Una cuestión de fronteras (I)

Daphne Du Maurier

 

Se había dormido hacía diez minutos aproximadamente. Desde luego, no hacía más. Shelagh, para distraer a su padre, había traído del estudio unos viejos álbumes de fotografías y los habían estado mirando juntos, riéndose. Parecía tan mejorado… La enfermera había pensado que podía tomarse la tarde libre y salir a dar un paseo, dejando que la hija cuidara a su paciente; y Mrs. Money había ido en el coche hasta el pueblo, a que la peinaran. El doctor les había asegurado a todos que la crisis había pasado, que era solamente cuestión de descanso y tranquilidad, y de tomarse las cosas con calma.

Shelagh estaba junto a la ventana, contemplando el jardín. Se quedaría en casa, desde luego, tanto tiempo como su padre la necesitara. No podía dejarle mientras hubiera alguna duda sobre su estado. Pero si no aceptaba la oferta que le había hecho el «Theatre Group», para interpretar los principales papeles de las obras de Shakespeare; la oportunidad podía no volver a presentarse. Rosalind… Portia… Viola. Viola, la más atrayente de todas. El corazón anhelante, cubierto por una capa de disimulo, la propia decepción estimulando el apetito.

Sonrió inconscientemente. Se alisó el cabello, inclinó la cabeza, y apoyó una mano en la cadera, imitando a Cesario; entonces oyó un movimiento en la cama y vio que su padre intentaba sentarse. La miraba fijamente, y su cara tenía una expresión de horror e incredulidad, y gritó:

—¡Oh, no…! ¡Oh, Jinnie…! ¡Oh, Dios mío!

Ella corrió a su lado.

—¿Qué tienes, cariño? ¿Qué te pasa? —le dijo.

Él intentó apartarla, sacudiendo la cabeza, y luego cayó sobre las almohadas, y ella supo que él estaba muerto.

Salió corriendo de la habitación, llamando a la enfermera, y entonces recordó que había salido de paseo. Podía haber ido, cruzando los campos, a cualquier parte. Shelagh corrió escalera abajo, en busca de su madre, pero la casa estaba vacía, y las puertas del garaje abiertas de par en par. Su madre debía de haber ido a algún sitio en el coche. ¿Por qué? ¿Para qué? No dijo que iba a salir. En el vestíbulo, Shelagh cogió con manos temblorosas el teléfono y marcó el número del médico, pero cuando descolgaron no fue el propio doctor quien contestó, sino su voz, grabada, átona, metálica, que decía: «Habla el doctor Dray. Estaré fuera hasta las cinco. Su mensaje será grabado. Por favor, empiece ahora…», y oyó un sonido, como cuando se telefonea pidiendo la hora y la voz dice: «Al oír la tercera señal, serán las dos, cuarenta y dos minutos, veinte segundos…».

Shelagh colgó, y empezó a buscar febrilmente en la guía telefónica, el número del socio del doctor Dray, un joven que hacía poco que había empezado a trabajar en el consultorio. Ella ni tan siquiera le conocía. Esta vez contestó una voz, la de una mujer. A lo lejos, se oía llorar a un niño, y una radio a todo volumen, y escuchó cómo la mujer le gritaba, impaciente, al niño que se callara.

—Soy Shelagh Money, de Whitegates, Great Marsden. Por favor, dígale al doctor que venga inmediatamente. Creo que mi padre acaba dé morir. La enfermera no está, y estoy sola en la casa. No he podido hablar con el doctor Dray.

Oyó cómo su propia voz se quebraba, y la rápida y compasiva respuesta de la mujer hizo que resultara imposible dar más explicaciones.

—Me pondré en contacto con mi esposo inmediatamente.

No podía hablar; se apartó a ciegas del teléfono, y corrió otra vez, escalera arriba, hacia el dormitorio. Su padre estaba tendido, tal como lo había dejado, con la misma expresión de horror en su rostro, y ella se arrodilló junto a él y besó su mano, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

—¿Por qué? —se preguntó—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué hice?

Pues cuando él gritó, llamándola por su apelativo cariñoso, Jinnie, no fue como si al despertarse se hubiera sentido súbitamente presa del dolor. No había sido así, sino que su grito había parecido una acusación, como si ella hubiera hecho algo tan horroroso que resultara increíble. «¡Oh, no…! ¡Oh, Jinnie…! ¡Oh, Dios mío…!». Había intentado mantenerla lejos, cuando corrió hacia él, y entonces murió instantáneamente.

«No puedo soportarlo, no puedo —pensó—. ¿Qué es lo que hice?».

Se levantó aún cegada por las lágrimas, y colocándose junto a la ventana, miró por encima del hombro hacia la cama, pero ya todo había cambiado. Él ya no la miraba. Estaba quieto. Se había ido. El momento de la verdad había pasado para siempre, y ella ya no podría saber nunca. Lo sucedido ya era «Entonces», formaba parte del pasado, en otra dimensión del tiempo, y el presente era «Ahora», parte de un futuro que él ya no compartiría. Este presente, este futuro, estaban en blanco para él, como los espacios vacíos del álbum de fotografías que estaba junto a la cama, esperando ser llenados. Pensó, incluso, que si él hubiese leído sus pensamientos, cosa que hacía con frecuencia, no le hubiera importado. Sabía que yo quería interpretar esos papeles con el «Theatre Group», y me había animado a hacerlo, encantado. No era como si hubiera estado pensando marcharme en cualquier momento y abandonarle… ¿Por qué aquella expresión de horror, de incredulidad? ¿Por qué? ¿Por qué?

Miró por la ventana, y las hojas, que el otoño había esparcido sobre el césped, se elevaron repentinamente, empujadas por una ráfaga de aire, como pájaros lanzados en todas direcciones, arremolinándose, girando y cayendo después. Las hojas que antes habían brotado del árbol paterno, para brillar, verdes y gruesas, durante todo el verano, ya no tenían vida. El árbol las rechazaba, y se habían convertido en el juguete de todos los vientos. Aún su oro viejo había reflejado la luz solar, y se había apagado con el crepúsculo, y en la sombra se habían vuelto arrugadas, estériles, secas.

Shelagh oyó que un coche llegaba por la avenida, y saliendo de la habitación se paró al final de la escalera. Pero no era el doctor, sino su madre. Entró en el vestíbulo por la puerta principal, quitándose los guantes, con el pelo recogido en un moño alto, brillante y rizado, recién salido del secador. Sin darse cuenta de que su hija la miraba, permaneció un momento frente al espejo, colocando en su sitio un rizo. Entonces sacó del bolso el lápiz de labios, y se pintó la boca. El ruido de una puerta, procedente de la cocina, hizo que volviera la cabeza.

—¿Es usted, enfermera? —llamó—. ¿Qué hay del té? Lo podemos tomar arriba.

Volvió a mirarse en el espejo, levantando la cabeza, y se limpió el exceso de rojo de labios con un pañuelo.

La enfermera salió de la cocina. Sin el uniforme, parecía distinta. Para salir había tomado prestado el abrigo de Shelagh, y su cabello, normalmente tan ordenado, estaba despeinado.

—Qué tarde tan magnífica —dijo—. He dado un largo paseo, a través de los campos. Es tan vigorizante… Se lleva todas las telarañas. Sí, tomemos ya el té. ¿Cómo está mi paciente?

«Están viviendo en el pasado —se dijo Shelagh—. En un momento del tiempo que ya no existe». La enfermera nunca comería las pastas con mantequilla en que había venido pensando, radiante de su paseo, y su madre, cuando volviera a mirarse en el espejo vería, bajo el alto moño, una cara más vieja y macilenta. Era como si el dolor, al llegar tan inesperadamente, hubiera hecho más aguda su intuición y así podía ver a la enfermera instalada junto a la cama de su próximo paciente, algún inválido quejoso. No como su padre, que se burlaba y hacía chistes. También veía a su madre, vestida adecuadamente de blanco y negro (el negro sólo sería demasiado severo), contestando a las cartas de pésame, primero las de la gente más importante.

En aquel momento, las dos la vieron, de pie, al final de la escalera.

—Ha muerto —dijo Shelagh. Las dos caras la miraron con incredulidad, como él lo había hecho, pero sin el horror, sin la acusación, y mientras la enfermera, que se recobró primero, corría escalera arriba, pasando junto a ella, vio cómo la cara de su madre, cuidadosamente conservada, y todavía bonita, se desintegraba, se arrugaba como una máscara de plástico.

«No tienes nada que reprocharte. No podías hacer nada. Tenía que pasar, más pronto o más tarde…». Sí, se decía Shelagh, pero ¿por qué no más tarde, en vez de más pronto? Por qué cuando un padre muere, siempre queda tanto que ha dejado por decir. Si yo hubiera sabido, durante esa última hora que estuve sentada allí, hablando y riendo sobre cosas triviales, que junto a su corazón se estaba formando un coágulo, como una bomba de relojería, a punto de estallar, seguramente me hubiera comportado de otro modo, hubiese intentado retenerle, o por lo menos agradecerle mis diecinueve años de felicidad y amor. No hubiera estado hojeando descuidadamente las fotografías del álbum, burlándome de las modas antiguas, ni bostezando al poco rato, con lo que, al notar mi aburrimiento, él dejó caer el álbum al suelo y murmuró:

—No te molestes por mí, pequeña. Voy a echar un sueñecito.

«Siempre pasa lo mismo cuando uno se enfrenta con la muerte —le explicó la enfermera—, siempre se piensa que se podía haber hecho más. A mí me preocupaba mucho cuando estaba haciendo mis prácticas. Aunque, desde luego con un pariente tan próximo es peor. Ha sufrido usted un duro golpe, y debe de intentar sobreponerse, en bien de su madre».

