Fotos del verano

Marcelo Filzmoser

 

 

 

Ella llora. Odio a los tipos que hacen llorar a las mujeres en los bares. Hoy soy yo el odiado. Está sentada enfrente, toma té de frutos rojos y espera que le diga algo. Como no me salen las palabras me sumo al grupo de los que me están odiando. Es probable que ella también, porque después de unos segundos se para y se va. La sigo con la mirada y me sorprende descubrir que se hizo de noche. Entramos juntos hace un rato, con la luz del día.

Soy un hijo forzado. Esto nadie me lo dijo pero hay cosas de las que más tarde o más temprano uno se termina enterando. Debo mi existencia a la imposición de hormonas, a una mujer que supo disimular su ansiedad hasta la fecha adecuada, a un hombre que le dio lo mismo. Tuve un tío así, también tengo un hermano. Mi miedo viene por ese lado que llaman genes, aunque a ella no se lo digo.

Hay muchos hombres de mi generación que se me parecen. Cargamos con una desilusión cruel e innecesaria, como si nos hubieran soltado con una tarjeta de crédito sin tope en una juguetería de juguetes rotos. Nuestros destinos empezaron mal. Fuimos la página en blanco de la inseminación artificial, de los desesperados que alguna vez vendieron su semen, de la toma exagerada de remedios muy caros, de la adopción ilegal.

Sin embargo seguí adelante y ahora estoy grande. Eso dice ella y deja de decir un montón de otras cosas que de todas formas no hace falta decirlas. La decisión me espera como un sicario prolijo. Quizás ya esté tomada. Pasa seguido que uno se cree director de una orquesta a la que ni siquiera lo invitaron a escuchar.

Buscando encontrar vaya a saber qué, hace unos días me llevé de la casa de mis padres unas cajas con fotos viejas, de papel, de mucho antes que existiera el mundo digital. Las cargué en el ascensor y me quedé leyendo la próxima fecha de desratización hasta llegar a mi piso.

Ahora sigo en el bar y después del segundo chopp me doy cuenta de que no tengo ganas de emborracharme ni de seguir comiendo maní. A mi alrededor crecen las picadas y los comedores de minutas. Muchos de los que la vieron irse ya no están. Los que quedan parecen haber olvidado las lágrimas y el odio que me profesaban hasta hace poco. Me da igual, yo sigo odiándome. Pago. Quizás sea el momento de volver a casa y ponerme a revisar esas cajas.

Son fotos y videos del antes de mí. Apenas abro el primer álbum me dan ganas de fumar. Busco los cigarrillos. Como el encendedor no aparece uso el piloto del termotanque. Vuelvo a las fotos. Mamá baila, usa polleras muy cortas, ríe en todas partes, dan ganas de besarla y eso me impresiona. También veo que tiene demasiado rouge. Papá usa jeans ajustados y mira a cámara como si fuese el doble de riesgo de dios. Hay otras en que la mirada se le pierde atrás de un brillo exagerado, pero así y todo consigue mantener el gesto. Veo un río, montañas, mar. Fachadas de hoteles, fiestas de cumpleaños, casamientos. Hay autos de distintos años, siempre limpios y cuidados. Visto desde ahora resulta difícil no pensar en lo previsible del derrumbe. También se me ocurre que si uno hubiese estado ahí como espectador, una especie de Marty McFly, quizás habría podido prevenirlos de este futuro sin gracia al que los dos se condenaron. Miro la ventana y veo un rectángulo negro sin estrellas. Puede que en algún momento llueva. En todo caso prefiero pensar que no estaba tan a la vista, que en ese entonces ellos conseguían engañar hasta a las gitanas más lúcidas.

En la casa donde me crié quedan restos de historias que no fueron. En el armario grande hay una Fender Telecaster que alguna vez ayudó a mi papá a imitar a Keith Richards. También hay libros de textos de carreras que no se terminaron y un plan de viaje a Egipto que no se hizo. Quisiera ver esas fotos que nadie sacó. Cuando mamá llora imagino que piensa en eso, en cómo le hubiera quedado un sombrero grande para taparse el sol del desierto. Hasta me da por pensar que esas arrugas que se les formaron a los dos, ese hilo finito que nace en las comisuras de los labios, como continuándoles las bocas hacia abajo, no estaría ahí si hubiesen podido andar un rato en camello.

Sentado en la cama sigo mirando y por momentos me cuesta creerles. Ahora que ninguno de los dos fuma, ni se juntan con esos amigos que no conocimos pero que aparecen por todas partes, abrazados, burlándose, haciendo payasadas. Ahora que papá se la pasa insultando a todos desde su camioneta y mamá es una experta en promociones de supermercados y descuentos en los shoppings. No me ayuda tampoco que para las redes sociales usen estas fotos viejas escaneadas. Hay domingos que estoy yendo a almorzar a su casa y pocos minutos antes de llegar recibo un mensaje preguntando cuánto me falta. Suelo estar tan cerca que hasta hace poco prefería responder en persona. Ya no. El contraste se volvió violento. En mi cabeza se quedaba pegada la foto que me mostraba el teléfono para avisar del mensaje y cuando se abría la puerta me costaba reponerme. Elegí entonces mantener las cosas en su lugar. Le respondo el mensaje a la foto y saludo a mi mamá cuando abre la puerta.

Más adelante aparecemos nosotros. Primero yo, después mi hermano. Las risas siguieron un buen rato. No consigo encontrar cuál fue la primera foto en que dejaron de sonreír. Me digo que debe haber sido muy de a poco, como se junta el polvo sobre cualquier cosa que no usamos. Como el invierno. Un día nos ponemos un buzo, otro buscamos la campera, y sin darnos cuenta llega una mañana en que salimos con guantes y bufanda para no congelarnos. El recuerdo de la playa, pocos meses atrás, deja de parecernos cercano, posible. El frío es la realidad y como a todo, nos adaptamos.

Ella sigue llamando. Veo iluminarse el teléfono sobre la mesa de luz. Quiere saber si podemos vernos, si queda algo por hablar. Es increíble todo lo queda, todo lo que no va a decirse por mucho que nos veamos. Guardo las fotos en cada caja, ordenadas por años según el álbum. Prendo un cigarrillo, dos, diez. La respuesta no viene con el humo. Dejo el celular en el departamento y bajo a la calle. El otoño me presta un rato para caminar, para buscar las palabras que la dejen tranquila, que nos sirvan a los tres, que me saquen el miedo.

 

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