Opiniones de un payaso [Fragmento]

Heinrich Böll

 

 

 

1

Oscurecía ya cuando llegué a Bonn, y me forcé esta vez a no poner en marcha el piloto automático que en cinco años de viajar se ha formado en mi interior: bajar las escaleras del andén, subir las escaleras del andén, dejar maleta, sacar billete del bolsillo del abrigo, recoger maleta, entregar billete, al puesto de periódicos, comprar periódicos de la tarde, salir a la calle, llamar un taxi. Durante cinco años partí yo casi todos los días de algún punto y llegué a cualquier otro punto, por la mañana subía y bajaba las escaleras de la estación, por la tarde bajaba y subía la escaleras de la estación, tomaba taxis, buscaba dinero en el bolsillo de mi chaqueta para pagar al conductor, compré periódicos en el quiosco, y en algún rincón de mi conciencia disfruté la incuria minuciosamente estudiada de este piloto automático. Desde que Marie me ha abandonado para casarse con este católico, Züpner, el funcionamiento se ha hecho todavía más automático, sin perder su incuria. Para el trayecto de la estación al hotel, del hotel a la estación, hay una unidad de medida: el taxímetro. Y así dista dos marcos, tres marcos, cuatro marcos cincuenta de la estación. Desde que Marie se ha ido, he perdido el ritmo alguna que otra vez, he tomado el hotel por estación, nervioso ante la conserjería he buscado mi billete o a la entrada del andén he preguntado al empleado el número de mi habitación, algo, llámesele casualidad, o lo que sea, me hizo recordar mi profesión y mi situación. Soy un payaso, de profesión designada oficialmente como «Cómico», no afiliado a ninguna Iglesia, de veintisiete años de edad, y uno de mis números se titula: la partida y la llegada, una larga (casi demasiado) pantomima, en la cual el espectador acaba confundiendo la llegada con la partida; puesto que frecuentemente vuelvo a ensayar dicho número en el tren (consta de más de seiscientos mutis, cuya coreografía debo naturalmente tener presente),, es evidente que de vez en cuando cedo a mi propia fantasía: entro precipitadamente en un hotel, busco con la vista el cuadro de salidas de trenes, lo descubro al fin, subo o bajo corriendo las escaleras, para no perder mi tren, en tanto que no necesito más que subir a mi habitación y ensayar mi número. Afortunadamente me conocen en la mayoría de ¡os hoteles; en el intervalo de cinco años se alcanza un ritmo con escasas posibilidades de variación, que de ordinario se puede tomar por una cierta armonía interior —y que además preocupa a mi representante, quien conoce mi manera de ser. Lo que él llama «la sensibilidad del alma de artista», es enteramente respetado, y tan pronto como entro en mi habitación me envuelve un «hálito de bienestar»: flores en un lindo jarrón, y apenas he tirado el abrigo y dejado caer con estrépito mis zapatos (odio los zapatos) en un rincón, una bonita camarera me trae café y coñac, me prepara el baño, que por adición de ciertos ingredientes de color verde se pone perfumado y tonificante. En la bañera leo periódicos, los frívolos nada más, hasta un total de seis, pero tres como mínimo, y entono a media voz cantos exclusivamente litúrgicos: corales, himnos, secuencias, que aún recuerdo de la escuela. Mis padres, protestantes acérrimos, siguieron las corrientes de tolerancia religiosa que imperaban en la postguerra y me enviaron a un colegio católico. En lo que a mí respecta, no soy religioso, ni siquiera clerical, y me sirvo de textos y melodías litúrgicos por motivos terapéuticos: me ayudan de modo inmejorable a aliviarme las dos dolencias con que me agobia la Naturaleza: melancolía y jaqueca. Desde que Marie ha desertado con el católico (si bien Marie es ella misma católica, me parece justo llamarle a él así), ambas dolencias se me agudizan, e incluso el Tantum ergo o la letanía lauritánica, hasta entonces mis favoritas para atajar el dolor, apenas me sirven ya. Existe un remedio de efectos pasajeros: el alcohol; había una medicina eficaz y duradera: Marie; Marie me ha abandonado. Un payaso que se da a la bebida cae más aprisa todavía de lo que un techador borracho cae.

Cuando estoy borracho, al salir a escena, realizo imprecisamente ejercicios que únicamente justifica la precisión, e incurro en el fallo más grave que puede cometer un payaso: me río de mis ocurrencias. Una terrible humillación. Mientras estoy sobrio, el miedo a salir a escena va en aumento hasta el instante en que piso el escenario (casi siempre tuvieron que empujarme para hacerme salir a escena), y lo que algunos críticos denominaban «ese humorismo reflexivo y crítico, tras el cual se oye latir el corazón», no era más que una desesperada impasibilidad, con la cual yo me convertía en marioneta; mala cosa, por lo demás, si el hilo se rompía y volvía a ser yo mismo. Es probable que se me parezcan ciertos monjes en estado contemplativo; Marie siempre viajó cargada de literatura mística, y recuerdo que allí eran frecuentes las expresiones «vacío» y «nada».

