Ganas de hablar

Marcelo Filzmoser

 

 

Laura tira el vaso al suelo y Javier piensa que le debe gustar el ruido que hace la vajilla al romperse. A él no. Es algo que le molesta desde que era chico. A su padre también le molestaba, inclusive más que a él. Cada vez que a su madre se le rompía algún vaso o plato por accidente, su padre dejaba lo que estaba haciendo y caminaba hasta la cocina. No era de insultar ni mucho menos de andar gritando, iba en silencio. Una vez que llegaba le cruzaba la cara con un cachetazo y volvía a sus cosas.

Laura llora y no levanta los vidrios. La Coca empieza a manchar la alfombra. Javier va hasta el lavadero por un trapo y eso la pone peor.

Basura—grita con la voz húmeda por el llanto—te importa más esa alfombra de mierda que lo que te estoy diciendo.

No era así. Aunque la alfombra también le importaba.

Ella agarra una silla. La arrastra sobre el piso de madera desde la mesa hasta donde está Javier agachado con el trapo. Se sienta. Él la mira y se acuerda de la época en que Laura estudiaba teatro. Cuando termina de limpiar vuelve a pararse. Ahora ella tiene que levantar la cabeza para mirarlo. Javier sabe que no pueden pero igual pregunta. Por preguntar, como pasa a veces, cuando alguien se siente obligado a sostener una conversación que cree tan inútil como inevitable.

—¿Podemos hablar?

—Es lo único que quiero hacer desde que llegué.

Dice ella y le muestra de a uno los dedos de la mano mientras enumera.

—Te dejé abrazarme, que es la forma rápida que encontraste para tocarme el culo ni bien llego, escuché el resumen de la serie que ya no veo, porque no pudiste esperarme y ahora te pensás que contándomela es lo mismo, vi los bocetos de los dibujos esos que te pidieron tus amigos para no sé qué evento de mierda…

Javier va hasta el lavadero. Tira el trapo en la pileta y escucha como Laura levanta la voz a medida que él se aleja. Al volver no la baja. Pasa a su lado para buscar otra silla que levanta con las dos manos. La lleva por el aire mientras sigue con la mirada las dos marcas que dejó la silla anterior en su recorrido. Una vez ubicado saca los cigarrillos y empieza a asentarlos golpeando el atado contra la palma de la mano. Demora este gesto que no concluye en sacar uno y encenderlo. Solo lo golpea con cierto ritmo y espera. Laura hace silencio y lo mira frunciendo apenas el ceño, con un gesto más cercano a la miopía que al enojo. Javier sabe que la vista de Laura es buena. Deja el atado sobre la mesa ratona que ahora les quedó a un costado.

Ella sigue. Otra vez el puño cerrado y los dedos desplegándose de a uno. Javier baja un poco la cabeza y cierra la boca apretando lo labios. Mientras la escucha imagina cómo sería la charla si pudiera decirse lo que no se puede. Lo que no pudo decirle tampoco la madrugada que lo despertó para mostrarle el test que todavía llevaba en la cartera. Decir que él, ingenuo, con esa ingenuidad que a su edad parecía más un rasgo de estupidez, había creído una vez más en ella. En que la vuelta de Laura tenía que ver con el amor y no con que el otro, con quien se había ido hacía ya más de diez meses, no había querido hacerlo ni una sola vez sin forro.

La mira apenas. Ella se sigue quejando mientras da la sensación de estar cada vez más enojada. Javier siente las ganas atragantadas en algún lugar del cuello. Hubiese estado bien poder decirle que estaba triste, que se le había metido adentro esa infinita tristeza que cantaba cuando cantaba Manu Chao. Contarle que se le notaba que había vuelto porque él era más descuidado, al menos lo suficiente como para darle el hijo que ahora llevaba dentro.

Mira el suelo, el piso de madera rayado por las patas de la silla. Arriba de la mesa está el atado. Tiene la boca seca. Mueve la lengua sin despegar los labios y espera. La saliva llega de a poco. Le gustaría salir, invitarla a cualquier bar, tomar cerveza hasta que se termine la tarde, caminar los primeros minutos de la noche abrazados, con la mano apenas sobre la cola de ella, besarla, reírse a carcajadas, fumar.

Ella mueve las manos mientras habla. Lo conoce, sabe que la escucha desde lejos, que su voz le llega apenas, perdida, desfigurada por el sonido de la tele que acaban de encender en el departamento de al lado.

 

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