El tercer hombre [I]

Graham Greene

 

 

Introducción

El tercer hombre no fue escrito para ser leído, sino para ser visto. El relato, como muchos asuntos amorosos, comenzó durante una cena y continuó con dolores de cabeza en varios lugares: Viena, Venecia, Ravello, Londres, Santa Mónica.

Supongo que muchos novelistas llevan en la cabeza o en sus cuadernos de notas la idea inicial de una historia que nunca llegan a escribir. A veces, uno puede volver sobre ella al cabo de muchos años y pensar con tristeza qué buena hubiera podido ser en un tiempo ahora muerto definitivamente. Hace mucho tiempo escribí en la solapa de un sobre un párrafo inicial: «Había dado mi último adiós a Harry hacía una semana cuando depositaban su ataúd en la helada tierra de febrero, de manera que no me lo creí cuando le vi pasar por el Strand, sin un gesto de reconocimiento, entre una muchedumbre de desconocidos». Al igual que mi protagonista, tampoco yo tenía ni idea de cuál podía ser la explicación, así que cuando Alexander Korda, durante una cena, me pidió que escribiera un guión para Carol Reed —a continuación de nuestro ídolo caído— lo único que pude ofrecerle fue ese párrafo, aunque lo que Korda quería era una película sobre la ocupación de Viena por parte de las cuatro potencias. En 1948, Viena aún estaba dividida en zonas bajo control norteamericano, ruso, francés y británico, aunque cada potencia administraba la ciudad interior siguiendo un turno mensual, y grupos formados por cuatro soldados, uno de cada país, patrullaban día y noche.

Lo que Korda quería era plasmar esa compleja situación, pero se mostró de acuerdo en que siguiera las huellas de Harry.

Para mí es imposible escribir el guión de una película sin antes escribir un relato. Una película no depende sólo de una trama argumental, sino también de unos personajes, un talante y un clima, que me parecen imposibles de captar por primera vez en el insípido esbozo de un guión convencional.

Se puede reproducir el efecto que se capta a través de otro medio, la novela, pero no se puede realizar el primer acto de creación en la forma de un guión. Se debe tener la seguridad de contar con más material del necesario para su aprovechamiento (aunque la novela larga normalmente tiene demasiado). Si bien nunca tuve la intención de publicar El tercer hombre, lo necesitaba tener claro como relato antes de comenzar a trabajar en las interminables transformaciones que van de un guión a otro.

En cuanto al guión previo y a la trama argumental, Carol Reed y yo trabajamos muy unidos desde que volvimos a Viena, recorriendo kilómetros de alfombra cada día y representando las escenas el uno para el otro. (Es un hecho curioso el que no puedas escribir un guión sentado en tu escritorio, sino que tengas que moverte con tus personajes). Nunca hubo una tercera persona en nuestras reuniones, ni siquiera el propio Korda; es mucho más aprovechable el toma y daca de una conversación entre dos. Para un novelista su novela es lo mejor que puede hacer con un tema concreto; no puede sino tomar a mal los muchos cambios necesarios para convertirla en cine; pero El tercer hombre nunca pretendió ser más que la materia prima para una película. El lector notará muchas diferencias entre el relato y la película, y no debe pensar que esos cambios le fueron impuestos a un escritor mal dispuesto: en muchos casos fueron sugeridos por él mismo. En realidad la película es mejor que el relato porque en este caso es el relato en su forma más acabada.

Algunos de los cambios se deben a razones obviamente superficiales. La elección de una estrella norteamericana y no inglesa supuso un cierto número de alteraciones: la más importante de ellas, que Harry también tenía que ser norteamericano. Muy razonablemente, Joseph Cotten puso reparos al nombre de Rollo, que para un oído norteamericano tiene, al parecer, implicaciones homosexuales. Sin embargo, yo quería que el nombre fuera absurdo y se me ocurrió el nombre de Holly cuando recordé a aquel divertido poeta norteamericano, Thomas Holley Chivers. (Un crítico demasiado ingenioso atribuyó tanto Holly como Lime a la influencia de La rama dorada, pero escogí Lime no por el árbol, sino por la cal que se utilizaba en las prisiones para destruir los cadáveres de los ahorcados). Otro detalle menor: como deferencia hacia la opinión norteamericana sustituimos a Cooler por un rumano, porque con Orson Welles ya teníamos a un malvado de aquella nacionalidad. Lamento lo de Cooler; sus diálogos eran mejores que los del rumano.

Una de las escasas disputas importantes que tuvimos Carol Reed y yo fue acerca del final, y él tenía toda la razón. Mi opinión era que una película de corte ameno como ésta no podía soportar el peso de un final desgraciado. Reed pensaba que mi final —que era indeterminado, sin que se hablara una palabra— podía resultarle al público, que acababa de ver la muerte y el entierro de Harry, desagradablemente cínico. Me convenció sólo a medias; temía que poca gente iba a aguantar en sus butacas el largo paseo de la muchacha desde la tumba y que el resto de los espectadores abandonaría el cine pensando que ese final era tan convencional como el mío. Yo no sabía hasta dónde era capaz de llegar la maestría de Reed, y por entonces, por supuesto, ninguno de nosotros preveía el descubrimiento que hizo de Antón Karas, el tañedor de cítara. Todo lo que yo había puesto en el guión era algún tipo de melodía relacionada con Lime.

El episodio del secuestro de Anna por parte de los rusos (un incidente completamente verosímil en la Viena de esos tiempos) se eliminó bastante tarde. No encajaba bien en el guión y amenazaba con convertir la película en un filme de propaganda. No teníamos el menor deseo de conmover las emociones políticas del público; lo que queríamos es que pasara un buen rato, se asustara un poco y hasta se riera.

La realidad iba a ser sólo el telón de fondo de un cuento de hadas, aunque la historia del estraperlo de penicilina se basaba en una sórdida verdad, tanto más sórdida cuanto que la mayor parte de los estraperlistas eran inocentes, al contrario de Lime. Un cirujano que yo conocía, según supe mucho tiempo después, llevó a dos amigos a ver El tercer hombre. Le sorprendió que se quedaran tristes y cariacontecidos por una película con la que él había disfrutado. Le contaron que al final de la guerra, cuando estaban con la Royal Air Forcé en Viena, habían vendido penicilina. Nunca se habían imaginado las consecuencias de su ratería hasta que vieron la película.

Cuando Carol Reed volvió conmigo a Viena para ver las escenas que yo describía me quedé desconcertado al encontrarme con que la ciudad había cambiado por completo entre el invierno y la primavera. Los restaurantes del mercado negro, donde en febrero tenías suerte si conseguías que te sirvieran unos cuantos huesos que decían de buey, servían ahora comidas auténticas, aunque frugales. Habían limpiado las ruinas de enfrente del Café Mozart, que yo había bautizado «La Vieja Viena». Una y otra vez tuve que decirle a Carol Reed: «Te aseguro que Viena era así, hace tres meses».

En aquel febrero mi relato no acababa de salirme: el falso funeral de Harry era el único retazo de la trama que tenía entre manos. Todo lo que se me ocurría en aquellos días, que pasaban con demasiada rapidez, eran fragmentos de un trasfondo fotogénico; el zarrapastroso cabaret Oriental, el bar de oficiales en el Sacher’s (Korda se las había arreglado para conseguirme una habitación en un hotel reservado para militares), los pequeños camerinos que formaban una especie de aldea interior en el viejo Teatro Josefstadt (Anna iba a trabajar allí posteriormente), el enorme cementerio donde se necesitaban taladradoras eléctricas para abrir el suelo en aquel febrero. No quería quedarme más de dos semanas en Viena antes de reunirme con un amigo en Italia donde quería escribir el relato, ¿pero qué relato? Me quedaban sólo tres días y ni tenía relato ni tenía al personaje que lo iba a contar, el coronel Calloway, que ahora siempre imagino con los rasgos de Trevor Howard.

El penúltimo día tuve la suerte de almorzar con un joven oficial del Servicio de Inteligencia Británico: mis relaciones durante la guerra con el SIS solían proporcionarme útiles dividendos en aquella época. El me contó cómo cuando se hizo cargo de Viena, exigió de las autoridades austríacas una lista de la policía vienesa. Una sección de la lista tenía la cabecera «Policía Subterránea».