Hacía ya tres semanas que estaba yo casi siempre borracho y con falsa seguridad subía al escenario, y las consecuencias se manifestaron más aprisa que en el caso de un mal estudiante que hasta no haber recibido las notas aún puede hacerse ilusiones; medio año es mucho tiempo para soñar.↵ Transcurridas tres semanas ya no había flores en mi habitación, a mediados del segundo mes se acabaron las habitaciones con baño, y al comenzar el tercer mes la distancia a la estación costó ya siete marcos, mientras que la paga quedó derretida a un tercio. Ya no más coñac, sino aguardiente de trigo, ya no music-halls, sino curiosos públicos que se reunían en oscuras salas, donde yo actuaba en un escenario pobremente iluminado, donde no hacía ya ejercicios imprecisos, sino únicamente parodias, que divertían a empleados jubilados de ferrocarriles, correos, aduanas, a amas de casa católicas o a enfermeras protestantes, mientras que oficiales de la Bundeswehr, grandes bebedores de cerveza, cuyo licenciamiento amenizaba yo, no sabían exactamente si debían reírse o no, cuando yo completaba mi número del «abogado defensor», y ayer, en Bochum, ante unos jóvenes, resbalé a mitad de una imitación de Chaplin y ya no volví a levantarme. No se oyeron ni siquiera silbidos, tan sólo un murmullo compasivo, y cuando por fin cayó el telón sobre mí, salí aprisa cojeando, recogí precipitadamente todos mis enseres y, sin quitarme el maquillaje, fui en taxi a mi pensión, donde se armó un gran escándalo, al negarse mi patrona a prestarme dinero para pagar el taxi: no pude tranquilizar al irritado taxista hasta que le entregué mi maquinilla eléctrica de afeitar, no en prenda, sino como pago. Fue aún lo bastante amable para darme un paquete de cigarrillos ya comenzado y dos marcos de vuelta. Me tendí vestido en mi cama, aún por hacer, me bebí el resto del contenido de mi botella y me sentí, por primera vez desde hacía meses, libre por completo de melancolía y jaquecas. Yacía en cama en un estado en el cual espero alguna vez acabar mis días: borracho y como si estuviera en el arroyo. Hubiese dado mi camisa por un trago de aguardiente, pero los complicados trámites que el trueque hubiese exigido, me hicieron desistir del propósito. Dormí a pierna suelta, como un tronco, y soñé que el pesado telón caía sobre mí como suave y tupida mortaja, causándome un indescriptible alivio y, sin embargo, presentí ya, entre sueños, el terror previo al despertar: el maquillaje aún sobre el rostro, la rodilla derecha hinchada, un mísero desayuno sobre la bandeja de plástico, y junto a la cafetera un telegrama de mi representante: «Coblenza y Maguncia han dicho no. Stop. Por la tarde telefonearé Bonn. Zohnerer». Luego una llamada del empresario, por la cual me enteré de que dirigía la Obra de Ayuda Cristiana. «Aquí Kostert», dijo por teléfono en un tono servil y glacial, «aún nos queda por resolver la cuestión de los honorarios, señor Schnier». «Adelante», dije, «no creo que haya inconveniente.»

«¿De veras?», dijo. Callé, y al seguir él hablando su cortés frialdad se había convertido en simple sadismo. «Hemos fijado en cien marcos los honorarios de un payaso que antes ganaba doscientos», hizo una pausa, tal vez para dar ocasión a que yo me enfadara, pero yo callé y volvió a ser ordinario, como lo era por naturaleza, y dijo: «Hablo en nombre de una asociación filantrópica, y mi conciencia me prohíbe pagar cien marcos a un payaso a quien con veinte marcos se paga con largueza, se podría decir que espléndidamente». No hallé motivo para romper mi silencio. Encendí un cigarrillo, me serví del mísero café, le oí sonarse; dijo: «¿Me oye?» Y yo dije: «Le oigo», y esperé. El silencio es un arma eficaz; en la escuela, cuando tenía que comparecer ante el director o ante los profesores, me obstiné siempre en callar. Dejé que el cristiano señor Kostert siguiese sudando al otro lado de la línea; para sentir compasión por mí era demasiado pobre de espíritu, pero alcanzó hasta la compasión de sí mismo, y finalmente murmuró: «Propóngame usted algo, pues, señor Schnier»

«Escúcheme con atención, señor Kostert», dije, «le propongo lo siguiente: Toma usted un taxi, se dirige a la estación, me saca un billete de primera para Bonn, me compra una botella de aguardiente, viene al hotel, paga mi cuenta, propina incluida, y deja aquí, dentro de un sobre, el dinero que yo necesite para ir en taxi de aquí a la estación; además, impongo a su cristiana conciencia la obligación de expedir mi equipaje a Bonn, libre de gastos. ¿De acuerdo?»

Hizo sus cálculos, carraspeó y dijo: «Pero yo quería darle a usted cincuenta marcos».

«Bien», dije, «en tal caso vaya en tranvía, y así en total le saldrá a menos de cincuenta marcos. ¿De acuerdo?»

Calculó otra vez y dijo: «¿No podría llevarse el equipaje en el taxi?» «No», dije, «me he lesionado y no puedo ocuparme de ello.» Por lo visto su conciencia cristiana comenzaba a dar señales de vida. «Señor Schnier», dijo suavemente, «siento de veras que yo…» «Ni una palabra más, señor Kostert», dije yo, «créame que me siento feliz de poder ahorrar a la causa cristiana entre cincuenta y cuatro y cincuenta y seis marcos.» Apreté el pulsador y dejé el auricular junto al aparato. Era uno de esos tipos capaces de volver a llamar y darle a uno la lata. Era preferible dejarle que siguiera hurgando a solas en su conciencia. Me sentí indispuesto. Olvidé mencionar que soy sensible no sólo a la melancolía y a la jaqueca, sino que poseo, además, otro don casi místico: puedo percibir olores por teléfono y Kostert despedía un ofensivo hedor a pastillas de esencia de violetas. Tuve que levantarme y limpiarme los dientes. Gargaricé con lo que quedaba del aguardiente, me desmaquillé con esmero, me acosté de nuevo y pensé en Marie, en los cristianos, en los católicos, y reflexioné sobre el futuro que me aguardaba. También pensé en las alcantarillas, en las que tendría que dormir algún día. Para un payaso que se aproxima a los cincuenta existen dos posibilidades nada más: el arroyo o el asilo. No creía en el asilo, y, de todos modos, me faltaban aún más de veintidós años para llegar a los cincuenta. El que Coblenza y Maguncia se hubiesen vuelto atrás era lo que Zohnerer designaría como «Primera señal de alarma», pero a ello se suma otra cualidad adicional que olvidé mencionar: mi indolencia. También Bonn posee alcantarillas, y, ¿quién me ordena a mí aguardar hasta los cincuenta? Pensé en Marie: en su voz y en su pecho, en sus manos y en sus cabellos, en sus movimientos y en todo lo que había mos hecho juntos. Incluso en Züpfner, con quien ella quería casarse. Chiquillos aún, él y yo nos habíamos conocido tanto, que al volvernos a encontrar después, ya adultos, no sabíamos con exactitud si teníamos que hablarnos de tú o de usted, ambos tratamientos nos desconcertaban, y cada vez que nos veíamos nos encontrábamos en un apuro. No comprendí que Marie se marchase precisamente con él, pero puede que yo nunca haya «comprendido» a Marie.

Me irrité al ser interrumpido en mis cavilaciones precisamente por Kostert. Arañó la puerta como un perro y dijo: «Señor Schnier, debería usted escucharme ¿Necesita un medico?» «Déjeme en paz», grité, «tire el sobre por debajo de la puerta y váyase a casa.»

