Grandes pechos, amplias caderas [Fragmento]

Mo Yan

 

Capítulo 1

I

Desde su kang —la plataforma de ladrillo y tierra prensada en la que solía dormir—, donde estaba acostado tranquilamente, el Pastor Malory vio un haz de luz roja y brillante que iluminaba el pecho rosado de la Virgen María y la cara regordeta del Niño Bendito, que ella sostenía entre sus brazos, y que estaba con el trasero desnudo. El agua de las lluvias del último verano había dejado unas manchas amarillas sobre el óleo del retablo, dando a la Virgen María y al Niño Bendito una expresión ausente. Una araña de patas largas colgaba de un hilo plateado junto a la luminosa ventana, meciéndose en una ligera brisa. «Por la mañana, las arañas traen felicidad, y por la tarde prometen riqueza». Eso era lo que la pálida pero hermosa mujer había dicho, un día, al ver a una de estas criaturas de ocho patas. Pero ¿a qué felicidad puedo aspirar yo? Todos los pechos y culos celestiales de sus sueños fulguraron en su mente. Oyó, provenientes del exterior, el ruido de los carros y los graznidos de las grullas en la ciénaga lejana, además de los balidos enfadados de su cabra lechera. Los gorriones golpeaban ruidosamente contra el papel que tapaba la ventana. Las urracas, los llamados pájaros de la felicidad, cotorreaban en los álamos cercanos. Por la apariencia que tenía todo, bien podría ser que la felicidad estuviera hoy en el aire.

Entonces, de repente, su mente se aclaró, y la hermosa mujer con una tripa increíblemente grande apareció de forma violenta, rodeada por un halo de luz cegadora. Sus labios temblaron nerviosamente, como si estuviera a punto de decir algo. Estaba en el undécimo mes de embarazo, así que hoy debía de ser el día. En un instante, el Pastor Malory comprendió el significado de la araña y de las urracas. Se incorporó y bajó de su kang.

Después de coger un cántaro de barro negro, caminó hasta la calle que había detrás de la iglesia, donde vio a Shangguan Lü, la esposa de Shangguan Fulu, el herrero, que estaba inclinada, barriendo la calle frente a la tienda. Su corazón se detuvo por un instante y sus labios temblaron. «Dios de mi vida —murmuró—. Señor Todopoderoso…». Se santiguó con un dedo y retrocedió lentamente hasta una esquina para observar, en silencio, a la alta y decidida Shangguan Lü que, callada y concentrada, barría el polvo que se había humedecido con el rocío y lo dirigía hacia su recogedor, separando cuidadosamente los trozos de basura y dejándolos a un lado. Sus movimientos eran torpes pero vigorosos; su escoba, trenzada con campanillas de mijo dorado, era como un juguete en sus manos. Tras llenar el recogedor y apisonar el polvo que quedaba en el suelo, se irguió.

Justo cuando Shangguan Lü había empezado a irse, oyó un fuerte ruido a su espalda y se dio la vuelta para ver de qué se trataba. Algunas mujeres venían corriendo a través de la puerta negra de la Casa Solariega de la Felicidad, donde tenían su hogar las familias acomodadas de la ciudad. Iban vestidas con harapos y sus caras estaban manchadas de hollín. ¿Por qué estas mujeres, que normalmente se visten con sedas y satenes, y que nunca se dejan ver sin antes haberse pintado los labios, van vestidas así? En ese momento, un carretero conocido por todos como Viejo Paro surgió del conjunto montado en su nuevo carro, con su dosel verde oscuro y sus ruedas de goma. Las mujeres subieron a bordo incluso antes de que se detuviera del todo. El carretero bajó y se sentó en uno de los húmedos leones de piedra a fumarse una pipa en silencio. Sima Ting, el administrador de la Casa Solariega de la Felicidad, emergió del conjunto con un ave de cetrería, moviéndose tan rápida y grácilmente como un jovencito. Bajando de un salto, el carretero le echó una rápida mirada al administrador, que le quitó la pipa de las manos, dio unas cuantas pitadas bien ruidosas y dirigió la vista hacia el cielo rosáceo de la primera hora de la mañana, bostezando con fuerza.

—Hora de irse —dijo—. Espérame en el Puente del Río del Agua Negra. Tardaré un momento.

Con las riendas en una mano y el látigo en la otra, el carretero hizo girar el carro. Las mujeres que iban en la parte de atrás gritaban y charloteaban. El látigo restalló en el aire y los caballos empezaron a trotar. Las campanas de cobre que llevaban los caballos alrededor del cuello empezaron a cantar vigorosamente, las ruedas del carro crepitaban en el camino de tierra y unas nubes de polvo se levantaban al paso del vehículo.

Después de echar una meada en medio de la calle, Sima Ting le gritó al carro, que ya estaba lejos; después, aferró su ave de cetrería y se subió a la torre, que consistía en una plataforma de unos cien metros de altura apoyada sobre noventa y nueve gruesos troncos y coronada por una bandera roja que se mecía plácidamente en el limpio aire de la mañana. Shangguan Lü lo estuvo observando mientras él escudriñaba el noroeste. Con su cuello largo y su boca puntiaguda, se parecía un poco a un ganso que se hubiera metido en un canal de irrigación.

Una nube de niebla que parecía de pluma llegó rodando por el cielo y se tragó a Sima Ting para regurgitarlo después. Los matices sangrientos de la salida del sol tiñeron su cara de rojo. A Shangguan Lü le pareció que la cara se le cubría de una deslumbrante capa de jarabe pegajoso. Cuando levantó el ave de cetrería por encima de su cabeza, tenía la cara tan roja como la cresta de un gallo. Shangguan Lü escuchó un débil sonido metálico. Era el gatillo que accionaba el disparador. Con el trasero del ave apoyado en su hombro, se quedó quieto, esperando solemnemente. Lo mismo hizo Shangguan Lü, mientras el peso del recogedor le entumecía las manos y hacía que le doliera el cuello por sujetarlo en una posición tan forzada. Sima Ting bajó el ave de cetrería y se enfadó como un niño pequeño en pleno berrinche. Ella lo escuchó maldecir a la pistola: «¡Tú, pequeño bastardo! ¿Cómo te atreves a no disparar?». Lo volvió a levantar y apretó el gatillo. ¡Pam! Una llamarada siguió al penetrante sonido, y simultáneamente oscureció los rayos del sol e iluminó su cara enrojecida. Entonces, una explosión interrumpió el silencio que se cernía sobre el pueblo; la luz llenó el cielo de brillantes colores, como si un hada, de pie sobre la punta de una nube, estuviera regando la tierra con radiantes pétalos de flores. El corazón de Shangguan Lü se aceleró, excitado. Aunque no era más que la esposa del herrero, manejaba el martillo y el yunque mucho mejor de lo que nunca lo haría su marido. La mera visión del metal y el fuego le calentaba la sangre en las venas. Los músculos de sus brazos se agitaron como látigos. Acero negro que golpeaba contra el rojo, chispas volando por el aire, la camisa empapada de sudor, arroyuelos de agua salada descendiendo por el valle entre los pechos bamboleantes, el penetrante olor del metal y de la sangre llenando todo el espacio que hay entre el cielo y la tierra. Observó a Sima Ting retroceder en su percha; el límpido aire de la mañana, a su alrededor, se había cargado con el olor de la pólvora. Dando vueltas por la pequeña plataforma, anunció a toda la ciudadanía de Gaomi del Noreste:

—Atención, compañeros y conciudadanos adultos: se acercan los japoneses.

II

Shangguan Lü vació el recogedor sobre la superficie del kang, cuyas esterilla de hierba, sábanas y manta habían sido enrolladas y apartadas a un lado, y después miró con preocupación a la mujer de su hijo, Shangguan Lu, que gemía mientras cogía el borde del kang. Cuando hubo terminado de apelmazar la tierra con las dos manos, le dijo suavemente a su nuera:

—Ya puedes volver a subir.

Shangguan Lu se estremeció bajo la dulce mirada de su suegra. Fijó la vista tristemente en el amable rostro de su suegra y entonces temblaron sus labios cenicientos, como si quisiera decir algo.

—El diablo se ha vuelto a apoderar del viejo bastardo de Sima, haciendo que disparara su pistola a primera hora de la mañana —exclamó Shangguan Lü.

—Madre… —dijo Shangguan Lu.

Frotándose las manos para quitarse la tierra, Shangguan Lü murmuró casi en silencio:

—Mi buena nuera, haz lo que puedas. Si este es también una niña, habré sido una tonta por seguir defendiéndote.

Unas lágrimas brotaron en los ojos de Shangguan Lu, que se mordió el labio para no decir nada; sosteniéndose el abultado vientre, volvió a subir al kang, que estaba cubierto de tierra.

