Crónicas de un viaje a la India: Cuaderno I

Violeta Balián

 

 

CUADERNO I.

 Mi aventura personal y académica comenzó en California, a mediados de 1984, cuando mi consejero en la Universidad de X, me entregó la carta procedente de la Universidad de Lucknow, en India, notificándome que se me había otorgado una beca para pasar un período de tres meses en su campus universitario. El objetivo de esta asignación consistía en documentar in situ ciertos aspectos de la vida de Wajid Ali Sha, rey músico y poeta, más conocido como el Nabob del reino de Awad, hoy Lucknow, y avanzar mi tesis sobre su reinado y los eventos que tuvieron lugar en esa región durante el alzamiento de los cipayos, en 1857.

 

Foto:  Wajid Ala Sha. Nabob de Awad (1847-1856)

 

Afortunadamente, conté con varias semanas para organizar el viaje. El día de mi partida, me aseguré de continuar con la costumbre adquirida en viajes anteriores, la de llevar conmigo un libro-talismán. Mi biblioteca personal ofrecía varias opciones. Entre ellas, autores como Salgari, Forster, M.M. Kaye y Paul Scott pero elegí a Kim de la India, un favorito de infancia. En cierta medida, porque deseaba emular el peregrinaje que Kim y el lama comenzaron en Lahore. Con Kim en el bolso de mano, viajé convencida de que no podía pedir mejor acompañante que el astuto y habilidoso personaje de Rudyard Kipling. No me equivoqué.

 

Foto: Kim de Rudyard Kipling

 

Así y todo, camino al aeropuerto de San Francisco, me perseguía una inquietud. Hacía una semana que el profesor Lowell me había alertado de una comunicación que acababa de llegar de Lucknow y del departamento de Historia.  Nada de qué preocuparse.  Un cambio de planes. En lugar de residir en el campus universitario, como se había estipulado, debía alojarme en la ciudad de Kanpur, a 95 km de distancia, y el río Ganges de por medio. ¿Dónde? En la residencia de los hermanos Mary y Henry de Noronha, miembros de una prestigiosa y católica familia anglo-india de la ciudad.

Traté de ocultar mi decepción.  Pero como bien decía un viajero anónimo y sabio: “La mayor parte de las desilusiones de nuestras vidas se gestan en nuestros propios sueños”. Muy cierto. Por años, había albergado la idea de viajar algún día a la India milenaria y misteriosa, abundante en tigres, elefantes y camellos más templos, tumbas, minaretes, cúpulas y toda suerte de monumentos arquitectónicos.  De Lucknow, sabía que los tenía, y en cantidad.  La ciudad excedía en historia.  De Kanpur, bueno, la verdad es que lo ignoraba todo acerca de esa localidad.

Conversé con mi consejero y le comenté que Kipling se refería a la comunidad anglo-india como “euro-asiáticos”. Lowell hizo caso omiso de esa afirmación.  Por el contrario, su respuesta fue firme. En su opinión, dadas las circunstancias, no me vendría nada mal residir en Kanpur.  Es más, me abriría las puertas a una investigación paralela.  Una vieja ciudad, a orillas del Ganges, fundada en 1207, sede de una importante guarnición británica durante el siglo XIX y con un importante protagonismo durante el evento central a mi tesis.  La Masacre de Ghat. ¿Había oído de la misma?, preguntó. No, respondí.  Hay más, señaló Lowell.  Durante el conflicto, Manuel Xavier de Noronha, un antepasado de mis anfitriones se destacó por su militarismo y heroísmo al salvar centenares de vidas inocentes.

En cuanto a Lucknow, prosiguió Lowell, la oficina de servicios becarios de la universidad informaba que se habían tomado recaudos para que su representante, el señor S. K. Chaudhary y su esposa, me recibieran en el aeropuerto de Delhi y me trasladaran al hostal del YMCA.  Debía, inmediatamente transmitirles los detalles de mi arribo en Delhi. El matrimonio Chaudhary me acompañaría también en unas visitas por la ciudad y, naturalmente, viajarían conmigo hasta Kanpur.

—No me lo tome a mal, señorita, pero India es un país difícil, tenga cuidado —me advirtió el pasajero japonés con quien compartí asientos y conversación durante el vuelo de Bangkok a Delhi.  Le agradecí el consejo sospechando que podía tener razón.

