La Chanca (I)

Juan Goytisolo

 

 

1

Los españoles aguantamos difícilmente la ausencia de España. Cuando era estudiante, hace ya algunos años, mi gran empeño consistía en cruzar los Pirineos, recorrer Europa, desentenderme de cuanto ocurría en la Península. Había llegado a un límite extremo de saciedad y todo lo español me irritaba. Estaba convencido de que fuera se respiraba mejor. Quería olvidar lo que me habían enseñado —las clases, los sermones, la radio, los diarios— y Europa me parecía una cura de desintoxicación necesaria para volver a ser yo mismo.

Durante noches y noches había madurado los planes de mi evasión. Tenía veinte años y me encontraba extraño en mi propio país. Porque me habían dicho que era el mejor del mundo me inclinaba a pensar que no había otro peor en la tierra. Cualquier existencia me parecía más lógica que la que yo soportaba. No compraba el periódico, no asistía a las clases, no escuchaba la radio. La vida de mis compatriotas discurría independiente de la mía y, en lugar de escarbar la corteza y tratar de comprender, me cerraba a cal y canto.

Un día vi realizados mis deseos y, lenta, penosamente, empecé a rectificar. Pasados los primeros meses de excitación, el recuerdo de lo que había dejado —la tierra, la niñez, los amigos— se insinuó en mis noches con igual intensidad con que—años antes— me asediaron los proyectos de huida. Ya no me acordaba de las clases, los sermones, la radio, los diarios. Cuanto me exasperaba se había emborronado con la distancia y el tiempo, y revivía un poco como un convaleciente, después de una larga, aburridísima enfermedad.

Cada mañana, al despertarme, repasaba ansiosamente el periódico. Mis ojos se habían acostumbrado a ver a la primera ojeada y el corazón me latía más aprisa leyendo CÓRDOBA, MADRID, BARCELONA, ASTURIAS, ASTURIAS. Los días en que la prensa callaba y todo era silencio bajo el cielo gris, una voz rondaba no obstante mi memoria y era la voz de la infancia y de la tierra, el recuerdo de un paisaje con sol, de unos hombres en cólera —imágenes lejanas y casi olvidadas, que me obsesionaban desde niño.

La voz sonaba en mí milagrosamente y, con ella, me parecía haber recuperado toda mi infancia. Ya no me sentía extranjero, sin raíces. Cuando niño, mi vida se había desenvuelto como a los acordes de una música melodiosa y alegre; luego, de la noche a la mañana, la música había cesado, llena de estridencias, como si alguien hubiese rayado el disco. Fueron años de espera, de búsqueda impaciente, durante los que había vivido como en el aire. Y, de pronto, cuando desesperaba casi, volvía a escuchar la música familiar y la música se confundía con la voz de mi pueblo, formaba con ella una sola cosa y me devolvía intacta mi perdida niñez y el calor de treinta millones de hermanos.

La música, la voz, me dieron el deseo de viajar. Europa había dejado de interesarme y comencé a recorrer los pueblos de la Península. Quería conocer la vida de «los millones de hombres sin historia» de que nos habla Unamuno, de esos hombres «que se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana».

No siempre era posible, sin embargo, y, a menudo, me debía contentar con migajas. Algunos días, al salir a estirar las piernas antes de empezar mi trabajo, descubría, acongojado, que nadie comprendía mi francés. Era un índice más de mi asfixia y me sentía incapaz de reaccionar. Me acordaba, entonces, del acento feroz de tantos y tantos proscritos —tanto más feroz cuanto su emigración databa de mayor número de años— y concluía que, desvinculados del país, los españoles nos endurecíamos hasta la caricatura, y este endurecimiento era fruto de nuestro miedo instintivo a disolvernos en la nada. Había que resistir a un asedio en regla —horas, días, meses, años— y, a pesar de ello, los andenes de las estaciones estaban llenos, y los dormitorios colectivos, y las colas silenciosas de hombres y mujeres ante las ventanillas de las oficinas de trabajo.

Lo había recorrido todo: la Gare d’Austerlitz, a la llegada del expreso de Port-Bou, cuando docenas de hombrecillos de facciones terrosas acechan con ojos de ahogado la presencia de alguna silueta amiga entre la multitud indiferente; los alrededores del Metro Pompe, en una tarde de domingo, con sus corrillos de mujeres vestidas de negro, y uno desemboca desde los arriates bien cuidados del Bois de Boulogne a una plaza de pueblo de Valencia… En Francia, en Bélgica, en Suiza, en Alemania, a la ventura de mis peregrinaciones, había topado con hombres y mujeres parecidos —chicas de servicio, albañiles, mineros, agricultores— y junto a un mostrador de cinc o en torno a una mesilla triste, nos habíamos detenido a echar un párrafo. Todos habían ido fuera a trabajar; ninguno se acomodaba a la idea de vivir lejos de España. Y nuestra conversa era la misma siempre y, después de soñar y maldecir, cada cual se recogía insatisfecho, con su deseo de regresar intacto.

Así trabé amistades efímeras y perfectamente sustituibles con compatriotas amargos que me hablaban de Villalba y Huéscar, Ocaña y Sanlúcar; amistades fraguadas al calor del vino (o de una cerveza siniestra) y cada vez, había allí una mujer dando su pecho al hijo, o una abuela de piel arrugada como el hollejo de una fruta, o un hombre envejecido antes de hora que, tras haber defendido inútilmente su pan y su familia, había luchado aún fuera sólo por la esperanza y la esperanza le había burlado.

En una de esas veladas —recuerdo que era un día sucio y la lluvia humedecía imperceptiblemente la calle—, la charla recayó en Almería y, durante largo rato, el compañero y yo hablamos de su tierra y sus hombres, encarados sobre un mantel de hule, en una mesa cubierta de botellas de vino, embuchados, tomates y pimientos. El almeriense no había vuelto allí desde el final de la guerra. Mirando con atención, se adivinaba que cada arruga de su rostro obedecía a una espera impaciente, sin cesar contrariada. El cansancio lo había marcado poco a poco, pero los ojos conservaban entero su brillo. No se me despinta de la memoria su frente seca, el tacto amistoso, velludo, de su mano. El bar tenía luces de neón y un espejo empañado con una etiqueta de Suze. Después de la primera botella, Vitorino y yo nos sentíamos abrigados y solos, como en lo hondo de una catacumba.

Vitorino había hablado en su tiempo de hambre, de iniquidad y de miseria —de la triple cosecha de muerte que medra en la tierra de Almería. Él fue de los que empuñaron el fusil y combatieron porque la injusticia acabase. Pero habían transcurrido veinte años y, ahora, ya no hablaba. Quería saber —sólo— si florecían los naranjos en Benahadux y granaba la uva en Canjáyar, si el sol brillaba siempre con fuerza —repuse que sí y me miró con los ojos húmedos. Y, hermanados en el vino y el recuerdo, evocamos las parameras y canchales de Tabernas, los alberos de Gérgal, Uleila y su interminable extensión de tierra campa.

—Tengo familia allá —me dijo—. Un primo más joven que yo, pescador él, que le dicen el Cartagenero. Sí pasa usté por La Chanca, váyale a ver de mi parte. Hace años mi mujer recibió unas letras suyas. Le contestamos, pero desde entonces no ha vuelto a resollar. Yo no lo he visto desde que tuve que irme afuera…

Le prometí hacerlo así y, la mañana siguiente —de nuevo era un día gris y los diarios seguían callados—, mientras revolvía en los bolsillos del pantalón, encontré una tarjeta del hombre, «Vitorino Roa Cabrera», y una dirección escrita con letra torpe, vacilante: «Antonio Roa, el Cartagenero, La Chanca». La cabeza me pesaba aún del vino ingerido la víspera y guardé la tarjeta en un cajón de mi escritorio, entre las resmillas y los sobres.

Se sucedieron varios meses de lluvia y silencio de los diarios, y un buen día en que ni la portera, ni el mozo del bar, ni la mujer del quiosco lograban entender mi francés, pensé en Almería y me descubrí hablando solo en medio la calle. Como mi compañero —en un plazo mucho menor que mi compañero—, había olvidado el hambre, la iniquidad y la miseria y revivía únicamente el sol, el paisaje desnudo, el reverbero de la luz en las casas. Era una impresión más fuerte que yo; no la podía resistir. Apresuradamente, hice la maleta y me fui sin prevenir a mis amigos. Almería era ya un vicio conocido. Luego me acordé de la tarjeta del compañero y, antes de partir, la metí, con mi libreta de direcciones, en el bolsillo superior de la americana.

2

Cuando llegué a Almería habían transcurrido solamente setenta y dos horas. El día anterior, en Valencia, el cielo amaneció encapotado y, mientras el tren corría sin prisa la ruta de Almansa, hubo un amago de cernidillo. Era un recibimiento triste para mí, pero calculaba mentalmente los kilómetros que me separaban de Almena y el corazón aleteaba con fuerza a la idea de que aquella noche podría acostarme en paz. Había dejado atrás los paisajes grises del Norte y la excitación del Sur me mantenía aferrado a la ventanilla. No sé cuantas horas pudo durar el viaje. Tras el palmar de Elche, una banda de nubes ensombrecía el horizonte y los pájaros volaban a ras de suelo. Por fortuna, en el momento en que comenzaba a desalentarme, el tiempo se desnubló y, al acercarme a Murcia, sobre el amarillo y rojo de trigales y ñoras, el sol lucía magnífico.