—Tú ya has pasado por esto —dijo Shangguan Lü mientras tendía un rollo de algodón blanco y unas tijeras sobre el kang—. Sigue adelante y ten ese bebé. —Después, con un gesto de impaciencia, añadió—: Tu suegro y el padre de Laidi están en el establo atendiendo a la burra negra. Este va a ser su primer potrillo, así que yo también debería ir a echarles una mano.

Shangguan Lu asintió. Se oyó el sonido de otra explosión, traído por el viento; los perros, atemorizados, se pusieron a ladrar. Entonces pudieron escuchar la voz de Sima Ting, que decía: «Compañeros y conciudadanos, tenéis que escapar si queréis conservar la vida, no esperéis ni un minuto más…». Sintió que el bebé que llevaba en su interior dio una patada, como en respuesta a los gritos de Sima Ting; el penetrante dolor la hacía sudar por cada uno de los poros de su cuerpo. Apretó los dientes para evitar que se le escapara el alarido que surgía de su interior. A través de la niebla causada por las lágrimas, vio el exuberante pelo negro de su suegra, que se arrodilló frente al altar y colocó tres varillas de incienso en el quemador de Guanyin. Un humo fragante, con olor a sándalo, comenzó a ascender, dibujando volutas, hasta que llenó la habitación.

—Compasivo Bodhisattva Guanyin, el que socorre a los caídos en desgracia y a los desprotegidos, protégeme y ten piedad de mí, entrega un hijo varón a esta familia…

Apretando su panza curvada e hinchada con las dos manos, Shangguan Lu clavó la vista en el enigmático y brillante rostro de cerámica de Guanyin, que estaba en su altar, y dijo unas oraciones para su interior mientras unas nuevas lágrimas empezaban a rodar por su cara. Quitándose los pantalones humedecidos y subiéndose la camisa para que la tripa y los pechos quedaran al descubierto, cogió el kang por el borde. Entre contracciones, se pasó los dedos por el pelo intentando desenredárselo y se apoyó contra la esterilla de hierba y mijo, que estaba enrollada contra la pared.

Vio su perfil reflejado en la superficie de un espejo que colgaba en la celosía de la ventana: el pelo empapado de sudor, los ojos grandes, rasgados y sin brillo, la nariz pálida y con el puente alto y los labios gruesos pero agrietados sin dejar de temblar ni por un momento. Un rayo de sol cargado de humedad atravesó la ventana y cayó sobre su vientre. Sus venas azules e hinchadas y su piel blanca y marcada por la viruela le parecieron espantosas. Se sintió presa de sentimientos encontrados, oscuros y luminosos, como el azul claro del cielo de verano de Gaomi del Noreste que se cubría de nubes tenebrosas y llenas de lluvia. Apenas podía soportar mirar esa tripa enorme, increíblemente tirante.

Una vez había soñado que su feto, en realidad, era un trozo de acero frío. En otra ocasión, soñó que era un sapo enorme y lleno de verrugas. Era capaz de soportar la idea del pedazo de acero, pero la imagen del sapo la hizo estremecerse. «Señor del Cielo, protégeme… Ancestros Venerables, protegedme… Padre del Cielo, Madre de la Tierra, espíritus amarillos, hadas astutas, ayudadme, por favor…». Y así estuvo rezando y suplicando, presa de terribles contracciones. Se aferró al colchón, con los músculos tensos y doloridos y los ojos a punto de salírsele de sus órbitas. Sobre el fondo líquido de la luz roja, unos hilos de color blanco incandescente giraban y se enroscaban y brillaban enfrente de ella como la plata cuando se derrite en un horno. Finalmente, su fuerza de voluntad no pudo evitar que el alarido se abriera paso a través de sus labios; voló por la celosía y se desplazó calle arriba y calle abajo, y por los alrededores, donde se encontró con el grito de Sima Ting y ambos se entrelazaron, formando una trenza sonora que culebreó hasta llegar a las orejas peludas del corpulento pastor sueco Malory, un hombre de cabeza voluminosa y pelo rojizo y áspero. Malory iba subiendo por los peldaños de madera podrida del campanario, y detuvo el paso. Sus ojos bovinos, de un azul profundo, siempre húmedos, llorosos y capaces de conmoverlo a uno hasta lo más profundo de su alma, emitieron súbitamente unas chispas danzantes de sobrecogimiento y júbilo. Santiguándose con sus gruesos y enrojecidos dedos, exclamó, con un fuerte acento de Gaomi: «Dios Todopoderoso…». Comenzó a subir de nuevo por la escalera, y cuando llegó a lo alto, hizo tañer una oxidada campana de bronce. Su desolado sonido se expandió a través del amanecer neblinoso y rosáceo.

En el preciso momento en el que la campana empezó a sonar, cuando el grito que anunciaba el ataque de los japoneses se cernía en el aire, un flujo de líquido amniótico brotó de entre las piernas de Shangguan Lu. El olor característico de una cabra lechera ascendió por el aire, así como el aroma, a veces penetrante y a veces sutil, de los brotes de algarrobo. La escena en la que había hecho el amor con el Pastor Malory debajo del algarrobo, el año anterior, se le apareció ante los ojos con una claridad notable, pero antes de poder disfrutar del recuerdo su suegra entró corriendo en la habitación con las manos manchadas de sangre, llenándola de miedo, ya que vio unas centellas verdes surgiendo de esas manos.

—¿Ya ha llegado el bebé? —le preguntó su suegra, casi a gritos.

Ella asintió con la cabeza, avergonzada.

La cabeza de su suegra temblaba, brillando, a la luz del sol, y entonces se dio cuenta con asombro de que el pelo de la anciana se había vuelto canoso.

—Pensaba que ya lo habrías tenido.

Shangguan Lü se acercó a tocarle la tripa. El contacto con aquellas manos —con los nudillos grandes, las uñas duras, las piel áspera, todas cubiertas de sangre— le dio ganas de retroceder, pero carecía de la fuerza necesaria para alejarse de ellas, por lo que se instalaron sin ninguna ceremonia en su hinchada panza, haciendo que se le parase el corazón por un instante y enviando una corriente helada que recorrió sus entrañas. Tenía ganas de gritar, y eran gritos de terror, no de dolor. Las manos de Shangguan Lü indagaron la zona, presionaron un poco y finalmente apretaron con violencia, como si estuvieran comprobando si un melón está suficientemente maduro. Al final se apartaron y quedaron colgando al sol, pesadas, sin esperanzas, tras haber constatado que el melón aún tiene que madurar un poco más. Su suegra flotaba etéreamente ante sus ojos, salvo por aquellas manos, que eran sólidas, extrañas, independientes, libres para dirigirse adonde quisieran. La voz de su suegra parecía venir desde muy lejos, desde las profundidades de un estanque, transportando el hedor del fango y los borborigmos que producen los cangrejos:

—… un melón cae al suelo cuando llega su momento, y nada lo puede parar…tienes que ser más dura, xa-xa hu-hu… ¿o quieres que la gente se burle de ti? ¿No te molesta que tus siete preciosas hijas se burlen de ti? —Observó cómo una de esas manos descendía débilmente hasta que, con gran desagrado, la sintió apretándole la tripa otra vez, produciendo unos suaves sonidos huecos, como los que hace un tamborcito húmedo de piel de cabra—. Todas las jóvenes sois unas mimadas. Cuando tu marido vino al mundo, yo estuve cosiendo suelas de zapatos todo el tiempo…

Finalmente, el golpeteo se detuvo y la mano se retiró hacia la sombra, donde su perfil se parecía a la zarpa de una bestia salvaje. La voz de su suegra centelleó en la oscuridad; la fragancia de las flores de algarrobo se mecía a su alrededor.

—Mira esa panza. Es enorme y está cubierta por unas marcas muy raras. Debe ser un niño. Buena suerte para ti, y para mí, y para toda la familia Shangguan, desde luego. Bodhisattva, acompáñala, Señor del Cielo, ven a su lado. Si no tienes un hijo varón no estarás mejor que una esclava durante el resto de tu vida, pero si tienes uno, serás una señora. Créeme o no me creas, eso es cosa tuya. En realidad, no es…

—¡Te creo, Madre, te creo! —dijo Shangguan Lu reverentemente. Su mirada se posó en las oscuras manchas de la pared, y su corazón se llenó de tristeza cuando afloraron los recuerdos de lo que había pasado tres años antes. Acababa de parir a su séptima hija, Shangguan Qiudi, y su marido, Shangguan Shouxi, estaba tan cegado por la rabia que había cogido un martillo y la había golpeado en la cabeza, manchando la pared con su sangre.

Su suegra colocó un cesto dado la vuelta junto a ella. Su voz ardía a través de la oscuridad como las llamas de un incendio:

—Di esto: «El bebé que tengo en la panza es niño, es un pequeño príncipe». ¡Dilo!

