Chico de barrio (I)

Ermanno Olmi

 

UNO

1

En mayo había ya un gran deseo de que acabara la escuela. En casa los postigos permanecían entornados, porque el sol era demasiado fuerte y cegaba. Una rendija incandescente atravesaba la penumbra del cuarto. Junto con aquella luz, llegaban los ruidos de fuera y se podía imaginar lo que estaba sucediendo en la calle. Cualquier ruido, hasta el más pequeño, me distraía del cuaderno de los deberes. Eran solo pasos o el chirriar de un tranvía a lo lejos. Si hubiera oído la voz de un solo niño, no habría resistido y habría huido de los libros para correr a jugar, pero era demasiado temprano: justo acababan de comer, por lo que aún estaban todos en sus casas.

Un ángulo de la mesa permanecía siempre preparado con un plato cubierto para mi hermano mayor, que aún no había vuelto de la escuela. Mi madre estaba ahí, en el otro cuarto, arreglando cajones. Tenía la manía de poner orden siempre en los cajones y tal vez se recreara un poco contemplando de vez en cuando la lencería de mejor calidad. Yo había visto también a mi abuela hacerlo con frecuencia: probablemente la de mirar lo poco bueno que poseen sea una ingenua manía de los pobres.

Llegó, inesperado, el sonido de una pianola. Al instante reconocí las notas de aquella canción. Tenía un tío que no paraba de cantar y aquel motivo lo oía con frecuencia. Me levanté en silencio y me acerqué a la ventana del cuarto. Mi madre estaba arrodillada entre las puertas del armario y ni siquiera se volvió. Solo dijo:

«¿Son esas las ganas que tienes de estudiar?».

Entre las rendijas de los postigos podía ver la Via Cantoni desierta y la pianola de madera negra en un mar de luz cegadora. Algunas empleadas de una tienda de artesanía estaban sentadas en el escalón de la entrada, en la línea de sombra de la pared, mirando a otras dos que se habían puesto a bailar. Se reían todas juntas, pero no se entendía lo que decían. Seguro que hablaban de asuntos de amor. Cuando acabó la música, entraron en la tienda de mala gana; dos de ellas se persiguieron con un repentino arranque de alegría, dando una gran vuelta en derredor, como queriendo retrasar un poco más la entrada en la oscuridad de la tienda.

«¿Eres tú?».

Oí la voz de mi madre preguntar a mi hermano, que llegaba a casa en aquel momento: «¿Cómo es que has tardado tanto?». «Pues… por culpa del tranvía». «Se te habrá quedado fría la comida». «Mejor. ¡Con este calor!».

En la cocina me encontré a mi hermano, que estaba comiendo con muchas ganas. Le pregunté en voz baja si habían esperado al «pata de palo». Llamaban así a un trasto de tranvía aún en circulación y los chicos, que, después de la escuela primaria, iban a la escuela en el centro, se daban una tácita cita en el «pata de palo». Era una forma segura de encontrarse, porque ya circulaban muy pocos de aquellos tranvías viejos. A veces había que esperar más de media hora, pero ¡también estaban las chicas! Los mayores, como mi hermano, tenían más oportunidades de hablar con ellas, porque sus clases eran mixtas y, además, se veían todos los días en el tranvía. En cambio, nosotros, que éramos un poco más pequeños, raras veces coincidíamos con ellas: solo con motivo de algún juego y, cuando así era, sentíamos una extraña emoción.

Jugábamos sobre todo en la calle. La calle era para nosotros el mundo entero y ni siquiera pensábamos que pudiese haber en nuestro futuro algo diferente de aquella calle y de aquellos compañeros. Si había una pelota, echábamos partidos interminables, que duraban toda la tarde. Si no, improvisábamos juegos de todas clases: el amo de la montañita, para ver quién era el más fuerte; la toña con mangos de escoba (una vez, me gané una en un ojo y mi madre se asustó muchísimo), las figuritas, el Giro de Italia con canicas, el aro guiado con un alambre. El aro era una llanta de bicicleta: recorríamos todo el barrio corriendo y con gran estruendo de chatarra, porque éramos una buena «caterva» de chicos. Nos parábamos delante del cine del barrio a contemplar los carteles. Nos parecían películas maravillosas; casi nunca íbamos al cine público, porque echaban películas en las que se besaban. Íbamos solo al cine de la escuela parroquial. Una vez vimos a Sigfrido matar un dragón y pasamos una temporada haciendo esgrima con espadas hechas de saúco y por todas partes había dragones a los que ensartar, con lo que nosotros nos volvíamos invulnerables e inmortales como el protagonista de la película.

La tarde acababa cuando veía a mi padre despuntar por el final de la calle en su bicicleta. Volvía del trabajo y llevaba, colgada de la barra, la bolsa de la comida. Yo quería ser quien llevara a casa la bicicleta, conque, antes de cargar con ella al hombro para subir la escalera, podía dar una vueltecita delante del portal. A veces, me la dejaba para ir hasta el quiosco a comprar el periódico.

«Pero ¡vuelve en seguida y ten cuidado!», decía. No recuerdo haberle oído nunca levantar la voz.

Mi padre era un hombre apacible y humilde, incluso con nosotros, los niños, y hasta ahora no me he dado cuenta de que la poca autoridad que me inspiraba se debía precisamente a aquella humildad suya, que era una virtud. Leía el periódico en una silla junto al sofá (para no desgastarlo, creo yo) y varias veces lo vi mover la cabeza mientras pasaba las páginas y decía a mi madre:

«¡Pobres de nosotros!».

Una vez le pregunté:

«¿Por qué “pobres de nosotros”?».

No me respondió.

2

El 24 de mayo de 1940, fuimos a la escuela de Via Bodio vestidos con el uniforme de balilla para celebrar el aniversario del Piave. Resultaba bastante complicado ponerse el uniforme con la banda y el medallón del Duce prendido en el nudo del pañuelo, pero después, delante del espejo, me sentí importante.

En clase, el maestro no nos mandó hacer la redacción, como habían anunciado por la radio colgada por encima de su escritorio, pero, cuando esta dejó de emitir la canción del Piave, nos habló de ciencia. Explicó el «viaje de un bocado de pan». Seguíamos la descripción en la lámina en que estaba representado el cuerpo humano y a cada etapa el maestro indicaba con su varita el punto exacto. Al llegar al intestino, comenzaron las risitas sofocadas contra el pupitre y, cuando dijo: «Después sale expulsado en forma de excremento», alguien hizo una mueca con la boca y en toda la clase estalló una sonora carcajada. También el maestro sonrió un instante.

Por la tarde hubo el desfile y el arriar de la bandera. El profesor de gimnasia y también algún profesor más joven iban vestidos con el uniforme. En cambio, mi maestro se quedó aparte solo, leyendo el periódico, y entonces me di cuenta de que tenía la misma expresión que mi padre, aunque era muy diferente de él.

Al romper filas, miré a Gabriella en medio de las otras niñas vestidas de «italianitas». Yo estaba enamorado de Gabriella y una vez escribí una frase en un envoltorio de galletas y lo coloqué muy a la vista al otro lado de su verja. Vivía en uno de los hotelitos de los empleados municipales, porque su padre era contable. En el envoltorio había escrito: «Soy el de la camiseta azul». Durante toda una semana no quise cambiarme la camiseta, pero nunca recibí una seña, una mirada, por mínima que fuera, que me permitiese intuir la respuesta a mi presente amoroso. Creo que viví algunos meses con la cara de Gabriella siempre ante mi vista y me esmeraba para hacer todo lo mejor posible a fin de que ella pudiera mirarme y admirarme, aunque no estuviese presente. Quería ser el más fuerte y el más guapo y cantar como Beniamino Gigli.

Ella raras veces salía del jardín de su casa. Una vez, la vi dar vueltas allí, delante de la verja, con un precioso monopatín de los de verdad, que se compraban en una tienda y se movían apretando un pedal con muelle. Al cabo de unos días, también nosotros, los chicos, aparecimos con monopatines construidos en casa con trozos de madera y rodamiento de bolas. Toda una banda desatada desembocó en la calle, siempre tranquila, de los hotelitos municipales. Avanzábamos a grandes zancadas impulsándonos con todas nuestras fuerzas y con un estruendo de chatarra rodante. Se había vuelto una competición entre nosotros para llegar el primero. Ella se había apartado casi espantada a la acera de delante de su verja y nos miraba pasar zumbando con expresión atónita. Yo estaba exaltado, mientras, a cada impulso con el pie, repetía mentalmente: «¡Gabriella! ¡Gabriella! ¡Gabriella!».

3

De vez en cuando, después de la escuela parroquial del domingo por la tarde, me encontraba en el patio a jóvenes (e incluso a personas mayores) que bailaban con la música de un gramófono. Los miraba desde mi barandilla y había notado que, cuando bailaban rápidos, siempre sonreían y, en cambio, cuando bailaban lentos, parecían distraídos, con la mirada lejana, como siguiendo la música con el pensamiento y procurando no mirarse a los ojos.

«Ve a lavarte, ¡que dentro de poco vamos a la mesa!», me decía mi madre, que no quería verme largo rato mirando a los que bailaban.

De vez en cuando yo captaba jirones de frases que nuestras madres susurraban entre sí, pero no entendía bien lo que querían decir:

«Una cosa es bailar para divertirse y otra muy distinta hacerlo al borde del infierno».

«¡Y delante de su marido!».

