El tercer hombre [II]

Graham Greene

 

 

6

La ventaja que tiene un detective aficionado sobre un profesional es que no trabaja con un horario fijo. Rollo Martins no se limitaba a una jornada de trabajo de ocho horas: no paraba sus investigaciones ni para comer. En un día cubría más terreno que cualquiera de mis hombres en dos y, además, tenía una ventaja inicial sobre nosotros y es que era amigo de Harry. Trabajaba, por así decirlo, desde dentro, mientras que nosotros picoteábamos en la periferia.

El doctor Winkler estaba en casa. Tal vez no hubiera estado en casa para un policía. De nuevo utilizó Martins como «ábrete, sésamo» una indicación en su tarjeta que decía: «Un amigo de Harry lime».

La sala de espera del doctor Winkler le recordó a Martins la tienda de un anticuario: una tienda de antigüedades especializada en objetos de arte religioso. Había innumerables crucifijos, probablemente ninguno posterior al siglo XVII. Había esculturas en madera y marfil. Había varios relicarios: trozos de hueso marcados con nombres de santos y colocados en marcos ovales, con un fondo de papel de estaño. Si eran auténticos, qué extraño destino el del nudillo de Santa Susana, que había venido a parar a la sala de espera del doctor Winkler. Hasta aquellas horribles sillas de respaldo alto podían haber servido de asiento a cardenales. La atmósfera de la habitación era sofocante, y uno esperaba el olor a incienso. En un cofrecillo había una astilla de la Vera Cruz. Oyó un estornudo.

El doctor Winkler era el médico más limpio que había visto Nunca Martins. Muy pequeño y pulcro, llevaba un frac negro con un cuello duro y alto; su bigotito negro parecía una pajarita. Volvió a estornudar; quizá tenía frío al ser tan limpio. Dijo:

«¿El señor Martins?».

Un deseo irresistible de ensuciar al doctor Winkler se apoderó de Rollo Martins.

«¿El doctor Winkler?», dijo.

«Sí, soy el doctor Winkler».

«Tiene una colección muy interesante».

«Sí».

«Esos huesos de santos…».

«Son huesos de pollos y conejos».

El doctor Winkler se sacó de la manga un pañuelo grande y blanco, como un prestidigitador que hiciera aparecer la bandera de su país, y se sonó las narices pulcra y cuidadosamente, tapándose por turnos cada ventana. Uno esperaba que tirara el pañuelo después de utilizarlo una vez.

«¿Le importaría decirme, señor Martins, cuál es el objeto de su visita?, me espera un paciente».

«Los dos éramos amigos de Harry Lime».

«Yo era su consejero médico», le corrigió el doctor Winkler, y se quedó esperando obstinadamente entre los crucifijos.

«Llegué demasiado tarde a la investigación. Harry me había invitado a venir para que le ayudara en algo. No sé exactamente en qué. No supe de su muerte hasta que llegué».

«Muy triste», dijo el doctor Winkler.

«Naturalmente, dadas las circunstancias, me gustaría saber todo lo posible».

«No hay nada que pueda contarle que usted no sepa. Le atropello un automóvil. Estaba muerto cuando yo llegué».

«¿Pudo seguir consciente?».

«Creo que lo estuvo durante un rato, mientras le llevaban a su casa».

«¿Sufrió mucho?».

«No necesariamente».

«¿Está usted seguro de que fue un accidente?».

El doctor Winkler extendió una mano y enderezó un crucifijo.

«Yo no estaba presente. Limito mi opinión a la causa de su muerte. ¿Tiene usted alguna razón para sospechar?».

El aficionado tiene otra ventaja sobre el profesional: puede ser temerario. Puede contar innecesarias verdades y proponer teorías disparatadas. Martins dijo:

«La policía acusa a Harry de estar mezclado en delitos muy graves. Me parece que tal vez le asesinaran o que quizá se haya suicidado».

«No puedo darle una opinión», dijo el doctor Winkler.

«¿Conoce usted a un hombre llamado Cooler?».

«Creo que no».

«Estaba allí cuando murió Harry».

«Entonces claro que le conozco. Es uno que lleva un bisoñé».

«Ése es Kurtz».

El doctor Winkler no sólo era el médico más limpio que había conocido Martins, sino también el más cauto. Sus afirmaciones eran tan limitadas que ni por un momento podía uno dudar de su veracidad. Dijo:

«Allí había un segundo hombre».

Si tuviera que diagnosticar un caso de escarlatina, pensaba uno, se limitaría a decir que existía una erupción visible, que la temperatura era ésta o la otra. Nunca cometería un error en una investigación.

«¿Fue durante mucho tiempo médico de Harry?».

Parecía una extraña elección, si la había hecho Harry: a Harry le gustaban los hombres que tenían algo de temerarios, hombres capaces de cometer errores.

«Durante un año más o menos».

«Bueno, le agradezco que me haya recibido».

El doctor Winkler hizo una reverencia. Al hacerlo se oyó un leve crujido, como si su camisa fuera de celuloide.

«No debo apartarle más de sus pacientes».

Al dar la espalda al doctor Winkler, se enfrentó con otro crucifijo, una figura colgada con los brazos sobre la cabeza: un rostro alargado, como una agonía de El Greco.

«Es un crucifijo curioso», dijo.

«Jansenista», comentó el doctor Winkler, y cerró la boca bruscamente como si fuera culpable de dar demasiada información.

«No conozco la palabra. ¿Por qué tiene los brazos sobre la cabeza?».

El doctor Winkler dijo de mala gana:

«Porque según ellos, Él murió solamente para los elegidos».

 

7

Tal como yo lo veo al repasar mis archivos, las notas de las conversaciones y las declaraciones de varios personajes, en aquel momento Rollo Martins todavía habría podido irse de Viena sin correr peligro. Había demostrado una curiosidad insana, pero le había frenado la enfermedad en cada brote. Nadie había soltado nada. La lisa pared del engaño no había mostrado ninguna grieta a los dedos que palpaban. Cuando Rollo Martins dejó la consulta del doctor Winkler no corría peligro. Podía volver a su cama del Sacher’s y dormir con la mente tranquila. Hasta podía haber visitado a Cooler en aquel momento sin problemas. Nadie se sentía seriamente molesto. Desgraciadamente para él —y siempre habría períodos en su vida en que lo lamentaría amargamente— escogió volver al piso de Harry. Quería hablar con el hombrecillo irritado que decía haber visto el accidente… ¿o realmente no había dicho tanto? Hubo un momento, cuando iba por la calle helada y sombría, en que se sintió inclinado a ir directamente a Cooler para completar su cuadro de aquellos pájaros siniestros que rodeaban el cadáver de Harry, pero Rollo, al mostrarse como Rollo, decidió lanzar una moneda al aire y ésta cayó del lado de la otra acción y de la muerte de dos hombres.