La ciudad andaba ajetreada como de costumbre, y, junto a la parada de los autobuses, tomé un pescado desaborido, un Jumilla de buena boca y un café de recuelo. Luego el coche de línea partió repleto hasta los topes, a través de una geografía que conocía bien —por Alcantarilla, Totana, Lorca y Puerto Lumbreras. En la nava, el ocre casaba con el verde de los campos y, más al sur, la luz teñía de rojo la ceja de nubes de la sierra. La carretera cortaba el paisaje, recta como un cuchillo. Entre las palmeras y pinos de la orilla, los viajeros contemplábamos las tablas de hortaliza y los cortijos asentados en la sillada del monte, rectangulares y blancos, en medio de alguna mata de almendros. Faltaba casi un mes para la siega y las sementeras de los tempranales empezaban a campear. Una hora después, al trasponerse el sol, en el llano había infinita calma. Cordilleras y gajos se dibujaban a contraluz y el cielo palidecía, liso como una hoja. El crepúsculo nos escoltó aún hasta Los Gallardos. Cuando la oscuridad fue completa, me dormí. En el duermevela oía el parloteo monótono de los pasajeros y, a cada alto del coche, una mujer enlutada o un campesino cargado de cestas y paquetes subía o bajaba acompañado de la efusión ruidosa de los suyos y, por unos instantes, me sacudía de la modorra. El acento entrañable de los almerienses acunaba como una nana. Hacía meses que no oía la risa fresca de las muchachas ni el vocejón gutural de los hombres, que tanto recuerda al árabe. El autobús faldeaba los montes lunares de Tabernas y éramos los únicos seres vivos en muchas leguas a la redonda. De trecho en trecho, algún viajero se apeaba junto a una venta y, confusamente, entreveíamos siluetas de niños y mujeres, iluminados apenas por la luz de los candiles.

Me dormí de nuevo y, al despertar, estaba ya en Almería. Por la calle corría un viento cálido. Cogí un coche de punto y di la dirección del hotel. No era todavía medianoche, pero la ciudad parecía desierta —el chacoloteo de las herraduras sonaba rítmicamente sobre el asfalto. El cochero me ayudó a descargar la maleta y el mozo de equipajes me guió a la habitación. Tal como había pedido, caía al Paseo —las ramas de los ficus rozaban el vuelo del balconaje. Por primera vez en largo tiempo dormí a pierna tendida. De amanecida me levanté a emparejar las hojas de la ventana, y en seguida me volví a acostar. Cuando desperté, el reloj de la catedral daba las nueve.

Era un día de los que a mí me gustan —azul, luminoso y seco— y, después de lavarme y afeitarme, bajé a tomar el café. Almería no había cambiado y me sentía como en familia. Las terrazas del Paseo estaban llenas de ociosos y los guardias de tráfico regulaban la circulación vestidos de dril y tocados con cascos coloniales. La multitud fluía por las aceras en grupos compactos: hombres cenceños y oscuros, con sombrero calañés y chaleco; mujeres casadas, enlazadas al brazo de alguna amiga; militares, chalanes, loteros, limpiabotas. La clientela de los bares era exclusivamente masculina. Tras recorrer varios, me decidí por uno pequeño y bebí un exprés en la barra. En el quiosco de Puerta Purchena un vendedor voceaba Yugo. Le di los seis reales al salir y, sin hojearlo, torcí por Obispo Orbera, hacia la báscula del Ayuntamiento.

Junto a la esquina, media docena de coches de punto aguardaban cliente sin desanimarse. La feria se extiende en redor del mercado y, al cabo de cada ausencia, el decorado que uno encuentra es aproximadamente el mismo. Entre los tenduchos de tejidos y loza, los charlatanes pregonan un variado surtido de mercancías: ferrería de Chamberga, cañaduz, higos chumbos, quincalla, tebeos, hierbas medicinales. Los regatones se avistan en corrillos, discutiendo precios, y, de vez en cuando, hay un anillo de zánganos en torno a algún embaidor que se esfuerza en embocar, con gran derroche de labia, las excelencias de su artículo.

Bajo la solina, el mercado bulle igual que un zoco. La belleza ruda de la gitanería que feria se baraja con el desamparo e invalidez de una vocinglera Corte de los Milagros. El tracoma ha devorado los ojos de los loteros que prometen «la suerte para hoy», agitando sus párpados, diminutos como cicatrices. Cada número tiene un apodo, que los ciegos salmodian en forma de letanía.

—¡El tomate!

                  ¡El gato!

                              ¡El ratón!…

—¡El pimiento!

                 ¡La calabaza!

                           ¡La muerte!…

Acompañado por la cantinela de los ciegos doy la vuelta al mercado. En la báscula, un grupo de hombres espera alguna chapuza, pegando tranquilamente la hebra. La mayoría visten de modo miserable, con los fondillos de los pantalones rotos y las camisas plagadas de remiendos. Subido en la caja de un camión, en el cruce de la calle Juan Urola, un individuo arenga al público con la ayuda de un micrófono, y me aproximo a oír. El vendedor es tipo sanguíneo, de pelo engominado, que habla con acento madrileño, protesta y gesticula:

—A mí no me importa la venta, señoras y señores, lo que me interesa, y vaya ello como una confesión que su natural inteligencia no dejará de comprender, lo que me interesa, decía, es la popularidá…

El ayudante exhibe una manta de algodón malva y rosa, y el hombre la desdobla como si desnudara a una mujer y la larga a la concurrencia:

—Tóquenla sin temor, señoras y señores, que el tejido no se resentirá por su contacto, y su suspicacia, si alguna suspicacia les quedare todavía, desaparecerá inmediatamente. Porque yo quiero que se convenzan de una vez, señoras y señores, de que la firma Ángel Tomás Hijo es una firma de garantía, que sólo atiende a la irradiación de su prestigio comercial y personal… Mi señor padre recorre esta provincia desde hace dos meses y, no es por decirlo, señoras y señores, pero se cansa de vender. Él quería que yo le acompañase a plebiscitar la mercancía. Mi señor padre es de edad avanzada y, aunque no le falta salú, gracias a Dios, no puede dar abasto a todas las demandas. Pero yo he preferido venir aquí, a ponerme al servicio incondicional de ustedes y sé que ustedes me apoyarán… El éxito en la capital repercute en la provincia y, un servidor, lo sacrifica todo al nombre de la entidá… A ustedes les ofrecerán en la vida muchas mantas de buen ver, pero ustedes no morderán el anzuelo que les tienden. Hay comerciantes sin conciencia que quieren encajar sus artículos aunque sean tarados. No esperen jamás eso de mí ni de mi señor padre. Lo que importa en la manta no es el aspecto, señoras y señores. Lo que cuenta, y ahora es el técnico quien les habla, es el casco, el cuenco, la molla y el tejido…

Como el charlatán continuaba soltando la taravilla, me escurrí hasta el bar de la esquina y bebí otra taza de café. Los hombres de la báscula seguían la prédica con indiferencia. En un momento dado hubo dos que corrieron persiguiéndose como chiquillos y, al alcanzarse, forcejeaban y se daban en la cara con la mano. Por la acera pasaron unas monjas con un serón de legumbres. Cuando salí, el embaucador había extendido una nueva prenda y achuchaba:

—Es una manta de sultán. Una manta de novia y novio. Una manta de noche de bodas…

Pero los curiosos no parecían dispuestos a dejarse enlabiar y, llegada la hora de poner los cuartos, comenzaban a dispersarse.

Volví al Paseo, contorneando los puestos del mercado, y me senté en una terraza, junto al hotel. En la mesa vecina, tres hombres vestidos con trajes veraniegos conversaban alrededor de una botella de Moriles. Debían de ser empleados de banca o funcionarios del Estado, pues les lucía bien el pelo. El de mi lado era menor que los otros y hablaba de modo redicho. El del centro vigilaba con el rabillo del ojo el ir y venir de las mujeres. Al tercero le zumbaban ya los cincuenta años. Un limpiabotas trabajaba arrodillado a sus pies, y aparejé el oído.

—A mí me revienta perder el tiempo en floreos. Cuando una chica no quiere se ve en seguida…

—A muchas les agrada hacerse rogar.

—Pues yo te digo que les aproveche. A mi edad, uno no está para zarandajas. Yo no tiro a bulto jamás. Yo voy a tiro hecho.

—Cuando servía en Tenerife, aquello daba gusto. Allí encuentras nenas de dieciocho abriles por doscientas pesetas. Y educadas y finas, no como las de aquí… Había una, de buena familia, que estaba encaprichada con menda lerenda y nos pegábamos cada restregón los dos, que no quieras tú saber…

—Yo en Málaga frecuentaba una casa de menores, algo como para chuparse los dedos… Tú ibas allí, la patraña te enseñaba sus fotos y elegías la que querías. Y como le cayeses bien a la nena no te pedía nada. A veces, algún regalillo, cualquier tontería, unas medias de nailon…

—En Albacete me lié con una que no me dejaba a sol ni sombra. Dieciséis años tenía el guayabo… Cuando me fui andaba desesperada. La pobre quería venirse conmigo.

—A mí, en Canarias, una me regaló este reló. Una tía de miedo, casada ella, con uno de esos temperamentos que bueno… El marido llevaba más cuernos que un saco de caracoles.

Durante varios minutos les oí discutir con voz ronca. El de en medio pretendía que las solteras se dan con más facilidad que las casadas, mi vecino sostenía que no, y los dos se pusieron a razones. El viejo quiso contar una anécdota y dijo que el problema consistía en tentar bien el vado. Los tres se degollaban el cuento unos a otros y, concluida la enumeración de sus proezas, criticaron a las mujeres de Almería.

—Ninguna vale cosa. Yo, en cuanto tengo permiso, me largo arreando a Málaga.

—Málaga es como Tenerife. Cuando sales con una moza todo es saber los puntos que calza. Las de Almería solo hipan por el dinero.

