La cura

Mo Yan

 

 

Esa tarde, el destacamento armado puso un letrero en el muro blanquecino de la casa de Ma Kuisan, que daba a la calle; anunciaba las ejecuciones de la mañana siguiente en el lugar de siempre: la cabeza de puente meridional del río Jiao. Todos los habitantes corpulentos tenían que acudir por fines educativos. Había tantas ejecuciones ese año que la gente había perdido el interés por ellas, y la única manera de atraer a la multitud era hacer la asistencia obligatoria.

La habitación seguía oscura cuando Padre se levantó a encender la lámpara de aceite. Después de ponerse la chaqueta con forro me despertó y trató de sacarme de la cama, pero hacía tanto frío que lo único que quería hacer era quedarme bajo las mantas calentitas, de las que Padre finalmente acabó tirando.

—Levántate —dijo—. Al destacamento armado le gusta dejar el trabajo hecho pronto. Si llegamos tarde perderemos nuestra oportunidad.

Salí por la puerta, detrás de Padre. El cielo empezaba a iluminarse por el este. Las calles estaban congeladas y desiertas; los vientos del Noroeste habían barrido el polvo durante la noche y la carretera de color gris era claramente visible. Mis dedos de las manos y de los pies estaban tan fríos que parecía que me los había roído un gato. Cuando pasamos por delante del recinto de la familia Ma, donde estaba alojado el destacamento armado, nos fijamos en la luz que desprendía la ventana y oímos los sonidos de un fuelle. Padre dijo con suavidad.

—Vamos. El destacamento armado está desayunando.

Padre me arrastró al nacimiento del río; desde allí pudimos ver el contorno oscuro del puente de piedra y los charcos de hielo en el lecho del río. Le pregunté:

—¿Dónde nos vamos a esconder, Padre?

—Debajo del puente.

Debajo del puente estaba oscuro y desierto, por no mencionar el frío helador. Sentía un hormigueo en el cuero cabelludo por lo que, preocupado, le pregunté a Padre.

—¿Cómo es posible que sienta un hormigueo en el cuero cabelludo?

—A mí me sucede lo mismo —dijo—. Han matado a tanta gente aquí que los fantasmas de los muertos están por todas partes.

Detecté el movimiento de unas criaturas en la oscuridad debajo del puente.

—¡Ahí están! —grité.

—Esos no son fantasmas de los muertos —dijo Padre—. Son perros que se alimentan de los muertos.

Me estremecí y me eché hacia atrás hasta que me choqué con un pilar del puente, que estaba tan frío que me caló los huesos. Solo podía pensar en Abuela, que tenía los ojos tan nublados por las cataratas que estaba completamente ciega. El cielo quedaría totalmente iluminado cuando la bruma helada procedente de las Tres Estrellas del Oeste descendiera bajo el puente. Padre se encendió su pipa; la fragancia del tabaco enseguida nos envolvió. Mis labios se empezaban a entumecer.

—Padre, ¿puedo ir a correr? Me estoy congelando.

La respuesta de Padre fue:

—Muérdete la lengua. El destacamento armado dispara a sus prisioneros cuando el sol de la mañana está rojo todavía.

—¿A quién van a disparar esta mañana, Padre?

—No sé —dijo Padre—. Pero lo descubriremos enseguida. Espero que maten a los jóvenes.

—¿Por qué?

—La gente joven tiene cuerpos jóvenes. Dan mejores resultados.

Había más cosas que quería preguntar, pero Padre ya estaba perdiendo la paciencia.

—No más preguntas. Todo lo que decimos aquí abajo lo pueden oír ahí arriba.

