Los fantasmas del sombrerero [Fragmento]

George Simenon

 

 

 

Era el 3 de diciembre y seguía lloviendo. El número 3 destacaba enorme, negrísimo, con una especie de abultada panza, sobre el color blanco crudo del calendario colgado a la derecha de la caja, en el tabique de roble oscuro que separaba la tienda del escaparate. Hacía exactamente veinte días, porque aquello había ocurrido el 13 de noviembre —también con un 3 obeso en el calendario— que habían asesinado a la primera vieja, cerca de la iglesia de Saint-Sauveur, a pocos pasos del canal.

Y llovía desde el 13 de noviembre. Podía decirse que hacía veinte días que estaba lloviendo sin interrupción.

La mayor parte del tiempo caía una lluvia continuada y crepitante, y al andar por la ciudad, si se pegaba uno a las paredes de las casas, podía oír cómo corría el agua por los canalones; la gente elegía calles porticadas para poder guarecerse durante un momento; al volver a sus casas se cambiaban de zapatos; en todas las viviendas había abrigos y sombreros secándose cerca de la estufa, y los que carecían de ropa para cambiarse vivían en una perpetua humedad fría.

Oscurecía mucho antes de las cuatro, y algunas ventanas estaban iluminadas de la mañana a la noche.

Eran las cuatro cuando, como todas las tardes, Monsieur Labbé salió de la trastienda, donde cabezas de madera de todos los tamaños se alineaban en los estantes. Subió por la escalera de caracol que se hallaba al fondo de la sombrerería. En el rellano se detuvo y, después de sacar una llave del bolsillo, abrió la puerta de la habitación para encender la luz.

¿Acaso anduvo, antes de hacer girar el conmutador, hasta la ventana, cuyos visillos de encaje, muy gruesos y polvorientos, estaban siempre corridos? Probablemente, porque tenía la costumbre de bajar el estor antes de encender la luz.

En aquel momento pudo ver, apenas a unos metros de distancia, a Kachudas, el sastre, en su taller. Estaba muy cerca, porque la calle era tan angosta que se tenía la impresión de vivir en la misma casa.

El taller de Kachudas, situado en el primer piso, encima de su tienda, no tenía cortinas. Hasta los menores detalles de la habitación se dibujaban como en un grabado al buril, las flores del papel de las paredes, las manchas de moscas en el espejo, el pedazo de jabón de sastre plano y grasiento que colgaba de un cordel, los patrones de papel marrón sujetos a la pared, y Kachudas, sentado sobre la mesa, con las piernas dobladas, y teniendo al alcance de la mano una bombilla eléctrica sin pantalla que se acercaba con la ayuda de un alambre. La puerta del fondo, que daba a la cocina, siempre estaba entreabierta, pero la mayoría de las veces no lo suficiente para poder ver su interior. Sin embargo, se adivinaba allí la presencia de Madame Kachudas, porque de vez en cuando los labios de su marido se movían. Se hablaban de una habitación a otra sin dejar de trabajar.

También Monsieur Labbé hablaba; Valentín, su dependiente, que estaba en la tienda, oyó un murmullo de voces encima de su cabeza. Luego vio bajar al sombrerero de nuevo, primero los pies elegantemente calzados, el pantalón, la chaqueta, por fin la cara un poco fofa, siempre seria, pero no demasiado, sin severidad, la cara de un hombre que se basta a sí mismo, que no siente la necesidad de exteriorizar su manera de ser.

Aquel día, antes de salir, Monsieur Labbé había terminado dos sombreros a toda prisa, uno de ellos era el sombrero gris del alcalde, y entretanto se oía la lluvia en la calle, el agua bajando por el canelón y el leve silbido de la estufa de gas en la tienda.

Allí siempre hacía demasiado calor. Valentín, el dependiente, padecía congestión, y a primera hora de la tarde tenía la cabeza embotada; a veces veía el reflejo de sus ojos brillantes, como febriles, en los espejos que había entre estante y estante.

Monsieur Labbé habló igual de poco que los demás días. Podía pasarse horas enteras con su dependiente sin articular palabra.

En torno a ellos seguía oyéndose el ruido del péndulo del reloj, y un chasquido cada cuarto de hora. A las horas y a las medias el mecanismo se disparaba, pero después de un esfuerzo impotente se paraba en seco: sin duda el reloj tenía el carillón estropeado.

