Los cuadernos de un vate vago [Fragmento]

Gonzalo Torrente Ballester

 

 

1961

LA PASCUA TRISTE

 

4 de diciembre, 1961

Cuatro de diciembre, diez y veinte de la noche. Cansado, desanimado, flojo. Me he metido en cama a las nueve y media porque no aguantaba más. No sé qué diablos me pasa. Esta mañana pasé dos horas corrigiendo nueve páginas, no me gustaron las correcciones, volví por la tarde a corregirlas, y ése fue mi trabajo de hoy. Me decidí por fin por la ruptura de Cayetano y Clara, con una consecuencia imprevista, que fue la visita de Clara, de noche, al pazo de Carlos, y su entrevista con Carlos y Juan, entrevista tampoco muy feliz, de manera que Clara queda ahora más sola que la una, con la decisión de marcharse. Todavía no sé cómo va a desarrollarse el capítulo siguiente, el capítulo segundo. El primero me ha dado treinta y dos folios de los míos. Pero, esta tarde, mientras iba al periódico, pensé que, lógicamente, Cayetano, que está enamorado de Clara, y para quien el hecho de casarse no tiene más valor que el puramente…, ¿cómo le llamaríamos?, simbólico, ante la gente, como el hecho de casarse, digo, no le importa desde el punto de vista sentimental, se atreve a visitar a Clara y a proponerle…, a pedirle perdón y a proponerle un arreglo: llevársela a La Coruña y ponerle un piso. Esto, en pocas palabras; la cosa, naturalmente, tiene que ser más complicada. Y esta escena, esta proposición, a la que Clara se niega, debe de figurar en el capítulo segundo, en el cual también debe figurar un subcapítulo peligroso, en el cual Clara en la cama, tranquila, físicamente tranquila, quiero decir, cuando se ha masturbado, y aquello ha pasado ya, siente la fascinación del mal, que para ella, hasta ahora, no ha presentado más que una faceta, pero que ahora, complicado con las imaginaciones de su viaje, puede ser más rico en matices. Éste es uno de esos capítulos que tienen que ser breves y que exigen una maestría literaria que yo no sé si en estos días seré capaz de desarrollar. Me parece que, a este respecto, Clara y Cayetano no ofrecen novedad alguna. Podemos, eso sí, presentar a Clara anunciando su propósito de vender la tienda, bien directamente, bien mediante algún procedimiento coral, los personajes del casino. Y no me parece difícil de resolver el problema de la visita de Juan, bien solo, bien acompañado de Carlos, a don Lino. Creo que está bastante clara cuál va a ser la actitud de don Lino. Cómo se siente halagado, cómo se infatúa, no porque crea que va a resolver el problema de los pescadores, sino porque le agrada que se acuerden de él, que confíen en él, y hasta porque comienza a vislumbrar la posibilidad de una intervención en las Cortes. No olvidemos que este hombre todavía no ha abierto el pico en las Cortes. Se ha limitado a votar. Pero esto le ofrece una oportunidad: hay que desarrollarlo en dos o tres etapas, es decir, la simple aceptación con manifiesta vanidad, la propuesta de una gestión ministerial, y, por último, el cambio de opinión, la preparación de un discurso en las Cortes y consulta de los términos y forma de este discurso a Juan. Esto ya debe figurar precisamente en el capítulo de la violación, en el tercer capítulo, y, además, además, inmediatamente antes del incidente entre don Lino y Cayetano.

En cambio, lo que me está quedando difícil es don Baldomero, porque he llegado a la conclusión de que tiene que emborracharse. Él, naturalmente, no prende fuego a las pinturas más que borracho, y, por otra parte, es natural que se emborrache porque se emborracha siempre. Pero, la borrachera por sí sola no basta para empujarlo a quemar las pinturas, porque quemarlas es un acto sacrílego, y aunque tengo previsto que este hombre en la iglesia se arrastre por el suelo, hunda la cabeza en el polvo, podríamos decir, y pida perdón a Dios por lo que va a hacer, nos faltan argumentos suficientes que justifiquen psicológicamente la decisión de quemar las pinturas. No basta lo que hasta ahora está, no basta. Hay que inventar algo, y precisamente este algo lo tengo que inventar mañana. Ahora no se me ocurre nada. Pero mañana tengo que ponerme a trabajar en el segundo capítulo, si es que me encuentro bien, y esto se me va a plantear inmediatamente. ¿Podría ser la misa del domingo? ¿Podría ser precisamente el contraste de la iglesia velada, es decir, la tranquilidad de don Baldomero al hallarla (es el domingo de Pasión) con los velos morados cubriendo las pinturas? En fin, no es muy fácil desarrollar en este proceso, pero este contraste puede ser un buen punto de partida.

