La mujer de la arena [Fragmento]

Kobo Abe

 

 

PRIMERA PARTE

I

CIERTO día de agosto, un hombre desapareció. Aprovechando sus vacaciones, había ido a una playa que estaba a medio día de viaje en tren, y no se volvió a saber de él. La búsqueda que emprendió la policía y los avisos en los diarios no dieron ningún resultado.

Por supuesto, los casos de desaparición de personas no resultan realmente fuera de lo común. Las estadísticas registran muchos cientos de avisos de desaparición por año. Además, la proporción de individuos encontrados es sorprendentemente pequeña. Los asesinatos y accidentes invariablemente proveen ciertas evidencias claras, y aun en casos de secuestros, los motivos, al menos para las personas emparentadas con el ausente, son de algún modo explicables. Pero cuando una desaparición no encaja en ninguno de estos dos casos, es dificilísimo encontrar algún indicio. Si muchas ausencias pueden ser consideradas como huidas, en su mayor parte parecen coincidir con el sentido de la palabra desaparición.

El caso de este hombre tampoco era una excepción en cuanto a falta de evidencias. Aunque se tenía una idea aproximada del lugar del suceso, en ese área no se sabía del hallazgo de un cadáver que se le pareciera, y tampoco era concebible que por la naturaleza de su trabajo estuviera envuelto en algún secreto que pudiera ser motivo de un rapto. Por otra parte, no parecía existir la menor indicación —a juzgar por su conducta habitual— que sugiriera la intención de fugarse.

Como es natural, al principio todos pensaron que tal vez estaba implicado en una secreta relación amorosa. Pero cuando su mujer informó que el objeto de su viaje era coleccionar especimenes de insectos, tanto los investigadores policiales como los colegas de trabajo de aquel hombre se sintieron vagamente decepcionados. Ciertamente, un frasco de insectos y una red resultaban medios irrisorios para disimular una fuga con su amante. Además, el empleado de la estación S. recordaba que allí había descendido un hombre con aspecto de alpinista, con su cantimplora y una caja de madera similar a la que usan los pintores, y atestiguó que estaba solo, sin acompañante, lo que echó por tierra la teoría de que había de por medio una mujer.

Surgió también la hipótesis de que el hombre, hastiado de la vida, se había suicidado. Uno de sus compañeros, aficionado al psicoanálisis, era el que sostenía este punto de vista, pues encontraba que el mismo hecho de que un hombre ya maduro se obsesionara en un pasatiempo inútil, como el de coleccionar insectos, era signo evidente de una desviación mental. Aun en el caso de los niños, una inclinación excesiva por coleccionar insectos sería una transferencia del complejo de Edipo, pues, para compensar sus deseos insatisfechos, el niño disfruta pinchando una y otra vez los insectos ya muertos. Y el hecho de que no abandone esa afición aun después de convertirse en adulto es un indicio patente de que su condición mental ha empeorado. No es de ningún modo casual que los entomólogos resulten con frecuencia individuos muy posesivos o recluidos, o cleptómanos, u homosexuales. De ahí al suicidio, por el deseo de abandonar el mundo, no media más que un paso. Incluso algunos son atraídos no por el hecho de coleccionar insectos, sino por el cianuro de potasio de los frascos que los contienen, y, aunque se esfuercen en ello, son incapaces de superar esa tentación… Por cierto, el hecho de que este hombre no hubiera confiado a nadie su interés probaría que reconocía un cierto carácter clandestino en su afición.

No obstante, tan elaboradas suposiciones resultaban inútiles al no haberse encontrado ningún cadáver que correspondiera a las señas de aquel hombre.

Así, desconocida la verdadera causa de la desaparición, pasaron siete años, y, de acuerdo con el artículo 30 del código civil, el hombre fue definitivamente dado por muerto.

 

II

UNA tarde de agosto, un hombre que llevaba una gorra de visera color gris, una gran caja de madera y una cantimplora colgadas de los hombros, y los perniles del pantalón metidos en los calcetines, como quien se dispone a subir a la montaña, bajó la plataforma de la estación S.

Sin embargo, en esa zona no había montañas dignas de ser escaladas. Incluso el guarda que le cogió el billete lo observó con extrañeza. El hombre subió con decisión al autobús que esperaba frente a la estación y se acomodó en un asiento del fondo. El vehículo se dirigía exactamente en sentido contrario a las montañas.

El hombre siguió hasta el final de la ruta. Cuando bajó, observó la topografía ondulante del lugar. La parte baja eran arrozales divididos en pequeñas fracciones, y en medio había parcelas de plantaciones de kaki, un poco elevadas, que parecían islas esparcidas. Atravesó el pueblo y siguió caminando hacia la playa; el suelo se iba volviendo más blanco y seco.

Cuando ya no hubo más casas y se encontró con un ralo bosquecillo de pinos, el suelo era una fina arena que se adhería a los pies. En varios lugares había maleza seca proyectando sombras en las depresiones de la arena, y ocasionalmente, como por error, aparecían berenjenales raquíticos del tamaño de una estera; pero ni señal de alguna sombra humana. Más adelante, al parecer, estaría el mar, la meta de ese hombre.

Por primera vez sus pies se detuvieron; miró a su alrededor, mientras se enjugaba con la manga el sudor de la frente. Lentamente abrió la caja de madera y de la tapa sacó varios palitos que traía atados en manojo. Una vez acomodados, se convirtieron en una red para insectos. Luego comenzó a caminar de nuevo, golpeando con el mango de la red las malezas. Sobre la arena se había instalado el olor del mar.

Pasaba el tiempo, pero el mar no aparecía; tal vez impedía verlo el ondulado terreno en el que un monótono paisaje continuaba sin límites. Pero repentinamente el panorama se abrió y emergió una pequeña aldea, común y anodina, más bien pobre: unas cuantas casas, cuyos techos de madera tenían pesas de piedra, se agrupaban alrededor de una alta torre de alarma para los incendios. Algunos de los techos eran de teja negra, otros de zinc y pintados de rojo. Un edificio con techo de zinc, situado en el único cruce de caminos, parecía ser el centro de reunión de la cooperativa de pescadores. La aldea cubría un área mucho mayor de lo imaginable. Más allá es probable que hubiera muchas dunas, y el mar.

Había algunas manchas de tierra fértil, pero el suelo estaba principalmente formado por la arena blanca y seca. Se veían huertas de cacahuete y patata, y mezclado con el olor del mar llegaba también el de animales domésticos. Una pila de conchas rotas formaba un montículo blanco a un lado del camino de arena y arcilla, tan duro como el cemento.

Al pasar el hombre por ese camino, los niños que jugaban en el terreno baldío frente a la cooperativa, algunos viejos que sentados en la baranda inclinada reparaban sus redes, y las mujeres de cabellos ralos agrupadas frente al único almacén, cesaron sus movimientos por un instante, y lo miraron con sospecha y curiosidad. Pero el hombre no demostró el menor interés por ellos. Lo único que le interesaba eran la arena y los insectos.

Lo sorprendente no era sólo el tamaño de la aldea. En contra de lo que esperaba, el camino se iba empinando gradualmente, cuando lo natural hubiera sido que descendiera, puesto que conducía al mar. ¿Se habría equivocado al ver el mapa? El hombre trató de preguntar a una joven aldeana que en ese momento pasaba cerca de él, pero ella desvió la mirada y pasó de largo como si nada hubiera oído. No importaba; de todas maneras iría adelante, pues el calor de la arena, las redes de pesca y los montículos de conchas le indicaban claramente que el mar estaba cerca. Nada había, en verdad, que le anunciara algún peligro.

El camino subía cada vez más abruptamente y el terreno se volvía pura arena.

Pero lo curioso era que el área donde estaban las casas no estaba más alta que el camino; es decir, el camino ascendía, pero la aldea se mantenía en el mismo nivel. No, no sólo se trataba del camino, sino que los espacios entre las casas también se elevaban en la misma proporción que el camino. En cierto modo, parecía que todo el terreno se elevaba dejando las casas en el nivel original.

Esta impresión crecía a medida que avanzaba, y en un momento dado parecía que todas las casas quedaban hundidas en agujeros hechos en la arena.

Repentinamente se acentuó el declive. Desde el nivel de la arena hasta el techo de las casas había más de unos veinte metros. Preguntándose cómo era posible vivir en estas condiciones, trató de asomarse a uno de los agujeros. Al rodear el borde, súbitamente se sintió ahogado por un fuerte viento. El campo visual se abrió de forma repentina; un mar turbio y espumoso lamía la costa, bajo sus ojos. Estaba encima de la duna que era su meta.

El lado de la duna que miraba al mar y recibía el fuerte viento de los monzones se elevaba de forma abrupta, y las hierbas achaparradas se agrupaban donde el terreno era menos empinado. Pero al darse la vuelta en dirección a la aldea, el hombre pudo ver que los enormes agujeros —más hondos a medida que se aproximaban a la cima de la colina— se escalonaban en varios niveles hacia el centro del poblado; todo el panorama parecía una colmena en ruinas. Era como si la aldea se superpusiera a las dunas, o más bien, las dunas a la aldea. En todo caso, era un paisaje perturbador, inquietante.

