La balada del café triste [Fragmento]

Carson McCullers

 

 

El pueblo de por sí ya es melancólico. No tiene gran cosa, aparte de la fábrica de hilaturas de algodón, las casas de dos habitaciones donde viven los obreros, varios melocotoneros, una iglesia con dos vidrieras de colores, y una miserable calle Mayor que no medirá más de cien metros. Los sábados llegan los granjeros de los alrededores para hacer sus compras y charlar un rato. Fuera de eso, el pueblo es solitario, triste; está como perdido y olvidado del resto del mundo. La estación de ferrocarril más próxima es Society City, y las líneas de autobuses Greyhound y White Bus pasan por la carretera de Forks Falls, a tres millas de distancia. Los inviernos son cortos y crudos y los veranos blancos de luz y de un calor rabioso.

Si se pasa por la calle Mayor en una tarde de agosto, no encuentra uno nada que hacer. El edificio más grande, en el centro mismo del pueblo, está cerrado con tablones clavados y se inclina tanto a la derecha que parece que va a derrumbarse de un momento a otro. Es una casa muy vieja: tiene un aspecto extraño, ruinoso, que en el primer momento no se sabe en qué consiste; de pronto cae uno en la cuenta de que alguna vez, hace mucho tiempo, se pintó el porche delantero y parte de la fachada; pero lo dejaron a medio pintar y un lado de la casa está más oscuro y más sucio que el otro. La casa parece abandonada. Sin embargo, en el segundo piso hay una ventana que no está atrancada; a veces, a última hora de la tarde, cuando el calor es más sofocante, aparece una mano que va abriendo despacio los postigos, y asoma una cara que mira a la calle. Es una de esas caras borrosas que se ven en sueños: asexuada, pálida, con unos ojos grises que bizquean hacia dentro tan violentamente que parece que están lanzándose el uno al otro una larga mirada de congoja. La cara permanece en la ventana durante una hora, aproximadamente; luego se vuelven a cerrar los postigos, y ya no se ve alma viviente en toda la calle.

Esas tardes de agosto… Después de subir y bajar por la calle, ya no sabe uno qué hacer; en todo caso, puede uno llegarse hasta la carretera de Forks Falls para ver a la cuerda de presos.

Y lo cierto es que en este pueblo hubo una vez un café. Y esta casa cerrada era distinta de todas las demás, en muchas leguas a la redonda. Había mesas con manteles y servilletas de papel, ventiladores eléctricos con cintas de colores, y se celebraban grandes reuniones los sábados por la noche. La dueña del café era miss Amelia Evans. Pero la persona que más contribuía al éxito y a la animación del local era un jorobado, a quien llamaban «el primo Lymon». Otra persona ligada a la historia del café era el ex marido de miss Amelia, un hombre terrible que regresó al pueblo después de cumplir una larga condena en la cárcel, causó desastres y volvió a seguir su camino. Ha pasado mucho tiempo; el café está cerrado desde entonces, pero todavía se le recuerda.

La casa no había sido siempre un café. Miss Amelia la heredó de su padre, y al principio era un almacén de piensos, guano, comestibles y tabaco. Miss Amelia era muy rica: además del almacén, poseía una destilería a tres millas del pueblo, detrás de los pantanos, y vendía el mejor whisky de la región. Era una mujer morena, alta, con una musculatura y una osamenta de hombre. Llevaba el pelo muy corto y cepillado hacia atrás, y su cara quemada por el sol tenía un aire duro y ajado. Podría haber resultado guapa si ya entonces no hubiera sido ligeramente bizca. No le habían faltado pretendientes, pero a miss Amelia no le importaba nada el amor de los hombres; era un ser solitario. Su matrimonio fue algo totalmente distinto de todas las demás bodas de la región: fue una unión extraña y peligrosa, que duró sólo diez días y dejó a todo el pueblo asombrado y escandalizado. Dejando a un lado aquel casamiento, miss Amelia había vivido siempre sola. Con frecuencia pasaba noches enteras en su cabaña del pantano, vestida con mono y botas de goma, vigilando en silencio el fuego lento de la destilería.

Miss Amelia prosperaba con todo lo que se podía hacer con las manos: vendía menudillos y salchichas en la ciudad vecina; en los días buenos de otoño plantaba caña de azúcar y la melaza de sus barriles tenía un hermoso color dorado oscuro y un aroma delicado. Había levantado en dos semanas el retrete de ladrillo detrás del almacén, y sabía mucho de carpintería. Para lo único que no tenía buena mano era para la gente. A la gente, cuando no es completamente tonta o está muy enferma, no se la puede coger y convertir de la noche a la mañana en algo más provechoso. Así que la única utilidad que miss Amelia veía en la gente era poder sacarle el dinero. Y desde luego lo conseguía: casas y fincas hipotecarias, una serrería, dinero en el banco… Era la mujer más rica de aquellos contornos. Hubiera podido hacerse más rica que un diputado a no ser por su única debilidad: a saber, su pasión por los pleitos y los tribunales. Se enzarzaba en un pleito interminable por cualquier minucia. En el pueblo se decía que si miss Amelia tropezaba con una piedra en la carretera, miraba inmediatamente a su alrededor para ver a quién podría demandar. Aparte de sus pleitos, llevaba una vida rutinaria, y todas sus jornadas eran iguales. Exceptuando sus diez días de matrimonio, nada había alterado el ritmo de su existencia hasta la primavera en que cumplió treinta años.