Aunque el sastrecillo no podía ver el interior de la habitación del primer piso —durante el día a causa de los visillos, por la noche a causa del estor—, le bastaba inclinar la cabeza para hundir la mirada en la sombrerería.

Estaba claro que le espiaba. Monsieur Labbé ni se tomaba la molestia de cerciorarse de ello, pero lo sabía. Aunque no por eso variaba en lo más mínimo su horario. Seguía con sus movimientos lentos, minuciosos, Tenía las manos muy bonitas, un poco gordezuelas, de una blancura sorprendente.

A las cinco menos cinco salió de la trastienda, que él llamaba el taller, de la que había apagado la lámpara, y pronunció una de sus frases rituales:

—Voy a ver si Madame Labbé necesita algo. Regresó a la escalera de caracol. Valentín oyó sus pisadas por encima de él, un murmullo sordo de voces, luego volvió a ver los pies, las piernas, el cuerpo entero.

Monsieur Labbé abrió al fondo la puerta de la cocina y dijo a Louise:

—Volveré pronto. Valentín cerrará la tienda.

Todos los días decía las mismas palabras, y la criada respondía:

—Muy bien, señor.

Después, mientras se ponía su grueso abrigo negro, repetía a Valentín, quien sin embargo ya le había oído:

—Cerrará usted la tienda.

—Sí, señor. Buenas tardes.

—Buenas tardes, Valentín.

Sacaba dinero de la caja y aún se entretenía un poco observando las ventanas de enfrente. Estaba seguro de que Kachudas, de quien un poco antes había visto su sombra en el estor del primer piso, había bajado de su mesa.

¿Qué le decía a su mujer? Porque le decía algo. Necesitaba una excusa. Ella no le preguntaba nada. Se negaba a hacerle cualquier observación. Hacía años, más o menos desde que se estableció por su cuenta, que hacia las cinco de la tarde iba a beber uno o dos vasos de vino blanco en el Café des Colonnes. Siempre iba allí, como otros que no se conformaban con vino blanco y con un par de vasos. Para la mayoría era el final de la jornada. Pero Kachudas, a su regreso, cenaba rápidamente en medio de su chiquillería y volvía a subir a su mesa, donde a menudo se quedaba trabajando hasta las once o las doce.

—Salgo a tomar un rato el aire.

Le daba pánico no coincidir con Monsieur Labbé. Este lo sabía. La cosa no venía de la primera vieja asesinada, sino de la tercera, cuando la ciudad empezó a asustarse seriamente.

La Rue du Minage casi estaba desierta a aquellas horas, sobre todo cuando llovía a cántaros. Estaba más vacía que nunca, pues mucha gente evitaba salir después de que anocheciera. Los comerciantes, que habían sido los primeros en sufrir las consecuencias del pánico, fueron también los primeros en organizar patrullas. Pero ¿acaso habían podido evitar estas patrullas la muerte de Madame Geoffroy-Lambert y la de Madame Léonide Proux, la comadrona de Fétilly?

El sastrecillo era miedoso, y Monsieur Labbé se permitía el malévolo placer de esperarle sin que lo pareciera. ¿Pues no era este un placer diabólico?

Por fin abría la puerta, y de este modo hacía sonar la campanilla. Pasaba bajo el enorme sombrero de copa en palastro rojo que le servía de rótulo, se levantaba el cuello del abrigo, metía las manos en los bolsillos. También en la puerta de Kachudas había una campanilla, y Monsieur Labbé estaba seguro de que, al poco de andar por la acera, la oiría.

Era una calle porticada, como la mayoría de las viejas calles de La Rochelle. O sea que no llovía en las aceras. Estas eran como túneles fríos, húmedos, en los que sólo se veía alguna luz de trecho en trecho, con puertas cocheras que se abrían a la oscuridad.

Kachudas, para ir a la Place d’Armes, ajustaba su paso al del sombrerero, pero, a pesar de todo, temía tanto una emboscada que prefería andar bajo la lluvia, en medio del arroyo.

Hasta la esquina no tropezaron con nadie. Luego estaban los escaparates del perfumero, de la farmacia, de la camisería, y por fin los amplios ventanales del café. Jeantet, el joven periodista, con sus largos cabellos, la cara flaca, los ojos ardientes, ocupaba su lugar en la primera mesa, cerca de los ventanales, y escribía su artículo ante una taza de café.