Pero lo importante era haber llegado, por fin, a su meta. Bebió agua de su cantimplora, luego respiró hondo, y el viento, que parecía transparente, llenó de asperezas su garganta.

El propósito del hombre era coleccionar insectos de las dunas. Por supuesto, los insectos de estos lugares son pequeños y poco atractivos, pero él era un coleccionista devoto, y no se dejaba tentar por mariposas o libélulas. Este tipo de coleccionista no pretende decorar sus cajas con insectos vistosos, ni tampoco está interesado particularmente en acopiar y clasificar elementos para la medicina china. El verdadero placer de los entomólogos es mucho más sencillo, más directo; consiste en descubrir nuevos especímenes. Cuando esto ocurre, el nombre del descubridor aparece en las enciclopedias ilustradas de entomología junto con el nombre técnico en latín del insecto descubierto: es la consagración. Sus esfuerzos serán coronados por el éxito si su nombre se perpetúa en la memoria de los hombres, aunque sea asociado con un insecto.

Los insectos pequeños y modestos, con sus innúmeras variedades, ofrecen muchas más ocasiones de descubrimientos. Por eso mismo, este hombre llevaba mucho tiempo dedicándose a las moscas de dos alas, especialmente las moscas comunes que la gente encuentra repulsivas. Por supuesto los tipos de moscas son increíblemente numerosos y variados, y desde que todos los entomólogos, al parecer, piensan lo mismo, se han investigado hasta las ocho mutantes raras encontradas en el Japón. Posiblemente tal profusión de mutantes se debe a que el ambiente en que viven las moscas es parecido al del hombre.

Había pensado que era mejor empezar por observar el ambiente. ¿Acaso no indica la gran cantidad de variedades el alto grado de adaptabilidad de las moscas? Se alegró por este descubrimiento. Se dijo que su punto de vista no estaba del todo mal. El hecho de que las moscas muestren una gran adaptabilidad significa que pueden vivir incluso en condiciones desfavorables, adversas para otros insectos, como por ejemplo el desierto, donde perece el resto de los seres vivos.

Desde que llegó a esa conclusión, tiempo atrás, empezó a mostrar interés por la arena, y pronto fue recompensado.

Un día, en el lecho seco del río cercano a su casa descubrió un pequeño insecto rosa pálido que se parecía a un escarabajo de jardín (Cincindela japónica Monschulsky). Por supuesto, es un hecho conocido que el escarabajo de jardín presenta muchas variantes tanto en color como en diseño, pero en cambio la forma de sus patas delanteras varía muy poco. En verdad, las patas delanteras de insectos como los escarabajos son una característica importante para su clasificación. Y, ciertamente, el segundo artejo de la pata delantera del insecto que había descubierto tenía características peculiares.

En general, las patas delanteras de la familia de los escarabajos son negras, finas y ágiles, pero las del insecto que este hombre encontró parecían como cubiertas por una vaina gruesa; tenían forma redonda, casi regordetas, y eran de color crema. Claro está, podían haber estado manchadas de polen. Hasta se podía pensar que ciertas características, como el tener pelos, hubieran causado la adhesión del polen. Si su observación no estaba equivocada, había hecho un importante descubrimiento.

Desgraciadamente, se le había escapado el insecto. Tal vez el hombre estaba demasiado excitado; además este tipo de insecto vuela de una manera desconcertante. Vuela, y luego, como si dijera «¡Agárrenme!», da la vuelta y espera. Si uno se acerca confiadamente, huye de nuevo; después de haber irritado al perseguidor, se sumerge entre las hierbas y desaparece.

El hombre quedó cautivado por el escarabajo de patas delanteras amarillentas.

Aparentemente, cuando se fijó en el suelo arenoso, su observación no había sido del todo errónea. En realidad, la familia de los escarabajos es representativa de los insectos del desierto. Una teoría dice que su extraña manera de volar es una artimaña para incitar a los pequeños animales a salir de sus escondites. Los ratones y lagartijas caen en el engaño y, una vez que se pierden en el desierto y mueren de hambre y de fatiga, se convierten en alimento de los escarabajos. Estos insectos poseen en japonés el elegante nombre de «portadores de letras», y presentan rasgos graciosos, pero en realidad tienen agudas mandíbulas y son feroces por naturaleza, al punto de comerse entre ellos. Sea o no correcta esta teoría, lo cierto es que el hombre quedó fascinado por el misterioso vuelo de los escarabajos.

Resultaba entonces natural que aumentara considerablemente su interés en la arena, que era la condición existencial de los escarabajos.

Empezó a leer todo lo que pudo acerca de este tema, y a medida que avanzaba su investigación, aprendía que la arena era una sustancia muy interesante. Por ejemplo, en el capítulo de la enciclopedia dedicado a la arena encontró la siguiente descripción:

«Arena: Conjunto de partículas que proviene de la disgregación de los fragmentos de roca. Suele incluir calamita, estaño y raramente polvo de oro. Diámetro: de 2 a I/16 mm».

Ésta es una definición precisa. En una palabra, la arena proviene de rocas fragmentadas y es algo intermedio entre arcilla y guijarro. Pero llamarla simplemente una sustancia intermedia no ofrece una explicación satisfactoria. ¿Por qué —podemos preguntarnos— se forman desiertos separándose la arena de la tierra en la que tanto el guijarro como la arena y la arcilla se encuentran completamente mezcladas? Y si en realidad es una substancia intermedia, la acción erosiva del viento o del agua debería necesariamente haber producido una interminable cantidad de otras formas intermedias que oscilaran entre la roca y la arcilla. No obstante, sólo estas tres formas se pueden distinguir claramente una de otra. Más aún: parece extraño que la arena sea arena donde se halle, y que no exista diferencia considerable entre el tamaño de los granos, así provengan de la playa de Enoshima o del desierto de Gobi; todos siguen una curva gaussiana de distribución de aproximadamente I/16mm.

En un párrafo había una explicación simple de la descomposición de la tierra por la acción erosiva del viento y el agua que informaba que las partículas más pequeñas volaban progresivamente a una gran distancia. Pero esto no aclaraba el significado del 1/8 mm de diámetro de los granos. Opuestamente a esta explicación, otro libro de geología daba la siguiente:

«Tanto las corrientes de agua como las de aire producen turbulencias. La onda más pequeña de esta corriente turbulenta es más o menos igual al diámetro de la arena del desierto». Es decir, de acuerdo con esta peculiaridad, sólo la arena es extraída de la tierra y llevada en ángulo recto a la corriente. Si la cohesión de la tierra es débil, la arena es absorbida en el aire por leves vientos —que desde luego no pueden afectar ni a las piedras ni a la arcilla— y cae nuevamente a la tierra depositada por el sotavento. Al parecer, la peculiaridad de la arena es un problema de la hidrodinámica.

Aquí se podría agregar esta parte a la primera definición: «…una partícula de rocas fragmentadas, de tales dimensiones que se presta a ser movida por el fluido».

Desde el momento que hay vientos y corrientes de agua sobre la tierra, resulta inevitable la formación de la arena. Mientras los vientos soplen, los ríos corran y los mares se agiten, nacerá grano por grano la arena de la tierra, y como un ser viviente, se esparcirá por doquier. La arena nunca descansa. Silenciosa pero certeramente, invade y destruye la superficie del planeta…

Esta imagen de la arena que fluye constituyó un indescriptible y excitante impacto en el hombre. La aridez de la arena no se debe, como generalmente se piensa, a la simple sequedad, sino que parece producirse como consecuencia de un incesante movimiento que la convierte en inhóspita para todo ser viviente. ¡Qué diferencia con la monótona y pesada manera de vivir de los humanos, que exige estar constantemente aferrado a algo!

Es cierto que la arena no es apta para la vida. No obstante, ¿es acaso indispensable la condición inmóvil para la existencia? ¿No es porque uno trata de aferrarse a una determinada condición por lo que surge esa desagradable competencia entre los hombres? Si uno abandonara esa posición fija para dejarse arrastrar por el movimiento de la arena, con seguridad la competencia cesaría. En realidad, en los desiertos florecen las flores y viven insectos y otros animales. Estas criaturas fueron capaces de escapar de la competencia mediante su gran habilidad para adaptarse, como por ejemplo la familia de los escarabajos que encontró el hombre…

Mientras dibujaba en su mente el efecto del fluir de la arena, le ocurría a veces tener alucinaciones y pensaba que él mismo comenzaba a fluir.

 

III

CON la cabeza baja, el hombre comenzó a caminar siguiendo las dunas en forma de media luna que rodeaban la aldea como las paredes de un castillo. No puso ninguna atención en el paisaje; un entomólogo debe concentrar toda su atención dentro de un radio de tres metros alrededor de sus pies. Y además es una regla que no debe dar la espalda al sol, pues podría asustar a los insectos con su propia sombra. Por eso los coleccionistas tienen la frente y la nariz quemadas por el sol.