Deslizó el sobre por debajo de la puerta, me levanté, lo recogí y lo abrí: dentro había un billete de segunda de Bochum a Bonn y el dinero para el taxi estaba contado exactamente: seis marcos con cincuenta pfennig. Yo había esperado que lo redondeara a diez marcos, y calculado ya para mis adentros cuánto podría sacar si devolviese el billete de primera con descuento, y adquiriese otro de segunda.

Hubieran sido unos cinco marcos. «¿Todo en orden?», gritó desde fuera. «Sí», dije, «y ahora márchese en seguida, pajarraco cristiano.» «Pero, permítame usted que…», dijo, yo rugí: «Márchese». Por un momento todo quedó en silencio, después le oí bajar las escaleras. Los hijos de este mundo son no sólo más listos, sino también más humanos y más generosos que los hijos de la luz. Fui en tranvía a la estación, con objeto de ahorrar algún dinero para aguardiente y cigarrillos. Mi patrona me cargó en cuenta el importe del telegrama que por la tarde había mandado yo a Bonn, dirigido a Monika Silvs, el cual Kostert se había negado a pagar. Por lo tanto, mi dinero no me hubiese bastado para ir en taxi hasta la estación; había cursado ya el telegrama cuando recibí la negativa de Coblenza. Se habían anticipado a mi negativa y esto me contrarió un poco. Hubiese sido mejor para mí el haber podido rehusar telegráficamente: «Imposible actuación a causa de grave lesión pierna». Ahora, como mal menor, el telegrama a Monika había sido cursado ya. «Ruego prepare piso para mañana. Cordiales saludos. Hans.»

2

En Bonn las cosas sucedían siempre de modo muy distinto; allí nunca he salido a escena, allí vivo, y el taxi que tomaba nunca me llevaba a un hotel, sino a mi propio piso. Debí decir: nos llevaba, a Marie y a mi. Ningún conserje en la casa, a quien pudiese yo confundir con un empleado del tren y, sin embargo, este piso, en el cual paso de tres a cuatro semanas cada año, es para mí más extraño que cualquier hotel. Tuve que contenerme para no tomar un taxi en la estación de Bonn: este gesto lo tengo tan bien ensayado que casi me pone en un apuro. Me quedaba un solo marco en el bolsillo. Permanecí en la escalinata y comprobé mis llaves: para la puerta de la casa, para la del piso, para mi escritorio; en el escritorio encontraría las llaves de la bicicleta. Hace tiempo que pienso en una pantomima con llaves: pienso en un manojo de llaves de hielo, que se van derritiendo mientras transcurre el número.

Sin dinero para el taxi, y por primera vez en mi vida necesitaba uno urgentemente: mi rodilla estaba hinchada y a duras penas atravesé cojeando la plaza que hay delante de la estación, en dirección a la Poststrasse; dos minutos tan sólo desde la estación a nuestro piso, que me parecieron interminables. Me apoyé contra un automático de cigarrillos y lancé una mirada a la casa, de la cual mi abuelo me había regalado un piso; elegantes apartamentos imbricados uno en otro, con balcones revestidos de tonos discretos; cinco pisos, cinco tonalidades distintas para los balcones: en el quinto piso, donde los balcones son de color orín, vivo yo.

¿Era un número que yo representaba? Meter la llave en la cerradura de la puerta, sin asombrarme de que no se derrita, abrir la puerta del ascensor, apretar el botón para el quinto: una suave trepidación y me siento transportado hacia arriba; una mirada, a través de la mirilla del ascensor, al respectivo descansillo de la escalera y por la ventana del descansillo: el dorso de un monumento, la plaza, la iglesia, aparecen iluminados; un tramo oscuro, el techo de hormigón y de nuevo, en visión ligeramente descentrada: el dorso, plaza, iglesia, son enfocados: tres veces, la cuarta vez tan sólo plaza e iglesia. Introducir en la cerradura la llave del piso, sin asombrarme de que también esta vez se abra la puerta.

Todo de color de orín en mi piso: puertas, artesonado, los armarios empotrados; una mujer en batín rojo de orín, sobre la cama turca de color negro haría buen juego, sólo que no sufro únicamente de melancolía, jaqueca, indolencia y del don místico de percibir olores por teléfono; mi dolencia más atroz es mi inclinación a la monogamia; sólo hay una mujer con la cual puedo hacer todo lo que los hombres hacen con las mujeres: Marie, y, desde que ella me ha abandonado, vivo como debería vivir un monje, sólo que no soy ningún monje. He pensado si debía tomar el tren e ir a pedir consejo a uno de los sacerdotes de mi antiguo colegio, pero todos esos sujetos tienen al hombre por un ser polígamo (por esto defienden con tanto ardor la monogamia); debo de parecerles un monstruo, y su consejo no sería más que una velada alusión a esos antros, en los que, como ellos creen, se puede comprar el amor. Los cristianos aún me dejan perplejo alguna que otra vez, como me ocurrió en cierto modo con Kostert, quien realmente consiguió asombrarme, pero de los católicos ya no me asombra nada. Llegué a sentir gran simpatía por el catolicismo, incluso cuando, hace cuatro años, me llevó Marie a ese «círculo de católicos progresistas»; ella tenía interés en presentarme a católicos inteligentes, y, naturalmente, con la segunda intención de que yo algún día podría convertirme (todos los católicos tienen esta segunda intención). Ya los primeros minutos entre ellos fueron espantosos. En aquel tiempo me hallaba yo en una fase difícil de mi formación como payaso, sin cumplir aún los veintidós años, y ensayaba todo el día. Me había alegrado la perspectiva de esta velada, estaba rendido de cansancio y esperaba una tertulia más o menos animada, con buen vino a todo pasto, buena comida, tal vez baile (lo pasábamos mal y no podíamos permitirnos ni vino ni buena comida); en su lugar hubo mal vino, y la cosa fue más o menos según yo me figuro un Seminario de Sociología con un profesor aburrido. No sólo fatigoso, sino penoso, con un grado excesivo de afectación. En primer lugar rezaron en común, y, entretanto, yo no sabía qué hacer con mis manos, ni adonde dirigir la vista; me parece que no hay derecho a colocar en tal situación a un incrédulo. No rezaron sencillamente un padrenuestro o un avemaría (esto hubiera sido ya bastante penoso, pues, educado como protestante, quedé harto para siempre de cualquier forma de plegaria de salón); no, era uno de esos textos compuestos por Kinkel, muy programático: «y Te rogamos nos capacites para dar todo su valor tanto a lo tradicional como a lo avanzado», y así por el estilo, y sólo después entraron en el «tema de la velada» que trataba de «la pobreza en la sociedad en que vivimos». Fue una de las veladas más penosas de mi vida. No puedo creer que las charlas religiosas deban ser forzosamente tan soporíferas. Ya sé: el creer en esa religión es difícil. Resurrección de la carne y una vida eterna. A menudo me lo leyó Marie en la Biblia. Debe de ser difícil creer en todo esto. Más adelante leí incluso a Kierkegaard (una lectura útil para un payaso en ciernes), lo encontré difícil, pero no penoso. No sé si existen gentes que bordan tapetes copiando un Picasso o Klee. En aquella velada me dio la impresión de que esos católicos progresistas cortaban retales de Tomás de Aquino, Francisco de Asís, Buenaventura y León XIII para coserse unos taparrabos, que naturalmente no cubrían sus desnudeces, pues ninguno de los presentes (excepto yo) ganaba menos de sus buenos mil quinientos marcos al mes. Resultaba tan penoso para ellos mismos, que acabaron poniéndose cínicos y pedantes, excepto Züpfner, a quien toda la comedia incomodaba tanto que me pidió un cigarrillo. Fue el primer cigarrillo de su vida, y lo fumó torpemente, despidiendo grandes bocanadas, y noté que estaba contento de que el humo le ocultara el rostro. Me daba pena por Marie, que se puso pálida y temblorosa cuando Kinkel contó la anécdota de aquel hombre que ganaba quinientos marcos al mes y se arreglaba bien, que luego ganó mil y notó que le iba peor, que francamente se encontraba en grandes dificultades al ganar dos mil, y que, por último, cuando hubo llegado a los tres mil, notó que volvía a salir a flote, y como moraleja dedujo: «Hasta quinientos al mes las cosas van perfectamente, pero entre quinientos y tres mil todo es miseria.» Kinkel ni siquiera se daba cuenta de lo que hacía: divagaba, fumando su grueso cigarro, acercándose a la boca el vaso de vino, devorando barritas de queso, con una olímpica serenidad, hasta que el prelado Sommerwild, consejero espiritual del grupo, comenzó a ponerse nervioso, consiguiendo a! fin desviarle hacia otro tema. Creo que pronunció la palabra «reacción», y con ello lanzó el anzuelo a Kinkel. Éste lo mordió en seguida, se enfureció, e interrumpió su exposición de por qué un auto de doce mil marcos sale más barato que otro de cuatro mil quinientos e incluso su esposa, que le contemplaba con penosa confusión, lanzó un suspiro de alivio.