 

10 de diciembre, 1961

Diez de diciembre, a las once de la noche. He terminado el segundo capítulo. Me da dieciocho folios escasos, y consta fundamentalmente de tres momentos. No sé si habré olvidado algo esencial, pero, de momento, lo he perdido de vista. Primer momento, Carlos y Juan esperan a don Lino y tienen con él la primera conversación referente al asunto de los barcos; segundo momento, Clara está en su tienda y llega Cayetano a pedirle perdón y a proponerle que sea su amiga, que sea su querida y llevarla a La Coruña y ponerle un piso. La novedad es que esta conversación intentan escucharla el juez y Cubeiro. Consiguen averiguar lo esencial, y discuten cómo comunicarlo, porque ninguno de ellos se atreve a ir directamente con el cuento al Casino. Tercer momento: el domingo de Pasión por la mañana, o sea el día siguiente de estos acontecimientos, Paquito, que se marcha: está tocando la flauta en medio de la calle y despierta a don Baldomero. Don Baldomero habla con el retrato de su mujer y, luego, se va a misa, y en misa tiene la revelación de que su deber consiste en quemar las pinturas.

Realmente no he conseguido recordar si había previsto algo más, pero creo que con estos tres subcapítulos (quedan escritos) los elementos fundamentales de la acción. Entonces nos encontramos con que el próximo capítulo, el III, empezará el sábado de Pasión, es decir, el sábado anterior a Ramos. He pensado como elemento dinámico de este capítulo empezar con una conversación de doña Angustias con Cayetano diciéndole que el cura acaba de pedirle por favor que influya para que no le impidan sacar a la calle la procesión de las palmas. Este no es el cura de Santa María de la Plata sino el de la playa, el de la parroquia. Entonces, doña Angustias le dice a Cayetano que interponga su influencia en el Ayuntamiento para que no se prohíba la salida de la procesión, y, además, para que se evite toda injuria, todo ataque a la gente que vaya en ella. Entonces, esto es considerado como un acto de tiranía de Cayetano, porque naturalmente éste sube al Ayuntamiento y no pide de favor, sino que ordena simplemente que se dé permiso para la procesión y que no se mueva una rata. Esto se considera un acto de tiranía de Cayetano, y entonces estos comentarios me sirven para enlazarlo con la posición de don Lino, que en cierto modo se hace cabeza de los protestantes, de los rebeldes, con lo cual vamos perfilando ya los acontecimientos del cuarto capítulo.

Tiene que haber en este capítulo también otras cosas fundamentales, que son: la decisión de quemar las pinturas y la quema inmediata por don Baldomero. Don Baldomero ha escondido en la capilla de los Churruchaos una botella de aguardiente y los instrumentos que piensa que son necesarios para llevar a cabo la fechoría. Entonces, es por la tarde precisamente, después del rosario, cuando se queda escondido en la iglesia, espera a que la iglesia esté vacía, deja pasar el tiempo, come su bocadillo y a las doce de la noche, a las once de la noche, cuando ya no hay ruidos, comienza la serie de operaciones que culminan plantando fuego a la cortina del ábside central. Con esto, se marcha.

Esto es el sábado por la noche. Naturalmente, la quema de la iglesia. Van a avisar a Carlos, Carlos manda a Juan al monasterio para que avise al fraile, él va a la iglesia corriendo, llega el fraile, aquello no tiene remedio, se ha plantado fuego a la techumbre, el ábside se hunde… Además, la gente no colabora en la extinción del fuego, con lo cual hemos llegado ya al domingo por la mañana cuando llega Paquito el Relojero pegando alaridos, y atraviesa el pueblo, toma el camino del pazo de Carlos y, febrilmente, empieza a preparar su azagaya. Empieza a preparar su azagaya y tiene que hablar con Carlos, explicar a Carlos lo que pasó, y me queda, para meter en este conjunto de cosas, meterlo de una manera armónica, la llegada de fray Eugenio al monasterio y lo que le pasa con el Prior. Entonces, aquí pueden pasar dos cosas, las dos legítimas, pero no sé cuál de las dos pasará. Puede pasar que fray Eugenio se marche del monasterio o pasar, por el contrario, que se arroje a los pies del Prior y le diga que está endemoniado, que lo bendiga y exorcice. O quizá, que él no tiene voluntad y que lo mande a hacer penitencia a una cartuja. Son las dos posibilidades, pero no sé cuál de ellas será la que elija el padre Eugenio.