«Desháganse de esa gente», ordenó, «las cosas han cambiado», pero un mes más tarde descubrió que la «policía subterránea» continuaba en la lista. Repitió irritado su orden y entonces le explicaron que la «policía subterránea» no era policía secreta, sino una policía que literalmente trabajaba bajo tierra, en el enorme sistema de alcantarillado. En las alcantarillas no había zonas aliadas, las entradas se encontraban diseminadas por toda la ciudad bajo la forma de quioscos de anuncios y, por alguna inexplicable razón, los rusos no permitieron que las cerraran con llave. Los agentes podían pasar sin control de una zona a la otra. Después de almorzar nos pusimos botas pesadas e impermeables y nos fuimos a dar un paseo por debajo de la ciudad. La alcantarilla principal era como un río en la pleamar y despedía un olor igual de dulzón. Durante el almuerzo, el oficial me contó lo del estraperlo de la penicilina y mientras caminaba por las alcantarillas el relato fue tomando forma. Las investigaciones que había hecho sobre el funcionamiento de la ocupación por parte de las cuatro potencias, mi visita a un viejo sirviente de mi madre en la zona rusa, las largas tardes de copas solitarias en el Oriental, nada había sido en vano. Ya tenía mi película.

La última noche invité a cenar a mi amiga Elisabeth Bowen, que había venido a Viena a dar una conferencia en el Instituto Británico. Después la llevé al Oriental. Me parece que nunca había visto un cabaret tan miserable. Le dije:

«Quería enseñarte la Policía Internacional en acción. Harán una redada aquí a medianoche».

«¿Cómo lo sabes?».

«Tengo mis contactos».

Exactamente cuando daban las doce, como yo había pedido a mi amigo que hiciera, un sargento británico bajó con gran estruendo las escaleras, seguido por un policía militar ruso, otro francés y otro norteamericano. El lugar estaba en la penumbra, pero sin vacilación (yo la había descrito a ella con gran esmero) atravesó el sótano y le pidió a Elisabeth su pasaporte. Ella me miró con un nuevo respeto: el British Council nunca le había proporcionado una noche tan dramática. Al día siguiente, yo me dirigía a Italia, vía Praga, y a una revolución comunista. Todo había terminado salvo escribir.

 

 

1

Nunca se sabe cuándo va a caer el golpe. Cuando vi por primera vez a Rollo Martins escribí esta nota para mis archivos policiales de seguridad: «En circunstancias normales un tonto jovial. Bebe demasiado y puede provocar conflictos. Cuando pasa una mujer a su lado levanta la vista y hace algún comentario, pero tengo la impresión de que el asunto no le interesa. No ha crecido nunca y tal vez sea esa la razón por la que adora a Lime». Escribí esa frase, «en circunstancias normales», porque le vi por primera vez en el funeral de Harry Lime. Era febrero, y los enterradores se vieron obligados a utilizar taladradoras eléctricas para abrir la tierra helada del Cementerio Central de Viena. Fue así como hasta la naturaleza hizo todo lo posible para rechazar a Lime, pero por fin se le pudo bajar y echamos tierra sobre él como si fueran ladrillos. Se cerró la tumba y Rollo Martins se fue con tal rapidez que parecía que sus piernas largas y delgaduchas quisieran echar a correr, mientras lágrimas de chiquillo corrían por su rostro de treinta y cinco años. Rollo Martins creía en la amistad y por eso lo que ocurrió después supuso para él un choque mayor de lo que habría sido para ustedes o para mí (para ustedes, porque lo hubieran achacado a una ilusión, y para mí, porque se me hubiera ocurrido en seguida una explicación racional, por equivocada que fuera). Si me lo hubiera contado entonces, cuántos problemas no se habrían evitado.

Si quieren comprender esta historia extraña y un tanto triste deben saber al menos algo de su trasfondo: la destrozada y lóbrega ciudad de Viena, dividida en zonas por las cuatro potencias: las zonas rusa, británica, norteamericana y francesa, marcadas únicamente por carteles de aviso, y en el centro de la ciudad, rodeada por el Ring con sus sólidos edificios públicos y su estatuaria ecuestre, la Innere Stadt bajo el control conjunto de las Cuatro Potencias. Cuando le llegaba el turno, cada Potencia «asumía el mando», por decirlo así, durante un mes en la antaño elegante Ciudad Interior y se hacía cargo de su seguridad; durante la noche, si eras lo bastante tonto como para malgastar tus chelines austriacos en un cabaret, era casi seguro que podrías ver al Poder Internacional en acción: cuatro policías militares, uno por cada Potencia, que se comunicaban entre sí, si es que se comunicaban, en el idioma común de su enemigo. No conocí la Viena de entreguerras y soy demasiado joven como para recordar la vieja Viena con su música de Strauss y su encanto fácil y falso; para mí era sencillamente una ciudad cubierta de ruinas sin dignidad, que en aquel febrero se convirtieron en grandes glaciares de nieve y hielo. El Danubio era un río grisáceo, liso y fangoso, que se veía a lo lejos, al otro lado del Segundo Bezirk, la zona rusa donde estaba el Prater destruido, desolado y cubierto de malas hierbas, con la gran noria dando vueltas lentamente sobre los cimientos de los tiovivos, que eran como piedras de molino abandonadas, el hierro oxidado de los tanques destrozados que nadie había apartado y los hierbajos mordidos por la helada, sólo cubiertos por una fina capa de nieve. No tengo suficiente imaginación para visualizar cómo fue antes, como tampoco puedo ver al Hotel Sacher’s como algo diferente de un hotel de tránsito para oficiales ingleses, o la Kärntnerstrasse como una calle comercial de moda en vez de lo que era entonces, una calle en cuyas casas sólo se había reparado el primer piso. Un soldado ruso pasa con un gorro de piel y un fusil al hombro, unas cuantas busconas merodean en torno a la Oficina Norteamericana de Información y unos hombres con abrigo sorben un sucedáneo de café en los ventanales del «La Vieja Viena». Por la noche lo mejor es no moverse de la Ciudad Interior o de las zonas de Tres de las Potencias, aunque allí también se producen secuestros —esos secuestros que, a veces, nos resultaban tan inexplicables— de una muchacha ucraniana sin pasaporte, de un anciano más allá de la edad útil y, a veces, por supuesto, el de un técnico o de un traidor. Esa era a grandes rasgos la Viena a la cual llegó Rollo Martins el 7 de febrero del pasado año. He construido el caso lo mejor que he podido a partir de mis propios archivos y de lo que me contó Martins. Es lo más exacto posible —he procurado no inventarme ni una línea del diálogo, aunque no puedo garantizar la memoria de Martins—; dejando aparte la muchacha, es una historia fea, siniestra, triste y monótona, de no ser por el absurdo episodio del conferenciante del British Council.

 

2

Un súbdito británico puede viajar si se conforma con llevar tan sólo cinco libras que no puede gastar en el extranjero, pero si Rollo Martins no hubiera recibido una invitación de Lime desde la Oficina Internacional de Refugiados, no le hubieran permitido entrar en Austria, que todavía se considera territorio ocupado. Lime había sugerido que Martins podía escribir sobre el trabajo de ayuda a los refugiados internacionales, y aunque Martins no se ocupaba de esas cosas había aceptado. Eso le permitiría tomarse unas vacaciones, que necesitaba con urgencia después del incidente de Dublín y aquel otro de Ámsterdam; siempre trataba de reducir las mujeres a «incidentes», cosas que le ocurrían porque sí, sin que él pudiera hacer nada, como eran los actos de fuerza mayor para los agentes de compañías de seguros. Tenía un aspecto ojeroso cuando llegó a Viena y una costumbre de mirar por encima de su hombro que durante un tiempo me llevó a considerarlo persona sospechosa, hasta que me di cuenta que era por miedo de que una entre, digamos, seis personas pudiera aparecer inesperadamente. Me dijo vagamente que había mezclado bebidas: era otra manera de plantearlo.

A lo que se dedicaba normalmente Rollo Martins era a escribir novelas baratas del Oeste con el seudónimo de Buck Dexter. Tenía un público amplio, pero poco rentable. No se hubiera podido permitir un viaje a Viena si Lime no se hubiera ofrecido a pagar sus gastos, al llegar, con dinero de un fondo que describió vagamente como de propaganda. Me dijo que Lime también le iba a dar vales: la única moneda en uso, de peniques para arriba, en los hoteles y clubes británicos. Así fue como llegó Martins a Viena con cinco libras inútiles.

