De visita en la casa de Ray Bradbury

Violeta Balián

 

 

 

La casa es sencilla, impecable y luminosa.

—La diseñaron un par de arquitectos en 1958 y en varias ocasiones fue galardonada como «la casa del futuro». Pero hoy, cincuenta y cinco años más tarde, es una típica casa de Palm Springs, California, sin pretensiones y ubicada en un barrio pasado de moda ˗˗ explica Steve Simonian y su socio, actuales dueños de la propiedad quienes tuvieron la gentileza de invitarme a visitarla. Según Steve, fue precisamente ese anonimato lo que terminó de convencer a Ray Bradbury y su esposa de comprar la vivienda en 1970. Los Bradbury necesitaban un lugar tranquilo y privado, lejos de los ajetreos de Hollywood.

A instancias de mi anfitrión, con mi cuaderno de notas en mano y seguida de cerca por Jack, su perrito guardián, comienzo mi recorrido de las habitaciones. Me sorprende la cocina que se me hace salida de una revista de los años 50 o una escenografía de la serie Mad Men. Hago memoria. En una de sus notas para el Paris Review, Sam Weller, el biógrafo de Bradbury, describe a esta cocina como «un affair con mucho cromo y color turquesa». Steve confirma que así era, exactamente de ese color. Pero como los artefactos originales estaban muy deteriorados, a él no le quedó otra cosa que reemplazarlos con equivalentes aun existentes en el mercado. Los encontró, sí, pero en brillante color rosa. Felizmente, y tal cual lo habían dispuesto los arquitectos, la familia Bradbury conservó el número de habitaciones, baños y el patio exterior con su piscina.

A medida que inspecciono la casa, noto que carece de cualquier indicio que confirme el paso de un escritor de la talla de Ray Bradbury por ella. Las paredes están vacías de cuadros, portadas de libros y otros recuerdos. Y en la habitación que Bradbury usara como sitio de trabajo no hay muebles ni siquiera una biblioteca. Steve indica que cuando se vendió la casa, poco antes de la muerte del autor, la familia se encargó de retirar y trasladar todos sus efectos personales. Apoyada contra la pared perpendicular a la puerta, Bradbury tenía un escritorio de madera y una máquina de escribir. No le gustaban las computadoras. La pared hacía las veces de tablero donde colocaba o amontonaba papelitos, chicos, grandes, medianos, estampas, tarjetas con apuntes, postales, párrafos escritos, aplicados con tachuelas o cinta adhesiva. Este sistema le permitía armar las tramas y efectuar cambios tanto en el orden de los temas como en la secuencia de los capítulos. Con esos datos, me fue fácil visualizar al escritor como a uno de esos generales que aparecen en las viejas películas de guerra, eternamente ocupados en el planeamiento de la próxima batalla, pinchando alfileres en un gran mapa.

 

Ilustración de Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)

 

Steve me deja sola en la habitación-estudio. La pared, hasta ese momento respetuosa y vacía, me entrega el recuerdo de un momento «bradburyano»:

«La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva en un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció una sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que se reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo».

No lo puedo evitar. Me sumerjo, profundamente en la pared y en las imágenes del texto.

Aun así, oigo un carraspeo a mis espaldas seguido de la voz de Ray Bradbury. Una ola fría me recorre la espina dorsal. Sí, es su voz; la tengo bien registrada con tanto vídeo de sus charlas literarias. Debo estar alucinando, porque lo que ocurre aquí no es normal, es inimaginable. Respiro hondo. Recapacito. ¿Dónde está Steve? Necesito hablar con él.

—Ajá… ¡bienvenida! Ya veo que entraste por la gran puerta plantada en medio de La Pradera, ¡muy bien! —dice Ray aludiendo al cuento en El Hombre Ilustrado.

—Míster Bradbury —digo, casi sin voz. Lo cierto es que no me atrevo a mirar hacia atrás. Porque dadas las circunstancias de conocimiento público, la persona que está detrás de mí, y que me está hablando, no podrá nunca ser de carne y hueso. Así que, ¡vaya una a saber qué es, realmente!

—Por favor, llámame Ray, que ya estoy bastante más allá de las formalidades. Y no tengas miedo que soy inofensivo.

Me armo de coraje, me doy vuelta, y me encuentro con la presencia vivificada de un tal Ray Bradbury mirándome con atención. Al igual que en su famosa foto, sonríe de oreja a oreja y acaricia el gato negro que lleva entre sus brazos.

—Para eso están las paredes y a ésta ‒dice golpeándola con la palma de la mano. ‒‒ A ésta la tenía cubierta de papeles. ¡Si hubieras visto la cara que puso Steve cuando vino a verme con intenciones de comprar la casa! ¿Qué habrá pensado de mi tablero? Un despliegue de mal gusto o cosas de viejo excéntrico, seguramente. Me gusta Steve, es buena persona. Ahora mismo está preocupado por la alfombra. ¿Viste cómo está? Lamentable. No lo dudes, este trapo va derecho a la hoguera.

