El malentendido (I)

Eduardo Mendoza

 

Nacido en el seno de lo que más tarde se denominaría una familia desestructurada, Antolín Cabrales Pellejero, alias Poca Chicha, se escapó de unos colegios y fue expulsado de otros, de modo que cuando ingresó en prisión, a los veintiún años, sabía leer y escribir, pero ignoraba todo lo demás. No despreciaba la cultura; simplemente, nunca le había visto interés ni utilidad. Una vez en la cárcel, sin embargo, esta actitud no le impidió aprovechar la posibilidad de redimir parte de la condena asistiendo a los cursos de formación que unos abnegados profesores impartían con regularidad entre la población penitenciaria. Animado por esta perspectiva, Antolín Cabrales se inscribió en varios de ellos, incluido un cursillo sobre análisis y creación literaria, el único en el que persistió más de dos días.

La persona encargada del curso de literatura era una mujer de unos treinta y cuatro años, diminuta, algo gruesa de complexión, redonda de cara y miope, llamada Inés Fornillos. Se había graduado en Filosofía y Letras, se había casado con un viajante de comercio y había entrado a trabajar como profesora de latín, griego y literatura española y universal en una academia privada que al cabo de unos años cerró sus puertas por razones económicas, dejándola en la calle. En aquella época las mujeres empezaban a acudir masivamente a la universidad y la mayoría elegía la carrera de Filosofía y Letras, en la que la competencia de los varones era menor; como la salida más habitual de esta carrera era la enseñanza, el mercado se había saturado y la señorita Fornillos sólo encontró breves sustituciones por maternidad y unas cuantas clases particulares mal pagadas los meses de verano. Harta de esta precariedad, llamó su atención una convocatoria para dar clases de literatura a reclusos y decidió optar a la plaza. Su marido se opuso, pero tenían dos hijos pequeños y con las comisiones de las ventas no era fácil llegar a fin de mes. Hicieron indagaciones y les aseguraron que el trabajo en la cárcel no llevaba aparejado ningún riesgo. Era un puesto de funcionario, con sus correspondientes ventajas, y con el tiempo podía servir de trampolín para acceder a otros cargos, bien en la docencia, bien dentro del propio funcionariado de prisiones.

Inés Fornillos empezó a trabajar con muchos temores, incertidumbres y reservas. Sin embargo, pronto se adaptó al medio y al cabo de poco se dio cuenta de que el trabajo le gustaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer ante las personas que la interrogaban asombradas al respecto. Era una persona desprejuiciada y sencilla, dotada de un carácter franco y un talante ecuánime, no era susceptible y tenía muy poco sentido del humor. Con estas cualidades no tuvo ningún problema para ganarse la consideración de sus alumnos e incluso para granjearse el afecto de alguno, porque la mayoría de los reclusos no recibía ningún afecto del mundo exterior y en consecuencia no sabía dónde colocar el suyo. A menudo, al término de la clase, un preso la abordaba en el aula vacía para hacerle una consulta de tipo personal o someter a su consideración una decisión o una idea para el presente o para el futuro.

Con todo, Inés Fornillos no se hacía ilusiones. Sabía que todos acudían puntualmente a sus clases porque así lo exigía el férreo régimen de la institución y que lo hacían para fingir una rehabilitación que acelerase la concesión de la libertad provisional. Pero tampoco era cínica y creía que si conseguía inculcar la afición a la lectura en alguno de aquellos individuos abandonados y desorientados, sin esquemas morales ni criterios de ningún tipo, contribuiría a mejorar su condición. De qué modo la afición a la lectura podía surtir este efecto benéfico, ella misma no lo habría podido explicar, ni siquiera a sí misma, pero vivía con esta esperanza y trabajaba con esta convicción, mientras los reclusos, sentados frente a su mesa, ni tan sólo hacían un ligero esfuerzo por disimular su aburrimiento y su sopor.

Antolín Cabrales no acudió a las clases de la señorita Fornillos con mejor disposición que el resto de sus condiscípulos: su objetivo era simplemente causar una impresión favorable a las autoridades a través de los informes que a fin de curso había de presentar aquella buena mujer.