Y parece que con esto están ya todos los elementos del tercer capítulo. Ahora bien, el problema que tengo es el paso del tercer capítulo al cuarto. ¿Qué cosas pasan durante esta Semana Santa? ¿Qué les pasa a estos personajes? ¿Tengo que seguirles la pista, crear un cuarto capítulo, un nuevo capítulo de la Semana Santa, empezar el cuarto capítulo con una larga narración? Porque me da la impresión de que, pasando como estoy pasando bruscamente de un núcleo a otro, dejando entre ellos una semana de tiempo, da la apariencia —apariencia que corresponde a una realidad— de estar trabajando a saltos, y de que la narración resulta a saltos también. Primer capítulo; segundo capítulo, una semana después; tercer capítulo, otra semana, y, cuarto capítulo, una semana más. ¿Cuál sería el modo de resolver esto sin que resultase violento? Porque, claro, hay una serie de cosas que pueden pasar; es decir, que aunque voy dando a cada uno de los subcapítulos el desarrollo que creo necesario, tengo la impresión de que la cosa va precipitada. Y claro, tal y como marcha todo, tal y como he concebido por necesidad, claro, éstas… En fin, no sé, no sé, no sé…

Hay que confiar en que, a última hora, se me ocurra una fórmula, y esta fórmula no puede aparecer hasta que tenga escrito el tercer capítulo, hasta que el tercer capítulo tenga una entidad, que yo pueda, efectivamente, verlo en su conjunto. De todas maneras, el número de acontecimientos que se acumulan en cada capítulo me parece suficiente: después del capítulo cuarto, que será bastante largo, el capítulo quinto es, en el tiempo, inmediato, el capítulo quinto y último. Mira tú que, a fin de cuentas, en qué ha llegado a convertirse Cayetano, lo que ha salido ahí. Y, además, me queda todavía por escribir el segundo intermedio, caray; digo, el primer intermedio, que, como se me olvide, me luzco. Vamos a ver si mañana, lunes, se puede hacer algo: meterme a escribir otro (capítulo), que no sé ni cómo me va a salir.

Bueno. Vamos a oír esto, a ver si oyéndolo se me ocurre alguna cosa más, o se me recuerda algo que esté olvidando.

 

11 de diciembre, 1961

Once de diciembre, y muy de prisa. Por fin me decidí a añadir un subcapítulo más al capítulo segundo, en el cual don Lino se despacha a su gusto ante el corro de contertulios del casino, como preparación de su actitud, que pronto va a ser pública, ante Cayetano. Entonces, tengo que consignar para no olvidarme los siguientes datos: el alcalde recibe un telegrama del gobernador civil prohibiendo toda procesión; Cayetano dice que quien manda en el pueblo es él, y no el gobernador civil, y ordena al alcalde que la autorice. Esto, naturalmente, se sabe. Entonces, don Lino asume la posición llamemos republicana e incluso llega a hablar con el gobernador civil, del cual se siente después respaldado. De manera que cuando él, el domingo de Pasión, hable con la gente, sabe que detrás de él está la autoridad del gobernador civil. Ya veremos si este problema se va a plantear con alguna procesión más, o si dejamos de lado esto de las procesiones, quedando simplemente con la de las palmas. Segunda cuestión importante: el… la discusión entre Cayetano y don Lino la provoca una delación de Cubeiro. Es decir, Cubeiro, como armadanzas que es, cuando don Lino llega y empieza a perorar, coge el teléfono y avisa a Cayetano, y entonces Cayetano viene al casino, hace frente a don Lino y la cosa termina como termina. Para lo cual hay que añadir unas frases a la última página del capítulo segundo. Vamos a ver si el sistema de causas libres lo tenemos claro.

 