3

Empecé a sentirme bien en el piso; se notaba limpio y acogedor, y, al colgar mi abrigo de la percha y poner mi guitarra en un rincón, reflexioné que tal vez una vivienda es algo más que una ilusión. No soy sedentario, nunca lo seré —y Marie es aún menos sedentaria que yo, y sin embargo parece haberse decidido a serlo definitivamente—. Se ponía nerviosa en cuanto yo tenía que actuar más de una semana seguida en un mismo lugar.

Monika Silvs había sido esta vez tan amable como siempre que le enviábamos un telegrama; se había procurado la llave del administrador, lo había limpiado todo, puesto flores en el cuarto de estar y llenado la nevera con todo lo necesario. Se hallaba café molido sobre la mesa de la cocina, y al lado una botella de coñac. Cigarrillos y una vela encendida junto a las flores en la mesa del salón. Monika sabe ser extraordinariamente afectuosa, hasta la sensiblería, hasta puede llegar a cursi; la vela que me había puesto en !a mesa era fea, y con toda seguridad no hubiese aprobado el examen de un «círculo católico de difusión estética», pero lo más probable era que ella, con las prisas, no hubiese encontrado otras velas, o no hubiese tenido dinero para velas más elegantes; y yo presentía que precisamente esta ridícula vela, a causa de mi afecto por Monika Silvs, llegaba cerca del punto donde mi desgraciada propensión a la monogamia me traza límites. Los demás católicos de la agrupación no se arriesgarían nunca a ser sentimentales o cursis, nunca se pondrían en evidencia, y en cualquier caso, antes lo harían en una cuestión de moral que en una cuestión de gusto. Incluso podía yo percibir en el piso el perfume de Monika, que para ella es demasiado seco y de última moda, uno que creo se llama Taiga. Con la vela de Monika encendí un cigarrillo de Monika, fui a la cocina a buscar el coñac, saqué del estante el listín de teléfonos y descolgué el auricular. Tenía línea. Incluso de esto se había preocupado Monika. El claro latir me pareció el de un corazón infinitamente ancho, y en ese momento más gustaba más que el bramido del mar, más que el ulular del huracán y que el rugido del león. En algún lugar de este claro sonido se ocultaban la voz de Marie, la voz de Leo, la voz de Monika. Colgué lentamente el teléfono. Era la única arma que me quedaba y pronto iba a hacer uso de ella. Me levanté la pernera derecha del pantalón y contemplé mi rodilla lesionada; los rasguños eran leves, la hinchazón sin peligro, me serví un buen vaso de coñac, me bebí la mitad y derramé el resto sobre mi rodilla herida, regresé cojeando a la cocina y puse el coñac en la nevera. Hasta entonces no caí en la cuenta de que Kostert no me había traído el aguardiente que me prometió. Seguramente había pensado que, por motivos pedagógicos, sería mejor no traérmelo, y con ello había ahorrado siete marcos cincuenta a la causa cristiana. Me propuse telefonearle, rogándole que me girase la suma. Este pajarraco no debía escapar así con plena impunidad, y además yo necesitaba el dinero. Durante cinco años había ganado yo mucho más de lo que necesitaba gastar, y sin embargo todo se había ido. Naturalmente que podía seguir actuando en la zona de los treinta a cincuenta marcos, en cuanto mi rodilla hubiese sanado; tanto me daba, el público de esas lúgubres salas es incluso más amable que el de un music-hall. Pero de treinta a cincuenta marcos al día son poco, la habitación del hotel demasiado pequeña, se choca con la mesa y los armarios al ensayar, y yo soy de la opinión de que un cuarto de baño no es ningún lujo y el taxi ningún despilfarro cuando se viaja con cinco maletas.

