El Tajo (I)

Francisco Ayala

 

 

I

—¿Adónde irá éste ahora, con la solanera? —oyó que, a sus espaldas, bostezaba, perezosa, la voz del capitán.

El teniente Santolalla no contestó, no volvió la cara. Parado en el hueco de la puertecilla, paseaba la vista por el campo, lo recorría hasta las lomas de enfrente, donde estaba apostado el enemigo, allá, en las alturas calladas; luego, bajándola de nuevo, descansó la mirada por un momento sobre la mancha fresca de la viña y, en seguida, poco a poco, negligente el paso, comenzó a alejarse del puesto de mando —aquella casita de adobes, una chabola casi, donde los oficiales de la compañía se pasaban jugando al tute las horas muertas.

Apenas se había separado de la puerta, le alcanzó todavía, recia, llana, la voz del capitán que, desde dentro, le gritaba:

—¡Tráete para acá algún racimo!

Santolalla no respondió; era siempre lo mismo. Tiempo y tiempo llevaban sesteando allí: el frente de Aragón no se movía, no recibía refuerzos, ni órdenes; parecía olvidado. La guerra avanzaba por otras regiones; por allí, nada; en aquel sector, nunca hubo nada. Cada mañana se disparaban unos cuantos tiros de parte y parte —especie de saludo al enemigo—, y, sin ello, hubiera podido creerse que no había nadie del otro lado, en la soledad del campo tranquilo. Medio en broma, se hablaba en ocasiones de organizar un partido de fútbol con los rojos: azules contra rojos. Ganas de charlar, por supuesto; no había demasiados temas y, al final, también la baraja hastiaba… En la calma del mediodía, y por la noche, subrepticiamente, no faltaban quienes se alejasen de las líneas; algunos, a veces, se pasaban al enemigo, o se perdían, caían prisioneros; y ahora, en agosto, junto a otras precarias diversiones, los viñedos eran una tentación. Ahí mismo, en la hondonada, entre líneas, había una viña, descuidada, sí, pero hermosa, cuyo costado se podía ver, como una mancha verde en la tierra reseca, desde el puesto de mando.

El teniente Santolalla descendió, caminando al sesgo, por largos vericuetos; se alejó —ya conocía el camino; lo hubiera hecho a ojos cerrados—; anduvo: llegó en fin a la viña, y se internó despacio, por entre las crecidas cepas. Distraído, canturreando, silboteando, avanzaba, la cabeza baja, pisando los pámpanos secos, los sarmientos, sobre la tierra dura, y arrancando, aquí una uva, más allá otra, entre las más granadas, cuando de pronto —«¡hostia!»—, muy cerca, ahí mismo, vio alzarse un bulto ante sus ojos. Era —¿cómo no lo había divisado antes?— un miliciano que se incorporaba; por suerte, medio de espaldas y fusil en banderola. Santolalla, en el sobresalto, tuvo el tiempo justo de sacar su pistola y apuntarla. Se volvió el miliciano, y ya lo tenía encañonado. Acertó a decir: «¡No, no!», con una mueca rara sobre la sorprendida placidez del semblante, y ya se doblaba, ambas manos en el vientre; ya se desplomaba de bruces… En las alturas, varios tiros de fusil, disparados de una y otra banda, respondían ahora con alarma, ciegos en el bochorno del campo, a los dos chasquidos de su pistola en el hondón. Santolalla se arrimó al caído, la sacó del bolsillo la cartera, levantó el fusil que se le había descolgado del hombro y, sin prisa —ya los disparos raleaban—, regresó hacia las posiciones. El capitán, el otro teniente, todos, lo estaban aguardando ante el puesto de mando, y lo saludaron con gran algazara al verlo regresar sano y salvo, un poco pálido, en una mano el fusil capturado, y la cartera en la otra.

Luego, sentado en uno de los camastros, les contó lo sucedido; hablaba despacio, con tensa lentitud. Había soltado la cartera sobre la mesa; había puesto el fusil contra un rincón. Los muchachos se aplicaron en seguida a examinar el arma, y el capitán, displicente, cogió la cartera; por encima de su hombro, el otro teniente curioseaba también los papeles del miliciano.