Mientras estábamos hablando, el cielo se volvió de un blanco nieve. Los perros del pueblo habían formado una manada y ladraban muy alto, pero aun así no amortiguaban los llantos de las mujeres. Padre salió de nuestro escondite y se quedó unos segundos de pie en el lecho del río, ladeando la oreja en dirección al pueblo. Ahora realmente me estaba poniendo nervioso. Los perros carroñeros que merodeaban el espacio debajo del puente me miraban fijamente como si me quisieran arrancar las extremidades. No sé por qué no me fui de ahí lo más rápido posible. Padre volvió en cuclillas. Vi sus labios temblar en la tenue luz del amanecer, pero no sabía si era por frío o miedo.

—Permanece callado —susurró Padre—. Van a llegar enseguida. Puedo oír cómo atan a los condenados.

Me acerqué a Padre y me senté sobre la maleza. Agucé el oído y escuché un gong en el pueblo, unido con una voz masculina muy áspera:

—Aldeanos, id a la cabeza de puente meridional para ver la ejecución, disparad al terrateniente y tirano Ma Kuisan, su mujer y al jefe del pueblo Luán Fengshan por orden del destacamento armado a cargo de Jefe Zhang. Los que no vayan serán castigados por cómplices.

Escuché a Padre refunfuñar en voz baja:

—¿Por qué van a hacerle esto a Ma Kuisan? ¿Por qué le van a matar? Es a la última persona que deberían matar.

Quería preguntarle a Padre por qué no deberían matar a Ma Kuisan, pero antes de poder abrir la boca escuché el estallido de un rifle y el zumbido de una bala a lo lejos, en dirección al cielo. A continuación se oyeron los cascos de un caballo en nuestra dirección, camino a la cabeza de puente; cuando golpeaban el suelo hacían tanto ruido que parecían un torbellino. Padre y yo nos echamos hacia atrás y miramos las franjas de luz filtrándose entre las grietas de las rocas; los dos estábamos asustados y no muy seguros de lo que estaba sucediendo. Después de la mitad del tiempo que lleva fumarse una pipa oímos cómo venía gente hacia nosotros, gritando y vitoreando. Se detuvieron. Escuché hablar a un hombre, y su voz parecía el graznido de un pato.

—Dejadle que se vaya, maldita sea. Nunca le cogeremos.

Dispararon a quien sea que fuera dos veces en dirección a las pisadas de los cascos del caballo. El sonido retumbó en las paredes tras las que nos estábamos escondiendo; me zumbaban los oídos y había un olor fuerte a pólvora.

De nuevo el graznido.

—¿A qué cojones estás disparando? A estas alturas ya estará en el siguiente condado.

—Nunca pensé que haría algo parecido —dijo otra persona—. Jefe Zhang, debe ser un jornalero.

—No es más que un perro traidor de la clase alta, que lo sepas —graznó el pato.

Alguien caminó hacia la verja y empezó a hacer pis a un lado del puente. El olor era asqueroso y mareante.

—Venga, volvamos —graznó el pato—. Tenemos una ejecución a la que asistir.

Padre me dijo entre susurros que el hombre que sonaba como un pato era el jefe del destacamento armado, al que el gobierno del distrito le había dado además le responsabilidad de erradicar a los traidores del Partido; le llamaban Jefe Zhang.

El cielo empezaba a volverse rosa en el horizonte, donde poco a poco unas nubes sutiles y bajas surgieron a la vista; enseguida también se volvieron rosas. Ahora había luz suficiente para ver algunos excrementos congelados de perro en el suelo de nuestro escondite, eso y algunas prendas de ropa hechas trizas, mechones de pelo y una calavera carcomida. Era tan repulsivo que tuve que apartar la vista. El lecho del río estaba tan seco que parecía un hueso, con la excepción de los charcos congelados que había por aquí y por allá; hierbajos cubiertos de rocío se levantaban en los bordes del río seco. Los vientos del Norte se habían apaciguado. Los árboles de la orilla estaban inmóviles y quietos bajo el aire helado. Me giré hacia Padre; podía ver el vaho de su aliento. El tiempo parecía detenerse. Entonces Padre dijo:

—Aquí vienen.

