Sueños de artistas

José Manuel Ramallo

 

A la pechugona de Balvanera no le gustaba que la llamasen así. – ¡Qué bah! ¡Lo odiaba! – Por supuesto. Una absoluta crueldad. La osadía de los hombres, y la rabia de las mujeres, no le daban tregua. Una mirada tras otra. ¿Y a la noche? ¡Tremendo dolor de cabeza, de tanto que la miraron!

A la pechugona de Balvanera no le gustaba que la acreditaran por sus dotes presenciales. Sino que, más bien, deseaba ser rescatada por sus talentosos oídos musicales. Para ello leía mucho, y otro tanto practicaba musicalidad, en cuanto instrumento tuviese a su alcance. Pero, nada que hacer. Los hombres dale que dale, con mirarle los pechos. No había futuro cierto, en semejante dilema. Los que le abrían las puertas, para que expusiese su talento musical, lo hacían con malas intenciones. ¡Hombres!

¡Ay de la mujer que sufre el acoso, de tener algo que no le interesa tener! ¿Cómo liberarse de ese conflicto? Las propuestas indebidas, no paraban de golpearle los oídos. Pobre de María Marta, si tan sólo hubiese nacido bajo otro cielo. Qué feliz sería con sus enormes talentos musicales, y su desmesurada figurada frontal, ignorada absolutamente por hombres amantes del Blues.

Pero Buenos Aires no es New York, y la fortuna no se encuentra bajo un “Jazz & Blues” nocturno. No, nada de ello. María Marta tiene una fama, que no sabe quién se la atribuyó. Tampoco recuerda cuándo y dónde la oyó. Pero sabe que es así. Cuando va doblando la esquina, ya puede escuchar los murmullos “¡Ahí viene, ahí viene! ¡Mirala, no te la pierdas”. La pechugona de Balvanera. Es ella. Podría haber sido: “La loca del piano”. O bien “La loca que vive en el cuarto piso y toca el piano. Sí, la loca esa”. Pero no.

Balvanera acaricia la caída del arduo sol, y las calles estropean tan cálido momento con bocinazos e insultos. Los ciudadanos se quejan por todo. Pero María Marta no tiene conflicto con ellos. Sentada en la oscuridad de su recóndito balcón, se desprende de su corpiño. Enciende un suspiro de alivio, relaja sus piernas sin preocupación, y allí se queda sentada en un rincón. El Jazz le refresca el alma, y su cuerpo se estremece.

Claudica en un pensamiento rapaz: “Quizás debería engordar, para poder emparejar semejante desproporción”.

Y luego ríe, tomando un nuevo vaso de licor.

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