Sachem

Henryk Sienkiewicz

 

 

Los habitantes de Antílope, localidad ubicada junto al río homónimo que hay en el estado de Texas, se apresuraban para ver un espectáculo circense. La curiosidad era extraordinaria, ya que, por primera vez desde su fundación, llegaba un circo con danzarinas, ministriles y volatineros.

La ciudad era nueva. Quince años atrás no sólo no había en el lugar ni una casa, sino que ni siquiera había hombres blancos en sus cercanías. Hubo antes, sin embargo, en el mismo horcajo del río en el que hoy se halla Antílope, un poblado llamado Chiavatta. Este lugar era el asentamiento principal de los indios serpientes negras, quienes tanto atormentaron, en otros tiempos y hasta la saciedad, a los colonos de los asentamientos alemanes fronterizos de Berlín, Gründenau y Harmonia. A decir verdad, los indios sólo defendían su territorio, aquél que el gobierno del estado de Texas les había otorgado a perpetuidad en virtud de solemnes tratados. Sin embargo, ¿qué les podía importar eso a los fundadores de Berlín, Gründenau y Harmonia? Puede que desposeyeran a los serpientes negras de la tierra, del agua y del aire, pero, a cambio, les llevaban la civilización; por el contrario, los pieles rojas les demostraban agradecimiento a su manera, es decir, arrancándoles las cabelleras. Tal situación se hacía insostenible, así que una noche de luna llena se reunieron unos cuatrocientos colonos de Berlín, Gründenau y Harmonia y, ayudados por mexicanos de La Ora, atacaron Chiavatta mientras el poblado dormía. El triunfo de la razón justa fue absoluto. Chiavatta quedó reducida a cenizas y sus habitantes fueron asesinados sin discriminación de edad ni de sexo. Sólo unos pequeños grupos de guerreros que habían salido de caza sobrevivieron. Nadie se salvó en la ciudad, lo que en buena parte se debió al hecho de que ésta se encontraba en el horcajo del río, que aquel verano, como era ya habitual, se había desbordado y circundaba con sus agitadas aguas el poblado. Sin embargo, aquella ubicación, fatal para el destino de los indios, era lo que, precisamente, más gustaba a los alemanes, pues aunque del horcajo se huía difícilmente, era un terreno idóneo para defenderse. Esta circunstancia propició el rápido desplazamiento de población desde Berlín, Gründenau y Harmonia a aquella parte del río, en la que se levantó en un abrir y cerrar de ojos la civilizada ciudad de Antílope sobre la salvaje Chiavatta. Cinco años después contaba con más de dos mil habitantes.

Al sexto año de la fundación de la ciudad se encontró al otro lado del río una mina de plata líquida cuya explotación llevó a duplicar el número de habitantes. Al séptimo año, conforme a la ley de Lynch, se ahorcó en la plaza del pueblo a los diecinueve últimos guerreros de la estirpe de los serpientes negras, apresados en el cercano Bosque de los Muertos. A partir de aquel momento ya nada impedía el desarrollo de Antílope. En ella se publicaban dos Tagblatt y una Montagsrevue. El ferrocarril unía la ciudad con el Río del Norte y San Antonio; en Opuncia Gasse había tres escuelas, una de ellas superior. En la plaza, en la que se había ahorcado a los últimos indios serpientes negras, se construyó una institución benéfica. Todos los domingos los pastores predicaban en las iglesias el mandamiento del amor al prójimo, el respeto a la propiedad ajena y otras virtudes necesarias en una sociedad civilizada. Un orador foráneo llegó, incluso, en una ocasión, a pronunciar en el capitolio una conferencia titulada Sobre los derechos de las naciones.

