El bosque animado [Fragmento]

Wenceslao Fernández Flórez

 

 

Estancia II: GERALDO Y HERMELINDA

Las dos casitas más pobres de la fraga son la de Marica da Fame y la de Geraldo. Más difícil que encontrar un pollo perdido en los maizales es dar con la vivienda de Marica, a la que han desdeñado todos los senderos y que apoya su espalda en un vertical desmonte para ahorrarse una pared. No tiene horno, porque tampoco tuvo nunca pan que cocer, y abulta toda ella muy poco más que la choza de un pastor castellano. Los árboles la aprietan y en su suelo, de dura tierra pisada, abultan, como venas bajo una piel sucia, las raíces de un castaño vecino. En el verano aún hay sobre las tejas restos de hojas caídas en otoño e innúmeros filamentos de pinocha ennegrecidos, desordenados y confusos, como una estera destrenzada. Pudiera creerse que el bosque intenta ahogar la casucha y aniquilarla, abrumando su pequeñez con sus despojos y desequilibrando los muros con la palanca de sus raíces; pero lo cierto es que el bosque supone que es un cubil como el de tantas bestezuelas que en ellos duermen y paren, y de los que salen a buscar alimento con pasos de cautela tan parecidos a los pasos de indecisión y de fatiga de la mujer; y el bosque, en su ayuda a todo lo que le es propio, disimula y ampara la guarida. Cuanto Marica da Fame puede ver —las veces que se asoma a pensar en nada, apoyada en la media puerta inferior que, al cerrarse, da a la choza el regalo de una ventana—, es el suelo del breve y verde embudo en que vive y los dibujos en relieve de la corteza de los pinos. El sol no llega allí; se detiene en la fronda, y cuando la fronda se satura, deja caer hasta el suelo una claridad que ya no es amarilla, sino glauca, como si recogiese el oro de la luz y rezumase sus impurezas. El viento tampoco baja a aquel rincón; apoya sus pies ligeros en la sumidad de los árboles, y cuando él pasa con su carga de nubes sobre los hombros anchos como el mundo, apenas tiemblan de presentimiento las blancas telas de araña del tojal.

La casita de Geraldo es diferente. Nadie le daría por ella ni lo que cuesta una vaca; es un cajón de oscura piedra pizarrosa que los líquenes adornaron con redondeles dorados y plateados, como viejas e irregulares monedas antiguas; gruesos guijarros aseguran las tejas, entre las que sale un humo vacilante cuando Geraldo enciende su hogar; entonces, también, un ventanuco lateral, que nunca tuvo cristales, se pone a fumar el crepitante y oloroso tabaco de las queiroas. Geraldo quisiera dotar de chimenea a su casita y su pereza le obliga siempre a aplazar el proyecto.

Durante el día, la vivienda de Geraldo se confunde con las rocas, las sombras y los verdores del castro. Durante la noche, su ventanita iluminada es esa estrella roja y parpadeante que se puede ver desde quince aldeas y que, como el castro es alto y la casucha no está lejos de la cima, parece verdaderamente lucir desde el cielo. Sólo ojos expertos son capaces de fijar sus contornos exactos cuando alumbra el sol o cuando, en la luz gris, la lluvia la barniza con el mismo tono que a las peñas que agujerean el suelo; en cambio, en las horas que Geraldo se sienta en el tronco que hace veces de banco en el exterior, puede contemplar tanta tierra que un mozo tardaría un tercio de día en alcanzar el horizonte. No lejos del castro, empenachado de robles, pasa la carretera provincial, y Geraldo ve de ella los dos hectómetros en pendiente que van de un recodo a otro recodo y por donde, en los días de viento, fantasmas transparentes, formados con el polvo color canela, se levantan y van, uno detrás de otro, por el camino desierto, hacia los grandes bosques solitarios de Lendoiro; a veces, cuando es el sur el que envía su soplo persistente, no hay procesiones de espectros; pero la carretera, cogida de través, parece arder en aquella altura, y el polvo avanza como humo hacia los sembrados y se acumula en la cuneta tan fino y tamizado y suave que tierna a apoyar la mano en su blando montón en busca de ese placer —que también procura la harina en la artesa, la nieve en el campo y la arena en la bajamar—, en el que entra en parte el sentido del tacto y en parte la secreta complacencia de imponer a lo virginal nuestro sello.