Como tenía por costumbre, el primer día de clase la señorita Fornillos hizo una introducción a la materia elogiando las virtudes de la lectura, el más gratificante, absorbente e inagotable entretenimiento, dijo, del que se podía disfrutar en todo momento y lugar, a cualquier edad y en cualquier condición física, incluida la enfermedad y la ceguera (porque existía una escritura táctil), así como una fuente infinita de conocimientos, porque la Humanidad, desde sus orígenes, había consignado por escrito su sabiduría, sus pensamientos, sus emociones y sus fantasías. Acabado este exordio, preguntó a los quince alumnos que integraban el curso si alguno era aficionado a leer o a escribir. «No debe daros vergüenza confesar que en alguna ocasión habéis escrito una poesía o un cuento o algo que os ha llamado la atención. Escribir es tan natural como hablar, como pensar o como cantar. El que salga bien o mal no tiene la menor importancia.» Un preso dijo haber escrito versos tiempo atrás; por supuesto, añadió, no conservaba ninguno; eran muy malos y se dejaría matar antes que dejárselos leer a nadie. Tras no pocas vacilaciones, otro alumno dijo que varias veces había empezado a escribir historias, pero que nunca había pasado de la primera página. Todos, incluso los dos que confesaban haber hecho pinitos literarios, admitieron que no leían, o que sólo leían prensa deportiva y revistas con fotos de tías buenas.

La señorita Fornillos dijo que toda lectura, en definitiva, era lectura, pero que en aquel curso sólo tratarían de textos de ficción, de historias inventadas, aunque todas ellas contuvieran grandes fragmentos de realidad. A renglón seguido, repartió entre los quince alumnos otros tantos cuentos que previamente había transcrito y fotocopiado. Eran narraciones breves, sencillas y, a su entender, interesantes. Cada uno debía leer la suya y en la clase siguiente dar una opinión razonada. Con esto dio por concluido el primer día de docencia.

En la clase siguiente todos dijeron haber leído el cuento que a cada uno le había tocado en suerte. La señorita Fornillos sabía que mentían: a lo sumo, tres lo habrían leído entero, otros tres lo habrían empezado, y los demás no se habrían tomado la molestia de poner los ojos sobre la primera palabra. No obstante, fingió creer lo que decían y preguntó en general si les habían gustado los cuentos. Unos cuantos respondieron afirmativamente; dos con tanta vehemencia que la señorita Fornillos decidió no volver a ocuparse de ellos durante el resto del curso. Luego miró uno por uno a los reclusos y todos desviaron la mirada y carraspearon, porque, aun siendo criminales curtidos, se achicaban cuando se veían obligados a hablar en público, como el resto del género humano. La señorita Fornillos señaló a uno al azar y le preguntó si había entendido la historia referida en el cuento. El recluso respondió sinceramente que no; lo había intentado, pero conforme avanzaba la trama se iba armando un lío cada vez mayor. La señorita Fornillos le agradeció que hubiera dicho la verdad y elogió el valor de admitir el fracaso. Leer, les dijo, era una actividad que se aprende, como un juego de cartas. Toda historia, les explicó, constaba de tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Como una película. Pero en las historias escritas, a diferencia del cine, los personajes no se veían, ni tampoco se veía lo que hacían, de modo que era preciso imaginarlo; y no sólo eso, sino que también era preciso guardar cada personaje y cada suceso en la memoria y tenerlos presentes en todo momento de la narración. Sólo así la historia acababa adquiriendo un sentido unitario. Si ahora no podían llevar a cabo esta operación, no debían preocuparse; todo era cuestión de tiempo y de perseverancia.

«Y ahora, oigamos otra opinión», dijo, y señalando a otro alumno al azar, repitió la pregunta: ¿le había gustado el cuento? El alumno vaciló un instante y luego respondió: «No.» La señorita Fornillos advirtió que el alumno enrojecía. Aguardó unos segundos y luego, viendo que el comentario parecía concluir con aquel lacónico veredicto, le instó a explicar por qué no le había gustado.