El hombre avanzó lenta y pausadamente. A cada paso la arena cubría sus zapatos. Excepto las raquíticas raíces de las hierbas, a las que un poco de humedad bastaría para que brotaran en un solo día, no parecía haber nada viviente. De vez en cuando, moscas de color carey volaban a su alrededor atraídas por el olor de la exudación. Sin embargo, debido a que estaba en un lugar como ése, él tenía la esperanza de encontrar algo. En especial los escarabajos no son gregarios, y dicen que uno solo puede habitar un área de un kilómetro cuadrado. No tenía otro remedio que seguir caminando pacientemente.

Se detuvo en seco. Algo se había movido entre las raíces de las hierbas. Era una araña. Pero él no tenía interés en las arañas. Se sentó con la intención de fumar un cigarrillo. El viento soplaba continuamente desde el mar, y allá abajo turbulentas y blancas olas lavaban las bases de la duna. Hacia el oeste, donde las dunas terminaban, una pequeña colina de rocas desnudas destacaba sobre el mar. El sol brillaba en ella, arrojando brillos como afiladas agujas.

Le era difícil encender los fósforos. No tuvo éxito con los diez primeros que probó. A lo largo de los fósforos que había desechado, las ondas de arena se movían a una velocidad del segundero de su reloj. Enfocó su atención en una de las pequeñas ondas, y cuando ésta llegó a tocar su talón, se levantó. Cayó arena de los pliegues de su pantalón. Al escupir, sintió áspera la boca.

Pero ¿no había demasiada escasez de insectos? Probablemente el movimiento de la arena era excesivamente violento. No debía, sin embargo, desanimarse tan pronto; su teoría le garantizaba la posibilidad de encontrar algo.

En el lado opuesto al mar, había una prominencia donde la arena se nivelaba. Guiado por la sensación de que estaba allí lo que buscaba, fue descendiendo el suave declive; por trechos asomaban restos de lo que parecían haber sido cercas para contener la arena, hechas de bambú trenzado, y allá adelante, en un nivel mucho más bajo, había una meseta. Avanzó cruzando esa arena ondulada con una regularidad como marcada con una máquina, hasta que de pronto su campo visual se interrumpió: se encontraba en el borde de un acantilado que se abría a una profunda cavidad. Tenía un ancho de unos veinte metros y formaba un óvalo irregular. El declive del otro lado era relativamente menos pronunciado, pero por contraste, el de este lado, donde se encontraba el hombre, daba la impresión de que caía en forma perpendicular. El borde, como el de una vasta vasija, llegaba hasta sus pies en una suave curva. Avanzó con cautela un pie hasta la orilla y miró hacia abajo. Dentro de la cavidad, contrariamente al luminoso exterior, se anunciaba la cercanía del atardecer.

En el fondo de esa penumbra, con una punta del tejado incrustado diagonalmente en la pared de arena, había una pequeña casa sumergida en el silencio.

«Parece una ostra», pensó.

«No importa lo que hayan hecho, no hay manera de escapar a la ley de la arena…».

Al tiempo que levantó la cámara fotográfica, sintió que la arena se deslizaba como un susurro bajo sus pies.

Alarmado, se echó hacia atrás, pero el descendente fluir de la arena no se detuvo durante un largo rato. ¡Qué delicado y peligroso equilibrio! Respirando profundamente, frotó repetidas veces sus palmas sudorosas en los costados del pantalón.

Alguien tosió casi en sus oídos. Sin que lo hubiera advertido, un viejo, al parecer un pescador de la aldea, se encontraba a su lado, prácticamente hombro con hombro. Miró hacia la cámara y luego en dirección al fondo del pozo y sonrió, arrugando su cara, cuya piel parecía la de un conejo a medio curtir. Una espesa secreción circundaba sus ojos congestionados.

—¿Está usted inspeccionando?

Era una voz delgada, movida por el viento, como si proviniera de una radio portátil; pero su acento era claro e inteligible.

—¿Inspeccionando? —medio confuso, cubrió la lente de la cámara con la palma de la mano y cambió la posición de la red, como tratando de hacerla más visible—. ¿Qué quiere decir? No le entiendo… Vea usted, colecciono insectos. Mi especialidad son los insectos de la arena.

—¿Qué?

El viejo parecía no entender.

—¡Colecciono insectos! —repitió la palabra alzando la voz—. Insectos. Insectos. In-sec-tos. ¡Los cazo así!

—¿Insectos?

El viejo pareció dudar; miró hacia abajo y escupió. O, mejor dicho, dejó la saliva escurrirse de su boca. El viento hizo volar esos hilos que se desprendían de las comisuras. Pero ¿qué le preocupa tanto a este viejo?

—¿Inspecciona algo por estos lugares? Bueno, quiero decir, no me importa lo que haga si no está inspeccionando…

—Se equivoca usted, no estoy inspeccionando.

El viejo, sin contestar, le volvió la espalda, y como dando puntapiés con sus sandalias de paja, se alejó pausadamente a lo largo de la colina.

A unos cincuenta metros de distancia, sentados en el suelo, tres hombres vestidos de la misma manera parecían esperar al viejo. Habían aparecido de forma misteriosa. Creyó notar que uno de ellos tenía un binóculo, al que daba vueltas sobre sus rodillas. Cuando el viejo se unió al grupo, los cuatro empezaron a deliberar. Tuvo la impresión, al ver cómo daban puntapiés a la arena, de que discutían acaloradamente.

Sin darle importancia, el hombre se disponía a volver a sus insectos, cuando apareció apresuradamente el viejo.

—Entonces ¿de verdad usted no es un funcionario del gobierno local?

—¿Gobierno local…? Está completamente equivocado.

Bruscamente le entregó una tarjeta; ya estaba cansado del asunto. El viejo la leyó moviendo los labios, y después de un largo rato dijo:

—¡Ah! Es usted maestro de escuela.

—Como puede ver, no tengo ninguna conexión con el gobierno local.

—Humm, así que es usted maestro de escuela…

Por fin pareció haber entendido; arrugó la comisura de los ojos y, llevando respetuosamente la tarjeta, volvió con sus compañeros, que también parecieron quedar satisfechos. Se levantaron y se fueron.

Pero el viejo regresó junto a él.

—Dígame, ¿qué es lo que va a hacer ahora?

—¿Qué voy a hacer? Ya lo sabe, voy a buscar insectos.

—Pero el último autobús ya se ha ido…

—Supongo que habrá algún lugar donde alojarme.

—¿Alojarse? ¿En esta aldea?

La cara del anciano se crispó.

—Si no puedo alojarme aquí, caminaré hasta la aldea próxima.

—¿Caminar…?

—De todos modos, no tengo prisa.

—Pero ¿por qué tomarse tanta molestia? —repentinamente se volvió locuaz y amable—. Como puede ver, ésta es una aldea pobre y no hay siquiera una buena casa, pero si no tiene inconveniente, podría hacer algo por usted.

No parecía tener malas intenciones. Sólo eran cautelosos, tal vez por temor a alguna inspección por parte del gobierno local o algo parecido. Al desaparecer la prevención, no eran más que sencillos y honestos pescadores.

—Le estaré muy agradecido si me hace este servicio… Por supuesto, le retribuiré el favor… Me gusta muchísimo hospedarme en casas de aldeanos.

 

IV

EL viento amainó un tanto al ponerse el sol. El hombre siguió deambulando hasta que ya no pudo distinguir el dibujo marcado en la arena por el viento.

No había conseguido nada que mereciera la pena.

Ortópteros: grillos con alas pequeñas y tijeretas de bigotes blancos.

Rhynochotas: sabandijas con líneas rojas, y otra clase de sabandijas de cuyo nombre no estaba seguro.

De los insectos de alas envainadas que tenía en mente, gorgojos de cola blanca y «portadores de letras» de largas patas traseras… nada.

No pudo encontrar un solo ejemplar de la familia de los escarabajos, los verdaderos objetos de su interés. No obstante tenía esperanzas de lograr algún resultado al día siguiente.

La fatiga engendraba tenues puntos luminosos que bailaban en su retina. Cada vez que eso ocurría, se detenía inconscientemente y trataba de mirar la negra superficie de la arena. Todo lo que se moviera le parecía un escarabajo.

Tal como lo prometiera, el viejo lo aguardaba en la entrada de la oficina de la cooperativa.

—Perdone esta molestia.

—Nada de eso. Sólo espero que le guste.

Al parecer, había reunión. Al fondo de la oficina, cuatro o cinco personas sentadas en círculo reían en voz alta. En el frente del edificio había un gran cartel horizontal que decía: AMA TU ALDEA. El viejo dijo algo y las risas cesaron bruscamente: les hizo una seña y empezó a andar, encabezando el grupo. El camino sembrado de conchas marinas, blanco y vago, flotaba en el crepúsculo.

