Andy Etagain

María Staudenmann

 

 

 

Hola, soy Andrea Etagain, Andy. La semana pasada cumplí cuarenta años. Llevados: ni bien ni mal, sólo llevados. Cuando me miro al espejo veo un cuerpo delgado (queda mejor que decir “flacucho”), unas piernas, unas manos y unos brazos casi esqueléticos (acá ya no encuentro adjetivos para atenuar), y una cara de pómulos huesudos, nariz aguileña, boca imperceptible. Pero mis ojos son dignos de ver: sensuales y violáceos, como se dice de los de Liz Taylor.

Vivo en el Gran Buenos Aires, más precisamente en San Miguel, más precisamente en un monoambiente prestado por mi tía abuela Nélida. A cambio, yo se lo mantengo limpio, aireado y, lo más importante para ella, ocupado. Es una buena persona mi tía. Y el departamento es chiquito pero lindo. Cómodo y luminoso, con un balconcito en el living-comedor que llené de plantas aromáticas y una ventana con vitraux en el sector de la cocina (los de las inmobiliarias le dicen “kitchenette”) que, a la tarde, convierte los rayos del sol en difusos láseres multicolores. Me gusta pararme frente a esa ventana con una taza de chocolate caliente en la mano y quedarme ahí con los ojos cerrados hasta que el sol se va.

No tengo hijos, pero eso no significa que no haya tenido (ni tenga) la oportunidad de tenerlos. Pasa que es demasiado complicado. Por empezar, hay que pensar nombres. Y si no querés que al chico lo carguen en la escuela, tenés que sumarte a la moda del momento. Pero por ahí vos preferís otra cosa, algo más clásico, por ejemplo. Entonces surge el dilema: ¿le ponés Juan Cruz o Juan Carlos? ¿Martina o Susana? Un nombre es un peso que se arrastra toda la vida, no es un tema menor. Por otro lado, Ella está convencida de que los hijos siempre suponen conflictos, y de eso tanto Ella como yo tenemos bastante. Así que su experiencia y su pereza mental al momento de crearme me impidieron tener hijos. Aunque ni siquiera Ella puede saber lo que me depara el futuro.

El hecho es que ya está escrito que voy a morir en el mismo café que me vio nacer. Dentro de un rato, o tal vez dentro de unas semanas. Todo depende de Ella. Aunque, de nuevo, la vida (incluso una vida ficticia como la mía) tiene la manía de persistir.

Trabajo de cajera en un supermercado que queda en Escobar o en Avellaneda. Ella todavía no decidió en cuál de los dos. Como sea, hace un año fuimos noticia: alguien denunció que la empresa nos obligaba a ir a trabajar con pañales, para evitar que derrochemos minutos laborales yendo al baño. Es mentira: jamás usé pañales ni sé de ninguna compañera que los haya usado, jamás supe de nadie que haya recibido esa orden. Lo que sí es cierto es que los encargados nos miran con muy mala cara cada vez que abandonamos las cajas para responder al llamado de la naturaleza.

No sé quién inventó el rumor de lo de los pañales, pero sospecho que fue Adriana. Su novio de turno era muy controlador y hasta parecía violento. Le mandaba mensajes cada media hora y le exigía que los contestara. Por eso, cada media hora, Adriana se encerraba en el baño y ensayaba palabras de amor en el celular. Yo pienso que un día, harta de no poder dar rienda suelta a sus tendencias masoquistas y ser sometida a sus anchas, inventó la historieta de los pañales. Esa es mi teoría. Pero no la pude comprobar.

De cualquier manera, la mentira de Adriana (si es que en verdad fue de Adriana) era sólo eso: una mentira. Todas lo sabíamos, pero eso no nos impidió adherirnos sin pestañar a la moción de denunciar al supermercado. No era cuestión de dejar pasar la oportunidad de sacarles algo de plata. Así que nos pusimos de acuerdo y nos abalanzamos frente a las cámaras de televisión con lágrimas mal contenidas y gestos angustiosos, “sacando a la luz” la monstruosidad. No faltó la que se baje los pantalones para dar fe de nuestras afirmaciones.

