La insoportable levedad del no-ser: UNA HISTORIA DE FANTASMAS (David Lowery)

Miguel Ángel Silva

 

 

A cualquier hora que uno se despierte, una puerta se estaba cerrando.

Así, con esta cita firmada por Virginia Woolf, comienza la película Una historia de fantasmas de David Lowery. Y bien podría pensarse que está basada en el cuento Una casa encantada de dicha autora. Es acertado que las palabras haya terminado allí, al comienzo del cuento, porque las líneas que siguen “de una habitación a otra iban, tomados de la mano, asegurándose de ser una pareja de fantasmas”, nos anuncian que los fantasmas son dos, una pareja que deambula por sus habitaciones. En la película Una historia de fantasmas es solo uno, el fantasma de un músico que fallece luego de un accidente automovilístico y que queda suspendido en el tiempo, en la misma casa que había dejado unas horas antes. Existen otras analogías con el cuento de Woolf, en los dos casos hay una búsqueda, un tesoro o símbolo que representaría el fin de los dilemas existenciales.

Claro que aquí se terminan las comparaciones, aunque es cierto que en los dos casos, la historia se centra en la pérdida, la desolación que esa pérdida acarrea, la conexión que se mantiene después de la muerte y, por fin, la aceptación.

¿Qué sucede después de la muerte? ¿Qué hay más allá? ¿Existe otra vida? Es una pregunta que siempre nos hacemos desde una perspectiva íntima y personal. Y es válido que así sea. Ignoramos qué es lo que nos sucede una vez que dejamos el mundo de los vivos. Pero lo que nos plantea esta película es más objetivo: ¿qué acontece en la vida de los que dejamos? Creo que si bien es una curiosidad por demás atrayente, parecería ser que no es aconsejable quedarnos en los alrededores como simples observadores de una nueva rutina de la que ya no formamos parte y, encima, con la eternidad acechándonos como una maldición.

El director David Lowery recurre a la misma pareja de actores a quienes dirigió en Aint’t them bodies saints, traducida como Los amantes de Texas (2013). En aquella película se hablaba de “una condenada historia de amor”. Aquí hay algo parecido, aunque la condena no viene por el lado de la justicia, sino a través del paso del tiempo.

Si lo que padece el protagonista de Una historia de fantasmas es ser partícipe, una vez muerto, de la vastedad de las horas, días y años en un estado de absoluta contemplación, nosotros como espectadores también tenemos que realizar ese trabajo más acorde con la Orden de los Cartujos —aquellos monjes que pregonan la vida contemplativa— para poder apreciar esta apuesta fílmica tan arriesgada. En este preciso punto es donde se puede amar u odiar esta película. Para verla hay que bajar todos los cambios posibles y quedarse en punto muerto. Una buena analogía ya que la muerte bien podría ser eso: la calma absoluta, la observación infinita, la espera de algo que no sabemos qué es ni cuándo va a ocurrir.

La historia es sencilla y fue trasladada a la pantalla en mil oportunidades. La abordaron películas como Siempre (1989) de Steven Spielberg, Ghost, la sombra del amor (1990), resonante éxito de taquilla con Demi Moore y Patrick Swayze, Desde mi cielo (2009) de Peter Jackson, y una lista interminable. Pero lo que aquí sucede no es la relación que entabla el que murió con la persona que quedó —a través de innumerables e ingeniosos procesos de comunicación— sino que trata sobre la no-relación. El fantasma de la película solo observa; observa cómo la vida que dejó va cambiando, cómo van apareciendo nuevas personas, nuevos escenarios. En segundos —aquí el tiempo no tiene el sentido que conocemos— su visión se traslada no solo a meses en el futuro sino a décadas hacia el pasado. El fantasma, atrapado en una suspensión inacabable, atraviesa espacios de tiempo que no comprende.

La originalidad de la puesta en escena tiene que ver, entre muchas otras cuestiones, con que el fantasma en cuestión es una criatura ataviada con una sábana blanca y con dos agujeros a la altura de los ojos. Un fantasma que cumple con todo el imaginario que las leyendas populares nos inculcaron desde chicos. El fantasma de los dibujos animados, el de Halloween, el que hoy en día produce más risa que miedo. En este caso, la parodia se vuelve totalmente acertada. Se convierte en una metáfora querible, melancólica, de abandono y, cosa curiosa, de total desprotección. Y lo más llamativo es que lo hace sin gesto alguno, sin pose que no sea siempre la misma: parado en las distintas habitaciones de la casa como un centinela, inmóvil, expectante, atrapado dentro de esas coordenadas que no puede abandonar. Si bien aparece en otros lugares del pasado y del futuro, no puede avanzar más allá de de lo que fue su hogar, un lugar al que apreciaba mucho estando vivo. ¿Tendría que ver con el sentimiento de apego? ¿Apego a su pareja, a su casa, a algo que tiene que develar antes de desaparecer en la nada misma? Lo cierto es que su apariencia fantasmal se mantiene incólume, con toda su carga de soledad a cuestas, con unos ojos vacíos que parecen transmitir más vida que cualquier persona que conozcamos. Su andar pausado, lento, arrastrando una sábana sucia y ajada no hace más que partirnos el corazón.