Quizá el hombrecillo —que se apellidaba Koch— había bebido más vino de la cuenta, quizá simplemente había tenido un buen día en la oficina, pero esta vez, cuando Rollo Martins tocó el timbre, se mostró amable y muy dispuesto a hablar. Acababa de cenar y tenía migas en el bigote.

«Ah, me acuerdo de usted. Es el amigo de Herr Lime».

Acogió con gran cordialidad a Martins y le presentó a su voluminosa esposa, a la cual estaba claro que controlaba muy estrictamente.

«En los viejos tiempos le hubiera ofrecido a usted una taza de café, pero ahora…».

Martins le pasó su pitillera y la cordialidad aumentó.

«Cuando vino usted ayer me comporté con cierta brusquedad», dijo Herr Koch, «pero es que tenía un poco de jaqueca y, como mi esposa no estaba en casa, fui yo el que tuvo que ir a abrir la puerta».

«¿Me contó que había visto realmente el accidente?».

Herr Koch intercambió una mirada con su esposa.

«Use, la investigación ya ha terminado. No hay peligro. Puedes confiar en mi criterio. El caballero es amigo. Sí, yo vi el accidente, pero usted es el único que lo sabe. Cuando digo que lo vi, quizá sería mejor decir que lo oí. Oí el frenazo y el ruido del patinazo, y llegué hasta la ventana a tiempo de ver cómo llevaban el cuerpo a la casa».

«¿Pero no prestó testimonio?».

«Lo mejor es no mezclarse en esas cosas. En mi oficina me necesitan. No tenemos personal suficiente y además no vi…».

«Pero usted me contó ayer cómo ocurrió».

«Así fue como lo describieron los periódicos».

«¿Sufrió mucho?».

«Estaba muerto. Miré directamente desde la ventana de aquí y vi su rostro. Sé cuando un hombre está muerto. Mire, en cierto modo, es mi trabajo. Soy el jefe administrativo de la funeraria».

«Pero los otros dicen que no murió en el acto».

«Tal vez no conocen la muerte como yo».

«Estaba muerto, por supuesto, cuando llegó el médico. Él me lo contó».

«Murió en el acto. Puede fiarse de la palabra de un hombre que sabe».

«En mi opinión, Herr Koch, debía usted haber testimoniado».

«Uno debe cuidarse de sí mismo, Herr Martins. Yo no era el único que debí hacerlo».

«¿Qué quiere usted decir?».

«Había tres personas que ayudaron a llevar a su amigo hasta la casa».

«Lo sé. Dos hombres y el conductor».

«El chófer se quedó donde estaba. Estaba muy impresionado el pobre hombre».

«Tres hombres…».

Fue como si súbitamente, al palpar aquella pared lisa, sus dedos se hubieran encontrado no tanto una grieta, pero sí al menos, una rugosidad que no había sido alisada por los cuidadosos constructores.

«¿Puede describirme a los hombres?».

Pero Herr Koch no estaba acostumbrado a observar a los vivos: solamente se había fijado en el hombre del bisoñé; los otros dos no eran más que hombres, ni altos ni bajos, ni flacos ni gruesos. Los había visto desde arriba, encogidos, agachados sobre su carga, no habían mirado para arriba y él había apartado la vista rápidamente y cerrado la ventana, dándose cuenta en seguida de que lo más sensato era que no le vieran.

«Yo no podía testificar, Herr Martins».

¡Cómo que no, pensó Martins, cómo que no! Ya no le quedaban dudas de que había sido un asesinato. ¿Por qué si no mentían sobre el momento de la muerte? Querían acallar con sus regalos de dinero y sus billetes de avión a los dos únicos amigos que Harry tenía en Viena. ¿Y el tercer hombre? ¿Quién era?

Dijo:

«¿Vio usted salir a Herr Lime?».

«No».

«¿No oyó un grito?».

«Sólo los frenos, Herr Martins».

A Martins se le ocurrió que no había nada —salvo la palabra de Kurtz, Cooler y el conductor— que demostrara que en realidad Harry murió en aquél preciso momento. Había la prueba médica, pero lo más que podía demostrar era que había muerto dentro, digamos, de una media hora, y en cualquier caso esa prueba valía tanto como la palabra del doctor Winkler: aquel hombre pulcro y contenido que crujía entre sus crucifijos.

«Herr Martins, se me acaba de ocurrir… ¿va usted a seguir en Viena?».

«Sí».

«Sí necesita un sitio donde alojarse y hablara en seguida con las autoridades, posiblemente podría conseguir el piso de Herr Lime. Es una propiedad requisada».

«¿Quién tiene las llaves?».

«Las tengo yo».

«¿Podría ver el piso?».

«Ilse, las llaves».

Herr Koch le llevó al piso que había sido de Harry. En el oscuro pasillo se notaba todavía el aroma de los cigarrillos: los cigarrillos turcos que Harry fumaba siempre. Parecía mentira que el olor de un hombre quedara aún en los pliegues de una cortina cuando éste ya no era más que materia sin vida, un gas, putrefacción. Una luz, que venía de una pantalla adornada con cuentas, le dejó en la semioscuridad, palpando para encontrar los picaportes.

La sala de estar estaba completamente desnuda: a Martins le pareció que demasiado desnuda. Habían arrimado las sillas contra la pared; el escritorio que debía de haber utilizado Harry no tenía polvo ni papeles. El parqué reflejaba la luz como un espejo. Herr Koch abrió una puerta y enseñó un dormitorio: la cama estaba hecha pulcramente, con sábanas limpias. En el cuarto de baño ni siquiera una cuchilla vieja de afeitar indicaba que lo había ocupado hacía unos días un hombre vivo. Tan sólo el pasillo oscuro y el aroma de los cigarros daba la sensación de que alguien había vivido allí.

«Ya lo ve —dijo Herr Koch—, está preparado para un nuevo inquilino. Ilse lo ha limpiado todo».

Lo había hecho a fondo. Después de una muerte tenía que haber más desorden que aquél. Un hombre no se puede marchar a hacer su más largo viaje sin olvidar esto o aquello, sin dejar una cuenta sin pagar, una instancia oficial sin contestar, la fotografía de una muchacha.

«¿No había papeles, Herr Koch?».

«Herr Lime siempre fue un hombre muy ordenado. Su papelera estaba llena y su portafolios se lo llevó su amigo».

«¿Qué amigo?».

«El caballero del bisoñé».

Por supuesto que era posible que el viaje no le hubiera resultado a Lime tan inesperado y a Martins se le ocurrió que tal vez le estuviera esperando para que le ayudara. Le dijo a Herr Koch:

«Creo que a mi amigo le asesinaron».

«¿Asesinado?».