«Porque no está entero», murmuró el alumno con una mezcla de esfuerzo y confusión. Era evidente que no sabía cómo exponer sus ideas y que, además, no quería incurrir en las iras de la profesora. Pero la señorita Fornillos no estaba dispuesta a dejarlo tranquilo. «¿Qué quieres decir cuando dices que no está entero? Ya hemos visto que toda historia consta de planteamiento, nudo y desenlace. ¿Cuál de estas partes no está entera, en tu opinión? ¿El planteamiento, el nudo, quizá las tres?»

«No, no. Las partes están ahí.»

«¿Entonces?»

«No sé. Para mí que al cuento le falta algo. La historia se entiende, ¿vale? Y es buena y todo eso. Pero algo le falta. Más no le sabría decir, perdone.»

La señorita Fornillos experimentó una vaga sensación de inquietud, en modo alguno desagradable. Era una sensación que recordaba haber experimentado años atrás, cuando daba clases a niños de corta edad en la academia que quebró. A veces, inesperadamente, un niño parecía haber captado una idea o una verdad que no le había sido impuesta explícitamente. Un caso inusual, como el que ahora se le presentaba. Porque ciertamente el cuento estaba incompleto, no porque faltara algún eslabón imprescindible para seguir y comprender la trama, sino porque ella, en vista de la escasa capacidad de comprensión lectora de sus alumnos, había expurgado los cuentos, reduciéndolos a un esquema mínimo, del que había podado todo cuanto no fuera estrictamente pertinente al suceso relatado. Que aquel jovenzuelo que el día anterior había admitido no haber leído nunca nada, ni siquiera la letra de las revistas ilustradas, pudiera percatarse del arreglo le parecía chocante. «¿Cómo sabes que le falta algo? ¿Habías leído antes ese cuento? ¿Has leído cuentos parecidos?» El pobre alumno volvió a enrojecer. «No, señorita. Es la primera vez, y ya le digo que no lo sé. Seguramente estoy equivocado. Yo es que nunca he leído, y quizá por eso. Además, a mí chamullar no se me da, ¿vale? Pero es como… no sé, es como si la enseño a usted el dibujo de una vaca con tres patas, vamos a suponer. No hace falta haber visto vacas para saber que al dibujo le falta algo. Lo digo con el debido respeto, ¿vale?»

Entre los demás alumnos hubo un conato de risa que la señorita Fornillos atajó con rapidez y autoridad, como si estuviera rodeada de niños y no de adultos feroces. «Está muy bien; está muy bien haber dicho lo que piensas.  Siempre cuesta expresar con palabras lo que sólo son impresiones. Poco a poco iremos aprendiendo no sólo a leer, sino a hablar de lo que hemos leído. Al fin y al cabo, estamos al principio del curso. Paciencia y perseverancia, como os he dicho.» Se dirigió a otro alumno y recibió la respuesta habitual. Al terminar la clase repartió otra tanda de cuentos, éstos de carácter histórico. Quería, mientras creaba hábitos de lectura, ir mostrando distintas facetas de la narración. Al quedarse sola hizo una señal a lápiz junto al nombre del alumno que le había intrigado. Antolín Cabrales Pellejero. La señorita Fornillos tuvo la certeza de que no lo volvería a ver en clase.

Sin embargo, el miércoles siguiente, apenas entró en el aula, se percató de su presencia, en el lugar más apartado, con la mirada perdida en el aire, afectando indiferencia. La señorita Fornillos decidió que sólo un genuino interés por la literatura podía haber impulsado a aquel muchacho a afrontar la burla de sus compañeros y el posible enfado de la profesora y experimentó hacia él un sentimiento parecido a la gratitud.

La clase transcurrió sin incidentes y la señorita Fornillos tuvo la delicadeza de no singularizarlo dirigiéndole la palabra o mirándolo directamente. Pero al acabar la clase lo llamó por su nombre y le pidió que se quedara un instante. Antolín Cabrales remoloneó en el umbral del aula.

