Divinidad

Kabalcanty

El jardín de las delicias (1490-1500)-El Bosco

 

 

Salió por la puerta del aseo envuelto en mechones de espuma que campeaban sobre su piel vetusta pero cuidada extremadamente. Su barba blanca ocultaba su arrugado rostro dándole un aire imperial que acrecentaba su melena, reposada sobre sus hombros, nívea y enraizada.

Media docena de adolescentes, ellas y ellos, ataviados con unos traslucientes sayales que cubrían sus desnudeces, le acercaron un albornoz y le ayudaron a ponérselo. Acto seguido se alejaron levemente, justo hasta quedarse a espaldas de él, y posaron sus ojos en la punta de sus propios pies. Eran todos de una blancura de piel casi deslumbrante, cegadora, transparente, y sus cabelleras se ensortijaban en unos rizos rubios alrededor de sus rostros ausentes y sumisos. A no ser por el tenue trazo oscuro de su sexo bajo la tela liviana, era difícil diferenciar a unas de unos.

Era un cuarto luminosamente blanco, de dimensiones poco calculables, con un tragaluz en el techo por el que entraba una luz pálida que realzaba aún más lo refulgente de la estancia. Había un lecho descomunal con las sábanas revueltas y un amplio diván, esmaltado y tapizado en blanco también, junto a una mesita sobre la que reposaba un ordenador portátil conectado.

Él se dejó caer perezosamente sobre el diván exhalando un quejido agudo como de fatiga. Luego, echó su señorial cabeza hacia atrás y se puso a murmurar ininteligiblemente.

Entró al cuarto, desde una procedencia inexacta, demasiado lejana, un tipo de andares resueltos y con una expresión fiera en el rostro debido, sobre todo, a sus cejas pobladas y oblicuas sobre unos ojos de tinte rojizo y expresión desorbitada. El moreno requemado de su piel, casi rojizo podría decirse, resaltaba su musculatura poderosa que brillaba ostentosamente con la loción de algún aceite o crema. Parecía de mediana edad, acaso más viejo en la cercanía, pero su apostura era la de un hombre joven y orgulloso de su físico. Cubierto sólo con un short de marca deportiva, su bronceado desmesurado resaltaba en aquella estancia tan blanca.

– Vaya, Yah, te pillo vagueando como de costumbre -dijo con voz rotunda, cuando llegó cerca del diván.

– El aburrimiento me puede -contestó el otro entre un bostezo- …….. y a ti también si no fuera por tus horas de gimnasio.

Yah tenía una voz aflautada, quejosa, que contrastaba con lo excelso de su porte.

– Como si la eternidad fuese divertida. -dijo Yah, mirando fijamente al otro- Tú, yo copulando una y otra vez con unas cuantas decenas de desgraciados. Vamos, Mef, tienes un optimismo humano.

Añadió soslayando la quietud de los adolescentes.

– Viejo bujarrón, -espetó Mef, sentándose junto al otro- cuando gritas de placer al lado de uno de esos efebos no veo tu apatía por ningún lado. Siempre fuiste un incorregible mentiroso.

Y le besó en los labios sorpresivamente.

Yah se sonrió y le empujó cómplice haciendo un mohín. Se acercó a la computadora y tecleó algo como en un impulso. Tras unos segundos, reprimió una risa llevándose una mano a la boca.

– Otra muerte -dijo Mef, mientras tensaba el tríceps de su brazo derecho y lo admiraba- ¿Fue óbito accidental, por enfermedad, en la lucha, asesinato…..? El designio divino, oh.

Acabó e hizo un aspaviento escudriñando la cegadora luminosidad del tragaluz.

– No te burles -dijo Yah, risueño- Piensas que soy despreciable, que disfruto con la calamidad de esos pobres humanos.

– ¿Y qué si no, jodido vejestorio? -repuso Mef, meneando la cabeza- Llevas millones de años haciéndolos sufrir ¿qué mierdas guardas en tu podrida cabeza para no destruirlos de una vez por todas? La hartura que proclamas un día sí y otro también dice a las claras que ya no te distrae machacar a los habitantes de ese planeta. Prueba otra cosa, otra condición en otra galaxia, otra manera de gastar de omnipotencia con tu omnipresencia devastadora. Te volvería a entretener, Yah.

Este se mesó ligeramente la barba blanca pensativo. Después se incorporó y se dirigió al foco de luz pálida del tragaluz. Elevó la mirada  y sopló. Un acceso de tos le dobló en dos y le hizo retirarse de la claridad.

Mef corrió a su lado y le tomó por los hombros.

– Pero todo poco a poco, sin prisas, viejo chocho, tomándote en serio tu pausa eterna.- le dijo, pasándole suavemente la mano por los cabellos albos- Anda ven, disfruta y olvida, aparca unas horas tus propósitos absolutos.

Se dirigieron al lecho alborotado. Antes, después de que Mef examinara a los seis adolescentes, tomaron a uno de la cintura y le fueron besando voluptuosamente en el cuello hasta que se dejaron caer los tres sobre la anchurosa cama.

 

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