Todavía en estado de shock, convengo con Steve en que el único vestigio tangible de Ray y los años de trabajo en esa habitación está en la alfombra, gastada en el mismo sitio donde se sentaba a escribir. Las idas y venidas del escritor, las pisadas sobre el tejido, marcadas para siempre.

Se produce un flash, Ray desaparece y la casa se sume en el silencio. Por mi parte, algo más repuesta del mazazo que recibí al ver, cara a cara, al otrora dueño de casa, vuelvo a la sala donde la realidad me invita a formularme ciertas consideraciones. No nos engañemos. La casa es vieja, guarda improntas y quienes me conocen bien saben que soy particularmente sensible a ellas. Sin embargo, admitir que puedo oír y ver a los muertos, eso ya es otro cantar. Al mismo tiempo, me atrae la idea de mantener una interacción con Bradbury o, su ser intermedio. De hecho, no lo conozco. He leído mucho sobre él y estoy familiarizada con sus escritos. Nada más.

Steve aparece y me pregunta cómo va la visita, si necesito algo. Bien, todo bien. Gracias.

— Se te ve emocionada, ¿me equivoco?

Pobre Steve, no tiene idea de lo que está sucediendo. En cambio, Jack, su perro, sí que sabe; me mira desconfiado y no me deja sola ni un minuto, su sexto sentido advirtiéndole que hay gato encerrado. No dudo que el canino ya haya visto a Ray ambulando por la casa.

Me aproximo a la puerta de entrada y ¡zas!, aparece Ray. Lo noto ansioso, moviendo la cabeza a uno y otro lado, como si esperara algo o alguien.

—No tenemos mucho tiempo — dice en voz baja, conspiratoria. —Vamos, ponte ahí, en el vestíbulo —ordena. Obedezco. Ray avanza hacia mí y me da un fuerte apretón de manos. Ah, ahora entiendo, me está recibiendo formalmente en su casa que, naturalmente, no es la misma que la de Steve. Noto que Ray es un hombre más bien bajo, un detalle del que me percaté estudiando fotos de sus años jóvenes, junto a algunas personalidades de Hollywood. El rostro es grande. Las facciones, de tipo común y sometidas a esos enormes marcos oscuros y a la sempiterna mata de pelo blanco. La sonrisa es cordial y sincera; la mirada, penetrante.

Pasamos a la sala. Sin preámbulos, Ray me pregunta todo lo referente a la Argentina, la situación política, los años que tengo en los Estados Unidos, los estudios realizados y qué libros me gusta leer.

—Estuve en Buenos Aires ¿sabes? Sí, hace unos años, durante la Feria del Libro.

Conversamos un poco más hasta que le entrego ‘el micrófono´. Había leído que le gusta explayarse sobre su influencia en los géneros de la ciencia ficción y fantástico.

—Esto de la ciencia ficción es muy sencillo porque no es nada más que una ficción de ideas —explica.

Nos sentamos en el cómodo y moderno sillón de Steve y Ray comienza a hablar a una extraordinaria velocidad. Repasa momentos de su vida, de su infancia allá en Illinois y de los años de extrema pobreza que padeció su familia. También del tiempo que pasaron en Tucson, Arizona y, por último, del traslado definitivo al sur de California. Todo ello sin escatimar comentarios sobre su amor por los libros de aventuras, Jules Verne, H.G. Wells, los dinosaurios, sus primeras incursiones en la literatura, el día que conoció a Marlene Dietrich, ¡qué mujer más sexy! y los eventos que inspiraron El Hombre Ilustrado y Fahrenheit 451. A toda esa trayectoria, le agrega las penurias económicas que pasaron él y Marguerite, su esposa, la única mujer que cortejó y de quien siempre estuvo enamorado. Y, en caso de que yo no estuviera al tanto, me recuerda que fue ella quien hizo los sacrificios para que él continuara su carrera de escritor.

Los ojos se le llenan de lágrimas.

—Sin my sweet, darling Marguerite no habría un Ray Bradbury.

Ray se levanta del sofá y se dirige hacia el ventanal que da al jardín. Allí declara que nunca fue a una universidad. Adquirió toda su experiencia y conocimientos en las bibliotecas.

—Soy un bibliotecario. Eso es lo que soy. En esta casa, en la que residí cuarenta años, guardé y catalogué muchos libros. Viví bien, a gusto, con mucha paz hasta que enfermé, claro.