Algo sí que había intuido: que la señora rubia, la madre de Sarina, casi bailaba solo con Aldo, que era pintor de brocha gorda y no paraba de cantar, porque tenía una voz bonita.

«¿Va a venir la señora Ottavia?», pregunté a mi madre, mientras me lavaba.

«¿Y quién te lo ha dicho?».

«Es que he visto el mantel entero».

Cuando comíamos solos, solo había medio mantel. La señora Ottavia hacía unos dulces bonísimos y hubo un tiempo en que todos los domingos nuestras dos familias comían juntas la tarta que hacían a medias:

«Tengo que devolverle la harina y el azúcar de la última vez».

«Mire, para no tener que preocuparnos… una vez la pongo yo y otra usted».

«Pero usted tiene, además, la molestia de cocinarla», insistía mi madre, mientras se sentaban todos en torno a la mesa con los vasos limpios.

Angelo, el hijo de la señora Ottavia, era mi amigo del domingo por la tarde, porque en la escuela estaba en otra clase y, además, tenía patines y siempre iba con los que también los tenían. Las primeras veces, yo recorría a pie trechos muy largos tras ellos, pero después renuncié. Nunca me dejó probar sus patines.

En el patio seguían bailando, aunque ya casi estaba oscuro y habían quedado solo los jóvenes. La madre de Sarina ya no estaba y Aldo, el pintor, estaba aparte cuchicheando con otro y de vez en cuando levantaban la vista a la vez hacia la ventana iluminada de la casa de Sarina. La voz de una mujer gritó el nombre de una chica que estaba bailando y esta dejó a su compañero y se marchó corriendo.

Cuando venían a nuestra casa, la señora Ottavia y su marido (que era miliciano ferroviario) se quedaban charlando hasta tarde. Angelo se quedaba dormido en el sofá. En cambio, yo me iba a la cama y, antes de dormirme, escuchaba todos los pasos en la calle y hasta el menor ruido. Después Aldo se ponía a cantar y en la oscuridad de la noche parecía que cantara aún mejor. Tal vez lo hiciese para la madre de Sarina. También a mí me habría gustado cantar así para Gabriella, pero con la voz de Beniamino Gigli y, cuando estuviéramos todos en fila y firmes para el izado de la bandera, Gabriella solo me miraría a mí y me sonreiría. No cabía en mí de felicidad.

Trepábamos a los plátanos del paseo y cada cual elegía, según su valor, una rama desde la que se dejaba caer al suelo. Yo me imaginaba a Gabriella mirándome fijamente y esperaba otra prueba de amor de mi parte. Subí un par de ramas más arriba. Mis compañeros se detuvieron a mirarme. Vacilé un poco, porque tal vez estuviera osando demasiado. Cuando me dejé caer, me pareció que el vacío duraba muchísimo y que ella temblaba por mí. Fue un instante sublime. Me quedé acurrucado en el suelo hasta que uno de mis compañeros me preguntó: «¿Te has hecho daño?». «No». Pero se me habían abierto los zapatos: ¡las empellas se habían separado de las suelas!

Pasó un grupo de jovencitos y muchachas en bicicleta. Iban cantando. En la radio había un discurso de Hitler, pero nadie entendía nada. Mis compañeros habían encontrado un perrito bastardo y se divertían dejándose perseguir por él.

«Voy a probar a ver si mi madre me deja quedármelo, pero ya sé que me dirá que no».

«¡Podemos hacerle una cabaña y darle de comer por turnos!».

El perrito se introdujo en un gran tubo que unos días antes habían traído los trabajadores del gas. Uno de nuestro grupo dijo:

«¿Quién tiene valor para pasar hasta el otro lado?».

También las niñas, que solían jugar por su cuenta, se habían puesto a mirar en corro. Me pareció que Sarina me miraba precisamente a mí. Me quité los zapatos y el fez de balilla y probé a hacerlo. En la otra parte del tubo, en el círculo luminoso, veía las caras de mis compañeros, que me incitaban. Una vez, se asomó también la de Sarina. Avanzaba con dificultad, porque las manos y las rodillas permanecían extrañamente pegadas al fondo. Cuando volví a salir a la luz, me di cuenta de que todo el interior del tubo estaba cubierto de alquitrán y yo me había puesto perdido. Mis compañeros se reían y un antipático dijo:

«¡La paliza que te has ganado!».

No me atreví a mirar a Sarina y ni siquiera tenía valor para entrar en casa. Estaba quieto ahí, en el centro del corredor y cada vez que mi madre asomaba la cabeza por la puerta, yo daba un paso atrás.

«Venga, entra. ¡No me hagas enfadar aún más!».

Pero yo no me decidía. Vino mi padre a buscarme y me dijo, sereno y humilde, como siempre:

«Ven a casa, anda».

Cuando crucé el umbral, mi madre me miró de soslayo y gruñó:

«Pero, mira qué estado… ¡Has perdido incluso el Duce!».

Y, en efecto, ya no llevaba el medallón con imperdible que mantenía sujeto el pañuelito azul.

4

Llegó la orden de despejar los sótanos: había que construir refugios antiaéreos, en caso de guerra. También de los desvanes hubo que sacar todos los materiales inflamables. Pasó el carro de la Casa del Fascio y retiró toda la chatarra destinada a la patria. También quitaron las rejas de los hotelitos municipales y pusieron otras de cemento.

Las escuelas cerraron con unos días de adelanto. El maestro se despidió y nos dijo también, un poco melancólico:

«Bueno, que tengáis buenas vacaciones».

Yo iba a ir, como de costumbre, a las colonias, pero, como me habían destinado al tercer turno, iba a poder pasar unas semanas en el campo: en Treviglio, en casa de mi abuela. Iba a venir a recogerme mi tío.

Una tarde, jugamos a dama y caballero con las niñas. Cada uno de los chicos debía hacer su reverencia ante la niña que eligiera. Si le gustaba, respondería con otra inclinación; de lo contrario, se volvería de espaldas. Después de diez reverencias, se formaría la pareja. El chico no aceptado era el burro. Yo había elegido a Sarina, pero, para no darlo a entender, hacía también alguna reverencia a las otras. Ya había llegado a las nueve reverencias y notaba que estaba enamorándome también de Sarina. De repente, alguien gritó algo desde una ventana. Otras voces más lejanas parecieron un eco que se esparcía. El hombre del hielo detuvo su carro goteante y entró en el bar del parque. Fuimos también nosotros a ver qué había sucedido. Los que jugaban a las bochas se habían parado a escuchar. Estaba hablando el Duce por la radio: dijo que comenzaba la guerra. Pero yo seguía pensando en Sarina.

 

 

DOS

 

1

La noche misma del 10 de junio, después del anuncio de la guerra, sonaron las sirenas de alarma. Mi madre, en la oscuridad del cuarto, preguntó en voz baja a mi padre: «¿Debemos despertar a los niños?». «Vamos a esperar. Puede ser solo una prueba. También lo hacían así en la otra guerra».

De fuera llegaban voces incomprensibles. Después alguien gritó con claridad: «¡Apaguen esas luces!». Oí a mi madre levantarse de la cama y, sin encender la luz, ir a fisgar por la ventana. Las voces iban en aumento. Entonces abrió la puerta y se asomó al corredor.

Así pude distinguir perfectamente lo que se decían de una parte a otra del patio:

«Pero ¡si los refugios no están aún listos!».

«De todos modos, ¡en el sótano estamos más seguros!».

«¿Ah, sí? ¡Tal vez para acabar como las ratas!».

Todos hablaban con tono normal, sin tener en cuenta la noche, como si de repente se hubiese hecho de día. Aquella repentina animación me pareció algo innatural y entonces tuve por primera vez una sensación que nunca había experimentado y pensé que aquella debía de ser precisamente la sensación de la guerra.

Mi madre volvió a entrar y dijo: «Los otros se han ido al portal. ¿Qué hacemos?». «¡Es mejor bajar!», se apresuró a recomendar mi hermano y, sin esperar a una respuesta, empezó a vestirse a toda prisa. También yo salté como un gato y con la ropa en la mano me reuní con mi hermano: «¿Tú te vistes del todo?», le pregunté y él contestó: «Yo sí». «Entonces, ¡yo también!». Por la puerta entornada entraba el resplandor de la noche.

Hacíamos todo con mucha excitación, como si se tratara de un juego. Más aún: a mí me parecía precisamente un juego nuevo en el que participaban también los mayores. Mi hermano sacó del bolsillito de su chaqueta un peinecito: «¡Nosotros vamos delante!», dijo en voz alta, mientras salía peinándose. Nuestra madre dijo desde su alcoba: «Esperad». Pero ya estábamos en el corredor.

Nada más salir afuera, tuve aún más aquella sensación nueva, que empezaba a gustarme.

«Yo es la primera vez que me visto de noche. ¿Tú también?», dijo Angelo, a quien me había encontrado al final de la escalera. Entretanto, el zaguán iba llenándose de gente. «Está más claro fuera que aquí dentro», comentó uno de los mayores, que se había asomado a la calle. «Hay una luna que parece de día. ¡Menuda oscuridad! Si quieren bombardear, pueden hacerlo donde quieran». «¿Se oye algo?». «No, nada». Alguien más salió.

«Niños, ¡vosotros quedaos dentro!».