Monsieur Labbé no sonrió, hizo como si no le viera. Oía las pisadas del sastrecillo acercándose. Giró el picaporte, se introdujo en una atmósfera cálida, fue derecho a las mesas de en medio, cerca de la estufa, entre las columnas, y se quedó de pie detrás de los que jugaban a las cartas, mientras el camarero, Gabriel, le ayudaba a quitarse el abrigo y el sombrero.

—¿Qué tal, Léon?

—No va mal.

Se conocían desde hacía demasiado tiempo —la mayoría desde la escuela—, tanto, que no tenían ganas de hablarse. Los que jugaban a cartas hacían un leve ademán o rozaban maquinalmente la mano del recién llegado. Gabriel preguntaba por costumbre:

—¿Lo de siempre?

Y el sombrerero se sentaba con un suspiro de satisfacción detrás de uno de los jugadores de bridge, el doctor Chantreau, a quien llamaba Paul. De un vistazo se había dado cuenta de cómo iba la partida. Hubiera podido decirse que esta duraba desde hacía muchos años, puesto que volvía a empezar todos los días a la misma hora, en la misma mesa, con las mismas consumiciones ante los mismos jugadores, las mismas pipas y los mismos cigarros.

La calefacción central debía de ser insuficiente, ya que Oscar, el dueño, había conservado la enorme estufa, de un bello color negro reluciente; Monsieur Labbé se acercaba y estiraba las piernas para secarse los zapatos y el bajo de los pantalones. Al sastrecillo le había dado tiempo de entrar, de dirigirse también hacia las mesas de en medio, pero no con el mismo aplomo, después de saludar respetuosamente, sin que nadie le respondiera, y sentarse en una silla.

No formaba parte del grupo. No había estado ni en los mismos colegios ni en los mismos cuarteles. En la época en que los jugadores de cartas ya se tuteaban, él vivía Dios sabe dónde, en Oriente Próximo, donde las personas como él eran llevadas de un lado a otro como ganado, de Armenia a Esmirna, de Esmirna a Siria, a Grecia o a otro lugar.

Al comienzo, unos años atrás, se sentaba un poco más retirado para beber su vino blanco, seguía el juego, que no debía de conocer, con tanta atención, que le salían arrugas en la frente. Luego se fue acercando insensiblemente, primero empujando la silla, después cambiando abiertamente de asiento, y por fin de mesa, para situarse detrás de los jugadores.

Nadie hablaba de las viejas ni del terror que reinaba en la ciudad. Tal vez esas cuestiones se discutían en otras mesas, pero no en aquella. Laude, el senador, se sacó la pipa de la boca para preguntar, sin volverse apenas hacia el sombrerero:

—¿Y tu mujer?

—Siempre igual.

Una costumbre que habían adquirido quince años atrás. Gabriel le había servido su picón-granadina, de un oscuro color caoba, y él echaba un trago lento, dirigiendo una mirada al joven Jeantet, que escribía su artículo para el Echo des Charentes. Un reloj con la esfera enmarcada en cobre colgaba entre el café propiamente dicho y la parte del fondo donde se alineaban las mesas de billar. Marcaba las cinco y cuarto cuando Jules Lamben, el de los seguros, que perdía como de costumbre, preguntó al sombrerero:

—¿Ocupas mi sitio?

—Esta tarde no.

Lo cual no tenía nada de extraordinario. Pues había seis o siete parroquianos que tan pronto manejaban los naipes como se sentaban detrás de los jugadores. Sólo Kachudas no había sido invitado nunca a jugar, y es probable que tampoco lo deseara.

Era bajito, enclenque. Olía mal y lo sabía; lo sabía hasta el punto de que evitaba acercarse demasiado a los demás. Era un olor que sólo le pertenecía a él y a los suyos, que hubiera podido llamarse el olor Kachudas, mezcla del ajo de su cocina y del pringue de las telas. Aquí nadie comentaba nada, fingían cortésmente no notarlo; pero en la escuela, las niñas menos discretas protestaban cuando tenían que sentarse al lado de las hijas de Kachudas.

—¡Apestas! ¡Tu hermana también apesta! ¡Toda tu familia apesta!

Fumaba uno de los escasos cigarrillos de la jornada que se permitía, porque no podía fumar mientras trabajaba por miedo a quemar la ropa, y siempre había una gran mancha de saliva en el extremo del cigarro.

