La Julia

Corina Vanda Materazzi

 

Enchufa la plancha, mira la pila de ropa y piensa: “Otra vez la pollerita esta de mierda con tanta tablita y pincitas ¿Cuántos días por semana juega al tenis? ¿No le alcanza con uno o dos?”

Saca el rociador, el apresto y busca las perchas en el armario del pasillo.

Desde la ventana se ve el parque, la pileta y más allá la hilera intermitente de nogales. Hasta hace dos años en el Jagüel había nueces todo el año, jamás hubo necesidad de comprar para navidad, hasta los chupetines eran de nueces. Para diciembre se hacía el campeonato, ahí le había echado el ojo el Carlos. Ella fue muchos años la más rápida del Jagüel, sin ninguna herramienta, solo apretando en una mano, una  nuez contra otra.

Después vino lo del accidente. El Carlos andaba con problemas en el trabajo, estaban reduciendo el personal, le sacaron las horas extras y el bono de fin de año. El Carlos empezó a tomar y cuando andaba sobrio estaba con los nervios en puntas, él no quiso.  Después el yeso y nunca más pudo tener aquella destreza.

Ahora no hay tantas nueces porque se tiraron muchos árboles para hacer el cuntri y hay que pedir permiso para juntarlas, pero con la cara que pone su patrona, cuando Julia le pide si puede llevar algunas para las casas, dan ganas de decirle que se las meta una por una en el culo. Y ahí están todas apolillándose  en la sombra de los árboles. A veces le pide a Julia que las lleve a la cocinera de la casa para que haga unas comidas con nombres que suenan igual a cuando uno habla y está resfriado. A Julia le da más impotencia verlas ahí esperando el turno que a la patrona le vengan las ganas.

Mientras abre la tabla, recuerda las palabras del Intendente: “Por un árbol talado, cinco plantados”, promesas que quedaron a la sombra, como las nueces en esa mancha oscura, un territorio donde todo se pudre.

La mano maneja la plancha, eso es lo que prefiere pensar Julia, que en algún punto dirige algo: decide si primero el cuello o los puños; la sisa o la espalda. Parece que es lo mismo, pero no, “el que sabe: sabe”, eso decía su padre siempre. Eso es lo que ella le dijo a su patrona de “Los Nogales” cuando a poco de empezar  apareció la Generala a indicarle como se hacía el trabajo. Así le puso de apodo  Julia, a una mocosa culo con rosca, que tienen en la casa como encargada . Es la única que no lleva uniforme y usa zapatos con un poco de taco. Se desplaza por los pasillos con la nariz apuntando al cielo raso, como esquivando el olor a mierda de las demás empleadas rasas.

Arranca  una hilacha que cuelga del dobladillo de una camisa. La mira y se pregunta qué diferencia hay entre un extremo y el otro. Después de todo, ambas puntas pertenecen a la misma hebra, como ella y la Generala: las dos, el mismo linaje.

Hoy en la casa no hay nadie porque se fueron anoche, la patrona se opera a la tarde, la cocinera oyó que se va a poner unas tetas más grandes. Julia lo recuerda y se mira las suyas, no se imagina para qué una mujer puede querer cargar con más peso.

La diez de la mañana y Julia ya es una sopa.  Corre las cortinas del cuarto donde plancha. Hace días que lo viene pensando. Mira la pileta, el agua ahí es liviana, no es como en la zanja de la vereda de su barrio. Cuando el calor aprieta los pibes juegan allá toda la tarde. Para la hora de la leche solo los dientes tienen asomando. Cuando los suyos eran chicos Julia los ponía en el fuentón por tandas, pero ahora están crecidos y no hay manera de gobernarlos.

Piensa en esa idea que le viene rondando  y la desecha. Pero vuelve. El día es un chicle ahí  en la soledad del cuarto. Le dieron franco a todas incluso a la Generala. La ropa, sin embargo, se apila sin pausa. Un atraso y el descanso del domingo corre peligro y después hay que aguantar el desayuno de puteadas del Carlos.

Calcula que tiene hasta la tarde porque además Rosa sale de madrina y prometió reemplazarla  con los vidrios y el odex con las canillas. Esa idea que tiene con el agua que imagina fresca en la pileta acampa definitivamente en su cabeza: piensa que podría hacer que sus pies dejen de parecer dos empanadas y que si se animara un poco más (subiéndose el uniforme) hasta las rodillas dejarían de aparentar dos sandías maduras.

Desenchufa la plancha y va hacia la pileta. Ya en la orilla, ese espejo le parece un océano. Se saca el calzado y sentada en el borde mete los pies en el agua. Un suspiro largo inunda el silencio en el parque.

Según lo pensado se para y se arremanga la falda del uniforme y baja un escalón y después otro, hasta llegar al tercero. Piensa que un poco más, que total no pasa nada si se moja un poco, con el calor que hace enseguida se le seca el uniforme. Va por el medio y sigue bajando hasta la cintura, como pisando para no hacer ruido. Hace años que no se le moja todo el cuerpo, desde que al Carlos lo echaron de la fábrica que no pueden ir al Club. Igual siempre en lo playo porque no sabe nadar. Toma aire, cierra los ojos, se aprieta la nariz con dos dedos, gira una vuelta y se inclina para atrás hundiéndose totalmente. Permanece abajo del agua y se le ocurre decir cosas, gritarlas, todas esas cosas que desea y que nadie escucha, incluso mechada con alguna puteada dedicada que viene guardando. Se divierte entre las burbujas, mira el cielo que desde allí se ve diferente. Agradece la calma y le dan ganas de dejarse caer y soltar el cansancio de haber soñado tanto, de dormirse con sed, pero se acuerda de la ropa y entonces intenta sacar la cabeza en busca de oxígeno, pero le cuesta porque los pies flotan: el piso les queda muy lejos.

El sol trepa por encima de los nogales, la plancha fría y el agua se vuelve un infierno insoportable, espeso.

Tal vez  es el agua, tal vez aquellas palabras que nunca dijo.

Ahora  le llega esa paz, como si fuese una visita, que espera hace mucho tiempo.

 

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