—Interesadas que son. Que si el portero, que si el del taxi…

—Que un ramito de flores, que si el guitarrista…

—No sé por quién se deben de tomar. La de la otra noche me pedía cuarenta duros. —Yo le di veinte a la mía, y santas pascuas. Untar el carro es una cosa y que te tomen el pelo otra.

—Haz como yo. Cuando salgo con ellas me las compongo para no llevar encima más que doscientas pesetas.

—Yo también. La última vez me pillaron el día en que cobramos y dije que iba a orinar y me guardé los billetes gordos en el zapato.

—Yo los escondo siempre en el calcetín.

—El dobladillo del pantalón es lo más seguro.

El limpia había acabado la faena y, en tanto que el más viejo sacaba las perras del bolsillo, los otros siguieron hablando de los apartadijos en donde solían ocultar el dinero, se lamentaron de la avidez y fealdad de las de Almería y, tras evocar aún felices encuentros, concluyeron que, para mujeres, no había sitio como Canarias.

Yo hojeaba discretamente las páginas de Yugo y, al alzar los ojos, descubrí a una muchacha muy joven, que se había detenido frente a mí con una hucha y se inclinaba sobre mi solapa para prenderme una banderita.

—Para el cáncer —dijo.

Era delgada y guapa y, a contraluz, el sol enrubiaba sus cabellos.

Riendo, le pregunté cuándo había colecta para combatir el Gran Cáncer.

—¿El Gran Cáncer?

—Sí.

Hubo un punto de silencio. La chica no comprendía.

—¿De qué cáncer habla?

—¿No lo ha visto usted? —dije.

—¿Verlo? ¿Dónde?

—Aquí.

—¿Cuándo?

—Todos los días. Ahora mismo.

—No lo entiendo a usté.

—Reflexione. Mire a su alrededor.

La chica obedeció. Tenía los ojos rasgados, muy grandes, profusamente sombreados de pestañas.

—No caigo —dijo.

—¿No?

—No señor.

—Bueno, igual da. No tiene ninguna importancia. Un día caerá usted y se reirá.

Saqué un duro arrugado del bolsillo y se lo alargué.

—Entre tanto combatamos éste.

La muchacha cogió el billete y se despidió con una sonrisa. El pelo le cubría graciosamente los hombros y, al andar, la falda le ceñía las caderas. Sus piernas eran oscuras, casi oliváceas.

Mis vecinos charlaban todavía de escondrijos y planes, y me incorporé. La atmósfera estancada del Paseo me asfixiaba de pronto. Pregunté al mozo cuánto debía y, mientras el viento sacudía las ramas de los ficus e inventaba sombrajos en la acera, me alejé rápidamente del Gran Cáncer.

3

La perspectiva de Almería, vista desde el hacho de la Alcazaba, es una de las más hermosas del mundo. Por tres pesetas, el visitante tiene derecho a recorrer los jardines desiertos, escalonados en terrazas, y puede sentarse a la sombra de un palisandro a contemplar un cielo azul, sin nubes. En el interior del recinto la calma es absoluta. El agua discurre sin ruido por los arcaduces y las abejas zumban, borrachas de sol. Las pencas de los nopales orillan el sendero que conduce a la torre del campanario. Un piquete de obreros retira escombros de una cisterna. El camino zigzaguea entre los chumbares y el forastero se detiene a admirar el mazo florido de una pita. Luego, cambiando de rumbo, prosigue su ascensión por el adarve, hasta la atalaya del torreón.

El barrio de La Chanca se agazapa a sus pies, luminoso y blanco, como una invención de los sentidos. En lo hondo de la hoya las casucas parecen un juego de dados, arrojado allí caprichosamente. La violencia geológica, la desnudez del paisaje son sobrecogedoras. Diminutas, rectangulares, las chozas trepan por la pendiente y se engastan en la geografía quebrada del monte, talladas como carbunclos. Alrededor de La Chanca, los alberos se extienden lo mismo que un mar; las ondulaciones rocosas de la paramera descabezan en los estribos de la sierra de Gádor. El descubridero abarca una amplia panorámica y el observador se siente un poco como el Diablo Cojuelo. Los habitantes del suburbio prosiguen su vida aperreada sin preocuparse de si los miran desde arriba. De vez en cuando, un guía pondera las maravillas del lugar y los turistas se asoman por las almenas y lo acribillan con sus cámaras.

La primera vez que estuve allí permanecí varias horas acodado en el parapeto. Recuerdo que la víspera había dormido en Granada y, aquella prodigiosa combinación de cal y luz, tan distinta del paisaje pardo y ocre de los miradores de la Alhambra, me impresionó de modo profundo. Era la misma diferencia que existía entre la belleza hosca de la Alcazaba y la seducción fácil del Generalife —con sus adelfas, cipreses, surtidores y estanques. La mareta sorda de las voces subía como un jadeo animal. Después, al quitarse el sol, los colores se disolvieron en la penumbra. Los gritos de las mujeres y chiquillos se espaciaron y se hicieron más plañideros. El miedo ancestral de la noche se había adueñado del barrio e, instintivamente, la gente buscaba un refugio y se recogía en su guarida.

Aquella mañana, en el torreón, coincidí con un grupo de visitantes. Eran cinco o seis extranjeros —robustos y jóvenes— probablemente embarcados en algún buque de mercancías. El español que les acompañaba resultaba más difícil de identificar. Pequeño, seco, su expresión taimada contrastaba con el rostro plácido y lustroso de los otros. El hombrecillo llevaba los faldones de la camisa fuera y fumaba un cigarro, haciendo vedijas con el humo. Cuando pasó por mi lado le oí chapurrear el extraño inglés de los andaluces del Campo de Gibraltar. A trechos, se veía obligado a recurrir a locuciones castellanas y remataba las frases inconclusas con ademanes y gestos, rápidos y expresivos:

—Espanis dans… Los españoles llevamos la alegría en la sangre…

Y, alargando el brazo peludo, mostraba a los demás las venas de la muñeca por donde corría la alegría.

Yo pensaba otra vez en el Gran Cáncer, en la nueva encarnación del Gran Cáncer, y recordaba las escenas en el puerto de Barcelona la primera vez que apareció, y quería olvidar, y no lo lograba. Llevaba aún el ejemplar de Yugo en el bolsillo y, al bajar la cuesta hacia el malecón, leía y releía los titulares. Durante media hora anduve cantoneando por el puerto. Un hormiguillo de estibadores porteaba sacos a la bodega de un buque; sentados en el suelo, los pescadores tintaban y remallaban las redes. En el carenero había media docena de barcas varadas, y me acerqué a ver. Los obreros calafateaban el casco de una traína y, sobre la cubierta de otra, descubrí una parva de niños en cueros. Parecían lombrices oscuras, recién salidas de la tierra, y reían y se mostraban el sexo unos a otros con un candor que desarmaba. A pocos pasos de allí, dos muchachas desvanecidas de su propia belleza jugaban al tenis en la pista del elegante Club de Mar.

Llegado a la desembocadura de la rambla, torcí a la derecha. En el zoco de Plaza Pavía los chiquillos estaban al husmo y, a la menor distracción de los vendedores, agarraban alguna fruta, un corrusco de pan o un puñado de lentejas y lo zambucaban con rapidez en sus bolsillos. El recuerdo del Gran Cáncer me asombraba el ánimo y entré a beber en un bar.

Era un establecimiento oscuro, con toneles de vino, un mosquero colgado del techo y paredes cubiertas de calendarios. En las mesas había varios corrillos de hombres jugando a cartas. El patrón tenía una cuarentena de años y llevaba un delantal sujeto a la cintura. Calvo, de cejas pobladas, sus ojos parecían dos agujeros negros. Instalado tras la barra, con los brazos cruzados, observaba el sol de la calle con expresión indefinible.

—¿Qué ha de ser?

—Un tinto.

Enfrente de él, un hombrecillo orejudo leía el mismo periódico que yo y chascaba la lengua y movía la cabeza, como dando a entender que la significación del texto le escapaba. A intervalos se paraba buscando inútilmente la mirada del dueño pero, al cabo, desistía y se aplicaba de nuevo a la lectura con renovado estupor.

—Naranjas exportadas —dijo.

Se volvió hacia mí y, al ver la cajetilla de Gitanes, me examinó de cabeza a pies y se pasó la mano por los labios.

—Caray —hablaba dirigiéndose al patrón—. ¿Cuánto tiempo hace que no has rascao uno de ésos?

El dueño descruzó los brazos y se inclinó a mirar la cajetilla. Luego posó los ojos en mí. —Lo mismo que tú —dijo.

A su cara había aflorado una sonrisa y alargó la mano.

—¿Me permite? —murmuró.

—No faltaba más.

El patrón sostenía la cajetilla como un objeto frágil, o infinitamente precioso, acariciando el cartón con los dedos.

—¿Te acuerdas?

—Cómo no me voy a acordá… La de noches que nos hemos tirao tú y yo al raso, con uno de esos jodios paqueticos…

—El último me lo fumé en la estación de Barcelona.

—Yo me traje un cartón al volvé. Se lo di a mi sobrino, el de la Encarna… Si lo llego a sabe me hubiera quedao con uno de recuerdo…

El patrón hizo ademán de devolverme la cajetilla y dije que podía quedársela.

—Tengo otras —añadí.

—Hombre, no le diré que no —había sacado una mecha del bolsillo y, después de ofrecer la cajetilla al compañero, encendió un Gitane y aspiró el humo con regosto—. Si no es indiscreción, ¿dónde lo ha encontrao usté?

—Lo he traído de Francia.

—Ah, viene usté de allá —ahora, el patrón miraba el resol de la calle—. ¿Y cómo van las cosas por la Francia?

Yo le repuse que poco más o menos como allí. Tan sólo que la gente ganaba más.

—Sí —aprobó el patrón—. Ya me lo han contao los amigos.