Era el 3 de diciembre. Eran las cinco y cuarto. Llovía. Las calles estaban negras. Hacía calor en el café, y Monsieur Labbé, el sombrerero de la Rue du Minage, atendía a la jugada del médico, que acababa de cantar cinco tréboles, ante lo cual el de los seguros había doblado imprudentemente.

Al día siguiente por la mañana quienes leyesen el periódico sabrían lo que el joven Jeantet estaba escribiendo acerca de las viejas asesinadas, ya que hacía apasionadas investigaciones e incluso había lanzado una especie de desafío a la policía.

Su patrón, Jérôme Caillé, el impresor que dirigía el periódico, jugaba tranquilamente al bridge sin preocuparse por el fogoso joven cuyo artículo leería dentro de poco, ya en la redacción.

Chantreau acababa de cantar triunfos y se arriesgaba ya al impasse decisivo cuando, sin necesidad de volverse, Monsieur Labbé vio que Kachudas se levantaba a medias, sin perder del todo el contacto con su silla, y se inclinaba hacia él alargando el brazo como para alcanzar un objeto entre el serrín que cubría el suelo.

Pero su objetivo eran los pantalones del sombrerero. Sus ojos de sastre habían descubierto un puntito blanco cerca de la vuelta. ¿Acaso había pensado que se trataba de un hilo? Sin duda alguna no albergaba malas intenciones. De haberlas tenido no hubiese podido adivinar la importancia de su gesto.

Tampoco Monsieur Labbé, que le dejaba hacer, un poco sorprendido pero en absoluto inquieto.

—Perdone.

Kachudas cogió la cosa blanca, que no era un hilo, sino un pequeñísimo pedazo de papel, apenas de medio centímetro, un papel ligero y rugoso como el del periódico.

Nadie en el café prestó la menor atención a lo que sucedía. Kachudas sujetaba el pedacito de papel entre el pulgar y el índice. Y por casualidad, con el cuerpo inclinado, la cabeza gacha, rozando aún la silla con las nalgas, le echó un vistazo. No era cualquier fragmento de periódico. Había sido cuidadosamente recortado con ayuda de unas tijeras. Para ser más exactos, habían recortado dos letras, una «n» y una «t» al final de una palabra.

Monsieur Labbé le estaba observando de arriba abajo, y el sastrecillo se paró en seco, presa de pánico, y levantó por fin la cabeza; al erguirse evitó mirar la cara del sombrerero, al que tendía aquel objeto minúsculo balbuceando:

—Le ruego que me disculpe. —En lugar de tirar el pedacito de papel lo devolvía, lo cual era un error, porque de esta forma admitía haber comprendido su importancia. Como era tímido y parecía condenado a la humildad, cometió un segundo error al empezar una frase que no tuvo el valor de concluir—: Me había parecido…

En medio de una niebla luminosa, sólo veía sillas, espaldas, telas, el serrín del suelo, las patas negras de la estufa, y entonces oyó una voz grave y tranquila diciendo:

—Gracias, Kachudas.

Porque se hablaban. Todas las mañanas, a las ocho, el sombrerero y el sastre salían de sus casas para retirar las tablas que ponían delante de sus tiendas como si fueran postigos. La chacinería, al lado del comercio de Kachudas, hacía ya mucho que estaba abierta. El sábado, las granjeras de los alrededores llenaban la calle con sus cestos, para vender las verduras o el averío que tuviesen, pero los demás días sólo los adoquines separaban a los dos hombres, y Kachudas había adquirido la costumbre de decir:

—Buenos días, Monsieur Labbé.

Y añadía, según se presentase el cielo:

—Hoy hace buen tiempo.

O bien:

—Sigue la lluvia.

Y el sombrerero respondía campechanamente:

—Buenos días, Kachudas.

Eso era todo. Eran dos comerciantes cuyas tiendas estaban la una enfrente de la otra.

Esta vez Monsieur Labbé acababa de decir:

—Gracias, Kachudas.

Y fue casi con la misma voz. Pero ¿era exactamente la misma voz, a pesar del terrible descubrimiento que acababa de hacer el sastrecillo? Kachudas hubiera querido vaciar su vaso de un trago. Los dientes le castañeteaban contra el vaso. Trataba de pensar muy deprisa, de pensar con lucidez, y cuantos más esfuerzos hacía más se le confundían las ideas.