La cordialidad de Herr Koch quedó apagada por la palabra. Dijo:

«No le habría invitado a pasar aquí si hubiera pensado que iba a decir usted ese disparate».

«¿Por qué tiene que ser un disparate?».

«En esta zona no hay asesinatos».

«De todas formas su testimonio podría ser muy valioso».

«No tengo testimonio que dar. No vi nada. No es asunto mío. Por favor, váyase en seguida. Se ha comportado usted de la manera más desconsiderada».

Empujó a Martins por el pasillo; el aroma del humo se iba perdiendo. Las últimas palabras de Herr Koch antes de cerrar de golpe su puerta fueron: «No es asunto mío».

¡Pobre Herr Koch! No somos nosotros quienes escogemos los asuntos que nos conciernen. Más tarde, cuando interrogué detenidamente a Martins, le pregunté:

«¿Vio usted a alguien en la escalera, o fuera, en la calle?».

«A nadie».

No tenía nada que perder por recordar a algún paseante casual, así que le creí. Me dijo:

«Me llamó la atención lo tranquila y muerta que parecía toda la calle. Una parte había sido destruida por las bombas, ¿sabe?, y la luna brillaba sobre los montones de nieve. Todo estaba tan silencioso. Podía oír el crujido de mis pies en la nieve».

«Claro que eso no prueba nada. Hay un sótano donde se podía esconder cualquiera que le hubiera seguido».

«Sí».

«O su historia puede ser mentira».

«Sí».

«El problema es que no veo motivo para que sea así. Es cierto que ya es usted culpable de estafa. Vino aquí para ver a Lime, quizá para ayudarle…».

«¿En qué consiste ese famoso tráfico ilegal que está insinuando constantemente?», me preguntó Martins.

«Le habría contado toda la verdad la primera vez que le vi si no hubiera usted perdido los estribos tan rápidamente. Ahora me parece que no resultaría tan sensato contárselo. Sería revelar información oficial y sus contactos, ¿sabe?, no inspiran confianza. Una muchacha con documentos falsos conseguidos por Lime, ese hombre llamado Kurtz».

«El doctor Winkler…».

«No tengo nada contra el doctor Winkler. No, si es usted un mentiroso no necesita la información, pero podría ayudarle a conocer exactamente lo que nosotros sabemos. Es que, ¿sabe?, no conocemos bien todos los hechos».

«Seguro que no. Yo podría inventarme un policía mejor que usted tomándome un baño».

«Su estilo literario no hace honor a su tocayo».

Cuando se acordó del señor Crabbin, aquel pobre y apurado representante del British Council, Rollo Martins se ruborizó molesto, desconcertado, avergonzado. Eso también me hizo confiar en él.

Desde luego había hecho que Crabbin lo pasara mal durante unas cuantas horas. Al volver al Hotel Sacher’s, después de su entrevista con Herr Koch, encontró una nota desesperada del representante.

«Llevo todo el día intentando localizarle», decía Crabbin. «Es esencial que nos veamos para poder decidir un programa adecuado para usted. Esta mañana he concertado por teléfono conferencias en Innsbruck y Salzburgo para la semana que viene, pero necesito que me dé usted su consentimiento en lo que se refiere a los temas, para poder imprimir los programas. Yo le sugeriría dos conferencias: “La crisis de fe en el mundo occidental” (aquí se le respeta mucho como escritor cristiano, pero la conferencia no debe ser política y no se pueden hacer referencias ni a Rusia ni al comunismo), y “La técnica de la novela contemporánea”. Sería la misma conferencia que la de Viena. Aparte de eso, hay muchísima gente a la que le gustaría conocerle y quisiera preparar un cóctel para principios de la próxima semana. Pero para todo esto tengo que hablar con usted». La carta terminaba con una nota de profunda ansiedad: «Vendrá usted al coloquio de mañana por la noche, ¿no? Le esperamos a las 8:30 y, huelga decir, que estaremos encantados de que venga. Enviaré un automóvil a recogerle al hotel a las 8:15 en punto».

Rollo Martins leyó la carta y, sin acordarse más del señor Crabbin, se fue a dormir.

 

8

Después de un par de copas el espíritu de Rollo Martins siempre se volvía hacia las mujeres: de una manera vaga, sentimental, romántica y como sexo en general. Después de tres copas, como un piloto que una vez localizado el blanco se lanza en picado, comenzaba a dedicarse a una chica que estuviera libre. Si Cooler no le hubiera ofrecido una tercera copa, probablemente no hubiera ido tan pronto a casa de Anna Schmidt y si…, pero hay demasiados «síes» en mi manera de escribir, porque mi profesión es medir las posibilidades humanas y la fuerza del destino no puede encontrar espacio en mis archivos.

Martins se había pasado la hora del almuerzo leyendo los informes de la investigación, demostrando una vez más la superioridad del aficionado sobre el profesional y haciéndose más vulnerable al alcohol de Cooler (que cualquier profesional hubiera rechazado en horas de servicio). Eran casi las cinco cuando llegó al piso de Cooler, situado sobre una heladería en la zona norteamericana: el bar estaba lleno de soldados con sus chicas, y el ruido de las largas cucharas y las risas curiosas, libres e inmaduras le siguieron escalera arriba.

Los ingleses, a quienes no les gustan los norteamericanos en general, llevan en la mente una excepción como Cooler: un hombre de revueltos cabellos grises, un rostro bondadoso, preocupado y perspicaz, ese tipo de persona humanitaria que aparece en una epidemia de tifus, en una guerra mundial o en una hambruna china antes de que sus compatriotas hayan descubierto el lugar en un atlas. La tarjeta con la indicación «un amigo de Harry» parecía abrirle todas las puertas. Cooler llevaba el uniforme militar, con unas letras misteriosas en la galleta y sin galones de rango, aunque su criada le llamaba Coronel Cooler. Su caluroso apretón de manos fue el signo más amistoso que Martins había encontrado en Viena.

«Cualquier amigo de Harry es amigo mío», dijo Cooler. «Por supuesto que conozco su nombre».

«¿Por Harry?».

«Soy un gran lector de novelas del Oeste», dijo Cooler, y Martins le creyó como no había creído a Kurtz.

«Me gustaría que me contara —porque usted estaba allí, ¿no?— algo acerca de la muerte de Harry».

«Fue algo terrible», dijo Cooler. «Yo estaba empezando a cruzar la calle para acercarme a Harry. Él y el señor Kurtz estaban en la acera. Tal vez si yo no hubiera comenzado a cruzar él se hubiera quedado donde estaba. Pero me vio y vino hacia mí, y entonces aquel jeep… fue terrible, terrible. El conductor frenó, pero no pudo hacer nada. Tome un whisky, señor Martins. Sé que es ridículo, pero me pone nervioso pensar en aquello», dijo mientras servía la soda. «A pesar de este uniforme nunca había visto antes un hombre muerto».