El cesto estaba lleno de cacahuetes. El rostro de la mujer estaba cargado de una sombría amabilidad; era en parte una deidad, y en parte una madre cariñosa, y Shangguan Lu se conmovió hasta las lágrimas.

—El bebé que hay dentro de mí es niño, un pequeño príncipe. Tengo dentro de mí un príncipe… es mi hijo…

Su suegra le puso unos cacahuetes en la mano y le dijo que exclamara: «Cacahuetes, cacahuetes, cacahuetes, niños y niñas, el equilibrio entre el yin y el yang».

Cerrando el puño con los cacahuetes dentro, llena de gratitud, repitió el mantra: «Cacahuetes, cacahuetes, cacahuetes, niños y niñas, el equilibrio entre el yin y el yang».

Shangguan Lü se agachó; las lágrimas que caían de sus ojos pasaron desapercibidas.

—Bodhisattva, acompáñala, Señor del Cielo, ven a su lado. ¡Una gran alegría colmará pronto a la familia Shangguan! Madre de Laidi, acuéstate aquí y pela cacahuetes hasta que llegue el momento. Nuestra burra está a punto de parir, y es su primera cría, así que no puedo quedarme aquí contigo.

—Ve, Madre —dijo Shangguan Lu, emocionada—. Señor del Cielo, protege a la burra negra de la familia Shangguan, haz que alumbre sin problemas…

Dejando escapar un suspiro, Shangguan Lü cruzó la puerta.

III

La luz tenue de una inmunda lámpara de aceite de haba que descansaba sobre una piedra de molino, en el establo, parpadeaba nerviosamente, dejando escapar desde la punta de su llama ráfagas de un humo negro que ascendían dibujando tirabuzones. El olor de la lámpara de aceite se combinaba con el hedor de las deposiciones y los orines de la burra. El aire estaba totalmente viciado. El negro animal yacía en el suelo, entre la piedra de molino y una artesa de piedra de color verde. Lo único que vio Shangguan Lü al entrar fue la temblorosa luz de la lámpara, pero escuchó la voz ansiosa de Shangguan Fulu preguntando:

—¿Qué ha sido?

Se giró hacia ese sonido y frunció los labios, y después atravesó la habitación pasando junto a la burra y a Shangguan Shouxi, que estaba dándole un masaje en el vientre al animal; caminó hasta la ventana y arrancó la cortina de papel. Una docena de dorados rayos de sol iluminaron la pared opuesta. Entonces fue hasta la piedra de molino y apagó la lámpara de un soplido, liberando al olor del aceite quemado de tener que competir con los demás olores rancios. La cara oscura y aceitosa de Shangguan Shouxi adquirió un brillo dorado; sus minúsculos ojillos negros brillaron como dos pedazos de carbón ardiendo.

—Madre —dijo con temor—, vámonos. Todo el mundo de la Casa Solariega de la Felicidad ya se ha ido, y los japoneses llegarán en cualquier momento…

Shangguan Lü miró fijamente a su hijo con una expresión que significaba: ¿Por qué no puedes ser un hombre? Evitando los ojos de ella, él agachó la cabeza, empapada de sudor.

—¿Quién te ha dicho que se dirigen hacia aquí? —preguntó enfadada Shangguan Lü.

—El administrador de la Casa Solariega de la Felicidad ha disparado su pistola y ha dado la voz de alarma —murmuró Shangguan Shouxi, secándose el sudor del rostro con el brazo, que estaba cubierto de pelos de burro. Era diminuto, comparado con el musculoso brazo de su madre. Sus labios, que habían estado temblando como los de un bebé sobre una teta, se quedaron quietos cuando enderezó la cabeza. Levantando sus pequeñas orejas para identificar mejor los sonidos, dijo—: Madre, Padre, ¿escucháis eso?

La voz áspera de Sima Ting entró perezosamente en el establo.

«Ancianos, madres, tíos, tías… hermanos, cuñadas… hermanos y hermanas… corred, poneos a salvo, escapad mientras podáis, escondeos en los campos hasta que haya pasado el peligro. Los japoneses se acercan. Esto no es una falsa alarma, es de verdad. Conciudadanos, no perdáis ni un minuto más, corred, no arriesguéis vuestras vidas por unas pocas cabañas destartaladas. Mientras estáis vivos, las montañas siguen siendo verdes, mientras estáis vivos, el mundo sigue girando… Conciudadanos, corred mientras podáis, no esperéis hasta que sea demasiado tarde…».

Shangguan Shouxi pegó un respingo.

—¿Has oído eso, Madre? ¡Vámonos!

—¿Irnos? ¿Irnos dónde? —dijo Shangguan Lü tristemente—. Claro que la gente de la Casa Solariega de la Felicidad ha salido huyendo. Pero ¿por qué íbamos a unirnos a ellos? Nosotros somos herreros y granjeros. No le debemos ningún arancel al emperador, no tenemos impuestos pendientes con la nación. Somos ciudadanos leales, esté quien esté en el poder. Los japoneses también son humanos, ¿no es cierto? Han ocupado el noreste, pero ¿dónde estarían si no tuvieran un pueblo para labrar los campos y pagar por sus casas? Tú eres su padre, el cabeza de familia. Dime, ¿no tengo razón?

Los labios de Shangguan Fulu se abrieron para mostrar dos filas de dientes fuertes y amarillentos. Era difícil saber si se trataba de un gesto risueño o de enojo.

—¡Te he hecho una pregunta! —gritó ella, enfadada—. ¿Qué ganas con enseñarme esos dientes amarillos? ¡No sirves ni para tirarte un pedo!

Con cara de mal humor, Shangguan Fulu dijo:

—¿Por qué me lo preguntas a mí? Si tú dices que nos vayamos, nos vamos, y si dices que nos quedemos, nos quedamos.

Shangguan Lü suspiró.

—Si vemos buenas señales es que estaremos bien. Si no, no podremos hacer nada para evitarlo. Así que ponte a trabajar y apriétale la panza.

Abriendo y cerrando la boca para darse valor, Shangguan Shouxi preguntó en voz alta, pero sin mucha confianza:

—¿Ya ha llegado el bebé?

—Cualquier hombre que merezca ese nombre sabe concentrarse en lo que está haciendo —dijo Shangguan Lü—. Tú ocúpate de la burra y déjame a mí los asuntos de mujeres.

—Es mi esposa —murmuró Shangguan Shouxi.

—Nadie ha dicho que no lo sea.

—Apuesto a que esta vez será un niño —dijo Shangguan Shouxi mientras presionaba con fuerza sobre el vientre de la burra—. Nunca antes la había visto tan gorda.

—Eres un inútil… —Shangguan Lü estaba empezando a perder la confianza—. Protégenos, Bodhisattva.

Shangguan Shouxi quería decir algo más, pero la cara de tristeza de su madre selló sus labios.

—Vosotros dos seguid con lo vuestro aquí —dijo Shangguan Fulu—, y yo mientras iré a ver qué está pasando ahí fuera.

—¿Dónde te crees que vas? —preguntó Shangguan Lü, cogiendo a su marido por los hombros y arrastrándolo de vuelta a donde yacía la burra—. ¡Lo que pasa ahí fuera no es asunto tuyo! Tú sigue masajeando la panza de la burra. Cuanto antes dé a luz, mejor. Querido Bodhisattva, Señor del Cielo. Los antepasados de la familia Shangguan eran hombres de hierro y acero; ¿cómo pueden haberme tocado dos ejemplares tan inútiles?

Shangguan Fulu se agachó, y con sus manos, que eran tan delicadas como las de su hijo, apretó el vientre de la burra, que sufría contracciones. El animal yacía entre él y su hijo; apretando por turnos, uno tras otro, parecían estar a ambos lados de un columpio. Subían y bajaban, masajeando la piel de la burra. El padre era débil, el hijo era débil, y apenas conseguían nada con sus suaves manos, torpes y mullidas como el algodón. De pie, detrás de ellos, Shangguan Lü no podía hacer nada más que mover la cabeza de un lado al otro, desesperada, hasta que se acercó a su marido, lo cogió por el cuello y lo sacó de en medio.

—Venga —ordenó—, fuera de aquí.

Mandó a su marido, un herrero que no era digno de ese oficio, rodando hasta la esquina, donde se quedó, trepado sobre un saco de heno.

—Y tú, levántate —le exigió a su hijo—. Siempre estás por el suelo. Nunca dejas tu ración de comida sin terminar, pero no hay forma de encontrarte cuando hace falta que eches una mano. Señor del Cielo, ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Shangguan Shouxi dio un respingo como si le acabaran de perdonar la vida y salió corriendo junto a su padre, en un rincón. Los pequeños ojillos oscuros de ambos giraban en sus órbitas, y los dos tenían una expresión en la que se combinaban la astucia y la estupidez. El silencio que reinaba en el establo volvió a romperse con los gritos de Sima Ting, provocando un estremecimiento en el padre y en el hijo; parecía como si sus intestinos o sus vejigas estuvieran a punto de traicionarlos.