Llegué a Delhi en las primeras horas de una madrugada invernal. Esperaba un aeropuerto vacío, pero no, detrás de unas barreras aguardaban centenares de rostros hindúes, las cabezas y medio cuerpo cubiertos con algo parecido a un poncho argentino pero confeccionado de una burda frazada gris.  Alguien en nuestro grupo de pasajeros comentó que la escena era habitual.  Ansiosa y también curiosa, esta gente esperaba, las veinticuatro horas del día, el arribo de los aviones. No importaba que los pasajeros fueran perfectos desconocidos; bastaba con que vinieran del extranjero y formaran parte de esos mundos a los que ellos no podían acceder.

S.K. Chaudhary no estaba en el aeropuerto.  Me senté a esperar.  Apareció una hora más tarde, me llevó a Delhi y me depositó, sana y salva en el hostal del YMCA.  Aunque ya no quedaba mucho de la noche, me propuse dormir un poco.  No fue fácil.  Escuchaba un lejano e incesante tamborileo.  Entonces imaginé que acompañaba a un grupo de hombres vestidos en túnicas blancas, cumpliendo un ritual, una danza exigida y frenética alrededor de una fogata. Mientras trataba de dormirme los fui contando como a ovejitas hasta que me despertó el bullicio interno del hostal anunciando mi primer día en a India, o mi entrada a un territorio desconocido.

Durante el desayuno en un enorme y bullicioso comedor, conversé con varias personas que estaban de paso por Delhi.  Elusiva, respondí a las preguntas de rigor: ¿Qué le parece la India? ¿Es su primer viaje? ¿Por cuánto tiempo permanecerá? Tiene mucho que conocer, se lo aseguro. ¿Viaja sola? Es un país enorme, un continente, en realidad.  ¡No deje de visitar el Taj Mahal!  Todos ellos, bien intencionados, y mayormente jóvenes europeos o americanos de paso por Delhi, en camino a un ashram o las paradisíacas playas de Goa.  No me esforcé en darles explicaciones ni informarles que, en realidad, estaba a punto de comenzar un viaje de privilegio, que una universidad importante se hacía cargo de mí y mi agenda de trabajo. Que tan pronto compareciera ante su Consejo Académico me ajustaría a un programa de estudio, consultas e investigaciones interdisciplinarias supervisadas por varios miembros de su facultad.ser

Pasé tres días en Delhi, en compañía de los Chaudhary, explorando la ciudad vieja y algunas de sus importantes mezquitas.  Bullicio, tránsito, colores y olores. También palacios, jardines y varios recorridos por el laberinto de bazares, que resultaron tal cual los describió Kipling, “cálidos y animados…las muchedumbres, apiñadas, con tipos de todas las razas del norte de la India”.

Sin apartarnos del programa, el matrimonio Chaudhary y yo, tomamos el tren a Kanpur.  Un viaje largo, ocho horas como mínimo. Para mí, desconcertante por no decir desagradable. Por alguna razón, que por cierto ignoraba, el matrimonio no me dirigía palabra.  ¿Los había ofendido sin darme cuenta?  La señora no hablaba inglés, pero, ocasionalmente, sonreía.  Y, ¿Chaudhary? ¿Se volvió mudo? ¿Acaso no era responsable por mi bienestar y mi seguridad?  Daba la impresión de haber descargado sus obligaciones en el preciso momento que subíamos al tren.  Cuando me miraba, lo que no era frecuente, lo hacía con sus ojos fríos, detrás de sus anteojos de marcos oscuros.  Apenas acomodó su equipaje, escogió un asiento, y se acomodó.  Abrió un libro, se puso a leer y al rato se podía oírlo roncar.  Sospeché que era un tema cultural.  No había coche comedor.  ¡Menos mal que tuve la buena idea de comprarme unas bebidas y sándwiches en el hostal! Durante el viaje, fueron sacando de sus bultos unas cajas de lata con lo que olía a platos típicos y en ningún momento me ofrecieron bocado. Su actitud no me sorprendió.  Cuando paseábamos por Delhi, no aportaron nada.  Fui yo quien los invitaba a almorzar.

