Los días [Fragmentos]

Taha Hussein

 

 

III

LA FAMILIA

Era el séptimo de los trece hijos de su padre y el quinto de once hermanos de doble vínculo; pero se daba cuenta de que entre este dilatado número de mozallones y de chiquillos ocupaba un lugar especial que le distinguía de sus hermanos y hermanas.

Y este lugar especial, ¿le satisfacía o le dolía? La verdad es que la cosa andaba bastante oscura e incierta, y que aun ahora mismo no podría formular un juicio certero en la cuestión. Sentía que su madre le tenía compasión y ternura; encontraba en su padre dulzura y benevolencia, y notaba que sus hermanos le hablaban y le trataban con cierta solicitud. Pero en su madre encontraba a veces, junto con la ternura y la compasión, un no sé qué de negligencia, y en ocasiones, de dureza; y en su padre, de vez en cuando, al lado de la dulzura y de la benevolencia, un algo también de despego y de desprecio, y la misma solicitud de sus hermanos y hermanas le hacía sufrir, porque encontraba en ella cierta piedad mezclada con cierto desdén.

Y, al cabo, no tardó en comprender la causa de todo, porque se dio cuenta de que las demás gentes le llevaban ventaja; de que sus hermanos y hermanas podían lo que él no podía, y hacían cosas que a él no le era dado hacer; de que su madre permitía a sus hermanos y hermanas cosas que a él le vedaba. Todo esto engendraba en él algún rencor; pero este rencor se convirtió pronto en una tristeza honda y callada. Porque oyó a sus hermanos hablar de cosas que él ignoraba por completo, y comprendió que ellos veían lo que él nunca podría ver.

…………………………………………………………………………………..

V

LA ESCUELA CORÁNICA

No puede saber cómo aprendió el Alcorán, ni se acuerda de cómo empezó a retenerlo, ni de cómo repitió su aprendizaje, si bien recuerda muchos rasgos sueltos de su vida en la escuela alcoránica. Algunos le hacen ahora reír, mientras otros le entristecen.

Se acuerda bien de cuando iba a la escuela, a hombros de uno de sus hermanos, porque la escuela estaba lejos y él era demasiado pequeño para salvar andando aquella distancia; pero no se acuerda de cuándo empezó a ir por su pie. Y se ve, una cierta mañana, sentado en el suelo, ante Sayyidna , rodeado de multitud de babuchas, con algunas de las cuales jugaba, y hasta se acuerda de los remiendos y piezas que las babuchas tenían.

Sayyidna se sentaba en un pequeño estrado de madera, ni muy alto ni muy bajo, situado a la derecha de la puerta de la escuela, ante el que todo el que entraba tenía que pasar. La costumbre de Sayyidna al entrar en la escuela era quitarse la aba’a, o, mejor dicho, la diffía, y doblarla como si fuese un cojín, que ponía a su derecha. Luego se quitaba las babuchas, se sentaba a la moruna sobre su estrado, encendía su cigarrillo y principiaba a pasar lista.

Jamás desechaba unas babuchas, sino cuando ya no quedaba más remedio. Mientras tanto, las remendaba poniéndoles piezas a diestro y siniestro, por encima y por debajo. Cuando cualquiera de ellas estaba inservible, llamaba a uno de los niños de la escuela, y, babucha en mano, le decía:

—Vete al remendón, que está ahí al lado, y le dices de mi parte: «Sayyidna te hace saber que esta babucha necesita un remiendo por el lado derecho». ¿Te fijas bien? Aquí donde pongo el dedo. Y cuando el remendón te diga: «Muy bien; pondré la pieza», tú le añades: «Sayyidna te dice que es menester que el cuero sea fuerte, grueso y nuevo, y que pongas la pieza de modo que no se note, o que se note apenas». Y cuando te diga: «Muy bien; así lo haré», todavía le añadirás: «Sayyidna te recuerda que es cliente tuyo desde hace mucho tiempo, y espera que lo trates bien en el precio». De todos modos, dígate lo que te diga, no lo ajustes por más de una piastra, y vuélvete aquí en un abrir y cerrar de ojos.