Casey Affleck (multipremiado ganador por su papel en Manchester junto al mar (2016), Oscar y Globo de Oro incluidos), es el protagonista principal de esta historia, aunque solo se lo ve en el diez por ciento de la película, el noventa restante está cubierto por una sábana. De todos modos, el papel de hombre triste y melancólico, el de alguien que es consciente de cómo su relación está al borde del distanciamiento, el de los gestos mínimos pero de gran desconsuelo, es totalmente eficaz. Su mirada desconsolada a quien ama profundamente se evidencia en la secuencia en que le hace escuchar una canción que es un claro mensaje de lo que le está sucediendo en esos momentos: la posibilidad de quedarse solo. Claro que nuca adivinaría que esa soledad no sería la de un hombre abandonado, sino la de un fantasma abandonado. En esta escena, poética y dolorosa, en donde desfila una serie de significados casi imperceptibles pero de una gran carga emotiva: los ojos brillantes de ella, los mohines de fastidio, las miradas elusivas de un lado y de ternura del otro, la letra de la canción que enmarca el momento anterior al abismo —me siento abrumado, todos los sueños horribles, todas las pantallas brillantes, ¿mi amante estará allí?, ¿estaremos rompiendo?, ¿encontraría a alguien más y me dejaría solo? Solo— reflejan uno de los mejores momentos de la película. No hay abrazo de complicidad, no hay acto de redención. Solo la mano de ella —cuando escucha la misma canción una vez ocurrido el accidente— que se estira hasta casi rozar la sábana de un fantasma que ya parecía serlo en vida, ya no alcanza. Ya es tarde. El tiempo todo lo devora.

Rooney Mara (famosa después de realizar el papel de Lisbeth Salander, la hacker, punk y heroína de la película La chica del dragón tatuado (2011), del director David Fincher y basada en la saga Millenium del escritor sueco Stieg Larsson), es la otra protagonista de este film.

Ella también percibe como la relación empieza a llenarse de tedio. Son momentos melancólicos y tristes. Dos náufragos en una casa apartada, con muchas dudas, muchas inseguridades y pocas esperanzas de que algo pueda cambiar. En ningún momento puede apreciarse algo de alegría o efusividad. Todo es una letanía —hay algunos flashbacks de momentos felices del pasado— que luego se traslada a la existencia misma del fantasma de la historia. Toda la película está armada para que detengamos la vista en lo íntimo, para que reflexionemos sobre la existencia, la perdurabilidad de ciertos momentos intrascendentes y la fugacidad de otros que siempre se nos escapan por no tener precisamente eso: tiempo.

Tal es así, que se ha comentado mucho la secuencia en que M —los personajes no se nombran, son solo M y C— come una tarta. La cámara queda fija en ella durante cinco minutos. Cinco minutos que pueden desalentar al espectador menos experimentado en este tipo de films, donde la fuerza radica en que seamos nosotros mismos los que contemplemos esa escena tal como lo hace el fantasma, que nos empapemos de su condición atemporal, que sintamos en carne propia al tiempo como una atmósfera pegajosa que ralentiza hasta la más trivial de las acciones.

Lowery nos quiere hacer partícipes del nuevo concepto del tiempo que percibe la aparición fantasmal. Un tiempo tan cansino y monocorde que no sabemos que existe hasta que estamos sumergidos en él.

La música de Daniel Hart juega un papel fundamental en el tono lánguido y melancólico que imprime toda la película, de hecho tanto el director como el músico parecen haber logrado una fusión estética similar en cuanto a imagen y sonido. Ambos trabajan juntos desde la primera película de Lowery.

La fotografía de Andrew Droz Palermo es de una belleza de otro tiempo. Filmada como en las viejas cintas de 8 mm., predominan los colores ocres, y las esquinas de la proyección —tal como sucedía en las fotografías de esos años—  aparecen redondeadas. Al parecer al director Lowery le atraen los años ’70. Tanto esta película, como la primera que presentó en el Sundance Festival, están ambientadas en esos convulsos años de desencanto.

Lejos de la fantasía a lo Disney de Mi amigo el dragón (2016), su film anterior, Lowery parece acordarse de la riqueza visual y colorida de la vida únicamente en las visiones que tiene el fantasma del pasado y del futuro, en esos bucles de tiempo en que cae sin siquiera darse cuenta.

Una historia de fantasmas es una película inclasificable, íntima, de una poesía lánguida que se va desgranando como los haikus. Monumental dentro de su parquedad; original dentro de una temática repetida hasta el cansancio; desgarradora sin apelar a ningún golpe bajo. No es de terror, pero asusta cuando presentimos la magnitud de la soledad cuando se instala en el tiempo; no es una parodia, pero se utiliza esta característica para demostrar que los fantasmas pueden tener una apariencia infantil y a la vez transmitir una sensación de absoluta desazón; no es cómica —al ver la apariencia fantasmal parecería serlo— sino que muy por el contrario trata sobre la existencia terrena y ultraterrena, su condición efímera en un lado y persistente y demoledora en el otro.

Es una simple historia de amor, aunque va un paso más allá. Allí adónde el tiempo no solo no cura las heridas, sino que las acentúa.

 

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