Pero, al cabo de poco, estábamos todos en la calle. La madre de Sarina apareció la última: llevaba una bata que le llegaba hasta los pies y el cuello tapado con plumas. Era la única mujer que llevaba bata. Hubo un instante de silencio y después se reanudaron las charlas, pero en tono más bajo. Mi hermano estaba con sus amigos y con ellos estaban también las niñas. Se oyó la fuerte voz del señor Pisoni: «¡No encendáis cigarrillos en la calle!». El señor Pisoni era el jefe de la fábrica. «¡Una cerilla se puede ver incluso a kilómetros de distancia!». «¡Huy, la Virgen!», hizo eco la voz de uno, al otro lado de la calle. «Virgen o no Virgen, ¡esas son las órdenes!», cortó el señor Pisoni. Algunos hombres se pusieron a hablar de la otra guerra y alguien dijo que en el frente muchos habían muerto precisamente por culpa de una cerilla.

Yo había oído a mi padre comentar muchas historias de cuando era un soldado en las trincheras. Nos las contaba casi siempre a la mesa y por lo general cuando nos costaba acabar el plato de sopa. Nos hablaba del hambre que habían pasado, pero a nosotros nos gustaban más las historias de los asaltos y los combates. Me habría gustado que hablara también él, que dijera a los otros papás lo que había hecho en la guerra y así me habría sentido importante también yo. En cambio, no dijo nada y tal vez ni siquiera escuchase.

«¡Mirad!», gritó una voz.

Algunos, también de las otras casas, corrieron al centro de la calle, donde estaban parados, como nosotros, delante de los portales.

«¡Son los reflectores de la antiaérea!».

«¡Bellísimos!».

«Pero ¡solo mientras no se pongan a disparar cañonazos!», masculló una voz anciana.

Ya estábamos todos reunidos en el centro de la calle.

«No hace nada de frío. Se está muy bien».

«Con esta luna hasta se podría bailar».

«La próxima vez podemos bajar el gramófono».

Se oyó un motor y todos se volvieron. Desde el extremo de la calle despuntaron dos puntitos luminosos: los faros de un automóvil reducidos a dos rendijitas de luz para respetar la orden de no encender luces. Permanecimos todos en silencio mirando el coche avanzar y detenerse precisamente delante de nuestro portal. Se abrió la portezuela y se apeó la huéspeda. Hizo una seña de despedida a su acompañante y el vehículo volvió a arrancar: rodeó al grupo que estaba aún en medio de la calle y de nuevo desapareció torciendo tras la última casa. La huéspeda se había quedado parada en el vano del portal: su figura apenas resaltaba en la mortecina luz del zaguán. Miraba también ella al cielo. Era guapa y joven y llevaba vestidos preciosos y siempre diferentes. Solo salía cuando acudían a recogerla en coche y también los coches eran siempre preciosos y diferentes. Yo no lograba explicarme cómo era que una mujer así dormía en un cuartito tan modesto en casa de la señora Seminari (quien tenía un hijo voluntario en la Marina, porque no quería trabajar).

Durante mucho tiempo, la palabra «huéspeda» tuvo para mí ese preciso significado: joven, guapa, elegante y perfumada. Cuando en la escalera se sentía su perfume, todo el mundo decía: «¡Ha pasado la huéspeda!». Mi hermano tenía suerte: de vez en cuando la huéspeda lo mandaba llamar para ayudarla a resolver un crucigrama (porque él era muy aplicado en la escuela). Iba a su casa con el diccionario y yo lo envidiaba un poco, al verlo con la cara pegada a la de la huéspeda, y pensaba en lo fuerte que se sentía su perfume.

Sonó el fin de la alarma y uno de mis compañeros dijo: «¡Qué pena!». «¡Porque tú no tienes que ir a trabajar!», masculló uno de los mayores. Pero una madre se apresuró a replicarle: «Pero tiene que ir a la escuela». Y otra: «Ya veremos mañana, ¡después de haber robado todo este sueño a la noche!».

2

La aparición en bata de la madre de Sarina había surtido efecto, porque también nuestras madres, en los días posteriores, hablaron con frecuencia de cómo convenía ir vestidas para correr de noche a los refugios y así comenzaron a circular por casa batas nuevas, con comentarios y consejos que se intercambiaban delante de los espejos de las habitaciones, pero, durante varios días o, mejor dicho, varias noches, no hubo más alarmas, por lo que las batas permanecieron inutilizadas en las orillas de las camas.

Entretanto, se concluyeron los trabajos de los refugios: los sótanos fueron apuntalados con grandes vigas de madera y en torno a las ventanitas construyeron las salidas de seguridad con inscripciones y todo.

La calle empezó a vaciarse de niños: muchos se marchaban al campo. Una tarde, vi a Gabriella, que partía con su madre y muchas maletas. Se marcharon en un taxi.

Al final, una noche me llevaron en el trolebús a la estación y me dejaron a cargo de mi tío que acudía todos los días en tren a trabajar a la ciudad. Trabajaba en la fábrica de gas. En el tren iba en medio de muchos otros como mi tío, que iban a trabajar a la ciudad. Todos llevaban una tartera con la comida igual a la de mi padre y tenían el mismo olor que él: olían a fábrica, una mezcla de hierro y aceite de máquina. Uno de ellos contó una historia en la que figuraba una campesina que iba siempre a lavarse en una acequia y que él un día… pero yo fingí no escuchar y miré por la ventanilla.

3

La casa de mi abuela en Treviglio estaba en un viejo patio campesino. Siempre que llegaba a casa de la abuela, todos se asombraban, porque me veían muy cambiado y me preguntaban si de verdad era yo o mi hermano, por lo mucho que había crecido.

Mi abuela seguía sirviendo la sopa y me abrazaba con el cucharón en la mano.

«¡Sopa de tocino y ajo! ¿Te gusta aún o te has acostumbrado a las de la ciudad?».

«Sí, aún me gusta», respondí y era verdad.

Había una sola radio en todo el patio y era del señor Fonda, que era el jefe de estación. Vivía en el piso contiguo al de los dueños, quienes nunca estaban. Precisamente aquella noche, después del comunicado de guerra, dijeron también que llamaban a las quintas que habían estado en el África oriental y entonces alguien llamó a Emilio, el hijo de la frutera, que había sido legionario. Emilio se asomó a la barandilla, seguido de su mujer, e intentó entender qué había pasado:

«Pero ¿estáis seguros?».

Aquel año, cambió algo también en mis vacaciones. Ya no iba tanto con Eugenio, quien labraba la tierra con su padre, cuidaba la vaca y sabía enjaezar el caballo y uncirlo a los varales. Hasta el verano anterior, había pasado siempre el día con él y me sentía feliz cuando me dejaba sujetar las riendas, mientras volvíamos de los campos a casa en carros con altísimas cargas de heno. En cambio, aquel año, empecé a frecuentar a Arteme, el hijo del panadero, porque por la tarde no trabajaba y entonces se lavaba, se cambiaba e iba a dar paseos en bicicleta. Por eso, ya conocía a varias chicas. Yo no tenía bicicleta, conque me montaba en la barra, mientras Arteme pedaleaba. Íbamos hacia el bulevar y, en cuanto veíamos a una chica en bicicleta, Arteme se ponía a pedalear con fuerza hasta que la alcanzaba. Yo sentía su esfuerzo por los soplos que recibía en la nuca. Cuando estábamos a la altura de la chica, Arteme decía: «¡Hola! ¡Te presento a mi amigo, que ha venido de Milán!». Siempre decía lo mismo y entonces comprendí por qué me llevaba siempre con él, pero, al final, nos hicimos amigos de verdad y durante todo el tiempo que permanecí en casa de mi abuela fuimos siempre juntos en busca de muchachas. A veces conseguía también yo que mi tía me prestara una bicicleta de mujer y entonces me sentía más desenvuelto, porque sentado en la barra tenía una sensación de inferioridad. Una noche, después de algunos intentos, conseguimos hablar con Desy: tenía trece años y una carita delgada. No sé si me gustaba más ella o su nombre. Arteme le dijo que se trajera, también ella, a una amiga, conque la noche siguiente vino con otra chica, una larguirucha bastante más alta que todos nosotros. Mientras volvíamos a casa, Arteme intentaba convencerme para que me quedara con la larguirucha, porque yo, aunque tenía un año menos que él, era más alto. A mí, en resumidas cuentas, me gustaba más Desy, conque le dije:

«A ver qué dicen ellas. Es mejor dejar elegir a las chicas».

A veces nos veíamos con ellas también después de cenar. Tomaba la sopa deprisa y después me lavaba y peinaba.

«Pero ¿por qué te peinas, si dentro de poco tienes que irte a la cama?», me decía mi abuela, que lo había entendido todo, y añadía, mientras me veía salir: «¡Hace unos días que pasas demasiado tiempo ante el espejo!».

Una noche, fuimos hasta la fuente a comer sandía. Pagó por todos Arteme, que tenía una cartera con dinero, porque trabajaba. Nos parecía que nos habíamos vuelto mayores de repente, por haber invitado a sandía a las chicas. Yo, para no ser menos, dije a Arteme que el primer domingo le daría mi parte.

El domingo, nos veíamos en misa de once, la misa mayor. La iglesia estaba llena de cánticos e incienso y, sin embargo, en medio de la multitud, yo conseguía encontrar la cara de Desy y de todas las chicas que me gustaban. Después de la misa, caminábamos para arriba y para abajo por Via Roma y allí continuaban las miradas, las medias frases, las sonrisas, que significaban más que parlamento alguno.

