Adoraba la luna loca

Miguel Rubio Artiaga

 

 

Adoraba la loca luna,
amaba la estrella estrellada,
al sol, volcán colosal de vida,
la madrugada siempre leal,
el atardecer soñoliento,
la negrura de la noche rápida.
En Itaca comía aceitunas,
en el Tibet, una sombra blanca
que saltando entre glaciares
hollaba la cumbre nevada.

Con una pamela de margaritas
y un ramo hecho de azahar,
una ramita de romero
y unas hojas sueltas de salvia.
Se bañaba en las lagunas puras
donde es invisible el agua,
rodeada de sirenas niñas
que cantaban baladas de paz,
mientras nadaban con gestos
de piratas bailarinas,
suelto a la mar el cabello
y una sonrisa clara.

Era en el desierto duna,
árbol viejo, en la montaña,
y andaba por la vida
como una loba rodeada de crías.
Arena convertida en cristal,
un reloj escondido en el tiempo
y en el fuego hogareño,
la brasa tras dormir la llama.

Le gustaba andar desnuda,
siquiera unas sandalias,
mojar, con el agua fría
de un mágico manantial,
las medias lunas de sus pechos,
para con sus pezones saludar al alba.
Era la bruja buena bruja,
lujuria, vestida de gasas,
sensualidad de la que hechiza.
Era espuma en la mar
y la imagen del espejo,
que te devuelve la mirada, fija.

La libre libertad de la locura,
el final de todas las castas,
lo bendito del agua bendita,
también la pila bautismal,
y los ensalmos sacerdoteros
de las ceremonias cabalísticas
de las espiritistas misas.

Adoraba la loca luna,
y la luna loca la cuidaba.
Lujuria, vestida de gasas,
y perfume de petunia blanca.

 

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