Crónicas de un viaje a La India: Cuaderno II

Violeta Balián

 

 

 

CUADERNO II.

Al día siguiente, muy temprano salimos hacia Lucknow en el Austin de Henry.  Dejamos Kanpur por la ruta directa que cruza el Ganges, atravesando un puente diseñado por uno de sus tíos, y entramos así en el corazón de la gran llanura indogangética que se extiende hasta los faldeos del Himalaya y donde los antiguos fundaran varias y consecutivas civilizaciones.

Me alivió dejar Kanpur atrás.  No me entusiasmaba lo que había visto en la vieja ciudad.  Es más, había mucho de oscuro en ella, particularmente en las zonas viejas y comerciales.   Un ejemplo era la casa ancestral de los de Noronha, en The Mall, la arteria más importante de Kanpur.  El día que fuimos a visitar a los primos de Henry nos encontramos con un vecindario conmocionado. Los vecinos, enojados, convocaron a la policía con el objeto de acusar al primo de haber maltratado, con una vara, a un mono que pretendía instalarse en la galería del segundo piso.

—Es que a veces mi primo se olvida de que en este país los monos son sagrados —dijo Henry.

A los vecinos, en su mayoría hindúes, no se les pasó por alto que esa familia era católica, comentó Henry. Seguían vigentes las heridas y los resentimientos que existían desde la época de los ingleses.  Es más, Kanpur llevaba aun la carga de los cruentos hechos históricos, o tal vez, la culpa.   Nadie hablaba de ello.  La familia de Noronha prefería no querer percatarse de que mientras la población musulmana se había reducido como consecuencia de la Partición, la hindú había aumentado.

Observé la arquitectura de la casa ancestral en otros tiempos llamada The Exchange, por las actividades de compra y venta durante las subastas.  En verdad, era única, con arcos intricados, ladrillos esculpidos y, todo pintado de verde.  Cuenta la familia que la diseñó el mayordomo y los artesanos vinieron de Calcuta.  Me pareció un poco extraño, pero como no dieron explicación, no pedí ninguna.  Según ellos, estaba bien hecha; resistió el terremoto de 1920.  Sin embargo, en 2002 sucumbió a la modernidad, en este caso un shopping.

La familia informó que los ingleses partieron poco después de la Segunda Guerra Mundial. Ellos, los anglo-indios los echaban de menos.  Y al contrario de lo que ocurrió en otros sitios más amables a lo largo y ancho de la India, en Kanpur no hubo británicos que eligieran quedarse a vivir allí o “stay on” como se decía en aquella época.  El cantón se llenó de hindúes prósperos, pero de poca clase.  Estos días, miembros del Circuit House.  ¡Intolerable!

El Austin arremetía, con furia por la típica carretera india, transitada por motocicletas, carros a tracción, camellos cargados hasta no dar más y ocasionalmente, elefantes pintarrajeados y enjaezados. A ambos lados, pequeños pueblos rurales matizados por grupitos de aguateras, mujeres en coloridos saris cargando tinajas de barro o lata en la cabeza y caminando siempre a orillas del camino.

Lucknow era diferente.  Lo sabía aun antes de llegar.  No en vano se la denominaba “La ciudad dorada del este” o “la Constantinopla de la India”.  De ella provenían famosos poetas hindúes y musulmanes. Porque ya en la primera mitad del siglo XIX se destacaba por su población culta y por ser el centro de la literatura hindú y urdu.  Lo que era un desafío en otros puntos de la India, en Lucknow se daba con naturalidad, especialmente durante el reinado de Wajid Ali Sha que la ensalzó con palacios, hermosos jardines, poesía, música y una cocina exquisita.  En suma, Lucknow atraía a todo amante de la historia y cultura india. Además, era la ciudad administrativa del estado de Uttar Pradesh.

Volví a mi realidad.  Henry manejaba como un endemoniado y cantaba trozos de Gilbert & Sullivan.  Tenía buena voz. Aunque hubiese insistido en hacer los traslados, no le creí; tenía asuntos que atender.  Además, doscientos kilómetros diarios era mucho pedir.  Y a mí, no me quedaría tiempo para dedicarme a los estudios ni los archivos.

En media hora me presentaría en la oficina de asuntos becarios.

