Relaciones humanas

Marcelo Filzmoser

 

 

Las risas de los contables llegan hasta mi box. No hace falta ir. Hablan del partido que jugaron ayer en el torneo de fútbol cinco. Con sus panzas y sus jorobas de hombres que viven sentados frente a planillas de cálculos, a libros contables, a certificados de retención y a declaraciones juradas por vaya a saber uno qué dios. Puedo imaginar la vista cenital de esos partidos donde resaltan las calvas cetrinas de Eduardo y Molina en la defensa, los rulos engrasados de Gaby al arco, y Espósito e Izaurralde arriba, tratando de que la pelota entre alguna vez.

Las mañanas mejoran mucho los días previos y posteriores al partido semanal. Se respira primero el entusiasmo y más allá del resultado, las anécdotas contadas entre carcajadas, hacen más fácil el día después. Hasta Martín parece contento hoy, menos agresivo, y eso que lo suyo es estar enojado. Pide los pagos por teléfono o por mail con un tono de acreedor cansado de ser paciente. A pesar de cogerse a la dire cuando a ella le entran ganas y de salir con Claudia y filmarla en bolas para que la veamos todos, usa de fondo de pantalla una foto familiar con su esposa y sus tres hijos. Alrededor de su box también cuelgan con chinches los dibujos de sus hijos y más fotos familiares. Tardé bastante en asociar ese lugar con la persona que me hablaba a veces junto a la máquina de café.

Por más que muevo el teléfono para todos lados esta mañana no tengo un ángulo bueno. Con los años se me nota cada vez más cuando duermo poco. Cristian en cambio, nunca va a tener este problema. Se debe bañar dos veces por semana, a lo sumo tres. Igual le gusta a todo el mundo. Flaco, alto, simpático. Trompetista de jazz. Les habla a los vendedores como si los conociera de toda la vida, sabe sacar lo bueno de cada uno. Además usa el mismo saco para tocar con su banda y para venir a La Empresa. Es un lujo trabajar a metros de esa oficina, de donde la mayor parte de los días salen por turnos Charly Parker, Duke Ellington, Dizzi Gillespie y otros que no conozco. Quien más quien menos, todos fuimos alguna vez a verlo. Toca en bares y clubes para quince o veinte personas. Es bueno, aunque yo no sé nada de música. Lo que quiero decir es que fui un par de veces y me gustó. En general todos dicen eso. Lo que nadie dijo, quizás porque sea algo que me pareció a mí y nada más, es que tocando parece otro, o mejor dicho parece más él. Como si el resto del tiempo fuese el esbozo de sí mismo. Hoy no vino. Los días que le toca visitar clientes sale temprano desde su casa. Las risas de Izaurralde, que siguen llegando, no tienen nada de musical. Es otro tipo de remedio y hoy por suerte no se mezclan con el jazz. Los antídotos del día a día deben también dosificarse, el atracón siempre embrutece.

Pasa Angélica y mira con desagrado la oficina de los contables. Va por un café hasta la máquina, con el gesto de quién no tiene otra que pasar por la puerta abierta de un baño que acaban de usar con ganas. Por suerte compras está del otro lado y no me la tengo que cruzar demasiado. Yo también le caigo mal. La mayoría de los que trabajamos en La Empresa preferiríamos que se fuera y todos, sin excepción, sabemos que eso no va a pasar. Es de las mejores que ocuparon ese cargo. Además disfruta de su trabajo. Dice que a pesar de las apariencias, pasarse el día peleando precios la fortalece espiritualmente. Es de gritar y de enojarse también, pero no como Martín. Ella descubrió el goce en el miedo que tienen los proveedores de perder a La Empresa como cliente. A pesar de la distancia hay días en que los gritos llegan hasta mi box. Traen restos de amenazas y de insultos maquillados. Por lo que se sabe fue dos veces de vacaciones a la India, cada tanto hace retiros en granjas de ex hippies que ahora se hacen llamar con nombres llenos de haches y jotas y hablan de la energía de las piedras entre otras cosas. Como al principio me le cagué de risa me hizo la cruz. Es probable que le desagradara desde antes y mi descaro le vino bien para justificar su desprecio. De todas formas es como me dijo Lucio una vez, eso de que en un lugar donde trabaja tanta gente no se le puede caer bien a todo el mundo.

Lucio es gay. Su esposa parecería ser la única persona en el mundo que no lo sabe. Debería juntarse con la mujer de Martín. O no. Qué sé yo. Escucharme diciendo lo que le convendría hacer a otras personas me da terror. También asco. Es como mirarme en el espejo una mañana y ver la cara de mi padre. En fin, por suerte los contables siguen riendo. Debe haber sido un gran partido.

Con Lucio hacemos un gran equipo. Organizar repartos en esta ciudad siempre cortada, siempre con quejas y obras de repavimentación, puede trastornar a cualquiera. Sin embargo entre los dos aprendimos a lidiar con fleteros y camioneros, a contentar clientes urgidos, a cumplir con horarios acotados esquivando horas del té y del almuerzo, a combinar por zonas y por días, a no mandar la carga a través de barrios peligrosos. Nos llevó su tiempo pero ahora lo hacemos bien. Este puesto además tiene su plus. El hecho de que a muchos camioneros le gusten los travestis fue un extra que nos motivó desde el comienzo y que hoy para mí lo vuelve inmejorable. Lucio también está contento, él consigue lo suyo, pero sin dudas a mí me queda la mejor parte. De ahí la discreción con que me muevo. Si por algún descuido se dieran cuenta de que todos en La Empresa son trans, perdería seguramente mi monopolio sobre el deseo de tantos camioneros.

 

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