Las ventanillas del tren, casi todas con los vidrios rotos, se encargaron de mostrarme auténticas escenas de la vida del país; los campos, las aldeas, los hacinamientos humanos, la pobreza en general.  Periódicamente, el tren se detenía por tiempo indeterminado.  Y era entonces posible observar de cerca a algunos asentamientos próximos a las vías.  Especialmente a grupos de niños, semi desnudos, muy ocupados en amasar tortitas de estiércol, regalo de los dioses sus vacas blancas y sagradas, además de ser el único combustible para sus hogares.

Lo que observaba me emocionaba o me entristecía.  Necesitaba respuestas a mis preguntas.  ¿Qué era lo que veía? Ahora que me internaba en la India profunda y esperaba vivir en ella por tres meses, ¿qué tipo de brecha debía cerrarse con el mundo que veía, kilómetro tras kilómetro, al paso del tren?

Tomé mi copia de Kim, buscando sustento y orientación.  Y, hojeando, al azar, encontré un párrafo que había marcado anteriormente:

«…con un chasquido prácticamente audible, sintió que las ruedas de su ser volvían a engranarse con el mundo exterior.  Las cosas que, un segundo antes, habían pasado sin sentido por el globo ocular adquirieron las proporciones adecuadas.  Los caminos servían para andarlos, las casas para habitarlas, el ganado para pastorearlo, los campos para cultivarlos, y los hombres y las mujeres para conversar con ellos.  Todos eran reales y verdaderos, con los pies plantados en el suelo, perfectamente comprensibles, arcilla de su arcilla, ni más ni menos.» 

¡Cuánto me hubiese gustado dialogar con un joven tan sagaz como Kim, o con el bueno del lama determinado en encontrar el río místico!  Sólo quedaba sumergirme en mis pensamientos o actualizar las viejas postales y grabados que solía encontrar en Argentina, en la biblioteca de mi abuelo, el alemán, en un libro como So ist Asie, de autor desconocido pero que él consideraba muy valioso.  O el documental auspiciado por la Shell que pasaban los sábados por la noche en mi escuela y narraba, en tecnicolor, las aventuras de una pareja de intrépidos ingleses.  Allá por 1949 emprendieron un viaje, en su casa rodante.  El derrotero tocaba los países de Europa y más allá, y cruzando inimaginables territorios, continuaban hacia la India.  No importaban las peripecias que sufrían tanto ellos como su vehículo, las cámaras insistían en mostrarlos sin rasguños, sonrientes, posando en los jardines palaciegos donde eran recibidos con pompa y circunstancias –eran ingleses después de todo– por un maharajá de punta en blanco y turbante al que le habían prendido una exquisita pluma de pavo real con un broche de esmeralda. A pocos pasos, tímida, se presentaba la maharaní envuelta en gasas y sedas multicolores. Misión cumplida.  Todos felices.  ¿Existía realmente ese mundo hermoso y benigno que reyes y potentados como Wajid Ali Sha daban en llamar el “segundo paraíso” o paraíso terrenal?  Décadas más tarde, ya como historiadora, caí en la cuenta de que ese filme no tenía nada que ver con la situación política de esos años: con Gandhi, la partición de la India, el Éxodo y su millón de víctimas.  Tampoco con lo que ocurría en 1984, el año en curso, y lo que podía apreciar durante un trayecto harto solitario gracias a la ventanilla de un tren imparable, en camino a la intrigante Kanpur.

Cayó la noche.  Misericordiosamente, las vistas exteriores se refugiaron en la oscuridad.  Debí de adormecerme por unos minutos porque me despertaron los ruidos y conversaciones de los pasajeros preparándose para el arribo a Kanpur.  Aun en marcha, nuestro convoy fue entrando en la estación, escoltado por una marea humana.  Hombres cargando bultos, haciéndose paso entre la confusión.   S.K. Chaudhary, en un repentino acto de presencia se asomó por una ventanilla para localizar a un hombre alto y cuarentón.  Henry de Noronha hacía señas moviendo los brazos.  A empujones, y al frente de un par de culís, se fue acercando a nuestro vagón. Después de mucho forcejeo con los pasajeros que procuraban descender, los culís lograron subir y recoger el equipaje, incluyendo el de los Chaudhary.  Cuando nos reunimos en el andén, Henry de Noronha se presentó y me pidió que lo siguiera.  Sin mucha ceremonia, me despedí de mis acompañantes.  En cierta forma, ahora sí que estaba sola.  O. pasaba al cuidado de los de Noronha, de Henry cuyos rasgos no correspondían a un individuo de origen portugués.  Me recordaba a alguien conocido, pero no lo podía precisar.   El equipaje en el taci, nos pusimos en camino al bungaló de los de Noronha, en el cantón de Kanpur, equivalente a un barrio privado.  Mientras respondía a las preguntas que me hacía Henry sobre el viaje y demás, reconocí que mi anfitrión era la viva imagen del Boddhisattwa Padmapani, el fresco que adorna las cavernas de Ajanta.