Después de la carretera, Geraldo ve la extensión gibosa de los sembrados — remiendos de distinto verdor cosidos con el hilo claro de los senderos— bajar hasta allí, donde los álamos negros y los mimbres y los abedules se aprietan, a entrambas orillas del río, ocultándolo y delatándolo a un tiempo. Y más allá, la tierra que comienza a subir nuevamente —toda oscura de pinos— por San Julián de Bribes; y las fragas de Santa María de Vigo, acuchilladas por congostras sombrías y húmedas; y en la lejanía, el monte Xalo, alto, pardo y huraño, que niega a los hombres la leña y el sustento, y que dibuja con sus cimas en el confín la silueta de un obispo yacente, con la mitra puesta y las manos cruzadas sobre el hábito.

Marica da Fame es viuda, sin más tierra que la que hayan de darle, al morir, en el cementerio, cuyas tumbas están adornadas con ingenuas cenefas de conchas marinas. Su hijo Fuco tiene nueve años y escala con sus pies descalzos los troncos del pinar para hacer caer las pinas leñosas. Su hija Pilara —doce años apenas— sirve desde hace tiempo como criada en las casitas de los aldeanos y ahora gana un duro cada mes, y comida, y un traje —que nunca le dan— por la fiesta de San Salvador. Trabaja como un hombre, llora como una mujer, pero duerme como una niña. Su madre va todos los meses a pedirle el duro; también le pide la hogaza amarilla de borona que le han dado para comer, cuando la encuentra camino de la feria de Cambre. Y si al ir a cobrar la mesada está presente Juanita Arruallo, el ama actual de Pilara, y se queja vagamente de que la criadita holgazanea, Marica da Fame suspira apesadumbrada, augura que aquella hija la llevará al sepulcro por no querer seguir los buenos consejos que le ha inculcado, y le propina unos cachetes antes de invitar al ama a que le pegue también.

Geraldo es muy pobre; vive solo; siendo un adolescente, su tío, que era marinero, le llevó a navegar; trabajó como grumete en el Bóreas, un barco ballenero al servicio de la factoría montada frente a los bajos de la Lobeira, a la entrada de la ría de Corcubión. Era un buen empleo; como toda la dotación, cobraba una prima por cada ballena pescada, y en cuanto se habituó al triste y penetrante olor del cetáceo muerto y a la margarina con que sustituían el aceite los tripulantes noruegos, que estaban en mayoría en el Bóreas, la vida a bordo le pareció soportable. El barco era de hierro, de escasa obra muerta y de alto puente, fino corno un galgo y con un barril en la cofa para el vigía. Se alejaba doscientas y trescientas millas de la costa, fuera de la ruta ordinaria de los navíos, para descubrir la pesca en las tibias aguas del Gulf Stream.

El muchacho era tímido. Cuando estaba en calma el mar, le acobardaba aquella inmensa extensión gris en la que se sentía solo y abandonado. A veces provocaba la risa de su tío con reflexiones pueriles acerca de los bienes que reverterían sobre los hombres «si todo fuese tierra», y oponía un cachazudo escepticismo a las afirmaciones del marinero, terco en insistir que había más millones en aquellas aguas y en el fondo de aquellas aguas que en todos los valles y todas las montañas de Galicia.