¿En bien de mi madre? A mi madre no le importaría que yo abandonara la casa en este momento, estuvo a punto de decir Shelagh, porque así podría acaparar toda la atención, toda la simpatía, y la gente comentaría cuán admirablemente se comportaba, mientras que conmigo en la casa las simpatías se dividirán. Incluso el doctor Dray, que llegó después que su socio, se dirigió a ella, antes que a su madre, y le dio palmaditas en el hombro, diciendo:

—Estaba muy orgulloso de ti, querida, siempre me lo estaba diciendo.

Luego la muerte, decidió Shelagh, era una ocasión para intercambiar cumplidos, para que todo el mundo dijera cosas agradables sobre los demás, cosas que, en otro momento, no hubieran ni soñado decir. Déjeme que suba yo en su lugar… Permítame que conteste el teléfono… ¿Pongo la cafetera al fuego? Un exceso de cortesía, como mandarines con sus quimonos, inclinándose, y al mismo tiempo, un intento de justificación, por no haber estado allí cuando ocurrió el estallido.

La enfermera (al socio del doctor):

—Nunca hubiera salido a pasear, si no hubiese estado completamente segura de que se encontraba bien. Y creía que Mrs. Money y su hija estaban en casa. Sí, le había dado las tabletas…

«Está en el banquillo de los testigos, en un juicio —pensó Shelagh—, pero todos lo estamos». Su madre (también al socio del doctor): —Olvidé completamente que la enfermera iba a salir. Habíamos tenido tantas preocupaciones, tanta ansiedad, que pensé que una rápida escapada a la peluquería me serviría de distracción, y parecía tan mejorado, igual que antes. Jamás hubiera abandonado la casa, su habitación, si hubiese podido pensar por un momento que…

—¿No es ése el problema? —interrumpió Shelagh—. Que nunca pensamos, ninguno de nosotros. Tú no lo hiciste, ni la enfermera, ni el doctor Dray, y, sobre todo, yo tampoco pensé, porque yo soy la única que vio lo que ocurrió, y no podré olvidar mientras viva la expresión de su rostro.

Corrió por el pasillo hacia su habitación, sollozando histéricamente, como no lo había hecho desde hacía años; la última vez fue cuando la camioneta de Correos chocó contra su primer coche, que estaba aparcado en la avenida, y dejó aquel lindo juguete deshecho, un montón de chatarra retorcida. «Eso les daría una lección —se dijo—, les haría dejar de jugar a comportarse bien, a ser tan nobles frente a la muerte, a decir que es una piadosa liberación, y que en realidad es lo mejor para todos. A ninguno de ellos les importaba en realidad, les dolía, que alguien se hubiera ido para siempre. Para siempre…».

Más tarde, durante la noche, cuando todos se habían ido a la cama, porque la muerte es agotadora para todo el mundo, menos para el muerto, Shelagh se deslizó en la habitación de su padre, y cogió el álbum de fotografías, que la enfermera, discretamente, había colocado en un ángulo de la mesa, y se lo llevó a su dormitorio. Antes, durante la tarde, las fotografías, tan familiares como viejos christmas amontonados en un cajón, no habían tenido ningún significado, pero ahora eran una especie de obituario, como instantáneas del muerto que, como un tributo, aparecieran en televisión.

El niño con puntillas, sobre una alfombra, con la boca abierta, mientras sus padres jugaban al croquet. Un tío, que mataron en la Primera Guerra Mundial. De nuevo su padre, que ya no era un niño sobre una alfombra, sino que llevaba pantalones, sosteniendo un palo de croquet demasiado grande para él. Casas de abuelos muertos desde hacía mucho tiempo. Niños en la playa. Pícnics en el campo. Y también Dartmouth, fotografías de barcos. Hileras de chicos alineados, jóvenes, hombres. Cuando niña, se vanagloriaba de en seguida encontrar a su padre entre ellos. «Ése, ése eres tú, el muchacho más pequeño, al final de la hilera». Luego en la siguiente fotografía, más esbelto, y en la segunda fila. Después, mucho más alto, y volviéndose repentinamente guapo, dejando de ser un niño. Luego, ella giraba las páginas rápidamente, porqué las siguientes fotografías eran de lugares, no de personas: Malta, Alejandría, Portsmouth, Greenwich. Perros que habían sido de su padre, y que ella no había conocido. «Éste es el viejo Punch». (Su padre le explicaba siempre que Punch sabía cuándo su barco debía llegar a casa y esperaba en una de las ventanas de arriba). Oficiales navales montados en burros…, jugando al tenis…, en carreras, todo esto antes de la guerra, y ella había pensado: «Desconocedores de su destino, las pequeñas víctimas juegan». Porque en la siguiente página todo se volvía triste, el barco que él amaba, hundido, y muchos de aquellos jóvenes sonrientes, muertos. «Pobre Monkey White, hubiera sido un almirante si hubiese vivido». Ella intentaba imaginarse al sonriente Monkey White de la fotografía, convertido en almirante, calvo y gordo quizá, y, en cierto modo, prefería que hubiese muerto, aunque su padre decía que había sido una pérdida para el Servicio. Más oficiales, más barcos, y el gran día en que Mountbatten visitó el barco al mando de su padre, que salió a su encuentro cuando le subían a bordo. El patio del palacio de Buckingham. Delante del fotógrafo de prensa, bastante confuso, cubierto de medallas.

—Ya no falta mucho para que lleguemos a ti —acostumbraba a decir su padre, al volver la siguiente página, y llegar a la fotografía que él tanto admiraba, y que era ligeramente ridícula, aunque él nunca lo hubiera admitido, de su madre en traje de noche, con la mirada espiritual que Shelagh conocía tan bien. Cuando era niña, le molestaba pensar que su padre se había enamorado, y si los hombres debían amar, que no se hubiese enamorado de otra persona, de alguien sombrío, misterioso, y profundamente inteligente, no de un ser vulgar, que se impacientaba sin razón y se enfadaba cuando alguien llegaba tarde para el almuerzo.

La boda naval, la sonrisa triunfal de su madre —Shelagh conocía también esa expresión, que tenía cuando había conseguido sus propósitos fueran los que fuesen, como ocurría generalmente—, y la sonrisa de su padre, tan distinta, no triunfante, sino simplemente feliz. Las anticuadas damas de honor, con vestidos que las hacían parecer más gordas de lo que eran —los debían de haber elegido intencionadamente, para no eclipsar a la novia—, y el padrino, Nick, amigo de su padre, bastante menos guapo que él. Estaba mejor en uno de los grupos anteriores, en un barco, pero aquí parecía desdeñoso, aburrido.

La luna de miel, la primera casa, y luego aparecía ella; las fotografías de la infancia, que formaban parte de su vida; sobre las rodillas de su padre, sobre sus hombros, toda su niñez y adolescencia, hasta la última Navidad. «Podía ser mi obituario también —pensó ella—, hemos compartido este libro juntos, y termina con la instantánea que él me tomó, sobre la nieve, y la que yo le tomé a él, sonriéndome a través de la ventana del estudio».

Sintió que iba a volver a llorar, esta vez de autocompasión; si lloraba tenía que ser por él, no por ella. ¿En qué momento aquella misma tarde, él se había dado cuenta de su aburrimiento, y había cerrado el álbum? Fue cuando estaban hablando de aficiones. Él había dicho que ella era físicamente perezosa, que no hacía suficiente ejercicio.

—Hago todo el ejercicio que necesito en el teatro —dijo ella, pretendiendo ser otra persona.

—No es lo mismo —respondió él—, a veces hay que escapar de la gente, real o imaginaria. Te diré lo que haremos. Cuando me levante y esté bien otra vez, vamos a ir a pescar, los tres, a Irlanda. A tu madre le sentará muy bien, y yo hace años que no he pescado.

¿Irlanda? ¿Pescar? Su reacción fue egoísta, de desilusión. Eso le iba a impedir llevar a cabo sus planes con el «Theatre Group». Debía intentar, bromeando, que abandonara aquella idea.

—Mami lo odiaría —dijo—. Seguro que preferiría ir al sur de Francia, a pasar unos días con tía Bella.

Bella era la hermana de su madre. Tenía una villa en Cap d’Ail.

—Estoy seguro —sonrió él—, pero eso no es lo que yo llamaría una convalecencia. ¿Has olvidado que soy medio irlandés? Tu abuelo era de County Antrim.

—No lo he olvidado —dijo ella—, pero hace ya años que murió el abuelo, y está enterrado en Suffolk. Esto en lo que concierne a tu sangre irlandesa. No tienes amigos allí, ¿verdad? No contestó inmediatamente, luego dijo: —Está el pobre Nick.

Pobre Nick… Pobre viejo Monkey White… Pobre viejo Punch… Momentáneamente, ella confundió a los amigos y a los perros, que no había conocido.

—¿Quieres decir tu padrino de boda? —dijo, arrugando el entrecejo—. No sé por qué creí que estaba muerto.

—Muerto para el mundo —respondió él, concisamente—. Salió muy malherido de un accidente de automóvil que tuvo hace algunos años, y perdió un ojo. Desde entonces, ha vivido como un recluso.

—Qué lástima. ¿Por eso nunca te manda una tarjeta en Navidad?

—En parte… Pobre viejo Nick. Valiente como nadie, pero loco de remate. Un caso raro. No le pude recomendar para que le ascendieran, y creo que no me lo perdonó nunca.

—No es extraño. Yo hubiese sentido lo mismo si, siendo el amigo íntimo de alguien, no me hubiera ayudado.

Él negó con la cabeza.

—La amistad y el deber son dos cosas diferentes —dijo—, y yo antepuse el deber. Tú eres de otra generación y no lo entenderías. Hice lo correcto, estoy seguro de ello, pero no fue muy agradable, entonces. Una espina clavada puede amargar a un hombre. No quiero pensar que soy responsable de lo que pudiera hacer él después.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella.

—No importa —contestó él—, no es cosa tuya. De todas formas hace tiempo que todo terminó. Pero a veces desearía…

—¿Qué desearías, papaíto?