«El cuento que te di el último día, ¿también estaba incompleto?», le preguntó.

«No, no, está cabal», respondió el recluso.

«Dime la verdad, Antolín Cabrales.»

«Señorita, va usted a pensar que soy un sieso.»

«Ya te he entendido», dijo la señorita Fornillos mientras rebuscaba en su cartera, «y te quería decir que no andas del todo desencaminado. Yo misma he recortado los cuentos para hacerlos más breves y más sencillos. Pero te he traído el cuento del otro día completo, tal cual es. El de hoy no, porque es muy largo. No tienes ninguna obligación, pero si te hace gracia leerlo, pues lo lees y el próximo día, si quieres, me dices lo que piensas. En clase, o al salir, como te resulte más cómodo».

El recluso enrolló las fotocopias, dio las gracias con torpeza y se reunió con sus compañeros, que observaban la escena desde el pasillo.

En la siguiente ocasión Antolín Cabrales se quedó rezagado y devolvió a la señorita Fornillos las fotocopias que ella le había dado.

«¿Te ha gustado?»

«Sí, no está mal.»

«¿Has notado la diferencia? ¿No se te ha hecho largo o difícil?»

«No, pero he entendido lo de los cortes. Están muy bien hechos.»

«Dejemos eso», dijo secamente la señorita Fornillos, porque no quería prolongar un encuentro a solas con un preso, aunque fuera con la puerta abierta y ante los ojos de los demás, y porque tampoco quería establecer una relación que fuera más allá de lo establecido por las normas. «El que escribió este cuento se llama Somerset Maugham. Era inglés, murió hace años y escribió cuentos muy bonitos. En la biblioteca de la cárcel hay un libro suyo. Precisamente de ahí saqué yo los cuentos. Si te interesa leer más cosas del mismo autor, puedes ir a la biblioteca y leerlas allí o pedir el libro prestado para leerlo en la celda. En este papel te he escrito el nombre porque cuesta de pronunciar; tú sólo tienes que enseñárselo al bibliotecario y él te dará el libro. Es por si te interesa.»

«Muchas gracias, señorita», dijo el recluso.

Antes de entrar en la siguiente clase, la señorita Fornillos pasó por la biblioteca, consultó la ficha de Somerset Maugham y vio que el libro había sido prestado a Antolín Cabrales y devuelto al día siguiente. Al acabar la clase, le preguntó si había ido a la biblioteca.

«Sí, señorita. Hice como usted me dijo y pedí el libro.»

«Ya. ¿Y leíste algún cuento, aparte del que conocías?»

«Claro, los leí todos.»

«¿En un solo día?»

«¿Cómo sabe que los leí en un solo día?»

«No te voy a engañar: he pasado por la biblioteca y he visto la ficha: tuviste el libro un día y no me creo que lo hayas leído de cabo a rabo.»

«Es usted muy dueña de pensar como quiera, pero leerlo, lo leí.»

«Está bien. Te creo. Dime si te gustaron los cuentos.»

«Psé. Están bien contados.»

«¿Qué quieres decir?»

«Pues eso, que están bien contados. ¿Hay otros escritores que también cuentan bien?»

«Ya lo creo. Muchísimos. ¿Te recomiendo uno?»

«Si no le es molestia.»

En un trozo de papel la señorita Fornillos escribió: Arthur Conan Doyle, Las aventuras de Sherlock Holmes. Antolín Cabrales leyó esta recopilación de relatos detectivescos y por su cuenta, Estudio en escarlata.

«Jolín, es un cuento larguísimo, ¿no le parece?»

«No es un cuento. Es una novela.»

«Es curioso que interrumpa la historia para meter otra dentro y luego seguir con la anterior.»

«¿Eso te ha molestado?»

«¿Cómo me va a molestar? El que escribe hace lo que le sale del pijo, con perdón. ¿Todas las novelas son así?»

«No. Quizá no deberías haber empezado por ahí.»