Esencialmente labrador, atávicamente impregnado de cariño y de admiración a la tierra negra de las buenas cosechas, en la tierra pensaba siempre Geraldo. Tras la neblina que reducía el horizonte al amanecer, creía adivinar tierra. «¡Cómo tierra, rapaz; por ese lado no hay un terrón hasta América!», le contestaba su tío, y él notábase transido de un angustioso afán de regresar. En las nubes bajas que se encendían al mismo tiempo que el véspero, veía también montes y playas y hasta pueblos de blancos edificios. Siempre la tierra. Traía la tierra en las retinas y por eso la hallaba presente. Nunca hubiera llegado a ser un buen navegante. Ya antes de alcanzar al Bóreas una de aquellas olas verdinegras de los días de mar de fondo, sentía él cómo se anegaba en congoja su corazón. Se agarraba al barco que subía la cuesta marina apuntando al cielo con la proa, como si se agarrase a las crines de un caballo a la empinada, y al resbalar por el dorso de la ola —cuando la hélice apresuraba su latir en el vacío— suponía no parar hasta los abismos, y respiraba entrecortadamente, como si ya notase el frío líquido en su piel.

Las ballenas también le asustaban. Aun después de acostumbrarse a verlas, atadas a los costados del Bóreas, con la cola hacia proa, sonrosando el mar con su sangre, insufladas de aire para hacerlas flotar, con el surcado y claro vientre al cielo, no podía dominar su horror hacia la enorme boca y el gigantesco poderío que aún aparentaba el corpachón de más de veinte metros. Pensaba que otros monstruos habría, mayores y más terribles, en aquellas misteriosas profundidades, y temía que en cualquier instante, en la irremediable soledad oceánica, un brazo escurridizo se ciñese al barco para afondarlo, o surgiese como un islote oscuro un engendro increíble y abriese para tragarlos unas mandíbulas desaforadas. Su imaginación le representaba vívidamente aquella boca con largos colmillos romos y estriados, como los del cachalote, y algas verdes prendidas, y el vaho agrio y tibio del monstruo, con olor a pescado, y el agua salobre chorreando al emerger la inmensa testa cubierta de piel recia, rugosa, de protuberancias parduscas…

El momento en que hallaba emoción y belleza era únicamente aquel en que, lanzada la voz que prevenía la presencia del cetáceo, el arponero corría a la proa y se alzaba, separadas las piernas, asido al cañoncito, atento —mientras el timonel maniobraba para coger a la ballena de través— a la ocasión mejor de disparar la pieza de cuya boca sobresalía el arpón. Mientras duraba la caza, hasta los más avezados a ella tenían el alma en ansiedad. No se hablaba. Latía más fuertemente el corazón de la máquina. Los ojos seguían la mancha oscura, ágil entre dos aguas. La ballena salía a respirar a veces a pocos metros del barco. Un resoplido impetuoso, una nubecilla de vapor lanzado como por una válvula que se abriese junto al voluminoso cráneo. Y una detonación. La lanza partía, remolcando una cuerda. El gigante herido se hundía y el gran carrete instalado a babor, próximo a la regala, comenzaba a girar soltando aquella cuerda que iba haciéndose más gruesa y recia, y el Bóreas apresuraba su marcha sobre la ruta de muerte de la ballena, que huía con inigualable rapidez. Muchas veces la agonía del pobre ser —culpable de que sus despojos valiesen diez mil pesetas— representaba su última escena en la superficie, y se le podía ver debatirse, alzando en su torno paredes de espuma ya estriadas de rojo. Después el Bóreas halaba el cable con lentitud, y la víctima y el verdugo se acercaban recíprocamente.

Un poeta portugués ha dicho que todo encuentro, hasta el del sayón con el inmolado, tiene algo de nupcias. Y de ello habla síntomas numerosos en este caso. El palpitar del océano empujaba y separaba, en breves contactos, como de besos, al cuerpo de hierro y al cuerpo de carne; se recortaba en la fibrosa cola el disco que era el distintivo que el ballenero imponía a sus presas; quietos en la sábana gris del mar, mientras duraban todas estas operaciones, el sol servía de testigo y juez de aquella boda; luego, el Bóreas ofrecía el acodado brazo de una cadena a aquel cadáver, tan largo como su casco, y se marchaban —codicia e inocencia unidas, como tantas veces— por los caminos ecuóreos.