—Pues —dijo, a poco, el capitán dirigiéndose a Santolalla—; pues, ¡hombre!, parece que has cazado un gazapo de tu propia tierra. ¿No eras tú de Toledo? —y le alargó el carnet, con filiación completa y retrato.

Santolalla lo miró, aprensivo: ¿Y este presumido sonriente, gorra sobre la oreja y unos tufos asomando por el otro lado, éste era la misma cara alelada —«¡no, no!»— que hacía un rato viera venírsele encima la muerte?

Era la cara de Anastasio López Rubielos, nacido en Toledo el 23 de diciembre de 1919 y afiliado al Sindicato de Oficios varios de la UGT ¿Oficios varios? ¿Cuál sería el oficio de aquel comeuvas?

Algunos días, bastantes, estuvo el carnet sobre la mesa del puesto de mando. No había quien entrase, así fuera para dejar la diaria ración de pan a los oficiales, que no lo tomara en sus manos; le daban ochenta vueltas en la distracción de la charla, y lo volvían a dejar ahí, hasta que otro ocioso viniera a hacer lo mismo. Por último, ya nadie se ocupó más del carnet. Y un día, el capitán lo depositó en poder del teniente Santolalla.

—Toma el retrato de tu paisano —le dijo—. Lo guardas como recuerdo, lo tiras, o haz lo que te dé la gana con él.

Santolalla lo tomó por el borde entre sus dedos, vaciló un momento, y se resolvió por último a sepultarlo en su propia cartera. Y como también por aquellos días se había hecho desaparecer ya de la viña el cadáver, quedó en fin olvidado el asunto, con gran alivio de Santolalla. Había tenido que sufrir —él, tan reservado— muchas alusiones de mal gusto a cuenta de su hazaña, desde que el viento comenzó a traer, por ráfagas, olor a podrido desde abajo, pues la general simpatía, un tanto admirativa, del primer momento dejó paso enseguida a necias chirigotas, a través de las cuales él se veía reflejado como un tipo torpón, extravagante e infelizote, cuya aventura no podía dejar de tornar en cómico; y así, le formulaban toda clase de burlescos reproches por aquel hedor de que era causa; pero como de veras llegara a hacerse insoportable, y a todos les tocara su parte, según los vientos, se concertó con el enemigo tregua para que un destacamento de milicianos pudiera retirar e inhumar sin riesgo el cuerpo de su compañero.

Cesó, pues, el hedor, Santolalla se guardó los documentos en su cartera, y ya no volvió a hablarse del caso.

II

Esa fue su única aventura memorable en toda la guerra. Se le presentó en el otoño de 1938, cuando llevaba Santolalla un año largo como primer teniente en aquel mismo sector del frente de Aragón —un sector tranquilo, cubierto por unidades flojas, mal pertrechadas, sin combatividad ni mayor entusiasmo—. Y por entonces, ya la campaña se acercaba a su término; poco después llegaría para su compañía, con gran nerviosismo de todos, desde el capitán abajo, la orden de avanzar, sin que hubieran de encontrar a nadie por delante; ya no habría enemigo. La guerra pasó, pues, para Santolalla sin pena ni gloria, salvo aquel incidente que a todos pareció nimio, e incluso —absurdamente— digno de chacota, y que pronto olvidaron.

Él no lo olvidó; pensó olvidarlo, pero no pudo. A partir de ahí, la vida del frente —aquella vida hueca, esperando, aburrida, de la que a ratos se sentía harto— comenzó a hacérsele insufrible. Estaba harto ya, y hasta —en verdad— con un poco de bochorno. Al principio, recién incorporado, recibió este destino como una bendición: había tenido que presenciar durante los primeros meses, en Madrid, en Toledo, demasiados horrores; y cuando se vio de pronto en el sosiego campestre, y halló que, contra lo que hubiera esperado, la disciplina de campaña era más laxa que la rutina cuartelera del servicio militar cumplido años antes, y no mucho mayor el riesgo, cuando se familiarizó con sus compañeros de armas y con sus obligaciones de oficial, sintiose como anegado en una especie de suave pereza. El capitán Molina —oficial de complemento, como él— no era mala persona; tampoco, el otro teniente; eran todos gente del montón, cada cual con sus trucos, cierto, con sus pesadeces y manías, pero ¡buenas personas! Probablemente, alguna influencia, alguna recomendación, había militado a favor de cada uno para promover la buena suerte de tan cómodo destino; pero de eso —claro está— nadie hablaba. Cumplían sus deberes, jugaban a la baraja, comentaban las noticias y rumores de guerra, y se quejaban, en verano del calor, y del frío en invierno. Bromas vulgares, siempre las mismas, eran el habitual desahogo de su alegría, de su malevolencia…