—Poder volver a estrechar la mano de aquel viejo compañero y desearle buena suerte.

Pasaron algunas páginas más del álbum, y al cabo de un momento, ella empezó a bostezar, recorriendo perezosamente con la mirada la habitación, y él, notando su aburrimiento, dijo que quería dormir un rato. Nadie se muere de un ataque al corazón porque su hija se aburra. Pero… ¿Y si había tenido una pesadilla, en la que apareciera ella? ¿Y si había soñado que volvía a estar en aquel barco de guerra que se hundía, con el pobre Monkey White, y con Nick, y con todos aquellos hombres ahogándose, y que también ella estaba con él en el agua? Es algo sabido que en los sueños se mezcla todo. Y a cada instante, aquel coágulo se hacía más grande, como un exceso de aceite en la maquinaria de un reloj. De un momento a otro las manecillas se pararán, y el tictac del reloj dejará de sonar.

Alguien golpeó la puerta de su dormitorio.

—¿Sí? —contestó ella.

Era la enfermera. Su aspecto era profesional, a pesar de su bata de noche.

—Me preguntaba si se encontraría usted bien —murmuró—. Vi luz por debajo de su puerta.

—Estoy muy bien, gracias.

—Su madre está profundamente dormida. Le di un sedante. Estaba muy preocupada porque mañana es sábado, y va a ser difícil conseguir una esquela en The Times y el Telegraph, antes del lunes. Ha sido tan valiente…

¿Había en su voz un velado reproche, porque Shelagh no se había ocupado de esas cosas? Seguramente, hubiese sido igual hacerlo al día siguiente.

En voz alta, Shelagh dijo:

—¿Pueden matar las pesadillas?

—¿Qué quiere decir, querida?

—¿Pudo sufrir mi padre una terrible pesadilla y morir de la impresión?

La enfermera se acercó a la cama, y arregló el edredón.

—Vamos, ya se lo dije antes, y también el doctor, esto tenía que suceder en cualquier momento. Pero no tiene que continuar pensando en ello, dándole vueltas en la cabeza. No sirve de nada. Déjeme que le dé un sedante a usted también.

—No quiero un sedante.

—Sabe, querida, perdóneme, pero se está comportando de un modo un poquito infantil. Es natural que lo sienta, pero preocuparse por él de este modo, es lo último que su padre hubiese querido que hiciera. Ahora, todo se ha acabado. Él descansa.

—¿Cómo sabe usted que descansa? —estalló Shelagh—. ¿Cómo sabe usted que en este mismo momento su cuerpo astral no está dando vueltas a nuestro alrededor, furioso por estar muerto, y diciéndome: «Esta maldita enfermera me dio demasiadas píldoras»?

«¡Oh, no! —pensó—, no quise decir eso, las personas son tan vulnerables, están tan desnudas». La pobre mujer, perdida su calma profesional, se encogió dentro de su bata, desfalleció delante de sus ojos, y con voz trémula dijo:

—¡Qué cosa tan terrible y tan malvada ha dicho! Usted sabe que yo no hice semejante cosa.

Impulsivamente, Shelagh saltó de la cama, y rodeó los hombros de la enfermera con su brazo.

—Perdóneme —rogó—, y desde luego que no lo hizo. Él la quería a usted mucho. Fue una enfermera magnífica para él. Lo que yo quería decir era —buscó rápidamente una explicación—, lo que yo quise decir fue que no sabemos lo que pasa cuando muere una persona. Quizás estén haciendo cola a las puertas de san Pedro, con todos los otros que murieron el mismo día, o empujándose unos a otros en una especie de night-club penitenciario, con los condenados al infierno, o amontonados en una nube de niebla, esperando que desaparezca y todo se vuelva claro. De acuerdo, deme un sedante. Tome usted uno también, así por la mañana, los dos nos sentiremos mejor. Y, por favor, no piense más en lo que dije.

«Lo malo es —pensó después de haber tomado su calmante y vuelto a la cama— que las palabras dejan una herida, y la herida una cicatriz». La enfermera nunca volvería a suministrar píldoras a un paciente, sin que, en algún rincón de su mente, apareciese la duda de si daba la dosis correcta. Como el interrogante en la conciencia de su padre, por no haber ayudado a ascender al pobre Nick, dejándole así aquella herida. Era malo morir con algo en la conciencia. Debía de haber un aviso antes, para que a quien se hubiera ofendido, se pudiese mandar un telegrama, diciendo «perdóname», y así, el mal hecho podría ser reparado, borrado. Por eso en la antigüedad, la gente se amontonaba alrededor de la cama de los moribundos, esperando, no que les dejaran algo en el testamento, sino un perdón mutuo, terminar con los viejos rencores, igualar bien y mal. En realidad, algo parecido al amor.

Shelagh había actuado bajo un impulso. Sabía que siempre lo hacía así. Era parte de su carácter, y ya era aceptado por familiares y amigos. Pero hasta que no estuvo en la carretera, camino de Dublín, conduciendo aquel coche alquilado, su viaje, improvisado rápidamente, no cobró un significado real. Estaba llevando a cabo una misión, era depositaría de un legado sagrado. Traía un mensaje de más allá de la tumba. Pero era absolutamente secreto, y nadie debía de saberlo, porque estaba segura de que si se lo explicaba a alguien empezarían a hacerle preguntas, a discutir. Por eso, después del funeral, guardó sus planes en completo secreto. Su madre, como Shelagh había adivinado que haría, había decidido irse con tía Bella a Cap d’Ail.

—Siento que debo salir de aquí —le había dicho a su hija—. Quizá no te des cuenta, pero la enfermedad de papá fue terriblemente agotadora. Me he adelgazado mucho. Todo lo que deseo hacer es cerrar los ojos, y permanecer echada en la soleada terraza de Bella tratando de olvidar la miseria de las últimas semanas.

Parecía un anuncio de un jabón de lujo. Déjese mimar. Una mujer desnuda, sumergida en un baño de espuma. En realidad, una vez pasada la primera impresión, el aspecto de su madre mejoro, y Shelagh sabía que la soleada terraza de tía Bella pronto se llenaría con la abigarrada multitud de sus amigos: personas del mundillo social, artistas falsos, viejos homosexuales aburridos, lo que su padre acostumbraba a llamar «gentuza», pero que divertían a su madre.

—¿Y tú? ¿Por qué no vienes tú también? —le sugirió su madre, sin mucha convicción.

Shelagh negó con la cabeza.

—Los ensayos empiezan la semana próxima, y creo que antes de marchar a Londres voy a irme sola en el coche, a cualquier parte. Sin ningún plan. Simplemente, para conducir.

—¿Por qué no te llevas a alguien?

—Ahora, todo el mundo me pondría nerviosa. Estoy mejor sola.

A partir de entonces, los únicos contactos que hubo entre ellas fueron de orden práctico. Ninguna le dijo a la otra: «¿Eres realmente desgraciada? ¿Es esto el final del camino para ti, o para mí? ¿Qué nos reservará el futuro?». En lugar de esto, discutieron sobre si el jardinero y su mujer debían de ir a vivir allí, las visitas de los abogados se dejaron para cuando su madre regresara de Cap d’Ail, enviaron cartas, etc… Sin emoción, como dos secretarias, se sentaban la una al lado de la otra, leyendo y contestando cartas de pésame. «Tú te encargas de la A a la K. Yo de la L a la Z.». Y la respuesta era siempre aproximadamente la misma: «Profundamente conmovidas… Su simpatía nos reconforta…». Parecía que estuviesen enviando las postales de Navidad de cada diciembre, sólo las palabras eran diferentes.

Buscando en la agenda de su padre, encontró el nombre de Barry. Comandante Nicolás Barry, D.S.O., RN (Retd.), Ballyfane, Lough Torrah, Eire. El nombre y la dirección estaban tachados, lo que generalmente significaba que la persona había muerto. Miró a su madre.

—Me pregunto por qué ese viejo amigo de papá, el comandante Barry, no ha escrito —comentó casualmente—. ¿No ha muerto, verdad?

—¿Quién? —preguntó su madre, vagamente—. Oh, quieres decir Nick, ¿verdad? No creo que haya muerto. Tuvo un grave accidente de automóvil hace unos años. Pero perdieron contacto después de eso. No nos ha escrito desde hace años.

—Me gustaría saber por qué.

—No lo sé. Se pelearon, nunca supe el motivo. ¿Has visto esta carta tan amable del almirante Arbuthnot? Estuvimos juntos en Alejandría.

—Sí, la he visto. ¿Cómo era? No el almirante, Nick.

Su madre se arrellanó en su asiento, considerando la pregunta.

—Con franqueza, nunca acabé de entenderle —dijo—. Podía ser muy divertido y emprendedor, sobre todo en las reuniones, o bien ignorar a todo el mundo, y decir solamente cosas sarcásticas. Hay algo salvaje en él. Recuerdo que, poco después de casarnos tu padre y yo —él fue el padrino de boda, sabes—, vino a pasar unos días en casa, puso patas arriba todos los muebles de la sala de estar, y se emborrachó completamente. Qué estupidez. Yo estaba lívida.

—¿Se enfadó papá?

—No creo, en realidad no me acuerdo. Se conocían los dos tan bien… Habían estado juntos en el Ejército, y en Dartmouth cuando muchachos. Luego Nick dejó la Marina, y se retiró a vivir en Irlanda, y por alguna razón se fueron separando. Yo siempre creí que le echaron, pero nunca quise preguntar. Ya sabes que tu padre podía ser como una ostra en cuestiones del Servicio.

—Sí…

(Pobre Nick. Una espina en el costado. Me gustaría volver a estrecharle la mano y desearle buena suerte).