La llegada del partido de ejecución a la cabeza de puente la anunció el frenético sonido del gong y pisadas sordas. Entonces retumbó una voz:

—Jefe Zhang Jefe Zhang. He sido un buen hombre durante toda mi vida…

Padre susurró:

—Ese es Ma Kuisan.

Se oyó otra voz, esta era monótona y quebrada por la emoción.

—Jefe Zhang, tenga piedad… Hemos hecho un sorteo para ver quién sería el jefe del pueblo; yo no quería el trabajo… Lo echamos a suertes. Me tocó el palo más corto, mi mala suerte… Jefe Zhang, ten piedad y sálvame de esta vida de perros… Mi madre de ochenta años está en casa y tengo que cuidar de…

Padre susurró:

—Ese es Luán Fengshan.

Después de eso, una voz muy aguda dijo:

—Jefe Zhang, cuando te mudaste a nuestra a casa te alimenté bien y te di el mejor vino que teníamos. Hasta dejé que mi hija de dieciocho años satisficiera tus necesidades. Jefe Zhang, no tienes un corazón de acero, ¿o sí?

Padre dijo:

—Esa es la mujer de Ma Kuisan.

Finalmente oí el bramido de una mujer:

—Wu-la-ah-ya.

Padre susurró:

—Esa es la mujer de Luán Fengshan, la Muda.

Con un tono casual y tranquilo Jefe Zhang dijo:

—Vamos a mataros os pongáis como os pongáis, así que es mejor que dejéis de chillar. Todo el mundo tiene que morirse antes o después. Deberíais desear que pasara lo antes posible y así podréis volver al mundo como otras personas.

Entonces Ma Kuisan anunció en voz alta a la multitud.

—A todos vosotros, jóvenes y mayores, yo, Ma Kuisan, nunca os he hecho nada malo. Ahora os pido que me defendáis…

Algunas personas se arrodillaron bruscamente y empezaron a rezar desesperadas.

—Ten piedad, Jefe Zhang. Perdónales la vida. Son gente honesta, todos ellos…

Una voz masculina joven sobresalió por encima del ajetreo.

—Jefe Zhang, yo propongo que hagamos que esos cuatro cabrones se pongan de rodillas en el puente y hagan cien reverencias. Después les dejaremos que vuelvan a sus vidas de perro. ¿Qué dice?

—¡Menuda idea Gao Renshan! —respondió Jefe Zhang—. ¿Estás sugiriendo que yo, Zhang Qude, soy una especie de monstruo vengativo? ¡Me parece que has sido el jefe de la milicia demasiado tiempo! Ahora, levantaos aldeanos. Hace demasiado frío para arrodillarse así. La cosa está clara. Nadie os puede salvar, así que todo el mundo de pie.

—Aldeanos, defendedme —suplicó Ma Kuisan.

—No perdamos más el tiempo —le interrumpió Jefe Zhang—. Es la hora.

—¡Haced hueco! —Varios jóvenes, que casi seguro eran miembros del destacamento armado, estaban despejando el puente y obligando a los aldeanos arrodillados a levantarse.

Entonces Ma Kuisan suplicó al cielo:

—Hombre viejo del reino de los cielos ¿eres ciego? ¿A mí, Ma Kuisan, es así como se me recompensa por toda una vida haciendo el bien?, ¿con una bala en la cabeza? Zhang Qude, hijo de puta, no morirás plácidamente durmiendo, cuenta con ello. Hijo de puta.

—¡Cuanto antes mejor! —bramó el Jefe Zhang—. ¿O queréis escuchar cómo escupe veneno?

Unas rápidas pisadas cruzaron el puente por encima de nosotros. Entre las grietas de las rocas veía a la gente.

—¡Arrodíllate! —ordenó alguien que estaba en el borde más al sur del puente—. Apartaos todo el mundo —se oyó un disparo en el borde más al norte.

Pum, pum, pum. Se oyeron tres disparos.