Saqué otra vez el coñac de la nevera y tomé un trago. No soy un borracho. El alcohol me sienta bien desde que Marie se marchó. Tampoco estaba acostumbrado a tener dificultades con el dinero y el hecho de que poseía un marco nada más y ninguna perspectiva inmediata de ganar mucho más, acabó poniéndome nervioso. Lo único que realmente podría vender hubiese sido la bicicleta, pero si me decidía a ir a actuar en cafés cantantes me sería muy útil la bicicleta, me ahorraría taxi y dinero para transportes. A la posesión del piso se unía una condición: no se me permitía venderlo o alquilarlo. Un típico regalo de abuelo. Siempre hay gato encerrado. Decidí no beber más coñac, entré en la sala y consulté el listín de teléfonos.

4

Nací en Bonn y conozco aquí mucha gente: parientes, conocidos, antiguos condiscípulos. Mis padres viven aquí, y mi hermano Leo, quien, bajo el patrocinio de Züpfner, se ha convertido, estudia aquí Teología católica. A mis padres debería yo verles forzosamente, aunque sólo fuese para arreglar con ellos la cuestión del dinero. Puede que lo ponga en manos de un abogado. Aún no he decidido nada al respecto. Desde la muerte de mi hermana Henriette, mis padres dejaron de existir para mí. Henriette murió hace ya diecisiete años. Tenía dieciséis cuando la guerra terminaba, una hermosa muchacha, rubia, la mejor jugadora de tenis entre Bonn y Remagen. En aquel entonces se estimuló a las muchachas jóvenes a alistarse voluntariamente en la DCA, y Henriette se alistó en febrero de 1945. Fue todo tan rápido y sin dificultades, que no comprendí nada. Venía yo de la escuela, crucé la carretera de Colonia y vi a Henriette sentada en el tranvía, que justamente en aquel momento partía en dirección a Bonn. Me hizo señas y se puso a reír, y yo también reí. Llevaba una pequeña mochila sobre la espalda, un lindo sombrero azul oscuro y el grueso abrigo azul con el cuello de piel. Todavía no la había visto nunca con sombrero, siempre se había negado a ponérselo. El sombrero le daba un aspecto muy diferente. Parecía una señora joven. Pensé que iba de excursión, a pesar de que la ocasión no era la más oportuna para excursiones. Pero de las escuelas era de esperar cualquier cosa en aquel entonces. Incluso intentaron enseñarnos regla de tres en el refugio antiaéreo, aunque ya oíamos resonar los cañones. Nuestro profesor Brühl cantó con nosotros canciones «piadosas y nacionales», como las llamaba él. Por la noche, si durante media hora todo quedaba tranquilo, se oía siempre ruido de pisadas marcando el paso: prisioneros de guerra italianos (se nos explicó en la escuela por qué entonces los italianos ya no eran aliados, sino que trabajaban con nosotros como prisioneros, pero hasta hoy no he comprendido aquel por qué), prisioneros de guerra rusos, mujeres presas, soldados alemanes; pies marcando el paso durante toda la noche. Nadie sabía con exactitud qué sucedía.

Henriette tenía realmente el aspecto de emprender una excursión con la escuela. De ellos se podía temer cualquier cosa. De vez en cuando, cuando estábamos en clase entre dos alarmas, a través de la ventana abierta oíamos auténticos disparos de fusil, y cuando mirábamos asustados hacia la ventana, nos preguntaba el profesor Brühl si sabíamos lo que aquello significaba. Nos enteramos, desde luego: otro desertor era fusilado allá lejos en el bosque. «He aquí lo que les ocurrirá», dijo Brühl, «a todos los que se niegan a defender nuestro santo suelo alemán contra los judíos yanquis.» (Hace poco me encontré con él, ahora es viejo, canoso, profesor en una Escuela Normal, y pasa por un ciudadano de «honroso pasado político», porque nunca fue del partido.)

Volví a hacer señas hacia el tranvía en el que viajaba Henriette, atravesé nuestro parque en dirección a casa, donde mis padres estaban ya a la mesa con Leo. Hubo puré, patatas con salsa como plato principal, y de postre una manzana. Sólo al llegar a los postres pregunté a mi madre adonde había ido Henriette en su excursión. Rió un poco y dijo: «¡Excursión! ¡Qué tontería! Marchó a Bonn para alistarse en la DCA. No mondes la manzana con una piel tan gruesa. Mira, muchacho», cogió la piel de manzana de mi plato, la raspó a fondo y los productos que resultaron de su economía, delgadísimos cortes de manzana, se los puso en la boca. Miré a mi padre. Miraba fijamente a su plato y no dijo nada. También Leo callaba, y al volver a mirar a mi madre, dijo ella con voz suave: «Ya comprenderás que todos deben hacer de su parte todo lo posible para echar a los judíos yanquis de nuestro santo suelo alemán.» Me lanzó una mirada que me llenó de inquietud, después miró a Leo del mismo modo, y me pareció como si estuviera dispuesta a enviarnos a los dos al frente para luchar contra los judíos yanquis. «Nuestro santo suelo alemán», dijo ella, «y pensar que ya han penetrado profundamente en el Eifel.» Me entraron ganas de reír, pero estallé en lágrimas, arrojé mi cuchillo de postre y corrí hacia mi cuarto. Tenía miedo, sabía incluso por qué, pero no sabía expresarlo, y me enfurecí cuando pensé en la maldita piel de manzana. Miré al suelo alemán de nuestro jardín, cubierto con sucia nieve, y después en dirección al Rhin, a la hilera de sauces dirigiéndose hacia la Siebengebirge, y todo aquel decorado me pareció estúpido. Una vez vi a unos cuantos de aquellos «judíos yanquis»: bajaban del Venusberg en camión hacia Bonn para ir a un puesto de control: parecían muertos de frío, y de miedo, y jóvenes; si me figuraba de algún modo a los judíos, era más bien como a los italianos, a quienes vi todavía más muertos de frío que los americanos, y tan cansados que ya ni siquiera tenían miedo. Di un puntapié a la silla delante de mi cama, y como no cayó, le di otro. Cayó por fin con estrépito e hizo añicos la placa de vidrio encima de mi mesita de noche. Henriette con mochila y sombrero azul. No volvió, y no sabemos dónde está enterrada. Alguien que vino a vernos al terminar la guerra nos informó que había «caído cerca de Leverkusen».

Esta inquietud por el santo suelo alemán en cierto modo resulta cómica, cuando pienso que una buena parte de las acciones del lignito se hallan en manos de nuestra familia desde hace dos generaciones. Desde hace setenta años se benefician los Schniers de las torturas que debe sufrir el santo suelo alemán: aldeas, bosques, castillos, caen ante las excavadoras como las murallas de Jericó.

