sí. No fuimos.

Las semanas siguientes solo pensé en sexo.

Había conversado con algunas mujeres, pero – igual que cientos de miles de hombres –, hasta entonces, jamás vi una sin ropa.

Al borde de la desesperación, telefoneé a mi amigo. Dijo que no entendía, que nunca estuvo con prostitutas o mujer alguna, que es un pecado contra la patria, contra Dios…

No permití que siguiera echándome cuentos. Le hice ver que ya no era un mocoso y que deseaba estar con una mujer “¡ahorita!”

— ¿Siquiera sabes lo que es un liguero?

Llegó a mi casa con seis botellas de cerveza para darme valor.

Durante el camino no cruzamos palabra. Llegamos a un galpón enorme en medio de la nada. Tuve la impresión de que alguien acechaba en la oscuridad, pero estaba demasiado borracho como para que me importara.

Mi amigo golpeó una puerta lateral. Una voz, desde dentro, hizo cierta pregunta que no pude comprender. “El virgen”, fue la respuesta.

Carcajadas. Mareo. Náusea.

Un hombre alto y con aliento repulsivo abrió.

—Solo vinieron tres putas hoy.

Pagué por una de cuyo nombre no puedo acordarme.

El galpón oscuro y el tufo a cigarrillo, sudor y alcohol me provocaron un nuevo acceso de náuseas. Mi amigo se sentó, explicándome que “la mía” se iba a demorar un poco.

El cuidador le había dicho que estaba con un burócrata, “de esos que hacen las leyes contra las putas”.

Le pregunté qué era un liguero, temiendo que pudiese arruinar el encuentro si no lo sabía, pero no pudo contestarme porque una mujer me tomó de la mano arrastrándome hacia un cuarto, tras del escenario.

Tuve miedo. No del sexo, no de ella, solo del liguero. ¿Podía enfermarme por culpa de esa cosa? ¿O ir a la cárcel? Le pedí a la prostituta que me explicara.

Risas.

El edredón de la cama estaba mojado, creo que por culpa del burócrata.

Más náusea.

La puta era tan fea que resultaba hermosa. Empezó a quitarse la blusa, mientras yo pensaba con desesperación en el liguero. “¿El liguero te liga a alguien? ¿A esta mujer o a todas?”

Se escucharon sirenas y un par de balazos.

Silencio.

Luego, golpes y maldiciones.

“¡Puta madre!”, dijo la puta y yo volví a preguntar sobre el liguero.

Ella me abofeteó por pendejo y en seguida entraron los policías.

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