Fue en medio de una tranquila noche de abril. El cielo tenía el color de los lirios azules del pantano, y la luna estaba clara y brillante. La cosecha se presentaba buena aquella primavera, y las últimas semanas la fábrica había trabajado día y noche. Abajo en el arroyo, la fábrica cuadrada de ladrillo estaba iluminada, y se oía el rumor monótono de los telares. Era una de esas noches en que se oye con gusto, en el silencio del campo, el canto lento de un negro enamorado; esas noches en que uno tomaría su guitarra para sentarse a tocar con calma, o en que simplemente se quedaría uno descansando a solas, sin pensar en nada. La calle estaba ya desierta, pero el almacén de miss Amelia permanecía encendido, y fuera en el porche había cinco personas. Una de ellas era Stumpy MacPhail, un capataz de rostro colorado y manos pequeñas y enrojecidas; en el escalón más alto estaban dos muchachos con mono, los mellizos Rainey: los dos eran largos y lentos, albinos y de ojos verdes. El otro hombre era Henry Macy, un personaje tímido y asustadizo, de modales comedidos y gestos nerviosos, que estaba sentado en un extremo del escalón más bajo. Miss Amelia estaba de pie, apoyada en la puerta, con los pies embutidos en las botazas de goma, y deshacía pacientemente los nudos de lina cuerda que se había encontrado. Llevaban mucho tiempo callados.

Uno de los mellizos, que estaba mirando al camino vacío, fue el primero en romper el silencio. Dijo:

—Veo algo que se acerca.

—Un carnero escapado —dijo su hermano.

La figura que se acercaba estaba todavía demasiado lejos para ser percibida con claridad. La luna formaba unas sombras delicadas bajo los melocotoneros en flor, a lo largo del camino. Se mezclaban en el aire el aroma dulce de las flores y de las hierbas de primavera y el olor caliente, acre, de las ciénagas.

—No. Es algún chiquillo —dijo Stumpy MacPhail.

Miss Amelia miró hacia el camino, en silencio. Había dejado caer la cuerda y estaba jugueteando con el cierre de su mono con su mano morena y huesuda; frunció las cejas, y le cayó sobre la frente un mechón de pelo negro. Mientras estaban allí esperando, un perro de las casas del camino empezó a ladrar furiosamente; luego se oyó una voz que le hizo callar. No vieron con claridad lo que llegaba por el camino hasta que la forma estuvo a su lado, en la franja de luz amarilla del porche.

Era un forastero, y no es frecuente que los forasteros entren en el pueblo a pie y a tales horas. Además, aquel hombre era jorobado. No mediría más allá de cuatro pies de altura, y llevaba un abrigo andrajoso lleno de polvo, que apenas le llegaba a las rodillas. Sus piernecillas torcidas parecían demasiado débiles para soportar el peso de su gran torso deforme y de la joroba posada sobre su espalda. Tenía una cabeza enorme, con unos ojos azules y hundidos y una boquita muy dibujada. En aquel momento su piel pálida estaba amarilla de polvo y tenía sombras azules bajo los ojos. Llevaba una maleta desvencijada, atada con una cuerda.

—… Buenas —dijo el jorobado, jadeando.

Miss Amelia y los hombres del porche no contestaron a su saludo, ni dijeron una palabra. Se quedaron mirándole, sin más.

—Voy buscando a miss Amelia Evans.

Miss Amelia se echó hacia atrás el mechón de la frente y levantó la barbilla.

—¿Por qué?

—Pues porque soy pariente suyo —contestó el jorobado.

Los mellizos y Stumpy MacPhail miraron a miss Amelia.

—Soy yo —dijo ella—. Explíqueme eso del parentesco.

—Pues verá… —empezó a decir el jorobado. Parecía estar violento, casi a punto de llorar. Apoyó la maleta en el último escalón, sin quitar la mano del asa—. Mi madre se llamaba Fanny Jesup, y venía de Cheehaw. Salió de Cheehaw hace unos treinta años, para casarse con su primer marido. Recuerdo que contaba que tenía una medio hermana llamada Martha. Y hoy me han dicho en Cheehaw que Martha era la madre de usted.

Miss Amelia le escuchaba con la cabeza ladeada. Era una mujer solitaria; no era de esas personas que comen los domingos rodeadas de parientes, ni ella sentía la menor necesidad de buscárselos. Había tenido una tía abuela, dueña de unas cuadras de caballos de alquiler en Cheehaw, pero aquella tía ya había muerto. Aparte de ella, sólo tenía un primo que vivía en una población a veinte millas de allí; pero aquel primo y miss Amelia no se llevaban muy bien, y cuando por casualidad se encontraban, escupían a un lado de la calle. De tiempo en tiempo, algunas personas hacían lo imposible por sacar a relucir alguna clase de parentesco con miss Amelia, pero siempre fracasaban.

El jorobado se lanzó a una larga disertación mencionando nombres y lugares desconocidos para sus oyentes del porche, y que, aparentemente, nada tenían que ver con el asunto.

—… de modo que Fanny y Martha Jesup eran medio hermanas. Y como yo soy hijo del tercer marido de Fanny, usted y yo somos… —se inclinó y empezó a desatar la maleta. Sus manos parecían patitas sucias de gorrión, y temblaban. La maleta estaba llena de harapos y de toda clase de extrañas chatarras, que parecían trozos de una máquina de coser. El jorobado hurgó entre sus pertenencias y sacó una fotografía vieja.