 

Foto:  Boddhisattva Padmapani. Cavernas de Ajanta, India

 

Hacía horas que había caído la noche. Aun así, no imaginé que el bungaló estaría a oscuras.  El portón, cerrado. Henry llamaba golpeando las manos.  Al rato, apareció Aziz, el sereno, cargando un farol para iluminar el estrecho sendero por el que debíamos andar hasta llegar a la puerta principal de este lugar que ya empezaba a resultarme extraño.    Entonces Aziz abrió la puerta con una llave enorme que llevaba colgada de la cintura.

—Aquí estamos.  Bienvenida –dijo Henry.

—Espero que no hayamos despertado a Mary –comenté.

—No, no te preocupes, ya está dormida. Hace una semana que no se siente bien y se acuesta temprano.  Su aya duerme en la habitación, con ella —explicó.

Pasamos a un hall enorme, mal iluminado pero lo suficiente como para ver los lienzos que lo cubrían en su totalidad, todos enganchados de diferentes puntos del techo. Una modalidad característica de la era victoriana.  Su función: contener la humedad y toda clase de insectos y alimañas que pudieran entrar por los techos.

 

Foto:  Oficial inglés en India c. 1890

 

Henry, como si leyera mis pensamientos, explicó que, en efecto, a mediados del siglo XIX el bungaló había sido un cuartel de oficiales británicos y el hall funcionó como comedor de los soldados asignados a ese regimiento.  Lo cruzamos de una punta a la otra. En el otro extremo, me hizo entrar a una habitación bien amplia.  A primera vista, y por los muebles que la ocupaban, deduje que se usaba como depósito.  Había mobiliario de todo tipo, de estilo británico colonial o hindú, incrustados en nácar y objetos antiguos, todos cubiertos con sábanas blancas.

—Aquí, en este rincón tienes la cama.  Allí, una cómoda.  La habitación se comunica a un baño privado.  Espero que te sientas cómoda y descanses. Me consta que el viaje ha sido largo. Te llamaremos para desayunar.  Nuestras habitaciones están del otro lado de la casa.  Ah, y no hay por qué preocuparse, Aziz hace la guardia hasta el amanecer.  Buenas noches.

 

Foto:   Bungaló en ruinas (India)

 

Al día siguiente, despojado de sus tinieblas, el bungaló se tornó en una casa sólida y sencilla, pero bastante ruinosa.  Habitables, sólo un par de alas y la mayoría de las habitaciones que rodeaban al hall, clausuradas.  Cuando dejé volar mi imaginación hacia 1850, me encontré con un sitio abarrotado de soldados ingleses o sahib como los llamaban los sirvientes, demandando de ellos todo tipo de servicios, desde el barbero al lustrabotas más aire fresco, té y bebidas.

 

Foto:  Sirviendo a un oficial inglés

 

Poco después, me adelanté en el tiempo.  Si la casa tuvo alguna reencarnación, reencarnación, digamos en los años 20 o 30, o posiblemente mucho antes, debió haberla ocupado una familia inglesa.  El predio, renovado y decorado al estilo Raj o colonial.  Las galerías, ahora desnudas, cerradas con cortinas de esterilla para protegerse del calor y los insectos.  Los criados, entregados a abanicar sin cesar los recintos, y también a sus ocupantes. Visualicé un trío de memsahib o señoras, tomando el té y hablando tonterías como, por ejemplo, que en la India y en cualquier otro lugar, la división entre blancos y no blancos era absoluta.  Que un sahib es un sahib, y ningún grado de amistad ni camaradería puede cambiar las nociones elementales de la diferencia social.  Volví a la realidad e inmediatamente me pregunté: ¿cómo les había ido a generaciones de de Noronhas, cristianos no blancos con salpicones de sangre portuguesa en una sociedad como la de Kanpur, regida por los británicos?  ¿Había mejorado su situación a partir de la independencia?