18 de diciembre, 1961

Día 18 de diciembre a las siete de la tarde, con buen tiempo y mediano humor: vamos a ver si hacemos un resumen de la situación y seguimos adelante. Tengo hasta ahora los personajes en la siguiente situación: Don Baldomero metido en la iglesia esperando que sea la hora para ponerle fuego. Tenemos a Carlos hablando con Clara y se trata de una conversación importante en la cual estoy. Don Lino, dispuesto a hablar en las Cortes sobre el caso de los pescadores. Cayetano lo sabe. Cayetano en este capítulo todavía no ha salido, ni creo que salga. Entonces, la marcha del capítulo está prevista de la siguiente manera: Carlos termina de hablar con Clara y comienza un subcapítulo en el cual volvemos a don Baldomero: don Baldomero se despierta, mira la hora que es, tiene hambre, echa un trago, se confunde de botella, bebe gasolina en vez de aguardiente, escupe la gasolina, se lava la boca con el aguardiente, se toma uno de los dos bocadillos de tortilla que lleva y pone manos a la obra. De manera que amontona sillas detrás del cortinaje que tapa las pinturas, empapa el borde de las cortinas de gasolina y le pone fuego. Entonces sale rápidamente para ver desde fuera el incendio. Otro subcapítulo, en el cual están en el casino: don Baldomero, perdón, don Lino está perorando, y está presente Carlos. El contenido de la peroración es Cayetano, los errores de Cayetano, concretamente el insulto que significa para la conciencia republicana de la ciudad el haber obligado al alcalde a que firme la autorización para la procesión, y en esto llega alguien diciendo que la iglesia está ardiendo; se deshace la reunión, se van todos a la plaza. Entonces, Carlos tiene que mandar a alguien a buscar al padre Eugenio. Llega el padre Eugenio con el prior, el padre Eugenio está mudo y desesperado, el prior le dice a Carlos que tiene que andarse con cuidado, que si no se va a quedar sin ese monje. Y con esto ya está lo del incendio, entonces nos queda, que yo recuerde, un último subcapítulo, que es el regreso del relojero, Paquito que llega pegando alaridos, que atraviesa la ciudad, que no responde a las preguntas que le hacen más que con miradas terribles; que sigue el camino del pazo, pega un alarido al entrar, viene Carlos y le dice: el culpable es Cayetano. Y esto termina el tercer capítulo. Todo esto da fin al tercer capítulo. Tengo que recordar que, en la escena del casino, Cubeiro le dice al juez: Qué lástima que no esté Cayetano, porque era cosa de telefonearle para que viniese aquí, cogiese a don Baldomero hablando contra él y se armase la gorda. Y entonces pasamos ya al capítulo cuarto, que puede empezar por una entrevista de don Lino con los pescadores, en la taberna del Cubano, un capítulo de gran fantochada, en el cual, entre otras cosas, dice que ellos tienen que constituir una fuerza contra el tirano, contra la tiranía o alguna cosa así en que se aluda claramente a Cayetano. En que les promete, en que les habla de la República, en que les habla del Parlamento, en que les habla de todas esas vaciedades, y de ahí pasamos inmediatamente al casino, pero, claro, nos falta… ¿Cuándo meto yo a el Relojero preparando su azagaya? Tiene que ser al principio de este capítulo; es decir, que Carlos salga de casa y el Relojero le enseñe su arma mortífera. ¡Bueno!, vamos a suponer que se empieza el capítulo con eso. Entonces, de casa del Cubano pasamos al casino, después de cenar, y en el casino después de cenar tiene que volver don Lino a perorar, ahora de un modo desafiante. Vamos a ver dónde están los personajes. Los personajes, ¿dónde están, Gonzalo? Los personajes están: Cayetano en su casa; Carlos y Juan… Juan tiene que estar en casa del Cubano, lo cual es normal. Pero, ¿dónde está Carlos? De que Carlos esté en el pazo o esté en el pueblo hay una diferencia de movimiento. Pueden ser tres cosas: primero, que Carlos esté en su casa; segundo, que Carlos esté en el pueblo, pero no en el casino; tercero, que Carlos esté en el casino. Es decir, no que esté en el casino, sino que venga al casino. Vamos a ver, la marcha del capítulo es así: Don Lino perora, Cubeiro telefonea a Cayetano, Cayetano viene y discute con don Lino, don Lino le echa en cara una serie de cosas, entre ellas la fundamental, el noviazgo con Clara. Es decir, todo el rencor personal de don Lino por el engaño de su mujer se vuelca en este momento y acaba naturalmente acusándolo de haberse enamorado de una mujer que él mismo había despreciado públicamente algún tiempo atrás. Cayetano ha escuchado con calma todas las acusaciones de don Lino, pero es ésta precisamente la que le hace saltar. Lo agarra por las solapas, lo desafía, le dice que le hará comer el camisón de Clara, y sale. Entonces, todos los que están presentes se dan cuenta de que allí va a pasar algo importante, hay un ambiente sombrío, don Lino pasea nervioso, y, entonces, ¿quién es el que sugiere que llamen a Juan? ¿Cubeiro? Pues Cubeiro. Y el subcapítulo termina con la llamada por teléfono a casa del Cubano y el recado de que haga el favor de venir Juan. De aquí pasamos a Carlos. Perdón. De aquí pasamos a Cayetano. Pero, ¿qué hace Carlos? Si Carlos está en casa del Cubano, viene con Juan. Vamos a suponer provisionalmente que está en casa del Cubano y que viene con Juan. Pasamos a Cayetano. Cayetano, que sube la calle, que pasa delante de la casa de Clara, que da la vuelta, que se mete por unas huertas, que llega a las tapias de los patios, que escala una de ellas, que entra en el patio de Clara, empuja la puerta, la puerta está cerrada; empuja una ventana, la ventana está abierta. Entra con precaución. Aquello huele mal. Se da cuenta de que es la habitación de la madre de Clara. Sale y busca la habitación de Clara. Clara se despierta, se encuentra con Cayetano. Cayetano le hace una proposición, ella no la acepta, disputan, Cayetano está fuera de sí, es una mezcla de amenazas y de ruegos, «Perdóname, Clara», le pega el gran puñetazo, la deja sin sentido, se arroja encima de ella, la besa, y ya sabemos entonces que su excitación le impide llevar a cabo lo que se propone, y se cierra la escena mirando Cayetano, aterrado, el dedo de la mano derecha. ¡Esto es enormemente difícil, porque tiene que ser claro y al mismo tiempo no puede ser grosero! Es difícil, necesario, difícil, peliagudo. Dejamos a Cayetano mirando aterrado su dedo índice, y pasamos al casino, adonde acaba de llegar Juan y quizá Carlos. Donde don Lino continúa nervioso, donde la gente está en silencio mirando los relojes, donde hay una atmósfera extraña. Don Lino coge a Juan por banda y empieza a hablarle a tontas y a locas y a repetir cosas ya dichas. Se sienta con él junto a una mesa, la gente se da cuenta de que es allí donde se va a producir el asunto; Juan está despistado, no está acostumbrado al casino, se siente incómodo; don Lino habla, habla, habla, pero no dice nada y en esto entra Cayetano, va derecho a don Lino, arroja el camisón encima de la mesa, el camisón, hay una cosa muda de miradas, Juan se levanta lentamente, Cayetano le dice que no se meta, que no va nada con él, y sobreviene la pelea, con una fase en el casino, breve, y otra fase en la calle, hasta que Juan queda tirado en el suelo, en un charco, majado y sin sentido. Majado y sin sentido. Ahora bien: si Carlos está delante, tiene que pelearse también; entonces, Cayetano les zumba a los dos; si Carlos no está delante, basta con Juan. Ahora, es conveniente que esté Carlos para que, sin dilación, golpeado o sin golpear, sangrando por las narices o por la boca, pueda ir a casa de Clara a recogerla. Esto, claro, es mucho más inmediato, hay más unidad, más continuidad, que si creamos un espacio entre la caída de Juan sin sentido y el aviso que le llevan a Carlos a su casa o a casa del Cubano, la venida de Carlos, el hacerse cargo de Juan, el llevar a Juan a la botica y luego el ir a casa de Clara. De manera que: supongamos la calle vacía, los dos tíos tirados, Carlos que se levanta, que va a buscar el carricoche, lo trae, mete a Juan dentro, lo lleva a la plaza, golpea la puerta, Clara no abre, golpea la ventana, Carlos no sabe naturalmente que puede entrar por el patio. Puede golpear la ventana hasta que Clara abra la puerta, pero es más bonito que Clara esté tirada en la cama, la coja, la envuelva en un abrigo, la meta en el coche y se los lleve para su casa. Si hay una posibilidad racional, verosímil, de que Carlos hunda la ventana del escaparate y entre por ella, es mejor esto, porque seguimos una fase activa de Carlos. Mejor que hacerlo esperar a que Clara salga, mejor que hacerlo esperar. Porque, claro, que empuje la puerta y la puerta se abra no es verosímil, aunque hay otra posibilidad, y es que Cayetano haya salido por la plaza, lo que es mucho más lógico que el que salga otra vez por la tapia, y que deje la puerta abierta. Entonces Carlos se encuentra con que la casa está abierta, entra, la puerta del interior está cerrada, y tiene una cerradura automática, pero puede saltar el mostrador. Entonces será el cierre del mostrador el que hunda. Podemos, ante la dificultad de que sea el escaparate el que hunda, porque el escaparate está protegido por fuera o por dentro con unas maderas, es mejor esto, la salida de Cayetano por la puerta… Pero es que yo no describo la salida de Cayetano, por lo tanto el lector no sabe que la puerta está abierta. Nada. Aquí tiene que haber un acto de violencia, que tiene que ser como sea, pero hundir el escaparate. Hundir el escaparate con algo, con una piedra que coja del suelo, con algo así. Que hunda el escaparate y se meta por el agujero. Con lo cual tenemos por primera vez a Carlos activo, a Carlos haciendo, mientras Juan está tirado en el fondo del coche, en un rincón del carricoche. En fin, el caso es que una vez dentro, busca a Clara, la encuentra en su habitación, la luz encendida, Clara desnuda y medio tapada por la sábana; boca arriba… boca abajo, tapada hasta la cintura, boca abajo. Carlos corre hasta ella, la sacude, Clara está, no llorando, muda; él busca por allí una ropa, encuentra un abrigo, se lo pone, le pone unos zapatos y se la lleva. La lleva en el coche y no la suelta, la lleva en el coche y no la suelta. Pero, claro, esto no es más que el comienzo del capítulo, porque la segunda parte… Bueno, hay, en primer lugar, lo que estos tres desgraciados dicen allá arriba. Como Clara se preocupa más de su hermano, que está molido a golpes, lleno de cardenales, hay que limpiarle las heridas con vinagre y vendarle las heridas con trozos de sábana. Todo esto lo hace Clara viéndosele las tetas… no tiene puesto más que el abrigo. Hay la posibilidad de que Carlos le dé unas pastillas para dormir y de que él mismo se tome una… En fin, hay una serie de detalles: que sea él quien acueste a Clara, quien le dé la pastilla para dormir, y él se quede con un gran golpe en la cara, con un gran puñetazo en la cara, mirando el alba por encima de los montes.