Las explosiones me perforaron los tímpanos y me dolían tanto que pensé que me había quedado sordo. Para entonces el sol había escalado por encima del horizonte del este, perfilado por un halo de color rojo sangre que se esparció por las nubes y que las hacía parecer las copas de abetos gigantes. Una forma humana, grande y corpulenta daba tumbos lentamente encima del puente, como una nube moviéndose en el cielo; cuando impactó en el suelo helado recobró su peso y rebotó hasta permanecer inmóvil. Unos hilos de sangre cristalina manaban de su cabeza.

Se oyó el pánico y la confusión en la zona norte de la cabeza de puente: me parecía que eran los aldeanos al dispersarse de manera frenética tras ser testigos forzados de las ejecuciones. ¿No sonaba como si el destacamento armado persiguiese a los desertores?

De nuevo, unas pisadas cruzaban a toda prisa el puente de Norte a Sur, seguido del grito de «Arrodíllate» en la parte meridional de la cabeza de puente y «Abrid paso» en el norte. Entonces se escucharon tres disparos más: el cuerpo de Luán Fengshan, sin sombrero y con un abrigo acolchado hecho trizas, se cayó con la cabeza sobre las rodillas en el lecho del río, primero se chocó con Ma Kuisan, luego cayó de costado.

Después de eso las cosas se simplificaron considerablemente. Una sarta de disparos precedió al sonido y la imagen de dos cuerpos femeninos despeinados tumbados boca abajo, con los brazos y las piernas abiertas y chocándose con los cadáveres de sus maridos.

Agarré con fuerza el brazo de Padre, y sentí algo caliente y húmedo en mis pantalones acolchados.

Al menos media docena de personas estaban de pie en el puente, justo por encima de nosotros, y me parecía que su peso iba a derrumbar el suelo de piedra del puente. Sus gritos atronadores eran casi ensordecedores:

—¿Comprobamos los cuerpos, Jefe?

—¿Para qué demonios? Sus cerebros están esparcidos por todas partes. Ni aunque viniese el Emperador del Jade les podría salvar.

—¡Vámonos! La mujer del Viejo Guo tiene cuajada de judía fermentada y buñuelos fritos esperándonos.

Cruzaron el puente, dirigiéndose hacia el Norte, sus pisadas sonaban como si fuera una avalancha. El suelo de roca, que crujía y se movía, se podía haber derrumbado en cualquier momento. O eso me parecía a mí.

El silencio volvió.

Padre me dio un codazo.

—No te quedes ahí como un idiota. Hazlo y punto.

Miré a mi alrededor, pero nada tenía sentido. Incluso mi propio padre me resultaba familiar pero no sabía ubicarle.

—¿Eh? —Estoy seguro de que eso fue todo lo que fui capaz de decir.

—Estamos aquí para conseguir una cura para tu abuela. Tenemos que darnos prisa, antes de que aparezcan los ladrones de cuerpos.

Las palabras seguían resonando en mis oídos cuando vi siete u ocho perros carroñeros, en diferente gama de colores, arrastrando sus sombras alargadas a lo lejos del lecho del río, en nuestra dirección. Nos estaban aullando. Todo lo que podía pensar era que si hubiese tenido un arma se hubiesen ido asustados.

Vi a Padre dar una patada a varias piedras que estaban sueltas para lanzárselas a los perros que se acercaban. Salieron disparadas y se apartaron de nuestro camino. A continuación sacó un cuchillo de trinchar de debajo de su abrigo y lo sacudió en el aire para amenazar a los perros. Unos arcos plateados preciosos de luz brillaban alrededor de la oscura silueta de Padre. Los perros se mantuvieron alejados por el momento. Padre se ató una cuerda alrededor de la cintura y se remangó la camisa.

—Estate pendiente de mí —dijo.

Como un águila que se lanza sobre su presa Padre arrastró los cuerpos de las mujeres a un lado, entonces le dio la vuelta a Ma Kuisan y le puso boca arriba. A continuación se arrodilló y le hizo una reverencia al cuerpo.