Los más ricos aludían a la necesidad de fundar una universidad, algo a lo que también iba a contribuir el gobierno del estado. Las cosas les iban bien a todos. El comercio de mercurio, naranjas, cebada y vino reportaba pingües beneficios. Las personas eran honradas, respetuosas con las leyes, trabajadoras, metódicas, obesas. Quienes años más tarde visitaron Antílope, que contaba ya con varios miles de habitantes, no podían reconocer en aquellos ricos comerciantes lugareños a los impíos guerreros que, quince años antes, habían destruido Chiavatta. Las mañanas se las pasaban en tiendas, talleres y oficinas; las tardes en la cervecería llamada «Bajo el Sol Dorado», ubicada en la calle de las Serpientes de Cascabel. Escuchando aquellas voces, pausadas y guturales, esos Mahlzeit! Mahlzeit!, esos flemáticos Nun ja wissen Sie, Herr Müller, ist das aber möglich?, los sonidos de las jarras, el susurro de la cerveza, el chapoteo de la espuma caída al suelo, observando esa tranquilidad, esa parsimonia, esos rostros de filisteos, mezquinos, pequeño burgueses, salpicados de grasa, mirando aquellos ojos de pez, se podría llegar a la conclusión de que estamos en una cervecería de Berlín o de Munich, y no sobre las cenizas de Chiavatta. Pero en la ciudad todo era ganz gemütlich y nadie reparaba en el pasado. Aquella tarde, la población se apresuraba para ir al circo porque, por un lado, después de una dura jornada de trabajo la diversión es algo tan digno como placentero, y por otro, todos estaban orgullosos de la llegada del circo. Sabido es que los circos no pasan por cualquier lugar, lo que sin duda justificaba la presencia de la compañía circense de H. M. Dean y ratificaba la importancia y categoría de Antílope.

Pero había aún una tercera causa, quizás la más importante, para ese interés generalizado, y era que el segundo número circense del programa rezaba: «Recorrido por un alambre tendido a quince pies del suelo (con acompañamiento musical), realizado por el famoso equilibrista Buitre Rojo, Sachem (es decir, jefe) de los serpientes negras, el último descendiente de una estirpe de reyes y el último de su generación: 1) Recorrido por el alambre. 2) Saltos de antílope. 3) Danza y cantos de la muerte». Si había un lugar en el que un Sachem podía despertar interés, ése era, sin duda, Antílope. H. M. Dean contó en la cervecería «Bajo el Sol Dorado» que hacía quince años, camino de Santa Fe, encontró en Planos de Tornado a un anciano indio moribundo al que acompañaba un niño de unos diez años. El viejo murió extenuado por causa de unas heridas, pero antes de morir dijo que el muchacho era el hijo del Sachem de los serpientes negras, ya fallecido, y, por tanto, el heredero de su dignidad. La compañía circense acogió al huérfano que, con el tiempo, había llegado a ser su primer acróbata. H. M. Dean se enteró después, en la cervecería, de que Antílope se levantaba sobre la antigua Chiavatta y que su famoso saltador se iba a exhibir sobre las tumbas de sus antepasados. La noticia puso al director de un excelente humor, pues ahora contaba con una Great Attraction sólo con saber aprovechar la ocasión.

Era lógico que los burgueses de Antílope acudieran al circo para mostrar al último de los serpientes negras a sus hijos y esposas, traídas desde Alemania y que en su vida habían visto a un indio, y así poder decir: «Ved, así eran los que aniquilamos hace quince años». Ach, Herr Jeh!. Resulta placentero oír los gritos de admiración salidos de los labios de Amalchen y del pequeño Fryc. Por toda la ciudad repetían sin cesar: «¡Sachem, Sachem

Desde la mañana, los chavales fisgoneaban por las rendijas de los tablones con cara de curiosidad y miedo. Los muchachos más mayores, en cambio, henchidos de espíritu marcial, desfilaban marcando el paso con gravedad a su regreso de la escuela, aunque no sabían muy bien el motivo por el que lo hacían.