Lo condujeron hasta una de las cavidades en el lomo de la duna, en un extremo de la aldea. Bajando un camino angosto, hacia la derecha, caminaron un tramo y luego el viejo se asomó a la oscura oquedad, dio unas palmadas, y llamó en voz alta:

—¡Eh, comadre, aquí estamos!

En la honda oscuridad a sus pies se balanceó una lámpara y surgió una respuesta.

—¡Aquí estoy! ¡Aquí! Hay una escala al lado de las bolsas de arena.

Ciertamente, era imposible bajar sin recurrir a la escala. La cavidad era tres veces más profunda que la altura de la casa, y aun con la ayuda de la escala, no parecía tan fácil de bajar. El hombre recordó que durante el día la pendiente le había parecido más moderada, pero ahora la veía casi perpendicular. La escala, hecha de soga de paja, era irregular, y de perder el equilibrio en ella, quedaría enredada sin remedio.

Era como hallarse en una fortaleza natural.

—No se preocupe por nada, descanse bien…

El viejo, sin bajar al pozo, se retiró.

La arena caía continuamente sobre su cabeza, pero el hombre se sentía tan curioso como en su niñez. Pensaba en lo vieja que podía ser la mujer, pero quien salió a su encuentro con la lámpara en la mano era una mujer pequeña de apariencia amable, de unos treinta años. Quizá se había empolvado la cara, pero aun así, resultaba asombrosamente blanca, viviendo tan cerca del mar.

Agradeció además la exaltación, casi la incontenible alegría con que ella lo recibió.

Y realmente, de no mediar la cálida acogida de la mujer, la casa en sí habría resultado algo insoportable. Era como para pensar que se habían burlado de él y marcharse de inmediato. Las paredes estaban a punto de caerse, unas esteras reemplazaban todas las puertas corredizas de papel, los postes se inclinaban vencidos, las ventanas tenían tablas clavadas; en el piso las esteras estaban casi podridas, y cuando se caminaba sobre ellas producían el ruido de una esponja mojada. Además, un penetrante olor a arena quemada invadía el ambiente.

Pero todo dependía de cómo se tomaran las cosas. Lo había desarmado la actitud de la mujer, y se dijo que pasar una noche en esas condiciones le podía deparar alguna experiencia inolvidable. Y si tenía suerte encontraría algunos insectos interesantes, ya que, sin duda, era ése un ambiente en el que los insectos vivirían complacidos.

Su premonición fue acertada. Apenas se sentó cerca del fogón, que continuaba en el piso de tierra, se oyó un ruido como de gotas de lluvia… Era un ejército de pulgas. Pero no se inmutó; como buen coleccionista de insectos, estaba preparado. Se roció DDT por dentro de la ropa y, más tarde, le bastaría untarse alguna crema insecticida en las partes expuestas del cuerpo, antes de dormir.

—Voy a prepararle la comida. Espere unos minutos… —dijo la mujer, y al levantarse alzó la lámpara—. ¿Podría esperar a oscuras un momento, por favor?

—¿Tiene una sola lámpara?

—Desgraciadamente, sí.

Se rió tímidamente, formándosele un hoyuelo en la mejilla derecha. Él pensó que, dejando de lado su manera de mirar, era una mujer con mucho encanto. Pero lo de sus ojos se debía seguramente a alguna enfermedad. Por mucho que se maquillara, no conseguiría ocultar los bordes inflamados de los párpados. «Antes de dormir —se dijo—, será mejor que me ponga algunas gotas en los ojos».

—Bueno, no tiene importancia, pero antes me gustaría tomar un baño.

—¿Baño…?

—¿No tiene baño?

—Lo siento muchísimo, pero ¿no podría esperar hasta pasado mañana?

—¿Pasado mañana? Es que pasado mañana ya no estaré aquí —sin querer había reído alto.

—¿Ah, sí?

Ella volvió la cara, con expresión contrariada. Se habrá desilusionado, pensó. En verdad, son gente simple estos aldeanos. Repetidas veces se pasó la lengua por los labios, un tanto molesto.

—Si no me puedo bañar, bastaría con un poco de agua para chapuzarme. Es que tengo el cuerpo lleno de arena…

—Lo siento, pero sólo tengo un balde de agua… Es que el pozo está tan lejos…

Parecía avergonzada; decidió no decir nada más. Por otra parte, pronto se dio cuenta de la inutilidad de bañarse.

La mujer trajo la comida: sopa de almejas y pescado hervido. Una comida típica del mar, eso estaba bien, pero cuando empezó a comer, la mujer abrió un gran paraguas sobre él.

—¿De qué se trata…? —pensó si sería una costumbre de la región.

—Bueno… es que si no ponemos esto, su comida se llenará de arena.

—¿Y por qué? —dijo, mirando sorprendido hacia el techo; allí no había ningún agujero.

—La arena, usted sabe… —la mujer también miró al techo—. Es que cae arena por todas partes. Si se deja de limpiar un día, se acumula como tres centímetros.

—¿Estará roto el techo?

—No, nada de eso. Hasta con un techo nuevo, la arena se filtraría en gran cantidad de todos modos. Realmente es terrible. Es peor que el gusano de la madera…

—¿Gusano de la madera?

—Los insectos que s£ comen la madera.

—Serán las hormigas blancas.

—No, es así de grande… Con una cáscara dura.

—Ah. Eso debe ser el escarabajo longicornio.

—¿Escarabajo longicornio?

—Uno rojizo de bigotes largos, ¿no?

—No, es de una especie de color bronce, y como un grano de arroz…

—Ah sí, entonces debe ser el escarabajo tornasolado.

—En un descuido, pudre enseguida una viga de este tamaño.

—¿Quiere decir el escarabajo tornasolado?

—No, la arena…

—¿Por qué?

—Se filtra por todas partes. En los días en que la dirección del viento es mala, se acumula sobre el techo, y si no la saco enseguida, por la mañana y por la noche, se amontona de tal manera que las tablas del techo no la pueden soportar…

—Humm. Claro que es malo que la arena se acumule en el techo… Pero ¿no es extraño decir que la arena pudre las vigas?

—No; la arena pudre.

—Pero la arena es esencialmente seca, ¿sabía?

—De todas maneras se pudre… Si usted deja allí un calzado de madera, en medio mes se echa a perder. Dicen que disuelve las cosas, y debe ser cierto.

—No entiendo.

—La madera se pudre, pero junto a la madera, también se pudre la arena… He oído decir que de una casa que ha estado enterrada en la arena, sale una tierra fértil como para que crezcan pepinos en las tablas del techo.

—¡Imposible! —exclamó violentamente, con una mueca—. ¿Sabe? Yo sé algo sobre la arena…

Sentía como si la ignorancia de la mujer hubiera ultrajado su concepto personal de la arena.

—Le explicaré. La arena se mueve de este modo todo el tiempo… Es decir, su movimiento, su fluir, es su propia vida… No se detiene nunca, en ninguna parte… Sea dentro del agua, o en el aire, se mueve libremente y sin restricción… Por eso mismo, en general, las cosas vivientes comunes no pueden vivir en ella, incluyendo las bacterias… Podríamos decir que es una especie de sinónimo de pureza y de higiene. Tal vez tenga una función preservativa. Pero es descabellado pensar que pudre las cosas. Y más aún, mi querida señora, que la arena se pudre… ¡Por favor! La arena es un respetable mineral.

Ella se puso tiesa y guardó silencio. También el hombre, como si tuviera prisa, comió en silencio bajo la protección del paraguas sostenido por la mujer. En la superficie del paraguas se había acumulado tanta arena que se podían hacer trazos en ella con el dedo.

La humedad era insoportable. Desde luego, no era la arena lo que estaba húmedo, sino su cuerpo. Sobre el techo soplaba fuerte el viento. Sacó un paquete de cigarrillos y descubrió que también su bolsillo estaba lleno de arena. Antes de encenderlo, tuvo la impresión de adivinar el sabor amargo del cigarrillo.

Sacó un insecto del frasco de cianuro de potasio. Pensó que era mejor fijar los insectos con alfileres antes de que se volvieran rígidos, para que al menos conservaran la forma de las patas. Se oía el ruido de platos desde el fregadero que había afuera… ¿No vivirá alguien más en esta casa?, pensó.

La mujer regresó y en silencio empezó a preparar el lecho en una esquina de la habitación. Si prepara mi cama aquí, ¿dónde dormirá ella? Evidentemente en la pieza del fondo, detrás de la estera colgada, ya que no veía nada que se pareciera a una habitación aparte de esas dos. Le extrañó lo que hacía la mujer: colocar el lecho del invitado en la entrada de la casa y el de ella en el fondo. ¿O era posible que en esa pieza del fondo estuviera postrado algún enfermo grave? Podía ser. Sin duda, resultaba mucho más lógico suponer que así eran las cosas. En primer lugar, era extraño que una mujer solitaria se hubiera tomado la molestia de acoger a un viajero que estaba de paso.