 

Foto:  Universidad de Lucknow, India

 

Muy amablemente, la persona encargada me informó de los detalles generales de mi agenda.  Mi supervisor, el Profesor A. Shankar me recibiría una vez por semana para revisar los trabajos realizados.  Acto seguido,  pedí hablar con la persona encargada de mi alojamiento, traslados, etc.  Al rato se presentó Ashok Vyas a quien le expliqué mi situación, o sea la imposibilidad de estar a diario en el campus residiendo a 95 km de distancia, en Kanpur.   Se disculpó sobremanera.  Según él, se habían visto obligados a enviarme a Kanpur porque en el único departamento disponible, es decir, el que yo debía ocupar se había instalado un estudiante americano, una persona importante.  No podía darme el nombre.  Estaba seguro de que lo conocía, por los medios, por sus padres que eran muy famosos.  Y el joven venía particularmente encomendado por la universidad de Delhi para hacer un programa de estudios especializados.  Se quedaría un semestre.  Vyas rogaba que comprendiera la difícil posición en la que se encontraba la universidad. Ante esta situación ¿qué podía decir?  Si no enconábamos una solución, fracasaría la asignación y el proyecto, expliqué.  En tales circunstancias, me sería imposible dedicarme de lleno a mi objetivo en Lucknow: las investigaciones que debía completar para avanzar mi tesis.  Y al final del período establecido, no tendría material que presentarle a mi consejero en California.  Ése era mi drama. No hizo falta darle más detalles.  Ashok Vyas entendía, pero no encontraba cómo salir del embrollo; se estaba ahogando en un vaso de agua.  Entonces le propuse lo que había estado pensando en el viaje a Lucknow. Me haría cargo personalmente y cada semana, de las tres noches en un hotel de Lucknow, cercano al campus.  Era el único modo de estar físicamente en la ciudad para participar de las reuniones con mis tutores, hacer uso de la biblioteca y demás.  La universidad podía continuar con los traslados que se reducirían a dos, ida y vuelta, por semana.  Los días restantes estaría en Kanpur, en casa de la familia de Noronha con la que ellos ya habían hecho arreglos para mi alojamiento. Muy buena idea, dijo Vyas.  Salió por unos momentos y regresó con un programa para la semana en curso.  El Profesor Shankar, Jefe del Departamento de Historia, me recibiría el miércoles por la mañana.  Por la tarde, un intérprete y un par de estudiantes me acompañarían a la Biblioteca para el proceso de registro y acceso a los documentos.   El jueves, se sugería que asistiera a algunas conferencias o actividades artísticas.  El viernes, después del mediodía, regresaría a Kanpur.

Afuera esperaba Henry, estacionado junto al hermoso parque del campus.

—Es hora de almorzar —dijo.  Fuimos al Clark´s Hotel, el mismo que me había recomendado Ashok Vyas.  Durante la comida, que me pareció riquísima, le informé a Henry de los cambios que había conseguido con la oficina de Asuntos Becarios.  Le pareció bien.  No tengo dudas de que se sintió aliviado, pero no lo dio a entrever.

Dimos una vuelta por la ciudad y cuando ya comenzábamos el camino de regreso a Kanpur pasamos por la famosa Residencia Británica donde se refugiaron unos 3,000 británicos durante la rebelión de 1857.  Triste edificio, lleno de orificios de bala.  Seguimos nuestro camino hacia la ruta.

 

Foto:  Restos de la Residencia Británica, Lucknow

 

El viaje de regreso se retrasó por el tránsito en la carretera.  Y Henry se quejaba.  El auto tenía problemas. Debía llevarlo al mecánico lo antes posible.  De pronto, comenzó a contarme de su vida en Londres.  ¡Cuánto extrañaba esa ciudad!  Había sido muy feliz allá, estudiando tiempo completo.  Claro que nunca dijo qué estudiaba.   Le gustaba la cultura inglesa, odiaba estar en Kanpur.  Y su vida era una desgracia, agregó antes de entonar otra canción de Los piratas de Penzance.

—¿Te gustan las óperas de Gilbert & Sullivan?

—Sí, son muy simpáticas y alegres, pero prefiero la ópera tradicional, la italiana o la alemana.

—Ah…porque te gusta la música clásica.  Mira, me gustaría que conocieses a estos amigos míos, el Dr. Gupta y su esposa Margaret.  Ella es inglesa.  Tienen un piano y los sábados por la noche invitan gente a cenar y pasarla bien.