El hombrecillo terció para decir que yo hablaba así porque vivía fuera.

—Si fuese escuchao a mi hermano, a estas horas estaría en Tulús trabajando en algún garaje. Aún no entiendo por qué colgué el empleo y me volví.

—Porque la tierra te tiraba como a tos —dijo el patrón—. Los hombres como tú y yo no podemos acostumbrarnos.

—¿Y al hambre? ¿Te has acostumbrao tú al hambre? ¿Y a pedí fiao en las tiendas la mitá de las semanas? ¿Y a pagá cuarenta duros de alquilé por una chabola en donde no vivieran ni las ratas?

—No me entiendes —repuso el patrón—. Te decía que, largándose afuera, las cosas no se arreglarán ni puén arreglarse. Al contrario, empeorarán de día en día.

Algunos jugadores de las mesas se habían aproximado a nosotros y, al oír la conversación, se detenían y escuchaban, sin decidirse a meter baza. Eran mecánicos o pescadores, vecinos del barrio, pues conocían al patrón y le aprobaban en silencio. El más joven —un muchacho rubio, de facciones rebuhadas— acechaba el movimiento de sus labios y, por su expresión, barrunté que era sordomudo. Uno de los amigos le explicó algo con una serie de ademanes veloces. Muy excitado, el mudo le contestó de igual manera. El patrón decía que la solución de los problemas dependía de la acción coordinada de todos, y sus compañeros se animaron al fin y echaron su cuarto a espadas.

—Es que lo traen a uno como un zarandillo… Te dicen blanco, y tú blanco… Negro, y tú negro… Y nadie bulle ni pie ni mano.

—¿Qué quiés hacé? ¿Pedí las pajaricas del aire?

—No sé. Algo.

—Los pobres tenemos el santo de espaldas.

—Si hubiera unidá…

—Y dale con el maldito hubiera.

—La culpa no es de nosotros.

—La culpa es de tos… Cá uno tira por su lao y asín andamos, como vacas sin cencerro.

Los dos hombres se trabaron de palabras, maldiciendo su suerte y el dueño me sirvió un caldo de Albuñol. Era un clarete de una hoja, de asperillo delicioso, que se bebía sin darse uno cuenta.

—Aquí no hay que embocarlos ni encabezarlos, como en otros puestos —dijo.

Yo lo paladeaba lentamente y le pedí otro. En la taberna había irrumpido un grupo de cantores y la conversación desmedraba. El patrón quiso saber de dónde era y en qué lugar vivía y, mientras sus amigos me rodeaban en silencio, le contesté lo mejor que pude y él habló de Argeles y Saint-Cyprien, Chinchilla y Ocaña.

—Cuando los alemanes, anduve en el maquis. En mi patrulla había tres tipos de Albox. Gente estupenda. A uno, le afusilaron en Grenoble.

Los recién llegados palmeaban sin darse punto de reposo y me despedí de los compañeros. Fuera, el sol llameaba como un chivo. La luz reverberaba en los muros de las casas y la resolana hacía daño a los ojos. El paisaje entero parecía un horno de cal.

Por unos momentos vagué sin saber adonde me llevaban los pasos. La letanía desamparada de los hombres resonaba como un martinete en mi cerebro. Luego me acordé del recado de Vitorino y eché a andar por la costanilla, camino de La Chanca.

4

La rambla de La Chanca atraviesa el Paseo del Malecón y va a morir en el puerto, junto a los jardines del Club de Mar. Desde abajo, las casas situadas en primer término ocultan púdicamente a los turistas que se dirigen por carretera a la costa de Málaga la existencia de un barrio insólito —omitido por agencias y guías—, en donde viven hacinadas a vuelta de veinte mil personas. El decorado comprende una taberna —La Alegría del Puerto—, una Caja de Ahorros —así reza la inscripción de la fachada— y una escalera monumental que descarga frente al muelle —con una lápida que celebra algún aniversario memorable. Por regla general, los automovilistas prosiguen su camino sin pararse a indagar lo que hay detrás.

El curioso puede aventurarse, sin embargo, rambla arriba y el espectáculo que se ofrece a sus ojos corre el riesgo de no olvidarlo en largo tiempo. Una frontera invisible separa el barrio del resto de la ciudad y a uno le gana la impresión de violar algo —como de irrumpir en terreno prohibido. La Chanca es un universo aparte en el que el visitante se siente un extranjero. ¿Qué tienen en común él y los grupos de mujeres, viejos y chiquillos que hozan y merodean por los escombros? Vestido, calzado, defendiéndose de la acometida del sol con unas gafas ahumadas, ¿qué clase de vínculo existe entre él y ellos?

Esas y otras preguntas me formulaba yo a mis solas y, por mucho que estrujara el cerebro, no conseguía darles respuesta. El malestar que experimentaba resistía a todos los razonamientos. Era una mezcla de desazón e inquietud —como la conciencia de estar allí de más— y, mientras me acercaba al bloque de Viviendas Protegidas —en una o dos ocasiones—, estuve a punto de volver sobre mis pasos.

No me decidí y, por el contrario, me detuve a contemplar los esparteros que trabajaban en el lecho de la rambla. Varios hombres con sombreros de paja vigilaban la hilada de las púas y un niño de ocho o diez años hacía girar la rueda. La hebra se peinaba en los rastrillos como un tendido de cables eléctricos. Junto al muro, una mujer preparaba el esparto ya enriado y, de vez en cuando, tendía una maña al hilador del torno.

La mole imponente de la Alcazaba cierra el paisaje a la derecha y continué cuesta arriba por un camino de mal huello. En dirección contraria a la mía venían varias mujeres con cazos humeantes. A causa del sol, se protegían la cabeza con mantellinas y pañuelos y avanzaban en hilera igual que autómatas, sin despegar jamás los labios.

Los borricos sendereaban la pendiente y repeché tras ellos, hacia un grupo de chozas blancas. La gente arrojaba allí las basuras y la torrentera se había convertido en un albañal. El aire hedía de modo inaguantable. Yo andaba a paso tirado y, al llegar a la barriada, emparejé una chiquilla que llevaba una cántara encima del cabecil. A la sombra del muro, un hombre extendía una carnada de huevos sobre un zarzo y me aproximé a él.

—Usted perdone… ¿Conoce usted por casualidad a uno que llaman Antonio Roa, el Cartagenero?

—¿Cómo dice usté?

—Antonio Roa, el Cartagenero… Creo que trabaja en el mar.

—¿En qué calle vive?

—No lo sé. Traigo un recado para él. Me dijeron que paraba en La Chanca.

—Por ahí sé de un cartagenero, pero no es pescaó —dice el hombre incorporándose—. El que mienta usté, ¿es casao?

—Me parece que sí.

—Entonces no debe de sé él… Éste es mozo aún. Pero quizá que él puea informarle.

—¿Dónde vive?

—¿Ve usté aquella zahúrda?

—Sí.

—Pues tuerza usté a la izquierda y eche por una calle que le dicen San Joaquín. Siempre pa’lante.

—Sí señor.

—Allí pregunte usté por el Galera. Tos le conocen por este nombre. A esta hora, seguramente le encontrará.

—Muchas gracias.

—De ná… Vaya usté con Dios.

El recovero se lleva la mano al sombrero para despedirse y, de nuevo, se acuclilla junto al zarzo. El camino que me indica está cubierto de basura. Las moscas bullen en el suelo por millares. Mi paso las asusta y parece que la tierra haga ademán de concomerse y quiera sacudírselas de encima. El tarquín húmedo de la loma es como un inmenso ijar de asno.

Arriba, el sol hace escardillo en un espejo, y tiro por el primer callejón. Las mujeres tienden la colada en medio de la calle. Hay sábanas tazadas, camisolas de niño, miserables pantalones de trabajo llenos de remiendos. Le lejía se escurre por el arroyo entre raspas de pescado y mondas de fruta. Es preciso agacharse a cada paso y la gente que habla en el tranco de las casas enmudece y me mira.

A través de ventanas y puertas se columbra el interior de las chozas. Las paredes están cuidadosamente encaladas. Veo mesitas con floreros, aparadores, calendarios de propaganda, fotografías. Una muchacha se afana, inclinada sobre una máquina de coser. En la esquina hay dos viejos sentados a la sombra. Los dos apoyan la barbilla en el puño del bastón y permanecen inmóviles, lo mismo que estatuas.

Cuando llego a San Joaquín una caterva de niños rodea el carrito de un vendedor ambulante que lleva la inscripción: «Helados La Violeta». Los chiquillos tienden sus manitas sucias al heladero, y los afortunados poseedores de una rubia o una pieza de dos reales se alejan de la arrebatiña sorbiendo el copete de mantecado que sobresale del cucurucho de barquillo. Más lejos, hay dos mujeres de palique y les pregunto las señas del Galera.

—Un chico de Cartagena, soltero él… Creo que vive por aquí.

El sudor me orilla la frente y lo enjugo con el pañuelo. Las mujeres intercambian una mirada.

—¿Sabes tú quién es?

—Debe de ser el hijo de la Damiana, el que anda cojo…

—No, mujé. Éste no es. A éste lo conozco yo.

—Su familia, ¿no viene de Cartagena?

—No. El Andrés ha nació aquí. Por Canjáyar.

—¿Y dice usté que vive en esta calle?

—Sí señora.

—Entonces ha de ser el hijo de la Chata, el electricista.

—¿Son cartageneros? —pregunta su amiga.

—Eso no lo sé de fijo…

—Pero, si el señó dice que es soltero, otro no hay.

Las dos mujeres discuten durante unos momentos. La más joven lleva una blusa de hilo muy ceñida y, al hablar, se alisa mecánicamente la falda.

—Usté nos perdonará —murmura—. Pero hace poco que vivimos en el barrio, y hay tanto personá que, al fin, una se confunde.

