Tres ambientes

Marcelo Filzmoser

 

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Me traés un mate viejo y contás cosas de los chicos. Una prueba, una excursión, lo que dijo alguien en la cadena de WathsApp, el aumento de la cuota. Ahora juegan en su pieza. Me siento en el sillón frente a la tele apagada, junto a la puerta ventana que da al balcón. Mientras desato los cordones veo el atardecer. Una limosna anaranjada atravesando las grietas que dejan las terrazas de los edificios en esta parte de Caballito. Te miro. Veo como hablás. Interrumpo.

—Si me traés un tachito y el paquete lo renuevo.

Me mirás tratando de que no se note pero el desprecio aparece igual.

—Dejá, yo lo hago. Esta yerba es una cagada, dos cebadas y se lava.

Te digo que sí, que tenemos que buscar otra, que las empresas son unas hijas de mil putas y me doy cuenta de lo desproporcionado del insulto.

Miro la pintura que empieza a descararse en el rincón del techo. Otra vez. No debe hacer tanto que pinté. Cuándo fue que nos pareció buena idea venirnos a este tres ambientes que nos dejaron tus viejos. Alguno de los dos habrá sospechado, siquiera un segundo, que dejar el taller que compartías en Retiro con esa amiga que no estaba nunca, era una forma de empezar a morirse.

Hay días injustos, me decía Otto una tarde, cuando trataba de convencerme de que él no había pagado la edición de esa novela que nadie había querido editar. Yo tendría veinte años y él cincuenta. Era fácil disimular, hacer que le creía. Y por muy fracasado que fuese como escritor en eso tenía razón. Hay días injustos. El día que terminaste la Pueyrredón y dejaste de ir. Años después, el día que te empezaste a dar cuenta que dar clases no era lo tuyo.

El mate renovado es lo mejor que me pasó en el día. Vos seguís mejorando mis días, si se quiere ver por ese lado. Sin embargo no puedo dejar de mirar ese atardecer amurallado y preguntarme cuándo fue que decidimos dejar de fumar marihuana, de emborracharnos con amigos o sin ellos, de cantar canciones y de tocar la guitarra en ese edificio viejo de Retiro, lleno de departamentos vacíos que durante el día se usaban como estudios, o eran privados de prostitutas amigas, o servían como oficinas de abogados recién recibidos, dios los perdone. Ni siquiera sé qué fue de mi guitarra. La vendimos en algún momento para pagar algo. La regalé. Se la presté a algún sobrino. Da lo mismo. Ojalá la sigan manchando con vino y quemando con colillas de cigarrillos fumados sin miedo.

Me preguntás por la oficina y ya ni me acuerdo. Igual es fácil. Nada que valga la pena contar entre mate y mate. Invento algo. Un chisme para entretenerte sobre el gerente de finanzas y la hija del dueño. Te levantás, me pasás el jarrito tibio y vas a ver por qué gritan los chicos. De pasada te subís sin ganas la calza. Cuándo fue que me empezó a dar lo mismo la ropa que usabas. O mejor dicho, cuándo dejé de mirarte, cuándo te volviste transparente. No fue hace tanto. Quizás por eso me pareció que te sentiste aliviada. Que fue otra especie de tregua, una forma más de hacer las paces. Elegí sin proponérmelo, quedarme con tu imagen yendo y viniendo en bombacha y remera, iluminada por el foco que colgaba del techo o por el día entrando apurado por las ventanas sin cortinas del taller de Retiro.

—Los dejás dos minutos solos y se matan.

Volvés a la silla y ahora soy yo el que te pasa el jarrito lleno. Decidimos formar una familia, decís cada vez que hablamos de estas cosas. No hay manera de explicarte que nos cagaron. Que los hijos de mil putas de tus viejos nunca nos dijeron lo que nos iba a pasar, a partir del día en que entramos a este departamento de mierda que me paso arreglando porque no nos alcanza para pintores ni plomeros. Que mi idea de familia no tenía que ver con estos días injustos que forman ahora nuestras semanas. Que amo a mis hijos y que por momentos tengo el vértigo de que con eso no alcanza.

Por la ventana se ven ventanas. Rectángulos amarillentos, azulinos, con sombras que pasan. Ya no hay pedazos anaranjados de cielo. Si queda cielo es negro y no queda en ningún lado. Aviso que me voy a bañar. Camino en medias por el pasillo que me lleva hasta el baño. Al pasar por la pieza de los chicos me asomo y con la boca imito a un pato. Ríen. Me saludan con muñecos en las manos y siguen jugando.

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