Shangguan Lü se arrodilló en el suelo frente a la panza de la burra, sin preocuparse por la suciedad, con cara de solemne concentración. Después de arremangarse, se frotó las manos, haciendo un ruido penetrante como si estuviera restregando las suelas de dos zapatos. Apoyando la mejilla en la panza del animal, escuchó atentamente, con los ojos entrecerrados. Entonces acarició la cara de la burra. «Burra —le dijo—, venga, termina de una vez con esto. Es la maldición de todas las hembras». Después apartó un poco el cuello del animal, se inclinó sobre él y apoyó las manos en su vientre. Como si estuviera aplanando una superficie, empujó hacia abajo y hacia afuera. Un gemido lastimero surgió de la boca de la burra y sus piernas se separaron con una cierta rigidez y los cuatro cascos golpearon con violencia, como si se estuviera tocando a retreta en cuatro tambores simultáneamente. Su irregular ritmo hacía que se tambalearan las paredes. La burra levantó la cabeza, la dejó un momento suspendida en el aire y después la dejó caer de nuevo al suelo. El golpe produjo un sonido húmedo y pegajoso. «Burra, aguanta un poco más —murmuró—. ¿Quién nos puso a las hembras en primer lugar? Aprieta los dientes, empuja… empuja más fuerte…». Colocó las manos junto a su pecho para transferirles un poco más de fuerza, inspiró profundamente, contuvo la respiración y apretó hacia abajo lenta y firmemente.

La burra se estaba esforzando; un líquido amarillo brotó de los orificios de su nariz mientras movía la cabeza en todas las direcciones y la golpeaba contra el suelo. Al otro extremo de su cuerpo, el líquido amniótico y las heces húmedas y pegajosas se diseminaban a su alrededor. Horrorizados, padre e hijo se cubrieron los ojos.

«Compañeros, convecinos, la caballería japonesa ya ha partido del cuartel del condado. He oído a testigos presenciales decir que no se trata de una falsa alarma. Corred, poneos a salvo antes de que sea demasiado tarde…». Los gritos de Sima Ting llegaban a sus oídos con total claridad.

Shangguan Fulu y su hijo abrieron los ojos y vieron a Shangguan Lü sentada junto a la cabeza de la burra, con su propia cabeza inclinada, intentando recobrar el aliento. Su camisa blanca estaba empapada de sudor, con lo que las duras y sólidas paletillas de sus hombros adquirían un relieve prominente. La sangre fresca se acumulaba entre las patas de la burra mientras la espigada pata de su cría asomaba desde el canal del parto; parecía algo irreal, como si alguien la hubiera introducido ahí para hacer una broma.

Una vez más, Shangguan Lü apoyó, entre espasmos, la mejilla sobre la panza de la burra, y escuchó. A Shangguan Shouxi el rostro de su madre le pareció un albaricoque demasiado maduro, de un color dorado y sereno. Los persistentes alaridos de Sima Ting flotaban en el aire, como una mosca que busca un pedazo de carne podrida, pegándose primero a las paredes y después zumbando hasta la piel de la burra. Shangguan Shouxi sentía punzadas de miedo en el corazón, y su piel temblaba; sentía que iba a suceder una catástrofe inminentemente. No tenía suficiente valor como para salir corriendo del establo, ya que tenía una vaga sensación, un pálpito, que le decía que en cuanto atravesara la puerta caería en manos de los soldados japoneses, esos hombrecillos rechonchos, cuyas extremidades también eran cortas y regordetas, de narices semejantes a dientes de ajo y ojos saltones, que comían corazones e hígados humanos y se bebían la sangre de sus víctimas. Lo matarían y se lo comerían, y no dejarían nada de él, ni siquiera los huesos. Y en ese mismo momento, lo sabía, avanzaban en grupo por las calles de los alrededores intentando atrapar a las mujeres y a los niños mientras galopaban y arrasaban y resoplaban como caballos salvajes. Se giró para mirar a su padre, con la esperanza de sentirse un poco más seguro. Lo que vio fue a un Shangguan Fulu con la cara pálida como la ceniza, a un herrero que era la vergüenza de su oficio, sentado sobre un saco de heno, con los brazos alrededor de las rodillas, balanceándose hacia adelante y hacia atrás y golpeando la pared con la espalda y la cabeza. A Shangguan Shouxi le empezó a doler la nariz, sin que él supiera por qué, y las lágrimas empezaron a nublarle la vista.

Tosiendo, Shangguan Lü levantó lentamente la cabeza. Acariciando la cara de la burra, suspiró. «Burra, oh, burra —dijo—, ¿qué has hecho? ¿Cómo has podido expulsar su pata de esa manera? ¿Es que no sabes que lo primero que tiene que salir es la cabeza?». De los ojos sin brillo del animal salían chorros de agua. Se los secó con la mano, se sonó ruidosamente la nariz y se dirigió a su hijo.

—Ve a buscar al Tercer Maestro Fan. Tenía la esperanza de que no necesitaríamos comprarle dos botellas de licor y una cabeza de cerdo, pero tendremos que gastarnos ese dinero. ¡Ve a buscarlo!

Shangguan Shouxi retrocedió hasta la pared, aterrorizado, sin poder apartar la mirada de la puerta por la que se salía a la calles, al exterior.

—Las ca-calles están lle-llenas deja-japoneses —tartamudeó—, todos esos jajaponeses…

Rabiosa, Shangguan Lü se levantó, se acercó violentamente a la puerta y la abrió de un golpe, dejando entrar al viento preestival del Sudeste, que estaba cargado con un penetrante olor a trigo maduro. La calle estaba en calma, absolutamente silenciosa. Un grupo de mariposas que parecía ligeramente irreal pasó volando, trazando un dibujo de alas multicolores en el corazón de Shangguan Shouxi; él tuvo lo certeza de que se trataba de un mal presagio.

IV

El veterinario y maestro arquero de la población, Tercer Maestro Fan, vivía en el extremo este de la ciudad, junto a unos pastos que se extendían hasta el Río del Agua Negra. La ribera del Río de los Dragones llegaba directamente a la parte de atrás de su casa. Obligado por su madre, Shangguan Shouxi salió caminando de la casa, pero con las piernas temblando. Vio que el Sol, una bola blanca de fuego, estaba sobre la cima de los árboles, y que la docena —más o menos— de ventanas de cristales tintados de la aguja de la iglesia resplandecía brillantemente. El administrador de la Casa Solariega de la Felicidad, Sima Ting, estaba dando saltitos en lo alto de la torre de vigilancia, que era aproximadamente de la misma altura que la aguja. Todavía estaba dando, a voces, la alarma, advirtiendo de que los japoneses estaban en camino, pero ahora con la voz ronca, afónico. Unos cuantos holgazanes lo miraban con los brazos cruzados. Shangguan Shouxi se quedó quieto en medio de la calle, tratando de decidir cuál era el mejor camino para ir a la casa de Tercer Maestro Fan.

Podía elegir entre dos rutas distintas: una iba directamente, atravesando la ciudad, y la otra pasaba junto a la orilla del río. El inconveniente de la ruta de la ribera era la posibilidad de encontrarse con los grandes perros negros de la familia Sol. Los Sol vivían en unas casas destartaladas, todas dentro de un recinto situado al final del camino, en dirección norte. La pared que las rodeaba, baja y mal construida, era la percha favorita de todos los pollos. La cabeza de familia, la Tía Sol, se ocupaba de cinco nietos, todos ellos mudos, cuyos padres parecían no haber existido nunca. Los cinco llevaban toda la vida jugando en esa pared, en la que habían hecho unas grietas creando unas formas de monturas, de manera que podían cabalgar a lomos de caballos imaginarios. Empuñando garrotes, tirachinas o rifles tallados en palos, miraban desafiantes a quien pasara cerca, fueran personas o animales, con una expresión verdaderamente amenazadora en los ojos. La gente salía del paso con relativa facilidad, pero los animales no; sin importarles si se trataba de un ternero extraviado o de un mapache, de un ganso, un pato, un pollo o un perro, en cuanto se daban cuenta de su presencia se lanzaban detrás de él junto a sus grandes perros negros, convirtiendo la aldea en su coto privado de caza.