El niño se iba; pero Sayyidna no se ocupaba ya más de él. Cuando volvía, Sayyidna había abierto y cerrado los ojos una, dos y aun muchísimas veces.

Claro es que podía cerrar y abrir los ojos sin ver o sin apenas ver nada, porque era casi ciego y no le quedaba más que un débil hilillo de luz en un ojo, gracias al cual podía percibir vagamente los bultos sin distinguirlos. Pero el bueno del hombre era feliz con aquel vislumbre de luz, y se engañaba a sí mismo creyéndose con buena vista. A pesar de ello, para ir de su casa a la escuela, o de la escuela a su casa, tenía que apoyarse en dos alumnos. Les echaba los brazos por los hombros, y así iban los tres por la calzada, que tapaban casi por completo, hasta el punto de que los transeúntes tenían que apartarse a un lado para dejarles paso.

Este espectáculo de Sayyidna, cuando iba, mañana y tarde, a la escuela o a su casa, era maravilloso. Porque Sayyidna era grueso y corpulento, y la diffía le hacía parecer todavía más obeso. Como he dicho, iba con los brazos echados sobre los hombros de sus dos lazarillos. Los tres andaban a compás, marcando el paso. Para esta comisión Sayyidna, a quien gustaba mucho cantar, escogía, de entre sus alumnos, a los más distinguidos y de mejor voz, porque le gustaba enseñar a sus discípulos el canto y darles estas lecciones por la calle. Unas veces cantaba él y los dos lazarillos le acompañaban; otras veces, en cambio, éstos se limitaban a oírlo, o bien era uno de ellos el que cantaba y el otro y el maestro le hacían el coro. Por su parte, Sayyidna no cantaba sólo con la voz y la lengua, sino, además, con el cuerpo y la cabeza, pues la cabeza badajeaba arriba y abajo o cencerreaba a derecha e izquierda. Cantaba también con las manos, marcando con sus dedos las cadencias sobre el pecho de sus acompañantes. En ocasiones, a Sayyidna le gustaba un aire y, pensando que no le convenía ser cantado en marcha, se paraba hasta terminarlo. Pero lo más asombroso de todo era que Sayyidna creía tener buena voz, cuando nuestro amiguito pensaba que Dios no había creado voz más horrible que la suya. Siempre que nuestro amiguito recitaba las palabras de Dios Honrado y Poderoso (XXXI, x 8): «En verdad, la voz más desagradable es el rebuzno de los asnos», se le representaba Sayyidna cantando unos versos de la Burda, al ir a la mezquita para rezar la oración del mediodía, o al regresar a su casa desde la escuela.

Volviendo a lo que íbamos diciendo, nuestro amiguito se ve sentado en el suelo, jugando con las babuchas que le rodeaban, mientras Sayyidna le recitaba la azora de al-Rahman, si bien no se acuerda si se la recitaba en el primero o en el segundo aprendizaje del texto. Y en otra ocasión se ve también sentado, pero no en el suelo ni entre las babuchas, sino a la derecha de Sayyidna, sobre otro largo estrado. Sayyidna le recitaba (II, 41): «¿Ordenaréis a las gentes la piedad, y la olvidaréis vosotros mismos, que recitáis el libro? ¿Es que no tenéis juicio?». Cree lo más probable que esto ocurriese cuando ya había terminado el Alcorán por primera vez y había comenzado la revisión; pero no es de extrañar que nuestro amiguito no se acuerde bien de cómo aprendió el Alcorán, porque terminó de aprenderlo de memoria cuando aún no tenía nueve años.

Lo que sí recuerda con claridad y precisión es el día en que dio remate al Alcorán, porque Sayyidna unas fechas antes le había hablado del asunto, de lo contento que se pondría su padre y de las condiciones que pensaba exigir reclamando sus derechos. ¿No había, en efecto, enseñado, antes que a nuestro amiguito, a cuatro de sus hermanos, uno de los cuales estaba en el Azhar y los otros en las escuelas, siendo nuestro amiguito el quinto? ¡Cuántos derechos tenía, pues, Sayyidna en la familia! Y estos derechos de Sayyidna en nuestra familia se traducían siempre en comida, bebida, ropas y dinero. Lo que pensaba exigir al terminar nuestro amiguito el aprendizaje del Alcorán era, ante todo, una suculenta cena; luego una chupa y un caftán, más un par de zapatos, más un fez magrebino, más un gorro de la misma tela de que se hacen los turbantes, más una reluciente libra de oro. Sí; no se contentaría con menos de eso, y, si no se lo daban todo, renegaría de la familia y no cogería nada de ella ni volvería a entrar con ella en relación. Lo juraba por lo más sagrado.

