Demasiadas guirnaldas

Marcelo Filzmoser

 

 

Omar prende un Phillips Morris mientras el colectivo se aleja rugiendo a su espalda. Guarda el encendedor adentro de la marquilla, pone todo en el bolsillo de atrás del jean y se acomoda la tira del bolso sobre el hombro mientras empieza a caminar. No llueve. Ya ni se acuerda desde cuando. Piensa que la tierra de la calle está tan fina y seca que el polvo que acaba de levantar el colectivo del que bajó, va a seguir flotando en el aire cuando llegue el de las ocho menos diez. El que toma cuando se tiene que quedar en la curtiembre por culpa del tucumano, que cada dos por tres llega tarde al cambio de turno.

Karin va y viene. Sale al patio, mira que el perro no tire el mantel, entra a la cocina, revisa la olla con el relleno y repasa la receta que le pasó su suegra esa tarde por teléfono. Carne picada, cebolla, morrón, huevo, aceitunas, … Busca el teléfono, lo agarra, mira la pantalla y busca a su suegra en la lista de contactos. Vuelve a salir al patio y prende la luz que colgó Omar con un gancho del parral. Se guarda el celular en el escote de la musculosa y piensa en la paraguaya que sale a veces en la tele. Omar nunca le dijo nada pero le debe gustar. Si cuando ella le pregunta, él le responde las tetas; lo que más me gusta de vos son las tetas dice y le come la boca de un beso. Va para la pieza y se mira en el espejo. No será la paraguaya pero tiene lo suyo. De espaldas trata de ver como le queda la calza. Tira del elástico para arriba y antes de volver a la cocina apaga la luz. Baja la hornalla, revuelve el relleno y busca las tapas en la heladera. Mientras abre el envase mira el reloj de pared.

Le cuesta creer que el gordo no va a estar más. Buen tipo, medio vago pero bueno. Se llevaban bien. Por lo menos no llegaba tarde. Con esto de la crisis cada vez son menos en la fábrica y los cueros que están mandando tampoco ayudan. Se mira las manos hinchadas. Rajan a los nuevos porque es más barato pero los viejos trabajan la mitad. Hace cinco años que él entró en la curtiembre. Vos me saliste bueno le dice siempre uno de los socios, no te me eches a perder como los demás. Omar mira para atrás sin dejar de caminar y ve el último reflejo de luz. Apura el paso. Se bañó antes de salir pero el polvo de la calle y el calor le dan ganas de volverse a duchar.

El repulgue era más complicado de lo que ella creía. Las primeras, cuando la masa estaba fría, quedaron bien. Después el calor del horno inundó la cocina ablandando las tapas y las últimas quedaron como si las hubiese cerrado a martillazos.

Llena la fuente enmantecada, les pasa huevo con los dedos en la parte de arriba para que se doren y las pone en el horno. Mira otra vez el reloj. Se lava rápido las manos y se seca con el repasador. Va al baño y se vuelve a atar el pelo. Tiene la cara roja. Se la enjuaga  durante unos segundos con agua fría y se pone desodorante. Le da bronca que se le haya marcado la transpiración abajo de los brazos en la musculosa. Antes de apagar la luz se mira de nuevo las tetas. Sale al patio. Mira los cigarrillos arriba de la mesa. Agarra el atado y lo lleva adentro. El perro la sigue. Primero piensa en tirar el atado así como está, casi cierra el puño para aplastarlos pero los termina dejando arriba de la heladera. Da dos pasos y vuelve. Saca un cigarrillo y dice el último en voz alta. Otra vez en el patio se sienta a la mesa, bajo el parral. Acomoda el mantel y se pone a fumar con pitadas lentas y profundas, dejando salir el humo como si estuviera suspirando. Quizás el fresco le seque la transpiración.

Reconoce la bicicleta que sale de la casa de al lado. Levanta el brazo y dice fuerte, casi gritando, el nombre del vecino. El otro, riendo, le devuelve el saludo y sigue. El hijo del vecino, de unos cinco años, mira a su padre hasta que dobla en la otra esquina. Omar se queda mirando al chico hasta que vuelve a meterse en su casa. Entonces abre la reja y avanza. Flota en el aire el aroma de la masa cociéndose.

Karin siente la llave y se levanta. Todavía no puso la mesa. Se acomoda el teléfono en el escote y lo va a recibir. Omar ya está adentro terminando de cerrar la puerta. Se da vuelta y sonríe. Ella se queda quieta para que él pueda mirarla unos segundos, después se le acerca y le da un beso. Omar la abraza y le palmea la cola mientras ve entrar al perro que viene a saludarlo con paso lento.

¿Tenemos fiesta o te llamó Tinelli para el bailando? Dice mientras se agacha y acaricia al perro.

Karin se ríe.

¿Por qué? ¿No te gusta?

Decí que hiciste empanadas, si no, ni comer te dejo.

Ella lo abraza y le besa el cuello.

¿Puedo dejar el bolso?

Omar prende un cigarrillo y pregunta si tiene tiempo para darse una ducha. Ella le dice que sí, pero que se apure.

Karin pone la mesa mientras escucha caer el agua en el baño. Cuando Omar cierra la canilla saca las empanadas y las acomoda en una bandeja blanca de plástico.

Omar sale del baño y va para el patio. En ese momento ella se da cuenta de que se olvidó de comprar vino.

Si me viera el viejo comer empanadas con Coca… dice Omar riendo.

Ella va a buscar la gaseosa cola barata que de todas formas llaman Coca y cuando vuelve se le tropiezan las palabras.

Sabés…Tengo… hay una…  una noticia.

Ya me parecía que tanta guirnalda no venía de arriba.

No seas malo.

Omar la mira.

Me llamó el doctor Iribarren.

A él se le humedecen apenas los ojos, tan apenas que ninguno de los dos se da cuenta.

La chica que le manejaba los turnos se le fue y me ofreció el puesto. Empiezo mañana. Voy a tener que dejar de fumar, eso sí, me dijo que ya tiene bastantes enfermos por ese tema.

Él toma un trago de gaseosa que no le ayuda a bajar las empanadas.

¿Y si justo quedás?

¿Qué problema hay? Todas las mujeres trabajan embarazadas. Además voy a tener la obra social de los médicos. Debe ser buena, ¿no te parece?

Omar dice bien, me parece bien, conteniendo el gas que le sube por la garganta. Le parece que no es momento para esas cosas. Las empanadas están ricas y le espera una buena noche así que trata de no pensar. Hace un par de bromas y después prueba suerte.

Me parece que lo mejor es volvernos a cuidar.

Noooo. ¿Por qué? Si hace meses que venimos buscando.

Por eso. Si llegás a quedar ahora voy a pensar que ese doctorcito metió manos en el asunto.

¡Boludo!

Karin le tira con el repasador que había quedado al lado de la bandeja y Omar lo ataja de lleno con la cara. Lo deja ahí unos segundos que aprovecha para juntar fuerzas y poder reírse cuando ella se lo saque.

 

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