En Francfurt, donde el avión de Londres se detuvo durante una hora, le había ocurrido un extraño incidente. Tomaba una hamburguesa en una cantina norteamericana (una simpática línea aérea daba a sus pasajeros un cupón valedero por sesenta y cinco centavos de comida) cuando un hombre, al que pudo reconocer a cinco metros de distancia como periodista, se acercó a su mesa.

«¿Es usted el señor Dexter?».

«Sí», dijo Martins sorprendido.

«Parece usted más joven que en las fotografías», dijo el hombre. «¿Quiere usted hacer unas declaraciones? Soy del periódico de las fuerzas locales. Nos gustaría saber qué piensa de Francfurt».

«He aterrizado hace sólo diez minutos».

«Bien», dijo el hombre. «¿Qué opina usted sobre la novela norteamericana?».

«No la leo», dijo Martins.

«El famoso humor ácido», dijo el periodista. Señaló con el dedo a un hombrecillo de pelo canoso y dientes salidos, que mordisqueaba un pedazo de pan. «¿Sabe si es Carey?».

«No. ¿Qué Carey?».

«J. G. Carey, por supuesto».

«Nunca he oído hablar de él».

«Ustedes los novelistas viven en otro mundo». Es a él a quien venía a entrevistar —y Martins le vio cruzar la sala en dirección al gran Carey, que le recibió con una falsaria sonrisa de primera página, dejando su corteza de pan. No era a Dexter a quien buscaba, pero Martins sintió cierto orgullo—, nadie le había llamado novelista hasta entonces, y fue ese sentido del orgullo y de importancia lo que le permitió soportar la decepción de que Lime no le estuviera esperando en el aeropuerto. Nunca nos acostumbramos a ser menos importantes para los demás de lo que ellos lo son para nosotros: Martins experimentó, como una punzada, la sensación de que se podía prescindir de él mientras esperaba en la puerta de autobuses, mirando cómo la nieve caía lentamente, tan fina y suave que los grandes montones entre los edificios en ruinas tenían una apariencia de permanencia como si no fueran el producto de aquella escasa nevada, sino que fueran a quedar para siempre sobre el nivel de las nieves perpetuas.

Tampoco le esperaba ningún Lime en el Hotel Astoria, la terminal donde le dejó el autobús, ni un mensaje: sólo un críptico recado para el señor Dexter de alguien, de quien no había oído hablar nunca, llamado Crabbin. «Le esperábamos en el avión de mañana. Por favor, quédese donde está. Voy para allá. Habitación de hotel reservada». Pero a Rollo Martins no le gustaba quedarse esperando. Si te quedabas en el vestíbulo de un hotel, tarde o temprano sobrevenían incidentes; terminas mezclando las bebidas. Me parece oír a Rollo Martins diciéndome, «Se acabaron los incidentes. Ni uno más», antes de meterse de cabeza en el incidente más serio de todos. En Rollo Martins siempre hubo un conflicto: entre su absurdo nombre de pila y su sólido apellido holandés (que databa de cuatro generaciones). Rollo miraba a cada mujer que pasaba y Martins renunciaba a ella para siempre. No sé cuál de los dos escribía las novelas del Oeste.

Martins tenía las señas de Lime, no sentía ninguna curiosidad acerca de aquel hombre llamado Crabbin; estaba claro que se trataba de mi error, aunque todavía no lo relacionaba con la conversación en Francfurt. Lime le había escrito que Martins podía disponer de su piso, un apartamento grande en los arrabales de Viena requisado a su propietario nazi. Lime pagaría el taxi cuando él llegara, así que Martins se fue directamente al edificio, que estaba en la tercera zona (la Británica). Dejó al taxi esperando mientras subía a la tercera planta.

Qué pronto se da uno cuenta del silencio, hasta en una ciudad tan silenciosa como Viena, mientras la nieve cae sin descanso. Todavía no había llegado al segundo piso, cuando Martins ya estaba convencido de que no iba a encontrar a Lime, porque el silencio era más profundo que el de una simple ausencia: era como si no fuera a encontrar a Lime en ningún sitio en Viena, y cuando vio el lazo fúnebre sobre el picaporte de la puerta, supo que no lo encontraría en ningún lugar del mundo. Por supuesto podía haber sido una cocinera la fallecida, un ama de llaves o cualquiera que no fuera Harry Lime, pero supo-sintió que lo había sabido veinte peldaños más abajo: que Lime, el Lime al que veneraba como un héroe desde hacía veinte años, desde aquel primer encuentro en un lóbrego pasillo de escuela, mientras una campanilla rajada llamaba a oración, había muerto. Martins no estaba equivocado, no enteramente. Después de llamar al timbre media docena de veces, un hombrecillo de expresión malhumorada asomó por la puerta de otro apartamento y le dijo en tono irritado:

«No se moleste. No hay nadie. Se ha muerto».

«¿Herr Lime?».

«Herr Lime, desde luego».

Más tarde, Martins me contó:

«Al principio no significó nada. Fue una pequeña información, como esos párrafos que llaman en The Times, “noticias breves”. Le pregunté: “¿Cuándo ocurrió? ¿Y cómo?”. “Le atropello un coche”, dijo el hombre. “El jueves pasado”. Y añadió con aire sombrío, como si aquello no fuera con él: “Lo van a enterrar esta tarde. Se acaban de ir”. “¿Quiénes?”. “Oh, un par de amigos y el ataúd”. “¿No estaba en el hospital?”. “No tenía sentido llevarle al hospital. Se murió aquí enfrente, instantáneamente. El guardabarros derecho le pegó en el hombro y le arrolló como a un conejo”».

Fue entonces, me contó Martins, al emplear el hombre la palabra «conejo» cuando se le hizo presente el difunto Harry Lime, convirtiéndose en el muchacho que, mostrándole una escopeta, le había enseñado lo que era «pedir prestado»; un muchacho que corría entre las largas y arenosas madrigueras del Brickworth Common gritándole: «¡Dispara, tonto, dispara! Allí». Mientras el conejo cojeaba buscando resguardo, herido por el disparo de Martins.

«¿Dónde le van a enterrar?», preguntó al desconocido en el rellano.

«En el Cementerio Central. Les va a costar mucho, con esta helada».

No tenía la menor idea de cómo iba a pagar el taxi o de dónde podría encontrar en Viena una habitación por cinco libras inglesas, pero tenía que dejar a un lado ese problema hasta que fuera a dar el último adiós a Harry Lime. Salió directamente desde la ciudad hasta el suburbio (de la zona británica) donde estaba el Cementerio Central. Para llegar allí había que pasar por la zona rusa y atajar luego por la norteamericana, inconfundible por sus heladerías en todas las esquinas. Los tranvías corrían a lo largo de las altas tapias del Cementerio Central, y al otro lado de las vías, a lo largo de una milla, se veían canteros trabajando sus piedras y jardineros con sus flores: una cadena aparentemente infinita de lápidas que esperaban propietario y coronas a la espera de los acompañantes de un funeral.

Martins no había tenido en cuenta el tamaño de ese enorme parque cubierto de nieve donde iba a tener su última cita con Lime. Era como si Harry le hubiera dejado un mensaje diciéndole: «Espérame en Hyde Park», sin especificar ningún lugar concreto entre la estatua de Aquiles y Lancaster Gate; las avenidas de tumbas, cada una con su número y letra correspondientes, se extendían como los radios de una enorme rueda; recorrieron media milla hacia el oeste, giraron y se dirigieron durante media milla hacia el norte, giraron hacia el sur…

La nieve daba un aire de comedia grotesca a los grandes y pomposos panteones familiares; sobre una cara angélica se ladeaba un bisoñé de nieve, un santo tenía un espeso mostacho blanco y sobre el busto de un funcionario civil de alta categoría llamado Wolfgang Gottmann había un charco de nieve en un ángulo ebrio. Hasta el cementerio estaba dividido según las zonas de las Potencias; la zona rusa se distinguía por sus enormes estatuas de mal gusto de hombres armados; la francesa, por sus filas de anónimas cruces de madera y una desgarrada y cansada bandera tricolor. Luego, Martins, recordó que Lime era católico y, por tanto, no era muy probable que le enterrasen en la zona británica que habían estado buscando en vano. Así que volvieron en el coche por el corazón del bosque donde las tumbas yacían como lobos entre los árboles, blancos ojos parpadeantes bajo los sombríos árboles siempre verdes. Una vez emergió de debajo de los árboles un grupo de tres hombres, con extraños uniformes dieciochescos en negro y plata y tocados con tricornios, que empujaban una especie de carreta: cruzaron un claro en el bosque de tumbas y desaparecieron de nuevo.