«¿Estaba el otro hombre en el jeep?».

Cooler tomó un largo trago y luego midió lo que quedaba con sus ojos cansados y amables.

«¿A qué hombre se refiere usted, señor Martins?».

«Me han dicho que había otro hombre».

«No sé de dónde ha podido sacar esa idea. Todo esté en los informes de la investigación».

Volvió a servir dos copas muy abundantes.

«Sólo éramos tres: yo, el señor Kurtz y el chófer. El médico, por supuesto. Supongo que pensará usted en el médico».

«El hombre con quien he hablado lo vio desde una ventana —estaba en el piso al lado del de Harry— y me ha dicho que vio a tres hombres y al chófer. Eso fue antes de que llegara el médico».

«No fue eso lo que dijo en el tribunal».

«No quería comprometerse».

«Jamás se conseguirá que estos europeos se conviertan en buenos ciudadanos. Era su deber».

Cooler meditó tristemente mirando su copa.

«Es algo muy extraño, señor Martins, esto de los accidentes. Nunca encuentras dos informes que coincidan. Ni siquiera el señor Kurtz y yo estábamos de acuerdo en cuanto a los detalles. Las cosas ocurren súbitamente; en lo que menos piensas es en fijarte, hasta que ¡pum!, y luego tienes que reconstruir, recordar. Supongo que me quedé demasiado desconcertado intentando entender lo que había ocurrido y lo que vino después, como para darme cuenta que éramos cuatro».

«¿Cuatro?».

«Cuento a Harry. ¿Qué más vio, señor Martins?».

«Nada de interés, salvo que dice que Harry estaba ya muerto cuando le llevaron hasta la casa».

«Bueno, estaba muriendo, la diferencia es mínima. ¿Quiere otra copa, señor Martins?».

«No, me parece que no».

«Pues yo sí quiero otra. Le tenía mucho afecto a su amigo, señor Martins, y no me gusta hablar de ello».

«Tal vez una más por hacerle compañía. ¿Conoce a Arma Schmidt?», preguntó Martins, con el hormigueo del whisky en la lengua. «¿La chica de Harry? Sólo la vi una vez, eso es todo. En realidad ayudé a Harry a arreglar sus documentos. No se deben contar esas cosas a un extraño, supongo, pero, a veces, hay que romper las reglas. También es un deber humanitario».

«¿Qué problema tenía?».

«Era húngara y su padre había sido un nazi, según dicen. Tenía miedo de que los rusos la fueran a coger».

«¿Por qué iban a hacerlo?».

«No siempre entendemos por qué hacen esas cosas. Tal vez simplemente para demostrar que no es bueno tener amistad con un inglés».

«Pero ella vive en la zona británica».

«Eso no les hubiera importado. Está sólo a cinco minutos desde la Commandatura. Las calles están mal iluminadas y no hay muchos policías».

«Le llevó usted dinero de parte de Harry, ¿no?».

«Sí, pero yo no lo habría mencionado. ¿Se lo contó ella?».

Sonó el teléfono y Cooler vació su copa.

«¿Diga?», dijo. «Sí, habla el coronel Cooler».

Luego se sentó con el auricular en la oreja y una expresión de triste paciencia, mientras una voz muy lejana se deslizaba por la habitación.

«Sí», dijo una vez más. «Sí».

Sus ojos se posaron en el rostro de Martins, pero parecía mirar mucho más allá: inexpresivos, bondadosos y amables, podían estar contemplando el mar.

«Ha hecho usted muy bien», dijo en tono encomiástico y luego, con cierta aspereza. «Por supuesto que se los entregarán. Le doy mi palabra. Adiós».

Colgó el teléfono y se pasó la mano con gesto hastiado por la frente. Era como si tratara de recordar algo que tenía que hacer. Martins dijo:

«¿Sabe algo de ese tráfico ilegal del que habla la policía?».

«Lo siento. ¿Cómo ha dicho?».

«Dicen que Harry andaba metido en negocios sucios».

«Oh, no», dijo Cooler. «No. Imposible. Tenía un gran sentido del deber».

«Kurtz parecía pensar que era posible».

«Kurtz no entiende la mentalidad de los anglosajones», respondió Cooler.

 

9

Era casi de noche cuando Martins comenzó a caminar a lo largo de la orilla del canal: al otro lado de las aguas se veían los semidestrozados baños de Diana, y, a lo lejos, el gran círculo negro de la Noria del Prater, quieta sobre las casas en ruinas. Por allí, al otro lado de las aguas grises, estaba el Segundo Bezirk, de propiedad rusa. St. Stephanskirche lanzaba su enorme chapitel herido al cielo que cubría la Ciudad Interior y, al subir la Kärntnerstrasse, Martins pasó junto a la puerta iluminada del centro de la Policía Militar. Los cuatro hombres que formaban la Patrulla Internacional subían a su jeep; el P.M. ruso se sentó junto al conductor (porque ese día los rusos habían tomado el relevo y empezaban sus cuatro semanas) y el inglés, el francés y el norteamericano subieron detrás. El tercer whisky puro comenzó a calentar el cerebro de Martins y se acordó de la chica de Ámsterdam, de la chica de París; la soledad caminaba a su lado por la acera llena de gente. Pasó la esquina de la calle donde estaba el Sacher’s y siguió adelante. El que dominaba ahora era Rollo y se dirigía hacia la única chica que conocía en Viena.

Le pregunté cómo sabía dónde vivía. Oh, dijo, había encontrado la dirección que ella le había dado la noche anterior, en la cama, estudiando un plano. Quería orientarse en la ciudad y se le daban muy bien los mapas. Podía memorizar nombres de calles y donde había que dar la vuelta fácilmente, porque siempre hacía el viaje de ida a pie.

«¿De ida?».

«Quiero decir cuando voy a ver a alguna chica o a alguien». Por supuesto no sabía que ella iba a estar en casa, que esa noche no había función en el Josefstadt, o tal vez también eso lo había memorizado al ver los carteles. En cualquier caso estaba allí, sentada a solas en una habitación sin calefacción, con una cama disfrazada de diván, y con un guión mecanografiado, abierto por la primera página, sobre una mesa coja inadecuada y demasiado recargada —si es que a aquello se le podía llamar estar allí…, porque sus pensamientos estaban muy lejos—. Dijo con torpeza (y nadie podía decir, ni siquiera el propio Rollo, hasta qué punto su torpeza formaba parte de su técnica):

«Pensé que a lo mejor estaba usted en casa y decidí subir. Es que pasaba por aquí…».

«¿Pasaba? ¿Hacia dónde iba?».

Había un paseo de una buena media hora desde la Ciudad Interior hasta el límite de la zona inglesa, pero él siempre tenía una contestación preparada.

«He bebido demasiado whisky con el coronel Cooler. Necesitaba caminar y me encontré por aquí».