La tarde del domingo, las muchachas estaban casi siempre con sus padres, con que nosotros íbamos al río a bañarnos. Había muchos chicos, jóvenes y también algún adulto. Recuerdo un domingo: unos muchachos se desafiaban con zambullidas desde un puente. Unos se dejaban caer en picado, otros hacían el loco braceando en el aire y fingiendo sentir miedo. Alguno vio que había dos muchachas que miraban desde el borde de un sendero, más allá de un campo de trigo segado. Los chicos ya las conocían, porque se pusieron a llamarlas por su nombre y a soltar exclamaciones de invitación. Ellas, las chicas, respondían con risitas a veces excesivas y tal vez provocativas. Cesaron las zambullidas y comenzó algo así como un desafío entre chicos y chicas más acá y más allá del campo. A decir verdad, entre los chicos se había formado un grupito con los más activos; los otros eran simplemente espectadores y nosotros, Arteme y yo, figurábamos entre estos últimos, naturalmente. En determinado momento, los chicos preguntaron a las chicas quiénes eran sus preferidos del grupo. Comenzó así una serie de indicaciones y gesticulaciones mutuas hasta que dos muchachos se impusieron a los otros y empezaron a avanzar hacia las dos chicas, que hacían gestos con los brazos para decir que no, que estaban bromeando, pero al mismo tiempo seguían riendo socarronamente. Cuando los dos chicos llegaron a la mitad del campo, las chicas tuvieron un instante de vacilación y después se quitaron las sandalias del domingo. También los chicos se detuvieron, tal vez por un resto de incertidumbre o pudor, y permanecieron allí parados como animales, tensos de emoción. Las chicas fueron las primeras en moverse: echaron a correr, pero volviéndose continuamente atrás, y, cuando vieron a los dos chicos lanzarse tras ellas, recorrieron aún un pequeño trecho de sendero y después saltaron por encima de una acequia, alzándose solo un poco las faldas para no mojárselas. Los dos chicos estaban ya cerca y ellas se volvieron de nuevo para echar una última ojeada, antes de desaparecer en un campo de maíz joven, que resplandecía hasta el punto de parecer plata, y tras ellas los dos muchachos, que, en cambio, no se volvían hacia sus compañeros, porque ya no pertenecían al grupo, eran diferentes, eran los finalistas.

Los otros permanecieron allí quietos, sin reír ni hablar, en una suspensión que nadie se atrevía a interrumpir: hasta que llegó el pitido del tren y entonces todos se volvieron a mirar hacia el puente. Pasó un tren militar Los soldados estaban apiñados en las ventanillas mirando el río y a nosotros, que nos bañábamos. Solo desde la cola del tren alguno saludó con la gorra y entonces también nosotros respondimos al saludo.

Una noche, mientras la radio del señor Fonda enviaba al patio musiquillas de guerra, mi tío, al volver del trabajo, me dijo que debía marcharme a las colonias. Me volvería a llevar a Milán el lunes siguiente. La abuela me preguntó si me gustaba ir a las colonias y yo le respondí que no. «Vamos, vamos», intentó animarme. «Cuando estés con todos los demás, ya verás cómo te gustará». Comprendía que yo estaba disgustado y, mientras se acababa su plato de sopa, añadió: «¡Y a saber lo bien que comerás! ¡Algo mucho mejor que sopa de tocino!». Yo, que había dejado de comer, reanudé mis cucharadas.

Aquella misma noche, mi tía me prestó la bicicleta y, junto con Arteme y las chicas, fui a comer sandía. Volvió a pagar Arteme y, tras sacar la cartera, enseñó a las muchachas una fotografía suya. Mientras volvíamos por el bulevar a oscuras, dije que iba a marcharme. Al cabo de un rato, Desy me preguntó si volvería el año siguiente. Respondí que lo haría también para las vacaciones de Navidad. Pedaleamos durante un rato en silencio. Solo se oían los crujidos de nuestras pedaladas. Cada bicicleta tenía un sonido particular y yo había aprendido a conocer y distinguir el de Desy. En determinado momento, Arteme dijo:

«La noche antes de que te vayas, volvemos a reunimos todos para despedirte y ellas te darán un beso». Pero las chicas no respondieron.

4

Faltaban pocos días para la partida. Arteme me convenció para hacerme una fotografía que dejar a las muchachas. Él ponía el dinero y a mi regreso yo se lo devolvería. Fuimos al fotógrafo. Había otros antes que nosotros. Un soldadito con su madre, quien después dijo al fotógrafo que quería una ampliación con marco. Cuando me tocó a mí, el fotógrafo me colocó en la pose moviéndome la cara con leves toques de los dedos. Arteme me prestó su pluma estilográfica para que me sobresaliera del bolsillito. Le rogamos que las fotos estuviesen listas sin falta para la noche de la despedida.

Una mañana, el cartero trajo la tarjeta de movilización a Emilio. Estaba descargando cajas de verdura del carrito y, después de haber firmado el comprobante, se metió en el bolsillo la tarjeta y reanudó su trabajo casi con indiferencia. Por la tarde, vi a su mujer cerrar las puertas y las persianas: no volvió a aparecer hasta la noche para recoger un cubo de agua en la fuente. Nadie hizo comentarios. También el día siguiente, las puertas y las persianas permanecieron cerradas. El tercer día, volvieron a estar abiertas de par en par. La mujer bajó a la tienda. Se veía que había llorado. Tenía los ojos rojos y con frecuencia sacaba el pañuelo para secarse la nariz. Emilio había partido antes del alba sin dejarse ver.

5

Fuimos a recoger las fotografías. Yo parecía guapo. Por consejo de Arteme, detrás escribí: «Te recordaré siempre».

Por la noche, nos preparamos para la última cita. Yo sentía que era un acontecimiento importante, porque, al entregar la fotografía a una de las dos, declararía mi elección. Yo prefería a Desy y a saber cómo le sentaría a Arteme, quien me había asignado, en cambio, la larguirucha. No lograba imaginar cómo me las arreglaría.

Pedaleamos toda la noche sin que las muchachas dieran señales de vida. Tal vez hubiese ocurrido algo o tal vez no tuvieran valor para acudir, porque Arteme había hablado del beso.

Volvimos a casa también más tarde de lo habitual, porque hasta el último momento abrigamos la esperanza de un encuentro repentino.

Me despedí de Arteme con el compromiso de que volveríamos a vernos por Navidad y entonces entregaríamos la fotografía a las muchachas y acaso un regalo también.

Partí la mañana siguiente, cuando aún estaba oscuro, y pensé en Emilio, porque, como él, me marchaba sin despedirme de nadie.

 

 

TRES

 

1

En la «Cabianca», en la colonia de la Edison, en el lago Mayor, casi nos habíamos olvidado de la guerra. No oíamos la radio ni sonaban las sirenas de las alarmas ni los mayores hablaban de lo que sucedía en el frente. Y, además, es que mayores en la colonia solo había las señoritas que vigilaban las escuadras de chicos (la mía no cesaba de escribir cartas interminables). Había una directora, pero no se la veía casi nunca (solo oíamos su voz por los altavoces) y, además, las cocineras y las mujeres que servían la comida. Solo había un hombre, el jardinero, al que vislumbrábamos de vez en cuando entre los matorrales de los jardines o entre las ramas de los frutales. Los primeros años en que iba a las colonias, me daba miedo el jardinero, porque tenía una gran nariz, los ojos hundidos y una gran barba mal afeitada. Para los más pequeños, parecía enteramente el «hombre negro» de los cuentos.

Aquel año, yo estaba en la escuadra de los mayores, los del último curso de primaria, y para nosotros iba a ser el último año de colonias. Entonces, como habíamos oído en los años anteriores a quienes nos habían precedido, también nosotros, mientras subíamos la larga escalinata que conducía a los dormitorios, cantábamos a voz en grito todas las noches una canción relativa a la partida. Recuerdo que fue allí donde por primera vez comencé a notar el paso del tiempo no solo como algo físico, sino también como un sentimiento, es decir, que tuve la sensación de que el pasado se llevaba una parte de mi vida. Cantaba con mis compañeros y me venían a la cabeza los que antes que yo habían cantado aquella misma letra, subiendo en fila de dos en dos por aquellos mismos escalones. Y nosotros, los pequeños, los mirábamos con envidia, mientras que en aquel momento, en el que también yo formaba parte de los mayores, sentía como un estremecimiento de tristeza sin entender bien por qué. Solo a distancia de años, me di del todo cuenta de que aquel sentimiento era precisamente el descubrimiento de una nueva percepción del tiempo, como de una fuerza inexorable que, al cabo de poco, me alejaría para siempre de mi infancia.

Miraba el lago que relucía bajo la luna. En cambio, las orillas estaban oscuras: ninguna luz indicaba ya la presencia de los pueblos y esa era la única señal de que estábamos en guerra.

2

Volvimos a Milán al final de septiembre, porque a primeros de octubre se reanudarían las clases. Volví a ver a todos mis compañeros. Habían inventado un juego nuevo: con carburo y latas vacías hacían «bombas antiaéreas». Enterraban hasta la mitad la lata con el carburo mojado dentro. Cuando la presión del gas adquiría la fuerza necesaria, se acercaba una cerilla a un agujerito hecho en la parte de arriba de la lata y que se mantenía apretado con un dedo para no dejar salir el gas. Entonces la lata salía volando, como un proyectil de verdad, hacia el cielo. El estallido resonaba ante las fachadas de las casas y hasta el extremo de la calle. Alguna mujer se lamentó:

«¿Es que no tenéis bastante con la guerra?».

