Las hamacas de Briante

Marcelo Filzmoser

 

 

Se sentó después de elegir la mesa mirando a su alrededor. Estaba solo. Parecía que esperaba una llamada o había quedado en encontrarse con alguien, aunque también era posible que alguna cosa le hubiera salido mal. Por lo que fuere, estaba pidiendo Martini seco a las tres de la tarde, con la tranquilidad que le daba saber que no había ningún apuro, nada que resolver en las próximas veinte o treinta horas.

Había dos personas ubicadas lo más lejos que podían una de otra. El lugar que había elegido él quedaba casi en el medio, quizás un poco más cerca de una chica. El otro era un hombre grande que leía el diario con un pocillo de café vacío. El mozo estaba acodado en la barra y conversaba con el encargado de la caja. La chica también leía. Aprovechaba la luz que entraba por los ventanales y que cada tanto algún grupo de peatones oscurecía. Cuando cerró el libro para llamar al mozo, dejando el índice adentro como señalador, él pudo ver la tapa aunque no alcanzó a leer el título. Le gustó ese conjunto abstracto de colores y formas. Sin más, agarró el vaso y se levantó de la silla.

Ella lo dejó sentarse. Charlaron. Pidieron más Martini y pasaron el resto del día juntos. Caminaron por la ciudad como si fuesen turistas, compraron alguna cosa inútil y antes de que se hiciera de noche arreglaron para que él la pasara a buscar a las diez. Irían a cenar a un restaurante que él frecuentaba. Miró el reloj de su teléfono y supuso que todavía estaba a tiempo de conseguir una reserva. La acompañó hasta el edificio donde ella vivía y se separaron.

Una vez en el departamento, ella se desvistió apurada y se bañó tratando de no desperdiciar el tiempo. Usó las dos horas siguientes para elegir el pantalón que mejor le quedaba. Color hueso, pescador, elastizado. Resuelto eso se puso una remera escotada negra, ató el pelo casi a la altura de la mollera y esparció un poco del perfume de siempre sobre el cuello y las muñecas. Cinco minutos antes de las diez se escuchó el sonido agudo de una tecla de piano eléctrico. No le hizo falta revisar el celular para saber que era él y que estaba en la puerta.

A la madrugada, después del restaurante y del bar en Palermo, él la invitó a su casa. Ella respondió que no, levantó su trago y tomó muy despacio. Se instaló entre los dos un silencio espeso que parecía ahogar hasta la voz de Nora Jones sonando de fondo. Un siglo después ella volvió a apoyar el vaso sobre la mesa, sonrió y dijo que prefería ir a un hotel bastante caro que se había puesto de moda hacía poco. Él tardó en reaccionar. No sabía de nadie que tuviera esa sonrisa y quizás tampoco ese brillo sutil en los ojos.

Se despidieron pasadas las once de la mañana. Él se llevó sin saberlo, en el asiento de atrás, el libro que le había llamado la atención. Ella no se dio cuenta del olvido quizás porque se había enamorado. Así y todo no volvieron a verse. Le bastó con llamarlo un par de veces para darse cuenta. Aquel encuentro había sido inolvidable, quizás uno de los mejores de su vida y nada más.

Pasaron semanas hasta que recordó la novela. Entró en la librería con la preocupación de que ya no quedara ningún ejemplar. Sin embargo la pila seguía ahí, casi igual o igual a como la había visto ella la vez que la compró. Eligió el segundo libro pensando que el primero solía estar muy manoseado, lo pagó y se fue. Esa noche, después de retomar la lectura, volvió a llorar y nada tenía que ver el texto por más que tuviera un error en la impresión. Varias páginas aparecían en blanco, de manera aleatoria, a lo largo de todo el libro. A la luz del velador prendió un cigarrillo y se quedó pensando en el empleado de la imprenta. No creía que fuese un error inocente, le parecía más bien una equivocación, una estupidez que nadie había tenido la valentía de afrontar y que por eso llegaban los ejemplares a manos de los lectores. De ahí pasó sin más a pensar en la cantidad de estupideces que se cometían a diario. Los remedios mal recetados, las presentaciones fuera de tiempo que definían fallos injustos, los tornillos flojos que irían a desprenderse en plena autopista, el casco abandonado sobre el sofá, el cigarrillo que finalmente desencadena el cáncer, el momento de lujuria que traería ese aborto que saldría mal. La fragilidad de todos, de todo. También miró la hora en su teléfono, apoyado sobre la mesa de luz, con la alarma programada para sonar la mañana siguiente y todas las mañanas del mundo. Supo que si seguía pensando ya no podría dormir. Conocía esas madrugadas. Amanecía agotada, un poco borracha de sueño y tabaco y con un humor capaz de asustar a la Tatcher. Prefirió levantarse e ir por un Valium.

El día siguiente fue de esos en que uno no termina de saber cuándo empezaron a salir mal las cosas. Perdió el colectivo por cuestión de segundos. Mientras miraba agitada como se alejaba el anuncio en la luneta, pensó en esos minutos mal calculados que se había demorado en la cama después de que sonara el teléfono despertador. Al entrar  en la oficina notó más movimiento del habitual. Creyó que sería sancionada pero la razón era otra. La aduana había liberado los contenedores del puerto. Su jefa pasó por alto la llegada tarde pero le anticipó que hasta no terminar con el papelerío no se iba nadie. Era necesario contentar a los clientes ya bastante fastidiados por el retraso.

Recién a la noche, cuando prendió el velador y se sentó a la orilla de la cama, se acordó de la novela. Prefirió seguir leyéndola así como estaba a irse a dormir sin leer. Después de todo podía cambiarla en cualquier momento, pensó mientras la sacaba de la cartera.

Siguieron días complicados, llenos de trabajo y de salidas aburridas con amigas que de a poco se iban convirtiendo en extrañas. Sentada frente a un Martini que apenas evocaba el sabor de aquel que había tomado semanas atrás, las escuchaba hablar de casamiento o de un nuevo amigo en las redes que parecía ser más serio que los anteriores. Empezó el otoño pero ella no se dio cuenta hasta que un resfriado la obligó a quedarse en la cama. A falta de otro libro terminó de leer la novela que nunca había cambiado. No le pareció gran cosa y las páginas ausentes, que finalmente no eran tantas como le había parecido aquella noche, no podrían mejorarla.

En cuanto se sintió mejor volvió a la librería. Ya no le interesaba cambiarla. Estaba ahí porque quería comprar Las hamacas voladoras de Miguel Briante. No recordaba quién se lo había nombrado, pero sí que lo había hecho con el suficiente entusiasmo como para convencerla. Mientras el librero buscaba un último ejemplar que decía haber visto días atrás, ella se dedicó a mirar libros. Entraron más personas, algunas fueron directo a la cafetería y otras se quedaron a esperar que las atendieran. El librero tardaba. En eso alguien le tocó el hombro. Se dio vuelta distraída, un poco molesta por el gesto. Era él. El chico del bar que se había quedado con su libro.

—Vine a ver si conseguía esta novela porque a la tuya le falta el final.

Parecía ser que había más de un ejemplar con errores de impresión. Ella trató de no mostrarse sorprendida y demoró la respuesta buscando ganar esas centésimas de segundo que le permitieran estar a la altura de los hechos.

—De eso se trata. ¿No te diste cuenta?

Él la miró confundido.

—Esa novela no termina.

Por segunda vez en su vida él pudo ver esa sonrisa y la mirada que ordenaba las cosas. Salieron del negocio intercalando promesas mudas en las oraciones habladas y se perdieron juntos por las calles de Buenos Aires.

 

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