Un par de días después me enteré de quién poseía derechos de autor sobre la frase de los «judíos yanquis»: Herbert Kalick, de catorce años entonces, mi Jungvolkführer, a cuya disposición puso mi madre generosamente nuestro parque, donde éramos adiestrados en el manejo de puños antitanques. Mi hermano Leo, de ocho años, participaba también, y yo le veía marchar marcando el paso junto al campo de tenis con un puño antitanque al hombro, en el rostro una seriedad como sólo se puede ver en los niños. Le detuve y le pregunté: «¿Qué haces aquí?» Y poniendo una mirada tétrica, dijo: «Seré guerrillero; ¿acaso tú no?» «Desde luego», dije, y bordeando el campo de tenis marché con él hacia el puesto de tiro, donde Herbert Kalick contaba la historia de aquel muchacho que, a sus diez años, había sido distinguido ya con la Cruz de Hierro de primera clase, allá en algún lugar de la lejana Silesia, donde había destruido tres carros de combate rusos con un puño antitanque. Al preguntar un muchacho cómo se llamaba aquel héroe, dije yo: «Matarratas.» Herbert Kalick se puso lívido y gritó: «Cochino derrotista.» Me agaché y le arrojé a Herbert un puñado de ceniza en el rostro. Todos cayeron sobre mí, sólo Leo permaneció neutral, lloró, pero no me auxilió, y en mi paroxismo le grité a Herbert en el rostro: «Cerdo nazi.» Yo había leído esta expresión en alguna parte, escrita en la barra de un paso a nivel. No sabía con exactitud lo que significaba, pero tuve la impresión que podía ser aplicable allí. Herbert Kalick detuvo inmediatamente la pelea y entró en funciones: me detuvo, y fui encerrado en el cobertizo del puesto de tiro, entre los blancos y los postes indicadores, hasta que Herbert hubo convocado allí a mis padres, al profesor Brühl y a un miembro del partido. Yo lloraba de rabia, destrocé a patadas los blancos, sin dejar de gritar a los muchachos que desde fuera me vigilaban: «Sois unos cerdos nazis.» Una hora después me llevaron a la sala para interrogarme. El profesor Brühl apenas podía contenerse. Decía sin cesar: «Total exterminio, exterminio total», y aún hoy no sé con exactitud si se refería a lo corporal o, por así decirlo, a lo espiritual. Uno de estos días le escribiré a la Escuela Normal rogándole me lo explique por amor a la verdad histórica. El miembro del partido, el Ortsgruppenleiter suplente Lovenich. era muy razonable. Repetía: «Tengan en cuenta que el chico no tiene aún once años», y puesto que casi me tranquilizó, llegué a responder a su pregunta de dónde había aprendido la expresión infamante: «Lo leí en el paso a nivel de la Annabergerstrasse.» «¿Nadie te lo ha dicho a ti?», preguntó, «quiero decir, ¿tú no lo has oído de nadie?» «No», dije yo. «Pero si el chico no sabe lo que se dice», dijo mi padre y puso su mano en mi hombro. Brühl lanzó a mi padre una mirada enojada, mirando luego angustiado a Herbert Kalick. Por lo visto el gesto de papá pasó por un grave signo de complicidad. Mi madre dijo llorando, con su voz suave y estúpida: «No sabe lo que se hace, no lo sabe: si no fuera así, yo debería desentenderme de él.» «Pues desentiéndete», dije yo. Todo esto tuvo lugar en nuestra espaciosa sala, entre los regios muebles de roble barnizados en un tono oscuro, con los trofeos de caza del abuelo en lo alto de las amplias estanterías de roble, grandes jarras y las macizas librerías de vidrio emplomado. Oía el cañoneo allá lejos en el Eifel, escasamente a veinte kilómetros de distancia, e incluso el tableteo de las ametralladoras, alguna que otra vez. Herbert Kalick, pálido, rubio, con su rostro fanático, actuando como una especie de fiscal, no dejaba de golpear con los nudillos sobre la mesa, reclamando: «Rigor, rigor, inflexible rigor». Fui sentenciado a abrir en el jardín, bajo la vigilancia de Herbert, un foso para tanques, y era aún medianoche que cavaba yo, siguiendo la tradición de los Schnier, el suelo alemán, si bien —lo que contradecía la tradición de los Schnier— con mis propias manos. Cavé la zanja atravesando los rosales favoritos del abuelo, que se hallaban exactamente junto a la copia del Apolo del Belvedere, y me alegraba al pensar en el momento en que la estatua de mármol sucumbiría ante mi celo excavador; pero me alegré demasiado pronto; iba a ser destruida por un chiquillo pecoso que se llamaba Georg. Se hizo volar a sí mismo y al Apolo por los aires con un puño antitanque, el cual le estalló inoportunamente. El comentario de Herbert Kalick a esta desgracia fue lacónico. «Por fortuna Georg era huérfano.»