Procurando no disonar demasiado, Santolalla encontró la manera de aislarse en medio de ellos; no consiguió evitar que lo considerasen como un tipo raro, pero, con sus rarezas, consiguió abrirse un poco de soledad: le gustaba andar por el campo, aunque hiciera sol, aunque hubiera nieve, mientras los demás resobaban el naipe; tomaba a su cargo servicios ajenos, recorría las líneas, vigilaba, respiraba aire fresco, fuera de aquel chamizo maloliente, apestando a tabaco. Y así, en la apacible lentitud de esta existencia, se le antojaban lejanos, muy lejanos, los ajetreos y angustias de meses antes en Madrid, aquel desbordamiento, aquel vértigo que él debió observar mientras se desvivía por animar a su madre, consternada, allí, en medio del hervidero de heroísmo y de infamia, con el temor de que no fueran a descubrir al yerno, falangista notorio, y a Isabel, la hija, escondida con él, y de que, por otro lado, pudiera mientras tanto, en Toledo, pasarle algo al obstinado e imprudente anciano… Pues el abuelo se había quedado; no había consentido en dejar la casa. Y —¿a quién, si no?— a él, al nieto, el único joven de la familia, le tocó ir en su busca. «Aunque sea por la fuerza, hijo, lo sacas de allí y te lo traes», le habían encargado. Pero ¡qué fácil es decirlo! El abuelo, exaltado, viejo y terco, no consentía en apartarse de la vista del Alcázar, dentro de cuyos muros hubiera querido y —afirmaba— debido hallarse; y vanas fueron todas las exhortaciones para que, de una vez, haciéndose cargo de su mucha edad, abandonara aquella ciudad en desorden, donde ¿qué bicho viviente no conocía sus opiniones, sus alardes, su condición de general en reserva?, y donde, por lo demás, corría el riesgo común de los disparos sueltos en una lucha confusa, de calle a calle y de casa a casa, en la que nadie sabía a punto fijo cuál era de los suyos y cuál de los otros, y la furia, y el valor, y el entusiasmo y la cólera popular se mellaban los dientes, se quebraban las uñas contra la piedra incólume de la fortaleza. Así se llegó, discutiendo abuelo y nieto, hasta el final de la lucha: entraron los moros en Toledo, salieron los sitiados del Alcázar, el viejo saltaba como una criatura, y él, Pedro Santolalla, despachado y algo desentendido, sin tanto cuidado ya por atajar sus insensatas chiquilladas, pudo presenciar ahora, atónito, el pillaje, la sarracina… Poco después se incorporaba al ejército y salía, como teniente de complemento, para el frente aragonés, en cuyo sosiego había de sentirse, por momentos, casi feliz.