Llegamos al bungaló y nos encontramos con que Bidi había preparado una cena ligera.  Enhorabuena, Mary se sentía mucho mejor.  Después de comer, ella mencionó la visita al orfanato.  No me olvidé, dije.  ¿Qué tal el próximo sábado?  Mary sonrió tímidamente, pero cambió de expresión tan pronto apareció su aya, pálida y desdentada para llevársela a su habitación.

—¿Sabes, Henry? No es de mi incumbencia, pero el aya no tiene buen semblante —comenté.

El miércoles por la mañana, en Lucknow, tuve mi primera reunión con el profesor Shankar.  Había anticipado que esta primera visita podía resultar en una suerte de examen, así que llevé conmigo todos los papeles y trabajos que había hecho en California.  Shankar resultó ser un hombre pequeño, de tez y anteojos oscuros. El hombre, con mucha tranquilidad fue hojeando el material y leyó algunas porciones.

—Muy satisfactorio.  Un buen trabajo.  Ahora ¿cuáles cree usted que fueron las causas del alzamiento de 1857?

—En mi opinión, Profesor, y la más temprana fue la interferencia política que representó la “doctrina del lapso”, o sea las reglas de sucesión que introdujo Lord Dalhousie como política de anexión y una suma proto -imperialista en beneficio de la Compañía Británica de las Indias Orientales.  Al crear esta política, que de paso fue un invento de Dalhousie, los británicos encontraron un medio eficaz de aumentar los territorios que ya estaban bajo el control directo británico. Cabe destacar que tampoco permitían que el príncipe o terrateniente sin herederos, legase sus territorios a un tercero, ajeno a su familia.  En el caso de Wajid Ali Sha, era su estilo de vida lo que ofendía a los británicos.  La Doctrina de Lapso incluía una cláusula que les permitía, a los británicos, anexar tal o cual territorio en el caso de que el futuro rey o gobernante demostrara incapacidad para el cargo. Fue así como en 1856 el estado de Awadh/Oudh fue añadido a la regencia de la Compañía, y Wajid Ali Sha se quedó sin trono y fue exiliado cerca de Calcuta.

El profesor asintió.

—Con su permiso, Profesor, me gustaría, como parte de estos estudios, incursionar en la vida de la Begum, su esposa principal.  Hazrat Mahal no acompañó al rey al exilio, sino que consiguió unir a los rebeldes y atacar a los británicos.

—Sí, por supuesto. La Begum forma parte de ese grupo de mujeres que tomaron las armas.  Entre ellas, mujeres de origen africano en la corte de Wajid Ali Sha. La misma Begum tenía sangre africana. Y se dice que Wajid Ali Sha tenía predilección por las mujeres de piel oscura.  Se destacan también la Rani Lakshnibai de Jhansi y la cortesana Azizun Bai, de Kanpur.  En la biblioteca encontrará material informativo, pero me temo que es escaso; hasta hace muy pocos años, todo lo que teníamos a mano eran obras de historiadores británicos y como es de esperar, su mirada ha sido parcial.  Sin embargo, la “otra” cara de la historia de este país perdura en la tradición oral, y en documentos importantes.  Es hora de que las cosas cambien.  ¿No cree?

A horas del mediodía, dejé la oficina del profesor Shankar y me dirigí a la biblioteca para hacer los trámites de acceso a las fuentes.  Me acompañaba Malik, un intérprete y uno de los estudiantes familiarizado con el período que me concernía. Encontré un par de testimonios que arrojaban cierta luz en torno a las razones, en su mayoría cuestionables e ilegítimas, que impulsaron a la Compañía a anexarse el reino de Awadh/Oudh.  Más  precisamente, para ellos, el heredero era incompetente.  No podían descartar el hecho de que Wajid Ali Sha tenía hijos, sin embargo, las andanzas matrimoniales (tuvo 365 esposas) y las adúlteras de Wajid Ali Sha le añadían una faceta más que interesante al hombre que la Compañía de las Indias Orientales ya había descartado como sucesor al trono.  El territorio de Awadh/Oudh era la joya de la corona y Wajid Ali Sha, un depravado.  Pero, a pesar de varios y previos esfuerzos por desplazarlo, el heredero subió al trono en 1847.  Aun así, John Shakespear, un burócrata de la Compañía no cesaba de quejarse:

“El carácter del heredero no promete nada bueno.  Según todos los testigos, su temperamento es caprichoso y variable.  Pasa días y noches en los apartamentos de las mujeres y da la impresión de que se ha resignado a una vida de libertinaje, disipación y bajeza”.