«No le puedo ofrecer una copa. Sólo té. Queda algo del paquete».

«No, gracias», dijo él, «¿estaba usted acaso leyendo ese guión?».

«No he pasado de la primera línea».

Lo cogió y lo leyó: «Entra Louise. LOUISE: He oído llorar a un niño».

«¿Podría quedarme un rato?», preguntó con una gentileza que era más propia de Martins que de Rollo.

«Encantada».

Se dejó caer en el diván y mucho tiempo después me contó (porque los amantes reconstruyen los más mínimos detalles si encuentran a alguien que los escuche) que fue entonces cuando realmente la miró por segunda vez. Ella estaba allí, tan torpe como él, vestida con unos viejos pantalones de franela malamente remendados en la parte de atrás; estaba allí con las piernas firmemente asentadas, como si estuviera defendiéndose de alguien y decidida a no ceder terreno: una figura pequeña y un poco rellenita, bien guardada la gracia que pudiera tener para fines exclusivamente profesionales.

«¿Ha sido un mal día?», preguntó él.

«A ésta hora siempre estoy mal», le explicó ella. «Él solía visitarme, y cuando le oí tocar el timbre, por un momento pensé…». Se sentó en una silla dura frente a él y le dijo: «Hábleme, por favor. Usted le conoció. Cuénteme cualquier cosa».

Así que él se puso a hablar. El cielo se iba oscureciendo al otro lado de la ventana mientras hablaba. Al cabo de un rato se dio cuenta de que las manos de ambos se habían juntado. Me dijo:

«No tenía intención de enamorarme y menos de la chica de Harry».

«¿Cuándo ocurrió?», le pregunté.

«Hacía mucho frío y yo me levanté para correr las cortinas de la ventana. Sólo me di cuenta de que tenía mi mano sobre la suya cuando la retiré. Cuando me puse en pie y bajé la vista para mirar su rostro. No tenía una cara bonita, ése era el problema. Era una cara para vivir con ella un día tras otro. Una cara para toda la vida. Me sentí como si estuviera penetrando en un nuevo país cuyo idioma no supiera. Yo siempre había creído que se ama a una mujer por su belleza. Permanecí allí, junto a las cortinas, esperando para correrlas, mirando hacia afuera. No podía ver más que mi propio rostro, buscando por la habitación, buscándola a ella». Me dijo:

«¿Y qué hizo Harry aquella vez?».

Y quise decir: «Al diablo con Harry, se ha muerto. Los dos le amábamos, pero se ha muerto. Los muertos son para que se les olvide». Pero en vez de eso dije: «¿Qué crees que hizo? Se puso a silbar su antigua melodía como si nada hubiera ocurrido». Y la silbé para ella lo mejor que pude. Le oí contener el aliento y me di la vuelta para mirarla y antes de que pudiera pensar: ¿Voy por el buen camino, es ésta la carta ganadora, el truco adecuado?, ya había dicho: «Se ha muerto. No puedes pasarte la vida recordándolo».

«Ya lo sé, pero quizá ocurra algo antes», me dijo.

«¿Qué quieres decir con que ocurrirá algo?».

«Oh, que puede haber otra guerra, que me moriré, que me llevarán los rusos».

«Con el tiempo te olvidarás de él. Te enamorarás otra vez».

«Ya lo sé, pero no quiero hacerlo. ¿No te das cuenta que no quiero?».

De manera que Rollo Martins se apartó de la ventana y se sentó de nuevo en el diván. Cuando se había levantado medio minuto antes era el amigo de Harry que consolaba a la chica de éste; ahora era un enamorado de Arma Schmidt que había estado una vez enamorada del hombre que ambos conocían por el nombre de Harry Lime. Aquella tarde él no volvió a hablar del pasado. En lugar de eso le habló de la gente que había conocido.

«De Winkler puedo creer cualquier cosa», le dijo, «pero Cooler, bueno, Cooler me cae bien. Fue el único de sus amigos que defendió a Harry. El caso es que si Cooler tiene razón, Koch no la tiene, y la verdad es que creí que había encontrado algo interesante».

«¿Quién es Koch?».

Le explicó que había vuelto al piso de Harry y le describió su entrevista con Koch, la historia del tercer hombre.

«Si es cierto», dijo ella, «eso es muy interesante».

«No prueba nada. Después de todo Koch no colaboró en la investigación; puede ocurrir lo mismo con ese desconocido».

«Esa no es la cuestión», dijo ella. «Significa que ellos mintieron: Kurtz y Cooler».

«Pudieron mentir tal vez para no crearle complicaciones a ese tipo, si es que era un amigo».

«Otro amigo, allí mismo. ¿Y dónde está entonces la honradez de tu Cooler?».

«¿Qué podemos hacer? Koch se cerró Como una ostra y me echó de su piso».

«A mí no me echará», dijo ella, «ni tampoco su Use».

Hicieron juntos el largo camino hasta el piso; la nieve se pegaba a sus zapatos y les hacía avanzar lentamente, como presos arrastrando sus cadenas. Amia Schmidt preguntó:

«¿Está lejos?».

«Ya no. ¿Ves a ese grupo de gente en la calzada? Está por ahí cerca».

El grupo parecía una mancha de tinta sobre la blancura, una mancha que se corría, cambiaba de forma y se “extendía. Cuando estaban más cerca, Martins dijo:

«Me parece que es ése el bloque. ¿Qué crees que será eso, una manifestación política?».

Anna Schmidt se detuvo. Dijo:

«¿Has hablado de Koch con alguien más?».

«Sólo contigo y con el coronel Cooler. ¿Por qué?».

«Tengo miedo. Esto me recuerda…».

Tenía los ojos clavados en el grupo y él nunca supo qué recuerdo surgió de su confuso pasado para ponerla sobre aviso.

«Vámonos», le suplicó.

«Estás loca. Aquí hemos descubierto algo, algo importante…».

«Te esperaré».

«Pero tú vas a hablar con él».

«Averigua primero lo de toda esa gente», dijo, cosa rara en alguien que trabaja tras las candilejas. «Odio el gentío».

Caminó lentamente, solo, con la nieve pegada a sus talones. No era una reunión política porque nadie estaba pronunciando un discurso. Tuvo la impresión de que las cabezas se volvían para mirarle, como si él fuera la persona a quien esperaban. Cuando llegó al principio de la pequeña muchedumbre, supo que aquella era la casa. Un hombre le miró con dureza:

«¿Es usted otro de esos?».

«¿Qué quiere decir?».

«La policía».

«No. ¿Qué están haciendo?».

«Han estado entrando y saliendo todo el día».

«¿Qué están esperando?».

«Quieren ver cómo le sacan».

«¿A quién?».

«A Herr Koch».

