EL FIN DEL MUNDO CONOCIDO

Kabalcanty

 

 

Ella salió a la terraza y se acodó sobre la barandilla para contemplar la insólita calle. Desde el piso décimo del edificio podía escucharse el rumor del comentarista televisivo como una voz ininteligible que subía y bajaba el tono jaleada por una exclamación que recorría los aires y las aceras desiertas. Jugaba la selección española de fútbol lejos del país y todos se congregaban en sus casas, o en el bar de turno, frente al televisor con toda la devoción que inspira lo intrascendente debidamente divulgado.

A Laura no le gustaba el fútbol y a Santiago, su marido, menos si cabía, por eso aprovechó ese silencio inusual para disfrutar de la noche y desde la barandilla de su décimo piso dejarse llevar por cualquier ocurrencia. Aguzó la vista para distinguir a un gato que cruzaba mansamente con el semáforo en rojo; creyó verle detenerse, girar su cabecita triangular hacia la altura de ella y levantar una pata mientras le dedicaba una inmensa sonrisa de minino de Cheshire.

Laura todavía se sintió más encantada cuando observó cómo una estrella caía a plomo sobre aquella farola fundida hacía más de un mes. Quedó clavada sobre la chapa unos instantes, titubeando, después desperezándose, estirando dos de sus puntas ostensiblemente, se dejó caer sobre la cabeza de la farola con la ligereza de un folio en blanco. La farola volvió a lucir, eso sí, con una luz azulada, metalizada, diferente a las otras, desplazada de una galaxia que Laura creyó reconocer ensimismada en esa noche futbolística.

Santiago, sigiloso por retaguardia, arrimó las dos latas de cerveza al brazo desnudo de ella. Laura dio un respingo y, sin reprocharle nada, le atrajo hacia la barandilla.

—¿Te imaginas este silencio para siempre? —le dijo, tirando de la anilla de su lata.

Él la miró divertido antes de dar un trago.

—Estoy segura —siguió Laura— que veríamos las cosas de forma distinta, más divertida. Mi trabajo de mierda, tu desempleo, las facturas de fin de mes, el hijo que queremos tener y no sabemos cómo podremos mantenerle, la enfermedad de tu madre……Nada sería definitivo, calamitoso, sólo vivir para vivir y morir habiendo vivido.

Las figuras de los dos jóvenes, al contraluz de la lámpara que se intuía tras los visillos, chocaron las cabezas con delicadeza y acercaron tibiamente los labios. Luego brindaron lata contra lata.

Debajo de ellos, a diez pisos de distancia, un mimo vestido de impoluto blanco cruzaba la desértica avenida simulando caminar sobre la cuerda floja. Se equilibraba con el palo de una escoba; cuando simulaba perder la estabilidad y, mediante cómicas contorsiones, la recuperaba, miraba a la atalaya de los jóvenes buscando una aliviadora complicidad. Ellos sonreían saludándole con las manos. Cruzó dos veces la avenida representando su número y, posteriormente, corrió, pedaleando sobre una bicicleta de aire, hasta justo enfrente de la terraza de ellos. Se inclinó y les saludó a los jóvenes con histriónica desenvoltura.

Laura y Santiago aplaudieron a rabiar escuchándose sus palmadas por encima del runrún del comentarista televisivo.

—Sería fantástico que todo siguiera así, ¿verdad, Santi?

Él bajó los ojos y los dejó vagar tras la estela blanquecina del mimo. Contestó que “sí” con laconismo, incapaz de seguir el intrínseco entusiasmo de ella; llevaba unos años demasiado hueco, desilusionado, harto de una realidad que cada vez tiraba más de las comisuras de sus labios curtiéndole una mueca cansina y derrotada.

—Todo cambiaría de verdad.

Dijo Laura, tomándole la mano.

Más tarde, el árbitro del partido de fútbol haría sonar su silbato tres veces para dar por concluido el encuentro y el comentarista cesaría su narración. Podría pensarse, a tenor de la falta de entusiasmo fragoroso de los muchos que contemplaban el partido, que la selección nacional había obtenido un mal resultado. Lo cierto es que las calles de la ciudad siguieron igual de solitarias y silenciosas sin que los bares o pub lanzaran al exterior ningún tejido futbolero ni que sus autos los llevaran de acá para allá. Algún descarriado que seguía disfrutando de la inusitada inmensidad de vías o avenidas inflando el pecho como si jamás hubiera respirado, o algunos animales domésticos, cada vez más numerosos, si bien es cierto, mostrado su libertad desbocada sin amo que añorar. Unos y otros con una herencia desmesurada.

Con toda probabilidad, al día siguiente, el despertador de Laura no la despabilaría como todas las jornadas laborables; se dormiría porque el ruido del trajín conocido de la vida irrumpiría diferente, en sordina, despacioso, y seguro que, cuando se acodara sobre la barandilla de su terraza, ella sería una de las personas más ilusionadas del nuevo mundo.

 

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