Pocos días después, fue a despedir a su madre al aeropuerto, y luego hizo sus propios planes para irse a Dublín. La noche antes de partir, buscando entre los documentos de su padre, encontró un trozo de papel, con una lista de fechas escrita a lápiz, y el nombre de Nick al lado, con un interrogante, pero ninguna explicación sobre las fechas. 25 de junio de 1953. 12 de junio de 1954. 17 de octubre de 1954. 24 de abril de 1955. 13 de agosto de 1955. La lista no tenía ninguna relación con los demás papeles archivados, y debía de haberse deslizado allí por casualidad. Ella las copió, y las puso en un sobre, dentro de su guía turística.

Bueno, esto era todo, Y aquí estaba ella, en camino hacia…, para hacer, ¿qué? ¿Para excusarse, en nombre de su difunto padre, frente a un comandante naval retirado, que no había sido nombrado para un ascenso? ¿Salvaje cuando era joven? ¿Muy divertido en las reuniones? La imagen que se formaba no era como para estimular a nadie, y comenzó a pensar que se trataba de un bufón de mediana edad, con risa de hiena, que ponía trampas idiotas encima de todas las puertas. Quizá lo había intentado con el Lord del Almirantazgo, y a cambio de sus desvelos le habían dado la patada. Un accidente automovilístico le convirtió en un recluso, un amargado clown de otros tiempos (pero valiente, había dicho su padre. ¿Y qué significaba eso? ¿Que durante la guerra se había sumergido en las aguas infestadas de aceite para salvar a los marineros que se ahogaban?), que permanecía sentado, royéndose las uñas, en alguna vieja casa de estilo georgiano, o en algún falso, castillo, bebiendo whisky irlandés y añorando las viejas hileras de camas.

Después de conducir durante algo más de 112 kilómetros, desde Dublín —en una perfumada tarde de octubre, mientras el paisaje se volvía más verde y radiante, el brillo del agua, hacia el Oeste, era cada vez más frecuente, y de pronto surgía una miríada de estanques y lagos, separados por brazos de tierra—, la perspectiva de llamar al timbre de una mansión de estilo georgiano se desvanecía. No había altos muros, rodeando dominios o heredades, sólo húmedos campos, más allá de la carretera, y seguramente no habría modo de llegar a los lejanos lagos, salpicados de plata.

La descripción de Ballyfane, en la guía oficial, había sido lacónica. «Situado al oeste de Lough Torrah, con numerosas lagunas más pequeñas junto al pueblo». El «Kilmore Arms» tenía seis dormitorios, pero no se mencionaba nada más. Si lo peor resultaba cierto, telefonearía a Nick: «La hija de su viejo amigo andaba por los alrededores, y esperaba visitarle a la mañana siguiente. ¿Podía él sugerir algún hotel confortable, que no estuviera alejado más de diez millas?». Un mayordomo, un viejo criado, respondería: «El comandante se sentirá muy complacido si usted acepta su hospitalidad en Ballyfane Castle». Los mastines irlandeses aullarían, y el propio anfitrión aparecería en la entrada, apoyándose en un bastón…

La torre de una iglesia apareció sobre una cuesta del camino, y allí estaba Ballyfane. La calle central del pueblo serpenteaba por una pendiente, flanqueada por unas cuantas casas sombrías, y algunas tiendas. Nombres como Driscoll y Murphy, estaban pintados en los letreros, sobre las puertas. «Kilmore Arms» podía haber pasado si lo hubieran blanqueado, aunque unas caléndulas en la repisa de la ventana, que intentaban valientemente florecer por segunda vez, demostraban que a alguien de allí le gustaban los colorines.

Shelagh aparcó su «Austin Mini», y contempló la escena. La puerta del «Kilmore Arms» estaba abierta. El vestíbulo, que también servía de salón, estaba vacío y limpio. No había nadie, pero sobre el mostrador que estaba a la izquierda de la entrada, había una campanilla, que parecía estar allí por alguna razón. La agitó bruscamente, y cuando un hombre de cara triste salió de otra habitación, cojeando y con lentes, ella tuvo el triste presentimiento de que se trataba del propio Nick, cuya situación no era muy próspera.

—Buenas tardes —dijo—. Me preguntaba si podría tomar el té.

—Puede —contestó él—. ¿Completo o solo?

—Bueno, creo que completo —replicó ella, con una visión de tostadas calientes, y mermelada de cerezas, y le dedicó la sonrisa que reservaba generalmente para el portero del escenario.

—Estará listo dentro de diez minutos —dijo él—. El comedor está a la derecha, tres peldaños más abajo. ¿Viene usted de lejos?

—De Dublín —contestó.

—Es un viaje agradable. Yo estuve en Dublín hace una semana —le explicó él—. Mi esposa, Mrs. Doherty, tiene familia allí. Ahora está fuera, enferma.

Shelagh se preguntó si debía disculparse por darle trabajo, pero ya había desaparecido en busca del té, y bajó los escalones que conducían al comedor. Había seis mesas preparadas, pero ella tuvo la sensación de que nadie había comido allí desde hacía días. El tictac de un reloj de pared sonaba fuertemente, rompiendo el silencio. En aquel momento, procedente de la parte posterior de la casa, apareció una doncella joven respirando pesadamente, y llevando una bandeja sobre la que había una gran tetera, y en lugar de las tostadas y mermelada de cerezas que ella esperaba, un plato con dos huevos fritos, y tres gruesos trozos de tocino, amén de un montón de patatas fritas. Un té completo… Tendría que comérselo, o Mr. Doherty se enfadaría. La camarera desapareció, y junto con el té llegó un gato blanco y negro, que se subió por las piernas de Shelagh, ronroneando ruidosamente. De modo furtivo, ella le dio el tocino y uno de los huevos, y se comió el resto. El té era fuerte y estaba hirviendo, y, mientras lo bebía, sintió que la quemaba por dentro, la camarera volvió a aparecer.

—¿Está el té a su gusto? —le preguntó ansiosamente—. Puedo freírle otro huevo si tiene todavía apetito.

—No —contestó Shelagh—, ya es suficiente, gracias. ¿Puedo ver el listín telefónico? Necesito encontrar el número de un amigo.

Trajeron el listín, y ella hojeó las páginas. Había muchos Barry, pero ninguno en aquella localidad. Ningún comandante. Ningún Nicolás Barry, R.N. (Retd,). El viaje había sido en vano. Su humor, hasta aquel momento atrevido, expectante, tornóse en desaliento.

—¿Cuánto le debo por el té? —preguntó.

La camarera murmuró una suma modesta. Shelagh le dio las gracias, pagó, salió al vestíbulo, y de allí a la calle. La oficina de Correos estaba enfrente. Una última intentona, y si tampoco resultaba fructífera, daría media vuelta y, con el coche, se dirigiría a cualquier hotel que encontrara en la carretera hacia Dublín, donde pudiera relajarse con un baño caliente y pasar la noche confortablemente. Con paciencia esperó, mientras una anciana compraba sellos y un hombre hacía preguntas sobre cómo mandar paquetes a América. Entonces se asomó a la ventanilla donde estaba el empleado de la estafeta.

—Perdóneme —dijo—. ¿Podría ayudarme? ¿Sabe usted, por casualidad, si el comandante Barry vive por estos alrededores?

El hombre la miró asombrado.

—Sí —respondió—. Hace veinte años que vive aquí.

¡Oh, alegría! ¡Oh, alivio! La misión continuaba. Todo no se había perdido.

—El caso es —explicó Shelagh—, que no pude encontrar su número en la guía de teléfonos.

—No es extraño —contestó el hombre—. No hay teléfono en Lamb Island.

—¿Lamb Island? —repitió Shelagh—. ¿Quiere decir que vive en una isla?

El hombre la miró como si hubiera hecho una pregunta tonta.

—Está en el lado sur de Lough Torrah —dijo—, aproximadamente a cuatro millas de aquí, en línea recta. Solamente se puede llegar allí en bote. Si quiere ponerse en contacto con el comandante Barry, será mejor que le escriba diciéndole que desea verle. No recibe a mucha gente.

«La espina en el costado… El recluso…».

—Comprendo —dijo Shelagh—. No lo había pensado. ¿Se puede ver la isla desde la carretera?

El hombre se encogió le hombros.

—Hay un recodo que va al estanque, aproximadamente una milla después de Ballyfane, pero es camino muy malo. No puede pasar con el coche por allí. Si tiene usted zapatos adecuados es una caminata bastante fácil. Pero es mejor que vaya con la luz del día. Puede usted perderse si va estando oscuro, y además, la niebla cubre el lago.

—Gracias —contestó Shelagh—. Muy agradecida.

Salió de Correos con la sensación de que el empleado la seguía con la mirada. ¿Y ahora qué? Lo mejor sería no correr riesgos esta noche. Valdría más soportar las dudosas comodidades, y la posible indigestión del «Kilmore Arms». Volvió al hotel, y en el umbral se encontró cara a cara con Mr. Doherty.

—Supongo —dijo Shelagh—, que no tendrá usted una habitación para esta noche.

—Desde luego, la tengo —respondió él—, y será usted bienvenida. Ahora está muy tranquilo, pero en la temporada turística se sorprendería usted; Raramente tenemos una cama vacía. Voy a entrar sus maletas. A su coche no le pasará nada aunque lo deje usted en la calle.

Ansioso por complacerla, anduvo cojeando hasta el portaequipajes del coche, y cogió su maleta. La condujo al interior del «Kilmore Arms», escalera arriba, hasta una pequeña habitación doble, que daba a la calle.

—Le cobraré solamente una cama —dijo—. Veintidós chelines, y su desayuno. Hay un cuarto de baño al otro lado del pasillo.

Bueno, no estaba mal. Y por lo menos tenía esta comodidad, después de todo. Más tarde, los habitantes del lugar llenarían el bar y empezarían a cantar. Ella también bebería «Guinness» en una enorme jarra, y les observaría, o quizá se uniría a ellos.

