NÉCORA

Hiromi Kawakami

 

 

 

Empiezo con la a. Con la a, «arenque». Con la e, «emperador». Con la r, «rape». Con la e, «esturión». Llego mentalmente al final de la cadena y me quedo atascada. No se me ocurre ninguna criatura marina cuyo nombre empiece por n.

—Ene…, ene… —murmuro.

—¿Qué te pasa? —me pregunta Yuki, que se sienta enfrente de mí.

—Nada —le aseguro—. ¿Salimos a almorzar? —propongo a continuación.

Ella asiente y empieza a teclear en su ordenador el doble de rápido que hasta ahora. Unos tres minutos más tarde, aparta las manos del teclado con un gesto elegante.

Yuki tiene treinta y cuatro años, uno menos que yo. Me llama Ayu-chan.

—Parecéis dos colegialas —me dijo una vez el señor Kuroda, el jefe del departamento comercial. Cuando hay gente delante no nos llamamos Yuki-chan y Ayu-chan, sino «señorita Kasaya» y «señorita Sakuma».

El señor Kuroda y yo mantenemos una especie de relación amorosa, por eso sabe cómo nos llamamos entre nosotras.

—Este pañuelo me lo dio Yuki-chan. Me gusta tanto que siempre lo utilizo, y de tanto lavarlo está casi transparente. Aun así, sigue siendo mi preferido —le expliqué un día al señor Kuroda mientras le limpiaba las gafas con el pañuelo. Entonces fue cuando me dijo lo de «parecéis dos colegialas», y se echó a reír.

A veces, cuando salgo de copas con el señor Kuroda o cuando nos acostamos juntos, le llamo «jefe». Al principio él me miraba con extrañeza, pero enseguida admitió que le excitaba bastante. El señor Kuroda está casado, así que no puedo llamarle por su nombre de pila, Osamu. Pasaría mucha vergüenza si se me escapara cuando he bebido más de la cuenta o en un momento de debilidad.

—¿Te ha pasado algo interesante últimamente? —me pregunta Yuki mientras coge una cucharada de arroz.

—Pues mira, descubrí una lavandería enfrente de la estación cuya dueña es una anciana muy pequeñita —respondo.

—¿Tan pequeña como un gato o un chihuahua?

—No tanto, más bien como una oveja.

—Entonces no es tan pequeña.

Yuki empezó a trabajar en la empresa hace tres años, cuando ya tenía cierta experiencia profesional. Antes estaba en una editorial relacionada con la música. Yo, en cambio, siempre he trabajado aquí. Cuando llevaba un año en la empresa, me destinaron a mi puesto actual como redactora de la revista de comunicación interna. Yuki y yo enseguida congeniamos. Un par de veces al mes, salimos juntas de copas. A la hora del almuerzo hablamos de ancianas pequeñitas o de criaturas marinas con nombres que empiezan por n, pero cuando salimos de copas hablamos de nuestras respectivas vidas amorosas.

Yuki casi siempre tiene novio. Ahora sale con un barbudo. Antes salía con uno que tocaba el banjo (aunque en realidad era oficinista). El anterior tocaba la guitarra (y era guitarrista profesional). Y antes había estado con un chino.

—A mí me gusta jugar a las palabras encadenadas, pero a ti lo que te gusta son los novios encadenados —le dije un día en broma.

El casero del chino era el guitarrista. En un concierto del guitarrista, Yuki se sentó al lado del oficinista que tocaba el banjo, y el barbudo era el primo del oficinista.

—No es lo mismo —protestó ella, riendo.

Yo, en cambio, casi nunca tengo novio, pero los que tengo me duran mucho tiempo. Con el señor Kuroda ya llevo seis años. Antes estuve nueve años con mi novio de la universidad, pero acabé rompiendo con él.

—¿No te dio mucha pena después de nueve años? —me preguntó Yuki.

La verdad es que no me dio pena, sino sueño. Dormía hasta la saciedad. Llegaba a casa, cenaba, me daba un baño y me metía en la cama enseguida. A veces incluso me acostaba sin haberme bañado. Los días que llegaba a casa temprano, dormía más de diez horas.

—Te lo tomas todo tan en serio que el amor también te agota físicamente —reflexionó Yuki, pensativa—. Estuviste nueve años acumulando cansancio. Ahora estás con un hombre que tiene mujer e hijos y apenas tenéis tiempo para quedar, por eso no te cansas.

Asentí al oír sus palabras, en parte de consuelo y en parte de ánimo.

—¿Por qué habrá que gastar tanta energía para que el amor funcione? —suspiré.

Yuki se echó a reír.

—Por eso yo cambio de novio tan a menudo, antes de que el amor se eche a perder. Porque no me esfuerzo lo suficiente.