Por fin llegó el sonado día, que era un miércoles. Sayyidna había anunciado desde por la mañana que nuestro amiguito terminaría ese día el Alcorán. A media tarde la comitiva se puso en marcha. Sayyidna iba apoyado en sus lazarillos, y, tras de él, nuestro amiguito, llevado de la mano por uno de los huérfanos del pueblo. Al llegar a la casa, Sayyidna empujó la puerta, dando antes la acostumbrada voz para que se ocultaran las mujeres, y se encamino a la galería. Allí el cheij, que ya había acabado la oración de la media tarde, y que recitaba como de costumbre algunas jaculatorias, les recibió sonriente y sosegado, con una voz serena, que contrastaba con la estentórea de Sayyidna. Nuestro amiguito no decía nada, y el huérfano estaba azorado.

El cheij hizo tomar asiento a Sayyidna y a sus lazarillos, puso una moneda de plata en la mano del huérfano, y llamó al criado para ordenarle que lo llevase, además, adonde le diesen algo de comer. Luego pasó la mano por la cabeza de su hijo, diciéndole:

—¡Dios te bendiga! Ve a decir a tu madre que Sayyidna está aquí.

Pero su madre, que ya había oído la voz de Sayyidna, tenía preparado lo que es de rigor en una ocasión parecida: es, a saber, un enorme y largo jarro de jugo de caña de azúcar, sin nada más.

Cuando se lo presentaron a Sayyidna se lo sorbió ruidosamente, mientras sus dos lazarillos bebían también sendos vasos de lo mismo. A seguida vino el café, que Sayyidna tomó con el cheij.

Sayyidna insistía con el cheij para que éste pusiese a prueba al niño sobre el aprendido Alcorán; pero el cheij le respondía:

—Déjalo jugar, que todavía es muy chico.

Sayyidna se levantó entonces para marcharse, y el cheij le dijo:

—Rezaremos juntos la oración de la puesta del sol, si Dios quiere. Era ésta la fórmula para convidarlo a cenar.

Y no creo que Sayyidna lograra ninguna otra recompensa por el hecho de que nuestro amiguito hubiese terminado el Alcorán. Bien es verdad que conocía a la familia hacía veinte años y que se seguían con él costumbres inmutables. Todo convencionalismo había desaparecido entre la familia y él, y estaba seguro de que si aquella vez le había fallado la suerte, en otra oportunidad podría tomarse el desquite.

 

VI

SE LE OLVIDA EL ALCORÁN

A partir de aquel día nuestro niño, aunque no había cumplido aún los nueve años, se convirtió en un cheij, puesto que se sabía de memoria el Alcorán, y todo el que se lo sabe cheij es, sean cualesquiera sus años. Su padre le llamaba cheij, lo mismo su madre, y también Sayyidna tomó por costumbre darle este título estando delante de sus padres, o cuando se hallaba satisfecho de él, o necesitaba conciliárselo para cualquier asunto, si bien, fuera de estos casos, lo llamaba por su nombre, o a veces simplemente «mocoso».

Nuestro infantil cheij era pequeño, escuálido, desmedrado, de aspecto bastante lamentable. Nada, ni poco ni mucho, tenía de la gravedad ni del hermoso coranvobis de los verdaderos cheijs.

Sus padres se contentaban con gratificarle y honrarle con este título, unido a su nombre, más bien por orgullo y vanidad suya que por amabilidad ni ternura para con él. En cuanto a él mismo, confesemos que en un principio le gustaba el título, pero en espera de algunas otras manifestaciones de recompensa y de mayor consideración. Aguardaba, en efecto, ser un cheij de verdad, de los que llevan turbante y visten chupa y caftán, y apenas le contentaban con decirle que era demasiado chico para sostener el turbante y para embutirse en el caftán. ¿Cómo iba a quedarse satisfecho con este pretexto, siendo como era un cheij que se sabía de coro el Alcorán? ¿Cómo iba a ser chico siendo cheij? ¿Es que quien se sabe el Alcorán puede ser pequeño? Se le trataba con injusticia, pues no podía haberla mayor que estorbar su derecho a usar turbante, caftán y chupa.