«Me habré precipitado, disculpe, pero no sabía a quién consultar y hasta que usted no volvía, pues actué según mi entendimiento, usted ya me entiende. El bibliotecario es un mendrugo. Si le viene bien, pues me hace usted una lista, cuando pueda, y así no la tendré que andar molestando cada vez.»

«Hombre, así, a bote pronto, no sabría. Pero si vamos juntos a la biblioteca y vemos lo que hay, podemos hacer una lista sobre la marcha.»

«Cojonudo, señorita», exclamó el presidiario.

En un mes y medio se leyó toda la biblioteca de la prisión, no muy extensa ni muy variada, compuesta principalmente por novelas dejadas por algunos presos al ser puestos en libertad y algunos donativos de caducas asociaciones benéficas. Debido a esto, obras de relativo interés convivían con libros instructivos y de autoayuda, novelas de Agatha Christie, ediciones expurgadas de Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo y no pocos bodrios de distintas categorías. Como era inexperto y leía con tanta voracidad como desorden, Antolín Cabrales se hizo un lio. Viendo su desazón, la señorita Fornillos tomó la osada decisión de poner orden en las lecturas de su alumno y de prestarle sus propios libros. No sabía si aquello constituía un acto irregular dentro del régimen penitenciario, pero no creyó estar haciendo mal a nadie. Cada miércoles, cuando acudía a la cárcel, incluía un libro en el material didáctico que declaraba al entrar, sin especificar el título, se lo entregaba a Antolín Cabrales, éste le devolvía el anterior y ella lo declaraba nuevamente al salir; de este modo no quedaba constancia de que un recluso recibía material procedente del exterior sin la correspondiente autorización. La señorita Fornillos, por precaución y por curiosidad, había hecho averiguaciones acerca de Antolín Cabrales y su pasado delictivo. Desde muy joven había sido detenido y condenado a penas leves por hurto; más tarde había cometido robos con arma blanca o con un revólver de juguete, y en una ocasión en que la víctima había ofrecido resistencia, había empleado la violencia, tal vez, como declaró él mismo, en legítima defensa, pero con un resultado de lesiones que, unido a sus antecedentes, le valió la condena que ahora cumplía. La escasa peligrosidad de su protegido tranquilizó la conciencia de Inés Fornillos, sobre todo porque en su fuero interno sabía que, de haber sido aquél el más sanguinario y depravado de los criminales, no habría actuado de otro modo.

En su actitud con respecto a Antolín Cabrales no había nada de maternal. Tenía dos hijos pequeños y conocía bien el contenido y los límites de sus instintos y sus sentimientos. Tampoco había en su conducta atisbo de inclinaciones de otro orden: Antolín Cabrales era de estatura mediana y porte regular, pero era desgarbado de gestos y andares, y aunque no feo de rasgos, algo en la expresión esquiva de los ojos y en la morosidad y en el aire de desconfianza le quitaba todo encanto personal y toda posible atracción masculina: ni siquiera una persona de visión imprecisa y juicio magnánimo como la señorita Fornillos habría dudado en calificar a Poca Chicha de insignificante. En realidad, Antolín Cabrales ni siquiera le inspiraba simpatía, y sus contactos, pese a la pasión por la literatura que los unía, a menudo resultaban tediosos. No obstante, aquel ser insípido de trato había aparecido inopinadamente en la vida de Inés Fornillos como un regalo inesperado en medio de una actividad profesional satisfactoria, pero presidida por la más abrumadora monotonía. En los préstamos de la profesora a un alumno excepcional había más de experimento que de obra benéfica. Ardía en deseos de comprobar cómo reaccionaría alguien carente de toda formación ante obras que exigían del lector esfuerzo y discernimiento.

Para empezar, y después de mucho repaso y mucha reflexión, eligió El siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, en una vieja edición de Seix Barral cuyas hojas empezaban a amarillear, y se lo entregó al recluso con la advertencia de que el estilo le resultaría abstruso, la trama densa y el texto largo, y la admonición de que, si no podía con aquel mamotreto, no se sintiera defraudado ni consigo mismo ni con la literatura en general.