—Aquí tiene un retrato de mi madre y su medio hermana.

Miss Amelia no dijo nada. Movía lentamente la mandíbula, de un lado a otro, y se veía claramente lo que estaba pensando. Stumpy MacPhail cogió la fotografía y la acercó a la luz. Era un retrato de niñas pálidas de dos o tres años; sus caras eran dos manchitas blancas, y podía ser un retrato antiguo de cualquier álbum de familia.

Stumpy lo devolvió sin hacer comentarios.

—¿De dónde viene usted? —preguntó.

—He estado viajando —contestó el jorobado con voz insegura.

Miss Amelia seguía callada. Permanecía apoyada al quicio de la puerta, mirando al jorobado. Henry Macy parpadeó nerviosamente y se frotó las manos. Luego se levantó en silencio y desapareció. Era un hombre excelente, y la situación del jorobado le había conmovido; por eso prefería no estar presente cuando miss Amelia echara al intruso de su casa y del pueblo. El jorobado seguía en el último escalón con la maleta abierta; sorbió con la nariz, y le tembló la boca. Quizá empezaba a darse cuenta de su posición; tal vez comprendía lo desconsolador que era encontrarse en una población desconocida, con una maleta llena de harapos, intentando convencer a miss Amelia de que eran parientes.

Sea como fuere, se sentó desmayadamente en la escalera y se echó a llorar.

No era corriente que un jorobado desconocido llegara al almacén caminando a medianoche y se sentara allí a llorar. Miss Amelia echó hacia atrás el mechón de la frente y los hombres se miraron, violentos. El pueblo estaba silencioso.

Entonces dijo uno de los mellizos:

—Me parece que éste es un Morris Finestein de primera.

Todos asintieron, ya que aquélla era una frase que encerraba un significado preciso. Pero el jorobado lloró más fuerte, porque no podía saber de qué estaba hablando. Morris Finestein era un hombre que había vivido en el pueblo años atrás; no era más que un pequeño judío vivo y saltarín que lloraba cuando le llamaban Matacristos, y comía todos los días pan sin levadura y salmón en conserva. Le había ocurrido un percance y se había trasladado a Society City. Pero desde entonces, en el pueblo decían que un hombre era un Morris Finestein si le encontraban afeminado o cominero, o si lloraba.

—Bueno, está apenado —dijo Stumpy MacPhail—. Algún motivo tendrá.

Miss Amelia cruzó el porche con dos zancadas lentas, balanceándose. Bajó los escalones y se quedó mirando pensativamente al forastero. Alargó con precaución uno de sus dedos morenos y tocó ligeramente la joroba. El hombrecillo seguía llorando, pero parecía ya más tranquilo. La noche estaba silenciosa y la luna brillaba todavía con una luz clara y suave; se iba notando frío. Entonces miss Amelia hizo algo sorprendente: sacó una botellita del bolsillo de atrás de su pantalón y, después de frotar un poco el tapón de metal contra la palma de su mano, se la ofreció al jorobado. Miss Amelia no se decidía nunca a vender su whisky a crédito, y nadie recordaba haberla visto regalar ni una gota.

—Beba un trago —dijo—. Esto le calentará las tripas.

El jorobado dejó de llorar, se lamió las lágrimas que le caían por la boca y bebió de la botella. Cuando terminó, miss Amelia tomó a su vez un buche, se calentó y enjuagó la boca con él y escupió. Luego bebió unos tragos. Los mellizos y el capataz tenían sus botellas, pagadas con su dinero.

—Buen licor —dijo Stumpy MacPhail—. Miss Amelia, usted siempre hace bien las cosas.

No se pueden pasar por alto las dos botellas grandes de whisky que bebieron aquella noche; sólo así puede uno explicarse lo que ocurrió después. Sin aquel whisky, quizá no hubiera llegado a abrirse el café. Porque el licor de miss Amelia tiene una cualidad peculiar: sabe limpio y seco en la lengua, pero una vez dentro empieza a arder y ese fuego dura mucho tiempo. Y eso no es todo. Ya es cosa sabida que si se escribe un mensaje con zumo de limón en una hoja de papel, no queda rastro de la escritura; pero si se expone el papel al fuego, las letras se vuelven de un color castaño y se puede leer lo escrito. Imaginad que el whisky es el fuego y que el mensaje está oculto en el alma de un hombre; entonces se comprenderá el valor del licor de miss Amelia. Muchas cosas que han pasado sin que se supiera, pensamientos relegados a las profundidades del alma, salen de pronto a la luz y se hacen patentes. Un hilandero que no ha estado pensando toda la semana más que en los telares, la comida, la cama, y otra vez los telares, al llegar el domingo bebe de aquel whisky y tropieza con un lirio silvestre. Y toma el lirio en su mano, se queda contemplando la delicada corola de oro, y de pronto se siente invadido por una ternura tan viva como un dolor. Y un tejedor levanta de pronto la mirada y por primera vez descubre el cielo radiante de una noche de enero, y se siente sobrecogido de temor al pensar en su propia pequeñez. Ésas son las cosas que ocurren cuando un hombre ha bebido el licor de miss Amelia. Podrá sufrir, podrá consumirse de gozo; pero la verdad ha salido a la luz: ha calentado su alma y ha podido ver el mensaje que estaba oculto en ella.