Por pura casualidad pudieron encontrar a tiempo el entierro: un pedazo de tierra en el enorme parque, limpio de nieve, donde se había juntado un grupo diminuto, al parecer entregado a un asunto muy privado. Acababa de hablar un sacerdote —sus palabras llegaban tenuemente a través de la fina y paciente nieve—, e iban a bajar un ataúd al interior de la tumba. Dos hombres vestidos con trajes corrientes estaban de pie al lado de la fosa; uno llevaba una corona que sin duda había olvidado posar sobre el ataúd, porque su compañero le tocó con el codo, ante lo cual él dio un respingo y dejó caer las flores. Había una muchacha, un poco alejada, que se tapaba el rostro con las manos, y yo, que estaba a veinte yardas de distancia, junto a otra tumba, mirando con alivio el final de Harry Lime y fijándome cuidadosamente en quienes estaban allí: para Martins yo era tan sólo un hombre con un impermeable. Se me acercó y me preguntó:

«¿Podría decirme a quién están enterrando?».

«A un tipo llamado Lime», dije, y me quedé atónito al ver cómo se llenaban de lágrimas los ojos del desconocido: ni él parecía un hombre capaz de llorar, ni yo creía que Lime fuera de la clase de hombre por el que nadie pudiera sentir pena: pena auténtica con lágrimas auténticas. Por supuesto, allí estaba la muchacha, pero estas generalizaciones no incluyen a las mujeres.

Martins permaneció allí, hasta el final, cerca de mí. Más tarde me dijo que, como viejo amigo, no quería mezclarse con los nuevos: la muerte de Lime les pertenecía a éstos, que se quedaran con ella. Tenía la ilusión sentimental de que la vida de Lime —al menos veinte años de su vida— le pertenecían a él. Tan pronto como se acabó aquello —no soy un nombre religioso y me impacienta un poco todo el ritual de la muerte—, Martins se alejó hacia el taxi dando zancadas con esas largas piernas suyas que siempre parecía que se iban a enredar. No intentó hablar con nadie y ahora lloraba de verdad, al menos esas pocas y mezquinas gotas que podemos exprimir a nuestra edad.

Los archivos, saben, nunca se completan del todo; un caso no se cierra nunca, ni siquiera después de un siglo, cuando ya se han muerto todos los participantes. Así que seguí a Martins: conocía a los otros tres; quería conocer al extraño. Le alcancé junto a su taxi y le dije:

«No tengo medio de transporte. ¿Podría llevarme hasta la ciudad?».

«Por supuesto», dijo.

Sabía que el conductor de mi jeep me vería al salir y podría seguirnos discretamente. Cuando arrancamos me di cuenta de que Martins no miraba atrás: son casi siempre los falsos apenados y los falsos amantes los que echan la última mirada, los que esperan saludando en los andenes, en vez de largarse rápidamente, sin mirar atrás. ¿Será porque se quieren tanto a sí mismos y quieren que les miren los demás, hasta los que están muertos?

«Mi nombre es Calloway», le dije.

«Martins», dijo él.

«¿Era usted amigo de Lime?».

«Sí».

La mayor parte de la gente en la última semana habría vacilado antes de afirmar una cosa así.

«¿Lleva mucho tiempo aquí?».

«He llegado esta misma tarde de Inglaterra. Harry me había invitado a que me quedara con él. No sabía nada».

«¿Le ha impresionado un poco, no?».

«Mire», dijo, «necesito unas copas, pero no tengo más que cinco libras esterlinas. Le agradecería mucho que me invitara».

Me tocaba decir «por supuesto». Pensé un momento y luego le di al conductor el nombre de un barcito de la Kärntnerstrasse. No creía que quisiera que le vieran todavía en el animado bar británico, lleno de oficiales en tránsito y de sus mujeres. En aquel bar —quizá por lo exorbitante de sus precios— no había en aquel momento más que una pareja muy amartelada. El problema era que sólo tenían una bebida —un licor dulce de chocolate que el camarero mejoraba, mediante una propina, con coñac—, pero tuve la impresión de que Martins no iba a rechazar nada bebible, con tal de que corriera un velo sobre el presente y el pasado. En la puerta había el acostumbrado cartel que decía que el bar se abría de seis a diez, pero no tenías más que empujar la puerta y pasabas al salón principal. Dispusimos de una salita para nosotros solos; la única pareja estaba en el salón de al lado y el camarero, que me conocía, nos dejó solos con unos bocadillos de caviar. Afortunadamente, los dos sabíamos que yo disponía de una cuenta de gastos.

Martins dijo tomando su segunda copa, rápida:

«Lo siento, pero era el mejor amigo que tenía».

No pude resistir decirle, sabiendo lo que yo sabía y porque tenía ganas de pincharle, pues se aprende mucho así:

«Suena a novela barata».

Dijo rápidamente:

«Escribo novelas baratas».

Ya sabía algo. Hasta que no hubo tomado su tercera copa, tuve la impresión de que no era un hombre al que se le soltara fácilmente la lengua, pero estaba bastante seguro de que era uno de esos que se ponían desagradables a partir de la cuarta.

«Hábleme de usted y de Lime», le dije.

«Mire», dijo él, «necesito como sea otra copa, pero no quiero gorronearle a un desconocido. ¿Me puede cambiar una o dos libras por dinero austriaco?».

«No se preocupe por eso», dije, y llamé al camarero. «Ya me invitará usted a mí cuando vaya a Londres de permiso. ¿No me iba a contar cómo conoció a Lime?».

La copa de licor de chocolate podía haber sido de cristal de roca, a juzgar por cómo la miró y la hizo girar en una y otra dirección.

«Fue hace mucho tiempo. Supongo que nadie conocía a Harry como yo le conocí», dijo, y yo pensé en el abultado fichero lleno de informes de agentes que había en mi oficina, todos diciendo lo mismo. Confío en mis agentes; los selecciono con mucho cuidado.

«¿Hace mucho tiempo?».

«Hace veinte años, o un poco más. Le conocí durante mi primer año de colegio. Me parece estar viendo aquel lugar. Me parece estar viendo el tablón de anuncios y lo que había allí puesto. Me parece oír sonar la campanilla. Él era un año mayor que yo y tenía experiencia. Me enseñó muchas cosas». Tomó un rápido sorbo de su copa y luego volvió a hacer girar de nuevo el cristal, como si quisiera verlo con más claridad. Dijo: «Es curioso. No puedo recordar el primer encuentro con ninguna mujer con tanta claridad».

«¿Era listo en el colegio?».

«No en el sentido que ellos querían. ¡Pero las cosas que inventaba! Era capaz de las ideas más fantásticas. Yo era mucho mejor que Harry en asignaturas como Historia o Inglés, pero era un primo cuando se trataba de poner en práctica sus ideas».

Se rió: ya estaba empezando, con ayuda de las copas y de la charla, a librarse de la impresión que le había provocado la muerte. Dijo:

«Era a mí a quien cogían siempre».

«Eso le vendría bien a Lime».

«¿Qué diablos quiere usted decir?», preguntó. Le estaba empezando la irritación alcohólica.

«¿No es cierto?».

«Era culpa mía, no suya. Podía haber encontrado a otro mucho más listo que yo si hubiera querido, pero me tomó cariño».

Desde luego, pensé, el niño es el padre del hombre, porque a mí también me había parecido Lime paciente.

«¿Cuándo le vio por última vez?».

«Fue a Londres hace seis meses, a un congreso de medicina. ¿Sabe?, tenía el título de médico, aunque nunca ejerció. Eso era típico en Harry. Le gustaba ver si podía hacer una cosa y luego perdía interés. Pero solía decir que resultaba útil».

Y eso también era cierto. Era curioso cómo se parecía el Lime que él conoció al que conocí yo; sólo que él miraba la imagen de Lime desde un ángulo o a una luz diferentes. Dijo:

«Una de las cosas que me gustaba de Harry era su humor».

Sonrió con una sonrisa forzada que le quitó cinco años de encima.

«Soy un bufón. Me gusta jugar a hacer el tonto, pero Harry tenía verdadero ingenio. ¿Sabe?, podía haber sido un compositor de música ligera de primera categoría si se hubiera empeñado».

Silbó una melodía; me resultó extrañamente conocida.