 

Foto   Nabob Wajid Ali Sha en el harén

 

Pasarme tres noches a la semana en Lucknow, daba resultados.  No sólo utilizaba mi tiempo al máximo, mi investigación avanzaba rápidamente.  No lo puedo negar, disfrutaba mucho de mi nuevo entorno y, de la interacción con miembros de la facultad y compañeros de estudios.   En varias ocasiones asistí a conciertos, a presentaciones de danzas tradicionales, a comidas en grupo, y reuniones literarias.

 

Foto: La Begum, Hazrat Mahal

 

El 10 de mayo de 1857, los cipayos of Meerut se alzaron contra la Compañía Británica de las Indias Orientales.  Bajo la bandera del rey Bahadur Sha III, emperador mughal que residía en Delhi, muchos querellantes se unieron a esas fuerzas: reyes, nobles, terratenientes, campesino, tribus y gente común.

Muchas mujeres dejaron sus hogares para unirse a las tropas que avanzaban bajo el estandarte del rey mughal.  Pero, como es habitual, los historiadores tienden a ignorar y hasta olvidar por completo, el rol que tuvieron esas mujeres.  Por ejemplo, la Begum Hazrat Mahal, esposa del depuesto Nabob Wajid Ali Shah, quien se enfrentó al poderío de la Compañía de las Indias Orientales.  Su resistencia y la de sus tropas es legendaria.  Fue la líder que más duró.  Cuando consiguió una victoria espectacular en la batalla de Chinhat, la Begum coronó a Birjis Qadar, su hijo de once años, como gobernante de Awadh/Oudh bajo el protectorado mughal.  Mientras tanto, los británicos se refugiaron en la Residencia de Lucknow y a partir de ese momento se desencadenaron una serie de eventos, conocidos como el “Sitio de Lucknow”.

William Howard Russell, en su Mi Diario del Motín Indio, escribe:

“La Begum despliega gran energía y habilidad.  Ha conseguido alborotar a toda la región de Oudh/Awadh a que se unan y peleen por los intereses de su hijo a quien los jefes ya le han jurado lealtad.  La Begum nos declara ahora una guerra feroz”.

De los británicos, Hazrat Mahal recibió tres ofertas para lograr una tregua, inclusive la de reintegrar los dominios de su marido, pero bajo un protectorado británico.  Para la Begum era todo o nada.  Sus batallas fueron las más largas y cruentas de la Primera Guerra de la Independencia india y se pelearon en Lucknow.  Como regente, Hazrat Mahal gobernó por diez meses y en 1857 lideró el ejército más numeroso en la lucha contra los británicos.  Los zamindar (nobles hereditarios) como también los campesinos que se rehusaban a pagar los impuestos que demandaban los británicos, voluntariamente, se unieron a las fuerzas de la Begum.  Su marido, Wajid Ali Shah, anticipó la valentía y espíritu guerrero de su mujer.  En 1856 y en el mismo día que partió al exilio se expresó así:

“En la mañana, la calamidad ha descendido sobre nuestras casas y mis bazares, saqueados, pero tú, Hazrat Mahalb, tú eres mi única fuente de solaz, oh consuelo de los pobres, Hazrat Mahal”.

La Begum Hazrat Mahal peleó todo lo que pudo.  Vencida, se asiló en Nepal donde murió en 1879.  Y es a ella que se le atribuyen estas líneas:

“Y escribirán así en mi lápida,

Desafortunada ella a quien hasta los cielos oprimieron”.

