TOMA DE TIERRA: La aventura de publicar (VI)

Por Carla Demark

 

 

Hace unos años, mientras acomodaba algunas cajas viejas y otro cúmulo de cosas que solemos guardar afanosamente sin saber exactamente por qué, los encontré. Dos cuadernos grandes, con tapa de colores fluorescentes, hojas amarillentas y olor a antigua librería surcaban el capricho del espacio y del tiempo, y me lanzaban de súbito a lo insondable de mi interior adolescente. Frente a aquellas grandes libretas anilladas podía observarme a mí misma, enclavada en la ambivalente década del 90, pero a través de mis nuevos ojos de mujer del siglo XXI.

La adolescencia siempre permanece en el recuerdo como una época inolvidable. Supongo que esto se debe a que durante la misma nos vemos obligados a crecer abruptamente, para acompañar los estiramientos corporales y los despertares hormonales, lo que supone una marca indeleble, ya que talla en la memoria ese vértigo que implica intentar subir hacia el piso más alto de un edificio, sin todavía haber ejercitado las piernas.

Entonces los abrí. Allí una caligrafía desconocida, olvidada, casi infantil dibujaba aquellas páginas desde un lugar propio que había dejado atrás. Poemas dedicados a viejos amigos, a los primeros amores; relatos diáfanos, algo pueriles y llenos de una esperanza desconcertante atiborraban cada una de las páginas. También dolores exagerados, inmensos y profundos. Todos ellos conformaban un flechazo preciso al recuerdo de aquella adolescente que fui y que, de algún modo, continúa dentro de mí envuelta ahora en capas de realidades disímiles y de experiencia de vida que supieron colocar los años.

Recuerdo que esos cuadernos cumplían la función exacta de diario íntimo por aquellos años. Un diario que, sin embargo, se empeñaba en romper los límites de la privacidad y llegaba a las manos de amigos, familiares y amores. Creo que entonces, aquella era mi forma de comunicarles cuánto y cómo los quería.

En las márgenes de aquellos textos, en respetuoso grafito, aparecían correcciones, comentarios, sugerencias y felicitaciones manuscritas de una profesora de literatura que se había tomado en trabajo y la dedicación de llevarse a su casa mis escritos, para devolvérmelos llenos de anotaciones. No sé qué tan buena era aquella docente, pero hoy, a la distancia, puedo agradecer ese acto de amor, de generosidad y de grandeza que llevó a cabo al tomar en serio las creaciones literarias de una jovencita de apenas quince años. Sin duda, a ella le debo el primer cosquilleo de sentir que mis letras podían llegar y tocar a los otros, transformándose así en arte.

No sé si en aquel entonces soñé con publicar aquellos poemas y relatos. Creo que lo único significativo por esos años era sentir que esos textos me trascendían, que ponían en palabras lo que me desbordaba, que apaciguaban temores y desconciertos, que sostenían el puente hacia los otros más significativos de mi existencia, que trazaban un camino de búsqueda de identidad y de respuestas.

Hoy, más de dos décadas después, sé que lo que sostiene mi amor por la escritura son prácticamente las mismas causas. Aunque ahora pueda leerme en libros impresos, en páginas literarias colgadas en la nube cibernética o en la pantalla que se alza detrás de este teclado, aún puedo reconocer en los trazos de mis letras a aquella adolescente sensible, soñadora e intensa que sigue escribiendo para reafirmar su humanidad.

 

Carla Demark nació en la ciudad de Buenos Aires en 1979. Es Profesora en Letras y Licenciada en Psicología. Como poeta y narradora, escribe desde muy temprana edad, lo que la ha llevado a participar en diferentes certámenes literarios en distintos países. A partir de ellos, sus obras han sido publicadas en diversas antologías de cuento y poesía.
En 2016 publicó su poemario Siete mil aleteos, por el que ha recibido un gran reconocimiento. Próximamente publicará su libro de cuentos El laberinto de los otros.

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