Latinoamérica

José Ramallo

 

 

Me hablaste de las cosas que  no son, pero que las damos por ciertas. Supiste decirme que la gente negra no lo es, sino que los daltónicos somos nosotros. Pero ni ellos son negros, ni mucho menos son diferentes. También dijiste que los amarillos no son así. Sino que es nuestra propia falta de facultad, la que nos impide desentendernos de nuestro color.

Aseguraste que la gente negra es una resultante, de aquello que temen a sus propias vicisitudes. Y esto los hace sentir inferiores a una lata de duraznos, inclusive. Reíste mucho, entonces, y eso terminó por darme en el corazón.

En resolución el negro no es tal, sino que es un espejismo de nuestro ego, por sentirnos superiores e inalcanzables. Con todo, me enseñaste que a veces caías en pecados y te disfrazabas de esclava para auto-castigarte. Porque los habías mirado con arrogancia y habías elaborado un pensamiento, del que luego te arrepentías: “negros de mierda“. Y tu santa proclama católica te hizo reconocer que la propia iglesia  (¡Representante del cielo, en la tierra!) fue la principal impulsadora de estos movimientos discriminativos, allí en épocas medievales. Donde la santa inquisición sembraba más odio que el supuesto amor del Cristo.

Y así nació nuestra relación. Vos enseñándome y yo procurando no distraerme por el fervor de tus ojos. Y la lasciva tentación de tus dientes.

–¿De qué ciudad dices que eres? – Arrojabas ese piedrazo cada tanto, para que yo reaccione y pronuncie alguna palabra. Y es que mi cara de hipnotizado me delataba.

–De la ciudad de Buenos Aires – te contestaba, diluyendo un sorbo de saliva y saltando en un apresuro por no titubear.

–Ah, ok. Yo de Cartagena – Indicabas, como si acaso antes no me lo hubieses dicho. Y tu sonrisa de tras luz, adjunta a un acento notablemente extranjero me resultaba gracioso. Porque me generaba la sensación de que estaba frente a un marciano. Un tierno marciano, plagado de pensamientos hinduistas. O de corazón intergaláctico, que desconoce la maldad del ser humano.

Tras ello retomabas la cuestión de los colores de piel en las personas. Y hacías chistes, porque la conferencia se estaba demorando en comenzar. Incluso la saliva había agotado stock, y el silencio se instaló en medio de los dos. Como quien dice: “Este asiento es mío”

Pero no todo terminó allí, porque el orador comenzó la exposición hablando sobre la terminología correcta que debería utilizarse en el mundo entero, a fin de arraigar la vulgaridad de quienes eran analfabetos o ignorantes. Indicaba que los libros y los diccionarios eran el fin de la problemática en Latinoamérica, como así lo había sido en Europa.

Hubo entonces un murmullo mental entre la muchacha y yo. Ni nos conocíamos y ya estábamos pensando en lo mismo. Ese catedrático hablaba de cosas que jamás podríamos explicarle, porque nunca las entendería.

Tuve la sensación de que algo estaba pronto a suceder, y contuve el aire. Comencé a sentirme extraño. Como en una película de terror o suspenso comencé a girar mi cabeza con lentitud. Sentí antes de ver, sí. Pero mi incredulidad me llevó a actuar de esa manera. Y pude comprobarlo. Todo el auditorio estaba hablando en Náhuatl.

Mi compañera no lo dudo. Me miró afirmando el lazo. Estaríamos juntos para siempre. Tomó mi mano con la certeza de quién va a saltar a un precipicio. Y agitando su puño dio inicio a la revolución.

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