En aquellos días, mi madre volvía siempre con bolsas cargadas de provisiones. Me llamaba para ayudarla a llevar las bolsas a casa y a ordenar los artículos. Eran provisiones de comida, latitas de todas ciases, por si acaso la guerra duraba más de lo previsto. Y no se debía decir por ahí, porque a quien guardaba provisiones lo llamaban «acaparador». Más aún: para no llamar la atención de los tenderos, había que recorrer todas las tiendas y nunca las mismas personas, por lo que también nos mandaron a mi hermano y a mí. Decidimos dividirnos el recorrido: él por una parte y yo por otra. Nos habíamos repartido el dinero y la lista con las cosas que comprar. En la tienda de comestibles se oyó la sirena de la alarma. Una mujer dijo:

«Precisamente ahora, ¡a la hora de hacer la comida!».

La mujer del tendero bajó el cierre hasta la mitad, miró a uno y otro lado y después también al cielo. Por la calle la gente caminaba con normalidad, como si no fuera nada. El tendero seguía sirviendo con su ritmo habitual.

«Llevan todo el verano sonando las alarmas una o dos veces a la semana y después no se oye ni una mosca».

«Entretanto, nos van preparando», concluyó la mujer, mientras salía de la tienda.

«¿Y tú?», me preguntó el tendero.

Mostré el trozo de papel con la lista. Me pasó al instante una botella de vinagre que tenía allí, al alcance de la mano, y después se alejó a lo largo de los estantes. La mujer del tendero gritó hacia la calle:

«¿Qué ocurre?».

Me volví y vi que alguien corría por la acera de enfrente y respondió algo que no entendí. Entonces la mujer volvió a entrar muy rápida y me llevó hacia la salida:

«¡Vete, vete! ¡Corre a casa!».

Me encontré fuera, mientras a mi espalda bajaban del todo el cierre. Vi a otros que corrían; uno que hacía señas al trolebús para que se detuviera e indicaba hacia arriba. Las voces se confundían con el estruendo de los cierres. Eché a correr también yo, pero solo para imitar a los demás, porque no entendía cuál era el motivo verdadero de tamaña agitación.

Empezaron a oírse estallidos lejanos: los oía repercutir en las fachadas de las casas, como los de nuestras bombas de carburo. Después vi en el cielo una nubecilla y después otra y luego otra. Eran grises y con contornos rosados, porque el sol estaba en el ocaso. Se formaban en silencio, como pequeñas explosiones de humo y el ruido se posaba un poco sobre la pared de las casas. En cambio, aumentaba un retumbar intenso, una extraña vibración que nunca había oído.

Miré hacia arriba, porque venía del cielo, y de repente me sentí ligero, como si estuviera elevándome del suelo. Después la tierra tuvo un pequeño estremecimiento y al instante un estallido espantoso desgarró el aire, me llenó la boca, me cegó el entendimiento y borró todo el raciocinio hasta que se disolvió como el retumbar de una avalancha que resuena a lo lejos. Hubo un momento de silencio absoluto, sin sonido ni voz.

Por un instante mis ojos miraron fijamente —a saber por qué— el rojo sol del ocaso. Después recuerdo mis pasos, que, al correr, resonaban con fuerza en mi cabeza, mientras iba disparado como un loco hacia el portal de mi casa. El zaguán estaba vacío, pero oía voces que llamaban a nombres conocidos, que gritaban recomendaciones, que aullaban desesperadas.

La escalera estaba atestada de gente. Todos intentaban entrar en los sótanos donde estaban los refugios. No lograban encender las luces y tenían que bajar a oscuras, a tientas, chocando entre sí y tropezando. Una serie de retumbos hacía temblar de nuevo la tierra y las paredes de la casa y una vez más, de improviso, se hizo el silencio.

Alguien consiguió encender la luz. Recorrí todos los rincones del refugio en busca de mi familia. Al final, vi a mi hermano, que llegaba en aquel momento con la bolsa de las provisiones. Me preguntó: «¿Y mamá?». «No sé», respondí desorientado. Me dio la bolsa: «¡Espérame aquí!». Y volvió hacia la salida. También los otros se buscaban, se llamaban y, extrañamente, lo hacían en voz baja. Me causó una impresión rara una mujer que dijo: «He dejado la sopa con el gas encendido».

Mi hermano reapareció y detrás de él venía mi madre, que me agarró y me arrastró hacia la pared: «Papá dice que es más seguro quedarse pegado a la pared». Y, tras un respiro, añadió: «A esta hora ya debería estar en casa».

«Habrá bajado a algún refugio», la tranquilizó mi hermano.

Los retumbos seguían a lo lejos y cada vez más débiles. Yo miraba las caras de todos: eran fisionomías familiares y, sin embargo, en aquel momento parecían extrañas. Estaban todos inmóviles, con la mirada atenta, como quien escucha un peligro, y la respiración un poco más acelerada y, cuando los bombazos cesaron del todo, durante un rato solo se oyeron los soplos de los alientos.

Después alguien empezó a preguntarse por un familiar que estaba fuera, en el trabajo y así todos los demás. ¡Las bombas que se habían oído habían caído en alguna parte! Ya parecía haber vuelto la calma totalmente, por lo que alguno de los mayores probó a subir para echar un vistazo.

«¡Esperad a que suene el fin de la alarma!», recomendó la voz de una mujer.

En aquel momento vi a Sarina: estaba sentada en el banco junto a su madre, que tenía en brazos a su hermanita más pequeña, pero no me miraban. Vino un chiquillo a decir que estaban ardiendo los almacenes de la estación de mercancías y entonces también mi hermano quiso ir a verlo.

«Pero ¿adónde vas?», le gritó mi madre.

Y él, sin detenerse, respondió: «¡Ya se ha acabado todo!».

Fuera estaba ya oscuro y las llamaradas del incendio parecían aún más intensas. Por encima de nosotros había una nube de humo negro y se sentía en la garganta el sabor a quemado. En medio de un grupito de mayores parados delante del portal, vi también a mi padre, con su bicicleta al lado, que estaba hablando: evidentemente, respondía a las preguntas y hacía gestos hacia el cielo. En aquel momento, a lo lejos, se oían las sirenas de las ambulancias y de los bomberos. Las casas tenían aún las luces apagadas, pero por todas partes se alzaban voces que llamaban a alguien por su nombre.

Yo preparé la mesa y puse el mantel entero. Mi madre me miró y dijo que la mesa estaba más bonita así.

«Han cortado el gas», observó con la cerilla encendida en los dedos.

«Por seguridad», respondió mi padre.

«¿Qué habrá sido del tío?», añadió ella.

«A esa hora estaba ya en el tren», la tranquilizó mi padre, mientras cubría la lamparita de la mesa.

Estábamos comiendo, cuando llamaron a la puerta. Era la señora Seminari: «¿Han dicho ya algo por la radio?».

Mi madre la hizo entrar y después dijo: «Aún no la hemos encendido». «Lo siento, están aún cenando». Pero igual entró, aunque quiso quedarse un poco aparte para no molestar: «¡He oído decir que por la parte de Lambrate han causado un desastre! ¡Y pensar que hasta ayer no parecía que estuviéramos en guerra!». Nosotros comíamos en silencio y ella, de vez en cuando, soltaba una frase: «¡A saber dónde estará mi hijo, pobrecito! Pero ¡a quién se le ocurre! En lugar de ponerse a trabajar, ¡marcharse voluntario! Pero ¿qué hacen allí con diecisiete años? ¡Son aún unos niños!».

Mi hermano encendió la radio: «Ya casi es la hora». Sonaban, como de costumbre, musiquitas de propaganda. La señora Seminari, dirigiéndose a mi padre, preguntó: «Pero ¿fue también así en la otra guerra?». Mi padre respondió: «Las guerras son siempre horribles y del mismo modo». Y nos quedamos en silencio en espera de las noticias.

3

En las ventanas de la escuela habían puesto tiras de papel Entró el bedel a entregar una hoja de copia al maestro: «Para mandar que lo transcriban en los cuadernos». Al dictado escribimos: «El comportamiento del balilla en caso de alarma». También nos mandaron hacer los ejercicios de bajada a los refugios. Todas las clases en fila por el pasillo, ordenadas y disciplinadas, y la disposición en los refugios con los puestos asignados a cada cual. Dirigía a todos el profesor de gimnasia, quien, desde que había guerra, iba siempre de uniforme. En la oscuridad del sótano, todo él apuntalado con vigas de sostén, explicaba a grupos de clases el uso de la máscara antigás. Nuestro maestro permanecía siempre aparte y una vez lo vi hablar con la señorita Cantelli, la maestra de cuarto.

Algunos días antes de Navidad, pasó por nuestra casa el tío con un paquete de comida que nos mandaba la abuela. Había harina blanca, queso fresco, salchichones y también un pedazo de tocino para hacer sopa. Llamaron a la puerta y nos apresuramos a esconderlo todo. Era una vecina:

«Ha empezado a llover, ¡se está mojando toda la colada!».