 

Foto:  Tea time en India

 

Lo sentía mucho por Henry.  Tenía la impresión de que los hermanos no contaban con medios para reparar el bungaló y mucho menos con personal de servicio.

Mientras desayunábamos, en la cocina, que no era tal ya que Bini, la cocinera y también una intocable, preparaba las comidas en un galpón, a cincuenta metros de la casa, en un brasero combustionado con tortas de estiércol.  Anjuli, una ayudante temporaria, se encargaba de ordenar y limpiar la casa. Y la vieja aya se dedicaba exclusivamente a Mary, tal como lo había hecho desde el día en que la niña nació.  Sentada al otro extremo de la mesa, Mary me miraba con atención y mucha desconfianza.  Al principio, y en un inglés monótono, se limitó a hacerme las preguntas de rigor.  Mary tenía modales, se había educado con las monjas de la Misión Católica.   Era muy devota, confesó.  Aún lloraba la muerte de su madre hacía veinte años.  De pronto, calló.  Su hermano interrumpía nuestra conversación para informarme de esto y aquello.  El desayuno, ¿era satisfactorio? ¿Prefería crema de avena?  ¿Té o café? ¿Huevos?

Mary me intrigaba.  De cualquier punto de vista, era una mujer insignificante, con ojos descentrados y aire pensativo. Vestía a la europea con ropas oscuras y apagadas.  Algo no andaba bien.  Cuando su aya le trajo medicamentos, ella, obediente, tomó uno por uno.  Luego, se levantó con dificultad y antes de retirarse a su habitación, me invitó a visitar el orfanato de niñas donde hacía trabajos voluntarios.

—Con mucho gusto, Mary, te acompañaré —prometí.

Poco después, Henry me llevó a inspeccionar el resto de la propiedad.  Los terrenos eran importantes y lo que parecía un jardín, completamente abandonado.   Noté algunos árboles cargados de loros como en varias pinturas del estilo mughal.  Entonces no era una licencia artística como pensé la primera vez que vi la pintura del oscuro Señor Krishna bailando para las gopi (pastoras de vacas), en la que árboles cubiertos de loros encuadraban la escena central.

 

Foto:  El Señor Krishna con las gopi. Pintura mughal

 

Henry explicó que, si bien son una plaga, los loros son muy importantes en la tradición hindú.  Existe el Tuti-nana o Libro del Loro en el que se relatan los esfuerzos de un ejemplar doméstico que se pasa las horas del atardecer hilvanando historias divertidas para impedir que su ama salga por las noche y se dedique a sus devaneos mientras su marido, un comerciante, está de viaje.

—Una suerte de Scherezade al revés —comenté.

Caminamos entre las malezas hasta dar con un sendero que circundaba la casa.  Me gustó.  Exploraría a mis anchas.  Pero, ni corto ni perezoso, Henry me asignó un sirviente para que me siguiera de cerca, a un par de metros, en todo momento. Debemos tener cuidado, dijo.  Al parecer, en el cantón se sabía que había una extranjera en el bungaló.  También en Kanpur.  No había secretos.

Me mostró su auto, un viejo Austin y se ofreció a llevarme, esa misma tarde, al centro de Kanpur.  Luego, pasaríamos a visitar a uno de sus primos que vivía vivían en la calle comercial, o The Mall, donde estaba la sede central del negocio que fundó su abuelo.

—Somos una familia grande.  Y, en otros tiempos, fuimos importantes.

Después de esa primera visita a los primos que residían en la casa sobre The Mall, llovieron las invitaciones a tomar el té con otros primos y primas. y así sucesivamente.  ¿Estaría en Kanpur para Navidad?  Si es así, insistimos en que pase Nochebuena con nosotros, decían todos. Claro que tan pronto se enteraban de que era de la Argentina   mencionaban a Maradona, o a la guerra de las Malvinas. Ese primer fin de semana terminé agotada y también ansiosa.  El lunes, por la mañana, debía presentarme en la universidad de Lucknow.