—¿Hay aquí alguna otra persona?

—¿Qué quiere decir con «otra persona»?

—Sus familiares o…

—No, vivo sola —al parecer la mujer era consciente de lo que el hombre quería insinuar y rió de forma forzada—. Realmente, por culpa de la arena hasta estas frazadas se sienten como mojadas…

—¿Y su marido?

—Ah, sí. El año pasado, cuando el huracán… —dijo, estirando innecesariamente la frazada que ya había terminado de tender—. Los huracanes son terribles aquí. La arena empieza a tronar como si fuera una catarata. En una noche puede acumularse hasta los tres, seis metros…

—¿Tanto como seis metros?

—En esos casos, de nada sirve ponerse a sacar la arena; sencillamente no se puede con ella. Bueno, la cosa es que él salió con mi hijo que estaba cursando la secundaria, pues decía que peligraba el gallinero. Yo estaba demasiado ocupada cuidando la casa y tuve que quedarme adentro. A la mañana siguiente, cuando finalmente dejó de soplar el viento, salí a ver qué había pasado. No había ni rastro del gallinero, de nada…

—¿Fueron sepultados?

—Sí, completamente.

—¡Qué terrible! ¡Realmente horrible! La arena es de temer…

De pronto la lámpara empezó a apagarse.

—Es la arena.

La mujer se puso de rodillas, estiró su cuerpo y, riendo, dio un pequeño golpe con los dedos en la mecha. Al instante, ésta volvió a arder brillantemente. En esa postura, agachada, sin abandonar su sonrisa forzada, se quedó mirando la llama. El hombre no dudó de que sonreía deliberadamente, para mostrar su hoyuelo, y sin darse cuenta, su cuerpo se puso tieso. Encontraba la sonrisa más indecente, justamente cuando ella acababa de hablar de la muerte de los suyos.

 

V

¡HEY! ¡Le hemos traído un bote de lata y una pala para una persona más!

Posiblemente usaron un megáfono: a pesar de que venía de una distancia considerable, sonaba claramente la voz que había roto la tensión. Luego se oyó el entrechocar de algo como hojalata rodando. En respuesta, la mujer se levantó.

El hombre sintió una exasperación que traslucía el desasosiego de su conciencia:

—¿Lo ve? ¡Después de todo, hay alguien más aquí además de usted!

—Es gentil de su parte decirme eso… —la mujer se retorció como si le hubieran hecho cosquillas.

—Pero oí claramente que dijeron «para una persona más».

—Ah, bueno… Se referían a usted.

—¿A mí?… ¿Y yo qué tengo que ver con la pala…? —No importa… No se preocupe… Realmente, son tan entremetidos.

—¿Tal vez se equivocaron?

Pero la mujer no le respondió, y girando el cuerpo bajó al piso de tierra.

—¿Usará la lámpara todavía?

—Bueno, es mejor tenerla… Pero ¿la va a necesitar? —No, ya estoy acostumbrada a este trabajo…

Ella se puso un sombrero de paja, parecido al que usan los campesinos, y se deslizó hacia la oscuridad.

El hombre ladeó la cabeza y encendió un cigarrillo. Había algo que no lo dejaba tranquilo. Se incorporó y decidió asomarse con sigilo al otro lado de la estera colgada. Ciertamente había allí una habitación, pero no tenía piso; la arena había invadido el lugar a través de la pared, formando una suave ondulación. Se estremeció, y quedó como petrificado… Esta casa ya está casi muerta… Su interior, sus entrañas medio devoradas por los tentáculos de la arena que fluye incesantemente… La arena que no tiene siquiera forma propia excepto que es de un diámetro aproximado de X/8 mm… Y nada existe que se pueda enfrentar a esta informe fuerza destructiva… Precisamente, el mismo hecho de no tener forma, ¿no sería acaso la máxima manifestación de su fuerza?

Pero enseguida volvió a la realidad. Suponiendo que aquella habitación no fuera utilizable, ¿dónde pensaría dormir la mujer? La oía ir y venir trabajando allá fuera. Su reloj de pulsera indicaba las ocho y dos minutos. «¿Qué diablos está haciendo a estas horas?», se preguntó.

Bajó al piso de tierra en busca de agua. Sobre la poca que quedaba en el fondo de la tinaja había una rojiza capa metálica. Pero aun eso era mejor que aguantar la arena en la boca. Cuando se lavó la cara y el cuello con el agua aquélla se sintió considerablemente mejor.

Por la rendija de la puerta entraba un viento fresco. Le pareció que afuera sería más soportable. Salió por la puerta corrediza, atascada por la arena. El viento que bajaba del camino había realmente enfriado mucho. Le llegó con el viento un ruido que recordaba el motor de un motocarro. Escuchando con atención, oyó el movimiento de varias personas, y le pareció que había mucha más animación que durante el día. ¿O acaso era el rumor del mar? El cielo estaba cargado de estrellas.

Al percibir la luz de la lámpara, la mujer se volvió. Manejaba con habilidad la pala, echando la arena en una lata de queroseno vacía. Detrás de ella, la negra pared de arena se alzaba como en un desfiladero a punto de despeñarse. Debió de ser allá arriba donde él había andado de día en busca de sus insectos. Cuando las dos latas estuvieron llenas, la mujer, cargándolas en cada mano, avanzó hacia él. Cuando pasó por su lado le dijo con voz nasal, alzando los ojos:

—La arena, usted sabe…

Vació las latas en el camino de atrás, donde colgaba la escala de soga; luego se secó el sudor con la punta de la toalla. En el lugar adonde la había transportado, la arena ya formaba un montículo considerable.

—De modo que sacando la arena, ¿eh?

—Por más que uno haga, nunca se termina, ¿sabe?

Pasando a su lado, de vuelta, la mujer le tocó un costado del vientre, como haciéndole cosquillas, con la punta de un dedo que tenía libre. Esto sorprendió al hombre, que, al apartarse, casi dejó caer la lámpara. No supo si seguir sosteniendo la lámpara o si dejarla en el suelo y devolver la cosquilla a la mujer; vaciló ante esta inesperada alternativa, que lo tomaba desprevenido. Pero al fin decidió continuar como estaba, sosteniendo la lámpara; no obstante, fijando su rostro con una mueca de risa incipiente, se acercó a la mujer con paso incierto y torpe.

Al aproximársele, la sombra de ella se desplegó por casi toda la pared de arena.

—No debe hacer eso —dijo ella con voz entrecortada, todavía dándole la espalda—. Debo transportar otras seis latas antes de que llegue la canasta…

El gesto del hombre se endureció. Tuvo la desagradable sensación de haber sido forzado a remover ese sentimiento que mantuviera reprimido a fuerza de voluntad. Sin embargo, a pesar de sí mismo, algo empezaba a fluir por sus venas. Como si la arena adherida a su piel penetrara en ellas, y ya dentro, minara su resistencia.

—Bien, ¿quiere que la ayude?

—Oh, no… No hace falta… Además, no estaría bien hacerlo trabajar desde el primer día…

—¿Desde el primer día? Insiste en hablar así… Yo sólo me quedaré esta noche, ¿entiende?

—¿Ah, sí…?

—Es que yo no soy alguien a quien le sobre el tiempo… A ver, deme esa pala. ¡Vamos, vamos!

—Si quiere su pala, está allí…

En efecto, bajo el alero, cerca de la puerta de la casa, había una pala y dos latas de queroseno vacías y con asas. Debían de ser las cosas que habían dejado caer desde el camino diciendo que eran «para una persona más». Los preparativos estaban tan bien planeados que tuvo la impresión de que ellos habían previsto lo que él iba a hacer. Pero ¿qué era lo que habían previsto, en realidad? No lo comprendía. De todas maneras, no parecían tenerle mayor consideración, y al pensar esto se sobrecogió. El mango de la pala era un palo desigual, nudoso, con un brillo negruzco por el uso. Había perdido ya las ganas de empuñarlo.

—¡Oh, la canasta ya llegó a la casa vecina!

La voz era animada y parecía indiferente al desconcierto en que había caído el hombre. No sólo estaba animada, sino que incluso había en ella una cierta confianza no manifestada hasta entonces. Y, por cierto, el ruido que indicaba la presencia de la gente desde hacía un rato, se había aproximado de golpe. Una serie de gritos cortos, rítmicos, se repetía, seguida de un murmullo entreverado de risas contenidas, y luego comenzaban de nuevo los gritos. De pronto sintió un alivio en el ritmo del trabajo. En un mundo rústico como éste, era probablemente muy normal hacer que un visitante nocturno tomara la pala para ayudar a la comunidad. En cambio, cualquier vacilación resultaría inoportuna. Hizo un hoyo en la arena con su tacón y colocó la lámpara en él de modo que no se cayera.

—Supongo que puedo cavar en cualquier parte, ¿no?

—Bueno… no en cualquier parte.

—Entonces, ¿qué tal por aquí?

—Sí, trate de cavar directamente junto a la pared.

—¿En todas las casas sacan la arena a estas horas?