Su amiga me señala con el dedo el domicilio de la Chata.

—¿Ve usté una casica pintá de rosa?

—Sí señora.

—Aquélla es.

Yo doy las gracias a las mujeres y me encamino hacia allí. Por la calle corre un niño arrastrando una cometa de fabricación casera: un hexágono de papel tirado por un hilo. Detrás de él, otro arrapiezo ametralla a los transeúntes con una tosca escopeta de caña. La puerta de la Chata está entreabierta y me detengo en el umbral.

—¡Oiga! —grito—. ¿Hay alguien?

La habitación es cuadrada, baja de techo. Dentro, veo tres sillas, una mesa, un taburete, una cómoda. De las paredes cuelgan horcas de ajo y racimos de uva.

—¿Quién es?

La voz viene del otro lado de una cortina y oigo un rumor de pisadas. Al fin, la Chata se enmarca en el vano de la puerta y me observa a contraluz, parpadeando.

—¿Qué desea?

Es una mujer baja, de constitución hombruna, con el pelo recogido en rodetes, cejas espesas y boca regañada.

—¿Vive aquí un muchacho de Cartagena que le dicen el Galera?

La Chata me analiza de hito en hito y el examen no debe de satisfacerla pues, bruscamente, el rostro se le enfosca.

—¿Pa qué le quié vé usté?

—Soy amigo de un cartagenero que vive en La Chanca y, como no sé su dirección, preguntaba por él y alguien me dio las señas de su hijo, pensando que tal vez supiera dónde paraba…

—Lo siento —corta la Chata—. Mi hijo ha salío.

—¿Y usted? ¿No conoce ningún cartagenero que se llame Antonio Roa?

—No señó. No conozco a naide.

La mujer me mira secamente dando por terminada la conversación, pero, en el instante en que voy a quitarme de allí, alguien la llama desde dentro.

—Madre… ¿Quién hay?

Es una voz de hombre, un poco ronca, y la Chata hace como si no la oyese.

—Pregunte usté en el colmao —dice.

No tengo tiempo de obedecerla, cuando una mano descorre la cortina y un mozo rubio asoma la cabeza y nos observa.

—¿Qué pasa?

—Ná. Ese señó buscaba un cartagenero que vive por el barrio. ¿Conoces tú alguno?

—¿Cómo dice usté que se llama?

—Antonio Roa. Es pescador.

—Roa, Roa… No caigo… ¿Le han dicho que vive por aquí?

—No tengo su dirección. Solo sé que está en La Chanca.

—Pues por ahí, desde luego no, o yo lo conociera. Los de la mar suelen viví al otro lao.

—¿Por dónde?

—Si se espera usté un momento le acompañaré. Precisamente debo devolvé algo a un compañero…

El Galera viste un grasiento mono azul y, en tanto que la Chata desaparece refunfuñando tras la cortina, abre el cajón superior de la cómoda y revuelve en un pote de latón hasta dar con un destornillador y unos alicates. Luego saca una funda de cuero del bolsillo y se peina rápidamente ante el espejo.

—Bueno —dice—. Cuando usté quiera.

El muchacho grita adiós a su madre y, por espacio de unos segundos, caminamos sin decir nada. Es un poco más pequeño que yo y anda algo encorvado, con la vista clavada en tierra.

Al ofrecerle tabaco me agradece con un murmullo. De nuevo se registra los bolsillos y me da lumbre, ahuecando las manos en torno a la llama del mechero.

—Por esta zona, el único de Cartagena soy yo. Pero más allá de la rambla seguro que encontrará usté otros. Allí tos viven de la mar.

El Galera me guía, atajando hacia el arroyo. Un crío corretea desnudo por el muladar, con el vientre hinchado y el cráneo negro de moscas. Los cerdos gruñen en el interior de las cochiqueras. Por el camino vienen mujeres y niñas con jarras y botellas de leche. La pendiente es muy pina y hay que caminar haciendo equilibrios para no resbalar.

La aguacha huele a excremento y lejía y, mientras cruzamos el torrente, mi acompañante explica que, cuando baja la arroyada, enlama viviendas y calles y todo lo lleva a barrisco.

—La última vez, arrastró una recua de mulas hasta el Clú de Mar. El amo las había dejao en la rambla pa ir a cañeá con los amigos y dicen que se ahorcó de desesperao que estaba.

El Galera habla con voz monótona, como cumpliendo un deber penoso, y en seguida se interrumpe. A medida que avanzamos el número de mujeres y chiquillas que van y vienen con la leche es cada vez mayor y, junto a los muros de Cáritas, veo una cola bastante larga. Las que aguardan llevan un cupón en la mano y el Galera me informa que es para presentarse al control. Cada familia recibe una ración de leche que se fija teniendo en cuenta el salario de quienes trabajan y el número de bocas.

—¿Y la leche? —digo—. ¿Quién la reparte?

—Los americanos —contesta—. La traen de Estaos Uníos.

El muchacho rehuye mi mirada, y ya no le pregunto más. Delante de nosotros una vieja camina a paso de tortuga. Debe de tener ochenta y cinco o noventa años, y anda doblada sobre sí misma, apoyándose en un bastón. Cuando la alcanzamos, observo que lleva una lata redonda con un número escrito en letras negras. La lata contiene unos dedos de leche hervida.

—Bueno. Ya hemos llegao —dice mi acompañante—. Pué usté preguntá en cualquiera de esas casas y, si no lo conocen, continúe hacia el Covarrón o Barranco Viejo. Yo tiro hacia el otro lao.

El Galera parece contento de despedirse de mí y se aleja por el sendero a trancadas. Al quedarme solo, me detengo a secar el sudor. El sol ha alcanzado el cenit y la calina embruma el paisaje. A mi lado, un perro se mosquea con la cola. La vieja camina pasito a pasito hacia el monte y me aproximo a un corrillo de mujeres.

—Ustedes perdonen.

Todas se vuelven a mirarme, sorprendidas y, en sus rostros, se pinta la desconfianza. Al preguntarles por el Cartagenero se consultan unas a otras con la vista antes de responder. La que lo hace al fin ha sido bonita cuando joven. Ahora tiene las mejillas sumidas, pero los ojos encadilan todavía en medio de su rostro demacrado.

—Por aquí, no señó. Mi marío es pescaó también, y no lo tengo oío.

—El cuñao de la Aurora es de Cartagena —dice una amiga.

—Éste ya no anda aquí, mujé —le corta otra—. Está haciendo la mili en Cataluña.

Mientras las mujeres repasan la lista de sus conocidos, los chavales se acercan a curiosear. Algunos van con el culo al aire y me piden cigarrillos.

—¡Uf! ¡Qué pesaos! —grita la que habló primero—. ¿Queréis dejarnos en pá?

Sus amigas hablan de un viajante de comercio, un tal Felipe que va y viene de Cartagena y, como la conversación se ramifica y amaga empantanarse, me despido de ellas y les agradezco sus informes.

Cuando doblo la esquina uno de los chavales que pedía cigarrillos me reconoce y viene detrás. Es un chiquillo marrajo, negro como el carbón, que evoluciona y brinca a mi alrededor con la boca llena de risa. Como algunos limpiabotas del Sur, su táctica consiste en apurar la paciencia de la víctima elegida como blanco. Aunque le opongo la callada por respuesta no se desanima y tiende una y otra vez la manita, abierta como una estrella de mar.

—Dame un duro, inglés.

Para librarme de él no tengo otro remedio que ceder y se escabulle en seguida sin decir gracias. Lo mismo que en los suburbios de Barcelona, los niños de aquí se malician muy pronto. A los diez años corren ya como los mayores y, según me dicen, un gran porcentaje de ellos acaba por dar con los huesos en el Reformatorio Provincial.

Huyendo de un nuevo asalto tuerzo por el primer callejón y corto a la derecha. Sin darme cuenta, he dado la vuelta a la manzana y me encuentro exactamente en el mismo punto de donde había partido. Las mujeres no están ya, pero el perro se mosquea aún con la cola.

Antes de continuar la busca alzo los ojos y miro a la vieja de la lata mientras se enrisca por la ladera. Hace más de diez minutos que camina y, como si el tiempo hubiese dejado de correr de repente, descubro que su silueta encorvada apenas ha avanzado unos centímetros.

Obstinado, rijoso, ensoberbecido como un as de oros de los naipes, el sol reverbera y enrubia, dueño y señor de La Chanca.

5

Echando calle abajo por Cañadas, el forastero desemboca en una avenida amplia y la vista se despeja. Las chozas faldean la pendiente, escalonándose tal un colmenar inmenso y, más arriba, las cuevas bostezan con las fauces abiertas, como bocas oscuras, profundas y desdentadas. La luz resalta de modo brutal los efectos de la erosión en el tajo. El paisaje se ofrece a los ojos descarnado y ocre, sin un chispo de vegetación. La paramera cae en cantil sobre las chabolas y, a trechos, la escarpa es casi vertical y amenaza al barrio entero con los peñascos y galgas que periódicamente se desprenden, sembrando la muerte en el camino.

Los esparteros trabajan allí también y, en primer término, hay un quiosco de obra que anuncia: «Refrescos y limón granizado».

Tres hombres charlan acodados en el mostrador. A pocos metros a la izquierda, un gitano empuja un rudimentario tiovivo. Su clientela se reduce a dos niñas vestidas con delantalitos blancos que dan vueltas y vueltas, solemnes y felices. Una banda de arrapiezos ronda alrededor de ellas y las contempla con manifiesta envidia. En el cauce del arroyo, el dueño de un carromato distribuye garrafas de agua de Araoz.