Después de comer, volvemos al trabajo enseguida. Tanto Yuki como yo somos muy eficientes, modestia aparte. El editor jefe es un hombre. Yuki es la subeditora y, por debajo de ella, estamos yo y dos chicas más. Ambas tienen unos veinte años y son relativamente tranquilas, por no decir que les falta iniciativa. Se limitan a hacer todo lo que les mandan.

Tengo que ir al departamento comercial a recoger un material que me han pedido. A estas horas, el señor Kuroda no suele estar en la oficina. Casi nunca nos encontramos en el edificio, y la verdad es que últimamente cada vez nos vemos menos fuera del trabajo. «Quizá haya llegado el momento de dejarlo», pienso mientras recorro el pasillo. La última vez me pasó lo mismo: mi espíritu caballeresco me obligó a romper antes de que me dejaran. Quiero ser yo quien rompa. Normalmente, cuando una relación se acaba es porque ambos tienen ganas de romper. Así pues, aunque el que toma la iniciativa suele quedar como el «malo», en realidad es el «bueno». Al menos ésta es mi teoría. Yuki no está de acuerdo.

—Cuando abordas el asunto de la ruptura, siempre tienes la sensación de ser el gusano más grande y viscoso del mundo.

—Qué ejemplo más raro —contesté riendo, y Yuki apretó los labios.

—No lo he dicho por ti, Ayu-chan.

«Qué sueño tengo —pienso mientras abro la puerta del departamento comercial—. Será la primavera». Es un sueño distinto al que me invadió cuando rompí con mi novio de la universidad hace seis años. Entonces no era un sueño muy profundo, más bien parecía un envoltorio superficial alrededor del cuerpo.

Contra todo pronóstico, encuentro al señor Kuroda en el departamento comercial. Lo saludo lacónicamente. Él me responde asintiendo con la cabeza. Tiene la americana colgada del respaldo de la silla. Se ha desabrochado los puños de la camisa, que lleva arremangada con dos vueltas. Es un hombre caluroso. Intento evocar sus genitales, pero no lo consigo. No es que los haya olvidado, es que sólo puedo pensar en el señor Kuroda de forma irreal y lejana, como si lo estuviera observando a través de un telescopio al revés. Siempre me pasa lo mismo cuando estamos en la oficina, desde que empezamos nuestra relación amorosa (o lo que sea que tengamos).

—Jefe, ¿se le ocurre algún nombre de criatura marina que empiece por n? —le pregunto.

El señor Kuroda se echa a reír.

—Ni idea. Qué cosas más raras dice, señorita Sakuma.

El chico que se sienta a su lado también ríe.

—Qué bien se lo pasan en el departamento de relaciones públicas, ¡qué trabajo más relajante!

—Ojalá pudiera relajarme… Ya estoy haciendo horas extras —digo ladeando la cabeza, y el chico vuelve a reír.

El jefe también. Siempre pienso que los oficinistas ríen muy a menudo. Estoy segura de que ahora mismo en Japón hay decenas de miles de oficinistas riendo a la vez. Con discreción. Pero amablemente.

Me despido y salgo del departamento comercial.

Por la noche, por primera vez desde hace tiempo, salgo a tomar algo con Yuki.

—Es posible que rompa con él —digo.

—Bien hecho, Ayu-chan —responde.

—Aunque también es posible que no —añado a continuación.

—Pues también haces bien —dice Yuki de nuevo.

—¿Tú no vas a casarte? —le pregunto.

Ella se queda pensativa durante un rato. Hace tintinear el hielo moviendo el vaso.

—Casarme me parece triste —dice por fin en voz baja—. Ah, por cierto, se me ha ocurrido un nombre de criatura marina que empieza por n —añade después de vaciar de un trago el whisky que le quedaba en el vaso.

—¿Cuál? —pregunto impaciente.

—Nécora —anuncia Yuki orgullosa de sí misma.

—¡Es verdad, nécora! No había caído —lamento, inclinando la cabeza hacia atrás.

Yuki se echa a reír. Su carcajada suena un poco maliciosa.

«Nécora. Con la a, “abadejo”. Con la o, “orcas”. Con la s, “señor Kuroda”. Un momento, esto no es ninguna criatura marina». Mientras pienso, balanceo el cuerpo hacia delante y hacia atrás.

—Estoy borracha —digo, y Yuki me da unas palmaditas en las mejillas.

—¿Vamos a otro sitio, Ayu-chan?

Yuki se levanta.

—Sí, vamos —accedo, y yo también me levanto.

Ella vuelve a reír. Como estoy borracha, no sé de qué se ríe. «Me gusta su risa maliciosa», pienso sin darme cuenta. Arrastrando un poco los pies, Yuki y yo salimos tambaleándonos a la noche primaveral.

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