—Sí. Es más fácil trabajar de noche porque la arena está húmeda… Si está seca —dijo, mirando al cielo—, nunca se sabe cuándo y dónde se puede derrumbar…

La cresta de arena colgaba en lo alto como si fuera nieve acumulada en el borde de un risco.

—¡Pero eso es peligroso!

—No se preocupe, no hay ningún peligro —dijo con una voz risueña, animada—. ¡Mire! Ya empezó a salir la neblina.

—¿Neblina…?

De pronto, el manto de estrellas empezó rápidamente a mancharse y empalidecer. Un velo enmarañado formaba un remolino irregular entre el cielo y el borde del peñasco de arena, moviéndose sin dirección cierta.

—La arena ya ha absorbido una buena cantidad de neblina… Cuando la arena salada se llena de neblina, se endurece como el almidón.

—¡No es posible!

—Pero es cierto; cuando la marea baja, hasta podrían pasar tanques de guerra sobre la playa.

—Humm, puede ser…

—Realmente es así… Por eso, esa parte que sobresale crece más y más durante la noche. En los días en que el viento viene por mala dirección, empieza a colgar así, como si fuera un hongo. Y por la tarde, cuando se seca, se viene abajo toda de golpe… Si cae en lugares inadecuados, en una columna delgada, por ejemplo, ésta desaparece en el acto…

El tema de conversación de la mujer era muy limitado. A pesar de ello, en cuanto entraba en la atmósfera de tu propia vida, adquiría una vivacidad inusitada. También debía ser ése el camino para llegar a sus sentimientos íntimos. No es que estuviera él particularmente interesado en ese «camino», pero las palabras de la mujer eran tan vivaces que hacían adivinar su cuerpo bajo la rústica tela del pantalón de trabajo.

 

VI

CUANDO acababa de transportar su lata por segunda vez, escuchó unas voces, y sobre el camino se vio el oscilar de una lámpara de mano.

La mujer dijo en tono más cortante y áspero:

—¡Es la canasta! ¡Deje esto ya, ahora, por favor, ayúdeme allí!

Por primera vez comprendió el uso del saco de arena colgado en el extremo superior de la escala; atándole una soga, permitía subir y bajar los cestos para la arena. Al parecer había cuatro personas para manipular cada canasta, y dos o tres de estos grupos en total. En su mayoría eran jóvenes que trabajaban con rapidez y eficacia. Cuando la canasta de un grupo se llenaba, el siguiente ya estaba esperando. En seis tandas desapareció toda la arena acumulada.

—¡Cómo tiene que trabajar esa gente!, ¿eh?

Habló en tono amistoso, mientras se secaba el sudor con la manga de la camisa. Le había resultado simpático el hecho de que los jóvenes, sin burlarse de él por estar ayudando a la mujer, hubieran cumplido con empeño su tarea.

—Sí. En nuestra aldea tenemos el espíritu de «Ama a tu pueblo».

—¿Qué clase de espíritu es ése?

—El espíritu de amor a la aldea donde uno vive.

—¡Qué bien!

El hombre rió, y la mujer lo hizo también. Aunque no parecía comprender del todo el motivo.

Desde lejos llegó el ruido de un motocarro al arrancar.

—Bueno, ahora nos tomaremos un buen descanso, ¿no es así?

—Oh, no, no podemos. Cuando ellos terminen la ronda, volverán otra vez con las canastas…

—¡Qué importa! El resto podrá esperar hasta mañana, y…

Sin hacerle caso, el hombre se dirigió a la casa, pero no hubo señal de que la mujer lo siguiera.

—¡No se puede hacer eso! Debemos completar siquiera una vuelta alrededor de la casa.

—¿Qué quiere decir con «una vuelta alrededor de la casa»?

—Bueno, es que no puedo dejar que la casa sea aplastada, ¿no? La arena puede caer de cualquier lado…

—¡Pero eso llevará hasta mañana!

La mujer, como ante un desafío, se volvió bruscamente y salió corriendo; aparentemente volvía al pie del risco a continuar su trabajo. Tal como actúan los escarabajos, pensó el hombre.

Ahora que lo había comprendido, no se dejaría arrastrar de nuevo…

—¡Esto es increíble! ¿Es así todas las noches?

—La arena nunca descansa… Y además, las canastas y el camión no paran en toda la noche.

—Supongo que es así.

Sí, así debía ser. La arena nunca se detiene. El hombre se sentía confundido. Estaba perplejo, como cuando pisamos sin querer la cola de una víbora que creíamos pequeña pero que resulta ser asombrosamente grande, y que, cuando nos damos cuenta, alza su cabeza detrás de nosotros.

—Pero ¿no querrá decir que ustedes viven con el único propósito de sacar la arena?

—Es que, ¿sabe?, tampoco uno puede fugarse de noche. El hombre se sentía poco a poco más y más perplejo. No tenía ninguna intención de verse atrapado en ese tipo de vida.

—¡Claro que se puede! Es muy simple… ¡Cualquier cosa que se desea se puede lograr!

—No, no es tan sencillo como parece… —dijo ella de forma casual, mientras ajustaba su respiración al ritmo de sus movimientos con la pala—. Si el pueblo se sostiene mal que bien es porque trabajamos así, sin cesar, sacando la arena. Si dejáramos de hacerlo, en menos de diez días el pueblo quedaría enteramente sepultado… Y después sería el tumo de la próxima aldea, la que está detrás de la nuestra, ¿sabe?

—Sí que es una historia de lo más edificante… ¡Ah! Era por eso que los tipos de la canasta trabajaban con tanto entusiasmo, ¿eh?

—Bueno, es que reciben la paga del municipio…

—Si tienen ese dinero, ¿por qué no construyen con árboles una barrera más permanente?

—Dicen que, si se calcula el costo, sale mucho más barato hacerlo de esta manera.

—¿De esta manera? ¿Es realmente esto una «manera»? —súbitamente se sintió encolerizado. Lo enfadaba aquello que tenía aferrada a la mujer, y también la mujer, que se dejaba maniatar—. ¿Por qué debe estar apegada a una aldea como ésta, obligada a hacer lo que hace? De verdad no entiendo nada… ¡La arena es un asunto muy serio! Están en un grave error si piensan poder combatirla de esta manera. ¡Tonterías! ¡Esto es absurdo! ¡Yo renuncio! ¡Realmente renuncio! ¡No se puede sentir compasión por esto!

Abandonó la lata, sobre ella tiró la pala, y sin siquiera fijarse en la expresión de la mujer, se dirigió rápidamente a la habitación.

No pudo dormir; pasó una noche penosa, revolviéndose agitado. Escuchó atentamente tratando de percibir la presencia de la mujer. Se sentía algo culpable por tomar semejante actitud, cuando en ella bien podía haber actuado su celo por cuanto rodeaba a la mujer, y acaso el deseo de que hiciera una pausa en su tarea para acostarse con él. En verdad, sus sentimientos no parecían obedecer a un simple enfado ante la estupidez de la mujer. Había algo más profundo. Su colcha seguía humedeciéndose, y la arena se pegaba cada vez más a su piel. Todo era demasiado irrazonable, demasiado fantástico. Pero no se consideraba culpable por haber arrojado la pala y haberse metido en la casa. No tenía por qué sentirse responsable hasta tal punto. Por lo demás, ya era más que suficiente con las obligaciones que debía asumir en su vida. En realidad, el haber ido hasta allí atraído por la arena y los insectos era, en última instancia, una sencilla manera de escapar, aunque fuera por un momento, del fastidio y futilidad de sus obligaciones.

A pesar de su empeño, no consiguió dormir.

El ruido que la mujer hacía al moverse no se interrumpió; tampoco el ruido de la canasta, que se acercaba y se alejaba una y otra vez. Si eso continuaba no estaría en condiciones de trabajar al día siguiente. Decidió que se levantaría al alba y aprovecharía bien el día. Pero cuanto más se esforzaba en dormir, más alerta seguían sus sentidos. Los ojos le empezaban a arder, las lágrimas y el parpadeo no parecían combatir con eficacia a la arena que caía sin cesar. Desplegó la toalla y se cubrió la cara. Respiraba con dificultad, pero estaba mejor así.

Trató de pensar en algo diferente. Al cerrar los ojos, numerosas líneas, corriendo como suspiros, se acercaron flotando hacia él. Eran las pequeñas olas de arena que se movían sobre las dunas. Quizá le habían quemado la retina, después de verlas continuamente durante casi doce horas. Eran las mismas corrientes de arena que habían devorado y destruido ciudades florecientes y grandes imperios. Si mal no recordaba, había existido la llamada «erosión» del imperio romano… Y de una aldea cuyo nombre se le escapaba, pero sobre la que escribió Ornar Kayam, con sus sastres y carniceros, sus bazares, y sobre todo sus carreteras entrecruzadas como hilos de una red, las que por el cambio de rumbo de cualquiera de ellas originaban luchas y pleitos burocráticos que duraban años enteros… Las ciudades de la antigüedad, consideradas sin duda incólumes… Pero finalmente, tampoco ellas habían resistido la ley de la fluida arena de 1/8 mm de diámetro…

Arena…

Desde el punto de vista de la arena, las cosas que poseen forma están vacías. Lo único verdadero es la corriente de arena que niega la existencia de todas las formas. Sin embargo, del otro lado de la delgada pared de madera, la mujer continuaba paleando, incansable. ¿Qué esperaba hacer con sus débiles brazos? Era como el intento de construir una casa en el mar vaciando el agua a un lado. Lo que corresponde hacer en esos casos es poner a flotar una embarcación que convenga a la naturaleza del agua.