Pocos días bastaron, por consiguiente, para aburrirle del título de cheij y detestar que se lo dieran. Se percató de que la vida está llena de iniquidades y de falsías; de que al hombre lo trata injustamente hasta su propio padre, y de que ni la paternidad ni la maternidad libran al padre ni a la madre de mentir ni de ser frívolos e impostores. Su intuición de estas verdades no tardó en convertirse en un verdadero desdén por el famoso título y en el convencimiento de que las almas de sus padres se habían llenado de extravío y de orgullo. Pero, a la postre, pronto acabó por olvidar todo esto, entre muchas otras cosas que también olvidó.

De otra parte, y en realidad, no merecía ser llamado cheij, y lo único que merecía, a pesar de saberse el Alcorán, era seguir, como lo hacía, yendo a la escuela, mal arreglado, llevando en la cabeza un gorro que se lavaba un día a la semana, y en los pies un calzado que sólo se renovaba una vez por año y que no dejaba hasta que de nada le servía, teniendo que andar descalzo, durante una o varias semanas, hasta que Dios le deparaba otro par nuevo.

Sí, sí; merecía todo eso, porque lo de saberse el Alcorán no le duró mucho. ¿La culpa era sólo suya o debía compartirla con Sayyidna? La verdad es que Sayyidna lo tuvo abandonado por algún tiempo, por dedicarse a otros alumnos que todavía no habían concluido el aprendizaje del Alcorán; por dejarle descansar, y porque no había obtenido ninguna recompensa de que nuestro amigo hubiese terminado de sabérselo todo de coro. Y nuestro amigo también se durmió en este abandono, y empezó a ir a la escuela tan sólo para pasar en ella el día entero en descanso absoluto y juegos continuos, en espera de que a fines de año viniera de El Cairo su hermano el azharista, y que luego, terminadas las vacaciones, al volver su hermano a El Cairo, se lo llevara consigo para convertirse en un cheij de veras y un estudiante del Azhar.

Así fueron pasando un mes, y otro, y otro. Nuestro amiguito seguía yendo a la escuela y volviendo de ella sin haber hecho nada. Estaba convencido, sin embargo, de que se sabía el Alcorán, y Sayyidna también estaba confiado en que se lo sabía, cuando de pronto llegó aquel día nefasto. Y en verdad que lo fue, pues en él gustó por vez primera la amargura de la ignominia, de la vergüenza y de la humillación, y aborreció la existencia.

Había vuelto de la escuela, a la media tarde de aquel día, contento y satisfecho; pero apenas entró en la casa cuando su padre, dándole el titulo de cheij, se vino para él acompañado de dos amigos. Lo acogió sonriente, lo hizo sentar con bondad, y, tras de hacerle las preguntas de siempre, le pidió que recitara la azora de los Poetas. Caerle encima esta petición y caerle un rayo fue todo uno: pensó, recapacitó, se dispuso a arrancar, pidió refugio en Dios contra Satán el apedreado, llamó a Dios Clemente y Misericordioso, pero no pudo acordarse de la azora de los Poetas, sino que es una de las tres azoras que comienzan por las letras «Ta-Sin-Mim». Entonces empezó a repetir «Ta-Sin-Mim», una y otra y otra vez, sin poder pasar adelante. Su padre vino en su ayuda apuntándole la palabra que sigue; pero no logró avanzar un paso.

—Recita entonces —prosiguió su padre— la azora de la Hormiga.

Él se acordaba de que la azora de la Hormiga empezaba también, como la de los Poetas, por «Ta-Sin-Mim», y se puso de nuevo a repetir esta palabra. Su padre volvió a venir en su ayuda, pero una vez más le fue imposible seguir adelante.

—Recita entonces —insistió su padre— la azora de los Relatos.

