ANNUCHKA

Rainer Maria Rilke

 

 

Aquel verano, la señora Blaha, esposa de un pequeño funcionario del ferrocarril de Turnan, Wenceslas Blaha, fue a pasar algunas semanas en su pueblo natal. Era un burgo asaz pobre y banal, situado en la llanura pantanosa de Bohemia, en la región de Nimburg. Cuando la señora Blaha, que a pesar de todo se sentía aún en cierta medida citadina, volvió a ver todas esas casitas miserables, se creyó capaz de una acción caritativa. Entró en casa de una campesina que conocía y sabía que tenía una hija, para proponerle llevarse a la muchacha a su morada en la ciudad, y tomarla a su servicio. Le pagaría un modesto salario y, además, la muchacha gozaría de la ventaja de estar en la ciudad y de aprender allí muchas cosas. (La señora Blaha misma no se daba cuenta muy bien de lo que la joven debía aprender allá). La campesina discutió la proposición con su marido, quien no cesaba de fruncir las cejas y que, para comenzar, se limitó a escupir delante de él a guisa de respuesta. Preguntó por fin:

-Di, pues, ¿es que la dama sabe que Ana es un poco…?

Diciendo esto, agitó su mano morena y rugosa ante su frente con una hoja de castaño.

-Imbécil -respondió la campesina-. No iremos sin embargo a…

Así es como Ana fue a la casa de los Blaha. Estaba allí frecuentemente sola durante todo el día. Su amo, Wenseslas Blaha, está en su oficina, su ama hacía jornadas de costura afuera, y no había niños. Ana estaba sentada en la pequeña cocina oscura, cuya ventana se abría sobre el patio y aguardaba la llegada del organillo.

Sucedía cada tarde antes del crepúsculo. Se inclinaba entonces lo más afuera posible por la pequeña ventana y, en tanto el viento agitaba sus cabellos claros, ella danzaba interiormente hasta el vértigo y hasta que los muros altos y sucios parecían balancearse uno frente al otro. Cuando comenzaba a empavorecerse, recorría toda la casa, descendía la escalera sombría y desaseada hasta los despachos ahumados donde algún hombre cantaba en los comienzos de una borrachera. Por el camino, encontraba siempre a los niños que vagabundeaban durante horas enteras en el patio, sin que sus padres advirtieran la ausencia de cada uno de ellos y, cosa extraña, los niños le pedían siempre que les contara historias.

A veces hasta la seguían a la cocina. Ana se sentaba entonces junto al horno, ocultaba su cara vacía y pálida entre sus manos y decía: “Reflexionar”. Y los niños aguardaban con paciencia un rato.

Pero como Annuchka continuaba reflexionando hasta que el silencio en la cocina oscura les causaba miedo, los niños escapaban y no veían que la muchacha se ponía a llorar, con una quejumbrosa dulzura, y que la melancolía la tornaba menuda y lastimosa. ¿Qué recordaba?

No se hubiera podido decirlo. Quizás hasta los golpes que recibió allá lejos. Con frecuencia no sabía qué cosa indefinida que había existido un día, a menos que sólo la hubiera soñado. A fuerza de reflexionar cada vez que los niños la invitaban a ello, lo recordaba poco a poco. Al principio era rojo, rojo, después había una muchedumbre. Y luego una campana, un fuerte sonar de campana, y enseguida: un Rey, un campesino y una torre. Y ellos hablan:

“Querido Rey”, dice el campesino. . . “Sí”, dice entonces el Rey con una voz muy altiva. “Lo sé”. Y en efecto, ¿cómo un Rey no sabría todo lo que un campesino puede tener que decirle?

Algún tiempo después, la mujer llevó a la muchacha a hacer compras. Como se aproximaba Navidad y era el anochecer, las vidrieras estaban muy bien iluminadas y guarnecidas de abundantes cosas. En un almacén de juguetes Ana vio de pronto su recuerdo: El Rey, el campesino, la torre. . . ¡Oh! y su corazón latió más fuerte que el ruido de sus pasos. Pero apartó ligero los ojos y, sin detenerse, continuó siguiendo a la señora Blaha. Tenía el sentimiento de que no debía ya traicionar nada. Y el teatro de muñecas quedó atrás de ellas, como si no lo hubieran advertido. En efecto, la señora Blaha, que no tenía hijos, ni aún lo había visto.

