POSTAL DE VERANO

Kabalcanty

 

 

El mar desbravado atusa la orilla de la playa con languidez. Se riza la ola y estalla apenas a un palmo de la arena. Un mar adormecido, arrinconado, es una balsa de aceite condimentando al sol mediterráneo. Las redes que atrapan a las medusas oscilan sus flotadores como cabecillas que asienten y niegan presagios milenarios que cavilan las aguas saladas. Es verano, las sombrillas se inclinan ante el incesante viento iniciando el ritual desesperado del bañista urbano.

Sobre una de las piedras de la escollera, un hombre asiste a la representación estival. Tiene un libro de pocas páginas junto al trasero con un marcador anaranjado insertado en las últimas hojas. Se cubre los hombros con una liviana camisa y la cabeza con un sombrero viejo de alicaídas alas. Escudriña, sobre todo, la ondulante capa marina hasta su final incierto de calima. Intuye de frente la costa por la cabeza de los rascacielos de los hoteles; gigantes pacientes sin tierra que gobernar, sin enanos que intimidar; hormigones acristalados bizqueando al sol o parpadeando noche tras noche.

El espigón divide a los veraneantes: a un lado el puerto deportivo, motoras de medio pelo, atuendos sport de marca y portes dignos e inmaculados, exclusividad y carteras a medio llenar entre el quiero y no puedo; al otro lado, la playa salpicada de niños chillones, barrigas confirmando la gravedad terrestre, botes de cerveza de marcas blancas, adolescentes ceñudas ajenas al cogollo familiar bajo la sombrilla, y prensa deportiva o rosa. Dos formas de vivir, dos formas de morir, mientras el estío se controla desde muy lejos de allí para que sea siempre lo más parecido al anterior, apacible, sin sobresaltos que alteren ese mar desbravado.

Por la posición del sol debe ser medio día, quizá algo más, y la aglomeración dominical se va haciendo cada vez más patente. El hombre se saca un pañuelo y se enjuga el sudor de la frente. Se quita el sombrero y se lustra la calva como se frotase una lámpara mágica que pudiera colorear sus ideas.

– Buenos días, K.

Un joven de buena planta saluda con la mano al hombre desde el borde de la escollera. Ha gritado, puesto que la distancia es considerable, y sonríe al tiempo que menea la cabeza afirmativamente.

– ¡Hey, Miguel! Voy para allá que esto se está convirtiendo en un cocedero.

Dice en voz alta el hombre, incorporándose trabajosamente.

Cuando se juntan, estrechan sus manos y el hombre aprieta con cariño el hombro torneado del joven.

– Joder, estás macizo. ¿Cómo hacéis los imberbes de hoy para tener esa percha? La madre que os parió, yo a tu edad estaba más seco que un bacalao, parecía la radiografía de un silbido.

Miguel se ríe y le pincha la barriga con el dedo índice.

– Hablando de cerveza -ataja el hombre-, vamos al chiringuito y me cuentas tus novedades.

Se conocían desde hacía años, vecinos de las mismas casas de veraneantes del interior del pueblo costero, desde aquel día que Miguel, niño todavía, jugó el primer partidillo de tenis-playa con el hombre. Luego hubo más años de juego y más confidencias adolescentes estivales entre brisa salada, refrescos y cervezas. A uno creciéndole la barba y las espaldas, a otro la calvicie y la barriga.

– Al final, aprobé la selectividad en setiembre y me metí en Filosofía en la Complutense -decía Miguel, frente al hombre y empuñando su jarra de cerveza- Ya sabes que era mi manía, bueno, y tuya que bien te encargaste de que no se me olvidara.

El hombre guiña los ojos, blanqueado su bigote con espuma.

– ¿Y todo bien?

El joven asiente primero y después, delatadoramente, desvía la vista.

– Bueno, tengo un trabajo pendiente de una asignatura para que tenga el curso entero; este verano voy a meterle caña. ¿Y tú, qué tal andas?

El hombre retrasa la respuesta prendiendo un cigarrillo. Luego encara al joven y le contesta con un evasivo “bien, bien, todo va bien”.

– Pero no serás un completo ratón de biblioteca, habrá amorcillos, curvas soñadas, besos……

El hombre ha puesto todo su empeño en la frase, incluso ha acercado su cabeza para que no haya escapatoria.

– Algo, algo.

Confirma Miguel con timidez.

Una hora después, cuando el joven ya se había ido tras una llamada al móvil, el hombre rebusca en su monedero ante la mirada contrariada del camarero. Bajo la techumbre de caña el calor comienza a ser sofocante.

– Joder, amigo, me faltan veinte céntimos. Lo siento, pensé que…..

Dice azorado, palpándose los bolsillos del bañador infructuosamente.

– Eso piénseselo otra vez antes de tomar algo que no está la vida para regalos. Ande, ande, lárguese de una “jodía” vez.

El hombre se marcha. Por el paseo marítimo se ajusta el desvencijado sombrero y se atusa la patillas con la saliva que ha dejado en sus dedos. Sopesa el libro fino que portaba bajo el sobaco y hace un gesto incierto pasando apresuradamente las pocas hojas que le restan por leer.

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