Inspeccionó el cuarto de baño. Le recordó las peripecias de los viajes. Un grifo goteaba, dejando una mancha marrón, y cuando lo abrió, el agua brotó como las cataratas del Niágara. Sin embargo, era caliente. Sacó las cosas que necesitaba para la noche, se bañó, volvió a vestirse y bajó la escalera. Se oían voces al final del corredor. Las siguió y llegó al bar. Mr. Doherty estaba detrás del mostrador. Las voces callaron al entrar ella, y todos la miraron. «Todos» eran más o menos media docena dé hombres, entre los que reconoció al empleado de Correos.

—Buenas noches —dijo ella, animadamente. Se oyó un murmullo de respuesta, pero sin prestarle mucha atención, siguieron hablando entre ellos. Ella pidió un whisky a Mr. Doherty, y se sintió repentinamente confusa, subida en aquel alto taburete, lo que era perfectamente ridículo, porque durante sus viajes acostumbraba a entrar en toda clase de bares, y éste no era nada especial, precisamente.

—¿Es su primera visita a Irlanda? —preguntó Mr, Doherty, muy solícito, mientras le servía el whisky.

—Sí, lo es —respondió Shelagh—. Y estoy bastante avergonzada por no haber venido antes. Mi abuelo era irlandés. Estoy segura de que aquí el paisaje es maravilloso. Tengo que hacer una excursión hasta el lago mañana.

Miró hacia el otro lado del bar y vio que el empleado de Correos la estaba observando.

—Entonces, ¿estará unos cuantos días con nosotros? —preguntó Mr. Doherty—. Puedo hacer arreglos para que vaya a pescar, si lo desea.

—Bien… Aún no estoy segura… Depende.

En aquella atmósfera, su voz sonaba fuerte e inglesa, recordándole la de su madre. Como la de un personaje de una revista de sociedad. Y la charla de la gente del pueblo había cesado momentáneamente. La afabilidad irlandesa que ella había imaginado, brillaba por su ausencia. No parecía que nadie fuera a coger un violín, bailar una jiga ni empezar a cantar. Quizá consideraban sospechosas a las chicas que permanecían por las noches solas en las tabernas.

—Cuando usted quiera puede cenar —dijo Mr. Doherty.

Siguiendo la indirecta, Shelagh se bajó del taburete, y se fue al comedor, sintiéndose como si tuviera diez años. Sopa, pescado, roast-beef. El trabajo que habían tenido, cuando todo lo que ella necesitaba era un trozo delgado de jamón, pero resultaba imposible dejar nada en el plato.

Era sencillo terminarse todo aquello, remojado con jerez.

Shelagh miró su reloj. Sólo eran las ocho y media.

—¿Tomará usted el café en el salón?

—Sí, gracias.

—Hay un televisor. Lo encenderé para usted.

La camarera colocó un sillón cerca del televisor y Shelagh se sentó, con un café que no le apetecía, mientras pasaban una comedia americana, de la época de 1950. El murmullo de voces seguía llegando del bar. Shelagh volvió a verter el café en la cafetera, y subió a buscar su abrigo. Luego, dejando que la televisión sonara en el salón vacío, salió a la calle. No había nadie. Todo Ballyfane estaba ya en la cama, o a salvo, tras las puertas cerradas. Subió al coche y atravesó el pueblo vacío, dirigiéndose a la carretera por la que había llegado aquella tarde. «Un recodo —había dicho el empleado de Correos—. Aproximadamente una milla después de Ballyfane».

Aquí debía de ser, a la izquierda. Un poste retorcido, con el letrero «Sendero hacia Lough Torrah», apareció a la luz de sus faros. El sendero, estrecho y sinuoso, descendía por la colina. Era una tontería intentarlo sin una linterna, y además, solamente con tres cuartos de luna llena, que daba una luz incierta, cuando aparecía entre los cúmulos de nubes. Pero aun así… Podía caminar aunque sólo fuera un trecho, por lo menos haría algo de ejercicio.

Dejó el automóvil junto al poste indicador, y comenzó a caminar. Sus zapatos, que afortunadamente eran planos, chapoteaban en el barro. «Tan pronto como vea el lago, daré media vuelta —pensó Shelagh—. Me levantaré pronto, mañana, y volveré a venir; me traeré el almuerzo y decidiré mi plan de ataque». El sendero continuaba por la ribera, y de pronto, vio extenderse frente a ella la gran sabana de agua, rodeada por brazos de tierra que penetraban en ella y en el centro mismo estaba la isla, poblada de árboles. Tenía un aspecto misterioso y sombrío, y la luna, penetrando a través de las nubes, convertía el agua en plata, mientras la isla continuaba oscura, como el encorvado dorso de una ballena.

Lamb Island… Sin razón aparente, la hizo pensar en leyendas, no de jefes irlandeses, muertos desde hacia muchos años, ni de feudos tribales, sino de sacrificios a los antiguos dioses, antes del alba de la Historia. Altares de piedra en un claro del bosque. Un cordero degollado sobre las cenizas de un fuego. Se preguntó si estaría muy lejos de la orilla. Las distancias eran difíciles de precisar durante la noche. A su izquierda, un arroyo fluía hacia el lago, bordeado de juncos. Avanzó hacia él, buscando cuidadosamente el camino entre las piedras y el fango, y entonces vio el bote, atado a un tronco, y junto a él la silueta de un hombre. Estaba mirando hacia ella. Un terror pánico la sobrecogió y empezó a retroceder. Sin resultado, porque él caminó rápidamente sobre el barro y se colocó junto a ella.

—¿Busca usted a alguien? —preguntó.

Era un hombre joven, corpulento, con un jersey de pescador y unos pantalones tejanos. Tenía el acento del pueblo.

—No —respondió Shelagh—, no, estoy visitando estos alrededores. Hace una noche maravillosa y pensé que me gustaría dar un paseo.

—Es un sitio muy solitario para pasear. ¿Viene usted de muy lejos?

—De Ballyfane —le explicó—. Me hospedo en el «Kilmore Arms».

—Comprendo —dijo él—. Habrá venido seguramente a pescar. Hay más pesca al otro lado de Ballyfane.

—Gradas. Lo recordaré.

Hubo una pausa. Shelagh pensó si debía decir algo más, o bien dar media vuelta y marcharse, después de desearle alegremente buenas noches. Él miraba detrás de ella, hacia el sendero, y ella oyó los pasos de alguien que chapoteaba en el barro. Otra silueta emergió de las sombras y avanzó hacia ellos. Shelagh vio que se trataba del empleado de Correos de Ballyfane. No sabía si sentirse aliviada o más preocupada.

—Buenas noches de nuevo —dijo Shelagh, quizá demasiado cordialmente—. Ya ve usted que, después de todo, no esperé hasta mañana. Encontré mi camino fácilmente, gracias a su ayuda.

—Vi su coche en la carretera, aparcado junto al recodo —dijo el empleado—, y pensé que sería mejor venir por aquí por si le ocurría algo malo.

—Es usted muy amable —contestó Shelagh—, no debía de haberse molestado.

—No fue ninguna molestia. Vale más prevenir que curar. —Se volvió hacia el joven con el jersey de pescador—. Es una noche muy hermosa, Michael.

—Lo es, Mr. O’Reilly. Esta señorita me estaba diciendo que ha venido a pescar. Le he explicado que hay mejor pesca del otro lado de Ballyfane.

—Esto es cierto, si lo que quiere es pescar —dijo el empleado, sonriendo por primera vez, pero de un modo desagradable, como si supiera demasiado—. La señorita fue esta tarde a la oficina de Correos preguntando por el comandante Barry. Estaba sorprendida de no haberle encontrado en el listín telefónico.

—Ahora me lo explico —dijo el joven, y de pronto sacó una linterna del bolsillo y enfocó la cara de ella—. Perdone la libertad, señorita, pero no he tenido el placer de conocerla antes. Si tiene usted la bondad de decirme lo que desea del comandante, le pasaré su recado.

—Michael vive en Lamb Island —manifestó el empleado de Correos—. Es una especie de guardián del comandante, y se encarga de mantener alejados a los visitantes indeseables.

Dijo todo esto con la misma sonrisa de complicidad, que ella encontraba tan irritante, y deseó estar lejos de allí, de vuelta en el limpio dormitorio del «Kilmore Arms», no aquí, junto a aquel lago siniestro, con aquellos dos extraños.

—Lo siento, pero no puedo darle ningún mensaje —dijo ella—. Se trata de algo privado. Quizá será mejor que escriba al comandante Barry desde el hotel. Él no me espera. Comprenda usted, todo resulta un poco embrollado.

Para los dos hombres, su falta de serenidad era evidente. Vio que se miraban entre ellos. Luego el joven hizo una seña con la cabeza al empleado de Correos y le llevó a un lado, empezando a hablar entre sí de modo que ella no pudiera oírles. Su desasosiego aumentó.

El joven volvió junto a ella.

—Le diré lo que voy a hacer —manifestó, y ahora sonreía, pero demasiado abiertamente—. Voy a llevarla en el bote a la isla, y el propio comandante decidirá si quiere verla o no.

—¡Oh, no…! —dijo Shelagh, retrocediendo—. Esta noche no. Es demasiado tarde. Volveré mañana por la mañana y puede usted llevarme entonces.

—Sería preferible acabar con esto esta noche —dijo Michael.

¿Acabar con esto? ¿Qué quería decir? Hacia unos meses que, en una fiesta, después de un estreno, ella se había vanagloriado, frente a unos amigos, de no haberse sentido nunca asustada por nada, excepto por la sed. Ahora sí que estaba asustada.

—Me deben de estar esperando en el hotel —dijo rápidamente—. Si no vuelvo pronto Mr. Doherty irá a la Policía.

—No se inquiete —contestó el empleado de Correos—, un amigo mío me espera en la carretera. Él llevará su coche al «Kilmore Arms» y se lo explicará todo a Tim Doherty.