Bebieron hasta la madrugada, y las nubes cubrieron la luna y la noche se puso oscura y fría. El jorobado seguía sentado en el último escalón, lastimosa figura con la frente apoyada sobre las rodillas. Miss Amelia estaba de pie, con las manos en los bolsillos, un pie sobre el segundo escalón. Llevaba mucho tiempo callada. Su cara tenía esa expresión que se ve a veces en los bizcos que piensan concentradamente en algo: una expresión mezcla de inteligencia y desvarío. Al fin dijo:

—No sé su nombre.

—Me llamo Lymon Willis —dijo el jorobado.

—Bueno; pase adentro —dijo miss Amelia—. Hay algo de cena en la cocina.

Miss Amelia nunca invitaba a nadie a comer, a no ser que estuviera planeando engañar a alguna persona, o intentando sacar dinero a alguien. Así que los hombres del porche pensaron que algo no marchaba bien. Más tarde comentaron que miss Amelia debía de haber estado bebiendo toda la tarde, en el pantano. Sea como fuere, miss Amelia abandonó el porche y Stumpy MacPhail y los mellizos se fueron a sus casas. Miss Amelia abrió la puerta del almacén y echó una ojeada para ver si todo estaba en orden. Luego entró en la cocina, que quedaba al fondo del almacén. El jorobado la siguió, arrastrando su maleta, sorbiendo y limpiándose la nariz con la manga mugrienta de su abrigo.

—Siéntese —dijo miss Amelia—. Voy a calentar esto.

Cenaron muy bien; miss Amelia era rica, y no se privaba de buenas comidas.

Tomaron pollo frito (el jorobado se sirvió la pechuga), puré de rutabaga, coles y batatas asadas, color de oro pálido. Miss Amelia comía despacio, con el apetito de un cavador. Estaba sentada con los codos sobre la mesa, inclinada sobre su plato, con las rodillas muy separadas y los pies apoyados en el barrote de la silla. Por su parte el jorobado engulló la cena como si no hubiera probado bocado en varios meses. Mientras comía, una lágrima le resbaló por la cara polvorienta; pero no era más que una lágrima rezagada, no quería decir nada. Cuando miss Amelia terminó, limpió cuidadosamente su plato con una rebanada de pan y luego vertió en el pan la mezcla dulce y clara hecha por ella. El jorobado también se sirvió melaza, pero era más delicado y pidió un plato limpio. Cuando dieron fin a la cena, miss Amelia echó hacia atrás su silla, apretó el puño y se tentó la musculatura del brazo derecho por debajo de la tela azul y limpia de la manga de su mono; era aquél un hábito inconsciente que tenía al terminar las comidas. Cogió entonces la lámpara que había sobre la mesa y señaló la escalera con la cabeza, como invitando al jorobado a seguirla.

Encima del almacén estaban las tres habitaciones donde miss Amelia había pasado toda su vida: dos dormitorios con una sala grande en medio. Pocas personas habían visto estas habitaciones, pero todo el pueblo sabía que estaban bien amuebladas y muy limpias. Y he aquí que miss Amelia introducía en aquella parte de la casa a un hombrecillo desconocido, sucio y jorobado, salido Dios sabe de dónde. Miss Amelia subió despacio los escalones, de dos en dos, llevando la lámpara en alto.

El jorobado la seguía saltando, tan pegado a ella que la luz vacilante formaba sobre la pared de la escalera una sola sombra, grande y extraña, de sus dos cuerpos. Al poco tiempo quedó el piso de encima del almacén tan oscuro como el resto del pueblo.

La mañana siguiente amaneció serena, con tonos pálidos, rojos y rosados. Las tierras que rodeaban el pueblo estaban recién aradas, y los granjeros se pusieron muy temprano a plantar los tallos tiernos del tabaco, de un verde oscuro. Volaban cuervos a ras de los campos y sus sombras azules se deslizaban sobre la tierra. En el pueblo, los obreros salían temprano de sus casas llevando las fiambreras de la comida, y las ventanas del molino despedían reflejos cegadores con el sol. El aire era fresco, y los melocotoneros tenían una levedad de nubes de marzo con sus copas florecidas.

Miss Amelia bajó al amanecer, como siempre. Se lavó la cara en el agua de la bomba y en seguida empezó a trabajar. Ya entrada la mañana ensilló su mula y salió a recorrer su plantación de algodón, que caía cerca de la carretera de Forks Falls. Como es de suponer, al mediodía todo el pueblo sabía lo del jorobado que había llegado al almacén a medianoche. Pero nadie le había visto todavía. Pronto empezó a apretar el calor, y el cielo tenía ya un tono azul profundo. Pero los vecinos seguían sin ver al forastero. Algunos recordaron que la madre de miss Amelia había tenido una hermanastra, pero, mientras unos aseguraban que ya había muerto hacía mucho tiempo, otros opinaban que se había fugado con un plantador de tabaco. En cuanto a la pretensión del jorobado de ser pariente de miss Amelia, todos coincidían en afirmar que era un engaño. Y los vecinos, que conocían bien a miss Amelia, decidieron que lo más seguro era que le hubiera puesto en la calle después de darle de comer.

Pero al caer de la tarde, cuando el cielo ya palidecía, una mujer empezó a decir que había visto una cara arrugada en la ventana de una de las habitaciones de encima del almacén. Miss Amelia no decía nada. Estuvo un rato despachando en el almacén, discutió una hora con un labrador a propósito de una mancera, arregló unas alambradas del gallinero, cerró al ponerse el sol y se metió en sus habitaciones. El pueblo se quedó intrigado y haciendo comentarios.

