Maldición poeta

Miguel Rubio Artiaga

 

 

El poeta quería un escudo
contra sus propios versos.
Contaban demasiado de él.
Transmitían su rabia.
Lloraban su dolor.
Rompían su cerco de silencio,
grietas en la creada muralla.
Su tristeza escapaba por unas,
el amor las agrandaba,
el abandono las hacía temblar,
en su soledad, como un rayo estelar,
las conocía hasta la Luna.
La Poesía lo había encadenado.
Eslabones de fierro verso,
grilletes de forjada rima.
Puertas de la estrofa más noble y dura.
El poeta se sentía preso
de una amante celosa,
un reo a trabajos forzados,
a declamar a las piedras
siempre poemas nuevos,
que no le deja descansar, nunca.
El poeta quería ser hombre libre
que cesara el incendio de su cabeza.
Dejar de escribir
como un drogadicto poseso
hasta el insoportable cansancio.
Porque acostarte en los brazos
de la última estrofa
y levantarte con la misma cambiada
es poetizar hasta en sueños.
Ser soñando un auténtico verso.
Un vate que nunca descansa
dentro de un hombre dormido.
La Poesía es un ama implacable,
que colecciona esculturas
de hombres sentados
ante un papel blanco
de mujeres con la misma postura.
Quizá, sea esa la única manera,
la bella maldición,
la aterciopelada condena
para llegar a ser un auténtico poeta.

 

 

 

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