«Nunca la olvidaré. Vi a Harry escribirla. En un par de minutos, en el dorso de un sobre. La silbaba siempre cuando estaba pensando en alguna cosa. Era la melodía que uno relacionaba con él».

La silbó por segunda vez y entonces supe quién la había escrito: por supuesto, no había sido Harry. Estuve a punto de decírselo, pero ¿para qué? La melodía comenzó a desvanecerse y se esfumó. Se quedó mirando su copa, vació lo que quedaba de ella y dijo:

«¡Maldita sea! Pensar que ha muerto de la forma que ha muerto».

«Ha sido lo mejor que podía haberle ocurrido», dije.

No se enteró muy bien de lo que quería decir; estaba un poco achispado.

«¿Lo mejor?».

«Sí».

«¿Quiere decir que no tuvo ningún dolor?».

«En eso también tuvo suerte».

Fue el tono de voz y no mis palabras lo que llamó la atención a Martins. Me preguntó cortés y peligrosamente —me di cuenta de cómo se tensaba su mano derecha—:

«¿Qué insinúa usted?».

No hay por qué demostrar valor físico en todas las situaciones: aparté mi asiento lo suficiente como para ponerme fuera del alcance de sus puños.

«Lo que quiero decir», le dije, «es que tengo toda su ficha en el cuartel general de la Policía. Hubiera tenido que pasar mucho tiempo —pero que mucho tiempo— en la cárcel, si no hubiera sido por el accidente».

«¿Por qué?».

«Era uno de los peores estafadores que se haya ganado jamás su puerca vida en esta ciudad».

Le vi midiendo la distancia entre nosotros y diciéndose que no podía alcanzarme en donde yo estaba sentado. Rollo quería golpear, pero Martins era sensato y cauto. Comencé a darme cuenta de que Martins era peligroso. Me pregunté si después de todo no habría cometido un completo error. No me parecía que Martins fuera realmente el primo que había descrito Rollo.

«¿Es usted policía?», preguntó.

«Sí».

«Siempre he detestado a los policías. Son siempre sinvergüenzas o estúpidos».

«¿Es esa la clase de libros que escribe?».

Le vi que movía poco a poco su asiento para poder impedirme la salida. Miré al camarero y se dio cuenta de lo que quería decirle: tiene sus ventajas usar siempre el mismo bar para las entrevistas.

Martins exhibió una sonrisa superficial y dijo cortésmente:

«Tengo que llamarles sheriffs».

«¿Conoce Norteamérica?».

Era una conversación idiota.

«No. ¿Me está usted interrogando?».

«Simple interés».

«Porque si Harry era el estafador que dice, yo también debo serlo. Trabajamos siempre juntos».

«Me atrevería a decir que tenía algo para usted, en la organización. No me sorprendería nada que se hubiera propuesto colgarle el muerto. Era su método en el colegio, según me ha contado usted, ¿no es así? Lo que pasó es que el director comenzó a enterarse de algunas cosas».

«Estoy empezando a calarle. Supongo que habrá habido alguna ratería con la gasolina o algo por el estilo, y como no ha podido cargárselo a nadie intenta colgárselo al muerto. Como todos los policías. Supongo que es usted un policía de verdad, ¿no?».

«Sí, de Scotland Yard, pero me meten en un uniforme de coronel cuando estoy de servicio».

Ahora estaba entre la puerta y yo. No podía apartarme de la mesa sin exponerme. No soy un luchador y de todos modos me llevaba seis pulgadas de ventaja. Le dije:

«No era gasolina».

«Neumáticos, sacarina… ¿Por qué ustedes, los policías, no atrapan a unos cuantos asesinos para variar?».

«Bueno, se podría decir que el asesinato formaba parte del negocio».

Con una mano tiró la mesa y con la otra intentó pegarme; el alcohol le hizo calcular mal. Antes de que pudiera intentar repetirlo mi chófer le sujetó.

«No le maltrates. No es más que un escritor que ha bebido demasiado».

«Tranquilícese usted, señor, ¿quiere?» dijo mi chófer.

Tenía un exagerado sentido de la jerarquía. Probablemente hubiera llamado «señor» a Lime.

«Escuche, Callaghan, o como mierda se llame usted…».

«Calloway. Soy inglés, no irlandés».

«Voy a conseguir que haga usted el ridículo más espantoso de Viena. No va a poder colgar todos los crímenes sin resolver a un hombre que está muerto’».

«Ya veo. ¿Me va a encontrar usted al verdadero criminal? Parece una de sus novelas».

«Puede soltarme, Callaghan. Prefiero dejarle en ridículo que hincharle un ojo. Si le hincho un ojo sólo tendrá que pasar unos días en la cama. Pero cuando haya acabado con usted, tendrá que irse de Viena».

Saqué un par de libras en vales y los metí en el bolsillo superior de su chaqueta.

«Serán suficientes para esta noche», le dije, «y me aseguraré de que tenga reservada una plaza en el avión de mañana para Londres».

«No puede echarme. Tengo mis documentos en orden».

«Sí, pero ésta es como cualquier otra ciudad: aquí se necesita dinero. Si cambia sus libras esterlinas en el mercado negro le encerraré a las veinticuatro horas. Suéltalo».

Rollo Martins se sacudió el polvo. Dijo:

«Gracias por las copas».

«No hay de qué».

«Me alegro de no tener que agradecérselo. Supongo que las apuntará en la cuenta de gastos, ¿no?. Le volveré a ver en una o dos semanas, cuando tenga lo que necesito».

Sabía que estaba irritado. Entonces no creía que hablara en serio. Pensé que estaba representando un papel para recobrar su propia estimación.

«Tal vez pueda ir a despedirle mañana».

«No pierda el tiempo. No estaré allí».

«Paine le acompañará y le indicará el camino hasta el Sacher’s. Allí tendrá una cama y cena. Me encargaré de ello».

Dio un paso a un lado como si fuera a dejar pasar al camarero y se abalanzó sobre mí. Pude esquivarle, pero resbalé contra la mesa. Antes de que pudiera repetirlo, Paine le pegó un puñetazo en la boca. Salió disparado entre las mesas y se levantó sangrando por un labio partido.

«Creí que me había prometido no pelear», le dije.

Se limpió un poco de sangre con la manga y dijo:

«No. Dije que prefería dejarle en ridículo. No que no fuera a hincharle un ojo también».

Había sido un día muy largo y estaba cansado de Rollo Martins. Le dije a Paine:

«Acompáñale hasta el Sacher’s. Y no vuelvas a pegarle si se porta bien». Y alejándome de los dos fui hacia el interior del bar (me merecía otra copa). Oí cómo Paine le decía al hombre que acababa de tumbar:

«Por aquí, señor. Está a la vuelta de la esquina».

 

3

Lo que ocurrió luego no me lo contó Paine, sino Martins, mucho tiempo después, cuando reconstruía la cadena de acontecimientos que, desde luego —aunque no de la manera que él esperaba—, me dejaron en ridículo. Paine le acompañó simplemente hasta el mostrador de la conserjería y allí explicó:

«Este caballero llegó en el avión de Londres. El coronel Calloway dice que le den una habitación». Después de esta aclaración, dijo: «Buenas tardes, señor», y se marchó.

Probablemente estaba un poco avergonzado por el labio ensangrentado de Martins.

«¿Tiene usted reserva, señor?», preguntó el conserje.

«No. No creo», dijo Martins con voz apagada, con un pañuelo sobre la boca.

«Pensé que sería usted el señor Dexter. Tenemos una habitación reservada para una semana a nombre del señor Dexter».

«Ah, sí, yo soy el señor Dexter», dijo Martins.

Más tarde me contó que se le ocurrió que Lime podía haber reservado una habitación para él con ese nombre, porque tal vez fuera a Buck Dexter y no a Rollo Martins a quien iba a emplear con fines propagandísticos. Una voz a su lado dijo:

«Lamento no haberle recibido en el aeropuerto, señor Dexter. Me llamo Crabbin».

El que hablaba era un hombre regordete, en el principio de la edad madura, con una tonsura natural y con unas gafas de concha con los cristales más gruesos que había visto nunca Martins. Prosiguió en tono de disculpa:

«Uno de nuestros nombres llamó a Francfurt, y por casualidad le dijeron que estaba usted en el avión. Nuestra casa central metió una vez más la pata y nos mandó un telegrama avisando que no venía usted. Decía algo referente a Suecia, pero el telegrama estaba incompleto. Después de hablar con Francfurt intenté ir al aeropuerto, pero acababa de irse usted. ¿Recibió mi nota?».