Al día siguiente, miss Amelia no abrió el almacén; se encerró dentro, y no se dejó ver de nadie. Aquel día empezó a circular el rumor; un rumor tan horrible que conmovió a todo el pueblo y sus contornos. Lo propagó un tejedor llamado Merlie Ryan. El tejedor es muy poquita cosa: un hombrecillo cetrino, cojitranco y desdentado. Padece tercianas, es decir, que un día de cada tres le sube la fiebre, de forma que se pasa dos días tristón y enfurruñado, y al tercer día se excita y a veces se le ocurren un par de ideas, casi siempre disparatadas. Era uno de sus días de fiebre cuando Merlie Ryan se volvió de pronto y dijo:

—Yo sé lo que ha hecho miss Amelia: ha matado a ese hombre por algo que llevaba en la maleta.

Lo dijo con toda calma, dándolo por hecho. Antes de una hora, la noticia había recorrido el pueblo.

Aquel día, el pueblo pudo dar rienda suelta a su imaginación, inventando una historia bien feroz y macabra, con todos los detalles espeluznantes: un jorobado, un entierro a medianoche en el pantano, miss Amelia arrastrada por las calles camino de la cárcel… Y se hicieron cábalas sobre el posible destino de sus bienes. Hablaban de todo ello a media voz, agregando a cada versión algún detalle nuevo y emocionante.

Empezó a llover, y las mujeres se olvidaron de recoger la ropa tendida. Y hasta hubo una o dos personas, que debían dinero a miss Amelia, que se pusieron los trajes del domingo, como si aquel día fuera un día de fiesta. Los vecinos se apiñaron en la calle Mayor, murmurando y vigilando el almacén.

Hay que decir que no todo el pueblo se sumó a aquel maligno festival: quedaban algunos hombres sensatos que argüían que, siendo miss Amelia tan rica, no iba a asesinar a un vagabundo por cuatro porquerías. Había en el pueblo hasta tres buenas almas que no deseaban aquel crimen, ni siquiera por interés ni por la emoción que pudiera suscitar; no les causaba ningún placer imaginarse a miss Amelia agarrada a los barrotes de la cárcel o conducida a la silla eléctrica en Atlanta. Aquellas buenas almas juzgaban a miss Amelia de otro modo que sus convecinos. Cuando una persona es tan distinta de las demás como ella lo era, y cuando los pecados de una persona son tan numerosos que no se pueden recordar de buenas a primeras, dicha persona requiere un juicio especial. Las buenas almas recordaban que miss Amelia había nacido morocha y algo rara de rostro; que se había criado sin madre, con su padre, un hombre solitario; que, ya en su juventud, la pobre llegó a medir seis pies y dos pulgadas de estatura, lo cual no es cosa corriente en una mujer, y que sus costumbres eran demasiado extrañas como para poder razonar sobre ellas. Y, sobre todo, las buenas almas recordaban aquella boda tan asombrosa, que fue el escándalo más inexplicable que había ocurrido nunca en el pueblo.

Así pues, aquellas almas de Dios sentían por miss Amelia algo parecido a la piedad. Cuando miss Amelia decidía hacer alguna barbaridad, como por ejemplo irrumpir en una casa para apoderarse de una máquina de coser en pago de una deuda, o se lanzaba con saña a uno de sus pleitos, los tres justos del pueblo se sentían invadidos por una mezcla de exasperación, de vaga inquietud y de honda e incomprensible tristeza. Pero dejemos ya a los justos, que no eran más que tres; el resto del pueblo estuvo festejando el supuesto crimen toda la tarde.

Miss Amelia, por alguna oculta razón, parecía ajena a todo aquello. Pasó la mayor parte del día en el piso alto. Cuando bajó al almacén, fue de un lado para otro con la mayor calma, las manos hundidas en los bolsillos del mono y la cabeza tan baja que la barbilla le quedaba dentro del escote de la camisa. No se le veían por ningún lado manchas de sangre. De vez en cuando se quedaba parada, mirando sombríamente las grietas del suelo, jugueteando con un mechón de su pelo corto y murmurando algo para sí misma. Pero la mayor parte del día la pasó en el piso alto.

Cayó la noche. La lluvia de aquella tarde había refrescado el aire, y el crepúsculo era húmedo y frío como en invierno; no había estrellas, y caía una llovizna fría y helada. Desde la calle se veían las lámparas de las casas, oscilantes y fúnebres. Se levantó el viento, no de la parte del pantano, sino de los fríos y oscuros pinares del norte.

Los relojes del pueblo dieron las ocho. Todavía no había ocurrido nada. El viento nocturno y los macabros rumores del día tenían a mucha gente asustada y encerrada en sus hogares junto al fuego. Otros estaban reunidos en grupos. Unos ocho o diez hombres se habían concentrado en el porche del almacén de miss Amelia. Estaban silenciosos, esperando. No hubieran podido explicar qué esperaban; pero siempre que hay tensión en el ambiente, cuando se sabe que va a ocurrir algo importante, los hombres se reúnen y esperan de este modo. Y después de la espera, llega un momento en que todos actúan al unísono, no impelidos por el pensamiento o por la voluntad de un hombre, sino como si sus instintos se hubieran fundido, de forma que la iniciativa no parte de uno de ellos, sino del grupo entero. En esos momentos, ninguno titubea; y sólo depende del destino el que las cosas se resuelvan pacíficamente, o que la acción conjunta derive en tumulto, violencias y crímenes.