Son las ocho. La noche se muestra maravillosa, estrellada, serena. Llega hasta la ciudad el dulce perfume de los huertos de naranjas cercanos que se mezcla con el olor a malta de la urbe. El circo irradia luz. Unas gigantescas antorchas de alquitrán arden y humean junto a la puerta principal. La brisa mueve las plumas de humo de la deslumbrante llama que ilumina los oscuros contornos del edificio: una barraca redonda de madera, recién construida y sobre la que ondea la bandera de estrellas norteamericana. La muchedumbre que no ha conseguido entrar, o que no ha tenido con qué comprar los billetes, observa delante de la puerta los carros de la compañía y, sobre todo, los cortinajes de la entrada, en los que hay pintada una batalla entre blancos y pieles rojas. Cuando la cortina se corre, se ve el interior de una cantina iluminada por decenas de jarras de cristal sobre las mesas. Por fin retiran por completo el cortinaje y la multitud entra. Los pasillos vacíos entre los bancos comienzan a retumbar con los pasos de las personas y, al cabo de un momento, una masa oscura y movediza los inunda completamente. El circo está tan iluminado que parece que es de día. Ello se debe a que, aunque no se hubiera logrado llevar hasta allí la conducción del gas, una enorme lámpara de cincuenta candilejas de petróleo baña con sus chorros de luz a los espectadores y la pista. Tanta claridad permite distinguir rostros gruesos, cabezas de bebedores de cerveza echadas hacia atrás para alivio de los mentones, caras de mujeres jóvenes y caritas dulces infantiles con ojos desorbitados por la emoción. Todos tienen expresión de curiosidad, gozo y estupidez, tal y como suele suceder con el público circense. Todos esperan el comienzo de la función en mitad del barullo y de las conversaciones constantemente interrumpidas por los gritos de Frisch Wasser! Frisch Bier!. Por fin suena una sirena y aparecen seis palafreneros con sus botas relucientes. Se colocan en dos filas a lo largo de la salida, entre la pista y el establo. Surge un caballo desbocado, sin riendas ni silla de montar. A su grupa va algo parecido a una nube de muselina, cintas y tul: es Lina, la bailarina. Dan comienzo los ejercicios al son de la música. Lina es tan bella que la joven Mathilde, hija del productor de cerveza de Opuncia Gasse, se siente incómoda al verla. Acercándose al oído del joven Floss, el dueño de la tienda de ultramarinos que hay en su misma calle, le pregunta en voz baja si todavía la ama. El caballo, mientras tanto, galopa y jadea como una locomotora; la fusta resuena; gritan y se abofetean unos payasos que entraron detrás de la bailarina, que ahora se mueve como un relámpago; se escuchan numerosos aplausos. ¡Qué espectáculo tan extraordinario! Pero el primer número del programa pasa rápido. Se acerca el segundo número circense. El grito de «¡Sachem, Sachem!» circula de boca en boca entre los espectadores. Nadie hace caso a los payasos, que siguen abofeteándose. Los palafreneros traen potros de madera de más de once pies de altura y los colocan a ambos lados de la pista. Las notas de Yankee Doodle dejan paso a la triste aria del capitán de Don Juan mientras en la pista se procede a tensar el alambre entre los potros. El haz de luz de una bengala repentina penetra en el interior desde la entrada y sumerge toda la pista en un resplandor purpúreo bajo el que aparecerá el terrible Sachem, el último serpiente negra. Pero ¿qué sucede?… Sachem no entra. El director de la compañía, H. M. Dean, saluda al público y toma la palabra. Dice que tiene el honor de pedir «a los dignos y respetables gentlemen, así como a las hermosas ladies que se comporten de manera especialmente tranquila, que no aplaudan y que guarden un silencio total, pues el jefe indio se encuentra hoy especialmente irritado y mucho más agresivo de lo habitual». Sus palabras provocan turbación. Curiosamente, las mismas dignidades de Antílope que hace quince años habían arrasado Chiavatta experimentaban ahora una desagradable sensación. Cuando la bella Lina saltaba a caballo hace un momento muchos se sentían felices de estar sentados tan cerca de la pista, pero ahora miran con envidia hacia las zonas altas del circo y, contrariando las leyes de la física, consideran que cuanto más abajo se está más intenso es el calor.