Este pensamiento lo liberó súbitamente de la compulsiva opresión que extrañamente le produjera el ruido de la mujer, su pala y la arena. Si un barco flotaba en el agua, podría igualmente flotar en la arena. Si esta gente superaba el concepto de la casa inmóvil, no tendría que gastar tantas energías luchando contra la arena. Un barco libre, una casa móvil que flotaba sostenida por la arena… Se formarían pueblos y ciudades sin contornos…

Naturalmente no es un elemento líquido, por lo tanto no hay razón para esperar que las cosas floten en ella. Por ejemplo, una cosa con gravedad específica menor que la arena, como un corcho, si se la deja sobre la arena, se hunde en ella. Un barco que flotara en la arena debería tener cualidades muy diferentes. Podría ser, por ejemplo, una casa en forma de barril que pudiera girar sobre sí misma… Dotada de un movimiento perpetuo, despediría la arena que hubiese caído en su interior, y volvería enseguida a la superficie… Claro está, la gente no podría soportar la inestabilidad de una casa que girara constantemente… Habría que buscar el modo de que resultara un barril doble sujeto a un solo eje, para que el fondo del barril interno mantuviera un punto de gravedad fijo. Ese barril interno permanecería inmóvil, mientras el de afuera girase… La casa oscilaría como el péndulo de un gran reloj… Como una cuna… Una barca en el desierto…

Aldeas y ciudades en perpetuo movimiento, formadas por conjuntos de barcos como ése…

Sin darse cuenta se quedó dormido.

 

VII

EL canto de un gallo, como el chirrido de un columpio herrumbroso, lo despertó. Fue un despertar inquieto, doloroso. Tuvo la sensación de que era apenas el alba, pero su reloj indicaba ya las once y dieciséis: los rayos del sol tenían la intensidad del mediodía. La semioscuridad en que se hallaba la casa se debía seguramente a que el sol no tocaba aún el fondo del pozo.

Se levantó rápidamente. La arena que se había depositado en su cara, en su cabeza, en su pecho, cayó susurrando. Alrededor de los labios y la nariz, se había formado una costra de arena y sudor. Se la quitó con el dorso de la mano y parpadeó con cautela. De sus párpados afiebrados, llenos de arena, las lágrimas se volcaron sin control. Pero no fueron suficientes para lavar los granos alojados en los rincones húmedos de sus ojos.

Fue hacia la tinaja en busca de agua. En eso se oyó la respiración de la mujer que dormía al otro lado del fogón hundido, y la miró. Contuvo el aliento, olvidando por completo sus párpados doloridos.

Estaba completamente desnuda.

Ante sus ojos nublados por las lágrimas, la mujer parecía flotar como una vaga sombra. Yacía boca arriba sobre la estera y, exceptuando su cabeza, tenía todo el cuerpo descubierto; su mano izquierda descansaba levemente más abajo del vientre suave y tenso. Las partes que usualmente se cubren estaban totalmente desnudas, mientras que la cara, que todo el mundo muestra, se ocultaba bajo una toalla. Obviamente ésta le protegía de la arena los ojos, la nariz y la boca, pero el contraste no dejaba de acentuar su desnudez.

Una capa de fina arena cubría todo su cuerpo, suavizando los detalles y enfatizando las formas femeninas: era como una estatua dorada forjada de arena. Súbitamente una viciada saliva se acumuló bajo su lengua, pero no pudo tragar. La arena que se había introducido entre los labios y dientes le invadía la boca, absorbiendo la secreción. Escupió sobre el piso de tierra. Pero, por mucho que insistiera, no lograría librarse de ese sabor terroso. A pesar de tener la boca por completo reseca, la arena seguía allí. La sentía como si brotara sin cesar de entre sus dientes.

Por suerte, la tinaja estaba llena hasta el borde de agua fresca. Cuando pudo enjuagarse la boca y lavarse la cara, se sintió renacer. Nunca antes había tenido tan profunda conciencia de la maravilla del agua. Siendo, como la arena, una sustancia inorgánica, una simple y transparente sustancia inorgánica, se adaptaba al cuerpo con más rapidez que cualquier materia viviente… Mientras dejaba que el agua se escurriera lentamente por su garganta, imaginó animales que se alimentan de piedras…

Nuevamente se volvió a mirar a la mujer, y sin embargo, no sintió ninguna tentación de acercarse más. Una mujer cubierta de arena podía resultar visualmente atractiva, pero no inspiraba el deseo de tocarla.

A la luz del día, la exasperación y la excitación de la noche parecían cosa de sueño. Sin duda, el asunto podía ser un buen tema de conversación. El hombre miró en torno una vez más, como tratando de grabarse lo que ya pasaba a ser recuerdo, y comenzó a prepararse con premura. Tenía la camisa y los pantalones llenos de arena, pero no había tiempo para preocuparse por esas cosas, ya que era más difícil sacudirse la arena que quitarse la caspa de la cabeza.

También sus zapatos estaban enterrados en la arena.

¿Debería decir algo a la mujer, antes de partir? Aunque, también, despertarla significaría obligarla a pasar un momento embarazoso. ¿Y cómo hacer para retribuir la amabilidad del hospedaje? Lo mejor sería pasar por la cooperativa del pueblo y dejarle el dinero al viejo que lo había traído el día anterior.

Salió sigilosamente.

El sol ardía como mercurio en el borde del arenoso acantilado y lentamente empezaba a calentar el fondo del pozo. Sorprendido, defendió los ojos de la intensa reverberación, pero al minuto siguiente ya lo había olvidado: simplemente examinaba la superficie de la pared de arena.

No podía creerlo. La escala de cuerda ya no estaba donde la había visto la noche anterior.

Los talegos, aunque medio enterrados en la arena, eran claramente visibles. No podía equivocarse respecto al lugar. ¿O es que la arena, por sí sola, se había tragado la escala…? Más que correr, saltó hacia la pared, enterró sus brazos en la arena y la removió, tratando de hallar la escala. La arena se abrió sin oponer resistencia y se esparció. Sin embargo, no buscaba la aguja en el pajar; si no lo había logrado la primera vez, era inútil repetir el intento… Esforzándose en dominar la aprensión que empezaba a ganarlo, observó nuevamente, confundido, la abrupta cuesta de arena.

¿No habría alguna parte por dónde escalar? Observando atentamente, caminó dos o tres veces alrededor de la casa. Si subía al techo, la distancia hasta el borde del pozo era más corta por el lado norte, que daba al mar, pero aun así quedaban unos diez metros, y, lo que era más, la pared caía más abrupta en esa parte. Además, la compacta masa de arena que colgaba de la cima se veía demasiado peligrosa.

La pared oeste, por el contrario, parecía ofrecer un suave declive y una superficie cóncava, como el interior de un cono. Un cálculo optimista permitía suponer una inclinación de cincuenta, o por lo menos cuarenta y cinco grados. Con todo cuidado ensayó el primer paso. Por cada uno que avanzaba, descendía la mitad. Pero aun así, creyó que lograría su propósito si aplicaba el suficiente empeño.

Las cosas ocurrieron según su cálculo, durante los primeros cinco o seis pasos. Luego, sus pies comenzaron a hundirse en la arena. Antes de poder saber si avanzaba o no, se encontró enterrado hasta las rodillas, perdida la movilidad de su cuerpo.

Entonces intentó, desesperado, arrastrarse sobre manos y pies. La arena ardiente le lastimaba las palmas. Tenía el cuerpo empapado en un sudor que, mezclado con la arena, le impedía abrir los ojos. Pronto se le acalambraron las piernas y ya no pudo moverse más.

Intentó descansar, tomar aliento, y creyendo haber recorrido un buen trecho, entreabrió los ojos, sólo para comprobar con asombro que no había cubierto ni cinco metros. ¿Qué había conseguido con todo ese esfuerzo? No sólo le pareció, desde donde estaba, que la cuesta era más empinada que vista desde abajo, sino que parecía mucho peor. Creyendo que estaba trepando, sólo había derrochado energías para enterrarse en la arena. El borde que sobresalía, justo arriba de su cabeza, le impedía el paso.