Sobre todo, no debía volver la cabeza hacia la derecha. Eso lo había decidido desde el primer momento.

En la mesa de en medio, la del senador, el impresor, el médico, el sombrerero, había hombres de sesenta a sesenta y cinco años, o sea, los más importantes, pero en otras mesas también había jugadores, y sobre todo a la derecha, que era donde se encontraban los jugadores de belote, que representaban la generación de los hombres de cuarenta a cincuenta años. Y en esta última mesa, casi siempre de cinco a seis, estaba el comisario especial Pigeac, el encargado de la investigación del caso de las viejas asesinadas.

Kachudas debía evitar a toda costa mirar hacia aquel lado. Tampoco podía volverse hacia el joven reportero que seguía escribiendo. ¿Acaso estaba respondiendo Jeantet, una vez más, a uno de los mensajes del asesino?

En veinte días aquello había tenido tiempo de convertirse en una costumbre, casi en una tradición. Después de cada asesinato, el diario recibía una carta cuyas letras, a menudo palabras enteras, habían sido recortadas de números precedentes del Echo des Charentes, que la publicaba seguida de un comentario del joven Jeantet. Al día siguiente, o al cabo de dos días, el asesino respondía, siempre con la ayuda de cachitos de papel recortados y pegados en una hoja blanca.

Ahora bien, precisamente la víspera el mensaje contenía una frase que provocó de pronto que se le helara la sangre al sastrecillo.

«Se engaña usted, joven. No soy un cobarde. Si solamente ataco a las viejas no es por cobardía, sino por necesidad. Si el día de mañana se me presenta la misma necesidad de matar a un hombre, aunque sea alto y fuerte, lo haré».

Algunas cartas, de media columna, representaban cientos de letras recortadas pacientemente, lo cual había dado pie a Jeantet para escribir

«El asesino no sólo es paciente y minucioso, sino que además el género de vida que lleva le permite tener muchos ocios».

El periodista de diecinueve años, que también era paciente, había probado la experiencia. Había calculado el tiempo necesario para componer una carta de treinta renglones sirviéndose de letras recortadas de periódicos viejos. Kachudas ya no se acordaba del resultado exacto, pero era enorme.

«Si el día de mañana se me presenta la misma necesidad de matar a un hombre…».

Uno fumaba su pipa a pequeñas bocanadas, mirando cómo jugaban a las cartas, el otro tenía una colilla sucia pegada al labio y no se atrevía a posar sus ojos en ninguna parte. De vez en cuando Monsieur Labbé consultaba su reloj, y eran sólo las cinco y veinticinco cuando pidió su segundo picón. A las cinco y media se puso en pie, lo cual bastó para que Gabriel acudiera corriendo con su abrigo y el sombrero.

¿Miró verdaderamente a Kachudas con una benevolencia irónica? Una capa de humo se alargaba por encima de las cabezas de los jugadores. La estufa despedía oleadas de calor. Podría decirse que Monsieur Labbé esperaba, que adivinaba exactamente lo que estaba pensando el sastrecillo.

«Si dejo que se vaya solo, es capaz de apostarse en un rincón oscuro de la Rue du Minage…».

¿Y si Kachudas se apresuraba a contarlo a cualquiera, al comisario, o incluso al periodista? Si afirmaba, señalándole con el dedo: «¡Es él!».

El pedacito de papel había desaparecido. Kachudas lo buscaba en vano con la mirada. Se acordó de que el sombrerero lo había enrollado con los dedos, hasta convertirlo en una píldora grisácea. Y aunque las dos letras recortadas estuvieran aún en el suelo… ¿Cómo mostrar que las había cogido del pantalón de Monsieur Labbé?

Ni siquiera eso bastaría. Eso era tan cierto que Monsieur Labbé no se había inmutado, no había tenido miedo, se había limitado a decir:

—Gracias, Kachudas.

Y había veinte mil francos en juego, una fortuna para un sastrecillo a quien apenas confiaban algo más que arreglos o trajes a los que había que dar la vuelta, y cuya hija mayor trabajaba de dependienta en el Prisunic.

Para poder ganar aquellos veinte mil francos no había que lanzar una acusación al aire. Era necesario no alarmar al asesino.