Geraldo había cumplido los diecisiete años cuando una tarde, a caballo sobre la borda de babor, asido a un candelero, presenciaba las incidencias de la pesca. La ballena herida huyó hacia la popa, casi paralelamente al barco y muy próxima a él. El cable, desenrollándose con rapidez, apretó contra el casco la pierna izquierda del joven y casi se la cortó. Estaban a más de doscientas millas de la costa. Cuando llegaron a un puerto hubo que proceder a la amputación. Geraldo renunció desde entonces al mar, y volvió a la aldea.

Murieron sus padres, marchó a América su hermano mayor y él quedose en la casita del castro, apegado para siempre a la tierra. Intentó ser jornalero, mas su mutilación le inferiorizaba, y si algún labrador le ofrecía trabajo, le pagaba menos. Entonces aprendió el oficio de albañil; pero como no eran muchas las ocasiones de ejercerlo en la parroquia, lo completó con la labor de pocero. Llegó a tener lama su acierto para excavar, y es la verdad que nunca se dio el caso de no encontrarse agua allí donde él señalaba la conveniencia de abrir el hoyo. Le llamaban de varias leguas en derredor. Tenía arrendada una era, que cultivaba él, y obtenía patatas y verduras para su propio consumo.

Seguía siendo tímido; frecuentemente sufría pesadillas cuyo tema eran el mar y las ballenas. En las fiestas y romerías, su cojera le mantenía apartado del baile y de las mozas, y bebía entonces con exceso.

Cuando se enamoró de Hermelinda se anegó en sufrimiento y en dulzura a la vez.

Embellecían a la moza sus grandes ojos del color de la ruda y su pelo leonado, y un leve pronunciamiento de los pómulos que libraba a su cara de la vulgar redondez. Cuando aparecía soportando sobre la cabeza el oscuro cestón del que desbordaba la hierba, los brazos en alto, el andar firme, por la macicez de su carne se veía correr, bajo el vestido, ese mismo temblor de la grupa de los percherones o de la cubierta de los barcos movidos por máquinas potentes; sus pechos duros ponían sed en los labios de los mozos; un sutil e inefable fruncimiento próximo a las comisuras de la boca y al ángulo externo de los ojos, le daba una apariencia de alegría, así como si fuese a sonreír, como si llevase siempre en la cara el anuncio de una sonrisa. Y era, en verdad, la más alegre de todas las rapazas de la parroquia; si no la que bailaba mejor, la que bailaba más tiempo, la que por el Antruejo ideaba el disfraz más arbitrario y cómico, la que daba más agudas respuestas, la que no faltaba a una fiesta y a la que no cohibían nunca los hombres, ni los que la galanteaban ni los que la reprendían.

No era demasiado escrupulosa en elegir sus novios; pero aunque se daba cuenta del amor de Geraldo, que sólo tenía ojos para ella, nunca le ilusionó ni con una palabra afectuosa, ni burla ni desdén: trato lejano, el saludo conciso o el breve comentario, sin detenerse, cuando se cruzaban en un camino. Geraldo tampoco se había atrevido a pedirle nunca más.

Era feliz viéndola. Cuando, en sus horas vacías, de solitario, se sentaba en la troza que hacía veces de banco ante su casa, contemplaba la amplia extensión con el gusto por los anchos horizontes que, sin él saberlo, le había impuesto el mar. No existía en toda la aldea quien como él sintiese la belleza de lo circundante y fuese capaz de permanecer gozosamente abstraído en ella. Sin duda no se daba cuenta de su éxtasis, ni aun le era posible analizarlo; sabía apenas que se encontraba beatamente en tal contemplación y que su fantasía se excitaba, y como se alzaban los fantasmas de polvo de la carretera, así se alzaban y pasaban y se sucedían los ensueños en su imaginación. Los labradores ensueñan poco, pero los marinos mucho.

Al rato, no obstante, sus miradas caían desde la altura del castro a los campos de Juanita Arruallo, donde Hermelinda trabajaba; si adivinaba su bulto, ya no pensaba en cosa alguna; si no, fantaseaba acerca de ella, porque en aquella casa vivía y sobre aquella tierra se encorvaba y parecíale que aquel mirar les unía como si fuese un brazo largo que revolviese en las zarzas de los caballones o que entrase por las ventanas pintadas de azul.