Martins, con el pañuelo sobre la boca, dijo con voz oscura:

«Sí. ¿Sí?».

«¿Me permite que le diga, señor Dexter, que me siento emocionado de conocerle?».

«Muchas gracias».

«Desde que era niño le he considerado el mejor novelista de nuestro siglo».

Martins se sobresaltó. Le dolía abrir la boca para contestar. Por eso lo único que hizo fue lanzar una mirada colérica al señor Crabbin, pero era imposible pensar que aquel joven fuera un bromista.

«Tiene usted muchos lectores en Austria, señor Dexter, tanto de su obra original como de sus traducciones. Especialmente de La Proa curvada, que es mi favorita».

Martins trató de aclararse.

«¿Dijo usted una habitación para una semana?».

«Sí».

«Muy amable por su parte».

«El señor Schmidt, aquí presente, le dará los vales diarios para comer. Pero supongo que necesitará usted un poco de dinero de bolsillo. Nos encargaremos de eso. Pensamos que mañana le gustaría pasar un día tranquilo, para darse una vuelta».

«Sí».

«Por supuesto, cualquiera de nosotros estará a su servicio si necesita un guía. Luego, pasado mañana, habrá un pequeño coloquio privado en el Instituto por la tarde, sobre la novela contemporánea. Pensamos que tal vez podría pronunciar usted unas cuantas palabras para comenzar la discusión y responder a unas cuantas preguntas».

Martins, en aquel momento, estaba dispuesto a decir que sí a cualquier cosa con tal de quitarse de encima al señor Crabbin y conseguir alojamiento y comida gratis durante una semana; y Rollo, como descubrí más tarde, siempre estaba dispuesto a aceptar lo que se le ofreciera: una copa, una chica, una broma, una nueva diversión.

«Desde luego, desde luego», dijo desde detrás de su pañuelo.

«Perdóneme, señor Dexter, ¿le duelen las muelas? Conozco a un buen dentista».

«No. Alguien me pegó, eso es todo».

«¡Dios mío! ¿Han intentado robarle?».

«No, fue un soldado. Yo estaba intentando hincharle un ojo a su coronel».

Se apartó el pañuelo para que Crabbin pudiera ver su boca partida. Me contó que Crabbin no fue capaz de articular ni una palabra. Martins no comprendía nada, porque nunca había leído la obra de su gran contemporáneo, Benjamín Dexter: ni siquiera sabía quién era. Soy un gran admirador de Dexter, así que podía entender el desconcierto de Crabbin. A Dexter se le considera un estilista de la categoría de Henry James, pero tiene una veta femenina más marcada que su maestro, hasta el punto de que sus enemigos han comparado su estilo sutil, complejo y fluctuante con el de una vieja solterona. Para ser un hombre que todavía no ha cumplido los cincuenta años, su apasionado interés por el bordado y su costumbre de aquietar su nada tumultuoso espíritu haciendo encaje de frivolité —rasgo muy apreciado por sus discípulos— puede parecer a otros un tanto afectado.

«¿Ha leído alguna vez un libro titulado El jinete solitario de Santa Fe?».

«No. No creo».

«Al mejor amigo de ese jinete», dijo Martins, «le mata a tiros el sheriff de un pueblo llamado Lost Claim Gulch. El relato describe cómo persigue a ese sheriff —siempre dentro de la legalidad— hasta que lleva a cabo su venganza».

«Nunca hubiera podido imaginarme que leyera usted novelas de vaqueros, señor Dexter», dijo Crabbin, y Martins tuvo que refrenar con todas sus fuerzas a Rollo para que no dijera: «Las escribo».

«Bueno, pues del mismo modo persigo yo al coronel Callaghan».

«Nunca he oído hablar de él».

«¿Ha oído hablar de Harry Lime?».

«Sí», dijo con precaución Crabbin, «pero realmente nunca le conocí».

«Yo sí. Era mi mejor amigo».

«No me parece que fuera un personaje muy literario».

«Ninguno de mis amigos lo es».

Crabbin parpadeó nerviosamente detrás de su montura de concha. Dijo con aire de apaciguamiento:

«Sé que le interesa el teatro. Una amiga suya —una actriz, ¿sabe?— está aprendiendo inglés en el Instituto. Él fue una o dos veces a recogerla».

«¿Joven o vieja?».

«Oh, joven, muy joven. Aunque yo creo que no es una buena actriz».

Martins recordó a la muchacha que estaba junto a la tumba, cubriéndose el rostro con las manos. Dijo:

«Me gustaría conocer a algún amigo o amiga de Harry».

«Probablemente asista a su conferencia».

«¿Es austríaca?».

«Dice que sí, pero yo sospecho que es húngara. Trabaja en el Josefstadt».

«¿Por qué dice que es austríaca?».

«A veces los rusos demuestran interés por los húngaros. No me sorprendería que Lime le ayudara con sus documentos. Dice llamarse Schmidt. Anna Schmidt. No podría imaginarse a una joven actriz inglesa llamándose Smith, ¿no le parece? Y encima siendo guapa. Siempre me ha parecido un poco demasiado anónimo como para ser verdad».

Martins pensó que le había sacado a Crabbin todo lo que había podido, de modo que se excusó diciendo que estaba cansado, que había sido un día muy largo, le prometió llamar a la mañana siguiente, aceptó diez libras de vales para los gastos inmediatos y se fue a su habitación. Le pareció que conseguía dinero con mucha rapidez: doce libras en menos de una hora.

Estaba cansado: se dio cuenta cuando se estiró en la cama con las botas puestas. Al cabo de un minuto había dejado atrás Viena y Paseaba por un bosque espeso, donde se hundía hasta los tobillos en la nieve. Un búho ululó y de repente se sintió solo y asustado. Tenía una cita para encontrarse con Harry bajo un árbol concreto, pero en un bosque tan espeso, ¿cómo podría distinguir un árbol de otro? Luego vio una figura y corrió hacia ella: ésta silbó una melodía familiar y su corazón sintió alivio y alegría por no estar solo. La figura se dio la vuelta y no era Harry, sólo un desconocido que le hacía una mueca en un círculo de agua nieve fangosa, mientras el búho ululaba una y otra vez. Se despertó súbitamente al escuchar el timbre del teléfono al lado de su cama.

Una voz con un poco de acento extranjero —sólo un poco—, dijo:

«¿Rollo Martins?».

«Sí». Era una novedad ser él mismo y no Dexter.

«No me conoce usted», dijo la voz innecesariamente, «pero yo era amigo de Harry Lime».

También era una novedad hablar con alguien que se declaraba amigo de Harry. El corazón de Martins se sintió inclinado hacia el desconocido. Dijo:

«Me gustaría conocerle».

«Estoy justo a la vuelta de la esquina, en “La Vieja Viena”».

«¿No podríamos esperar hasta mañana? He pasado un día bastante espantoso entre unas cosas y otras».

«Harry me pidió que me hiciera cargo de usted. Estaba con él cuando se murió».

«Creía», dijo Rollo Martins y se detuvo. Iba a decir, «creía que había muerto en el acto», pero algo le aconsejó precaución. En vez de eso dijo: «No me ha dicho su nombre».

«Kurtz», dijo la voz. «Iría a verle, ¿sabe?, pero es que los austríacos no podemos entrar en el Sacher’s».

«Quizá pudiéramos vernos en “La Vieja Viena” por la mañana».

«Desde luego», dijo la voz, «¿pero está completamente seguro de que va a estar bien hasta entonces?».

«¿Qué quiere decir?».

«Harry pensaba que estaría usted sin un céntimo».

Rollo Martins se reclinó en la cama con el auricular en el oído y pensó: Nada como venir a Viena para hacer dinero. Era el tercer desconocido que le ofrecía dinero en menos de cinco horas. Dijo prudentemente:

«Puedo aguantar hasta que nos veamos».

Para qué rechazar una buena oferta hasta que no supiera en qué consistía.

«¿Le parece bien, entonces, a las once, en “La Vieja Viena” de Kärntnerstrasse? Iré vestido con un traje marrón y llevaré uno de libros».

«Muy bien. ¿Cómo lo ha conseguido?».

«Me lo dio Harry».

La voz tenía un encanto y una cordura enormes, pero cuando Martins le dio las buenas noches y colgó no pudo por menos preguntarse cómo era que Harry, que se había mostrado tan lente antes de morir, no le había enviado un telegrama para no fuera.