Y, entonces, ya tenemos que pasar a Cayetano… No; Cayetano, no. Cayetano no tiene nada que ver en esto. Ahora tenemos que seguirlos a los tres: a Carlos, que se ha ido en el coche y ha traído ropa de Clara, ha ido a su casa, ha traído ropa, la que ha encontrado, por la mañana temprano; la viste, le da ropa para que se vista. La inquietud de el Relojero que pasea mudo, desconfiado, terrible… Pero, aquí hace falta una pausa, hay que dejar una pausa porque estamos en el Domingo de Pascua, y el Domingo de Pascua el taller… el astillero está cerrado. Entonces, tiene que haber una pausa entre lo que se habla el domingo y lo que se habla el lunes, es decir, que los proyectos fantásticos de venganza tienen que ser el lunes. Y el lunes, la muerte de Cayetano. Tiene que ser el lunes. De manera que, claro, este primer coloquio el domingo por la mañana es fundamentalmente Juan que dice que ahora Cayetano tiene que casarse con ella y Clara que dice que no. Entonces, posiblemente, la solución esté en que el lunes por la mañana llegue el fraile, que se ha enterado, y que el coloquio, en vez de ser entre los tres, sea entre los cuatro, de manera que el domingo, posición de Juan: Cayetano tiene que casarse contigo; posición de Clara: yo no me caso con Cayetano; posición de Carlos: yo me caso contigo. Inmediatamente. Antes de que puedas saber si estás embarazada de Cayetano.