 

Foto:   Orfanato de la Madre Teresa (Kanpur)

 

El sábado por la mañana, Henry nos llevó a Mary y a mí al Orfanato de Kanpur, administrado por la Fundación Madre Teresa.  Nos invitaron a visitar las habitaciones donde estaban los niños de varias edades, incluyendo bebés.  A aquellos que ya caminaban, los contenían en corralitos, uno al lado del otro.  A veces, dos o tres niños en un corral. Un tema de espacio, pensé.  Se veían bien cuidados y limpios.  Las monjas enfatizaron que había niños de todas las religiones o castas.  Recibían a todos.  Algunos sonreían o trataban de hablar y tocar a los visitantes. Otros gritaban a todo pulmón.  Lo que allí vi eran niños llenos de vida, sufridos y hermosos.  Verlos en esos corrales, amontonados, me partía el corazón.  Mary, diligente, me mostró sus favoritos, o los que ella cuidaba cuando estaba a cargo, que no era muy seguido.

Las monjas, discretamente, me hablaron de una donación que naturalmente, dejé.  No sabían ellas que, si hubiese seguido mis impulsos, lo hubiera dejado todo, estudios, mi vida en California y demás, para quedarme a trabajar allí.  Ansiaba cuidar de esos niños. Un deseo que era más fuerte que yo.  Con franqueza, la Superiora habló de las dificultades con las que tenían que lidiar.  En primer lugar, el infanticidio de las niñas.  Yo creía que la práctica era ilegal, pero si bien la ley existía, el infanticidio continuaba.  Y la situación empeoraba. El orfanato de la Madre Teresa era la última opción para las madres desesperadas que trataban de salvar la vida de sus hijas. De lo contrario, terminaban arrojadas en una zanja.

Esa noche nos presentamos en la casa del Dr. Gupta y su esposa, Margaret.   Margaret era inglesa, y no había transcurrido mucho tiempo desde la guerra de las Malvinas.   Como respuesta, ella se rio a carcajadas.  La política no tenía lugar en su vida. Y, en su casa, los argentinos eran bien recibidos. Simpatizamos y charlamos de todo, principalmente de sus experiencias como mujer de médico en la India.  Confesó que le costó adaptarse, pero ya se consideraba una nativa.  Mencioné la visita al orfanato en compañía de Mary y Henry.

Por un momento, Margaret calló.  Retomó la conversación y me habló de las campanitas.  Al amanecer, las monjitas oían una campanita.  Y, como todas las mañanas, abrían la puerta sabiendo muy bien qué habría una cuna con un bebé que se movía y, al hacerlo, sonaba la campanita.  Era la señal que dejaba alguien cuando abandonaba un bebé al cuidado de las hermanas, y siempre sin una nota, sin un registro.  Bebés tan anónimos como sus madres o familia.  Confiaban en que el bebé sería acogido y cuidado. Una vez dentro del orfanato, el niño pasaba al cuidado de un médico, se le daba un nombre y se lo criaba el tiempo necesario, unos cuatro años más o menos antes de trasladarlo a otro orfanato en la India.

 

Foto:  Dyvia, de cuatro años, abandonada en un camino por sus padres (Tunuku,  India)

 

La cena en casa de los Gupta fue excepcional; la cocina se preparó al aire libre, a la vista de todos.  Había otros invitados, locales y extranjeros.  Creo que todos disfrutamos de la experiencia.  Más tarde, entra a mos a la sala de la casona con el piano de cola. Margaret insistió con que tocara algo y ese algo fue un poco de Lizst y un poco de Chopin.  Gustó, pero tuve la impresión de que la audiencia hubiese preferido algo de Gilbert & Sullivan.  El Mikado, tal vez.

En un aparte, Margaret  me preguntó cómo iban las cosas en el bungaló. ¿Estaba cómoda?  La gente de la comunidad, que conocía a los hermanos, se extrañaba de que hubiesen tomado huéspedes. Expliqué las circunstancias y el arreglo que tenía con Lucknow, es decir que no pasaba todo el tiempo en Kanpur y que en enero regresaba a California.

—Mary está muy enferma —afirmó.

—¿Qué tiene?

—Esquizofrenia.  Incurable.  La madre tenía lo mismo; una predisposición genética. También un atraso mental, pero no muy serio. No quiero inmiscuirme, pero te aconsejo que limites tus contactos con ella.  Se pone sicótica de cualquier cosa y podría resultarte muy desagradable.

—Gracias. Lo tendré en cuenta.  En verdad que lo siento por Henry.  Debe ser terrible.  Nada extraño que haya vuelto de Inglaterra a hacerse cargo —dije.

—Sí, es verdad. El problema es que él sufre de lo mismo —señaló Margaret.

 

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