5

Busqué en el listín los números de teléfono de todos aquellos con quienes tenía que hablar; a la izquierda escribí los nombres, uno debajo del otro, de las personas a quienes podía yo dar sablazos: Karl Emonds, Heinrich Behlen, ambos compañeros de colegio, ex estudiante de teología el primero, hoy catedrático de Instituto; el otro, capellán; después Bela Brosen, la querida de mi padre. A la derecha, también en columna, aquellos a los que únicamente en caso extremo pediría yo dinero: mis padres, Leo (a quien yo puedo pedir dinero, pero nunca lo tiene, todo lo da), los componentes del «círculo»: Kinkel, Fredebeul, Blothert, Sommerwild. Y entre las dos columnas de nombres, Monika Silvs, alrededor de cuyo nombre tracé un bonito círculo. Tenía que mandar un telegrama a Karl Emonds, rogándole me telefonease. No tiene teléfono. Gustosamente hubiese yo telefoneado a Monika en primer lugar, pero debería llamarla al final. Nuestras relaciones se hallan en una fase tal que sería descortés por mi parte, tanto en lo físico como en lo metafísico, desdeñarla. En este punto me encontraba en una inquietante situación: monógamo, seguía viviendo célibe en contra de mi voluntad, pero conforme a mi naturaleza, desde que Marie, por «miedo metafísico», como ella decía, me abandonó. La verdad era que yo había resbalado en Bochum más o menos deliberadamente, me había dejado caer sobre mi rodilla, para así interrumpir mi iniciada jira y poder marcharme a Bonn. Sufro, de un modo difícil de soportar, de lo que en los libros religiosos de Marie es descrito erróneamente como «concupiscencia carnal». Me gusta mucho Monika, lo suficiente para poder satisfacer con ella el deseo de poseer a otra mujer. Si en estos libros religiosos constara «desear a una mujer», sería ya bastante grosero, pero mejor en algunos grados a la expresión «concupiscencia carnal». Yo no conozco nada carnal fuera de las carnicerías, e incluso éstas no son del todo carnales. Al imaginarme yo que Marie hace con Züpfner lo que sólo debía hacer conmigo, mi melancolía crece hasta la desesperación. Titubeé largo tiempo antes de buscar el número de teléfono de Züpfner y escribirlo al pie de la columna de aquéllos a los que había pensado no darles sablazo. Marie me daría dinero, inmediatamente, todo lo que ella poseía, vendría a mí y me asistiría, sobre todo si se enteraba de la serie de percances que me habían acontecido, pero no vendría sin escolta. Seis años son mucho tiempo, y ella no pertenece a la casa de Züpfner, ni a su mesita para el desayuno, ni a su cama. Incluso estaba dispuesto a luchar por ella, si bien la palabra luchar despierta en mí casi únicamente una idea física, y por lo tanto ridícula: una pelea con Züpfner. Marie aún no estaba muerta para mí, así como mi madre es como si hubiese realmente muerto para mí. Yo creo que los vivos están muertos, y los muertos viven, pero no como lo creen los protestantes y los católicos. Para mí un chiquillo, como Georg, que voló por los aires al estallar un puño antitanque, sigue más vivo que mi madre. Veo al chico pecoso, desmañado, allá en el prado frente al Apolo, oigo gritar a Herbert Kalick: «Así no, así no»; oigo la explosión, un par de gritos, no muchos, y después el comentario de Kalick: «Por fortuna Georg era huérfano», y media hora después, al cenar en aquella mesa donde se me había juzgado, dijo mi madre a Leo: «¡Tú lo harás mejor que este chico estúpido, no es verdad!». Leo asintió, mi padre me lanzó una ojeada, no hallando ningún consuelo en los ojos de su hijo de diez años.

Hace ya algunos años que mi madre es presidenta del comité central de las asociaciones para la conciliación de las diferencias raciales; hace viajes a la Casa de Anne Frank, en ocasiones incluso hacia América, y en clubs femeninos da conferencias sobre el arrepentimiento de la juventud alemana, siempre con su voz suave y serena, con la que es probable que hubiese dicho al despedir a Henriette: «Niña, pórtate bien». Esta voz la podía oír yo al teléfono a cualquier hora, la voz de Henriette nunca más ya. Tenía una voz asombrosamente apagada y una clara risa. Una vez durante una partida de tenis se le cayó la raqueta de la mano, siguió de pie en el mismo sitio y miró distraídamente al cielo; otra vez dejó caer durante una comida la cuchara en la sopa; mi madre lanzó un grito, lamentando las manchas en el vestido y en el mantel; Henriette apenas oyó nada, y cuando volvió en sí, no hizo más que sacar la cuchara del plato de sopa, la limpió con la servilleta y siguió comiendo; cuando por tercera vez, mientras jugábamos a las cartas ante la chimenea, cayó en el mismo estado de ensoñación, mi madre se enojó vivamente. Gritó: «Este maldito soñar despierta», y Henriette la miró y dijo tranquilamente: «Ea, se acabó, no tengo más ganas, eso es todo», y arrojó las cartas que aún tenía en la mano en el fuego de la chimenea. Mi madre fue a salvar las cartas de las llamas, con io que se chamuscó los dedos, pero consiguió recuperar las cartas, hasta incluso un siete de corazones, que quedó medio quemado, y ya no pudimos jugar más a las cartas sin pensar en Henriette, si bien mi madre intentó seguir jugando «como si no hubiese pasado nada». No es en absoluto mala, sólo estúpida de un modo increíble, y ahorrativa. No permitió que se comprara otra baraja de cartas, y supongo que el siete de corazones chamuscado sigue en activo y que no le recuerda nada a mi madre cuando cae en sus manos al hacer solitarios. Me hubiese gustado telefonearle a Henriette, pero la mediación para esta charla no la han descubierto aún los teólogos. Busqué el número de mis padres, que siempre olvido, en el listín de teléfonos: Schnier Alfons, Dr. h. c. Gerente. Lo de Doctor h. c. era nuevo para raí. Mientras marcaba el número, volaba hacia casa con el pensamiento, bajaba por la carretera de Coblenza, entraba en la Ebertallee, torcía a la izquierda hacia el Rhin. Una hora escasa a pie. Oí la muchacha: «Aquí la casa del doctor Schnier.» «Quisiera hablar con la señora Schnier», dije yo. «¿Quién está al aparato?»

«Schnier», respondí, «Hans, hijo carnal de !a señora a la que antes me referí». Ella tragó saliva, reflexionó un momento y noté, a través de seis kilómetros de línea telefónica, que titubeaba. Por lo demás, exhalaba simpatía, pero también olía a jabón y un poco a laca para uñas reciente. Por lo visto conocía bien mi existencia, pero no le había sido dada instrucción alguna en lo que a mí respecta. Sólo había oído vagos rumores: un bicho raro, un pájaro de cuenta.

«¿Cómo puedo saber», preguntó finalmente, «que no se trata de una broma?»

«Puede estar tranquila», dije yo, «y si es necesario estoy dispuesto a darle las señas personales de mi madre. Lunar a la izquierda bajo la boca, verruga…»

Se puso a reír y dijo: «Bien», y movió la clavija. Nuestro sistema telefónico es complicado. Mi padre tiene para él solo tres líneas distintas: un aparato rojo para el lignito, uno negro para la bolsa y uno privado de color blanco. Mi madre tiene dos teléfonos nada más: uno negro para el comité central de las agrupaciones para conciliar las diferencias raciales y uno blanco para las conferencias privadas. Si bien la cuenta corriente privada de mi madre arroja un saldo de seis cifras a su favor, carga los gastos telefónicos (y naturalmente los gastos de viaje a Ámsterdam o a cualquier otra parte) en la cuenta del Comité Centra!. La telefonista equivocó la conexión, mi madre habló rutinariamente en su aparato negro: «Comité central de las sociedades para conciliar las diferencias raciales.»