Lo sorprendente de todo el circo fue el acto final: algunas cabezas encumbradas de la empresa terminaron rodando, y todas acabamos recibiendo un importante aumento de sueldo y una suerte de incentivo-compensación-resarcimiento (no me acuerdo qué nombre formal le dieron a esa coima destinada a cerrarnos la boca y terminar con el alboroto). La suma fue bastante jugosa, y hoy, solita y sola, puedo vivir tranquilamente. Me puedo dar el gusto de disfrutar de un buen chocolate frente a mi vitraux.

Este asunto de los pañales es uno de los pocos acontecimientos de mi vida que conozco minuciosamente. Es raro. No tuve infancia. No tuve padres. Sólo tengo a mi tía abuela Nélida, a mi trabajo, a mis chocolates calientes y a mi sol de tarde.

Pero ojo: cuando digo que no tuve infancia ni padres, quiero decir que en realidad sí los tuve, claro que sí, pero Ella no quiere que sepa nada de ellos ni que hable del tema. Simplemente porque no tiene ganas de pensar: le da fiaca detallar aquel suceso oscuro en el que tal vez mi madre me forzó a hacer la calle para traer el pan a la mesa o mi padre me ofreció en cuasi esclavitud a un prestamista siniestro a cambio de la cancelación de una deuda de juego. No lo sé, y Ella tampoco.

Entonces mis padres también pueden haber sido personas normales hasta la exasperación: una maestra de grado felizmente casada con un ingeniero sin ambiciones desmesuradas. Un PH al frente con jardín, un perro, un departamentito de vacaciones en Las Toninas. Un departamentito que casi fue chalet y casi estuvo en Cariló. Pero eso hubiera alejado los visos de familia de clase media en franca movilidad social descendente, familia que, como ya dije, no conozco.

¿Hermanos? No, ninguno. Sólo un primo, Lucio (hijo de la hija de mi tía abuela Nélida, o sea, de mi tía Nora), a quien veía con frecuencia en mi juventud. Lucio y yo compartimos muchos eneros en Córdoba, en Mina Clavero. Éramos inseparables; nos escuchábamos, nos entendíamos, nos divertíamos. Tanto, que esa fue la causa de la ruptura de nuestra amistad. Todavía recuerdo perfectamente esa noche de tanto tiempo atrás, sentados frente al río, arrullados por el canto del agua, acicateados por el alcohol de la cerveza barata. Las risas, las confidencias, las cigarras, el calor sofocante. Y la mano de Lucio subiendo distraída por mi muslo izquierdo. Y su fingida mirada de inocencia. Y las bolitas de fuego en sus pupilas, como dos soles verdes. Y después, la adrenalina y el dolor. Y después, la vuelta a casa, silenciosa, densa, sabiéndome mujer.

Nunca más pude mirar a Lucio de la misma manera que antes de aquella noche, y creo que él tampoco. Porque nuestras intenciones fueron distintas. Él sólo quería debutar; yo estaba un poco enamorada de él.

Hace años que no lo veo, no sé en qué anda. Ella escribió tres versiones y andá a saber con cuál se queda. Una dice que Lucio se casó con una cordobesa a la que conoció el verano siguiente al de nuestro encuentro. La segunda, que es homosexual y ocupa un alto cargo en una importantísima empresa de comercio exterior. La última, que está cumpliendo sus últimos meses de condena en Caseros. Quién sabe. Ya no me importa. Después de aquel verano abandoné a los hombres para siempre, y ellos me abandonaron a mí.

Esta tarde voy a pararme en mi vitraux con una taza de chocolate caliente especial. Pienso agregarle crema y canela. Y me voy a quedar ahí hasta que el último rayo de sol haya desaparecido incluso de mis retinas. Luego me encontraré con Ella y caminaremos juntas hasta el bar que fue mi cuna y será mi ataúd. Ella me preguntará si quiero seguir viviendo y yo no le responderé. Total, Ella siempre será quien decida. Pero sé lo que le contestaría, si contestarle sirviera de algo. Le contestaría que hay tantas cosas que quisiera saber o haber sabido, hacer o haber hecho, recordar o haber recordado… le contestaría que sí, que quiero vivir, aunque sea a través suyo.

Pero sería inútil, porque al llegar al bar nos sentaremos, nos miraremos, y ella me matará.

Aunque quién sabe… la vida tiene esa manía de persistir…

 

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