Hermelinda era sobrina de la Arruallo. ¡Casa de tremendo trabajo aquélla para dos mujeres, con tanto bien como tenía la vieja y sus manías de orden y de no dejar nada para mañana! La moza sentíase infeliz. No era que le asustase la labor, para la que siempre estaba dispuesta y que realizaba entre canciones; pero se le hacía insoportable el forcejeo de cada domingo contra los obstáculos que su tía acumulaba para no dejarle salir. Todo estaba ya arreglado en la casa; sin embargo, a media tarde, cuando la joven se componía en su cuarto, la voz chillona de la pariente la requería para algún menester. Otras veces, las más, sin pretexto alguno, la increpaba:

—¡Ya estás, ya estás…! ¿Al baile, verdad? ¡No piensas más que en el baile! ¡Jesús, Jesús, cómo son estas mozas!

—¿Qué quiere, señora? —gritaba Hermelinda—. ¿Que me pudra aquí…? No hay nada que hacer en la casa.

—Siempre hay algo que hacer en una casa.

—Pues hágalo usted.

Y la otra gritaba, y ella se marchaba refunfuñando, pero apenas pisaba el camino ya volvía a ser dueña de su buen humor. No se acordaba de su tía hasta el retorno, y era siempre la última en abandonar la fiesta.

Solían regresar en grupos. Los mozos las acompañaban a veces, y Geraldo procuraba unirse a los que iban con Hermelinda. Cuando acudían a bailes de parroquias lejanas, la madrugada los sorprendía en el camino. En las noches lluviosas, algunas muchachas se quitaban los zapatos y las medias, para no estropearlos, y marchaban descalzas sobre el lodo. Si lucía la luna, era más lento el andar y se apuraba el placer de la compañía con charloteos frente a las viviendas, antes de darse el adiós. A veces se rezagaba una pareja al atravesar las fragas o en las congostras donde se agazapaba la oscuridad. Fue así como Geraldo sorprendió a Hermelinda, al volver de una romería de Lema, entre una espesura de brotes de castaño. Oyó su voz y su risa, y la voz y la risa de un mozallón de Orto que la acompañaba. Los envolvían en doble cendal las hojas y las sombras, y guardaron un silencio más acusador que sus voces al notar en el camino los pasos de Geraldo, que había salido tras de ella con el afán de su proximidad, para verla otra vez y renovar recuerdos y saborearlos en sus soledades. Geraldo siguió, con un confuso sentimiento en el alma. Celos y sensación de pequeñez, y rabia contra todo, y lástima de sí… Aquella noche y muchos días más no pudo pensar en Hermelinda sin imaginarse las manos del mozallón de Orto sobre su cuerpo. Y siempre que pasó junto a los mismos brotes de castaño sufrió un latigazo de disgusto.

La joven riñó una vez definitivamente con su tía. Guardó sus ropas en un baulito de madera con forro de papel floreado y se marchó a la ciudad. Era el refugio de las muchachas campesinas ante toda suerte de dificultades. Unos afirmaron que Hermelinda iba a embarcar para América; otros que se había puesto a servir. Juanita Arruallo comentó a gritos con todas las vecinas, en el atrio de la iglesia, la ingratitud y la «mala cabeza» de su aguada, y después de esperarla vanamente algunos días, contrató los servicios de Pilara, la hija de Marica da Fame, que ya trabajaba como criada en Armental.

Pasó el tiempo —un mes y otro mes y dos meses más— y no se supo de Hermelinda en la aldea. Geraldo recogió sus patatas y las guardó en el sobrado, y abrió un pozo en Bribes y otro en Quintan, y se murió un viejo muy viejo en Lendoiro, y los Esmorís vendieron un buey y compraron una vaca, y al perro del tabernero lo atrapó el tren, y a Chinta, la de Crendes, le mandó ochenta duros un hijo que tenía en La Habana. Y una tarde, Geraldo fue a La Coruña para adquirir una herramienta nueva. Llegó a las cinco; el tren de regreso salía a las nueve. Geraldo recorrió el puerto —siempre le placía ver barcos— y las siete de la tarde sonaron, ya encendidas las luces, cuando él se paseaba mirando escaparates, entre aburrido y curioso.