El año anterior habían capturado un burro que se había escapado de la Casa Solariega de la Felicidad; después de matarlo, lo habían desollado y descuartizado al aire libre. La gente se paraba a mirar, esperando ver la reacción de la gente de la Casa Solariega de la Felicidad, que era una familia rica y poderosa. El tío era comandante de regimiento, y tenía una compañía de guardaespaldas armados. Todo el mundo quería ver qué harían con alguien que mataba abiertamente a uno de sus burros. Cuando el administrador llegó al lugar de los hechos, la mitad del condado sufrió un estremecimiento. Ahí estaban esos chicos salvajes, descuartizando un burro de la Casa Solariega de la Felicidad a plena luz del día, cosa que casi equivalía a pedir que los descuartizaran a ellos. Imaginad la sorpresa de la gente cuando el ayudante del administrador, Sima Ku, un tirador que tenía una enorme mancha roja de nacimiento en el rostro, le dio un dólar de plata a cada uno de los mudos en lugar de desenfundar su pistola. Desde aquel día, fueron unos tiranos incorregibles, y todos los animales con los que se encontraban maldecían a sus propios padres por no haberlos dotado de alas.

Cuando los chicos estaban en sus monturas, sus cinco perros negros, que parecían recién salidos de un estanque de tinta, se estiraban perezosamente junto a la base de la pared, con los ojos cerrados casi por completo, aparentemente disfrutando de un sueño plácido. Los cinco mudos y sus perros sentían un rechazo particular por Shangguan Shouxi, que vivía en la misma calle que ellos, aunque él no era capaz de recordar dónde ni cómo había podido ofender a esos diez temibles demonios. Pero cada vez que se cruzaba con ellos, pasaba un mal rato. Les sonreía ligeramente, pero nunca pudo evitar que los perros salieran volando hacia él como cinco flechas negras, e incluso aunque en sus ataques nunca llegaban hasta el contacto físico, y nunca lo mordieron, se ponía tan nervioso, tan crispado, que le parecía que el corazón se le iba a parar. La mera idea de encontrárselos lo hacía estremecerse.

También podía dirigirse hacia el sur, por la calle principal de la ciudad, y llegar igualmente a la casa de Tercer Maestro Fan por ese camino. Pero eso significaba que tendría que pasar junto a la iglesia, y a esa hora, el hombre alto, robusto, rubicundo y de ojos azules que era el Pastor Malory estaría instalado bajo el espinoso fresno, con su penetrante aroma, ordeñando a su vieja cabra, la de las barbas ásperas e irregulares, exprimiendo las ubres infladas y rojas del animal con sus manos grandes, suaves y peludas, y echando una leche tan blanca que parecía casi azul en un oxidado cuenco de esmalte. Siempre había un enjambre de moscas pelirrojas zumbando alrededor del Pastor Malory y de su cabra. El penetrante aroma del fresno, el olor a viejo carnero de la cabra y el rancio olor corporal del hombre se mezclaban formando una pestilencia repulsiva que se expandía por el aire al contacto con el sol y contaminaba los alrededores. Nada le molestaba más a Shangguan Shouxi que la posibilidad de encontrarse con el Pastor Malory observándolo desde abajo, desde detrás de su cabra, ambos desprendiendo un hedor indescriptible, para lanzarle una de esas miradas ambiguas, tan típicas de él, a pesar de que el esbozo de una sonrisa compasiva mostraba que se trataba de una mirada amistosa. Al sonreír, el Pastor Malory enseñaba unos dientes tan blancos como los de un caballo. Siempre estaba pasándose un dedo mugriento por el pecho, hacia adelante y hacia atrás. ¡Amén!

Y cada vez que esto sucedía, el estómago de Shangguan Shouxi se retorcía con una corriente de sentimientos variados y ambivalentes, hasta que se daba la vuelta y salía corriendo como un perro azotado con un látigo. Evitaba a los malvados perros de la casa de los mudos por miedo; evitaba al Pastor Malory y a su cabra lechera por asco. Lo que más lo irritaba era que su esposa, Shangguan Lu, sentía algo especial por este diablo pelirrojo. Ella era su seguidora más devota; para ella, él era como un dios.

Después de debatir consigo mismo durante un buen rato, Shangguan Shouxi decidió tomar el camino del Noreste a pesar de que lo perturbaba la torre de vigilancia, con Sima Ting subido en su percha y todo lo que ocurría abajo. Todo parecía normal por allí, excepto, por supuesto, el administrador, que seguía comportándose como un mono. Ya no estaba petrificado ante la posibilidad de encontrarse con los diablos japoneses, y tuvo que admirar la capacidad de su madre para evaluar correctamente una situación. Pero para sentirse más seguro se agachó y cogió un par de ladrillos. Oyó el rebuzno de un pequeño burro, en algún lugar, y a una madre que llamaba a sus hijos.

Cuando pasó junto al recinto de los Sol, se sintió aliviado al ver que no había nadie en la pared: no estaban los mudos subidos en sus monturas, ni tampoco ningún pollo trepado en lo alto ni, lo más importante, los perros echados perezosamente junto a la base. En realidad se trataba de un muro bastante bajo, y sus grietas lo acercaban aún más al suelo, por lo que pudo contemplar el terreno sin que nada le obstruyera la mirada. Una matanza estaba en marcha. Las víctimas eran los orgullosos pero solitarios pollos de la familia; la asesina era la Tía Sol, una mujer que tenía múltiples talentos marciales. La gente solía decir que, cuando era joven, había sido una célebre bandida que saltaba hasta el suelo desde los aleros de los tejados y que era capaz de trepar por las paredes. Pero cuando tuvo problemas con la justicia no le quedó más remedio que casarse con un hombre que se dedicaba a reparar estufas llamado Sol.

Shangguan Shouxi contó los cadáveres de siete pollos, de un color blanco brillante y salpicados con unas manchas de sangre que eran la única señal de su lucha con la muerte. Un octavo pollo, con la garganta cortada, escapó volando de las manos de la Tía Sol y cayó al suelo, donde se apoyó sobre el cuello, aleteó un poco y comenzó a correr en círculos por los alrededores. Los cinco mudos, desnudos hasta la cintura, se habían refugiado bajo el alero del tejado de la casa, y desde ahí observaban alternativamente a los pollos y el afilado cuchillo que se movía en la mano de su abuela. Sus expresiones y movimientos eran alarmantemente idénticos; incluso el recorrido que seguían sus ojos parecía que había sido cuidadosamente orquestado. Con toda la fama que tenía en la aldea, la Tía Sol había quedado reducida a una esquelética anciana llena de arrugas, a pesar de que su rostro y su expresión, su porte y sus gestos todavía evocaban un resto de lo que había sido. Los cinco perros estaban sentados en grupo, muy juntos, con la cabeza levantada y una mirada fija y misteriosa que desafiaba cualquier intento de saber qué podía significar.

Shangguan Shouxi estaba tan hipnotizado por la escena en el terreno de los Sol que se detuvo a mirar con la mente limpia de ansiedad y, lo cual era aún más significativo, sin acordarse de las órdenes de su madre. Era un pequeño hombrecillo de cuarenta y dos años de edad asomándose por encima de un muro, un público cautivado consistente en una sola persona. Sintió la mirada gélida de la Tía Sol que lo atravesó como un cuchillo, rápida como un torrente, afilada como el viento, y se sintió desnudo. Los mudos y sus perros también se giraron para mirarlo. Unas miradas malvadas y desapacibles surgieron de los ojos de los mudos; los perros echaron la cabeza hacia atrás, preparándose para el ataque, enseñaron los colmillos y gruñeron mientras se les erizaba el pelo de la parte posterior del cuello. Cinco perros como cinco flechas en una cuerda tensa, preparados para volar. Es el momento de irse, pensó, cuando oyó que la Tía Sol tosía de manera amenazante. Los mudos agacharon la cabeza abruptamente, henchidos de excitación, y los cinco perros se echaron al suelo obedientemente, con las patas extendidas hacia adelante.

—¡El sobrino Shangguan, tan digno de respeto! ¿A qué se dedica tu madre? —preguntó con calma la Tía Sol.

Intentó darle una buena respuesta; había tanto que quería decir, pero no le salía ni una palabra. Poniéndose rojo, empezó a tartamudear, como un ladrón al que pillan con las manos en la masa.

La Tía Sol sonrió. Agachándose, cogió a un gallo negro y rojo por el cuello y le acarició las sedosas plumas. El gallo cacareó nerviosamente mientras ella le iba arrancando las plumas de la cola y las metía en un saco hecho de juncos entretejidos. El gallo se defendía como un demonio, clavando locamente sus espolones en el fangoso suelo.