No quería confesárselo; pero se daba cuenta de que, a pesar de estar lejos de su familia —padre y madre, los pobres, en el Madrid asediado, bombardeado y hambriento; su hermana, a saber dónde; y el abuelo, solo en casa, con sus años—, él, aquí, en ese paisaje desconocido y entre gentes que nada le importaban, volvía a revivir la feliz despreocupación de la niñez, la atmósfera pura de aquellos tiempos en que, libre de toda responsabilidad, y moviéndose dentro de un marco previsto, no demasiado rígido, pero muy firme, podía respirar a pleno pulmón, saborear cada minuto, disfrutar la novedad de cada mañana, disponer sin tasa ni medida de sus días… Esta especie de renovadas vacaciones —quizá eso sí, un tanto melancólicas—, cuyo descuido entretenía en cortar acaso alguna hierbecilla y quebrarla entre los dedos, o hacer que remontara su flexible tallo un bichito brillante hasta llegado a la punta, regresar hacia abajo o levantar los élitros y desaparecer; en que, siguiendo con la vista el vuelo de una pareja de águilas, muy altas, por encima de las últimas montañas, se quedaba extasiado al punto de sobresaltarse si alguien, algún compañero, un soldado, le llamaba la atención de improviso; estas curiosas vacaciones de guerra traían a su mente ociosa recuerdos, episodios de la infancia, ligados al presente por quién sabe qué oculta afinidad, por un aroma, una bocanada de viento fresco y soleado, por el silencio amplio del mediodía; episodios de los que, por supuesto, no había vuelto a acordarse durante los años todos en que, terminado su bachillerato en el Instituto de Toledo, pasó a cursar letras en la Universidad de Madrid, y a desvivirse con afanes de hombre, impaciencias y proyectos. Aquel fresco mundo remoto, de su casa en Toledo, del cigarral, que luego se acostumbrara a mirar de otra manera más distraída, regresaba ahora, a retazos: se veía a sí mismo —pero se veía, extrañamente, desde fuera, como la imagen recogida en una fotografía— niño de pantalón corto y blusa marinera corriendo tras de un aro por entre las macetas del patio, o yendo con su abuelo a tomar chocolate el domingo, o un helado, según la estación, al café del Zocodover, donde el mozo, servilleta al brazo, esperaba durante mucho rato, en silencio, las órdenes del abuelito, y le llamaba luego «mi coronel» al darle gracias por la propina; o se veía, lleno de aburrimiento, leyéndole a su padre el periódico, sin apenas entender nada de todo aquel galimatías, con tantos nombres impronunciables y palabras desconocidas, mientras él se afeitaba y se lavaba la cara y se frotaba orejas y cabeza con la toalla; se veía jugando con su perra Chispa, a la que había enseñado a embestir como un toro para darle pases de muleta… A veces, le llegaba como el eco, muy atenuado, de sensaciones que debieron de ser intensísimas, punzantes: el sol, sobre los párpados cerrados; la delicia de aquellas flores, jacintos, ramitos flexibles de lilas, que visitaba en el jardín con su madre, y a cuyo disfrute se invitaban el uno al otro con leves gritos y exclamaciones de regocijo: «Ven, mamá, y mira: ¿te acuerdas que ayer, todavía, estaba cerrado este capullo?», y ella acudía, lo admiraba… Escenas como ésa, más o menos cabales, concurrían a su memoria. Era, por ejemplo, el abuelo que, después de haber plegado su periódico dejándolo junto al plato y de haberse limpiado con la servilleta, bajo el bigote, los finos labios irónicos, decía: «Pues tus queridos franchutes (corrían por entonces los años de la Gran Guerra) parece que no levantan cabeza». Y hacía una pausa para echarle a su hijo, todo absorto en la meticulosa tarea de pelar una naranja, miraditas llenas de malicia; añadiendo luego: «Ayer se han superado a sí mismos en el arte de la retirada estratégica»… Desde su sitio, él, Pedrito, observaba cómo su padre, hostigado por el abuelo, perfeccionaba su obra, limpiaba de pellejos la fruta con alarde calmoso, y se disponía —con leve temblorcillo en el párpado, tras el cristal de los lentes— a separar entre las cuidadas uñas los gajos rezumantes. No respondía nada; o preguntaba, displicente: «Sí». Y el abuelo, que lo había estado contemplando con pachorra, volvía a la carga: «¿Has leído hoy el periódico?». No cejaba, hasta hacerle que saltara, agresivo; y ahí venían las grandes parrafadas nerviosas, irritadas, sobre la brutalidad germánica, la civilización en peligro, la humanidad, la cultura, etcétera, con acompañamiento, en ocasiones, de puñetazos sobre la mesa. «Siempre lo mismo», murmuraba, enervada, la madre, sin mirar ni a su marido ni a su suegro, por miedo a que el fastidio le saliera a los ojos. Y los niños, Isabelita y él, presenciaban una vez más, intimidados, el torneo de costumbre entre su padre y su abuelo: el padre, excitable, serio, contenido; el abuelo, mordaz y seguro de sí, diciendo cosas que lo