¿No le había dicho también Callaghan que Lime había muerto instantáneamente? —o sin dolor, ¿no?—, ¿o era él mismo quien había puesto esas palabras en la boca de Callaghan?

Fue entonces cuando se asentó firmemente en la cabeza de Martins que había algo raro en la muerte de Lime, algo que la policía había sido demasiado estúpida para descubrirlo. Intentó descubrirlo por su cuenta con la ayuda de dos cigarrillos, pero se quedó dormido sin cenar y con el misterio todavía sin resolver. Había sido un muy largo, pero no lo bastante como para conseguir eso.

 

4

«Lo que en seguida me cayó mal en él», me contó Martins, «fue su bisoñé. Era uno de esos bisoñés imposibles de disimular: liso y amarillo, con el pelo cortado en línea recta sobre el cogote y que no se ajustaba bien. Tiene que haber algo de falso en un hombre que lo acepta graciosamente la calvicie. Tenía también uno de esos rostros en los que las arrugas han sido colocadas cuidadosamente, como un maquillaje, justo donde deben estar: para expresar encanto, fantasía, arrugas en el rabillo de los ojos. Parecía diseñado para gustar a colegialas románticas».

Esta conversación tuvo lugar unos días más tarde: me contó toda su historia cuando la pista casi había desaparecido. Estábamos sentados en la misma mesa de «La vieja Viena» que había ocupado Aquella mañana con Kurtz, y cuando hizo ese comentario sobre las colegialas románticas vi que sus ojos acosados se fijaban en algo repentinamente. Era una chica, igual que cualquier otra chica, pensé, que pasaba apresuradamente allá afuera, bajo la fuerte nevada.

«¿Guapa?».

Desvió su mirada y dijo:

«He dejado eso para siempre. ¿Sabe, Calloway? Llega un momento en la vida de un hombre en que hay que renunciar a ese tipo de cosas…».

«Ya. Pensé que estaba mirando a una chica».

«Lo estaba. Pero sólo porque durante un momento me recordó a Anna, a Anna Schmidt».

«¿Quién es? ¿No es una chica?».

«Oh, sí, en cierto modo».

«¿Qué quiere decir en cierto modo?».

«Era la novia de Harry».

«¿Se va a quedar usted con ella?».

«No es de esa clase. Calloway. ¿No la vio en el funeral? No voy a mezclar más las bebidas. Tengo una resaca que me va a durar toda la vida».

«Me estaba contando lo de Kurtz», dije.

Al parecer, Kurtz estaba allí sentado, haciendo gran alarde de leer El jinete solitario de Santa Fe. Cuando Martins se sentó a la mesa dijo con un entusiasmo indescriptiblemente falso:

«Es maravilloso cómo mantiene usted la tensión».

«¿La tensión?».

«La emoción. Es usted un maestro en eso. Al final de cada capítulo uno está deseando saber…».

«Así que usted era amigo de Harry», dijo Martins.

«Creo que el mejor», pero Kurtz añadió tras una diminuta pausa, en la que su cerebro registró el error, «con la excepción de usted, por supuesto».

«Cuénteme cómo murió».

«Yo estaba con él. Habíamos salido juntos de su casa y Harry vio a un amigo al otro lado de la calle, un norteamericano llamado Cooler. Le saludó y comenzaba a cruzar la calle hacia él cuando un jeep tomó la curva a toda velocidad y le atropello. Realmente la culpa fue de Harry, no del conductor».

«Alguien me dijo que murió instantáneamente».

«Ojalá hubiera sido así. Murió antes de que llegara la ambulancia».

«Entonces pudo hablar, ¿no?».

«Sí. Ni siquiera el dolor hizo que se olvidara de usted».

«¿Qué dijo?».

«No me acuerdo de sus palabras exactas, Rollo, ¿me permite llamarle Rollo, no? Siempre se refería a usted así cuando hablaba con nosotros. Deseaba que yo me ocupara de usted cuando llegara. Que le atendiera. Que le comprara un billete de vuelta». Al contármelo, Martins comentó: «Como verá no me faltaban ni billetes de vuelta ni dinero».

«¿Por qué no me mandó usted un telegrama para que no viniera?».

«Lo hicimos, pero sin duda el telegrama llegó tarde. Con esto de la censura y las zonas, a veces, los telegramas tardan en llegar cinco días».

«¿Hubo una investigación?».

«Por supuesto».

«¿Sabía usted que la policía tiene la disparatada idea de que Harry andaba metido en negocios sucios?».

«No. Pero lo está toda Viena. Todos vendemos cigarrillos y cambiamos chelines por vales y todo lo demás. No se encontrará a un solo miembro de la Comisión de Control que no haya quebrantado».

«La policía insinuó algo peor que eso».

«A veces se les ocurren ideas bastante absurdas», dijo el hombre de bisoñé con cautela.

«Me quedaré aquí hasta demostrarles que no tienen razón».

Kurtz volvió la cabeza bruscamente y el bisoñé se movió un poco. Dijo:

«¿Para qué? Con eso no va a resucitar Harry».

«Haré que echen a ese jefe de policía de Viena».

«No veo qué puede usted hacer».

«Voy a empezar a investigar hacia atrás, a partir de su muerte. Usted fue testigo, y ese hombre, Cooler, y el chófer. Deme sus direcciones».

«La del chófer no la sé».

«Puedo conseguirla en los archivos del forense. Y luego está la chica de Harry…».

Kurtz dijo:

«Será doloroso para ella».

«Ella no me preocupa. Me preocupa Harry».

«¿Sabe usted de qué sospecha la policía?».

«No. Perdí los estribos demasiado pronto».

«¿No se le ha ocurrido», dijo suavemente Kurtz, «que podía enterarse de algo, digamos, desagradable, con respecto a Harry?».

«Correré ese riesgo».

«Y que le va a costar tiempo y dinero».

«Tengo tiempo y usted me iba a prestar dinero, ¿no?».

«No soy un hombre rico», dijo Kurtz. «Le prometí a Harry cuidar de usted y que cogería el avión de vuelta…».

«No tiene por qué preocuparse, ni del dinero ni del avión», dijo Martins. «Pero voy a apostar con usted en libras esterlinas, cinco libras contra doscientos chelines, a que hay algo raro en la muerte de Harry…».

Fue como lanzar una sonda, pero instintivamente ya se daba cuenta de que había algo que no encajaba, aunque todavía no relacionaba la palabra «asesinato» con su intuición. Kurtz tenía en la mano una taza de café que se llevaba a los labios y Martins le miró fijamente. Al parecer, la sonda no había dado resultado; una mano firme acercó la taza a la boca, y Kurtz bebió con un poco de ruido, a largos sorbos. Luego posó la taza y dijo:

«¿Qué quiere decir con algo raro?».

«A la policía le convenía tener un cadáver, ¿pero no les convendría también a los propios delincuentes?».

Cuando ya había hablado se dio cuenta de que quizá a Kurtz le había chocado su descabellada afirmación: ¿no sería que se había quedado tan helado que se volvió cauteloso y tranquilo? Las manos de los culpables no tienen por qué temblar; sólo en las novelas la agitación se trasluce dejando caer una copa. A menudo la tensión se demuestra en acciones estudiadas. Kurtz había bebido su taza de café como si nadie hubiera dicho nada.

«Bueno», tomó otro sorbo, «por supuesto le deseo suerte, aunque no creo que vaya a averiguar nada. Si necesita mi ayuda, pídamela».

«Quiero las señas de Cooler».

«Por supuesto. Se las apuntaré. Aquí están. Es en la zona norteamericana».

«¿Y las de usted?».

«Ya están apuntadas, ahí debajo. Tengo la mala suerte de vivir en la zona rusa, así que no me visite muy tarde. A veces ocurren cosas por allí».

Le lanzó una de sus estudiadas sonrisas vienesas, con un encanto cuidadosamente pintado por un fino pincel en las arrugas en torno a su boca y a sus ojos.

«No deje de llamarme», dijo, «y si necesita alguna ayuda…, pero me parece que lo que va a hacer es poco sensato —tocó El jinete solitario—. Estoy muy orgulloso de haberle conocido. Un maestro de la narración», y con una mano se alisó el bisoñé mientras que la otra se la pasó por la boca, borrando su sonrisa como si nunca hubiera existido.