—¿Tus hijas saben jugar al bádminton? Los mejores volantes se hacen con las plumas de la cola de un gallo vivo. Ay, cuando me pongo a recordar…

Se detuvo en la mitad de la frase y lo miró fijamente mientras su mente se extraviaba en ensoñaciones. Esa mirada parecía que golpeaba contra el muro hasta atravesarlo. Shangguan Shouxi no parpadeó y mantuvo el aliento, lleno de miedo. Al fin, la Tía Sol pareció desinflarse delante de sus ojos, como una pelota pinchada; su mirada pasó de tener efectos abrasadores a ser suavemente lastimera. Cogió al gallo por las patas, deslizó la mano izquierda hasta la base de sus alas y lo atenazó fuertemente por el cuello. Incapaz de moverse, el animal abandonó la lucha. Entonces, con la mano derecha, comenzó a arrancar las finas plumas de la garganta hasta que se pudo ver la piel de color violeta y rojizo del gallo. Por último, tras darle unos leves golpecitos en la garganta con el dedo índice, cogió el resplandeciente cuchillo, que tenía la forma de una hoja de sauce, y de uno solo tajo le abrió la garganta, dejando salir un torrente de sangre roja como la tinta. Las gotas más grandes empujaban a las más pequeñas, que salieron primero. La Tía Sol recuperó la posición inicial lentamente, con el gallo sangrante todavía entre las manos, y lanzó a su alrededor una mirada llena de melancolía, con los ojos entrecerrados por la brillante luz del sol. Shangguan Shouxi se sintió alegre. El aire estaba cargado con el aroma de los álamos. ¡Mierda! Oyó la voz de la Tía Sol y vio cómo el gallo negro volaba por el aire hasta caer pesadamente en el suelo, en medio del patio. Exhalando un suspiro, dejó caer sus manos del muro.

De pronto se acordó de que se suponía que había ido a buscar a Tercer Maestro Fan para que ayudara con el parto de la burra. Pero cuando se estaba girando para marcharse, el gallo, que estaba cubierto de sangre pero todavía luchaba por su vida, logró milagrosamente llegar a sus pies impulsándose con las alas. Como le faltaban bastantes plumas, la cola destacaba, elevándose en una extraña y repulsiva desnudez, asustando a Shangguan Shouxi. La sangre todavía le brotaba de la garganta abierta, pero la cabeza y la cresta, por todo lo que había sangrado, se le estaban poniendo de un color blanco mortecino.

Y pese a todo, seguía intentando mantener la cabeza erguida. ¡Lucha! Logró mantenerla alta hasta que se le dobló y quedó colgando flácidamente. Volvió a levantarla en el aire, y volvió a caer, y la levantó una vez más; parecía que ya iba a quedarse así. El gallo se sentó, moviendo la cabeza de un lado a otro; la sangre y unas burbujas de espuma goteaban de su boca y un poco después, del corte que tenía en el cuello. Los ojos le brillaban como pepitas de oro. Molesta por esta visión, la Tía Sol se limpió las manos con unas pajas; parecía como si estuviera masticando algo, aunque tenía la boca vacía. Escupió en el suelo y le gritó a los cinco perros: «¡Vamos!».

Shangguan Shouxi se cayó de espaldas.

Cuando se puso de nuevo de pie, vio que las plumas negras volaban por todo el patio. Los perros estaban despiezando al arrogante gallo, llenando el suelo de carne cruda y sangre fresca. Como una manada de lobos, los perros se disputaban sus entrañas. Los mudos aplaudían y reían, haciendo gu-gu. La Tía Sol se sentó en el umbral de su casa con una larga pipa entre los dedos, fumando como una mujer que está sumida en profundos pensamientos.

V

Las siete hijas de la familia Shangguan —Laidi (Hermano Venidero), Zhaodi (Hermano Aclamado), Lingdi (Hermano Acomodado), Xiangdi (Hermano Deseado), Pandi (Hermano Anticipado), Niandi (Hermano Querido) y Qiudi (Hermano Buscado)—, guiadas por una fragancia sutil, salieron desde la habitación lateral que daba al Este y se agruparon bajo la ventana de Shangguan Lu. Siete pequeñas cabezas, con trozos de paja colocados en el pelo, se reunieron para ver qué estaba pasando dentro. Vieron a su madre sentada en el kang, pelando cacahuetes ociosamente, como si no pasara nada fuera de lo normal. Pero la fragancia seguía saliendo por la ventana de su madre. Laidi, que tenía dieciocho años y que fue la primera en comprender lo que estaba haciendo Madre, pudo verle el pelo sudoroso y los labios ensangrentados y percibió los atemorizadores espasmos de su vientre hinchado y las moscas que volaban por toda la habitación. Los cacahuetes quedaban hechos migajas.

La voz de Laidi sonó cascada cuando gritó: «¡Madre!». Sus seis hermanas pequeñas la siguieron. Las lágrimas lavaban las mejillas de las siete chicas. La menor, Qiudi, lloraba lastimeramente; sus pequeñas piernas, llenas de picaduras de chinches y mosquitos, empezaron a temblar y salló disparada hacia la puerta. Pero Laidi llegó más rápido y la cogió en brazos. Sin dejar de sollozar, la pequeña daba puñetazos en la cara de su hermana.

—Quiero ir con mamá, quiero ir con mi mamá…

A Laidi le empezó a doler la nariz y se le nubló la garganta. Cálidas lágrimas rodaban por su rostro.

—No llores, Qiudi —le decía a su hermana pequeña intentando consolarla y dándole palmaditas en la espalda—. No llores. Mamá nos va a dar un hermanito, un hermanito monísimo, con la piel clarita.

Desde fuera de la habitación se escuchaban los lamentos de Shangguan Lu.

—Laidi —dijo débilmente—, llévate a tus hermanas de aquí. Son demasiado pequeñas para comprender lo que está pasando. Ya deberías saberlo.

En ese momento, un gemido de dolor brotó de su boca, y las otras cinco chicas volvieron a arremolinarse en torno a la ventana.

—Mami —gritó Lingdi, que tenía catorce años—. Mami…

Laidi dejó a su hermanita en el suelo y corrió hasta la puerta. Tropezó con la madera podrida del marco de la puerta y cayó sobre un fuelle, rompiendo un gran cuenco de cerámica verde oscura que estaba lleno de pienso para los pollos. Cuando logró volver a ponerse de pie, vio a su abuela, que estaba arrodillada ante el altar de Guanyin, donde el humo del incienso dibujaba círculos en el aire.

Temblando de la cabeza a los pies, colocó el fuelle en su sitio y se agachó para recoger los pedazos del cuenco roto, como si juntándolos pudiera reducir la gravedad de su metedura de pata. Su abuela se levantó rápidamente, como un caballo sobrealimentado, balanceándose de un lado al otro, y moviendo la cabeza como una loca, mientras una serie de extraños sonidos brotaba de su boca. Encogiéndose, con la cabeza entre las manos, Laidi se preparó para el golpe que pensaba recibir. Pero en lugar de pegarle, su abuela la cogió por el lóbulo de la oreja, pálido y delgado, y tiró hacia arriba y la impulsó hacia la puerta. Con un chirrido, salió tambaleándose al patio y cayó en el camino de ladrillos. Desde ahí vio cómo su abuela se agachaba para comprobar el estado del cuenco roto; su postura ahora se asemejaba a la de una vaca que está bebiendo en un río. Después de lo que pareció un rato muy largo, se enderezó, llevando en la mano algunos de los trozos y dándoles golpecitos con el dedo, haciendo sonar un agradable crujido. Su arrugado rostro tenía un aspecto cansado; las comisuras de los labios apuntaban hacia abajo y se confundían con dos profundas arrugas que corrían directamente hasta su barbilla, como si se las hubieran añadido a la cara después de pensárselo mejor.

Arrodillándose en el camino, Laidi sollozaba:

—Abuela, ven y pégame hasta matarme.

—¿Pegarte hasta matarte? —dijo, llena de pena, Shangguan Lü—. ¿Y con eso este cuenco volverá a estar entero? Procede del reinado de Yongle, de la dinastía Ming, y fue parte de la dote de tu bisabuela. ¡Valía tanto como un burro nuevo!

Totalmente pálida, Laidi le suplicaba a su abuela que la perdonara.

—¡Ya va siendo hora de que te cases! —suspiró Shangguan Lü—. En lugar de levantarte temprano para dedicarte a tus labores, estás aquí haciendo una escena. ¡Y tu madre ni siquiera tiene la suerte de morirse!

Laidi tenía la cabeza metida entre las manos y no dejaba de lamentarse.

—¿Qué esperabas, que te diera las gracias por destrozar uno de nuestros mejores utensilios? —se quejó Shangguan Lü—. Ahora deja de agobiarme y llévate a tus hermanas, que no sirven para nada más que para ponerse hasta arriba de comida, al Río de los Dragones a pescar gambas. ¡Y no volváis a casa hasta que no tengáis un cesto lleno!

Laidi se puso de pie, cogió en brazos a su hermanita Qiudi y se fue corriendo afuera.