Así pues, los hombres esperaban silenciosos en el porche del almacén de miss Amelia, y ninguno de ellos sabía por qué estaban allí o lo que harían, pero sabían que tenían que esperar, y que la hora se acercaba.

La puerta del almacén estaba abierta. Dentro había luz, y todo estaba como siempre: a la izquierda, el mostrador, con la carne, los botes de caramelos y el tabaco. Detrás del mostrador, los estantes con los comestibles. En la parte derecha del almacén se amontonaban los aperos de labranza; al fondo, a la izquierda, estaba la puerta que conducía a la escalera. La puerta estaba abierta. Y más a la derecha, también al fondo del almacén, había otra puerta que daba a un cuartito que miss Amelia llamaba su oficina. También esa puerta estaba abierta. Eran las ocho de la noche y se veía a miss Amelia allí dentro, sentada ante su mesa de trabajo con una pluma en la mano y unas hojas de papel ante sí.

La oficina tenía buena luz, y miss Amelia no parecía ver a aquella delegación, allí en el porche. Todo estaba muy ordenado en torno suyo, como de costumbre. Aquella oficina era bien conocida y hasta temida en toda la región; miss Amelia despachaba allí sus asuntos. Sobre la mesa había una máquina de escribir que miss Amelia sabía manejar, pero sólo utilizaba para los documentos más importantes. En los cajones se apilaban miles de papeles, por orden alfabético. Miss Amelia recibía también en aquella oficina a las personas enfermas, pues le encantaba dárselas de médico y no le faltaban ocasiones de entregarse a esta pasión. Dos estantes enteros estaban llenos de frascos y medicinas. Junto a la pared había un banco para los enfermos. Miss Amelia sabía coser una herida con una aguja quemada sin que se llegara a infectar; tenía un ungüento fresco para las quemaduras; para las dolencias no localizadas disponía de variadas medicinas que había sacado de misteriosas recetas; soltaban muy bien el vientre, pero no se podían dar a los niños porque producían unas convulsiones muy dolorosas. Para los niños tenía remedios aparte, más suaves y de sabor dulce. Sí, miss Amelia era un gran médico, todos lo decían. Tenía manos delicadas, aunque fueran tan grandes y huesudas, y una gran imaginación y cientos de remedios distintos. Nunca titubeaba si se veía frente a un caso peligroso y desconocido; se atrevía con cualquier clase de enfermedades, con una sola excepción: las dolencias propias de las mujeres. Se ruborizaba con sólo oír hablar de aquellas cosas, y se quedaba cortada, pasándose un dedo entre el cuello y la blusa, o frotando una contra otra sus botazas de goma, y parecía una niña grandota muda de vergüenza. Pero la gente confiaba en ella para todo lo demás.

No pasaba facturas y tenía siempre una invasión de pacientes.

Aquella noche estaba miss Amelia escribiendo sin parar con su estilográfica; sin embargo, no podía sentarse allí toda la vida fingiendo no ver a los hombres que esperaban en el porche oscuro y la observaban. De vez en cuando, levantaba la vista y les miraba en silencio, pero sin gritarles qué se les había perdido en su almacén para andar rondando por allí como almas en pena. Tenía una expresión digna y seria, como siempre que estaba en su oficina. Al cabo de un rato, aquel modo de mirar de los hombres parecía molestarla; se pasó un pañuelo rojo por la cara, se levantó y cerró la puerta de la oficina.

Aquel gesto fue como una señal para el grupo del porche. Había llegado la hora. Llevaban mucho tiempo de pie, con la calle húmeda y oscura a sus espaldas; habían esperado mucho, y en aquel preciso instante se les despertó el instinto de actuar.

Entraron en el almacén todos a una, como movidos por una sola voluntad. En aquel momento los ocho hombres parecían iguales, todos vestidos con mono azul, casi todos con el pelo rubio, pálidos y con la mirada fija y como alucinada.

Nunca se sabrá lo que hubieran podido hacer entonces: en aquel instante se oyó un ruido en lo alto de la escalera. Los hombres levantaron la vista y se quedaron mudos de asombro: allí estaba el jorobado, a quien ya daban por muerto. Y no era en absoluto como se lo habían descrito; nada de un pobre enanito harapiento, solo y perdido en el mundo. Pero ninguno de ellos había visto nunca hasta entonces una cosa igual. Por el almacén cundió un silencio de muerte.

El jorobado bajaba las escaleras muy despacio, con la arrogancia de quien es dueño de cada tabla del suelo que pisa. Había cambiado mucho en aquellos dos días. En primer lugar, estaba limpio como los chorros del oro. Llevaba todavía su abriguito, pero ahora lo tenía bien cepillado y remendado; debajo llevaba una camisa de miss Amelia, a cuadros rojos y negros. No usaba pantalones como los de los hombres corrientes, sino unos pequeños calzones muy ajustados que le llegaban sólo a las rodillas. Las piernecillas las llevaba embutidas en unas medias negras y sus zapatos eran de una forma extraña, anudados alrededor de los tobillos, y estaban muy brillantes. Se había ceñido al cuello un chal de lana verde limón; casi le cubría las grandes orejas pálidas, y las dos bandas le caían hasta el suelo.