Quedé atónito. Si ella hubiese dicho: «Aquí la señora Schnier», es probable que yo hubiese dicho: «Aquí Hans, ¿cómo estás, mamá?» En lugar de esto dije: «Le habla un delegado del comité central de los judíos yanquis que se encuentra de viaje, póngame con su hija, por favor.» Incluso yo me asusté. Oí cómo mi madre daba un grito, el cual me dio a entender claramente cuan vieja se había vuelto. Dijo: «Nunca podrás olvidarlo, ¿eh?» Yo mismo estaba a punto de llorar y dije en voz baja: «¿Olvidarlo yo, mamá?» Calló, y sólo oí aquel lloriqueo senil que tanto me turbaba. Hacía cinco años que no la había visto, y ahora debería tener más de sesenta. Durante un momento había yo creído realmente que ella iba a cambiar la comunicación y ponerme con Henriette. En todo caso ella siempre habla de que «tal vez tenga incluso un enchufe para el cielo»; ella se lo toma a broma, como todo el mundo habla hoy de sus enchufes: un enchufe para el partido, para la Universidad, para la televisión, para el ministerio del interior.

Me hubiese gustado mucho oír la voz de Henriette, aunque sólo hubiese dicho «nada» o, por mi, «mierda» tan sólo. En su boca no hubiese sonado a vulgar en lo más mínimo. Cuando ella se lo dijo a Schnitzler, al hablar éste de la disposición mística de ella, me había parecido hermoso como si de la nieve hablase (Schnitzler era un escritor, uno de los parásitos que durante la guerra vivieron con nosotros, y siempre que Henriette caía en aquel estado de ensoñación hablaba él de su disposición mística, y ella le decía simplemente «mierda» todas las veces que él comenzaba a hablar de ello.) Ella hubiese podido decir también algo diferente: «Hoy le he zumbado otra vez a este necio lechuguino», o algo en francés: «La condition de Monsieur le Comte est parfaite». Me había ayudado a veces en mis deberes escolares y siempre nos hizo gracia que a ella se se dieran bien los deberes de los demás y tan mal los propios.

En lugar de esto, oí tan sólo el lloriqueo senil de mi madre, y pregunté: «¿Cómo está papá?»

«Oh», dijo, «se ha vuelto viejo, viejo y sabio.»

«¿Y Leo?»

«Oh, Le, es aplicado, aplicado», dijo, «se le pronostica un buen futuro como teólogo.»

«Dios mío», dije yo, «precisamente a Leo un futuro como teólogo.»

«Fue bastante cruel para nosotros que él se convirtiera», dijo mi madre, «pero el espíritu sopla donde quiere.»

Había ya recuperado la firmeza en la voz, y por un momento estuve tentado de preguntarle por Schnitzler que sin cesar entraba y salía de nuestra casa. Era un sujeto corpulento, atildado, que a la sazón siempre fantaseaba sobre el noble europeísmo, la dignidad que tenían los germanos. Por curiosidad leí más tarde una de sus novelas, Amoríos franceses, más aburrida de lo que el título prometía. Lo más notable de dicha obra era que el héroe, un teniente francés prisionero, era rubio, y la heroína, una muchacha alemana del Mosela, de negros cabellos. Se sobresaltaba cada vez que Henriette —creo que ocurrió dos veces en total— decía «mierda», y afirmaba que una disposición mística podía concordar perfectamente con «el irreprimible afán de fulminar a los demás con palabras feas» (con todo, no había en Henriette nada irreprimible, y ella no soltaba esa palabra para «fulminar»a nadie, sino que lo decía para sí), y aportó como prueba la Mística Cristiana en cinco tomos de Gorres. Naturalmente que en su novela todo transcurre de un modo idílico. Allí «resuena como cristal la poesía de los nombres de vinos franceses que hablan de amor para así festejarse mutuamente». La novela termina con una boda secreta; pero todo ello supuso para Schnitzler caer en desgracia para la Sociedad de Autores del Reich, que le impuso la «prohibición de escribir» durante unos diez meses. Los americanos lo acogieron con los brazos abiertos como pionero al servicio de la cultura, y hoy se pasea por Bonn y relata en cualquier oportunidad que los nazis le habían prohibido escribir. Un farsante así ni siquiera necesita mentir para quedar siempre bien. Y con todo, fue él quien convenció a mi madre para que nos alistásemos, yo en la Jungvolk y Henriette en la Sección Femenina. «En esta hora, mi querida señora, a toda costa hemos de mantenernos unidos, hacer causa común, sufrir juntos.» Le veo de pie junto al fuego de la chimenea, con uno de los cigarros de papá en la mano. «Ciertas injusticias, de las que he sido víctima, no podrán ofuscar mi inteligencia lúcida e imparcial, v así sé que el Führer —le tembló la voz, no obstante— el Führer tiene la salvación en sus manos.» Lo dijo unos dos días antes que los americanos ocupasen Bonn.

«¿Qué hace Schnitzler?», pregunté a mi madre. «Le va formidable», dijo ella, «en el Ministerio del Exterior no pueden pasarse sin él.» Naturalmente, ella lo ha olvidado todo, siendo bastante extraño que los judíos yanquis aún despierten recuerdos en ella. Ya no me arrepentía de haber comenzado así mi conversación con ella.

«¿Y qué hace el abuelo?», pregunté.

«Fabuloso», dijo, «indestructible. Pronto va a festejar su nonagésimo aniversario. Es para mí un misterio cómo lo consigue.»

«Esto es muy sencillo», dije, «estos viejos verdes no se dejan turbar ni por la conciencia ni por los recuerdos. ¿Está en casa?»

«No», dijo ella, «marchó a Ischia por seis semanas.»

Callamos los dos, yo seguía sin estar seguro de mi voz, ella volvía a estarlo del todo de la suya cuando me preguntó: «Pero ¿cuál es el verdadero motivo de tu llamada? —por lo que he oído, las cosas vuelven a irte mal Tienes mala suerte profesional— así me lo han contado.»

«¿De veras?», dije, «lo que tú temes es que os pida dinero, pero puedes ahorrarte este temor, mamá. Ya sé que no vais a darme. Recurriré a los tribunales, pues es el caso que necesito dinero, ya que quiero marcharme a América. Alguien me ha ofrecido allí una oportunidad. Un yanqui judío, por más señas, pero yo no toleraré ninguna divergencia racial.» Ella estaba ahora más lejos que nunca del llanto. Antes de colgar oí aún como decía algo referente a principios. Por lo demás, olía ella como siempre había olido: a nada. Uno de sus principios: «Una dama no despide ninguna clase de olor». Probablemente por este motivo tiene mi padre una querida tan linda, que ciertamente no despide olor, pero tiene el aspecto de oler muy bien.

 

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