Hay que poner las cosas de tal manera que el lector sepa que Cayetano no se ha tirado a Clara, pero que ellos no lo sepan; esto es lo que tiene que quedar bien claro, sobre esto no puede haber confusión ni duda. Ellos, naturalmente, piensan que Cayetano se ha tirado a Clara y que existe una posibilidad de que Clara esté embarazada. En tanto que el lector sabe que no la ha violado. Toda la dificultad está ahí. El hecho es que Cayetano… que Carlos, mejor dicho, piensa en la posibilidad de que Clara esté embarazada y le ofrece casarse con ella inmediatamente. Clara le dice que tampoco. Clara, amargamente serena, sólo piensa en marcharse. Y, claro, el lunes, cuando hablan de la venganza: de la huelga revolucionaria convocada por Juan, del asesinato perfecto que Carlos puede planear, Clara se ríe de ellos, Clara se sigue riendo de ellos. En cambio, fray Eugenio los toma en serio y habla de perdón y todo eso.

De manera que el cuarto capítulo puede terminar exactamente con la muerte de Cayetano, y ante esta muerte de Cayetano, doña Angustias… la pobre señora, con su hijo muerto, con una expresión estúpida, no entiende lo que pasa. Puede terminar así.

Y luego, en el quinto capítulo, que tiene que ser… Bueno, el quinto capítulo o la continuación del cuarto. ¿Para qué vamos a meter otro capítulo si esto es inmediato? La Guardia Civil, que viene a prender a Juan y la Guardia Civil que prende a don Baldomero porque encuentran unos papeles de Cayetano diciendo que, si lo matan, que el autor del crimen es don Baldomero, y prenden a Juan por sospecha de que haya podido inducir al crimen al Relojero. De manera que ambos quedan detenidos. Clara y Carlos solos en el pazo, y, entonces es cuando Clara se acuerda de que su madre está sola, de que llevan tres días sin pensar en ella y van corriendo allá; se la encuentran muerta en el patio, tirada en cualquier rincón. Entonces es cuando toda la fuerza moral de Clara se desmorona y cuando Carlos rompe la cáscara de su huevo, del huevo en que está encerrado y encuentra por fin, por otra parte lógico después de la serie de golpes que ha llevado en los últimos tres días, y ahí terminó. Vamos a ver si es así.

 

Navidad, 61

Navidad, casi a las doce de la noche. Después de cuatro días sin hacer absolutamente nada. Por diversas razones, cuatro días sin haber escrito una página. Lo más, el haber corregido unas pruebas. Y habiendo mandado al mecanógrafo los últimos folios, uno de los cuales al menos tuve que rehacer, y, aun rehecho, no me gusta. Tendré que rehacerlo de nuevo, tachar, suprimir lo anterior e incorporarlo a las pruebas. No he terminado el tercer capítulo: me falta un subcapítulo, justamente el regreso de el Relojero, que, según mis cálculos, va a ocuparme dos folios. En cuanto al desarrollo del tercer capítulo, perdón, quinto capítulo… ¡Cuarto capítulo! Estoy completamente atontado. En cuanto al cuarto capítulo, hay una modificación importante, no en lo que se refiere a la sustancia de la novela, sino a un episodio, a un accidente. Según mis notas, y según mi propósito, Cayetano no violaba a Clara, no la violaba de un modo normal, porque en aquel momento una inhibición sexual se lo impedía. Por eso justamente el subcapítulo correspondiente terminaba mirándose Cayetano la mano cerrada y el dedo extendido. Es decir, simbólicamente se suponía que iba a hacer lo pensado de modo artificial. Y al contarle esto a mi hermano Jaime, que estuvo aquí la semana pasada, me recordó en seguida la violación de Temple Drake en Santuario, novela que yo no leí: un gángster, el gángster aquel de quien se habla después de la segunda parte de esa novela, que ésa sí la leí, el gángster viola a Temple Drake con una panocha de maíz. Claro, hay la importante diferencia de que Cayetano no es un impotente ni mucho menos, pero las coincidencias son suficientes como para que se piense que tenía que ver una cosa con otra. En todo caso, siempre sería algo a lo que se agarrarían si lo hiciera así. Por lo tanto, Cayetano va a violar a Clara, la va a violar sencillamente, la va a violar con todas las consecuencias. No vamos a describir la violación, lo vamos a dejar en el mismo momento que antes, pero sin alusión ninguna a una posible artificiosidad en el trámite.