El jorobado bajó al almacén con pasitos tiesos y presuntuosos, y se plantó en medio del grupo de hombres. Los hombres le abrieron paso y se le quedaron mirando boquiabiertos. También el jorobado se comportó de un modo extraño: fue mirando a los hombres, en silencio, hasta la altura de sus propios ojos, es decir, hasta los cinturones. Después, con maliciosa curiosidad, fue examinando ordenadamente las regiones inferiores de cada uno de aquellos hombres, desde la cintura hasta los zapatos. Cuando terminó su inspección cerró los ojos un momento y movió la cabeza, como si, en su opinión, lo que acababa de ver no valiera gran cosa. Entonces, con mucho descaro, y sólo para confirmar su veredicto, echó atrás la cabeza y abarcó en una mirada el círculo de rostros que le rodeaba. Había un saco de guano a medio llenar a la izquierda del almacén; después de su examen, el jorobado se fue a sentar sobre el saco. Se instaló cómodamente, con las piernecillas cruzadas, y hundiendo la mano en el bolsillo de su abrigo sacó algo de él.

Los hombres tardaron un rato en recobrar su aplomo. Merlie Ryan, el de las tercianas, que había propagado el rumor aquel día, fue el primero en hablar. Miró el objeto que sostenía el jorobado y murmuró:

—¿Qué es eso que tiene usted ahí?

Todos los hombres sabían qué tenía el jorobado en la mano: era la cajita de rapé que había pertenecido al padre de miss Amelia, una cajita de esmalte azul con un adorno de oro en la tapa. Los hombres conocían muy bien aquella caja y se maravillaron. Miraron inquietos la puerta cerrada de la oficina, y oyeron a miss Amelia silbar suavemente.

—Sí, ¿qué tienes ahí? ¿Cacahuetes?

El jorobado levantó vivamente los ojos y respondió, cortante:

—Un cepo para cazar entrometidos.

Metió los deditos huesudos en la caja y se llevó algo a la boca, pero no ofreció a nadie. Ni siquiera era rapé lo que estaba tomando, sino una mezcla de azúcar y cacao; pero la tomaba como si fuera rapé, metiéndose un poco de la mezcla bajo el labio inferior, y buscándola luego con la punta de la lengua, haciendo muecas.

—Los dientes me han sabido siempre amargos —dijo, como una explicación—. Por eso tomo este polvo dulce.

Los hombres seguían rodeándole, y se sentían desmañados, y como alelados. Esta sensación no desapareció nunca del todo, pero pronto quedó paliada por una nueva impresión, como si en el almacén hubiera un ambiente de intimidad y de fiesta. Los hombres que habían ido al almacén aquella noche eran los siguientes: Hasty Malone, Robert Calvert Hale, Merlie Ryan, el reverendo T. M. Willin, Rosser Cline, Rip Wellborn, Henry Ford Crimp y Horace Wells. Exceptuando al reverendo Willin, todos se parecen mucho, como ya hemos dicho; todos han pasado algún buen rato en su vida; todos han sufrido o han llorado por algo; casi todos son personas tratables si no están exasperados. Eran todos obreros de la hilatura y vivían en casas de dos o tres habitaciones por las que pagaban diez o doce dólares al mes. Y todos, aquella noche, habían cobrado, porque era un sábado. Así que, de momento, podéis considerarlos como un todo.

El jorobado, por su parte, estaba ya individualizándolos mentalmente. Una vez instalado sobre el saco empezó a charlar con unos y con otros, haciéndoles preguntas, como por ejemplo si uno estaba casado, cuántos años tenía, cuánto ganaba a la semana, etcétera, y así fue llegando a preguntas más íntimas. Pronto se unieron al grupo otros vecinos; como Henry Macy, desocupados que habían husmeado algo extraordinario, mujeres que venían a buscar a sus maridos, y hasta un niño con el pelo color de estopa que se deslizó en el almacén, robó una caja de galletas y se escabulló sin que le vieran. Los dominios de miss Amelia estuvieron pronto muy concurridos, pero ella seguía sin abrir aún la puerta de la oficina.

Existe un tipo de personas que tienen algo que las distingue de los mortales corrientes; son personas que poseen ese instinto que solamente suele darse en los niños muy pequeños, el instinto de establecer un contacto inmediato y vital entre ellos y el resto del mundo. El jorobado era, sin duda alguna, de este tipo de seres. No llevaba en el almacén más de media hora, y ya se había establecido un contacto entre él y cada uno de los hombres. Era como si hubiera vivido años enteros en el pueblo, como si fuera uno de los vecinos más populares y su sitio habitual, durante incontables veladas, hubiera sido aquel saco de guano en el que se sentaba. Todo esto, junto con el hecho de ser un sábado por la noche, contribuyó seguramente al ambiente de libertad y de alegría ilícita que reinaba en el almacén. También se notaba cierta tensión, debida en parte a la situación anormal, y en parte a que miss Amelia siguiera encerrada en su oficina, sin hacer acto de presencia.

Apareció a las diez de la noche. Y los que esperaban que se produjera algún drama a su entrada, quedaron decepcionados. Abrió la puerta y entró en el almacén con sus zancadas lentas y dignas. Tenía una mancha de tinta en la nariz y se había anudado al cuello el pañuelo rojo. No parecía notar nada anormal. Dirigió sus ojos bizcos al lugar donde estaba sentado el jorobado y se le quedó mirando un momento. Al resto de los hombres les concedió tan sólo una ojeada de pacífica sorpresa.