De repente, Hermelinda estuvo ante él. Palpitó de emoción y de sorpresa: «¡Hermelinda! ¡Hermelinda!» Ella reía con el alborozo de siempre. Geraldo no pudo nunca recordar las frases que iniciaron la charla, porque los ojos dejaron a los oídos sin memoria. La joven había adelgazado levemente; vestía más al gusto de la ciudad.

Él la encontró elegante. Y más hermosa, mucho más hermosa todavía.

Le dio la mano y ella la retuvo largamente mientras comenzaban sus preguntas. Le alegraba él porque era un trozo de la aldea hallado allí, en el bullicio de una calle.

—Eres el primero de Cecebre con quien hablo desde que marché. Una vez vi a Gundín y otra a la Moucha, pero iba yo con mi señora y ni saludarlos pude. Geraldo le informó de que la creían en América. No, ya veía que no. Estaba sirviendo. Se había empleado, al llegar, en una casa, pero tenían demasiados niños y la dejó. Ahora estaba en otra: un matrimonio anciano, un hijo mayor, ya abogado; poco trabajo a repartir entre una cocinera y dos doncellas; una tarde libre por semana; aquel día, precisamente, no regresaría hasta las ocho y media.

—¿Tienes que hacer?

—Espero a las nueve para tomar el tren.

—Vamos por ahí, y charlaremos.

Siguieron juntos.

—Buenos bailes aquí —insinuó él.

—Buenos bailes.

—¿Mejores que aquéllos?

—¡Ay, como aquéllos —añoró la joven—, como aquéllos no existen!

Quería noticias de la aldea. Geraldo contó del viejo de Lendoiro, de la vaca de Esmorís, del perro atropellado, de las patatas cosechadas…, y ella inició sus propias confidencias. No podía aguantar a la tía Arruallo, que la quería tener como una esclava, aprisionada, aburrida… ¿Qué mal hacía con ir los domingos a las fiestas? Ella era una moza y seguramente la tía Arruallo también se habría divertido a su edad.

Llegaron a los andones que bordean la ensenada de Riazor y sentáronse en un largo banco de cemento cuyo respaldo era el muro de unos jardinillos. La marea alta cubría la playa y algunas lanchas negras, que olían a alquitrán y a madera vieja, se alineaban en el andén penumbroso, cerca de ellos, sostenidas con pedruscos o tumbadas sobre un costado. El bravo viento marino traía esencias fuertes y polvillo de agua salada. Geraldo anunció:

—Con esto perderás la herencia de tu tía.

—No lo sé —dijo ella con temor rencoroso.

Pero en seguida comenzó a referir anécdotas de su nueva vida y a enumerar sus ocupaciones y a describir a sus amos. El señor era muy viejo ya y sentía ruidos dentro de la cabeza. Frecuentemente creía que sonaba el timbre del teléfono y daba grandesvoces para advertir: «¡Ese teléfono! ¿Es que nadie acude a ver quién llama? ¡Que vayan al teléfono!» Y eran sus propios oídos. El señorito Luis vestía muy bien. Tenía veintiséis años y el atractivo de un carácter siempre alegre Hermelinda calló un instante y, sonriendo, como si resumiese mudas evocaciones., definió:

—Es un diablo.

—¿Le gustas? —sospechó Geraldo suavemente.

—No.

Pero con un repentino impulso de vanidosa franqueza se desmintió:

—Bueno, ¡si yo quisiese!…

Cuando se cruzaba con él en un pasillo o la encontraba sola en una habitación, tenía que defenderse. Con frecuencia la llamaba, apelando a mal concebidos pretextos. Las compañeras comenzaban a sospechar.

—Un día me propuso que me fuese con él.

A Geraldo le invadía la angustia.

—¿Cómo…?