A Martins se le ocurrió que alguien, además de él, había descubierto que Herr Koch no se había presentado como testigo, aunque era raro que eso fuera cuestión de la Policía. Preguntó:

«¿Qué ha hecho?».

«Nadie lo sabe. Los que están dentro no lo tienen claro aún: pudo ser suicidio o asesinato».

«¿Herr Koch?».

«Por supuesto».

Un niño pequeño se acercó a su informador y tiró de su mano. «Papá. Papá». Llevaba un gorro de lana, que le hacía parecer un gnomo; su rostro estaba contraído y azulado por el frío.

«¿Qué pasa, hijo?».

«Les oí hablar a través de la rejilla, papá».

«Oh, qué listo eres, pequeñín. Cuéntanos lo que has oído, Hansel».

«Oí cómo lloraba Frau Koch, papá».

«¿Nada más, Hansel?».

«No. Oí hablar al hombre grande, papá».

«Qué listo eres, Hansel, pequeñín. Cuéntale a papá qué dijo».

«Dijo: “¿Puede describirme, Frau Koch, al extranjero?”».

«Aja, ¿ve usted?, piensan que es un asesinato. ¿Y quién sabe si no tendrán razón? ¿Por qué iba Herr Koch a degollarse en el sótano?».

«Papá, papá».

«¿Sí, Hansel, pequeñín?».

«Cuando miré a través de la rejilla vi que había sangre en el coque».

«Vaya niño. ¿Cómo podías saber que era sangre? La nieve se filtra por todas partes».

El hombre se volvió hacia Martins y dijo:

«Qué imaginación que tiene este niño. A lo mejor cuando sea mayor se hace escritor».

El rostro contraído miró solemnemente hacia arriba, hacia Martins. El niño dijo:

«Papá».

«Sí, Hansel».

«El también es un extranjero».

El hombre lanzó una gran carcajada que hizo que se volvieran una docena de cabezas.

«Escúchele, señor, escúchele», dijo con orgullo. «Piensa que lo ha hecho usted, sólo porque es extranjero. Como si ahora no hubiera más extranjeros que vieneses aquí».

«Papá, papá».

«¿Sí, Hansel?».

«Están saliendo».

Un grupo de policías rodeaba la camilla tapada que bajaban cuidadosamente por las escaleras por miedo a resbalar en la nieve pisoteada. Un hombre dijo:

«No pueden entrar las ambulancias en esta calle por las ruinas. Tendrán que llevarle hasta la vuelta de la esquina».

Frau Koch salió detrás de la comitiva; llevaba un chal que le cubría la cabeza y un viejo abrigo de arpillera. Su gruesa figura le hizo parecer un muñeco de nieve al hundirse en un médano, en el borde de la acera. Alguien le ayudó con la mano y ella lanzó una mirada perdida y desesperada a aquella muchedumbre de extraños. Si había allí amigos no los reconoció, aunque miró todos los rostros. Al pasar ella, Martins se agachó manoseando torpemente el cordón de su zapato, pero al levantar la vista se encontró a la altura de sus propios ojos con la mirada fría y escrutadora, de gnomo, del pequeño Hansel.

Cuando iba en busca de Anna, volvió una vez la cabeza. El niño tiraba de la mano de su padre y podía ver sus labios formando unas sílabas que eran como el estribillo de una balada triste.

«Papá, papá».

Le dijo a Anna:

«Han asesinado a Koch. Vámonos de aquí».

Caminó tan rápidamente como se lo permitía la nieve, doblando una esquina tras otra. La desconfianza y suspicacia del niño parecían extenderse como una nube sobre la ciudad: no podían caminar lo bastante aprisa como para esquivar su sombra. No hizo caso cuando Anna le dijo: «Entonces lo que dijo Koch era cierto. Había un tercer hombre», ni tampoco un poco después cuando añadió: «Tuvo que ser un asesinato. Nadie mata a un hombre para ocultar algo menos grave».

Los tranvías chispeaban como carámbanos al final de la calle: habían vuelto al Ring. Martins dijo:

«Es mejor que vuelvas sola a casa. No iré a verte hasta que las cosas no se aclaren».

«Pero nadie puede sospechar de ti».

«Preguntan sobre un extranjero que fue a visitar ayer a Koch. Las cosas se pueden poner desagradables durante un tiempo».

«¿Por qué no vas a la policía?».

«Porque son unos estúpidos. No me fío de ellos. Mira lo que le han colgado a Harry. Y además intenté pegarle a ese tal Callaghan. Me tienen ganas. Lo menos que me harían sería echarme de Viena. Pero si me quedo quieto únicamente podría comprometerme una persona: Cooler».

«Y él no va a querer hacerlo».

«No, si es culpable. Pero no puedo creerme que sea culpable».

Antes de separarse ella le dijo:

«Ten cuidado. Koch sabía muy poco y le asesinaron. Tú sabes tanto como Koch».

La advertencia se le alojó en el cerebro hasta que llegó al Sacher’s; a partir de las nueve, las calles estaban casi vacías y volvía la cabeza cada vez que oía una pisada sorda que subía la calle detrás de él, como si aquel tercer hombre a quien habían protegido tan despiadadamente le siguiera como un verdugo. El centinela ruso del Grand Hotel parecía rígido por el frío, pero era humano, tenía un honrado rostro campesino con ojos de mongol. El tercer hombre no tenía rostro: sólo la coronilla de una cabeza vista desde una ventana. En el Sacher’s, el señor Schmidt le dijo:

«El coronel Calloway ha estado aquí preguntando por usted, señor. Creo que le encontrará en el bar».

«Vuelvo dentro de un momento», dijo Martins, y salió como una flecha del hotel: quería tener tiempo para pensar. Pero nada más pisar fuera, un hombre se adelantó, se llevó la mano a la gorra y le dijo con firmeza:

«Señor, por favor».

Abrió de un golpe la puerta pintada de color caqui de un camión, con la Unión Jack en el parabrisas y le instó con firmeza a que entrara. Se rindió sin protesta: estaba seguro de que tarde o temprano, harían preguntas; el optimismo que había mostrado ante Anna Schmidt era fingido.

El chófer conducía a una velocidad peligrosa, rápido por la calzada helada, y Martins protestó. Le contestaron sólo un hosco gruñido y una frase mascullada que incluía la palabra «órdenes».

«¿Tiene usted órdenes de matarme?», preguntó Martins para hacer un chiste, y no recibió respuesta alguna.

Vio a los Titanes del Hofburg manteniendo en equilibrio grandes globos de nieve sobre la cabeza, y luego se internaron en unas calles mal iluminadas donde se desorientó por completo.

«¿Está lejos?».

Pero el chófer no le hizo caso. Al menos, pensó Martins, no me han detenido; no han enviado a un guardia; me han invitado —¿no fue esa la palabra que usaron?— a visitar a la policía para hacer una declaración.

