Fernando Barrejón

La intuición, ese pájaro loco que vive
en las ramas más altas del cerebro
abrió sus alas como velas de nave
sobrevolando la lámina vírgen
de un mar ignorado, perdido en la promesa.
A las alas del gran atrevimiento se adhirió
el interés, la fiebre del poder y la del oro,
y ocurrió lo que no hubiera ocurrido
si el mundo que habitamos fuera otro.
Quiero decir que fue una orgía,
una profanación gigante lo que abrió
los primeros caminos de una tierra
que tan plácidamente en sí misma acababa.
Allí había gente. La gente de esa tierra.
Se dice que en su fe esperaban a los dioses blancos.
Y llegaron de España, más que dioses diablos
con pólvora en las manos alterando
el destino de miles de kilómetros
y millones de seres atónitos, cegados…
Estos blancos hicieron lo que todos,
con más hambre quizá
y un poco más descamisados.
No llaméis madre patria
al hierro del yelmo y de la espuela,
la patria es un idioma que acuna pensamientos
y los hace crecer produciendo verdad.
También América era madre,
y madre a sangre y fuego violada.
Es madre porque parió una raza de ternura,
criollamente melancólica y amarga,
que tiene rabia mestiza y un orgullo
como una cordillera. Es madre porque habla
-a pesar del expolio y la historia quebrada-
con voz humilde y suave. Nunca tuvo esta lengua
más dulzura que en boca americana.
Y aquí me detengo, al fin y al cabo
para mí lo importante es poesía.
Digo que América es su voz,
ese algo preliminar a la palabra.
Es voz, acento …y flauta;
sortilegio lo llaman y es exacto.
Por él he visto sin cruzar el mar
un paisaje de cumbres coronadas,
un murmullo de selva,
y el relumbrón tornasolao de la llanura.
Desde ese sortilegio, persistentes,
me miran unos eternos ojos de obsidiana,
ojos que lloran desesperadamente porque vuelvan
los que ya nadie espera, los auténticos dioses,
blancos de generosidad, de luz, de ciencia.
Y vendrán. Sabed que toda profecía
tiene su antiseñal, su vómito,
su aborto de verdad. Os digo que esa tierra
aún no ha sido descubierta
y mucho menos conquistada. Estoy hablando
en el plano del genuíno espíritu del hombre,
pues históricamente todo está consumado.
No son los hombres más felices liberados
de un yugo lejano y prepotente;
toda revolución es síndrome de hastío
y falta dar la vuelta entera a la conciencia
y hacer girar la vida en torno
a la generosidad, la luz, la ciencia.
Yo os juro por los Andes que vendrán,
no han muerto los dioses blancos en sus blancos cielos
porque no existe la muerte si no existe el olvido.
Madrid.82.