En la clase siguiente, Antolín Cabrales le devolvió el libro con este escueto comentario: «Está de puta madre.» La señorita Fornillos creyó percibir en la voz de su interlocutor un leve tono de desafío. Lo pasó por alto y le siguió prestando libros sistemáticamente. Luego los comentaban, al principio con un breve intercambio de opiniones y más tarde de un modo más detallado y personal, porque habían empezado a disentir en sus juicios y menudeaban unas discusiones en las que la señorita Fornillos iba perdiendo terreno gradualmente. Pero ni siquiera entonces sintió la tentación de imponer su autoridad de profesora ni menos aún los privilegios que le confería el hecho de ser una persona libre y honrada frente a quien, en fin de cuentas, sólo era un pobre desgraciado sin derecho a nada. Hasta que un día perdió los estribos. Le había prestado Rayuela, de Julio Cortázar, y Antolín Cabrales se lo devolvió con un comentario que a ella se le antojó displicente. «Es ingenioso, pero no me convence.» Rayuela era uno de los libros que más habían impresionado en su día a Inés Fornillos y le mortificó el desdén de su interlocutor. «Vaya, nos hemos vuelto muy exigentes de golpe y porrazo», replicó. En vista de que él no decía nada, ella insistió: «A mí me parece una novela genial.» Antolín Cabrales se encogió de hombros. «Es una fanfarronada», dijo. El aplomo del lector neófito que se cree con derecho a dar lecciones a su maestra le irritó profundamente, no sólo por lo que suponía de desconsideración y de ingratitud sino porque en su interior sintió tambalearse sus convicciones con respecto a la obra de Cortázar.

De estos encontronazos verbales se consolaba pensando que las opiniones del recluso eran una mezcla de talento en bruto y de falta de instrucción. Aquel mozalbete podía decir cualquier cosa, algo sensato o un perfecto disparate, con el mismo aplomo. Pero este aplomo era un atributo que la señorita Fornillos le había asignado para su propia tranquilidad. En la práctica, Antolín Cabrales estaba lleno de dudas e incertidumbres que no tenía el menor reparo en exponerle. «He leído cosas de distintos países, de distintos estilos, de distintas épocas, y todo me da vueltas en la cabeza. ¿No habrá un libro que lo ponga todo en orden?», le dijo un día.

«Sí, claro: un manual de literatura. Te traeré uno. Quizá deberíamos haber empezado por ahí. Te he dado demasiada cuerda y tú mismo te has enredado de mala manera.»

«¡Y cómo había de ser, si antes de venir a clase con usted no sabía hacer la o con un canuto!»

«Y sigues igual, no te hagas ilusiones.»

Porque a pesar de su entusiasmo por Chéjov y por Stendhal y por Balzac, en clase Antolín Cabrales era un alumno del montón. Cuando la señorita Fornillos les hacía hacer una redacción, la de Antolín Cabrales era la más mediocre. Ya cometía pocas faltas de ortografía y su sintaxis empezaba a ser correcta, aunque algo amanerada, pero no tenía una sola idea brillante ni recurría a una imagen con gracia ni usaba un giro original, ni siquiera un adjetivo chocante u oportuno. «¿Y si en el fondo es tonto?», se preguntaba ella. Pero de inmediato rechazaba este pensamiento, porque la llevaba a un terreno personal en el que había hecho el firme propósito de no adentrarse.

Tal como habían quedado, le dejó los libros de texto que ella había utilizado cuando daba clases en la academia. Eran unos tratados muy elementales, pero a Antolín Cabrales le bastaron para organizar sus conocimientos.

«Tienes disposición para el estudio», le dijo Inés Fornillos. «¿Por qué no haces el bachillerato?».

«Sólo me interesa la literatura», repuso él, «para lo demás soy un negado. Además, ¿de qué me serviría el bachillerato?» .

«Es una manera de empezar. ¿Qué piensas hacer cuando salgas?»

«Lo que todos: buscar un curro, no encontrarlo, robar y volver al talego. No es mal plan: aquí estoy tranquilo y tengo tiempo para leer.»

