Una ciudad que todavía se llama París

Marcelo Filzmoser

 

 

 

Por aquel entonces yo usaba otro nombre. Era una más de las costumbres con las que me engañaba en secreto y que sostenían la idea de que mi vida valía más que la de un vendedor de autos usados. Ahora, que soy viejo y que la gente me llama desde hace años de la misma manera, entendí que pocas cosas fueron tan reales. Dicho de otro modo, creer que me engañaba era también parte del engaño. Yo fui todos aquellos que inventé mucho más del que soy ahora. Por eso sé que estoy en condiciones de juzgarme, a mí, al que fui en esos años. Nunca a ella.

El hecho de dejarla ir parece trascendental, cualquiera diría que en ese instante se definieron los siguientes veinte años de mi vida. No es cierto. Un parque del que no me acuerdo ni siquiera el nombre, un invierno desganado que no se tomaba en serio el trabajo de desanimar a la gente y dejarla sentada frente al televisor, una ciudad que todavía se llama París pero que bien podría haberse llamado de cualquier otra manera, ya que ese día no caminé junto al Sena ni me reí a carcajadas dentro del Pompidou, no hicieron más que decorar una decisión que ya había sido tomada mucho tiempo atrás. Hablo de décadas y quizás hasta de siglos. Fueron mis padres y mis abuelos, también los abuelos de mis abuelos, gente que no imaginaba nada de mí y que sin embargo trazó un camino del que no pude apartarme y al que siempre terminaré volviendo.

Soy un hombre casado. Tengo hijos que mejoraron muchos de mis días. Vivo en Buenos Aires y sé que eso no significa demasiado, más allá de pagar impuestos caros y tener muchas posibilidades de morir acuchillado en alguna esquina. Cuando la conocí supe que todo entre nosotros iba a pasar más allá de lo que cualquiera de los dos intentara hacer para evitarlo. Supe también que no iba a durar y eso fue mucho más fácil porque a esa altura yo ya sabía que el amor estaba hecho de ausencias, de engaños y por sobre todo de finitud. Si yo no fuese hijo de este siglo intentaría una comparación más ambiciosa, me arrogaría el derecho de compararlo con la esencia del ser y vaya a saber hasta donde llegaría. La verdad es que no sé mucho más. Como decía, en ese momento yo estaba dispuesto a dar la vida por ella una vez por minuto sin importarme que al resto de las personas le diera lo mismo. Entendí sin más que todo iba a terminar pronto, que ella iba a venir con sus anteojos oscuros para no mostrarme que había llorado, que iba a encender un cigarrillo atrás del otro para dejar ver que se quería morir, y que me iba a pedir que no volviera a pasar por su taller, ni visitara su próxima muestra planeada para los días siguiente. En cuanto la vi supe todo eso y la verdad es que no me importó. Supe que yo iba a sufrir como se sufre pocas veces en la vida y agradecí al destino que me diera la oportunidad.

Cuando todo terminó subí a un avión y volví a mi casa, donde me esperaba la misma mujer que había abandonado meses atrás. Ella tampoco se sorprendió al verme.

 

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