Pero ¿era posible que la memoria de aquel Sachem llegara tan lejos? Desde la niñez se había criado en la compañía de H. M. Dean, integrada en su mayor parte por alemanes, así que era improbable que recordara algo de todo lo sucedido. El entorno, quince años de trabajo circense practicando trucos, recibiendo aplausos, todo aquello tenía que haber ejercido su influencia.

¡Chiavatta, Chiavatta! Ellos, los alemanes, tampoco están en su tierra. Lejos de su patria, sólo piensan en ella lo que el business les permite. Ante todo hay que comer y beber. Esta verdad debe recordarla tanto el burgués como el último serpiente negra.

Un inesperado silbido en las caballerizas interrumpe estas reflexiones. El esperado Sachem aparece en la pista. Se oye un leve murmullo entre la multitud: «¡Es él! ¡Es él!» Y después silencio. Sólo suena el siseo de una bengala que arde a la entrada. Todos los ojos se dirigen a la figura del jefe, que va a actuar en el circo sobre las tumbas de sus antepasados. El indio, en realidad, se merece que lo observen. Su porte es soberbio, como el de un rey. Un manto de armiño blanco, símbolo del caudillaje, cubre su figura altiva y tan salvaje que recuerda a la de un jaguar indómito. Su cabeza, como tallada en cobre, se asemeja a la de un águila, y en su cara brillan con resplandor gélido unos ojos verdaderamente indios, sosegados, aparentemente indiferentes, pero siniestros. Dirige su mirada a la multitud, como si quisiera buscar una víctima. Además, está armado desde los pies hasta la cabeza. Agita las plumas que lo adornan; porta un hacha y un cuchillo en la cintura para arrancar cabelleras; en la mano, en lugar de un arco, sujeta una vara larga que le permite mantener el equilibrio mientras camina por un alambre. Cuando llega al centro de la pista se detiene y lanza un grito de guerra: Herr Gott!. ¡Es el grito de los serpientes negras! Los destructores de Chiavatta recuerdan bien este estremecedor bramido. Lo que resulta aún más extraño es que aquéllos que hace quince años no temieron a mil guerreros vociferantes, sudaban ahora ante la presencia de uno solo. El director se acerca al jefe indio y le comenta algo, como si quisiera calmarlo, serenarlo. La bestia salvaje siente las bridas y la persuasión hace efecto. Un momento después, Sachem está sobre el alambre y avanza mirando fijamente la lámpara de araña de petróleo. El alambre cede violentamente; hay instantes en los que desaparece de la vista, dando la impresión de que el indio flota en el aire. Camina como si ascendiera; va hacia adelante, retrocede, avanza de nuevo… así mantiene el equilibrio. Sus brazos extendidos, cubiertos por el manto, parecen unas enormes alas. ¡Se balancea!… ¡Cae!… ¡No! Un breve aplauso se levanta como el viento y se silencia. El semblante del jefe indio se vuelve cada vez más amenazador. En sus ojos, clavados en la lámpara de petróleo, brilla una luz intensa. Una cierta sensación de desasosiego se adueña del público del circo, pero nadie rompe el silencio. Entre tanto, Sachem llega al otro extremo del alambre, se detiene y de su garganta se arranca una canción de guerra.

¡Es increíble! ¡El jefe indio canta en alemán! Es fácil entenderlo. Probablemente olvidó la lengua de los serpientes negras. De todos modos, nadie lo toma en consideración. Todos escuchan su canto, que crece y se hace cada vez más potente. Es una especie de canción salvaje y ronca teñida de profundos gritos de dolor y llena de modulaciones feroces.