Desesperado, trató de reiniciar la lucha y extendió sus brazos; pero en ese momento, desapareció la presión de la arena. Sintió que se soltaba y caía al fondo del pozo. Su hombro izquierdo sonó como si se hubiera quebrado en astillas, aunque no sintió ningún dolor. Por un instante la arena resbaló suavemente por la superficie del acantilado, como queriendo aliviar la herida que le había producido; luego se detuvo. A pesar de todo, el daño era insignificante.

Aún no era cosa de alarmarse.

Conteniendo el deseo de gritar se aproximó lentamente a la casa, donde la mujer dormía aún, inmóvil. La llamó, suavemente al principio y luego en voz cada vez más alta. Ella, en lugar de contestar, se volvió sobre su costado, molesta.

La arena se escurrió por el cuerpo de la mujer, descubriendo la desnudez de sus brazos y sus hombros, el costado de su vientre y parte de sus caderas. Pero él no podía prestar atención a ello. Se le acercó y le quitó la toalla que cubría su cabeza. Su cara apareció llena de manchas, y comparada con su cuerpo cubierto de arena, su crudeza tenía algo de horripilante. La extraña blancura de ese rostro que viera a la luz de la lámpara la noche anterior era, sin duda, efecto de algún afeite. Ahora esa capa blanca se estaba desprendiendo, y creaba zonas que semejaban una carne sin rebozar; era posible que realmente hubiera usado harina de trigo.

Por fin la mujer entreabrió los ojos, deslumbrada por la luz del día. Tomándola por los hombros y sacudiéndola, el hombre barbotó con voz implorante.

—¡Oiga, ya no está la escala! Diga, ¿por dónde se sale de aquí? ¿No comprende que es imposible salir de un lugar como éste sin una escala?

Precipitadamente, la mujer recogió la toalla y con inesperada energía se sacudió el rostro dos o tres veces; luego, dándole la espalda, encogió el cuerpo y se quedó mirando al suelo. ¿Un arranque de vergüenza? No era el momento adecuado. Cuando el hombre empezó a gritar fue como si se hubiera roto un dique.

—¡No estoy para bromas! ¡Urge que aparezca la escala! ¡Tengo prisa! ¿Dónde diablos la escondió? Esto es el colmo. ¡Saque la escala! ¡Pronto!

Pero ella no contestó. Permaneció en la misma postura, sacudiendo la cabeza de derecha a izquierda.

El hombre estaba tenso. Se le nubló la vista, casi no podía respirar. En el acto comprendió lo absurdo de su demanda. Es evidente: la escala era de cuerda, y una escala de cuerda no se sostiene sola… Aunque la consiguiera, no podría colocarla desde abajo. Eso significaba que la mujer no la había quitado, sino que se la había llevado alguno de los de allá arriba, en la carretera… Su cara sin afeitar, sucia de arena, se vio de pronto miserable.

Debía entender, pues, que la actitud de la mujer y su silencio tenían un sentido terrible e inesperado. Si bien se negaba a creerlo, en el fondo advertía que sus más grandes temores se volvían realidad. Esto no era otra cosa que la clara confirmación de que, después de todo, la escala había sido retirada con el consentimiento tácito de la mujer. No cabía duda acerca de su complicidad. Era evidente que su postura nada tenía que ver con una supuesta vergüenza; era la postura de un criminal, de una víctima expiatoria dispuesta a recibir cualquier clase de castigo. Y él había caído estúpidamente en una trampa, en un hormiguero. Arrastrado por el escarabajo a un desierto del que no podía escapar, igual que un ratón hambriento…

Se enderezó de un salto, corrió hasta la puerta y miró de nuevo hacia afuera. El viento se había levantado. El sol caía casi a plomo dentro del pozo, y con un brillo de celuloide ascendían las olas de calor desde la arena ardiente. Por encima de él, la pared de arena se alzaba más y más alta, como queriendo indicar, con expresión omnisciente, la absurda resistencia de sus músculos y sus huesos. El aire caliente penetró su piel. La temperatura, de pronto, empezó a elevarse.

Como enloquecido, el hombre comenzó a gritar. Lanzaba palabras absurdas, porque en realidad no sabía qué decir. Simplemente gritaba, a voz en cuello. Acaso lo hacía como el que intenta despertar de un mal sueño, y espera que éste le disculpe de su desatino y lo saque del fondo del pozo. Pero su voz, no acostumbrada a gritar, sonaba pálida y frágil. Además, la arena absorbía sus palabras, el viento las barría y no había manera de saber hasta dónde llegaban.

De repente, lo interrumpió un estruendo. Tal como lo anticipara la mujer, el borde de arena sobre el lado norte, al perder su humedad, se desbarrancaba. Toda la casa pareció exhalar un espantoso chillido, como si la hubieran estrangulado; una sangre gris goteaba susurrante por la nueva grieta abierta en el tejado y la pared. El hombre se puso a temblar y su boca se llenó de saliva, como si todo su cuerpo hubiera sido aplastado…

Pero era imposible que aquello estuviera ocurriendo. Era una pesadilla demasiado fantástica. ¿Cómo era posible que un hombre con papeles de identificación, con un empleo, pagador puntual de sus impuestos y además con un certificado de seguro médico, se viera atrapado como un ratón o un insecto? No podía creerlo. Tal vez se trataba de un error; seguramente era un error. No cabía suponer otra cosa.

En primer lugar, ¿de qué les sirve hacer todo esto? No soy un caballo o una vaca para que me fuercen a hacer este trabajo contra mi voluntad. Y si no les sirvo trabajando, no tiene sentido este encierro. Por otra parte, eso implica que la mujer tiene que hacerse cargo de mí.

Aun así no estaba completamente seguro, no sabía por qué… Ante las paredes de arena que lo rodeaban como para estrangularlo, volvía el recuerdo miserable de su fracaso al querer treparlas. No cabía otra cosa que dar tumbos, manotazos. Una sensación de impotencia lo paralizaba… Esto era un mundo aparte, carcomido por la arena, en donde no contaban las convenciones cotidianas… Puesto a desconfiar, había muchos signos sospechosos… Por ejemplo, si bien era cierto que las latas vacías de queroseno y la pala le habían sido especialmente asignadas, era igualmente cierto que habían quitado la escala sin que él lo supiera; y más aún, el hecho de que la mujer no diera una sola explicación, y aceptara todo con esa extraña sumisión de víctima expiatoria, ¿no revelaba acaso lo peligroso de la situación? Pensándolo bien, las respuestas de la mujer la noche pasada, como insinuando que su estancia sería larga, no significaban que sólo hubiese hablado por hablar.

En ese momento se produjo otra pequeña avalancha.

Regresó a la casa, inquieto. Se dirigió directamente a la mujer, que había permanecido encogida; impulsivamente, levantó amenazante la mano derecha. Un sentimiento de pudor y de impotencia temblaba en el fondo de sus ojos. Su mano, como si quedara vacía, se detuvo en mitad del gesto y cayó. Tal vez se hubiera sentido mejor de poder golpear a la mujer desnuda. ¿Pero no era ésa exactamente la actitud que se esperaba de él? Esa reacción era lo que ella esperaba. En última instancia, el castigo implica reconocimiento del pago de un crimen.

Volvió la espalda a la mujer, se sentó en el declive del montículo del piso y escondió la cabeza entre las manos. Con voz queda, empezó a gemir. Quiso tragar la saliva que se había acumulado en su boca, pero se le prendió a la garganta y quedó atascada. La mucosa de su garganta se había vuelto hipersensible al gusto y al olor de la arena; nunca se acostumbraría a ellos. Su saliva se había convertido en una espuma parda que empezaba a filtrarse por los costados de la boca. La aspereza de la arena aumentó cuando terminó de escupir. Trató de expulsarla pasando la punta de la lengua por el interior de la boca y escupiendo, pero aquello era interminable. Su boca estaba seca y le ardía como si estuviera inflamada.

Es inútil, nada puedo hacer. De todas maneras, hablaré con la mujer y trataré de obtener alguna explicación más precisa. Una vez aclarada la situación, pensaré qué medidas tomar. Es imposible que no puedan tomarse medidas. Es imposible que todo sea tan descabellado… ¿Pero qué haré si ella se niega a contestar…? Esta sería sin duda la más fatal de las respuestas. Y puede ser la más probable. ¡El terco silencio de esta mujer! Esa forma de presentarse como víctima indefensa, sobre sus rodillas recogidas…

El espectáculo de la espalda desnuda de la mujer era indecente y animal. Tuvo la impresión de que podía dar la vuelta a la mujer tomándola de la matriz. Pero no había terminado de pensar en ello cuando sintió una vergüenza que le detuvo la respiración.

Era como verse —tarde o temprano— de pie sobre las nalgas salpicadas de arena de la mujer, convertido en un torturador.

Sí, lo sabía… Eso ocurriría en un momento dado… Y para cuando ese día llegara, habría perdido el derecho de reclamar…

De repente, un dolor agudo le atenazó el vientre. Su vejiga, colmada, a punto de estallar, sonaba hasta el fondo de sus oídos.

Anuncios

Una respuesta a “La mujer de la arena [Fragmento]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.