Shangguan Lü hizo salir a Niandi y a las demás chicas haciendo sh, como quien quiere espantar a los pollos, y después cogió un cesto de hojas de sauce para depositar las gambas y se lo pasó a Lingdi.

Sosteniendo a Qiudi con un brazo, Laidi estiró su mano libre y cogió la de Niandi, quien cogió la de Xiangdi, quien cogió la de Pandi. Lingdi, con el cesto para gambas en una mano, cogió la mano libre de Pandi con la suya y las siete hermanas, tironeando y recibiendo tirones, lloriqueando y sorbiéndose los mocos, salieron a la calle mojada por el sol y barrida por el viento en dirección al Río de los Dragones.

Cuando pasaron junto al patio de la Tía Sol, notaron un fuerte olor flotando en el aire y vieron un humo blanco que salía de la chimenea. Los cinco mudos estaban llevando leña al interior de la casa, como una hilera de hormigas. Los perros negros, con las lenguas afuera, hacían guardia en la puerta, expectantes.

Cuando las chicas subieron a la ribera del Río de los Dragones, tuvieron una vista completa de toda la zona. Los cinco mudos se fijaron en ellas. El más mayor de ellos frunció el labio superior, cubierto por un bigote grasiento, y le sonrió a Laidi, a quien le empezaron a arder las mejillas instantáneamente. Se acordó de cuando había ido al río a buscar agua y el mudo había introducido un pepino en su cubo, sonriéndole, como un zorro astuto, pero sin intenciones malignas, y a ella le había dado un vuelco al corazón por primera vez en su vida. Se había puesto roja como un tomate y había agachado la cabeza, clavando la mirada en la brillante superficie del agua y contemplando el reflejo de su rostro sonrojado. Más tarde, se había comido el pepino, y su sabor se le había quedado grabado durante mucho tiempo. Miró hacia arriba, a la colorida aguja de la iglesia y a la torre de vigilancia. Un hombre, en lo alto, bailaba como un mono dorado mientras gritaba: «¡Compañeros, convecinos, la caballería japonesa ya ha partido de la ciudad!».

La gente se reunía a los pies de la torre y observaba la plataforma, donde el hombre se agarraba, de vez en cuando, a la balaustrada y se asomaba para mirar hacia abajo, como si fuera a contestar las preguntas que nadie había planteado. Después se enderezaba de nuevo, daba otra vuelta a la plataforma y juntaba las manos formando un megáfono para lanzar la advertencia de que los japoneses pronto llegarían a la aldea.

De repente, el ruido de un carromato llegó desde la calle principal. De dónde había venido era un misterio; parecía como si, sencillamente, hubiera caído del cielo o surgido de la tierra. Tres hermosos caballos tiraban de ese gran carro de ruedas de goma, y el sonido de sus doce cascos lo acompañaba, levantando nubes de polvo amarillo al avanzar. Uno de los caballos era de color amarillo melocotón, otro era rojo dátil y el tercero era verde como un puerro fresco. Robustos, suaves y fascinantes, parecían hechos de cera. Un pequeño hombrecillo de piel oscura estaba despatarrado en la vara que había detrás del caballo delantero y, desde una cierta distancia, parecía como si estuviera montado sobre el mismo caballo. Su látigo, adornado con borlas rojas, danzaba en el aire haciendo pa pa pa, y él cantaba algo como jau jau jau. Sin advertencia previa, tiró fuertemente de las riendas y los caballos relincharon, dejaron las patas rígidas y el carromato se detuvo. Las nubes de polvo que los habían ido siguiendo envolvieron rápidamente al carro, a los caballos y al conductor. Cuando el polvo volvió al suelo, Laidi vio a los sirvientes de la Casa Solariega de la Felicidad corriendo, transportando cestas llenas de licores y de atados de paja y cargándolas en el carromato. Un tipo fornido se colocó en los escalones que conducían a la puerta de entrada de la Casa Solariega de la Felicidad, gritando a todo volumen. Una de las cestas cayó al suelo con un sonido sordo, un hígado de cerdo se salió y el licor empezó a desparramarse por el suelo. Cuando dos sirvientes se apresuraron a recoger la cesta, el hombre que estaba en la puerta bajó la escalinata de un salto, hizo restallar su brillante látigo en el aire y los golpeó con la punta en la espalda. Los sirvientes se cubrieron la cabeza con las manos y se echaron al suelo para recibir los latigazos que se merecían. El látigo bailaba como una serpiente que repta por el suelo. El olor a licor se elevó por el aire. El yermo era inmenso y estaba en silencio, y el trigo de los campos se doblaba por la fuerza del viento como oleadas de oro. En la torre de vigilancia, el hombre gritaba: «Corred, corred, poneos a salvo…».

La gente salía de sus casas, como hormigas que correteaban por todas partes sin ninguna dirección. Algunos iban andando, otros corriendo y otros se quedaban quietos, congelados en algún sitio; algunos iban hacia el Este, otros hacia el Oeste y otros se desplazaban en círculos, mirando alternativamente en todas direcciones. El olor que permeaba el recinto de los Sol era más fuerte que nunca, mientras una nube de vapor opaco salía al exterior por la puerta principal. Los mudos estaban en alguna parte donde no se los veía y el silencio reinaba en el patio, roto sólo ocasionalmente por algún hueso de pollo que salía volando a través de la puerta para que se lo disputaran los cinco perros negros. El vencedor se llevaba su premio hasta la pared, para acurrucarse en un rincón a roerlo, mientras los perdedores miraban con los ojos enrojecidos hacia el interior de la casa y gruñían suavemente.

Lingdi tironeó de su hermana.

—Vamos a casa, ¿vale?

Laidi negó con la cabeza.

—No, vamos a bajar al río a coger gambas. A mamá le vendrá bien una sopa de gambas cuando nuestro hermanito haya nacido.

Así que se fueron caminando en fila de a una hasta la orilla del río, donde la plácida superficie del agua reflejaba los delicados rostros de las chicas Shangguan.

Todas ellas habían heredado la nariz elevada de su madre y los bonitos y voluminosos lóbulos de sus orejas. Laidi sacó del bolsillo un peine de caoba y peinó, una por una, a todas sus hermanas; varios trozos de paja y bastante polvo cayeron al suelo. Hacían muecas y se quejaban cuando el peine les tiraba de las raíces. Cuando terminó con sus hermanas, Laidi se pasó el peine por su propio pelo y le dio la forma de una trenza, que se echó para atrás. La punta le llegaba a la redondeada cadera. Después de guardar el peine, se arremangó las perneras del pantalón, mostrando un par de pantorrillas bonitas y bien formadas. Después se quitó los zapatos de satén azul, adornados con flores rojas. Todas sus hermanas se quedaron mirándole los pies fijamente; los tenía heridos por las ataduras de los zapatos.

—¿Qué estáis mirando? —les preguntó enfadada—. Si no llevamos un montón de gambas a casa, la vieja bruja nunca nos perdonará.

Sus hermanas se pusieron rápidamente a quitarse los zapatos y a arremangarse los pantalones. Qiudi, la más pequeña, se quedó desnuda. Laidi estaba de pie sobre el lodo, cerca de la orilla del lento río, mirando cómo las algas se movían suavemente en el fondo de su cauce. Los peces nadaban alegremente por ahí y las golondrinas volaban a ras de la superficie del agua. Entró en el río y gritó:

—Qiudi, tú quédate ahí para recoger las gambas. Todas las demás, al agua.

Entre risas y grititos, las chicas se metieron en el río.

A medida que sus talones, acentuados por las ataduras que le habían puesto cuando era pequeña, se hundían en el fango, y las algas que había bajo el agua le acariciaban dulcemente las pantorrillas, Laidi experimentó una sensación indescriptible. Doblada por la cintura, metió los dedos en el lodo con mucho cuidado, alrededor de las raíces de las plantas, que era el mejor lugar para encontrar gambas. De repente, algo se movió entre sus dedos, produciéndole un escalofrío delicioso. Una gamba de agua dulce, casi transparente, del grosor de sus dedos, yacía en la palma de su mano; cada una de sus antenas era una obra de arte. La lanzó a la ribera.

Con un arrebato de alegría, Qiudi corrió hacia ella y la capturó.

—¡Primera Hermana, yo también he cogido una!

—¡Yo he cogido una, Primera Hermana!

—¡Y yo también!

La tarea de recoger todas las gambas era demasiado para una niña de dos años como Qiudi, que se tropezó y se cayó, y después se sentó en el dique y se puso a llorar. Muchas de las gambas lograban saltar de vuelta al río y desaparecían en el agua. Así que Laidi se levantó y llevó a su hermana hasta el borde del río, donde le lavó la espalda, que estaba llena de barro. Cada contacto del agua con la piel desnuda le producía un espasmo y un grito combinados con un torrente de palabras sin sentido. Dándole una palmada en el trasero, Laidi dejó ir a la más pequeña, que casi volando se fue hasta lo alto del dique, donde cogió un palo de entre unos matojos y apuntó con él a su hermana mayor, maldiciéndola como una vieja gruñona. Laidi se rio.