La última mañana antes de las vacaciones de Navidad, el maestro nos dijo: «Lo siento: no vamos a poder acabar el curso juntos». Solo dijo eso. Después nos reunieron a todos en el gimnasio. La directora nos hizo saber que nuestro maestro dejaba la escuela «Rosa Maltoni», porque lo habían llamado a filas: «Es un oficial que sabrá guiar a sus soldados en la guerra, como ha sabido guiar a sus escolares en el estudio y en la vida». Después a nosotros, los mayores, nos hicieron cantar Va’ pensiero, mientras el maestro, sentado junto a la directora, escuchaba sin mirarnos. Fuera seguía lloviendo. La señorita Cantelli, la maestra de cuarto, volvió la cabeza hacia los ventanales, cubiertos de gotas, y me pareció ver que tenía los ojos enrojecidos.

Para la primera Navidad de guerra, mi madre hizo el último café de paz. Había guardado (escondido en una jarra de porcelana valiosa) un paquetito de café-café, que había desaparecido de la circulación desde los primeros días de la guerra. Acudieron la señora Ottavia y su marido militar, que trajeron un trozo de panettone que habían recibido del dopolavoro ferroviario. Angelo vino con el regalo que había recibido: un trineo de madera, que, por desgracia, no podía probar, porque aún no había nieve. «¡Y esperemos que llegue lo más tarde posible!», dijo su madre. Después los mayores se bebieron el café y también aquel olor a café me causó el efecto de la canción que cantaba en las colonias. Me recordaba a las mañanas de toda mi infancia, cuando nos levantábamos para ir a la escuela con aquel buen olor en toda la cocina. Y una vez más noté aquel estremecimiento de melancolía que me hacía sentir el tiempo alejarse y llevarse un poco de mi vida. Como de costumbre, mi padre y los demás hablaron de la guerra. En cambio, Angelo y yo, sentados en el trineo, imaginábamos descensos maravillosos en medio de grandes extensiones de nieve.

Substituyó al maestro una maestra: una mujer ya mayor, con el pelo gris y también la cara gris, porque tenía en las mejillas toda una pelusa del mismo color que el pelo.

Una mañana, en lugar de dar clase, nos llevaron a todos al cine del barrio, donde nos hicieron ver una película en la que aparecían nuestros marineros, vencedores en todas las batallas. Durante todo el tiempo busqué a ver si entre aquellos marineros podía reconocer al hijo de la señora Seminari, que se llamaba Antonio.

4

Volvieron a oírse las alarmas. Algunas noches dos veces incluso. Los más pequeños llegaban al refugio muy abrigados y, sin siquiera despertarse, continuaban su sueño en los bancos. Había uno de pocos meses: sus padres traían consigo una maleta de cartón con mantitas dentro y así lo ponían a dormir en la maleta abierta y colocada sobre una silla. Cuando se oían las bombas, su padre bajaba un poco la tapa y se quedaba mirando fijamente a su hijo.

En cambio, cuando no se oía nada, los mayorcitos, como mi hermano, se reunían en un rincón del refugio que estaba un poco en penumbra. Estaban también las chicas y jugaban a «treinta y uno». Se ponían en círculo y contaban en redondo; quien hacía el treinta y uno podía dar un beso a una chica. Nosotros, los más pequeños, íbamos a fisgar y, cuando ellos se daban cuenta, nos echaban de allí, pero yo una vez vi a mi hermano dar un beso a una muchacha y comprendí que le gustaba, porque, siempre que le tocaba a él, besaba a la misma. También a mí me gustaba aquella a la que besaba mi hermano, pero era demasiado mayor para mí.

Sarina ya no me gustaba tanto: en el refugio siempre estaba sentada en el banco, toda acurrucada y con su hermanita en brazos, y a veces dormían las dos. La madre de Sarina iba a fumarse un cigarrillo en la escalera contigua a la salida, porque en el refugio estaba prohibido fumar. Los que tenían ganas de fumar se iban todos allí y casi siempre estaba también Aldo, el pintor.

El padre de Sarina había sido destinado a la UNPA y, cuando había alarmas, debía montar con otros en un motocarro para ir a comprobar si había luces que apagar. Llevaban también palas y picos, para el caso de que hubiera que despejar escombros para socorrer a los que hubiesen quedado bloqueados en los refugios. Llevaban un casco militar y una faja en el brazo con la inscripción UNPA, que quería decir Unión Nacional de Protección Antiaérea.

Una noche se fue la luz: vi la lamparita que empezaba a debilitarse, temblar y después apagarse del todo. «Mala señal», se oyó decir a una voz en la oscuridad. Otro respondió: «Pero ¡no se oye nada!». Otra voz gritó: «¿Queréis estaros callados un poco?». El farfulleo general y las llamadas cesaron de golpe para poder escuchar posibles ruidos que fueran señales de peligro. Se encendieron aquí y allá pequeños resplandores de linternas de bolsillo: duraban lo necesario para hacer un corto desplazamiento o para buscar alguna cosa. Alguna madre llamó a su hijo, que se había alejado. El grupito en el que estaba mi hermano no hizo caso y el juego del «treinta y uno» prosiguió con mayor excitación. Yo me había situado a mitad de camino entre mis padres y los que se besaban.

Desde donde me encontraba podía ver también la escalera que conducía a la salida, donde estaban los fumadores. Llegó un niño con una linterna y un par de ellos apagaron las colillas y volvieron a sus sitios. La luz de la lámpara me inundó la cara y durante un instante ya no vi nada. Después, poco a poco, de la negrura total comenzó a aparecerme la luz azulina de la noche que entraba por la puerta de encima de la escalera. Los primeros escalones de arriba resaltaban claramente, pero a medida que la mirada bajaba, se perdían del todo, inmersos en la oscuridad más completa, y en aquella oscuridad dos puntitos luminosos, como suspendidos en el vacío, se encendían, se debilitaban, se reducían hasta casi desaparecer y de nuevo se elevaban y adquirían intensidad. Eran las luciérnagas de dos cigarrillos: la madre de Sarina y Aldo estaban aún allí fumando, solos y en silencio. Conseguía reconocerlos solo cuando, al acercar el cigarrillo a los labios, el resplandor de la brasa, que se volvía más intenso, reverberaba en la blancura de sus caras. Duraba apenas un instante y, sin embargo, yo estaba seguro de lograr captar incluso el significado de sus miradas.

Inmerso en la oscuridad, me parecía que también mi cuerpo se disolvía en la nada de la penumbra y desde allí tenía la sensación de que podía vivir acontecimientos nuevos hasta entonces solo fantaseados. Las risitas del grupito que estaba jugando a los besos se habían vuelto tan apagadas y misteriosas que ya casi no se advertían. Yo seguía mirando fijamente los dos puntitos luminosos: de repente uno de los dos se precipitó hasta el suelo, donde rebotó con una pequeña explosión de luz y chispas que en seguida se apagaron. También el otro se desplazó rápido por la parte opuesta y después cayó y desapareció del todo. Me esforzaba por adivinar las dos figuras que también estaban allí presentes en la oscuridad, pero no lograba ver lo que, en cambio, mi imaginación conseguía intuir, y entonces me desplacé un poco lateralmente y de pronto me aparecieron cada vez más claras, dibujadas en la pared blanca en la que se posaba el azulito de la noche, las siluetas oscuras de los cuerpos, las facciones de los perfiles que, con ciertos desplazamientos mínimos, se revelaban hasta hacerse reconocer. Ahora estaban próximos, juntados uno a la otra. Al instante me vino a la cabeza la escena en que bailaban abrazados en el patio y también entonces, tan próximos, me parecían con la pose de bailar y entonces, a saber por qué motivo, en lugar de la música del gramófono, creí oír la voz de Aldo que cantaba su canción habitual.

5

Estábamos comiendo todos agrupados en el haz de luz de la lamparita protegida por un paño negro para cumplir la orden de no encender luces. En determinado momento, mi padre dijo que, como las alarmas resultaban cada vez más frecuentes, su empresa, la Edison, se había ofrecido para hospedar en la colonia a los hijos de los empleados que no tenían la posibilidad de marcharse a otro sitio.

«Pero ¡yo puedo ir a casa de la abuela!», me apresuré a intervenir, y mi madre dijo:

«Pero en casa de la abuela ya está la tía con dos niños pequeños. ¿Cómo va a poder dar de comer a todos? Ya no es como antes».

Entonces mi padre, que había intuido mi expresión, concluyó:

«Bueno, ya veremos».

A mi hermano le gustaba mucho escuchar la radio por la noche, pero nuestra madre no quería, porque después, el día siguiente, nos costaba mucho levantarnos, conque la escuchábamos a escondidas, después de que nuestros padres se hubieran ido a la cama. La encendíamos solo cuando veíamos apagarse la luz en el hilo de la puerta de su habitación. Era precioso escuchar la radio de noche en la oscuridad de la alcoba, con la cabeza escondida bajo un tapete (que cubría siempre el aparato) para que, aunque el volumen estaba bajísimo, no se oyera nada al otro lado. Lo más hermoso era mirar el cuadrante de las emisoras con todos los puntitos luminosos junto a los nombres de todas las ciudades. Me parecía tener ante los ojos el mundo entero y bastaba un desplazamiento, aun mínimo, de la aguja para volar de una parte a otra de los continentes.

Hubo una velada en particular que me infundió gran emoción: iban a transmitir fragmentos escogidos cantados por Beniamino Gigli, pero, cuando por fin llegó el momento, yo ya estaba casi dormido. Tuve apenas tiempo de escuchar el comienzo de «E lucean le stelle» y después me sumí en el sueño. Me despertaron, porque una vez más estaba sonando la alarma.

