Nadie dijo es mentira

Marcelo Filzmoser

 

 

Si no fuese por el Tuca que me empujó adentro del auto, a ese viejo de mierda le sigo metiendo bala hasta vaciar el caño. Por suerte el viaje fue largo, me colgué con el paisaje y se me fue la locura.

Sentado en el piso de la casilla, a un metro del televisor, mientras veían como dos enfermeros levantaban de una vereda cualquiera una camilla con un cadáver tapado y lo metían en una ambulancia, el Chapa pitó con fuerza y le pasó el cigarrillo. Esa mezcla de tabaco y pasta base era la novedad desde hacía unas semanas en la villa. Afuera el cielo se ponía violeta, mezcla de rosas y celestes de un atardecer impecable que prometía una de esas noches para no dormir.

Alto gil el viejo ese. Nos daba todo, ni una palabra, temblaba, estaba así de ponerse a llorar. 

Ella empezó a fumar mientras miraba al Chapa que seguía hablando. No hacía tanto la Nancy había contado que él no había nacido en la villa. Era del barrio, sí, pero del otro lado de la autopista. Parecía ser que venía de una casita linda, que la mamá de chico lo llevaba a la escuela y el papá iba y venía del trabajo en bicicleta hasta los días de lluvia.

El Tuca le dijo de meternos en la casa y el gil sí, está bien, no me hagan nada.

La Nancy era de fiar. Además el Tuca lo conocía desde siempre y había contado algo parecido. Que el viejo era un pollerudo, que se la pasaba laburando, que el Chapa dormía en la cama con la vieja y que cuando el viejo llegaba se acostaba en la cama chiquita, después de pegarse un baño y comer algo en silencio para no despertarlos a ellos.

Encima empezó con que era un hombre de trabajo, así dijo, soy un hombre de trabajo.

Hasta ahí todo bien. No iba a ser el primero que se iba de la casa de los viejos y terminaba viviendo del choreo en la villa. Lo otro era más jodido, pensó ella mientras hacía un bollo con la campera. El Tuca había dicho que la Nancy también lo sabía pero que se hacía la boluda. Y podía ser. La vez que el Chapa le metió mano adelante de todos, ella lo paró en seco y le dijo eso de si se creía que ella era como su vieja. Ahí nomás se puso re loco, se la tuvimos que sacar entre varios.

Cuando dijo eso me tembló la mano. No le mandé mecha ahí nomás porque el Tuca lo tenía agarrado del brazo y medio que me tapaba.

Se acostó en el piso apoyando la cabeza en el bollo de campera. Lo otro que dijo el Tuca fue eso de que la madre le pedía al Chapa que le alcanzara la toalla cuando se terminaba de bañar y la Nancy le respondió que eso no era tan grave. No dijo “es mentira”, salió con que era común en algunas casas y con eso se las quiso dar de conocedora. Por eso al Tuca le dio bronca. Por eso y porque estaba caliente con la Nancy, por más que la otra anduviera siempre atrás del Chapa. Pero ahí ya es difícil saber si no lo inventó él.

Estábamos por entrar, teníamos las llaves y todo.

Entonces el Tuca le preguntó a los gritos si cogerse a la vieja era también común, si que la vieja le dijese eso de tomarle la leche era normal en muchas casas.

¿Quién lo mandó a seguir hablando? Si se hubiera callado no salía en la tele tapadito y cargado por los enfermeros.  

Y la Nancy se fue. Tampoco dijo es mentira. Se levantó, le tiró el vaso con lo que le quedaba de cerveza y se fue.

Pibe tranquilo, yo les voy a dar todo, no me lastimen, por favor, pensá en tu papá.

Ella, desde el piso, volvió a mirarlo. Seguía sin creer del todo lo que le habían contado. Se enderezó hasta quedar sentada y subió los brazos para sacarse la remera. Capaz que en el medio de la calentura el Chapa contaba algo más.

 

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