Antes de que pudiera seguir protestando, la cogieron uno de cada brazo y la hicieron subir al bote. «No podía ser verdad —pensó ella—, aquello no podía estar sucediendo», y se le escapó un apagado sollozo, como el de un niño aterrorizado.

—Eh…, vamos —exclamó Michael—. Nadie va ha tocarle ni un cabello. Usted misma dijo que era, una noche muy hermosa. Es más hermosa todavía vista desde el agua. Se puede ver cómo saltan los peces.

La ayudó a subir al bote y la condujo firmemente al asiento de popa. El empleado se quedó en la orilla. «Es mejor así —pensó ella—. Por lo menos sólo iba uno».

—Hasta pronto, Mr. O’Reilly —dijo Michael suavemente, poniendo en marcha el motor, y desatando las amarras del poste.

—Adiós, Michael —gritó el empleado.

El bote se alejó de los juncos, deslizándose hacia el estanque, el ruido del pequeño motor casi inaudible, amortiguado. El empleado de Correos agitó la mano, luego se volvió y empezó a subir por la orilla hacia el sendero.

El viaje desde la orilla hasta la isla duró escasamente cinco minutos; vista desde el lago, la tierra parecía oscura, remota, y las distantes colinas, una mancha siniestra. Ya no podían verse las reconfortantes luces de Ballyfane. Nunca se había sentido tan vulnerable, tan sola. Michael no dijo nada hasta que el bote llegó a un pequeño desembarcadero, construido en la estrecha orilla, los árboles frondosos, llegaban hasta el mismo borde del agua. Amarró el bote; después le tendió la mano a ella.

—Bien —dijo, cuando la hubo ayudado a desembarcar—, la verdad es que el comandante se halla en una reunión, al otro lado del estanque, pero estará aquí aproximadamente a medianoche. La llevaré a la casa y el mayordomo cuidará de usted.

El mayordomo… El castillo de Ballyfane y la mansión de estilo georgiano habían vuelto al país de la fantasía, de donde procedían, pero mayordomo tenía un sonido medieval. Malvolio y sus gentes con hachones encendidos, escalones de piedra que conducían a la sala de las audiencias. Mastines guardando las puertas. Empezó a sentir una ligera esperanza. Michael no iba a estrangularla en el bosque.

De pronto, a unas cien yardas de distancia, en un claro entre los árboles, apareció la casa: Un edificio largo, bajo, de un solo piso, construido seguramente con maderos, colocados por secciones, como los grabados de los hospitales levantados en la jungla por los misioneros, para los nativos enfermos. Había una veranda a todo lo largo de la fachada, y cuando Michael le hizo subir los escalones y detenerse frente a una puerta que tenía el letrero «Galley Entrance», dentro se oyó ladrar a un perro. No era el ronco ladrido de un mastín, sino más agudo, más penetrante. Michael, riendo, se volvió hacia ella y dijo:

—A mí, si está Skip, no me necesitan como perro guardián. Es capaz de oler a un extraño aunque esté a veinte millas.

La puerta se abrió. Un hombre de mediana edad, bajo y rechoncho apareció ante ellos, vestido con uniforme de camarero de barco.

—Aquí tienes un pequeño problema, Bob —dijo Michael—. Esta señorita estaba ahora merodeando por el estanque, a pesar de la oscuridad, y parece que le estuvo haciendo preguntas sobre el comandante a Mr. O’Reilly.

La cara del criado continuó impasible, pero sus ojos recorrieron el rostro de Shelagh y su vestido, y se fijaron particularmente en los bolsillos de su chaqueta.

—No lleva nada —explicó Michael—, y debe de haber dejado su bolso en el automóvil, junto a la carretera. La señorita se hospeda en «Arms», pero creímos mejor traerla aquí. Uno nunca sabe lo…

—Pase, por favor, señorita —dijo a Shelagh el mayordomo, con voz cortés, pero firme—. Me parece que es usted inglesa.

—Sí —replicó Shelagh—. Llegué hoy a Dublín, y vine directamente aquí. Lo que debo tratar con el comandante Barry es personal y no quiero discutirlo con nadie más.

—Comprendo —dijo el mayordomo.

El pequeño perro, un schiperke, de orejas tiesas y ojos brillantes e inteligentes, olía delicadamente los tobillos de Shelagh.

—¿Quiere darme su abrigo? —rogó el mayordomo.

Una pregunta rara. Shelagh llevaba solamente una chaqueta corta de tweed y una falda haciendo juego. Le dio la chaqueta, y él examinó los bolsillos, colocándola luego en el respaldo de una silla. Después, y esto fue lo más desconcertante, recorrió todo su cuerpo con sus manos, de una manera rápida y profesional, mientras Michael le observaba con interés.

—¿Por qué hace usted esto? —preguntó Shelagh—. Ya me ha quitado la chaqueta, pero no sé por qué hace lo demás.

—Es lo que hacemos con los visitantes que no conocemos —dijo el mayordomo—. A la larga, evita discusiones. —Se volvió a Michael—. Hizo usted lo que debía, trayendo a la señorita. Cuando regrese el comandante, le explicaré lo que sucede.

Michael sonrió, guiñó un ojo a Shelagh, levantó la mano en un saludo jocoso y salió, cerrando la puerta tras él.

—¿Quiere seguirme, por favor? —dijo el mayordomo.

Shelagh, con desagrado, vio cómo se marchaba Michael, que ya le parecía más un aliado que un posible violador, pero siguió a Bob, el mayordomo (no era Malvolio, después de todo), hasta una habitación situada al extremo de un corredor. El mayordomo abrió la puerta y se hizo a un lado para que ella pasara.

—Los cigarrillos están en la mesita, junto al fuego —dijo—. Toque el timbre si necesita alguna cosa. ¿Le gustaría tomar café?

—Por favor —contestó Shelagh.

Si tenía que quedarse sentada toda la noche, él café la ayudaría.

La habitación era espaciosa, confortable, una alfombra azul iba de pared a pared. Un canapé, un par de espaciosos sillones; junto a la ventana, una amplia y lisa mesa escritorio. Grabados de barcos en las paredes. Un fuego de troncos ardía alegremente en la chimenea. El conjunto le parecía familiar. Había visto un sitio parecido anteriormente, lo que le hacía rememorar los días de su infancia. Entonces recordó. Era una copia exacta de la cabina del capitán en el Excalibur, la cabina de su padre. La distribución, las mesas, todo idéntico. Aquel entorno tan conocido resultaba inquietante, era como volver al pasado.

Se paseó por la habitación, intentando familiarizarse con ella. Fue hacia la ventana y descorrió las cortinas, casi segura de ver, a través de ella, la cubierta y, más allá, a lo lejos, otros buques anclados en el puerto de Portsmouth. Sin embargo, no había cubierta, ni barcos. Solamente la larga veranda, los frondosos árboles y el sendero hacia el estanque, con el agua que brillaba bajo la luna. La puerta volvió a abrirse y apareció el mayordomo con el café, en una bandeja de plata.

—El comandante ya no tardará mucho —dijo—. Me acaban de decir que su lancha zarpó hace quince minutos.

Lancha… Entonces no tenían solamente un bote. Y acababan de decirle, pero no se había oído sonar ningún teléfono y, además, no figuraba en el listín. El mayordomo salió y cerró la puerta. Ella empezó a sentir pánico de nuevo, sintiéndose perdida sin su bolso, que había dejado en el coche. No tenía peine, ni lápiz de labios. No se había retocado la cara desde que bajó al bar del «Kilmore Arms». Se miró en el espejo que colgaba de la pared, tras el escritorio. Con el pelo húmedo, la cara pálida y demacrada, parecía estar furiosa. Se preguntó si no sería mejor que la encontrara sentada en uno de los sillones, bebiéndose el café, aparentemente tranquila; o quizá de pie, junto al fuego, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, como un muchacho. Necesitaba que la dirigieran. Necesitaba que alguien como Adam Vane, le dijera lo qué tenía que hacer, cómo se tenía que colocar, antes dé que se levantara el telón.

Dejó de mirarse en el espejo. Se volvió hacia el escritorio y vio la fotografía, con su marco de cuero azul. La fotografía de su madre, vestida de novia, con el velo echado hacia atrás y aquella irritante sonrisa de triunfo. Pero algo estaba mal. El novio que estaba a su lado no era el padre de Shelagh. Era Nick, el padrino, con el cabello cortado a cepillo, con aire de superioridad, aburrido. Se acercó más a la fotografía, atónita, y vio que había sido trucada hábilmente. La cabeza y los hombros de Nick habían sido colocados sobre la silueta de su padre, mientras que la cabeza de su padre, con sus brillantes cabellos y sonriendo feliz, había sido puesta sobre la larguirucha figura que estaba detrás, de pie, entre las damas de honor. Había sido capaz de darse cuenta del engaño solamente porque conocía el original, que estaba en casa, en el despacho de su padre, y porque ella misma tenía una copia por algún sitio, escondida en un cajón. Un extraño hubiera creído que la fotografía era verdadera. Pero ¿por qué? ¿A quién quería engañar Nick, como no fuera a él mismo?

Desasosegada, Shelagh se apartó del escritorio. La gente que está enferma mentalmente, intenta engañarse a sí misma. ¿Qué era lo que su padre había dicho? Nick había sido siempre un caso raro… Había sentido miedo antes, cuando estaba en la orilla, junto al lago, mientras los dos hombres la interrogaban, pero había sido un miedo físico, una natural reacción frente a una posible brutalidad. Mas esto era diferente, un sentimiento de repulsión, un temor extraño. La habitación, que le había parecido acogedora y familiar, se le tornaba ahora extraña, obra de un chiflado. Quería salir de allí.