Pero Monsieur Labbé lo sabía. Y Monsieur Labbé, que había matado a cinco viejas desde el 3 de noviembre, es decir, en veinte días, era perfectamente capaz de desembarazarse de él.

¿Tuvo tiempo Kachudas de pensar en todo eso? El sombrerero rozó con su mano la punta de los dedos de sus amigos. Le decían:

—Buenas noches, Léon.

Porque se llamaba Léon. Le dio una palmada al médico en el hombro, que estaba repartiendo las cartas y tenía las dos manos ocupadas, y el médico murmuró:

—Que se mejore Mathilde.

Hubiérase dicho que se entretenía a propósito, para dar tiempo a Kachudas a que se decidiera. Su cara era la misma que hacía un rato, cuando Valentín le veía bajar por la escalera de caracol. Era un hombre que había sido gordo. Tal vez muy gordo, y luego se había fundido, se notaba en sus facciones blandas, en sus rasgos indecisos. De todas formas, aún debía de pesar el doble que Kachudas.

—Hasta mañana.

La manecilla del reloj acababa de dejar atrás la media, y nada más cerrarse la puerta, Kachudas alcanzó su abrigo de la silla vecina. Estuvo a punto de irse sin pagar, por temor a que Monsieur Labbé doblara la esquina de la Rue du Minage antes de que él saliese a la calle. Porque entonces todas las emboscadas eran posibles. Y sin embargo no tenía más remedio que volver a su casa.

Monsieur Labbé andaba con sus pasos regulares, ni despacio ni deprisa, y por primera vez el sastrecillo observó que se movía con una extremada ligereza, como la mayor parte de los gordos o de los antiguos gordos, y que no hacía ruido al andar.

Torció a la derecha, se metió en la Rue du Minage. Kachudas le seguía aproximadamente a unos veinte metros, cuidando mucho de no abandonar el centro de la calle. En caso de que fuera necesario, siempre tendría tiempo para gritar. Dos o tres tiendas seguían abiertas, podía verse la luz a través de la lluvia; casi todas las viviendas, en los pisos superiores, estaban iluminadas.

Monsieur Labbé andaba por la acera de la izquierda, la de la sombrerería, pero, en lugar de detenerse ante su casa, siguió su camino, un poco más lejos volvió la cabeza, tal vez para cerciorarse de que su vecino aún estaba siguiéndole. Algo por otra parte innecesario, ya que las pisadas de Kachudas resonaban sobre los adoquines.

El sastrecillo podía regresar a su casa. Tenía vía libre. Su tienda aún estaba abierta, y todavía le daba tiempo de echar rápidamente el cerrojo. A través de la ventana del primer piso, vio el pedazo de jabón de sastre que colgaba encima de la mesa, cerca de la bombilla. Las niñas habían vuelto de la escuela. Esther, la mayor, la del Prisunic, volvería poco después de las seis, corriendo, porque ella también temía al asesino, y ninguna de sus compañeras vivía en el barrio.

Continuó andando. Torció a la izquierda, como Monsieur Labbé, y enseguida se encontraron en una calle mejor iluminada. Era tranquilizador ver a personas dentro de las tiendas, y de vez en cuando pasaba algún coche que hacía estallar los charcos de agua.

Allí no había soportales, y Monsieur Labbé notaba la lluvia sobre los hombros. La calle volvía a hacerse oscura. El sombrerero tan pronto desaparecía como reaparecía en el círculo de luz de una farola, y Kachudas seguía andando exactamente en medio de la calzada, contenía la respiración, muerto de miedo, y sin embargo incapaz de dar media vuelta.

A aquella hora, ¿cuántas eran las patrullas de voluntarios que había en la ciudad? Sin duda cuatro o cinco, en las que no faltaban jóvenes con linternas a quienes todo eso divertía. Era la hora fatídica. Tres de las viejas habían sido asesinadas entre las cinco y media y las siete de la tarde.

Llegaron uno detrás del otro al tranquilo barrio del museo, donde había casitas de una sola planta, y detrás de algunos cristales se veían familias reunidas, niños que hacían sus deberes, mujeres que ya ponían la mesa para la cena.