En un santiamén nos hallamos en la cocina, milagrosamente renacida en su original «cromo y turquesa» al igual que Ray, quien porta unos juveniles cincuenta años de edad, y luce una camisa hawaiana con “shorts” blancos que contrastan con su piel bronceada. Me digo que tengo suerte. Que a Ray no se le ha ocurrido gastarme su harto famosa broma: aparecerse con el torso desnudo y una corbata al cuello. Por ahora, las cosas van bien. Suena el timbre. Llega gente, amigos de Ray. Besos y abrazos. Entran y van directamente a la cocina. Reconozco algunas caras, Debbie Reynolds, John Wayne, Clark Gable, Marilyn y otros. ¡Esto es un “pool party” amigos!, exclama Ray en voz alta mientras prepara gin and tonics. En la sala, la música está a todo dar. Extrañamente, la reunión no termina de materializarse y, uno tras otro, los invitados desaparecen. Excepto por Debbie quien fue la primera en marcharse porque tenía otro compromiso, en la casa que fue de Frank Sinatra, ni más ni menos. Tiene sentido; los otros invitados, bueno, no son más que memorias.

Tan pronto nos quedamos solos, Ray inicia un «corre que te corre» por toda la casa, a la Alicia en el país de las maravillas mascullando un «no, no hay tiempo» mientras busca algo por los pasillos estrechos y los estantes apoyados contra las paredes que ahora sí aparecen cargadas con pinturas, portadas de todos sus libros y revistas.

—My dear, no te asustes, resulta que he vuelto del futuro, como la vieja bruja de los tatuajes mágicos. Te confieso que estoy muy mal por no decir, desesperado. Busco un libro. Mira, lo tenía por aquí y ahora vaya a saber dónde está. ¡Ayúdame a encontrarlo! Por favor.

—Ray, tal vez terminó con los cientos de libros que tenía acumulados en el garaje. Steve me comentó que una de sus hijas se los llevó a Los Ángeles.

—Ah, no, de eso no me acuerdo.

Se entiende. Año y medio atrás Ray estaba muy enfermo. Aun así, él insiste con que le urge encontrar el libro porque lo necesita antes de volver a ese lugar de donde acaba de llegar. En pocos días más, se cumplirá el primer aniversario de la fecha de su transición: 5 de junio de 2012.

—¡Mi Dios! ya hace un año. ¿Te das cuenta cómo pasa el tiempo? Créeme, esto es muy importante. Como te dije, debo regresar con el libro.

Le pregunto si el libro es suyo o de otro autor.

—Mío, por supuesto. Es El Lago, un cuento. ¿Te acuerdas de Tally, mi amiga de infancia, la que desapareció en el agua? Bueno, ella ha regresado a la playa y ahora está allí, construyendo un castillo de arena. ¿No te parece maravilloso? Necesito actualizar el texto antes de que sea demasiado tarde y los malvados la obliguen a volver al agua.

Un poco más calmado, Ray se dirige a la que era su habitación. Cuando regresa, lleva puesto un sombrero de paja, de ala ancha. Entra a la cocina de donde sale con una bandeja de canapés, y un par de Bloody Marys.

—Salgamos al patio —invita.

Nos sentamos en unas tumbonas al lado de la piscina. El sol es despiadado y lamento no tener con qué cubrirme la cabeza. En mi mente merodea una de sus frases: Ardiente sol amarillo.

—Ray, ¿le gusta el sol?

—Sí, mucho. Pero creo que me gusta más el fuego. El poder aniquilador del fuego. Lo describo en Fahrenheit, la quema de ideas y tantas otras cosas más.

—¿Qué otras cosas?

—Las más tristes, la sociedad moderna, embrujada y manipulada por los políticos, los medios, las tecnologías de avanzada y la inteligencia artificial. Te aseguro que no fue mi intención predecir futuros sino prevenir los males del futuro. Pero, como ves, las cosas cambian y nuestro mundo se ha alterado.

De pronto, en el otro extremo del jardín, Steve enciende las regadoras automáticas. Es la señal de que la hora acordada para esta visita va llegando a su fin. Son las seis menos cuarto. El césped se humedece. Furtivos, los conejitos cola «pompón de algodón» se acercan para saciar su sed. Y a lo lejos, en la otra calle, se escuchan los insistentes graznidos de los cuervos.

—¿Ya te conocen?

—¿Quiénes?

—Los cuervos. ¿No los oyes? Nos están regañando. Con toda probabilidad anda gente extraña por el barrio, gente de domingo, visitas. Los cuervos son aves increíbles. ¿A que no sabías que cuentan con una memoria fotográfica y son capaces de registrar quienes van y quienes vienen? No se olvidan de nada ni nadie. Claro, a esta casa vengo a menudo y hoy, como puedes oír, ya saben que estoy por aquí.

—No tenía idea. Los pájaros negros me recuerdan a Hitchcock.