 

 

CUATRO

 

1

No habían terminado aún los sonidos de las sirenas cuando se oyeron los primeros estallidos lejanos: «¡Es la antiaérea!», gritaron desde el patio.

Otras voces dijeron algo, pero no les dio tiempo a acabar, porque algunos retumbos desgarraron la noche. Hubo una breve suspensión en la que todo pareció paralizado y en seguida otra ola de explosiones muy seguidas y aún más estruendosas sacudió las paredes de la casa. Se alzaron gritos. La gente se apresuraba por los corredores y se precipitaba por las escaleras. Estaba todo oscuro y en el cielo grisáceo de niebla se reflejaban llamaradas rojizas.

Y aún no se había disuelto el fragor en el aire cuando otra descarga de bombas nos dejaba aturdidos. En el rellano del último tramo de escaleras vi a la hermanita de Sarina, que lloraba. Una mujer la recogió y se la llevó. El padre de Sarina estaba pegado al borde de la barandilla como paralizado.

En el refugio la gente lloraba, se buscaba, se llamaba. Los retumbos se repetían con la misma cadencia, pero atenuándose. También las voces se hacían cada vez más apagadas, como queriendo conceder al oído la posibilidad de escuchar el peligro que se alejaba, y en aquel vocerío ya débil de lamentos se distinguía cada vez más el lloriqueo de una niña. Debía de ser la hermana de Sarina, seguro. En efecto, iba repitiendo con la cantinela del llanto: «Papá, papá». Entonces alguien encendió una linterna en la oscuridad. El haz de luz buscó a la niña, que, como de costumbre, estaba acurrucada en brazos de su hermanita, y Sarina cerró los ojos, porque le molestaba la luz, pero tal vez también porque no quería ver a nadie. Alguien preguntó: «Pero ¿dónde está tu papá?». Las niñas no respondieron. En cambio, respondió una voz en la oscuridad: «Cuando he pasado, lo he visto parado junto a la barandilla». «¡Habrá salido con la UNPA!», añadió otro, pero se apresuraron a corregirlo: «¡Qué va! ¡Esta noche no estaba de servicio!». «¿Y la mamá?», preguntó, apremiante, otra voz. Alguien intervino desde la parte opuesta: «¿Cómo queréis que lo sepan las niñas?». La linterna se apagó y de nuevo todos quedaron sumidos en la oscuridad. Junto a mí advertí un susurro: «Pero ¿cómo se les ocurre en momentos así dejar en casa solas a dos pobres criaturas?». La ventanita de la salida de seguridad dejaba filtrar un poco de azulito y de allí procedían también los ruidos de fuera. «Podríamos ir a ver dónde está el padre. Ahora ya ha pasado lo peor. ¿Quién viene conmigo?». «Yo voy», respondió una voz masculina y al instante se encendió una linterna que se movió hacia la salida.

Encontraron al papá de Sarina presa de temblores, como si tuviera fiebre. Las manos seguían aferradas al hierro de la barandilla, pero ahora estaba desplomado, como de rodillas. «Pero ¿qué le pasa, señor Guido?», preguntó uno de los hombres. El pobrecillo no respondió. Entonces intentaron levantarlo: el cuerpo parecía un trapo; en cambio, las manos parecían de mármol, de tan apretadas como estaban. Lo levantaron, lo arrastraron hasta su casa y lo tumbaron en un sofá. «Se habrá sentido mal», susurró uno de ellos. Y el otro: «Es que a veces el miedo gasta bromas y te quedas paralizado».

Llegaron gritos de la calle. Pedían socorro. En una calle cercana se había derrumbado una casa y bajo los escombros había quedado gente atrapada en el refugio. Los medios de auxilio estaban ya todos repartidos por otras partes de la ciudad: «¡Dicen que se oyen voces que piden ayuda desde debajo!».

Acudieron muchos, pero encontraron solo algunas palas: los otros trabajaban, de todos modos, con las manos. Estuvieron excavando toda la noche y también el día siguiente hasta que dejaron de oírse las voces.

Después de aquel bombardeo, comenzaron las evacuaciones. Muchas casas quedaron vacías; se dejó lo estrictamente necesario para los que estaban obligados a quedarse. Se veían furgonetas, carros de caballos y también carritos con pedales, todos sobrecargados con cosas que llevar a sitio seguro en alguna parte. También Sarina, junto con su madre y su hermanita, abandonaron su casa. Partieron con el motocarro de la UNPA, después de que hubiera hecho dos o tres viajes cargado de muebles y utensilios.

2

Las escuelas permanecieron cerradas unos días, pero mi madre quería que nosotros hiciéramos, de todos modos, un poco de deberes, porque, aunque hubiese guerra, no estaba bien descuidar las obligaciones propias y rogaba a mi hermano que me ayudara a repasar las lecciones. Una tarde, mientras estábamos con los libros abiertos sobre la mesa, vino un compañero de mi hermano a decirnos que la huéspeda necesitaba ayuda. Mi hermano acudió corriendo y, como de costumbre, llevó consigo el diccionario. «¿Adónde vas?», lo persiguió la voz de mi madre y él, ya fuera de la puerta, contestó: «¡Vuelvo en seguida!». Entonces mi madre me mandó a decirle que primero debía acabar de estudiar. Yo corrí tras él, pero, cuando llegué ante la puerta de la señora Seminari, me tropecé con mi hermano, que salía. Me colocó en las manos el diccionario y dijo: «Llévalo a casa, que yo ahora tengo quehacer». Y volvió adentro. Yo no entendía qué sucedía y me quedé parado en el medio del corredor para ver. Al cabo de poco, salió el compañero de mi hermano con una gran maleta y en seguida, detrás de él, con otro maletón que debía de ser pesadísimo, también mi hermano. Por último, salió la huéspeda, como siempre elegantísima, pero aquella vez llevaba colgadas de los brazos cuatro o cinco bolsitas. Anduvo todo el trecho de corredor con su desenvuelto paso, que hacía un ruido particular por aquellos tacones que solo ella sabía llevar. Antes de entrar en el vano de la escalera, se volvió y dio con los ojos un último adiós a la señora Seminari, parada en la puerta de su casa y con el pañuelo apretado contra la nariz. Cuando la huéspeda desapareció, la señora Seminari dijo a una vecina con medio suspiro: «Era ya como una hija».

Mi hermano y su amigo la acompañaron hasta el tranvía. Aquella vez no había ningún coche esperándola. Por casualidad llegó el viejo trasto que nosotros llamábamos «pata de palo» y, como las maletas eran tan pesadas, el tranviario ayudó a cargarlas. Después subió también ella y se volvió para despedirse tras los cristales, mientras el tranvía se alejaba traqueteando. Por la escalera no se volvió a oler el buen perfume de «huéspeda».

3

Llegó la carta con la fecha de partida para la colonia. Ya estaba decidido: en la colonia estaría seguro y, además, al menos para mí no habría el problema de la comida.

Mi madre se puso a vaciar cajones y a extender toda mi ropa sobre la cama. Me asignó también algo de mi hermano que a él ya no le quedaba bien. Me hizo un jersey con las agujas de hacer punto mezclando lana nueva con otra vieja de un jersey deshecho y una mañana, en el mercado del sábado, me compró un par de zapatos con puntera de hierro: un poco grandes para que me valieran al menos un par de años. Entretanto, yo había visto en un tenderete una gorra con visera que me gustaba mucho. «Ya hemos gastado bastante», dijo mi madre, y concluyó: «La tuya de lana está aún muy bien». En casa me probé la gorra de lana y me miré al espejo.

«Pero, mira», protesté a mi madre. «¡Si parezco un niño!».

«¿Y qué te crees que eres? ¿Un jovencito?».

4

Estaba aún en la cama cuando oí el trasiego en el patio. Llamé a mi madre, pero no respondió, conque me levanté para ir a ver. La puerta de casa estaba abierta. Atravesé la cocina y me asomé al corredor. Con mi madre estaba también mi hermano y todos los de la casa, que se asomaban para mirar al patio.

«¡Vete adentro!», me dijo, seca, mi madre. «¡Y tú también!», mientras empujaba hacia dentro a mi hermano.

Pero igual nos quedamos. Mi hermano me dijo en voz baja:

«¡Se ha muerto el señor Guido!».

«¿El padre de Sarina?».

«Sí».

Llegó una ambulancia y un coche de la comisaría. Delante de la puerta de la casa de Sarina había un grupito de curiosos, a los que alejó la simple presencia de los policías. Trajeron una camilla. Un policía salió, al tiempo que se quitaba un pañuelo de la nariz:

«Tiene toda la apariencia de haber sido accidental», declaró a un colega suyo.

«Había una cazuelita en el hornillo de gas. Al arder, debe de haberse apagado la llama. Ni siquiera se ha dado cuenta».

Después se dirigió a los curiosos del piso:

«¿Quiénes son sus vecinos?».

«Yo», se adelantó una anciana.

«¿No ha oído nada? ¿Algo en particular?».

«No», respondió la mujer. «Desde que evacuaron a su familia, solo volvía a dormir. Era un hombre muy discreto».

Por la puerta salió la camilla con el cuerpo del señor Guido envuelto en una sábana. Hubo un momento de silencio absoluto. Incluso los murmullos se apagaron del todo. Después, cuando la camilla desapareció en la ambulancia, se reanudaron las voces, apagadas: «Una persona tan formal»; «Tan educado: siempre saludaba»; «Dios mío, ¡qué desgracia!»; «¿Quién sabe si ha sido de verdad una desgracia?». Y esta frase dejó a todos callados.