El coche se detuvo y el chófer le precedió mientras subían dos tramos de escalera; tocó el timbre de una gran puerta doble y Martins oyó muchas voces dentro. Se volvió bruscamente hacia el chófer y dijo:

«¿Dónde diablos…?», pero el conductor ya había bajado media escalera y la puerta se estaba abriendo. Los ojos de Martins se deslumbraron con las luces que había dentro; oyó, sin verle apenas, a Crabbin, que avanzaba hacia él.

«Ah, señor Dexter, estábamos muy preocupados, pero más vale tarde que nunca. Permítame que le presente a la señorita Wilbraham y a la Gräffin von Meyersdorf».

Había un buffet lleno de tazas de café; una cafetera humeante; el rostro de una mujer que brillaba por el esfuerzo; dos hombres con el rostro feliz e inteligente de jóvenes estudiantes y, apiñada al fondo, una multitud, como rostros en su álbum familiar, con los rasgos anticuados, deslustrados, serios y joviales de los lectores habituales. Martins miró hacia atrás, pero la puerta estaba cerrada.

Le dijo desesperadamente al señor Crabbin:

«Lo siento, pero…».

«No piense más en eso», dijo el señor Crabbin. «Tome una taza de café y luego comenzaremos el coloquio. Hoy ha venido gente muy interesante. Se encontrará en su elemento, señor Dexter».

Uno de los jóvenes le puso una taza de café en la mano y el otro le echó un montón de azúcar antes de que pudiera decir que lo prefería sin nada. El más joven le susurró al oído:

«¿Le importaría firmar después uno de sus libros, señor Dexter?».

Una mujer grande, vestida de seda negra, cayó sobre él y le dijo:

«No me importa que me oiga la Gräffin, señor Dexter, pero no me gustan sus libros, no me parecen nada bien. Yo creo que una novela debe contar una buena historia».

«Yo también», dijo Martins, desesperado.

«Por favor, señora Bannock, espere al coloquio».

«Sé que soy demasiado franca, pero estoy segura de que el señor Dexter valora la crítica sincera».

Una anciana, que supuso era la Gräffin, dijo:

«No leo muchos libros en inglés, señor Dexter, pero me han dicho que los suyos…».

«¿Quieren terminar el café?», dijo Crabbin, y le llevó aprisa hacia una sala interior donde había unas cuantas personas mayores sentadas en un semicírculo de sillas con un aire de paciencia triste.

Martins no fue capaz de contarme muchas cosas de aquella reunión; su mente aún estaba atónita con la muerte; al levantar la vista esperaba ver en cualquier momento al niño Hansel y oír el estribillo persistente y pedante, «papá, papá». Al parecer Crabbin fue el primero que habló en la reunión y, conociéndole como le conozco, estoy seguro de que trazó un panorama lúcido, equilibrado y sin prejuicios de la novela inglesa contemporánea. Le he oído muchas veces dar la misma charla, recalcando cada vez, como única variación, la obra del visitante inglés de turno. Tocaría brevemente diversos aspectos técnicos —el punto de vista, el paso del tiempo— y luego declararía iniciado el coloquio.

Martins no oyó en absoluto la primera pregunta, pero afortunadamente Crabbin llenó el vacío y la contestó de modo satisfactorio. Una mujer con un sombrero marrón y una piel en torno al cuello dijo con apasionado interés:

«¿Puedo preguntar al señor Dexter si está trabajando en una nueva obra?».

«Oh, sí, sí».

«¿Podría decirme el título?».

«El tercer hombre», dijo Martins, y ese salto le proporcionó una falsa confianza.

«Señor Dexter, ¿puede decirnos qué autor le ha influido más?».

Martins, sin pensarlo, dijo: «Grey». Por supuesto hablaba del autor de Jinetes de la pradera roja, y quedó encantado de que su respuesta proporcionara una general satisfacción, pero un anciano austríaco preguntó:

«¿Grey? ¿Qué Grey? No sé quién es».

Martins se sintió ya a salvo y dijo:

«Zane Grey, no conozco a ningún otro», y se quedó desconcertado por las obsequiosas risitas de la colonia inglesa.

Crabbin intervino rápidamente para ayudar a los austríacos:

«Es una bromita del señor Dexter. Se refería al poeta Gray, un genio sutil, comedido y amable… son fáciles de encontrar las afinidades».

«¿Y se llama Zane Grey?».

«Ahí está la broma del señor Dexter. Zane Grey escribió lo que nosotros llamamos novelas del Oeste: novelitas populares y baratas sobre bandidos y vaqueros».

«¿No es un gran escritor?».

«No, no. Qué va», dijo el señor Crabbin, «En el sentido estricto de la palabra yo ni siquiera le llamaría escritor».

Martins me dijo que sintió los primeros chispazos de rebeldía al oír esa declaración. Nunca se había considerado un escritor, pero la petulancia de Crabbin le irritó, hasta la manera con que la luz se reflejaba en sus gafas parecía un motivo más de irritación. Crabbin dijo:

«No son más que pasatiempos».

«¿Por qué diablos no va a serlo?», dijo ferozmente Martins.

«Oh, bueno, lo único que quería decir…».

«¿Qué era Shakespeare?».

Alguien dijo con gran osadía:

«Un poeta».

«¿Ha leído a Zane Grey?».

«No, no puedo decir…».

«Entonces no sabe de lo que está hablando».

Uno de los jóvenes intentó echar una mano a Crabbin.

«¿Y James Joyce, dónde colocaría a James Joyce, señor Dexter?».

«¿Qué quiere decir con eso?, no quiero colocar a nadie en ningún sitio», dijo Martins.

Había sido un día muy agitado y lleno de acontecimientos: había bebido demasiado con el coronel Cooler; se había enamorado; un hombre había sido asesinado y ahora tenía el sentimiento bastante injusto de que le estaban pinchando. Zane Grey era uno de sus héroes: que le asparan si había de consentir más tonterías.

«Lo que quiero decir es, ¿le situaría usted entre los verdaderamente grandes?».

«Si quiere que le diga la verdad en mi vida he oído hablar de él. ¿Qué ha escrito?».

El no se daba cuenta, pero estaba provocando una enorme sensación. Únicamente un gran escritor podía mostrarse tan arrogante y original. Varias personas escribieron el nombre de Zane Grey en el dorso de unos sobres, y la Gräffin susurró roncamente a Crabbin:

«¿Cómo se escribe Zane?».

«La verdad es que no estoy muy seguro».

«Le lanzaron simultáneamente varios nombres: nombrecillos afilados y cortantes como Stein; cantos redondos, como Woolf». Un joven austríaco, con un mechón de cabellos negros sobre la frente, exclamó «Daphne du Maurier» y el señor Crabbin dio un respingo y miró de soslayo a Martins. Le dijo en voz baja:

«Sea comprensivo con ellos».