Se acercó a la ventana y descorrió las cortinas. Estaba cerrada. No había llave, ni modo de escapar. Entonces oyó voces en el vestíbulo. «Bien, ahí está —pensó—. Tengo que hacerle frente. Tengo que mentir, improvisar mis palabras. Aparte del mayordomo, estoy aquí sola, con alguien que se encuentra enfermo, loco». La puerta se abrió y él entró en la habitación.

La sorpresa fue mutua. La había cogido literalmente a contrapié, entre el sillón y la mesa, medio inclinada, en una postura rara, sin ningún aplomo. Ella se levantó y le miró. Él hizo lo mismo. No se parecía en nada al padrino de la auténtica fotografía de boda, excepto en la silueta, alta y desgarbada. Ya no llevaba el pelo en brosse, porque le quedaba poco, y el pequeño parche negro, sobre el ojo izquierdo, le daba cierto parecido con Moshe Dayan. El ojo derecho era muy brillante y azul. La boca, delgada. Mientras permanecía allí, mirándola, él perrillo hacía cabriolas tras él.

Por encima del hombro le dijo al mayordomo:

—Cuídate de que la «Operación B» siga adelante como hasta ahora, Bob.

Y durante todo el tiempo no dejó de mirar a Shelagh.

—Sí, sí, señor —respondió el mayordomo desde el corredor.

La puerta se cerró y Nick entró en la habitación y dijo:

—Veo que Bob le ha servido café. ¿Está frío?

—No lo sé —replicó Shelagh—, no lo he probado todavía.

—Añádale un poco de whisky, se sentirá mejor.

Abrió un armario empotrado y sacó una bandeja con una jarrita, sifón y vasos la puso en la mesa, entre los dos sillones. Luego se dejó caer en el que estaba frente a ella y el perro saltó sobre sus piernas. Shelagh echó un poco de whisky en su taza de café, consciente de que su mano temblaba. Además, estaba sudando. La voz de él era clara, bastante cortante, autoritaria y le recordaba la de un profesor que había tenido en la escuela dramática y que conseguía hacer llorar a la mitad de los estudiantes. Pero no a ella. Una mañana, ella abandonó la clase y él había tenido que pedir excusas.

—Vamos, relájese —dijo su anfitrión—. Está usted más tensa que la cuerda de un arco. Perdóneme por haberla raptado, pero ha sido culpa suya, por estar merodeando tan tarde junto al lago.

—El poste indicador decía sendero hacia Lough Torrah —respondió Shelagh—. No he visto ningún letrero que dijera que se prohibía él paso. Al llegar al aeropuerto, deberían de avisar a los visitantes que no se debe pasear después de la puesta del sol. Pero supongo que no lo hacen, pues disminuiría la afluencia de turistas.

«A ver cómo lo encajas», pensó ella y se bebió el café. Él sonrió, pero burlonamente y empezó a acariciar la suave y lustrosa piel del perrillo. Su único ojo era desconcertante. Shelagh tenía la impresión de que continuaba teniendo el ojo izquierdo, bajo el parche.

—¿Cómo se llama? —Su respuesta fue instintiva—. Jinnie —le dijo, y añadió—: Blair.

Jennifer Blair era su nombre artístico. Shelagh Money no sonaba bien. Pero solamente su padre la había llamado Jinnie. Debían de haber sido los nervios los que habían hecho que dijera ese nombre, a tontas y a locas.

—Hum —dijo él—. Jinnie. Bastante bonito. ¿Por qué quiere usted verme, Jinnie?

Improvisación. Improvisar sobre la marcha, decía siempre Adam Vane. Ésta es la situación y hay que partir de aquí. Empieza ahora…

Sobre la mesa había una caja de cigarrillos y un encendedor. Ella se inclinó y tomó uno. Él no hizo el menor movimiento para encendérselo.

—Soy periodista. Mis editores quieren publicar, la próxima primavera, una nueva serie sobre los efectos del retiro en los militares. Si les gusta o no, si se sienten aburridos. Sus aficiones y demás. Ya conoce esa clase de cosas. Bien, nos dieron este trabajo a cuatro. Usted estaba en mi lista y aquí estoy.

—Ya veo.

Shelagh deseó que, por un momento, dejara de mirarla con su único ojo. El perrito, extasiado por las caricias, se hallaba ahora tumbado patas arriba.

—¿Qué le hace pensar que yo voy a tener algún interés para sus lectores?

—Eso no es problema mío —contestó Shelagh—, en la oficina, son otros los que deciden. Me dieron solamente unos cuantos detalles. Su carrera militar, su buen historial de guerra, que está retirado, que vive en Ballyfane y que eso era todo, para empezar. Tengo que llevarles una historia. Con interés humano, etc.

—Es raro que sus jefes me hayan elegido a mí, habiendo bastantes personas retiradas, mucho más distinguidas que yo y que viven por aquí. Generales, vicealmirantes.

Shelagh se encogió de hombros.

—Yo creo que escogen los nombres al azar. Y alguien, no recuerdo quién, dijo que usted era un recluso. Les encanta esta clase de cosas. «Tienes que sacarle su secreto», me dijeron—. Él se sirvió una bebida y volvió a arrellanarse en su sillón.

—¿Cómo se llama su periódico? —preguntó.

—No es un periódico, es una revista. Una de esas revistas nuevas de actualidad, con mucho empuje, que se publica quincenalmente. Searchlight. Seguro que la habrá visto.

Searchlight era en realidad una publicación reciente. Ella la había ojeado mientras venía, en el avión.

—No, no la he visto —dijo Nick—. Pero, viviendo como un recluso no es extraño, ¿verdad?

—No. Supongo que no.

El ojo tenía una expresión vigilante. Ella lanzó al aire una nube de humo.

—¿Luego fue curiosidad profesional lo que hizo que fuera usted a pasear junto al lago, por la noche, en lugar de esperar al día siguiente para visitarme?

—Naturalmente. Eso y el hecho de que viva usted en una isla. Las islas son siempre misteriosas. Sobre todo por la noche.

—¿No se asusta usted fácilmente?

—Me asusté cuando su criado, Michael, y aquel desagradable empleado de Correos, me cogieron uno de cada brazo y me obligaron a entrar en el bote.

—¿Qué creyó usted que iban a hacer?

—Asaltarme, violarme y matarme, por este orden.

—Ah, esto es lo que pasa por leer los periódicos ingleses y escribir para una revista de sociedad. Los irlandeses somos pacíficos, se quedaría usted sorprendida. De cuando en cuando nos pegamos algún tiro, pero esto ya es tradicional. Sin embargo, la violación es poco corriente. Raras veces seducimos a nuestras mujeres. Ellas nos seducen a nosotros.

Ahora fue Shelagh quien, a su pesar, sonrió. Iba recobrando la confianza. Parar y atacar. Podía seguir este juego durante horas.

—¿Puedo anotar lo que acaba de decir? —preguntó.

—Preferiría que no lo hiciera. Puede perjudicar la imagen nacional. Nos gusta pensar que somos unos diablos. Así nos respetan más. Quiere un poco más de whisky.

—Sí, gracias.

«Si esto fuera un ensayo, el director me diría que cambiara de posición —se dijo Shelagh—. Que me sirviera otra bebida y me quedara de pie, contemplando la habitación». Pero pensándolo bien, valía más quedarse como estaba.

—Ahora le toca a usted contestar a unas cuantas preguntas —dijo ella—. ¿Tiene su criado la costumbre de tratar así a los turistas?

—No. Usted es la primera. Debería sentirse halagada.

—Le dije a él y también al empleado de Correos —continuó Shelagh—, que era demasiado tarde para una visita vespertina y que volvería por la mañana. No quisieron escucharme. Y cuando llegué aquí, su mayordomo me registró, cacheó, creo que lo llaman.

—Bob es muy concienzudo. Es una vieja costumbre naval. Acostumbrábamos a cachear a las chicas del lugar, cuando subían a bordo. Formaba parte de la diversión.

—Mentiroso —contestó Shelagh.

—No, se lo aseguro. Ahora no lo permiten, según creo. Como tampoco la copita diaria de ron. Otra de las razones por la que los jóvenes no se enrolan en la Marina. De esto sí que puede usted tomar nota, si quiere.

Shelagh le observaba por encima del borde de su vaso.

—¿Siente haber dejado la Marina?

—Ni lo más mínimo. Obtuve todo lo que quise de ella.

—Excepto un ascenso.

—Al diablo con el ascenso. ¿Quién quiere mandar un barco en tiempo de paz, cuando se vuelven anticuados antes de que los boten? Y tampoco me veo, sentado en el Almirantazgo o en cualquier otro lugar, en tierra. Además, tengo cosas más importantes que hacer, aquí en casa.

—¿Por ejemplo?

—Descubrir mi propio país. Leer Historia. Oh, pero no Cromwell y compañía, sino la antigua, la que es realmente fascinante. He escrito sobre este tema miles de palabras que no se imprimirán jamás. A veces aparece algún artículo en revistas literarias, pero eso es todo. Y no me pagan por ello. No soy como usted, que escribe para esas revistas.

Volvió a sonreír. Era una sonrisa agradable, pero no en el sentido que se da corrientemente a esa palabra, sino en el que ella le daba. Excitante, de desafío. («Acostumbraba a ser tan divertido en las fiestas»). ¿Había llegado el momento? ¿Se atrevería?

—Dígame —dijo Shelagh—, sé que es algo personal, pero mis lectores querrán saberlo. No pude evitar ver esa fotografía sobre su escritorio. Por lo visto ha estado usted casado.

—Sí —respondió Nick—. Ésa es la tragedia de mi vida. Murió en un accidente de automóvil, unos pocos meses después de casarnos. Desgraciadamente, yo sobreviví. Entonces fue cuando perdí el ojo.

La mente de Shelagh quedó en blanco. Debía improvisar…, improvisar…

—Es terrible —murmuró—. Lo siento mucho.