Un grupo de personas de la casa se ofreció a ir al entierro. Hubo una colecta para comprar una corona de flores. Estaban indecisos sobre si llevar o no a los niños, los compañeros y las compañeras de Sarina, pero llegaron a la conclusión de que era mejor llevarlos, para no dar la impresión de que pensaban en algo peor. Aunque los mayores hablaran mediante alusiones, yo entendía perfectamente lo que querían decir.

La ceremonia fúnebre se celebró en la capilla del depósito de cadáveres.

Sobre el ataúd estaba la corona de flores y en la cinta la inscripción: «Sus vecinos». Mientras el sacerdote susurraba sus oraciones, yo miraba a Sarina, que escuchaba con la cabeza baja junto a su madre. La veía de perfil y me pareció de nuevo bellísima, como cuando jugábamos a dama y caballero y me había enamorado de ella. Pensé que, cuando nos hiciéramos un poco mayores, jugaríamos también nosotros a «treinta y uno» y entonces le daría a ella todos mis besos. Pensé en cómo me acercaría a su cara, a su mejilla. ¿O a sus labios? Cerraría los ojos, pero ¿por qué tenía precisamente allí todos aquellos pensamientos? Intenté imaginar qué estaba pasando en aquel momento y entonces me esforcé por concebir un pensamiento absurdo: el de estar yo en su lugar y que aquel fuera el entierro de mi padre. Quería entender qué dolor se podía sentir, pero en seguida dejé de pensar, porque me di cuenta de que era un juego estúpido, algo de lo que avergonzarse.

Fuera estaba el coche fúnebre, en el que cargaron el ataúd y la corona de flores. Una vecina nuestra susurró: «Es una corona preciosa… queda muy bien».

Los adultos se despidieron de la madre de Sarina: las mujeres se besaron acercándose las mejillas. En cambio, Sarina ya había subido al furgón. Yo la miraba tras los cristales, pero ella mantuvo todo el rato los ojos bajos. En aquel momento en que estábamos a punto de separarnos y a saber por cuánto tiempo, me habría gustado darle a entender que seguía gustándome y que habría sido bonito estar separados como dos novios que no dejan de pensar el uno en el otro. También yo partiría de allí dentro de unos días y tendríamos que esperar, seguro, al fin de la guerra para poder volver a vernos.

5

Desde el extremo de la calle llegó un estruendo de cascos. Nosotros, los chicos, fuimos a ver. Pasaba un pelotón de soldados a caballo.

Vi a Pedrini, un compañero de clase, que los seguía por la acera:

«¡Van a la estación! ¡Parten para el frente!».

Los transeúntes se detenían a mirar. Otros se asomaban a las ventanas. Alguien esbozó un saludo, pero los soldados no respondieron. Había un aire de tristeza y parecía que incluso los caballos avanzaban de mala gana.

«¿Has visto? ¡Llevan lanzas!», dije a Pedrini.

Y él contestó:

«Pero, cuando están en la guerra, ¡les dan fusiles!».

«¿Y cómo disparan?».

«¡Como los cowboys!».

A medida que el pelotón avanzaba, la gente se paraba a mirar, pero nadie decía nada. Los rostros de los soldados parecían impasibles: estaban con la mirada fija al frente y no se sabía adónde o qué miraban. Solo una vez uno de ellos se volvió apenas para cambiar una mirada con una mujer joven e intentó sonreír, pero pareció más que nada una expresión de tristeza.

Cruzaron la verja de la estación. Había ya otros caballos y soldados parados, pero también había civiles: tal vez parientes. En una explanada habían colocado una mesa rodeada por la bandera tricolor y unas señoras con sombrero distribuían paquetes a los soldados. En determinado momento, vi, entre aquellas señoras, a mi profesor de gimnasia, también de uniforme. Salió en seguida al encuentro de los recién llegados y, por los gestos que hacía al oficial, comprendí que los invitaba a la mesa tricolor, donde había esta inscripción: «Paquete de regalo para nuestros valerosos soldados».

El oficial no le hizo demasiado caso y también los soldados se ocuparon antes que nada de sus caballos. Entretanto, los que habían llegado primero estaban cargando a los animales en los furgones. Alguno más afortunado había recibido la visita de sus familiares y se ponía a un lado para un momento de intimidad.

Pasó junto a nosotros un ferroviario y Pedrini le preguntó:

«¿Adónde van?».

El otro, sin detenerse, respondió:

«A Albania».

«¿Adonde está la guerra?».

«Pues claro… ¿adónde quieres que vayan?».

Después de un silencio, Pedrini me preguntó:

«Pero entonces, ¿estas vías llegan hasta donde está la guerra?».

Delante de la verja de la entrada se detuvo un taxi. Se apearon una señora y dos niños y la mujer, muy inquieta, mirando en derredor, avanzó hacia los soldados, tirando de los dos chiquillos. En determinado momento, vimos al oficial (hasta un momento antes rígido en su comportamiento) cruzar corriendo, ya sin el menor comedimiento, las vías y, tras llegar junto a los suyos, estrecharlos a los tres en un solo abrazo, tan fuerte, que parecía que no quisiera soltarlos nunca más. Las señoras de los paquetes se quedaron mirando sin saber qué hacer, mientras los soldados seguían con sus tareas como si tal cosa.

Yo dije a Pedrini:

«¿Sabes que voy a marcharme también yo?».

«¿Y adónde vas?», me preguntó, mientras se ponía en marcha.

«Nos mandan a la colonia».

«¿A una colonia de invierno?».

«Como evacuados. Nos manda la empresa en la que trabaja mi padre».

Me moví también yo, pero sin decir nada más, porque me di cuenta de que Pedrini había dejado de escucharme.

6

La última noche antes de la partida, metieron toda mi ropa en una maleta y en una mochila de montañero. Estábamos en torno a la mesa y, a medida que mi madre colocaba algo, mi hermano apuntaba en una hoja de papel y repetía en voz alta todo lo que iba enumerando mi madre. Mi padre estaba aparte leyendo el periódico, pero varias veces, tras levantar la vista hacia él, me di cuenta de que me miraba por encima de las hojas. No quería dar a entender que le disgustaba verme partir.

Más tarde, cuando ya habíamos apagado todas las luces, dije a mi hermano: «¿Oímos la radio?». «Ya es muy tarde», me respondió su voz. «Pero es la última noche». Entonces oí chirriar su cama y después vi en la penumbra su figura dirigirse hacia la radio: la encendió y al instante el cuarto se coloreó con la luz dorada del cuadrante y, como habíamos hecho siempre, nos pusimos los dos con la cabeza bajo la colcha.

«Ya te he dicho que era tarde. Se han acabado las transmisiones», dijo él.

«¿Y no se oye nada más?», continué con insistencia.

Se puso a girar el sintonizador:

«A ver si hay alguna emisora extranjera».

La aguja corría por el cuadrante e interceptaba sonidos extraños, lenguas incompresibles, músicas de otros países.

«¿Dónde estamos ahora?», pregunté.

Mi hermano leyó en el cuadrante:

«Heerlen».

«¿Y dónde es eso?».

«¿Y yo qué sé?».

«¿Vosotros no habéis estudiado todavía Heerlen?».

«En mi vida lo he oído», e hizo una mueca.

Yo seguía fascinado ante todas aquellas ranuritas de luces que indicaban lugares misteriosos.

«¡Makassar!», y llegaba, lejanísima y fluctuante, una música oriental.

«Debe de ser un lugar en el que hay camellos», dije.

«¡Es verdad! Es la música que se oye en el cine cuando se ve el desierto».

«¿Habrá guerra también allí?».

Mi hermano iba desplazando la aguja poco a poco:

«De Estocolmo nos trasladamos a Chernigov».

Se oía un diálogo incomprensible mezclado con carcajadas. Pregunté:

«¿Y nosotros estamos escuchando las mismas cosas que escuchan en esa ciudad?».

«¡Pues claro!».

«Pero ¿en este preciso momento?».

«¿Cómo vamos a saber el tiempo que tarda el sonido en llegar hasta aquí?».

Me quedé un rato en silencio pensando en todas aquellas voces que vagaban por el espacio y que de lejos conseguían introducirse en nuestras casas. Después, con un velo de melancolía, dije:

«Cuando oiga la radio en las colonias, podré pensar que estoy aún aquí».

7

A la estación me acompañaron mi madre y mi hermano. Era un coche reservado para los niños de la «empresa». Vi a otros chicos como yo y también a uno al que conocía.

Dije a los míos:

«Ese de ahí estaba en las colonias del año pasado».

«Coincidirás con otros a los que ya conoces. Estaréis todos juntos y os encontraréis bien, ya lo verás».

Mi hermano añadió:

«Si pudiera, iría yo también».

Yo me daba perfecta cuenta de que lo decía solo para consolarme.

Un encargado de la empresa nos hizo subir al tren, después de habernos apuntado en una hoja. Me despedí de mi madre: me dio un abrazo más largo que las otras veces que había partido. Me dio un beso y yo, en lugar de llorar, como había temido, me asombré al notar que lo que más advertía era un leve olor a polvos de tocador en su mejilla y, cuando el tren se movió y miré a mis familiares por última vez, mientras me hacían señas de despedida y se alejaban cada vez más, me di cuenta de que aquel leve olor a polvos de tocador quedaría unido para siempre al recuerdo de la cara de mi madre.

 

(Continuará…)

 

 

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