La cuesta es suave y continúo el camino hacia la colina. Como en todos los pueblos de Almería, docenas de hombres jóvenes hacen el arrimón en la calle. La barbería está de bote en bote y un mozallón aguarda turno a la fresca. Más lejos, el municipio ha construido unos retretes públicos para el vecindario que parecen muy concurridos. El aire apesta de nuevo y el mosconeo es insoportable. Luego, la avenida se bifurca en dos senderos y me detengo a preguntar en un chiringuito de bebidas.

—Un tinto, por favor.

El dueño me sirve un vinazo espeso y, cuando le hablo, enciende la colilla que lleva en la comisura de los labios.

—¿Cartagenero? —dice—. Pues no, no conozco a naide. ¿Es alguno de su familia?

—No; no me toca nada.

—¿Amigo, quizá?

—Eso, amigo.

El patrón parece hombre de muchas escamas y me observa con el rabillo del ojo.

—Eso es como buscá una aguja en un pajá… ¿Ha ío usté al barrio de los pescaores?

—Todavía no.

—Pruebe usté allí. Seguramente le informarán como desea. De otro mó se dará usté una panzá de caminá pa ná.

—Muchas gracias.

—No hace ni una semana vino otro a pregunta también por él —añade bajando la voz.

—¿Otro?

—Otro señó como usté.

El dueño revuelve el cajón en busca de cambio y, como parece cerrarse a la banda, prefiero no insistir.

Por el sendero viene una gitanilla con los labios pintados de rojo y un collarín de lágrimas de vidrio. Debe de tener apenas diez años y camina vestida con un traje que le cae escurrido y grande, contoneándose a causa de los zapatos de tacón. El relumbre de su atavío contrasta con su cuerpo flaco, sus manos infantiles y mugrientas. Cuando nos cruzamos observo que lleva una jarra vacía y el cupón para retirar la leche de los americanos.

A medida que se altea hacia el páramo, los canales en ruina de una vieja fundición se perfilan con claridad. Las lumbreras de las cuevas horadan el tajo como ojuelos legañosos. Los vecinos tienden la colada sobre las rocas, y camisas y trapos blanquean la ladera de la montaña. A la izquierda, las mujeres alborotan en el lavadero. En la fachada de una casuca alguien ha escrito en letras grandes «Se bende» con pintura de alquitrán.

Sorteando un badén abierto por la lluvia se llega a un barrio más tranquilo que los otros, de calles rectas y chozas mayores y más limpias. De tanto en tanto, el forastero encuentra unos rótulos:

MINISTERIO DE EDUCACIÓN

COMISARÍA DE EXTENSIÓN CULTURAL

PLAN SOCIAL DE LA CHANCA

(ZONA I)

 

clavados en los muros. En la puerta de las casas veo cortinas fabricadas con redes, nasas de mimbre y panojas de pescado. Una mujer esportea varios hacecillos de hornija y, cuando me aboco con ella y le hago la misma pregunta que a los demás, me mira con malos ojos y se escabulle mascujando excusas.

No tengo otro remedio que continuar y, aunque todavía interrogo a algunos vecinos, nadie acierta a informarme respecto al Cartagenero. Durante un cuarto de hora zigzagueo por calles de nombre extraño: Botillón, Buzo, Jábega, Brújula. Una niña desnuda pasea envuelta en un trozo de red de pescar, zaparrastrándolo por el suelo como el velo de una recién casada. Las viejas pasan uvas al sol y una mujer cucharetea en un lebrillo de gazpacho. El lugar es un auténtico chicharrero. A la sombra hay una pareja sentada por tierra, con un anciano de setenta y tantos años y un cuévano que sirve de cuna a un crío.

—Buenos días.

—Buenos días.

La pareja y el viejo me examinan sin decir nada. Los dos hombres llevan camisas y pantalones raídos y el joven se acaricia con la mano la pelambrera del pecho. La mujer viste de trapillo, con una bata casera de lunares. Es guapa, de piel oscura y labios carnosos y da la impresión de venir directamente de la peluquería. Mi mirada se detiene unos instantes en la línea de sus muslos. En la cuna, el niño duerme a sueño suelto.

Yo repito la pregunta, sin grandes esperanzas ya, y el joven se echa atrás la gorra y me contempla con expresión indefinida.

—¿Antonio Roa dice usté?

—Sí señora.

—¿Uno que pescaba a la marrajera?

—Ése debe de ser. ¿Sabe usted dónde vive?

—Como saberlo, sí lo sé… Pero no lo encontrará usté…

—Igual da… ¿Está su familia?

—La mujé, sí señó… Y la suegra, y los cuñaos…

—¿Hacia dónde es?

—Aguarde usté. Ya le guiará el chico.

El hombre se incorpora y camina hacia la choza de la esquina con paso tardo, roncero. Hay un compás de espera durante el cual la mujer y el viejo evitan mirarme a la cara. Al cabo, el joven reaparece con un chiquillo de extraña belleza, de pelo rubio, piel mate e inmensos ojos castaños.

—Paco, acompaña al señó a cal Luiso.

El chico me observa como atontado y el hombre se impacienta y añade.

—¡Hala, espabila!

Yo les agradezco su amabilidad y tiro con Paco cuesta abajo, por una vereda encharcada. El niño viste una americana de adulto que le cubre hasta las rodillas. El pelo le forma remolinos encima de las orejas.

—¿Conoces a Antonio? —pregunto mientras caminamos.

—No señó —Paco anda deprisa, con la frente inclinada.

—¿Y a su familia?

—Tampoco.

—¿Hace tiempo que viven en el barrio?

—Yo no sé ná —dice.

El vecindario guisa al aire libre en improvisados fogones de piedra. Una vieja escamocha lechugas para la ensalada. Las mujeres escobazan y riegan a mano de cubo, espantando las moscas. En la puerta de su choza, un gitano se dedica a espartar vasijas.

De pronto subimos una pendiente muy costanera y Paco se detiene y apunta con el dedo hacia un hombre desnudo de cintura para arriba que se enjabona brazos y cara frente a un balde de lona.

—Aquél es Luiso —dice. Y sin aguardar mi contestación, da media vuelta y aprieta a correr a todo escape.

El cuñado de Antonio es moreno, membrudo, de estatura baja y rostro curtido por el sol. Debe de volver del trabajo pues lleva una faja ceñida a la cintura y botas de cuero hasta media pierna. Cuando me acerco, zampuza la cabeza en el agua y resuella muy fuerte, con complacencia animal.

—Perdone —digo—. ¿Vive aquí uno que llaman Antonio Roa el Cartagenero?

El Luiso me mira fijamente y se seca la cara con calma antes de responder.

—Si señó. Esta es su casa.

—¿Podría hablar con él un momento?

Por la puerta asoma una mujer envejecida y amarga. Sus ojos oscuros centellean.

—¿Pa qué lo busca usté?

—Soy un amigo de su primo, el Vitorino…

—Mi marío no está.

—¿Cuándo vuelve?

La mujer se planta enfrente de mí con el rostro demudado.

—Eso lo sabrá usté mejó que yo…

Todavía va a añadir algo, pero cambia de opinión y se limita a sacudir la cabeza. El Luiso deja la toalla sobre el poyo y se vuelve hacia mí.

—¿Decía usté que es amigo de Vitorino?

—Sí señor. Nos conocimos en París y, al saber que yo venía por aquí, me dio una tarjeta con su dirección.

—Esa tarjeta, ¿la trae usté encima?

—Me parece que sí.

—¿Le molestaría a usté enseñármela?

Yo busco un instante por los bolsillos. La mujer y el Luiso cruzan una mirada.

—Aquí está.

—¿Me permite?

El Luiso coge la tarjeta y se mete en el interior de la choza. Al quedar a solas conmigo, la mujer me escudriña de pies a cabeza. En su rostro se transparenta un gran dolor.

—¿Viene usté de París?

—Sí señora.

—¿Trabaja usté allí?

Le contesto afirmativamente y la severidad de su mirada parece dulcificarse. Casi en seguida, el Luiso viene con mi tarjeta y un sobre con la dirección escrita a mano.

—Es la misma letra —dice.

Su expresión ha cambiado por completo y, fraternalmente, me pasa el brazo por el hombro.

—Venga, entre usté.

Le sigo a un comedor minúsculo, lleno de calendarios y fotos y, no hago más que trasponer el umbral, cuando la mujer rompe a llorar y dice:

—Se lo llevaron hace diez días y no hemos vuelto a sabe de él… Es como si la tierra lo fuera tragao.

6

De repente todo apareció claro: la desconfianza de la Chata, la reserva del Galera, las preguntas equívocas del dueño del quiosco, el miedo e inquietud que, sucesivamente, había leído en la faz de cuantos interrogaba. Los oídos me zumbaban y sentí que la sangre me afluía a las mejillas.

—Usté nos perdonará —dice el Luiso—. Es que creíamos que era usté… Bueno, usté ya me comprende…

—Sí.

—Aquí sólo suben los curas, los sacamantas, o ellos… El otro día, sin ir más lejos, se presentó uno vestío mismo asín que usté, vendiéndose por compañero de trabajo de Antonio. Uno anda ya escarmentao…

—Un tipo de muy mala estampa —interviene la mujer—. No hizo más que llegá y va y me suelta: lo ocurrió con su marío es intolerable y debemos reacciona y hacé eso y aquello; dándome cuerda pa que soltara el nombre de los compañeros que querían socorrerle. Y yo le digo: «¿Es usté amigo de mi Antonio, y no lo sabe? ¡Valiente amigo es usté!».

—Yo de mío me soy tranquilo y pacífico, pero el tío me desatinó. Me lo tenía ya calao de haberle visto pajareá pol muelle y le dije: «Aquí hasta los peces nacen sabiendo lee y escribí; o deja usté en paz a la Isabé o le doy un rape que se va acordá usté de mí toa la vía…».