Tengo sin embargo algunas pegas, hay una pega que me preocupa. ¿No es lógico que si el Juez manda detener a Juan por inducción al asesinato, mande también detener a Carlos? Puesto que los dos viven con el Relojero… ¿Cuáles son los matices que hay que precisar aquí? Por lo pronto, en el cuarto capítulo tiene que haber una conversación entre el secretario del juzgado y el Juez después de haber interrogado al Relojero, de la cual se derivan dos cosas, una, la detención de Juan, y, otra, la detención de don Baldomero, no directamente, sino indirectamente, pues el Juez recuerda que Cayetano había dicho que, si lo mataban, había un papel en el cual denunciaba a su asesino, y entonces el Juez ordena una revisión de los papeles, y encuentran el nombre de don Baldomero. Esto no hay por qué describirlo completo, sino las consecuencias, es decir, hablan de esto, acuerdan detener a Juan y acuerdan hacer una investigación en los papeles de Cayetano, investigación que hará el Juez personalmente por respeto. Ahora bien, esta conversación entre el Juez y el secretario no es una conversación de trámite, sino conversación a lo largo de la cual se descubrirán una serie de motivaciones anormales. Fundamentalmente, al Secretario, tipo nuevo, le parece insuficiente que una cosa de tanta importancia como la muerte de Cayetano se vaya a resolver mandando a la cárcel o al manicomio a un loco. Él dice que hay que buscar algo más, que hay que buscarle más tripas al asunto. Precisamente, hablando de esto, es cuando el Juez recuerda lo que se había dicho en el casino en aquel capítulo, en aquel momento en que Cayetano dice que lo amenazan de muerte. De ahí sale la detención de don Baldomero. Pero antes, o después, puede acordar la detención de Juan. La detención de Juan… ¿habrá también que proponer la detención de Carlos? ¿Por qué razones se detiene a uno y no se detiene al otro? Éste es el problema de este capítulo, el problema que tengo que resolver para mantener la verosimilitud de los hechos. Su verosimilitud y su razonabilidad. Sí. Y hay otro momento, que no lo tengo pensado, que debo entregar a la inspiración momentánea, y es éste en el cual la G. C. se lleva a Juan y quedan solos en el pazo Clara y Carlos. Porque, claro, el recuerdo de la madre abandonada no es súbito, no tiene por qué ser súbito. Tiene que haber una conversación, tiene que haber algo en lo cual estos dos hablen de ellos mismos, considerando que Carlos ya le ha dicho a Clara que se casa con ella para evitar, no ya el que ella pueda tener un hijo sin padre, sino que ni siquiera pueda saber si es hijo de Cayetano o no. Carlos quiere llevar a Clara al convencimiento de que aquello es algo que puede arreglarse. En fin, pueden hacer otros proyectos, nos casamos, nos vamos, vamos a América, nos vamos a París, nos vamos a Alemania, en fin, cualquiera de estas soluciones que se le pueden ocurrir a Carlos. Y ella entonces dice que no. Clara conserva su entereza. Es necesario verla entera, dispuesta a afrontar ella sola su vida, ella no desfallece hasta el último momento, no desfallece hasta que ve a su madre. No hay que hacerlo tampoco de una manera sentimental, porque tampoco es una cosa sentimental. El aguante de un cúmulo de desventuras, y, de todas ellas, la menos desventurada, la que menos le puede afectar es la que colma su capacidad de aguante, la que colma su paciencia, la que colma su resistencia. De manera que, claro, esta conversación tiene que acontecer. En fin, estamos a veinticinco de diciembre, y me falta mucho. Y Dios quiera que los días sucesivos sean tranquilos y no haya nada que me estorbe o que me perturbe, porque el viernes y el sábado no hice nada, y lo que hice estuvo mal, porque esa página de don Baldomero en la iglesia me ha salido mal, me ha salido floja, una página tonta, sin gracia por una parte y por la otra llena de lagunas, mal hilada. Una página inútil, una página que obedece exclusivamente al prurito de objetividad, de ir describiendo lo que hace, cosa por cosa. A esa página podía darle un poco de aire. A ver si mañana, con la copia en la mano, la rehago, porque esa página no puede quedar como está, tiene que ser más vibrante, más humorística. Hay unos contrastes ahí poco acusados, y es una pena porque es una página importante. No sé cuándo la escribí, qué día de esta semana pasada la escribí. Quizá de prisa, quizá sin ganas, pero no me gusta, no me gusta esa página. Desde que don Baldomero se despierta y empieza a tomar sus bocadillos hasta que planta fuego a las cortinas. No sé. En fin, hay una posibilidad de rehacerla en pruebas. Y cuando lea las pruebas compaginadas creo que voy a tener que hacer algunas tachaduras importantes. Esta novela no va nada cuidada de estilo, nada. Es la clásica novela escrita de prisa. En fin, que Dios me ayude. Queda luego el problema de la censura, que no sé lo que estará pasando. No sé qué estará pasando con esas dos partes, en manos sabe Dios de quién, con el riesgo de que todo se vaya a paseo.