De pronto Monsieur Labbé desapareció en la oscuridad, y después de dar unos pasos, Kachudas se paró en seco, como si echara de menos algo esencial: le era imposible situar a su vecino a causa de las sombras que inundaban la calle. ¿Se había quedado quieto en un rincón? ¿O estaba moviéndose? ¿Era capaz de moverse sin hacer ruido? Nada impedía que estuviera acercándose al sastrecillo, y este permanecía inmóvil, como presa de un frío penetrante.

Oía, no lejos de allí, los acordes de un piano. Un débil resplandor se filtraba entre las persianas de una casa. Una niña o un niño, en una habitación iluminada, recibía una lección de música y comenzaba una y otra vez, incansablemente, las mismas escalas.

Ningún ser humano entraba en la calle, ni por un extremo ni por otro, y Monsieur Labbé seguía agazapado en algún lugar, silencioso, invisible, mientras Kachudas no se atrevía a acercarse a las casas.

Dejó de sonar el piano y se produjo un silencio total. Luego se oyó el ruido sordo de la tapa cayendo sobre las teclas blancas y negras. Una luz al otro lado de una puerta, voces apagadas que se hicieron más agudas en el momento de abrirse la puerta, a veinte metros del sastrecillo, mientras las gotas de lluvia se transformaban en destellos.

—¿Cree usted que es lo mejor, Mademoiselle Mollard? Sería mucho más seguro esperar a que mi marido regrese de la oficina. Estará de vuelta dentro de cinco minutos.

—¡Para cuatro pasos que tengo que dar! Vuelva a meterse en la casa. No vaya a enfriarse. Hasta el viernes próximo.

Aquel día era viernes. La niña (o el niño) tomaba sus lecciones de piano todos los viernes de cinco a seis.

—Dejo la puerta abierta hasta que entre usted en su casa.

—¡De ninguna manera! Se les va a enfriar todo el piso. Ya le he dicho que no tengo miedo.

Por la voz, Kachudas se la imaginó bajita y flaca, un poco achacosa y con cierto melindre. Oyó cómo bajaba las escaleras y salía a la acera. La puerta, que durante unos segundos permaneció abierta, por fin se cerró. Estuvo a punto de gritar. Quiso gritar. Pero ya era demasiado tarde. Además, le hubiera sido físicamente imposible.

No hizo más ruido del que por ejemplo haría un faisán levantando el vuelo en un bosque. Probablemente era el roce del vestido. En la ciudad todo el mundo sabía cómo pasaba, y Kachudas se llevó a pesar suyo la mano a la garganta, imaginó la cuerda de violonchelo que apretaba el cuello, hizo un sincero esfuerzo para no quedarse inmóvil.

Estaba seguro de que todo había terminado, tenía que alejarse sin pérdida de tiempo, ir corriendo hasta la comisaría más cercana. Había una en la Rue Saint-Yvon, inmediatamente después del mercado.

Por un momento creyó oír su propia voz, aunque sus labios se habían movido en el vacío. Estaba andando. Era una victoria. Aún no conseguía correr. Además, tal vez era preferible no echar a correr aquí, por las calles desiertas, por las que el otro podía acelerar también, alcanzarle, y terminar con él como acababa de hacer con la vieja.

Un escaparate. Parecía una ironía, pues se trataba de una armería. Claro que el sombrerero no utilizaba nunca armas. Kachudas ya no se sentía tan solo. Podía tomar aliento. Hubiese querido mirar hacia atrás. Veinte metros más, diez metros, y ya veía la luz roja de la comisaría.

Había pasado por los charcos de agua chapoteando y tenía los pies mojados, las facciones endurecidas por el frío. Volvía a andar como una persona normal, dejaba atrás la Rue du Minage, su calle.

Ya casi había llegado. No oía ningún ruido de pasos, pero sabía que alguien andaba muy cerca de él, que iba a alcanzarle, seguía sin atreverse a correr ni a pararse, y una silueta más alta y más ancha que él se perfiló a su izquierda, alguien ajustó su paso al suyo, y una voz extrañamente tranquila dijo:

—Haría usted mal, Kachudas.

No miró a su compañero. No respondió nada. No dio de inmediato media vuelta.

Estaba solo. Veía el farolillo rojo, un agente ciclista que salía de la comisaría y que montaba en su bicicleta.

Se volvió. Ya sin preocuparse por él, Monsieur Labbé se dirigía con las manos en los bolsillos, el cuello del abrigo levantado, hacia la Rue du Minage, hacia la calle donde viven los dos.

 

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