entusiasmaban a él, a él, sí, a Pedrito, que se sentía también germanófilo y que, a escondidas, por la calle y aun en el colegio mismo, ostentaba, prendido al pecho, ese preciado botón con los colores de la bandera alemana que tenía buen cuidado de guardarse en un bolsillo cada vez que de nuevo, el montón de libros bajo el brazo, entraba por las puertas de casa. Sí; él era germanófilo furibundo como la mayoría de los otros chicos, y en la mesa seguía con pasión los debates entre padre y abuelo, aplaudiendo en su fuero interno la dialéctica burlona de éste y lamentando la obcecación de aquél, a quien hubiera deseado ver convencido. Cada discusión remachaba más sus entusiasmos, en los que sólo, a veces, le hacía vacilar su madre, cuando, al reñirle suavemente a solas por sus banderías y «estupideces de mocoso» —su emblema había sido descubierto, o por delación o por casualidad—, le hacía consideraciones templadas y llenas de sentimiento sobre la actitud que corresponde a los niños en estas cuestiones, sin dejar de deslizar al paso alguna alusión a las chanzas del abuelo, «a quien, como comprenderás, tu padre no puede faltarle al respeto, por más que su edad le haga a veces ponerse cargante», y de decir también alguna palabrita sobre las atrocidades cometidas por Alemania, rehenes ejecutados, destrozos, de que los periódicos rebosaban. «¡Por nada del mundo, hijo, se justifica eso!». La madre lo decía sin violencia, dulcemente; y a él no dejaba de causarle alguna impresión. «¿Y tú? —preguntaba más tarde a su hermana, entre despectivo y capcioso—. ¿Tú eres francófila, o germanófila?… Tú tienes que ser francófila; para las mujeres, está bien ser francófilo». Isabelita no respondía; a ella la abrumaban las discusiones domésticas. Tanto, que la madre —de casualidad pudo escucharlo en una ocasión Pedrito— le pedía al padre «por lo que más quieras», que evitara las frecuentes escenas, «precisamente a la hora de las comidas, delante de los niños, de la criada; un espectáculo tan desagradable». «Pero ¿qué quieres que yo le haga?, había replicado él entonces con tono de irritación—. Si no soy yo, ¡caramba!, si es él, que no puede dejar de… ¿No le bastará para despotricar, con su tertulia de carcamales? ¿Por qué no me deja en paz a mí? Ellos, como militares, admiran a Alemania y a su cretino káiser; más les valdría conocer mejor su propio oficio. Las hazañas del ejército alemán, sí, pero ¿y ellos?, ¿qué?: ¡desastre tras desastre: Cuba, Filipinas, Marruecos!». Se desahogó a su gusto, y él, Santolalla niño, que lo oía por un azar, indebidamente, estaba confundido… El padre —tal era su carácter—, o se quedaba corto, o se pasaba de la raya, se disparaba y excedía. En cambio ella, la madre, tenía un tacto, un sentido justo de la medida, de las conveniencias y del mundo, que, sin quererlo ni buscarlo, solía proporcionarle a él, inocente, una adecuada vía de acceso hacia la realidad, tan abrupta a veces, tan inabordable. ¿Cuántos años tendría (siete, cinco), cuando, cierto día, acudió, todo sublevado, hasta ella con la noticia de que a la lavandera de casa la había apaleado, borracho, en medio de un gran alboroto, su marido?; y la madre averiguó primero —contra la serenidad de sus preguntas rebotaba la excitación de las informaciones infantiles— cómo se había enterado, quién se lo había dicho, prometiéndole intervenir no bien acabara de peinarse. Y mientras se clavaba con cuidadoso estudio las horquillas en el pelo, parada ante el espejo de la cómoda, desde donde espiaba de reojo las reacciones del pequeño, le hizo comprender por el tono y tenor de sus condenaciones que el caso, aunque lamentable, no era tan asombroso como él se imaginaba, ni extraordinario siquiera, sino más bien, por desgracia, demasiado habitual entre esa gente pobre e inculta. Si el hombre, después de cobrar sus jornales, ha bebido unas copas el sábado, y la pobre mujer se exaspera y quizá se propasa a insultarlo, no era raro que el vino y la ninguna educación le propinasen una respuesta de palos. «Pero, mamá, la pobre Rita…». Él pensaba  en la mujer maltratada; le tenía lástima y, sobre todo, le indignaba la conducta brutal del hombre, a quien sólo conocía de vista. ¡Pegarle! ¿No era increíble?… Había pasado a mirarla, y la había visto, como siempre, de espaldas, inclinada sobre la pileta; no se había atrevido a dirigirle la palabra. «Ahora voy a ver yo —dijo, por último, la madre—. ¿Está ahí?». «Abajo está, lavando. Tendremos que separarlos, ¿no, mamá?»… Cuando, poco después, tras de su madre, escuchó Santolalla a la pobre mujer quejarse de las magulladuras, y al mismo tiempo le oyó frases de disculpa, de resignación, convirtió de golpe en desprecio su ira vindicativa, y hasta consideró ya excesivo celo el de su madre llamando a capítulo al borrachín para hacerle reconvenciones e insinuarle amenazas.