—Segundo Maestro Ma —entonó con suavidad—, la lealtad y él respeto tienen sus limites. Odio tener que hacerte esto.

Vi cómo Ma Kuisan levantó el brazo y se limpió la cara llena de sangre.

—Zhang Qude —dijo esbozando una sonrisa—. No vas a morir en la cama plácidamente.

Padre trató de desabrochar el abrigo de cuero de Ma Kuisan con una mano, pero temblaba tanto que no era capaz de hacerlo.

—Oye, Segundo Hijo —le oí decir—, aguanta el cuchillo por mí.

Recuerdo alargar la mano para cogerle el cuchillo, pero ya lo tenía en la boca mientras se peleaba con los botones amarillos a la altura del pecho de Ma Kuisan. Redondos, amarillos y tan grandes como las judías mung; era casi imposible separarlos de los ojales de tela que les rodeaban. Cada vez más impaciente, Padre los soltó a la fuerza y el abrigo se abrió de golpe, revelando un forro blanco de cabritilla. Debajo había una especie de camiseta con el mismo tipo de botones, por lo que Padre también los arrancó de golpe. Después de la camiseta vino una especie de corpiño rojo de seda. Escuché cómo Padre resoplaba enfadado. Tengo que admitir que me sorprendió ver la ropa extrañamente seductora de ese hombre mayor y gordo (pasaba los cincuenta), que llevaba puesta debajo de su ropa de calle. Pero Padre parecía completamente enfadado; le arrancó la prenda del cuerpo y la lanzó a un lado. Ahora, por fin, la barriga redondeada de Ma Kuisan y su pecho liso estaban al descubierto. Padre le cogió la mano pero luego se puso de pie, con la cara del color del oro.

—Segundo hijo —dijo—, dime si tiene pulso.

Recuerdo haberme doblado hacia delante y apoyar la mano en su pecho. No era más grande que un conejo, pero ese corazón seguía latiendo.

—Segundo Maestro Ma —dijo mi padre— tu cerebro ha salpicado todo el suelo, y ni siquiera el Emperador del Jade podría ayudarte en este momento, por lo que ayúdame a ser un buen hijo ¿vale?

Padre sacó el cuchillo entre los dientes y lo movió de arriba abajo en la zona del pecho, tratando de encontrar el lugar preciso en el que cortar. Vi cómo se lo clavaba bien hondo, pero la piel volvía a su normalidad, sin ningún daño ni herida, como la goma de un neumático.

Volvió a apretar con el mismo resultado. Padre se arrodilló.

—Segundo Maestro Ma, sé que no te mereces morir, pero si tienes algún problema no es conmigo sino con Jefe Zhang. Solo trato de ser un buen hijo.

Padre solo le clavó el cuchillo dos veces, pero su frente ya estaba toda sudorosa y su barba de tres días estaba blanca de la escarcha. Los malditos perros carroñeros estaban cada vez más cerca (sus ojos estaban rojos como el carbón ardiendo), tenían el pelo de punta, como las púas de un puercoespín, y enseñaban sus afiladísimos colmillos. Me giré hacia Padre.

—Date prisa, los perros se acercan.

Se levantó, sacudió el cuchillo sobre su cabeza y arremetió contra los perros carroñeros como un loco, haciendo que dieran marcha atrás la mitad de distancia de lo que puede volar una flecha. Entonces volvió corriendo, sin aliento, y dijo en voz alta:

—Segundo Maestro, si no te rajo yo lo harán los perros con los dientes. Creo que es mejor que lo haga yo antes que ellos.

Padre tensó la mandíbula, y tenía los ojos fuera de su sitio. Con determinación bajó la mano; el cuchillo atravesó el pecho de Ma Kuisan, con un sonido agudo, hasta las nalgas. Dio un corte rápido de lado, dejando salir un manantial de sangre negra, pero la caja torácica detuvo el movimiento.