Luego, la mujer y el Luiso me explican la pelea del Cartagenero y su patrono, y la Isabel llora y se enjuga las mejillas con el pico del delantal.

—Cuando le viene a uno la negra no hay ná que hacé…

—Cálmate, mujé; veremos que nos dice el abogao…

—Uno se desuña por ganarle la vía a los suyos y esa gentuza te viene a sacá de la cama y se te lleva ligao, como un crimina.

El Luiso dice que, vistan el uniforme que vistan, todos son para en uno —los azules, los grises, los verdes o los negros—. El comedor es pequeño, de suelo terrero y, de improviso, se llena de chiquillos y mujeres. Son la esposa del Luiso —hermana de la Isabel—, la madre de las dos hermanas —suegra del Luiso y el Cartagenero— y tres niños de pelo ensortijado —que la Isabel llama «mi Pepe, mi Candelín, mi Germán».

—Es un amigo del Vitorino —explica el Luiso—. Acaba de vení de Francia.

—Traía recuerdos pa mi Antonio —murmura la Isabel.

—¿Ya sabe que…?

—Sí. Se lo hemos contao.

—Una desgracia —dice simplemente la abuela.

—¿Y Vitorino? —dice el Luiso—. ¿Qué tal le van las cosas?

—Muy bien.

—¿Esperando?

—Sí. Siempre esperando.

La abuela se sienta en una silla sin respaldo y sonríe plácidamente.

—Habrá como diez meses recibimos carta de él. Dijo que nos iba a enviá unas fotos de su mujé y los chiquillos, pero se le debió olvida…

Los niños permanecen aferrados a la cortina. El más chico se acerca a sobrevienta a la Isabel e intenta subirle la falda.

—¡Uy, que criatura más mala! ¿No quiés da la mano al señó?

El chiquillo se escurre entre sus piernas y la madre suspira.

—Está acobardaíco. En cuanto ve a un forastero, se acorta.

—El más malicioso es el segundo —dice el Luiso—. Candelín no teme ni al demonio.

—No —dice el niño.

—Si lo viera usté peleá… Tié un carácter igualico al de su padre. Ese planta una fresca hasta al lucero del alba.

—Los pobrecicos no hacen más que preguntá por mi Antonio: «¿Dónde está el papa? ¿Cuando viene el papa?…».

La Isabel se vuelve a mirarlos y Pepe y Germán bajan, avergonzados, la cabeza.

—¿Verdá que tenéis ganas de vé al papa?

Los niños no responden y la abuela acaricia la melena de Candelín. Hay un punto de silencio.

—¿Pué quearse usté con nosotros? —dice el Luiso—. No hemos preparao ná; no hay más que la comía de diario. Pero estaremos muy contentos de compartirla con usté…

Yo intento excusarme e invoco las molestias que voy a causar, pero las mujeres insisten y me obligan con sus muchas atenciones.

—Lujos no encontrará usté… Hay gachas, pimientos, sardinas… Lo que comemos los trabajaores de esa parte.

—Muchas gracias.

—María, trae el vino y los vasos. Ande, acomódese usté.

El Luiso se desfaja mientras hablamos y la abuela le alarga una camiseta azul. La Isabel y los chicos desaparecen tras la cortina.

—Estamos recebando la carretera, allá por la Venta de la Cepa, y la caló nos mata —dice el Luiso.

—Antes trabajaba en el muelle de eventuá —interviene María—. Pero, con eso de la crisis, lo echaron fuera.

—Ahora andamos tos tan desmayaos de dinero que uno salta a lo primero que le cae.

—Ya no hay horas extraordinarias ni puntos… La gente no tié otro remedio que emigrá.

—En los pueblos tol personá joven lía el petate y se larga pa Francia. Aquí, uno le da al callo durante ocho horas y no gana ni pa el puchero.

María nos sirve el vino y va a la cocina, a ayudar a su hermana. La abuela viene con un tarro de pepinillos macerados en vinagre. Los niños parecen impacientes y bullen alrededor de ella.

—Si usté quié, después de comé, le presentaré a algunos amigos del Vitorino —dice el Luiso—. Por el Camino Viejo vive uno que luchó con él durante toa la guerra.

—Si no lo estorbo a usted…

—¿Estorbarme? No, hombre… Los sábados por la tarde feriamos.

La Isabel trae un lebrillo de gachas y la abuela miga un chusco para los chiquillos. María, entre tanto, distribuye los cubiertos sobre la mesa. Los niños empuñan las cucharas y, a una señal de la madre, Candelín y Germán comienzan a tragar glotonamente.

—Aquí comemos al estilo de los cuarteles —se disculpa el Luiso.

—Si quié usté un plato… —dice María.

—No. Muchas gracias.

—A lo mejó no está usté acostumbrao…

—Sí, sí —digo.

—Hala, Pepe, ¿qué esperas?

—No tengo hambre —dice el niño.

—A ése le da lacha servirse delante de usté.

—A media mañana se comió un chusco él solo —dice la abuela.

—Los tres me han salió paniegos —suspira la Isabel—. Dos quilos que merqué esta mañana, no quea ya ni un trocín pa los pájaros.

La abuela no tiene dentadura y papa las gachas lentamente, vigilando a los niños con el rabillo del ojo.

—Hace unos años, mi hijo trabajaba en Grenoble, en una fundición. ¿Ha estao usté en Grenoble?

—No señora.

—Grenoble, ¿no es la Francia?

—Sí señora. Pero vivo en París.

—Para la abuela, la Francia es lo mismo que Almería —dice el Luiso—. Imagina que tol mundo se conoce.

—Una vez, hace unos meses, subieron aquí unos señores franceses, con una máquina de retratá… Yo no entendía su idioma, claro, pero les dije Grenoble e hicieron que sí con la cabeza.

—Debieron de creé que les pedía usté una foto —ironiza el Luiso.

—Llevaban un aparatico asín de pequeño y nos echaron más de cien retratos. Yo quería que mis nietos se arreglaran un poquico, pero ellos dijeron que no, que ya estaban bien… Los tres parecían unos gitanos.

—Mi Candelín iba desnudo —dice Pepe.

—Si llego a está yo, les fuera obligao a quitarse la ropa a ellos —dice el Luiso—. Los tíos guarros.

—Yo siempre he querío a la Francia. Cuando mi Juan fue a buscá trabajo y lo emplearon ná más llegá, escribí una carta al Presidente pa darle las gracias y le envié una foto de tos mis hijos.

—Usté no comprende esas cosas, abuela. Si le dieron trabajo es porque lo necesitaban. Fuera ío el moro Muza y también le dieran.

—Aquí, el pobrecico estaba parao la mitá del año y daba grima verlo… Tol día aburrió de la casa al puerto, del puerto a la taberna… Sin un real en el bolsillo. Viviendo de fiao…

—Yo le digo que en Francia lo explotaban mismamente que aquí. Únicamente que, allá, faltan brazos.

—Cuando sea mayó me iré a la Francia también —dice Candelín.

—Desde que era pequeñico asín que quié irse —explica la madre—. Tié un culo de muy mal asiento.

María va a buscar los pimientos a la cocina y la abuela sonríe y habla aún de los franceses que visitaron La Chanca.

—La señora parecía muy fina… Estaba enamora de mi Candelín… Yo les hice pasa dentro y retrataron también el comedó… Al despedirnos nos dimos un beso.

—Es usté demasiado buena —dice el Luiso—. Tos somos como unas malvas, y asín andamos.

Su voz es ronca, como impregnada de cólera secreta. El comedor se manda con la cocina y María coge la alcuza del aceite para freír. La abuela me mira cara a cara, pero yo no digo nada.

—¿Y su hijo? —pregunto al cabo de unos segundos—. ¿Aún está en Grenoble?

María ha puesto la sartén al fuego y el Luiso contempla el solejar de la calle. Los niños están inmóviles, como a la expectativa. La abuela sonríe con calma.

—Murió —dice.

—¿Murió?

La abuela me observa muy tranquila. Su voz apenas se ha alterado.

—Le explotó una caldera… Ninguno quería trabaja allí.

Algo me punza en el pecho —un redolor inquieto y sordo.

—¿Dónde? ¿En Almería?

Ella aguarda unos momentos antes de responder.

—No, en Grenoble… Un día recibimos un paquete de su mujé, con toas sus cosas… Hacía solo un mes que estaban casaos.

7

La abuela abre el cajón de la mesa y saca un fajo arrugado de papeles que me tiende con mano temblorosa.

—Mire bien —dice—. Es tó lo que me quea de mi hijo.

Hay un resguardo de la Carta de Trabajo, un certificado de la empresa Edouard Manet Fils, de Grenoble, una fotografía matrimonial en colores y media docena de cartas dirigidas a Juan Ramos Vázquez, de escritura rudimentaria, pueblerina.

—Este era mi Juan con su mujé el día en que se casaron —explica la Isabel.

Yo hago ademán de devolver las cartas a la abuela, pero ella no las coge, rehuye la vista y me pide que las lea en voz alta.

—Yo se las decía a mi yerno Antonio y él las escribía. Esa crucecita que ve usté abajo la puse yo.

—A lo mejó no las entiende —dice el Luiso—. Aquí, cuando escribimos, el papé parece un campo de batalla.

—Pues claro que las va a entendé —protesta la Isabel—. El señó no va a pararse en pelillos ni ortografías.

—Lea, lea —insiste la abuela.

—Mujé, no lo apure usté… ¿Quié un poquico más de pescao?

—No, muchas gracias.

Cuando saco la carta del sobre, hasta los niños paran de comer. Todo el mundo aguza el oído.

 

Almería, 15 de mayo de 1953

Tu estimada madre ha recibido la postal de Grenoble de su querido hijo pues bien no sabes la alegría inmensa que he tenido porque le dices muy querida madre y ella te responde hijo de mi corazón.