—Te llevo —anunció Henry.  Me sorprendí ya que daba por sentado que la gente de Lucknow se encargaría de mis traslados.  Al menos, así lo habían prometido.   Acepté.

El domingo por la noche, y con el consentimiento de Mary, Henry me entregó una copia algo ajada de un libro: Lentamente, y río abajo por el Ganges o Slowly down the Ganges del reconocido autor y aventurero británico, Eric Newby.

 

Foto:  Eric Newby. Lentamente, río  abajo por el Ganges

 

La familia había logrado una importante mención en el capítulo “Navidad en Kanpur”.  Estaban profundamente orgullosos de su fama.  Eric Newby y su esposa, Wanda pasaron por Kanpur hacía ya veinte años, en la primera mitad de la década del 60.  Aun así, las experiencias que relata el famoso autor no han perdido vigencia. De hecho, me proveyeron con valiosísima información acerca de los individuos con los que pasaría las próximas semanas.

Entre los muchos e interesantes datos sobre su paso por Kanpur, Newby dejó constancia de que él y su mujer no la hubiesen pasado muy bien sin la ayuda providencial de los de Noronha.  Al parecer, el Circuit House, o viejo club inglés ˗˗administrado después que partieran los ingleses por una junta directiva compuesta por ciudadanos indios, y aparentemente más esnobs que sus previos ocupantes –les informó que no tenían habitaciones disponibles para alquilar.

William de Noronha, hombre de negocios y tío de Henry y Mary, se enteró de la situación y de inmediato, la solucionó.  No sólo les dio hospedaje, sino que los invitó a celebrar la cena de Navidad con toda la familia.  Había mucho que beber, cuenta Newby.  Él y su mujer no acostumbraban a beber, pero se vieron obligados a hacer los honores. Terminaron la velada desparramados sobre los suntuosos sofás, sin energías y en la extraña compañía de tigres embalsamados, cabezas de cocodrilos, patas de elefante y otros trofeos de caza del viejo señor William quien, a pesar de sus años e incipiente sordera, era un buen cazador.

 

 

Hacia el final de ese capítulo, Eric Newby aporta algunas reflexiones sobre sus interacciones con los de Noronha.  En su opinión, tanto él como Wanda, su mujer, se convirtieron en verdaderos trofeos de caza o sea un par de ejemplares más que la familia incorporaba a su colección, y lo hacían tan naturalmente como si acabasen de recogerlos del taxidermista, en este caso, directamente del Circuit House.

Días más tarde, Eric y Wanda Newby continuaron su viaje por el Ganges.

Durante las agradables, pero a menudo interminables visitas en compañía de los primos, me enteré también de algunos pormenores familiares.  A fines de los años 60, William y Stanley de Noronha sufrieron importantes reveses económicos.  La situación sorprendió a toda la familia.  Su fortuna se había basado en excelentes y rentables negocios inmobiliarios.  Tanto, que, en un momento, fueron dueños de 90 bungalós en Kanpur, casi la mitad de la ciudad.  Entre 1970 y 1975 fallecieron William y Stanley.  Henry, único hijo varón de Stanley y a la sazón estudiando en Londres, regresó a Kanpur para hacerse cargo de su hermana, Mary, y los asuntos de su padre.  Stanley de Noronha, un eximio tenista y reconocido orador, resultó ser un incompetente hombre de negocios.    Sus hijos, además de numerosas deudas que pagar, heredaron el dilapidado bungaló que ahora ocupaban.  Desde el punto de vista inmobiliario, la propiedad estaba espléndidamente ubicada en pleno cantón europeo, al sureste de la ciudad, entre la Carretera Principal o Gran Vía según Kim, y el río Ganges.

Para peor, la familia dejó entrever que Mary padecía de una aflicción secreta.   Un dato no menor.  En una sociedad tan cerrada como lo era la anglo-india, la situación de la hermana disminuía las posibilidades matrimoniales de su hermano.  Hacía años que Henry y Mary subsistían con algún dinero invertido y cuando se les presentaba la oportunidad, de los fondos que percibían alojando a huéspedes que venían del extranjero.

Fue así como comenzaron a encajar, una tras otra las piezas del enigma Lucknow-Kanpur.  No tenía datos precisos, pero gracias a Newby, estaba claro que era yo quien ahora se había convertido en el último trofeo.

 

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