En otra oportunidad… Pero ¡basta! Ahora, todo eso se lo representaba, diáfano y preciso, muy vívido, aunque allá en un mundo irreal, segregado por completo del joven que después había hecho su carrera, entablado amistades, preparado concursos y oposiciones, leído, discutido y anhelado, en medio de aquel remolino que, a través de la República, condujo a España hasta el vértigo de la guerra civil. Ahora, descansando aquí, al margen, en este sector quieto del frente aragonés, el teniente Pedro Santolalla prefería evocar así a su gente en un feliz pasado, antes que pensar en el azaroso y desconocido presente que, cuando acudía a su pensamiento, era  para henchirle el pecho en un suspiro o recorrerle el cuerpo con un repeluzno. Mas ¿cómo evitar, tampoco, la idea de que mientras él estaba allí tan tranquilo, entregado a sus vanas fantasías, ellos, acaso?… La ausencia acumula el temor de todos los males imaginables, proponiéndolos juntos al sufrimiento en conjeturas de multitud incompatible; y Santolalla, incapaz de hacerles frente, rechazaba este mal sabor siempre que le revenía, y procuraba volverse a recluir en sus recuerdos. De vez en cuando, venían a sacudirlo, a despertarlo, cartas del abuelo; las primeras, si por un lado lo habían tranquilizado algo, por otro le trajeron nuevas preocupaciones. Una llegó anunciándole con más alborozo que detalles cómo Isabelita había escapado con el marido de la zona roja, «debido a los buenos aunque onerosos servicios de una embajada», y que ya los tenía a su lado en Toledo; la hermana, en una apostilla, le prometía noticias, le anticipaba cariños. Él se alegró, sobre todo por el viejo, que en adelante estaría siquiera atendido y acompañado… Ya, de seguro —pensó—, se habría puesto en campaña para conseguirle al zanguango del cuñado un puesto conveniente… A esta idea, una oleada de confuso resentimiento contra el recio anciano, tan poseído de sí mismo, le montó a la cara con rubores donde no hubieran sido discernibles la indignación y la vergüenza; veíalo de nuevo empecinado en medio de la refriega toledana, pugnando a cada instante por salirse a la calle, asomarse al balcón siquiera, de modo que él, aun con la ayuda de la fiel Rita, ahora ya vieja y medio baldada, apenas era capaz de retenerlo, cuando ¿qué hubiera podido hacer allí?, con sus sesenta y seis años, sino estorbar, mientras que, en cambio a él, al nietecito, con sus veintiocho, eso sí, lo haría destinar en seguida, con una unidad de relleno, a este apacible frente de Aragón… La terquedad del anciano había sido causa de que la familia quedara separada y, con ello, los padres —solos ellos dos— siguieran todavía a la fecha expuestos al peligro de Madrid, donde, a no ser por aquel estúpido capricho, estarían todos corriendo juntos la misma suerte, apoyándose unos a otros, como Dios manda: él les hubiera podido aliviar de algunas fatigas y, cuando menos, las calamidades inevitables, compartidas, no crecerían así, en esta ansia de la separación… «Será cuestión de pocos días —había sentenciado todavía el abuelo en la última confusión de la lucha, con la llegada a Toledo de la feroz columna africana y la liberación del Alcázar—. Ya es cuestión de muy pocos días; esperemos aquí». Pero pasaron los días y las semanas y el ejército no entró en Madrid, y siguió la guerra meses y meses, y allá se quedaron solos, la madre, en su aflicción inocente; el padre, no menos ingenuo que ella, desamparado, sin maña, el pobre, ni expedición para nada…

En esto iba pensando, baja la cabeza, por entre los viñedos, aquel mediodía de agosto en que le aconteció toparse con un miliciano, y —su única aventura durante la guerra toda—, antes de que él fuera a matarle, lo dejó en el sitio con dos balazos.

 

(Continuará…)

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