 

5

Martins se sentó en un asiento duro al lado de la entrada de artistas del Teatro Josefstadt. Después de la función de tarde le había enviado una tarjeta a Anna Schmidt poniendo en ella «un amigo de Harry». Una galería de ventanitas, con cortinas de encaje y las luces que se apagaban unas tras otra, señalaban el sitio en que los artistas se preparaban para irse a su casa, para tomar su taza de café sin azúcar, su panecillo sin mantequilla para aguantar la función de la noche. Era como un callejón construido dentro de un edificio para servir de escenario a una película, pero hasta allí mismo hacía frío, del que no se salvaba ni siquiera un hombre con un gabán grueso, así que Martins se puso a dar paseos bajo las ventanitas. Se dijo que era como un Romeo que no estuviera muy seguro de cuál era el balcón de Julieta.

Había tenido tiempo para reflexionar: estaba tranquilo; el que surgía ahora era Martins, no Rollo. Cuando se apagó una luz de una de las ventanas y una actriz descendió hacia el pasillo por donde él caminaba, ni siquiera se volvió para mirar. Había terminado con todo eso. Pensó, Kurtz tiene razón. Todos tienen razón. Me estoy comportando como un tonto romántico. Voy a hablar un momento con Ana Schmidt, decirle unas palabras de condolencia, y luego haré las maletas y me marcharé. Se había olvidado por completo, me dijo, de la complicación del señor Crabbin.

Una voz le llamó desde arriba, «señor Martins», y miró a un rostro que asomaba unos cuantos pies por encima de su cabeza. No era un rostro hermoso, me explicó convencido cuando le acusé de que volvía a dedicarse a mezclar bebidas. Sólo un rostro sincero; cabellos y ojos oscuros, que bajo aquella luz parecían castaños; una frente ancha, una boca grande que no pretendía hechizar. A Rollo Martins no le pareció que hubiera peligro por ningún lado de que fuera a sentir ese súbito y loco momento en que el aroma de unos cabellos o el contacto de una mano cambia una vida. Ella le dijo:

«¿Quiere usted subir, por favor? Es la segunda puerta a la derecha».

Hay algunas personas, me explicó cuidadosamente, a las que se reconoce en seguida como amigas. Puedes estar tranquilo con ellas porque sabes que nunca, nunca te expondrán a peligros. «Así era Anna», dijo, y no estoy seguro de si el empleo del tiempo pasado fue o no deliberado.

Al contrario de la mayor parte de los camerinos de actrices, aquél estaba casi vacío; el armario no estaba atestado de ropas, no había mezcolanza de cosméticos y pinturas: había una bata en el suelo, una rebeca, que reconoció como la que se veía en el segundo acto, sobre el único sillón y una cajita de pintura y crema. Sobre el hornillo de gas canturreaba una marmita. Le dijo:

«¿Quiere una taza de té? Alguien me envió un paquete la semana pasada: a veces los norteamericanos te mandan eso en vez de flores la noche del estreno».

«Tomaré una taza», dijo, pero si había algo que odiaba era el té. La miró mientras lo preparaba y, por supuesto, lo hizo todo mal: el agua no hervía, no calentó la tetera y puso muy pocas hojas.

«Nunca he entendido por qué a los ingleses les gusta el té», le dijo.

El se bebió la taza entera como un medicamento y la miró mientras ella sorbía la suya cautelosa y delicadamente.

«Tenía muchas ganas de verla. Por lo de Harry», le dijo.

Fue un momento espantoso; vio cómo se endurecía su boca para enfrentarse con ello.

«¿Sí?».

«Le conocí hace veinte años. Era amigo suyo. ¿Sabe?, fuimos al colegio juntos y después nunca pasaba mucho tiempo sin que volviéramos a vernos…».

«Cuando recibí su tarjeta no pude decir que no. Pero en realidad no hay mucho de que hablar, ¿no?… nada».

«Me gustaría saber…».

«Se ha muerto. Es el final. Todo se acabó, se terminó. ¿Para qué hablar?».

«Los dos le queríamos».

«Yo no lo sé. No puedes saber una cosa así después. No sé nada más que…».

«¿Que qué?».

«Que yo también quisiera morirme».

Martins me contó: «Entonces estuve a punto de marcharme. ¿Para qué iba a atormentarla sólo por la descabellada idea que se me había ocurrido? Pero le hice una pregunta: “¿Conoce a un hombre llamado Cooler?”».

«¿Un norteamericano?», dijo. «Me parece que fue el hombre que me trajo un poco de dinero cuando se murió Harry. No quise aceptarlo, pero me dijo que Harry, en el último momento, se había mostrado muy preocupado».

«¿Así que no murió instantáneamente?».

«Oh, no».

Martins me dijo: «Comencé a preguntarme cómo se me había metido esa idea con tanta fuerza en la cabeza, y luego pensé que solo había sido el hombre del piso el que me lo había dicho, nadie más. Le dije a Anna:

«Debía de estar muy lúcido al final, porque también se acordó de mí. Eso parece demostrar que no sufrió».

«De eso es de lo que trato de convencerme continuamente».

«¿Habló con usted el médico?».

«Una vez. Harry me envió a él. Era su médico de cabecera. Vivía cerca, ¿sabe?».

Martins vio súbitamente, en aquella extraña cámara de la mente que construía esos cuadros instantáneos, irracionales, un lugar desierto, un cuerpo en el suelo, un grupo de pájaros reunidos. Tal vez fuera una escena de uno de sus libros todavía no escrito, que se iba formando en la puerta de lo consciente. Esta se desvaneció y pensó que era extraño que todos hubieran estado allí, en aquel momento justamente, todos los amigos de Harry: Kurtz, el médico, ese hombre Cooler; tan sólo faltaban las dos personas que le querían. Dijo:

«¿Y el chófer? ¿Oyó su testimonio?».

«Estaba trastornado, asustado. Pero el testimonio de Cooler le exoneró. El pobre hombre no tuvo la culpa. Cuántas veces le oí decir a Harry que era un conductor muy prudente».

«¿También conocía a Harry?».

Otro pájaro se posó y se reunió con los otros en torno a la figura silenciosa que yacía boca abajo, sobre la arena. Ahora podía ver que era Harry, por la ropa, por su actitud de niño dormido en el césped, junto al borde del campo de deportes en una calurosa tarde de verano.

Alguien llamó por la ventana, desde fuera.

«¡Fräulein Schmidt!».

«No les gusta que estemos demasiado tiempo. Gastamos su luz», dijo ella.

Martins había renunciado a la idea de ahorrarle algo. Le dijo:

«La policía dice que iban a detener a Harry. Quieren colgarle algún negocio sucio».

Aceptó la noticia más o menos como la había aceptado Kurtz.

«Todo el mundo anda metido en negocios sucios».

«No creo que fuera nada serio».

«No».

«A lo mejor han inventado pruebas. ¿Conoce a un hombre que se llama Kurtz?».

«Me parece que no».

«Es uno que usa bisoñé».

«¡Oh!».

Se dio cuenta que eso le había recordado algo. Le dijo:

«¿No le parece extraño que estuvieran todos allí, cuando la muerte? Todos conocían a Harry. Hasta el conductor, el médico…».

«También yo me lo he preguntado, aunque no sabía lo de Kurtz», dijo ella con una calma desesperada. «Me pregunté si le habrían asesinado, ¿pero qué consigo con eso?».

«Voy a ir por esos hijos de puta», dijo Rollo Martins.

«No vale la pena. Tal vez tenga razón la policía. Quizá el pobre Harry estuviera mezclado en algo».

«¡Fräulein Schmidt!», volvió a llamar la voz.

«Tengo que irme».

«Le acompañaré un poco».

Casi era de noche; la nieve había dejado de caer durante un rato y las grandes estatuas del Ring, los caballos corveteando, los carros y las águilas tenían el color gris acero como del final de la tarde.

«Es mejor dejarlo y olvidar», dijo Anna.

La nieve, iluminada por la luna, llegaba hasta los tobillos sobre el pavimento.

«¿Me dará las señas del médico?».

Permanecieron resguardados bajo un muro mientras ella le escribía la dirección.

«¿Y la suya?».

«¿Para qué la quiere?».

«Quizá pueda darle alguna noticia».

«Ninguna noticia serviría ya de nada».

La miró desde lejos subir a su tranvía, inclinando la cabeza contra el viento, como una oscura señal de interrogación sobre la nieve.

 

(Continuará…)

 

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