Porque mi hijo lo tengo puesto dentro de mi corazón y al sabé que estás bien tu madre goza de alegría pues bien hijo mío esta carta que sale de Almería derecho a Grenoble es porque abraces a todos los hijos de las potencias extranjeras que se hallen aquí lo mesmo que tu i un fuerte abrazo a los hijos de la Francia que te amen con cariño porque tu madre se encuentra dichosa al ver que en Grenoble te han dado trabajo.

Cada vez que me voy a dormí pienso y sueño contigo y muchas veces por la mañana digo a mi hijo de mi corazón que vaya a trabaja i tu te encuentras en Grenoble tu madre en Almería.

Esta voz tan buena y querida es de tu cariñosa madre Grenoble se encuentra tu hijo y se que se encuentra bien la pena de mi corazón se ha vuelto alegría para que sepas hijo mío que tu madre te quiere mucho pues yo estoy bien de salú como deseo a mi hijo.

Sin nada más que decí recibirás un fuerte abrazo de tu madre.

Teresa

Al terminar hay un largo silencio. Los ojos de la abuela han enrojecido y María enjuga torpemente sus lágrimas. El Luiso teclea con los dedos en el canto de la mesa.

Por espacio de unos segundos se percibe el mosconeo adormecer de la calle.

—Pa el pobre tó son abrojos —dice la Isabel.

—Aquí el que no tira de la manta está perdió —corrobora el Luiso.

—Veintiséis años —dice la abuela—. No había cumplido aún los veintiséis años.

—No se agrace usté la vía, madre. Lo pasao, pasao está.

—¿Ha visto usté la foto?… Un roble era…

—Con entristecerse y llorá no ganará usté ná —dice el Luiso—. Bastante tenemos con encajá lo de ahora.

—Eso es lo que pienso yo —agrega su cuñada—. ¿Alguno quié más sardinas?

Como nadie responde, la Isabel da una panoja a cada uno de los chicos. Luego agarra la fuente vacía y la mete a remojar en el balde.

—Bueno, sanseacabó —dice.

Yo ofrezco mi cajetilla al Luiso y, mientras él arrima el mechero y enciende, Germán se le sube en las rodillas y le pasa los brazos por el cuello.

—Éste es el más mimoso de los tres —dice la abuela—. Siempre lo verá usté con zirigañas.

—Andaba loco con su padre. Como mi Antonio acariciara a los otros, ¡Jesús, qué celos!

Candelín y Pepe tienen un pujo de risa. Germán oculta la cara en el pecho del Luiso, avergonzado.

—No os riáis de él —dice su madre—. ¿No veis que es pequeñico?

Las mujeres van y vienen con los trebejos de la cocina Y, al acabar el cigarrillo, el Luiso se pone en pie y me invita a dar la vuelta por el barrio.

—¿A quién vais a vé? —pregunta María, algo inquieta.

—Le voy a presenta a algunos camarás del Vitorino… Si quiés vení tú…

—No. Yo me queo aquí, al cuidao de los chicos.

—¿Y la Isabé?

—Tié una faena a las cuatro.

Yo me despido de las mujeres y los niños, y la abuela me ofrece su casa y todos me dicen a más ver.

—Vigila con quien hablas —susurra María a su marido cuando nos vamos.

—Ya vigilo, mujé.

—Desde lo de Antonio no vivo tranquila… Si alguno te pregunta qué ha pasao, tú canda el pico.

Fuera el calor ha cedido un poco, pero el sol luce todavía y el suelo huele a lejía y zotal. Mientras atrancamos por la bajada, el Luiso me explica que en La Chanca no hay médicos, ni dispensario, ni practicantes, ni mercado, ni agua corriente, ni, en la mayor parte de las casas, electricidad. Los vecinos deben buscar el agua a veces a centenares de metros, el alquiler de las chozas es de treinta o cuarenta duros y en los lavaderos hay que pagar un real por kilo de ropa.

—En ningún lao cuesta tan caro ser pobre —concluye.

Una mujer camina delante de nosotros, apoyándose en unas muletas. En la fuente, varios chiquillos aguardan turno con botijos y garrafas. Las cabras despuntan las hierbas del camino, y el zagalejo —un muchacho moreno y endeble, con pinta de medrar poco— gira alrededor de ellas y las empuja hacia el corral.

A medida que nos acercamos a la Cuesta San Roque, el barrio se humaniza progresivamente. Las calles son regulares, con acera de obra a los lados, y, a intervalos, escucho una canción de Ella Fitzgerald dedicada a los Amigos de Radio Almería. Docenas de niños rondan las cercanías del Comedor Infantil de San Indalecio. El Luiso me señala el edificio modesto de la parroquia y, en seguida, torcemos pendiente arriba, en dirección al Barranco Crespi.

—El Sable anduvo toa la guerra con Vitorino y, al acaba, lo encerraron con él en Francia. Si lo pillamos, se alegrará de verle a usté. Ahora está retirao de tó, pero no ha pasteleao como muchos otros. Es un tipo muy sano.

En el recinto destinado a arrojar basuras un niño escarba con una caña. La miseria se enseñorea de nuevo del barrio con su séquito de excrementos y moscas. Ya no hay electricidad, ni interiores embaldosados, ni ninguna de las comodidades elementales que en La Chanca constituyen símbolo de riqueza. Las chozas faldean la ladera rocosa y el camino hace una asomada sobre el puerto y la Pescadería. A esta hora el mar es intensamente azul. Las marrajeras se engolfan en la línea del horizonte. La montaña es ocre, corroída por la erosión. No hay árboles ni sembrado ninguno. Tan solo chumberas y pitas y, de trecho en trecho, alguna higuera raquítica, como atormentada.

El Luiso anda ahora despacio, tratando de orientarse entre las casucas y, a la postre, se detiene a preguntar a una canastera.

—Usté perdone. ¿Conoce a un hombre que dicen el Sable?

—Continúen ustés pa arriba —dice la mujer sin mirarnos—. Vive casi al finá.

MÍ amigo le da las gracias y, mientras subimos, me entretengo en curiosear el interior de las chozas; la gente vive allí hacinada, sin retretes, camas ni colchones, compartiendo esteras y mantas con ovejas y borricos; las gallinas campan sueltas por las habitaciones y, en una cueva, el dueño ha instalado una porqueriza.

Un mozo rubio viene en dirección a nosotros y, al reconocer al Luiso, se para y le saluda con un movimiento de la mano.

—¡Paisano! ¿Qué te trae por ahí?

Mi amigo amaga arrearle en las mejillas y sonríe enseñando los dientes.

—Pues mira; andábamos buscando a tu padre… Este muchacho es amigo de un compañero de él que vive en Francia y quería darle recuerdos.

El mozo me estrecha la mano y, luego, arroja la colilla por tierra y palmea repetidas veces en el hombro del Luiso.

—Vaya, vaya —dice—. Conque de visiteo…

—Estábamos en la casa aburríos… Asín nos desapolillamos un poco.

—Ya estoy en lo de tu cuñao. Me lo dijo un compadre el otro día… ¿Habéis sabío algo de él?

—No, ni palabra.

—Paciencia, chico.

—Sí, paciencia.

—Los últimos serán los últimos en el reino de los cielos.

El mozo ríe de su propia salida y nos guía a una casuca algo mayor y más sólida que las otras. En el umbral hay un hombre de una cincuentena de años sentado en una silla.

—Padre —dice el mozo—. Aquí están unos compañeros que vienen a saludarte.

El viejo alza la vista y sus ojos se cruzan con los míos. En seguida se vuelve hacia el Luiso y se humedece lentamente los labios.

—Me alegro de verte —dice.

—Yo también —murmura mi amigo.

El viejo tiene los dedos gafos y tiembla violentamente. Para disimularlo intenta enlazar las manos encima de las rodillas. Su rostro está rígido, como muerto. El Luiso le observa consternado.

—¿Qué le ha ocurrió a usté, Sable?

—Está asín desde la Navidá —explica el mozo.

—Pues no sabía ná… Nadie me lo tenía dicho.

—Un día le dio el tembleque y ya no le dejó… Por lo visto es cosa de los nervios.

—Ya me extrañaba a mí no verle nunca.

—Ahora no sale de casa… El médico dijo que con las inyeciones que le damos se podría curá… Pero cátate cómo se le han puesto los déos…

El Sable escucha la conversación resignado. Pasado el primer alegrón, nuestra presencia parece aburrirle.

—El amigo es un compadre de el Vitorino y quería saludarle a usté —dice el Luiso—. Como está aquí por unos días y, en seguía, se torna pa Francia, pensé que le agradaría hablá con él…

El viejo me vuelve a mirar. Su rostro no expresa emoción alguna.

—Si ve a Vitorino dígale que le deseo mucha suerte —dice.

—Ya se lo diré de su parte.

El Sable habla muy paso y añade unas palabras con voz ininteligible.

—Por la noche, hasta cuando duerme, no para de temblá —cuenta el hijo.

—¿Qué inyeciones le dais?

—Unas muy caras que traen de Alemania. El patrono de la barca se ha portao bien. El tío nos paga tos los gastos de dotor y de medicinas…

Durante unos minutos la conversación flaquea visiblemente; ninguno de los cuatro sabe qué decir. Luego, el Luiso saca un paquete de Ideales del bolsillo y nos ofrece una ronda. Al llegarle el turno, el Sable deniega con la cabeza. Hay un silencio penoso.

—¿No fuma usté? —En la voz de mi amigo hay un acento de súplica.

El viejo le mira y, con una claridad que me abruma, descubro que su mirada viene del otro lado de la barrera.

—Ya no, Luiso —dice—. Ya no.

(Continuará…)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s