Una mujer de rostro aniñado, vestida con un jubón tejido a mano, dijo anhelante:

«¿No le parece a usted, señor Dexter, que nadie, nadie ha escrito sobre los sentimientos tan poéticamente como Virginia Woolf? En prosa, quiero decir».

Crabbin le susurró:

«¿Podría decir algo sobre la corriente de la conciencia?».

«¿La corriente de qué?».

Una nota de desesperación apareció en la voz de Crabbin.

«Por favor, señor Dexter, estas personas son auténticos admiradores suyos. Quieren oír sus opiniones. Puede creerme si le digo que han asediado el instituto».

Un hombre mayor, austríaco, preguntó:

«¿Existe en la Inglaterra actual algún escritor de la talla del difunto John Galsworthy?».

Hubo un estallido de risitas coléricas en el cual se intercambiaron los nombres de Du Maurier, Priestley y alguien llamado Leyman. Martins se recostó sombríamente y vio de nuevo la nieve, la camilla, el rostro desesperado de Frau Koch. Pensó: si yo no hubiera vuelto nunca, si yo no hubiera hecho preguntas, ¿estaría aún vivo aquel hombrecillo? ¿De qué forma había beneficiado a Harry al proporcionar otra víctima… una víctima para aplacar el miedo de quién? ¿De Herr Kurtz, del coronel Cooler (eso no podía creerlo), del doctor Winkler? Ninguno de ellos parecía capaz de un crimen tan sórdido, tan repugnante como aquel del sótano; podía escuchar la voz del niño, gritando: «Vi sangre en el coque», y alguien se volvió hacia él con un rostro vacío, sin rasgos, un huevo de color gris, el tercer hombre.

Martins no podía contar cómo se las arregló durante el resto del coloquio. Tal vez fue Crabbin quien tuvo que soportar la peor parte; tal vez le ayudaron algunos de los asistentes al acto que iniciaron una animada discusión sobre la versión cinematográfica de una popular novela norteamericana. Recordaba muy poco más de lo ocurrido antes de que Crabbin hiciera el discurso final en su honor. Luego, uno de los jóvenes le llevó hasta una mesa en que había una pila de libros y le pidió que los firmara.

«Hemos permitido sólo un libro por socio».

«¿Qué tengo que hacer?».

«Firmarlos solamente. Es lo único que quieren. Este es mi ejemplar de La proa curvada. Le agradecería tanto que me pusiera cualquier cosita…».

Martins sacó su pluma y escribió: De B. Dexter, autor de El jinete solitario de Santa Fe, y el joven leyó la dedicatoria y la secó con un secante, con expresión confusa. Cuando Martins se sentó y comenzó a firmar Benjamín Dexter en las páginas de respeto, vio al joven en un espejo enseñándole la dedicatoria a Crabbin. Crabbin sonrió débilmente y comenzó a rascarse el mentón, «B. Dexter, B. Dexter, B. Dexter», escribía Martins rápidamente: después de todo no era mentira. Uno por uno fueron recogiendo los libros sus respectivos dueños; frasecitas de delicia y cortesía fueron cayendo como reverencias: ¿era eso ser escritor? Martins comenzó a sentir una fuerte irritación contra Benjamín Dexter. ¡Ese asno complaciente, pesado y pomposo!, pensó mientras firmaba el ejemplar número veintisiete de La proa curvada. Cada vez que levantaba la vista y tomaba otro libro tropezaba con la mirada preocupada e interrogante de Crabbin. Los socios del Instituto comenzaban a volver a sus casas con su botín: la sala se estaba quedando vacía. De repente, en el espejo, Martins vio a un policía militar. Le pareció que discutía con uno de los jóvenes secuaces de Crabbin. Martins creyó oír el sonido de su nombre. Fue entonces cuando perdió los estribos y con ello cualquier vestigio de sentido común. Sólo le quedaba un libro para firmar; trazó de un plumazo un último «B. Dexter» y se dirigió a la puerta. El joven, Crabbin y el policía estaban juntos en la entrada.

«¿Y este caballero?», preguntó el policía.

«Es el señor Dexter», dijo el joven.

«Los lavabos. ¿Hay por aquí un lavabo?», dijo Martins.

«Por lo que me han dicho un señor llamado Rollo Martins ha llegado aquí en uno de sus vehículos».

«Es un error. Ha sido claramente un error».

«Segunda puerta a la izquierda», dijo el joven.

Martins cogió rápidamente su gabán del guardarropa al salir y comenzó a bajar las escaleras. En el rellano del primer piso oyó subir a alguien y, mirando por encima del pasamanos, vio a Paine, al que yo había enviado para identificarle. Abrió una puerta al azar y la cerró detrás de él. Oyó pasar a Paine. La habitación estaba a oscuras; un curioso gimoteo le hizo volverse para ver qué clase de habitación era aquélla.

No se veía nada y el sonido se había interrumpido. Hizo un pequeño movimiento y de nuevo comenzó aquello, como una respiración dificultosa. Permaneció quieto y el ruido se extinguió. Alguien llamó fuera:

«¡Señor Dexter! ¡Señor Dexter!».

Luego comenzó un nuevo sonido. Era como si alguien susurrara: un largo y continuo monólogo en la oscuridad. Martins dijo:

«¿Hay alguien ahí?».

Y el sonido se interrumpió de nuevo. No aguantaba más. Sacó su encendedor. Oyó unos pasos bajando la escalera. Hizo girar una y otra vez la ruedecilla, pero no se encendió. Alguien se cambió de posición en la oscuridad y algo resonó en el aire, como una cadena. Preguntó una vez más, con la irritación del temor:

«¿Hay alguien ahí?».

Y sólo le respondió el clic-clic del metal.

Martins palpó desesperadamente buscando el interruptor, primero a la derecha, luego a la izquierda. No se atrevió a moverse más porque ya no podía situar a su compañero; el susurro, el gimoteo, el clic se habían interrumpido. Luego le entró miedo de no saber dónde estaba la puerta y palpó desesperadamente buscando el picaporte. Tenía mucho menos miedo de la policía que de la oscuridad y no tenía ni idea del ruido que estaba haciendo.

Paine le oyó desde el fondo de la escalera y volvió. Encendió la luz del rellano y el resplandor bajo la puerta orientó de nuevo a Martins. Abrió la puerta y sonriendo forzadamente a Paine se volvió para echar otro vistazo a la habitación. Los ojos como cuentas de un loro encadenado a una percha, le miraron fijamente. Paine le dijo respetuosamente:

«Le estábamos buscando, señor. El coronel Calloway desea hablar con usted».

«Me he perdido», dijo Martins.

«Sí, señor. Eso pensamos que habría pasado».

 

(Continuara…)

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