—¿Desean alguna cosa?

Había muchos parroquianos, porque era sábado por la noche y todos querían beber. Miss Amelia había abierto tres días antes un barril de los antiguos, y había llenado botellas abajo en la destilería. Cogió el dinero de los parroquianos y lo contó a la luz de la lámpara, como de costumbre. Pero lo que sucedió a continuación ya no era corriente: antes, había que pasar siempre al oscuro patio posterior, y allí le daban a uno su botella por la puerta de la cocina. Aquella transacción no producía ninguna alegría especial. El parroquiano tomaba su botella y se marchaba, o, si su esposa no quería ver botellas por casa, podía uno volver al porche delantero del almacén para echar unos tragos allí o en la calle. El porche y el trozo de calle delante de la casa eran propiedad de miss Amelia, no había que olvidarlo; pero ella no los consideraba como sus dominios. Los dominios empezaban en la puerta y comprendían todo el interior del edificio. Allí no había permitido jamás que nadie sino ella descorchase una botella o bebiera. Y ahora, por primera vez, rompía esa tradición. Entró en la cocina, con el jorobado pegado a sus talones, y volvió con las botellas al almacén caldeado e iluminado. Y, lo que es más, sacó algunos vasos y abrió dos cajas de galletas, que quedaron hospitalariamente a disposición de la concurrencia, en una bandeja, y todo el que quería podía tomar una sin pagar.

Miss Amelia no dirigió la palabra a nadie más que al jorobado, para preguntarle con una voz algo ronca y brusca:

—Primo Lymon, ¿lo quieres así, o te lo caliento en un cazo?

—Sí, hazme el favor, Amelia —dijo el jorobado. (¿Y desde cuándo había osado nadie llamar a miss Amelia por su nombre a secas, sin anteponerle un respetuoso «miss»? Ni siquiera su novio y esposo de diez días; nadie se había atrevido a tratarla con tanta familiaridad desde la muerte de su padre, que por alguna razón la llamaba siempre Chiquita)—. Si haces el favor, caliéntamelo.

Así empezó el café; de aquel modo tan sencillo. Recordaréis que era una noche fría, como de invierno; hubiera resultado desagradable sentarse a beber en la calle. Pero dentro del almacén había buena compañía y un calorcillo delicioso. Alguien había encendido la estufa del fondo, y los que compraban botellas convidaban a beber a los amigos. Había algunas mujeres por allí y tomaron unas copitas de ponche y algunas hasta un traguito de whisky. El jorobado seguía siendo una novedad, y su presencia divertía a los vecinos. Sacaron el banco de la oficina, y algunas sillas más. Unos se apoyaban en el mostrador, otros se instalaron sobre los barriles y los sacos. El whisky pasaba de mano en mano, pero no se oían palabrotas ni risotadas soeces, ni nadie se comportó mal. Al contrario, la velada estaba transcurriendo con una finura rayana en la timidez. Y es que los vecinos de este pueblo no estaban acostumbrados a reunirse por puro placer: iban en grupos a trabajar a la fábrica; algunos domingos el pastor organizaba comidas campestres, y, aunque ello pueda considerarse como un placer, la finalidad de aquellas excursiones era hablarle a uno de las penas del infierno y llenarle de temor ante el Todopoderoso. Pero el espíritu de un café es algo muy diferente. Todos, hasta los más ricos y los más tragones, saben que en un café como es debido hay que comportarse con educación y no se puede ofender a nadie; y que los pobres miran a su alrededor con agradecimiento, y pinchan los arenques con delicadeza y modestia, ya que el ambiente de un verdadero café tiene que reunir estas cualidades: compañerismo, satisfacciones del estómago, y cierta alegría y gracia de modales. Nadie había explicado esas cosas a los reunidos aquella noche en el almacén de miss Amelia; pero todos parecían saberlas, aunque nunca habían tenido un café en el pueblo.

Pero miss Amelia, la causante de todo, se pasó la mayor parte de la noche de pie en la puerta de la cocina. Exteriormente, no parecía haber cambiado. Pero más de un vecino la miraba con curiosidad. Miss Amelia lo observaba todo, pero sus ojos volvían siempre a posarse en el jorobado. El hombrecillo se paseaba por el almacén, tomando pellizcos de aquel polvo de su caja de rapé, y se mostraba alternativamente sarcástico y amable. Allí donde estaba de pie miss Amelia las llamas de la estufa proyectaban un resplandor que iluminaba su cara alargada y morena. Parecía pensativa, ensimismada, y en su expresión había una mezcla de pena, asombro y vaga satisfacción. Sus labios no estaban tan apretados como de costumbre, parecía algo más pálida y le sudaban las manos grandes y vacías. No cabía duda: aquella noche tenía el aire lánguido de una enamorada.

La inauguración del café cesó a medianoche. Todos se dijeron adiós amistosamente. Miss Amelia cerró la puerta principal pero olvidó echar el cerrojo. Pronto se quedó el pueblo a oscuras: la calle Mayor con sus tres tiendas, el molino, las casas, todo se sumió en la noche y en el silencio. Y así terminaron aquellos tres días y noches, en los que habían tenido lugar la llegada de un forastero, una celebración extraordinaria y la apertura del café.

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