«Siempre que encuentres a alguien que te suministre los libros. Yo no voy a estar siempre aquí.»

Al acabar el curso, le dio un triste aprobado. Al salir de clase le dijo: «Por tu rendimiento no te merecías algo mejor. La verdad es que me habría gustado ponerte buena nota, porque sabes más que nadie, pero en los ejercicios no lo demuestras y yo no puedo calificar por lo que pasa fuera de clase.»

El recluso hizo un ademán de indiferencia. «No importa», dijo, «así está bien. Supongo que la nota es justa y, de todos modos, nadie había hecho nunca tanto por mí. Le estoy muy agradecido. ¿Puedo pedirle un último favor?»

«Según de qué se trate», repuso ella con la natural prevención.

«Sé que todavía ha de volver un par de días antes de irse de vacaciones. ¿Tiene algún Libro de Henry James?»

«Sí; no me digas que te interesa.»

«No lo he leído, pero por lo que dicen los manuales, parece un tío legal. ¿Me puede prestar uno?»

«Es un peñazo.»

«Ya lo veremos. Usted y yo funcionamos con distintos parámetros.»

«¡Parámetros! ¿De dónde has sacado tú esta palabra?»

«De donde salen todas, joder, del diccionario de la Real Academia. Y no veo qué tiene de malo. Echas una blasfemia y nadie te dice nada, pero dices parámetros y todo dios se escandaliza. ¿Qué pasa con los marginados, a ver?»

«Nada, hombre, no seas picajoso. Sólo trataba de bajarte los humos para que no hagas el ridículo.»

Antolín Cabrales leyó a Henry James y lo encontró de buten. A la señorita Fornillos se le iba la cabeza al oír a aquel muchacho, que a principios de curso no había leído ni siquiera el As, emitir juicios sobre Los embajadores.

«Pero ¿tú entiendes este galimatías?»

«No hay nada que entender, ¿vale? No va de eso.»

La señorita Fornillos ya no se preguntaba si su alumno era tonto, sino si lo era ella. A veces le asaltaba el temor de ser víctima de un engaño colosal, urdido por Antolín Cabrales. O quizá por otro recluso que utilizaba a Antolín Cabrales para llevar adelante su proyecto diabólico. Pero por más que se devanaba los sesos no alcanzaba a comprender en qué podía consistir aquella conspiración y en el fondo se negaba a creer que alguien, incluso una mente superior, urdiera un plan criminal que incluyera la lectura de Henry James.

Se despidieron fríamente. Antes de abandonar la cárcel hasta el curso siguiente, la señorita Fornillos adoptó de nuevo una actitud profesoral y volvió a recomendar a su alumno que estudiara el bachillerato. «Luego, si todo sale tan mal como tú dices, siempre podrás robar una libreta antes de que te vuelvan a encerrar.»

En cuanto empezó las vacaciones se olvidó del trabajo y de todo lo relacionado con el sórdido inframundo en que vivía inmersa la mayor parte del año. Pero un día, mientras estaba tumbada a la orilla del mar vigilando a sus hijos, que chapoteaban en la mansa rompiente de las olas, se acordó de los pobres presos, que en aquel mismo momento se debían de estar achicharrando en sus celdas, y no pudo evitar una incómoda sensación de culpabilidad. Era una reacción absurda, porque estar libre y disfrutando de un merecido descanso con su marido y sus hijos mientras los delincuentes cumplían sus condenas era algo perfectamente normal, pero Inés Fornillos sabía que aquella culpabilidad general enmascaraba otra más concreta, imaginó a Antolín Cabrales encerrado en la biblioteca, sudoroso y sucio, releyendo las insulsas novelas que había dejado tan atrás, y se le encogió el corazón.

Aquella misma tarde metió en el coche a los niños y, con la excusa de ir a tomar un helado, los llevó a la población más cercana, entró en una librería que sabía bien surtida, hizo una compra no exenta de malicia, pidió que le empaquetaran los libros, fue a la estafeta de correos y envió el paquete a Antolín Cabrales. Con esto se quedó satisfecha.

(continuará…)

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