—Me dijo que debía dejar el trabajo, que él amueblaría un piso para mí y se encargaría de todo… Dispone de mucho dinero.

—¿Y tú qué hiciste?

—¡Olí, figúrate…! Pero si yo quisiera… Aquí, en la ciudad, hay muchas que valen menos que yo y que viven ricamente. Claro que una…

—Pues algún motivo habrás dado.

—No hace falta. No le conoces. Es muy atrevido.

Aún refirió más episodios de la audacia amorosa del señorito Luis. Se notaba que el tema endulzaba su boca. Geraldo cayó en hosquedad.

Lejos, al otro lado de la ensenada, en la pendiente de Montealto, habían encendido una hoguera y el joven la miraba fijamente desde que las confidencias habían tomado aquel molesto rumbo. El cielo y el mar, confundidos, eran un negro vacío del que brotaba un fresco hálito. La moza estaba tan cerca del enamorado que sentía el contacto de su cuerpo. Se atrevió Geraldo a decir:

—Siempre te quise, Hermelinda. ¿Lo sabías ya?

—No, no lo sabía —respondió ella en voz baja.

Él calló, descontento de haber hablado, con la desalentadora segundad de haber pronunciado palabras mutiles. La moza se acercó y apoyó la cabeza en su hombro. Geraldo, repentinamente feliz, no se movió. Transcurrieron unos segundos. Ella observó con dulzura:

—Hueles a la aldea. Me parece como si estuviese en la aldea.

Entonces sintió hacia él una ternura intensa y difusa a un tiempo que no se refería precisamente a aquel hombre, sino a todos los que había amado en las noches de «tuna» de los sábados y en la oscuridad amparadora de las fragas, y el aroma del tojo y de los pinos, y al del humo de las «queiroas» en el fuego del lar, y a los bosques y a los sembrados, a los cariños y a las emociones gozados en aquel trozo de tierra verde y húmedo en el que la vida era feliz, a pesar de todo. En la penumbra distinguía apenas el rostro de Geraldo. Entorno los párpados, echó hacia atrás la cabeza sobre el hombro varonil y ofreció sus jugosos labios juveniles.

Geraldo la apretó contra sí. Ni comprendió las posibilidades del momento ni intentó analizarlas. Rodeó con un brazo el cuerpo de la muchacha y aquella sensación le aisló del mundo. El ronroneo del mar abandonó la playa para sonar dentro de él mismo. La hoguerita de Montealto dejó de mirarlos con su roja pupila. Fuera de aquel rinconcito todo se hundió en inutilidad e indiferencia.

De pronto, Hermelinda alzóse. Pareció bruscamente invadida de tedio.

—Vámonos. Ya es tarde.

Caminaron hacia las calles animadas. Ella había recuperado su aire de alejamiento; él, su timidez y su pierna de palo. Porque se había olvidado por primera vez, en aquellos minutos, de que llevaba una pierna de palo. Como su compañera no hablaba, el mozo intentó suscitar el diálogo, que naufragaba siempre en la concisión de las respuestas.

—Un día —dijo— volverás a Cecebre.

—No sé.

—¿No piensas en ello? Di la verdad.

—La verdad, Geraldo: no creo volver nunca.

Se sintió como repelido por aquellas palabras, como devuelto a su condición inimportante, y enmudeció. Cuando se separaron se atrevió a proponerle:

—Dame las señas de tu casa.

—¿Para qué?

—Para saber de ti.

Ella vaciló brevemente antes de negar.

—No quiero que me molesten los de allá. Ya nos veremos alguna vez. ¿No nos hemos encontrado hoy? Pues también puede ocurrir otro día… Adiós.

Se alejó sonriente, ligera, con la vida moza temblándole en las carnes. La muchedumbre la disolvió en su corriente espesa, y ya no fue visible.

Dos horas después, en la casita del castro, en lo más alto de la fraga, se encendió la luz, como todos los días.

De lejos parecía una estrella y estaba en compañía de las estrellas azuladas del cielo. De cerca era un candil y alumbraba a un hombre solitario.

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