—Gracias. Ocurrió hace años. Me costó bastante tiempo sobreponerme, desde luego, pero aprendí a vivir en mi nueva situación, a adaptarme. No podía hacer otra cosa. Ya me había retirado de la Marina, entonces, lo que hay que admitir que no ayudó mucho. De todos modos, así fue y, como le dije, pasó hace ya mucho tiempo.

¿Lo creía realmente? ¿Realmente creía que había estado casado con su madre y que ella había muerto en un accidente de coche? Debía de haberle pasado algo en el cerebro, cuando perdió el ojo algo había dejado de funcionar bien. ¿Y cuándo había falsificado la fotografía? ¿Antes del accidente o después? ¿Y por qué? La duda y la desconfianza volvían. Había empezado a encontrarle agradable, a sentirse a gusto con él, y ahora su confianza se hacía añicos. Si estaba loco, ¿cómo debía de tratarle, qué debía hacer? Se levantó y se colocó junto a la chimenea. «Qué extraño» pensó. El movimiento le había salido natural, no estudiado, ni bajo una dirección escénica. La comedia se estaba convirtiendo en realidad.

—Me parece que no quiero escribir ese artículo, después de todo —dijo Shelagh—. No es justo para usted. Ha sufrido usted mucho. No lo había comprendido. Y estoy segura de que mi editor estará de acuerdo. No tenemos por costumbre escudriñar en los sufrimientos de las personas. Searchlight no es de esa clase de revista.

—¿De verdad? —replicó él—. Qué lástima. Estaba esperando poder leerlo yo mismo. Me siento bastante decepcionado.

Volvió a acariciar al perro, pero su ojo continuó mirando fijamente la cara de ella.

—Bien —empezó Shelagh, buscando las palabras—, puedo decir algo sobre su vida aquí, solo, en la isla, encariñado con su perro, interesado por la historia antigua… Y cosas parecidas.

—¿Y va a resultar tan aburrido que no va a merecer la pena imprimirlo?

—No, de ningún modo.

De pronto, él se echó a reír, puso el perro en el suelo y se levantó, acercándose a ella.

—Tendrá que inventar algo mejor que eso para salirse con la suya —dijo—. Lo discutiremos por la mañana. Entonces podrá usted explicarme, si quiere, quién es usted en realidad. Si es usted periodista, cosa que dudo, no la han mandado aquí a escribir sobre mis aficiones o mi perrito. Es curioso, me recuerda a alguien pero, por mi vida, no sé a quién.

Volvió a sonreír, completamente seguro de sí mismo, sin rastro de locura. ¿La recordaba…, de qué? ¿De haberla visto en el camarote de su padre, en el Excalibur? ¿De ver cómo su padre la lanzaba al aire, mientras ella gritaba de miedo y de gozo? ¿O acaso era el agua de colonia que él usaba, tan distinta al apestoso «After-shave», con que ahora se empapaban todos los hombres?

—Al verme, la gente se acuerda siempre de otra persona —dijo ella—. No tengo ninguna personalidad. Usted me recuerda a Moshe Dayan.

Él se tocó el parche.

—Es un truco. Si los dos lo lleváramos rosa, todo el mundo nos ignoraría. El hecho de que sea negro lo transforma. Tiene el mismo efecto sobre las mujeres que las medias negras sobre los hombres.

Cruzó la habitación y abrió la puerta.

—¿Bob? —llamó.

—Señor.

La respuesta, llegó desde la cocina.

—¿La «Operación B» está en marcha?

—Señor, Michael llega ahora a bordo.

—¡Bien! —Se volvió a Shelagh—. Déjeme enseñarle el resto de la casa.

Ella infirió, de aquel lenguaje náutico, que Michael se mantenía cerca para, en el bote, llevarla de nuevo a tierra firme. Tendría tiempo de sobras, cuando llegara a «Kilmore Arms», para decidir si volvía a la mañana siguiente, y sostenía con todo descaro aquella comedia, o bien se olvidaba de aquella misión y regresaba directamente a casa. Él la escoltó a lo largo del corredor, abriendo una tras otra todas las puertas. Éstas tenían encima unos letreros: Cuarto de control… Señales… Enfermería… Tripulación… «Debe ser —pensó Shelagh—, que tiene la fantasía dé creer que vive a bordo de un barco. Así es como ha podido seguir soportando la vida, la desilusión, las ofensas».

—Estamos muy organizados —dijo él—. El teléfono no es necesario, nos comunicamos con tierra por radio de onda corta. Si se vive en una isla es necesario valerse por uno mismo. Como en un barco en el mar. He construido todo esto prácticamente de la nada. No había ni una cabaña cuando llegué a Lamb Island, y ahora puede decirse que es una completa nave capitana. Podría controlar una flota desde aquí.

La miró sonriendo triunfalmente. «Está loco —pensó Shelagh—, loco de atar. Pero a pesar de todo, es atractivo. Muy atractivo, en realidad. Sería fácil dejarse engañar, creer todo lo que él dijera».

—¿Cuánta gente vive aquí?

—Diez, incluyéndome a mí. Éstas son mis dependencias.

Habían llegado a una puerta, al final del corredor. La condujo a un ala separada del edificio. Estaba formada por tres habitaciones y un cuarto de baño. Una de las puertas tenía el nombre de comandante Barry.

—Ésta es mi casa —dijo él, abriendo la puerta, que daba paso a un típico camarote de capitán, pero con una cama en lugar de litera.

La decoración le resultaba familiar a Shelagh, haciéndole sentir una fuerte nostalgia.

—Las habitaciones de los huéspedes son las de al lado —añadió él—. Las números uno y dos. La número uno tiene mejor vista sobre el lago.

Nick entró en la habitación y descorrió las cortinas. La luna estaba alta y brillaba sobre la superficie del lago, tras los árboles. Todo era apacible, tranquilo. Ahora no había nada siniestro en Lamb Island. La situación había cambiado, y era la distante línea de tierra la que parecía sombría, amenazadora.

—Yo también me convertiría en un recluso si viviera aquí —dijo Shelagh y, apartándose de la ventana, añadió—: No quiero que continúe usted levantado por mí. Quizá Michael está esperando para volverme a llevar.

Él había encendido la lámpara de la mesita de noche.

—Usted no va a volver. La «Operación B» se ha llevado a cabo.

—¿Qué quiere decir?

Su único ojo la miraba fijamente, desconcertante, divertido.

—Cuando me dijeron que una señorita deseaba verme, decidí un plan de acción. La «Operación A» significaba que quien quiera que fuese, no ofrecía interés y sería llevada de regreso a Ballyfane. La «Operación B» consistía en que el visitante iba a ser mi huésped, que debía irse a buscar su equipaje al «Kilmore Arms» y dar una explicación a Tim Doherty. Es muy discreto.

Le miró sorprendida, y se volvió a sentir desasosegada.

—No le costó mucho decidirlo. Le oí dar órdenes sobre la «Operación B», tan pronto como llegó a aquella habitación y abrió la puerta.

—Es cierto. Tengo la costumbre de tomar decisiones rápidas. Ahí viene Bob con sus cosas.

Se oyó una tos y un discreto golpe en la puerta. El mayordomo entró, llevando su equipaje. Habían vuelto a meter en la maleta todo lo que ella había sacado en el dormitorio del hotel. También estaban sus mapas y el bolso que había dejado en el coche. No habían olvidado nada.

—Gracias, Bob —dijo Nick—. Miss Blair llamará pidiendo el desayuno, cuando lo desee.

Él mayordomo dejó sus cosas sobre una silla y, tras murmurar: «Buenas noches, Miss», se retiró.

«Bien, aquí estamos —pensó Shelagh—. ¿Y ahora, qué hacemos?». Él continuaba observándola, con la misma sonrisa divertida. «Cuando no sepas qué hacer, bosteza —se dijo Shelagh—. Sé natural. Haz ver que cosas así te ocurren cada noche». Cogió su bolso y sacó el peine. Se lo pasó por los cabellos, canturreando en voz baja.

—Usted no debía de haberse retirado —dijo—. Es una lástima desperdiciar su poder de organización. Debería de estar al mando de la Flota del Mediterráneo. Organizando ejercicios navales, o cosas por el estilo.

—Es exactamente lo que estoy haciendo. Usted recibirá sus órdenes cuando este barco entre en acción. Ahora, tengo algo que hacer, por lo tanto, voy a dejarla. A propósito… —hizo una pausa, con la mano en la puerta—, no es necesario que cierre, está usted perfectamente a salvo.

—No se me había ocurrido encerrarme —replicó ella—. Como periodista, estoy acostumbrada a dormir de cualquier forma, en los lugares más insólitos y a pasearme a medianoche por pasillos desconocidos.

«Tocado —pensó Shelagh—. Esto te enseñará. Ahora, vete y empieza a pelearte con los muebles».

—Ah —dijo él—. ¿Con que ésas tenemos? De modo que no es usted quien debe cerrar su puerta, sino yo la mía. Gracias por el aviso.

Le oyó reír mientras caminaba por el pasillo.

Telón. Maldita sea, él había conseguido decir la última palabra.

Abrió su maleta. Sus vestidos, sus cosas para la noche, maquillaje, todo había sido cuidadosamente colocado. Su bolso no había sido tocado. Afortunadamente, los papeles del «Austin» que había alquilado llevaban su nombre artístico. Nada la relacionaba con Shelagh Money. Lo único que había sido abierto y vuelto a plegar de diferente modo era el mapa y la guía turística. Bueno, eso no importaba. Había marcado Ballyfane y Lough Torrah con lápiz azul, pero cualquier periodista lo hubiera hecho. Sin embargo, faltaba algo, el sujetapapeles de color de cobre no estaba. Sacudió la guía turística, pero no cayó nada. El sobre no estaba allí. El sobre que contenía la hoja de papel con las fechas, que ella había copiado del archivo del estudio de su padre.

(Continuará…)

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