 

27 de diciembre, 1961

Veintisiete de diciembre, cinco y media de la tarde, sin ganas de trabajar.

Por lo pronto, una enumeración, una descripción del itinerario y hechos de Paquito el Relojero a su llegada a Pueblanueva. Es el domingo de Ramos. Domingo de Ramos, procesión por las calles de la playa: gente, grupos, protestas, contraprotestas, se va a armar, no se va a armar. Hombres en la plaza, comentarios sobre la iglesia quemada. Alarido de el Relojero, su aparición por el cabo de la calle, aparición evidentemente exhibicionista: lleva la pajilla hundida en la cabeza, la lleva a la altura del cuello, la flauta a rastras, y el bastón cogido por la contera blandiéndolo como una maza. Le preguntan y no contesta más que con miradas terribles, con miradas feroces. De vez en cuando, se para y da un alarido. Así recorre la calle, pasa por delante de la plaza, por delante del casino, llega a la playa y marcha camino del pazo. Comentarios, chiquillos que van detrás, que le apedrean. Quizás él mismo les larga una pedrada y malhiere a un chico, descalabra a un chico. Mujeres que chillan. Llegada al pazo. Grito. Carlos que corre. Preguntas. Respuesta de Paquito. Y se mete en su cuchitril, abre los cajones de su mesa de trabajo y empieza a buscar afanosamente un trozo de hierro y unos muelles. Después desatornilla todas las partes de su bastón, las ahueca, o sea, mejor dicho, les suprime las divisiones de tal manera que el bastón quede hueco. Y quizá con esto termina el capítulo.

Entonces, se plantea la cuestión de comenzar el cuarto. He pensado en las campanas. Repique de campanas, Carlos se levanta, unas voces en el zaguán que dicen: «Señorito, la leche.» La lechera que trae su leche. Como el Relojero no trabaja más que en lo suyo, Carlos tiene que bajar, recoger la leche y hacerse el desayuno. Y es en este momento cuando el Relojero le hace la prueba de la azagaya: la clava en el portón. Entonces, Carlos sube, se mete en la cocina y empieza a hacerse el desayuno.

Éste es el comienzo del cuarto capítulo. Manera de resolver el problema de el Relojero. Entonces: de aquí seguimos… Bueno, de aquí ya veremos lo que seguimos, pero, probablemente, el orden de los subcapítulos será: don Lino entre los pescadores; discursos, promesas, aplausos. Don Lino se envanece, don Lino se envanece. Se crece. Se considera seguro. Tercer subcapítulo, el casino. Con la llamada telefónica de Cubeiro, llegada de Cayetano, acusaciones de don Lino, desafío. Seguimos el episodio de la violación. Volvemos al casino. Pelea. Pelea, Carlos se lleva a Juan y a Clara. Conversación, madrugada… ya veremos si Carlos baja por la ropa o no baja por la ropa. Ya lo veremos. Hay aquí la posibilidad de que Carlos lleve a Juan a la botica, llame a don Baldomero, y don Baldomero quede haciendo la cura a Juan mientras Carlos va a buscar a Clara. Y estamos en el domingo por la mañana, el domingo de Pascua por la mañana, y el domingo de Pascua por la mañana, ¿qué sucede? Ésta es la pausa, pero esto son también unas horas en blanco. Cayetano, el domingo por la tarde, encerrado en su despacho, desesperado, arrepentido, luchando consigo mismo, buscando el modo de resolver la situación, pero sin decidirse. Es decir que, por este orden, hay demasiadas horas en blanco. Hacen falta aquí unos toques de vida colectiva, hace falta el casino, la casa del Cubano, hace falta ver qué piensa la gente, hace falta ver a don Lino salir de naja para Madrid. ¡Dios, qué complicado es este capítulo, Dios mío, qué complicado es! Y, aun así, suponiendo que cerremos el domingo con la escena de Cayetano en su despacho, solo en su despacho, todavía nos queda la llegada del fraile, conversación de los cuatro, o de los tres en el caso de que Clara no esté presente; salida precipitada de el Relojero, muerte de Cayetano y detención de el Relojero. Probablemente el Boticario que sale corriendo para el pazo y cuenta lo sucedido, actuación del Juzgado, detención de don Baldomero, detención de Juan y final. ¡Que van a ser cuarenta páginas! Son más de cuarenta páginas.

 

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