Y él se acordó que era la tercera de las que empezaban lo mismo, y siguió repitiendo «Ta-SinMim». Pero en esta ocasión su padre no vino en su ayuda, sino que con serenidad le dijo:

—Vete. Creí que te sabías el Alcorán.

Se levantó avergonzado y sudando a mares. Los dos hombres trataban de excusarlo, aduciendo la vergüenza que le había acometido y su corta edad; pero él se alejó, sin saber si debía reprocharse a sí mismo por haber olvidado el Alcorán, o a Sayyidna por haberlo abandonado, o a su padre por haberlo puesto a prueba.

De todos modos, aquella tarde fue para él espantosa. No compareció en la mesa a cenar, y su padre no preguntó por él. Su madre sí le llamó como a hurtadillas para que cenara con ella; pero, como rehusara, marchóse la madre y él se durmió.

Y, con todo, aún fue mejor aquella tarde maldita que la mañana siguiente, cuando, al entrar en la escuela, Sayyidna le interpeló con dureza:

—¿Qué te pasó ayer? ¿Cómo fuiste incapaz de recitar la azora de los Poetas? ¿Es que de verdad la has olvidado? A ver, recítamela.

Nuestro amiguito empezó a balbucear el «Ta-Sin-Mim», y repitió con Sayyidna la misma historia que con su padre.

—¡Dios me pague el tiempo que gasté contigo y la fatiga que me costó enseñarte! —exclamó entonces Sayyidna—. Se te ha olvidado el Alcorán y has de aprenderlo de nuevo. Con todo, la culpa no es tuya ni mía, sino de tu padre. Si el día en que remataste el Alcorán me hubiera dado lo que me debía, Dios le habría bendecido conservándote la memoria; pero como rehusó darme lo que se me debía, Dios borró el Alcorán de tu pecho.

A continuación tuvo que ponerse de nuevo a aprender el Alcorán desde un principio, unido a quienes ni eran cheijs ni sabían nada.

 

VII

SEGUNDA MEMORIZACIÓN DEL ALCORÁN

Esta vez, en cambio, no hay duda de que memorizó muy bien el Alcorán en un plazo muy corto. Y se acuerda de que un día volvió de la escuela acompañado de Sayyidna, porque éste mostró deseos de que fuese así. Al llegar ante la casa, Sayyidna se dirigió a ella, empujó la puerta, que cedió a su presión, y dio el acostumbrado grito para prevenir a las mujeres. El cheij, como de costumbre, se hallaba en la galería una vez rezada la oración de la media tarde. Cuando se retrepó en su asiento, Sayyidna le dijo:

—Te creíste que a tu hijo se le había olvidado el Alcorán y me censuraste por ello gravemente. Yo te juré que no lo había olvidado y que todo era vergüenza por su parte; pero no me creíste y te burlaste de mis barbas. Pues bien: hoy he venido para que pongas a prueba a tu hijo delante de mí, y te juro, si no demuestra saberse el Alcorán, que me raparé estas barbas y me convertiré en la irrisión de los alfaquíes del pueblo.

El cheij le respondió:

—No te alborotes. ¿Por qué no dices más bien que olvidó el Alcorán y que se lo has enseñado otra vez?

—Por Dios juro tres veces —replicó Sayyidna— que no se le olvidó y que no se lo he vuelto a enseñar.

Lo único que he hecho es escuchárselo entero, y me lo ha recitado como agua corriente, sin pararse ni vacilar.

Nuestro amiguito oía este diálogo, satisfecho de que su padre tuviese razón y de que Sayyidna mintiera; pero no dijo palabra y aguardó al examen, que fue difícil y penoso.

Pero ese día nuestro amiguito se lució bravamente. Apenas le preguntaban por un pasaje, respondía sin vacilar y recitaba tan de prisa, que el cheij tuvo que decirle:

—Despacito, que correr con el Alcorán es pecado.

Y cuando terminó el examen, le dijo:

—¡Dios te ayude! Ve a tu madre y dile que ahora te sabes el Alcorán de verdad.

Y nuestro amiguito corrió a su madre; pero ni le dijo nada, ni ella le preguntó nada. En cuanto a Sayyidna, ese día salió de casa con una chupa de paño que le regaló el cheij.

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