Las siguientes palabras comienzan a resonar: «Todos los años, pasadas las grandes lluvias, quinientos guerreros partían de Chiavatta camino de la guerra o a las grandes cacerías de primavera. Cuando regresaban del combate, venían adornados con las cabelleras arrancadas al enemigo; y cuando volvían de las cacerías, traían carne y pieles de búfalo, y sus esposas les daban la bienvenida con regocijo y danzaban en honor del Gran Espíritu. ¡Cuán feliz era Chiavatta! Las mujeres trabajaban en sus tipis y sus hijos crecían y se convertían en valientes indios y en hermosas muchachas. Los guerreros que morían en el campo de gloria partían hacia las montañas de plata para cazar con los espíritus de sus antepasados. Los guerreros de Chiavatta eran nobles, por eso sus hachas nunca hicieron correr la sangre ni de mujeres ni de niños. Chiavatta fue poderosa hasta que la incendiaron los rostros pálidos llegados desde allende los mares. Pero los guerreros pálidos no vencieron a los serpientes negras luchando, sino que llegaron a hurtadillas, en la noche, como los chacales, y sus cuchillos se mancharon con la sangre de los hombres, las mujeres y los niños mientras éstos dormían. Hoy Chiavatta no existe. En su lugar, los blancos levantaron sus tipis de piedra. ¡La destruida Chiavatta y la generación asesinada claman venganza!».

La voz del jefe indio se tornó ronca. Ahora se balancea en el alambre. Como un arcángel rojo vengador, flota sobre las cabezas de la muchedumbre. Incluso el director parece nervioso. Un silencio mortal acalla el circo. El jefe sigue aullando: «De toda la generación sólo sobrevivió un niño. Era pequeño y débil, pero juró al Espíritu de la Tierra que se vengaría. ¡Iría a contemplar los cadáveres de los hombres blancos, de las mujeres, de los niños, el fuego y la sangre!» Las últimas palabras se convirtieron en un estruendoso grito de rabia. En el circo empezaron a producirse murmullos parecidos a repentinas rachas de viento. Surgían miles de preguntas sin respuesta en las mentes de todos. ¿Qué iba a hacer ahora este tigre furioso? ¿Qué es lo que anuncia? ¿Cómo va a llevar a cabo su venganza? ¿Lo haría él solo o con otros de los suyos? ¿Había que huir de allí o quedarse? ¿Cómo defenderse? ¿Cómo? Was ist das? Was ist das?, exclamaban voces femeninas.

Un repentino grito inhumano emergió del pecho del jefe indio mientras saltaba sobre el potro de madera que había bajo la lámpara de araña. Entonces levantó la pértiga. Un pavoroso pensamiento atravesó como un relámpago todas las mentes: ahora golpeará la lámpara y sumergirá el circo en ríos de petróleo incandescente. De las gargantas de los espectadores surgió un grito. Pero ¿qué sucede? Desde la pista gritan: «¡Alto! ¡Alto!…» ¡El jefe indio ha desaparecido! De un salto había desaparecido por la puerta de salida. ¿No va a incendiar el circo? ¿En dónde se ha metido? He aquí que reaparece de nuevo, sin resuello, extenuado, cadavérico. En una mano lleva un plato de metal y, ofreciéndoselo a los espectadores, dice con voz suplicante: «Was gefällig für letzten der Schwarzen Schlangen!». Todos sienten un gran alivio. Entonces, ¿estaba todo planeado? ¿Era una engañifa del director? ¿Una artimaña? Echan monedas de medio y de un dólar. ¡Cómo negar una moneda al último serpiente negra, aquí, en Antílope, sobre los escombros de la vieja Chiavatta! La gente tiene corazón.

Tras el espectáculo, Sachem bebía cerveza y comía knedl en «Bajo el Sol Dorado», la taberna local. Era más que evidente que el entorno había ejercido su influencia. El jefe indio alcanzó una gran popularidad en Antílope, sobre todo entre las mujeres. Se decía incluso que…

 

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