Ray sonríe, enigmático. No es de extrañar; debe tener más de una anécdota que contar sobre el famoso sujeto.

— ¿Por qué Palm Springs, Ray?

—¿Has estado alguna vez en el desierto, camino a Arizona?

‒‒Sí. Me dio miedo. Es inhóspito.

—Mira, no sé si te has dado cuenta. Palm Springs está emplazado en medio de un desierto. Un desierto tan hermoso como los que puede haber en Marte. Lo sé, porque para allá voy. No falta mucho —agrega sin elaborar.

La conversación desemboca en Crónicas Marcianas y aprovecho para recordarle que la edición en castellano, de 1955, contiene un prólogo de Jorge Luis Borges.

—Así es. Fue un honor para mí. Inesperado, desde luego. En esos años recién empezaba a establecer mi presencia como escritor, fuera de los Estados Unidos —dice con expresión seria, juntando los dedos de las manos.

Guardamos silencio. Minutos después, Ray me enfrenta. La mirada es hostil.

—Me gustaría que me explicaras por qué Borges, en ese famoso prólogo, escribió:

«En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street».

Ray continúa: ˗˗˗ ¡Por Dios! ¿Tan poco entendía ese hombre? Me sorprende y como decimos los americanos, «la cosa se puso personal». ¿Domingos vacíos? ¿Tedio americano? ¿Soledad? ¡Habla por ti mismo, Borges! La realidad era muy diferente. Con una adorable esposa en casa, cuatro hijas pequeñas, abrumado de trabajo, te aseguro que nunca tuve un domingo vacío ni me sentí solo ˗˗˗afirma con una pizca de sarcasmo que mal pretende ocultar su enojo. ˗˗˗ ¿Y de dónde diablos sacó Borges eso del «tedio americano» o acaso los tedios cargan con nacionalidades?

Ray está a punto de perder su compostura. Supongo que me ruborizo; los efectos de la vergüenza ajena. Y temo, sobre todo, lo que ya percibo como un sutil distanciamiento. Razón por la que no me parece oportuno agregar más leña al fuego comentándole que a mí también me desconcierta el comentario borgeano, penosamente insertado en una apreciación magistral. Ni mencionarle los comentarios de otra compatriota, Angélica Gorodischer en su nota Una excursión al planeta Marte publicada recientemente en la Revista Ñ:

«Fíjese: el señor Bradbury no es uno de los amores de mi vida. Es blandito, romanticón, y lo peor de todo, moralizante. Pero (la cosa se pone interesante cuando interviene el adversativo, ¿no?) escribió, Bradbury digo, una novela excepcional que es Crónicas Marcianas a la que Borges le puso un prólogo magnífico».

No, sería inútil.

Cae el sol. Ray toma otro sorbo de su Bloody Mary y enfoca su atención en el lado norte del jardín, en las rocas de San Jacinto, la enorme montaña que vigila a Palm Springs. En un momento, se vuelve hacia mí y con gesto pausado dice ˗˗: My good friend, la verdad es que allá, de donde vengo, me aburro a mares, mis domingos son vacíos y nada de todo lo que hemos hablado aquí, hoy, tiene importancia alguna ˗˗.

Lo dice con naturalidad y yo, creo comprender. Pero no, presiento que avanzamos hacia algo y a máxima velocidad. Poco antes de que su figura se difumine por el tiempo y el espacio, Ray, con los ojos entreabiertos, me observa como si me viera por primera vez. Lo que en realidad se traduce como la última vez.

Siento un nudo en la garganta. Y no sé qué hacer para conservar las memorias del hechizo que viví esta tarde. Escribo, entonces las preguntas que le quise hacer a Ray desde un principio. ¿Qué designio proyectó este encuentro? ¿Fue acaso en esta dimensión o en alguna otra que se me concedió el privilegio de ver un poco más allá del portal de la pared o la sabana africana? Querido Ray, lo cierto es que sigo aquí, consciente de que nuestra visita duró una hora exacta, aunque sospeche que tuvo lugar en un ínfimo, precioso instante, prensado en la chispa de tu mirada o en el giro de tu cabeza, cubierta por ese ridículo sombrero de paja.

So long, Ray. ¡Hasta siempre!

Steve me acompaña al lugar donde estacioné el auto.

—Hemos decidido cambiar la alfombra de la segunda habitación y no sabemos qué hacer con las pisadas de Ray. Sería una lástima deshacerse de ellas, ¿no te parece?

Sugiero que las conserve; que corte la vieja alfombra alrededor del tejido hollado y coloque el pedazo entre dos piezas de vidrio. Quedará muy bien en el estudio de Ray, colgado de la pared.

Buena idea, lo tendremos en cuenta, dice Steve.

 

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