—He perdido la cabeza —dijo a medida que sacaba el cuchillo, limpiaba la hoja en el abrigo de piel de Ma Kuisan, cogía el mango con fuerza y le abría el pecho a Ma Kuisan.

Escuché una especie de borboteo y observé el cuchillo cortar el tejido adiposo de debajo de la piel y sacar a la luz los intestinos amarillentos que se retorcían a la luz, como una serpiente, como una masa de anguilas; había un olor fétido.

Sacó los intestinos con la mano y me di cuenta de que Padre parecía muy alterado: tiró de ellos y los sacó; maldijo e insultó; y finalmente, cogió todos los intestinos y dejó a Ma Kuisan con el abdomen vacío.

—¿Qué buscas Padre? —recuerdo preguntarle con preocupación.

—La vesícula. ¿Dónde demonios está la vesícula?

Padre rajó el diafragma y rebuscó hasta que tenía la mano a la altura del corazón; seguía rojo y bonito. Entonces sacó los pulmones. Finalmente, encontró la vesícula, del tamaño de un huevo, al lado del hígado. Con mucho cuidado la separó del hígado con la punta del cuchillo, a continuación la cogió en la palma de la mano para examinarla. Estaba húmeda y resbaladiza y, a la luz del día, brillaba. Como una pieza de fino jade morado.

Padre me dio la vesícula.

—Sujétala con cuidado mientras le saco a Luán Fengshan la vesícula.

Ahora Padre actuó como un experto cirujano: con habilidad, rapidez y exactitud. En primer lugar le cortó el cordón que era todo lo que Luán Fengshan podía permitirse como cinturón. Entonces le abrió el abrigo hecho jirones y le sujetó el pecho huesudo y escuálido con el pie mientras hacía cuatro o cinco cortes rápidos. Después de eso, acabó con todas las obstrucciones, metió la mano, y, como si fuera el hueso de un albaricoque, le sacó la vesícula a Luán.

—Vámonos de aquí —dijo Padre.

Corrimos río arriba, donde los perros se peleaban por los intestinos. Solo quedaba un vestigio de color rojo en los bordes del sol; sus rayos cegadores cayeron sobre todos los objetos que estaban expuestos delante de él, grandes y pequeños.

Abuela tenía las cataratas muy avanzadas, según Luo Dashan, el obrador de milagros. La fuente de su enfermedad era la subida de temperatura de sus tres cavidades viscerales. La cura tendría que ser algo muy frío y muy amargo. El médico se levantó el abrigo, que le llegaba hasta el suelo, y se dirigió a la puerta. Entonces Padre le suplicó que le recetara algo.

Mmm, recetar algo… —El obrador de milagros Luo le dijo a Padre que cogiera la vesícula de un cerdo y que le diera el jugo para que le aclarara los ojos un poco.

—¿Y si es la vesícula de una cabra? —preguntó Padre.

—Las cabras también sirven —dijo el médico—, y de osos también. Y si consiguieras hacerte con una vesícula humana… ajá, ajá… Bueno, no me sorprendería si tu madre recuperase la vista para siempre.

Padre exprimió el jugo de la vesícula de Ma Kuisan y Luán Fengshan en un bol de té verde y lo puso en las manos de Abuela. Se lo llevó a los labios y rozó el líquido con la punta de la lengua.

—Papá de Gouzi —dijo—, esta vesícula está asquerosamente amarga. ¿De dónde ha salido?

Padre respondió:

—Es la vesícula de un ma (caballo) y un luán.

—¿Un ma y un luán, dices? Sé lo que es un ma, ¿pero un luán?

Incapaz de controlarme a mí mismo, solté:

—Abuela, es una vesícula humana, es de Ma Kuisan y Luán Fengshan. ¡Papá les sacó las vesículas!

Soltó un chillido y Abuela se desplomó en la cama de ladrillo, muerta e inmóvil como una roca.

 

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