Para entonces, sus hermanas ya habían avanzado bastante río arriba. Docenas de gambas saltaban y se agitaban en la soleada ribera del río.

—¡Atrápalas, Primera Hermana! —gritaba Qiudi.

Empezó a meterlas en la cesta.

—Ya te cogeré cuando lleguemos a casa, pequeña diablesa.

Después se agachó de nuevo, con una sonrisa en la cara, y siguió capturando las gambas, actividad que fue suficiente para que se olvidara de sus preocupaciones. Abrió la boca y brotó una cancioncilla, sin que ella supiera de dónde procedía: «Mamá, mamá, qué mala eres, me has casado con un vendedor de aceite al que nadie quiere…».

Alcanzó rápidamente a sus hermanas, que estaban, hombro con hombro, en la zona menos profunda del río, con los traseros levantados en el aire y las barbillas casi rozando la superficie del agua. Avanzaban con lentitud, con las manos hundidas en el agua, abriendo y cerrando, abriendo y cerrando. Unas hojas amarillentas que habían arrancado flotaban en las aguas, entre el barro que producían al remover el fondo. Cada vez que una de ellas se erguía significaba que habían cogido otra gamba. Lingdi, después Pandi, después Xiangdi, una tras otra se enderezaban y lanzaban gambas en dirección a su hermana mayor, que corría de un lado a otro capturándolas, mientras Qiudi trataba de colaborar.

Antes de que se dieran cuenta ya casi habían llegado al arqueado puente peatonal que cruzaba el río.

—Salid de ahí —gritó Laidi—. Todas fuera de ahí. La cesta ya está llena, podemos volver a casa.

De mala gana, las chicas salieron del agua y se quedaron de pie en el dique, con las manos descoloridas por el prolongado contacto con el agua y las pantorrillas cubiertas con una capa de barro violáceo.

—¿Cómo puede ser que hoy haya tantas gambas en el río, hermanita?

—¿Mamá ya nos ha dado un hermano varón, hermanita?

—¿Cómo son los japoneses, hermanita?

—¿Es verdad que se comen a los niños, hermanita?

—¿Por qué los mudos han matado a todos sus pollos, hermanita?

—¿Por qué la abuela siempre nos está chillando, hermanita?

—Una vez soñé que en la tripa de mamá había un barbo gigante, hermanita.

Una pregunta tras otra y ni una sola respuesta por parte de Laidi, cuyos ojos estaban fijos en el puente, cuyas piedras brillaban a la luz del sol. El carromato de ruedas de goma, con sus tres caballos, había llegado hasta allí y se había detenido al comienzo del puente.

Cuando el rechoncho conductor tiró de las riendas, los caballos se pararon, ansiosos, sobre el suelo del puente. De las piedras se alzaron algunas chispas y un fuerte traqueteo. Algunos hombres estaban de pie, por ahí cerca; iban desnudos de cintura para arriba, con unos cinturones de cuero que ceñían sus pantalones y unas hebillas de latón que fulguraban al sol. Laidi conocía a esos hombres: eran los sirvientes de la Casa Solariega de la Felicidad. Algunos de ellos se subieron al carromato y empezaron a bajar los contenedores de paja de arroz, después descargaron las cestas de los licores, veinte, en total. El conductor tiró con fuerza de las riendas para guiar a los caballos hacia una zona del terreno que estaba vacía, al lado de la entrada del puente, en el mismo momento en el que el ayudante del mayordomo, Sima Ku, salía de la aldea montando en una bicicleta negra construida en Alemania, la primera que se había visto en Gaomi del Noreste. El abuelo de Laidi, Shangguan Fulu, que nunca había podido tener las manos quietas, una vez había intentado, cuando pensaba que nadie lo veía, acariciar el manillar, pero eso había sucedido en primavera. Los ojos de enfadado de Sima Ku casi disparaban llamaradas azules. Llevaba una larga túnica de seda sobre unos pantalones de algodón blancos e importados, atados por los tobillos con unas cintas azules con borlas negras, y unos zapatos de suelas de goma blancas. Las perneras de sus pantalones se agitaban, como si las hubieran llenado de aire; el dobladillo de su túnica iba metido en un cinturón tejido con seda blanca y anudado por delante, dejando un extremo largo y otro corto. Una estrecha banda de cuero que venía desde su hombro izquierdo le cruzaba el pecho como a los militares, y se conectaba con un pequeño morral de cuero a través de un trozo de seda de color rojo fuego. Sonaba el timbre de la bicicleta alemana, anunciando su llegada como si cabalgara en el viento. Bajó de la bicicleta de un salto y se quitó el sombrero de paja de ala ancha para abanicarse; el lunar rojo que tenía en la cara parecía una brasa caliente.

—¡A trabajar! —les ordenó a los sirvientes—. Apilad la paja en el puente y humedecedla con el licor. Vamos a incinerar a estos perros de mierda.

Los sirvientes se pusieron a llevar la paja al puente hasta que la pila llegaba a la altura de la cintura. Unas polillas blancas que habían venido entre la paja revoloteaban por los alrededores; algunas se caían al agua y terminaban en el estómago de los peces, y a otras se las comían las golondrinas.

—¡Empapad la paja con el licor! —ordenó Sima Ku.

Los sirvientes cogieron las cestas y, haciendo un esfuerzo tremendo, las subieron hasta el puente. Después de quitarles los tapones, echaron el licor sobre la paja, un licor magnífico, de alta graduación, cuya fragancia intoxicaba toda esa zona del río. La paja empezó a crujir. Chorros de licor iban de un lado a otro, atravesando el puente y bajando por su fachada de piedra, deslizándose hasta llegar al río, convirtiéndose en una cascada cuando las doce cestas estuvieron vacías y dejando la pared de piedra totalmente limpia. La paja cambió de color y una sábana transparente de licor caía en el agua, más abajo; no pasó mucho tiempo hasta que unos pequeños pececillos blancos aparecieron en la superficie. Las hermanas de Laidi querían vadear el río y capturar los peces alcoholizados, pero ella los detuvo:

—¡No os acerquéis ahí! ¡Nos vamos a casa!

Pero estaban hipnotizadas por las actividades que tenían lugar en el puente. En realidad, Laidi sentía tanta curiosidad como ellas, y mientras intentaba llevarse a sus hermanas de allí, seguía mirando una y otra vez al puente, donde estaba Sima Ku, dando palmas con aire de superioridad. Tenía los ojos encendidos y una sonrisa se dibujaba en su rostro.

—¿A quién se le podría haber ocurrido una estrategia tan brillante? —les graznó a los sirvientes—. ¡A nadie más que a mí, maldita sea! ¡Venga, pequeños nipones, venid a comprobar cuánto es mi poder!

Los sirvientes rugieron a modo de respuesta. Uno de ellos le preguntó:

—Segundo Mayordomo, ¿lo encendemos ya?

—No, no hasta que hayan llegado.

Los sirvientes escoltaron a Sima Ku hasta el principio del puente y el carromato de la Casa Solariega de la Felicidad se dirigió de vuelta a la ciudad. Lo único que se oía era el ruido del licor goteando sobre el río.

Con la cesta de gambas en la mano, Laidi llevó a sus hermanas hasta lo más alto del dique, apartando los arbustos que crecían en el repecho que había que subir. De pronto, una cara delgada y negra apareció ante ella. Con un estremecimiento, dejó caer la cesta, que rebotó en un arbusto y rodó cuesta abajo hasta el borde del agua; se salieron todas las gambas, formando una masa brillante que se movía en todas las direcciones. Lingdi salió corriendo por la pendiente para recuperar la cesta, mientras sus hermanas recogían las gambas. Retrocediendo hacia el río, Laidi mantuvo la mirada fija en aquella cara negra en la que se esbozaba una sonrisa como pidiendo perdón, que dejaba al descubierto dos hileras de dientes que brillaban como perlas.

—No tengas miedo, hermanita —le oyó decir—. Somos guerrilleros. No grites. Vete de aquí lo más rápido que puedas.

Miró alrededor y vio docenas de hombres vestidos de verde, escondidos entre los matorrales, con una mirada de dureza en los ojos. Algunos iban armados con rifles, otros llevaban granadas y otros unas espadas oxidadas. El hombre del rostro sucio y sonriente tenía una pistola de color azul en la mano derecha y un objeto resplandeciente que hacía un ruidito en la izquierda. No fue hasta mucho más tarde cuando ella se dio cuenta de que ese objeto era un temporizador de bolsillo; para entonces, ya estaba compartiendo su cama con aquel hombre de rostro oscuro.

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