Un poco más tarde, Ana tuvo su día de salida. No regresó al anochecer. Un hombre que ya había encontrado abajo, en el café, la acompañó, y ella no se acordaba más exactamente adonde la había llevado. Le parecía que había estado ausente durante un año entero. Cuando, fatigada, volvió a encontrarse en su cocina en la mañana del lunes, esta le pareció aún más fría y más gris que de costumbre. Aquel día rompió una sopera, lo que le valió violentas reprimendas. Su ama ni siquiera advirtió que no había regresado por la noche. Con el tiempo, hacia el nuevo año, durmió afuera todavía durante tres noches. Luego cesó de pronto de pasearse a través de la casa, cerró temerosamente la vivienda y dejó de aparecer en la ventana aun cuando tocase el organillo.

Así se deslizó el invierno y comenzó una pálida y tímida primavera.

Es una estación muy particular en los patios interiores. Las moradas están negras y húmedas, pero el aire es luminoso como lino frecuentemente lavado. Las ventanas mal limpiadas arrojan reflejos temblorosas y ligeros copos de polvo danzan en el viento, descendiendo a lo largo de los pisos. Se escuchan los ruidos de la casa entera, las cacerolas resuenan de un modo distinto, su sonido es más claro, más penetrante, y los cuchillos y cucharas hacen un ruido diferente.

Por aquel tiempo, Annuchka tuvo un niño. Fue para ella una gran sorpresa. Después de sentirse durante largas semanas densa y pesada, aquello escapó de ella una buena mañana y fue en el mundo, venido Dios sabe de donde. Era domingo y aún dormían en la casa. Contempló un instante la criatura sin que su rostro se alterase en lo más mínimo. Apenas si se movía, pero de pronto una voz aguda brotó de su pequeño pecho. En ese mismo momento llamó la señora Blaha y los resortes del lecho crujieron en el dormitorio. Annuchka cogió entonces su delantal azul que estaba todavía tirado sobre la cama, ató sus cintas alrededor del pequeño cuello y depositó el paquete en el fondo de su maleta. Enseguida pasó a las habitaciones, abrió las cortinas y se puso a preparar el café.

Uno de los días que siguieron, Annuchka hizo la cuenta de los salarios que había recibido hasta entonces. Eran quince florines.

Cerró de inmediato su puerta, abrió la maleta y puso el delantal azul, que estaba pesado e inmóvil, sobre la mesa de la cocina. Lo desanudó lentamente, contempló la criatura, la midió desde los pies hasta la cabeza con ayuda de un centímetro. Enseguida volvió a poner todo en orden y se fue a la ciudad. Pero -¡qué lástima¡- el Rey, el paisano y la torre eran mucho más pequeños. Se los trajo sin embargo y, con ellos, otros muñecos más. A saber: una princesa con rojos y redondos lunares en sus mejillas, un viejo que llevaba una cruz sobre el pecho y que se asemejaba a San Nicolás a causa de su gran barba, y dos o tres más, menos bellos y menos importantes. Además, un teatro cuyo telón subía y bajaba a voluntad, descubriendo o disimulando el jardín que constituía el decorado.

Annuchka tenía por fin en qué ocuparse durante sus horas de soledad. ¿Qué se había hecho de su nostalgia? Levantó ese maravilloso teatro (había costado doce florines) y se puso detrás, como corresponde. Pero a veces, cuando el telón estaba alzado, corría delante del teatro y miraba los jardines, y entonces la cocina gris desaparecía detrás de los grandes árboles magníficos. Luego retrocedía algunos pasos, tomaba dos o tres muñecas y las hacía hablar según ella lo entendía. Nunca era una pieza verdadera; las muñecas se hablaban y se respondían; también ocurría a veces que dos muñecas, como espantadas, se inclinasen súbitamente una delante de la otra. O bien todas hacían una reverencia al anciano que no podía doblarse, porque era enteramente de madera. Por esto es que la emoción en esas ocasiones la hacía caer de espaldas.

El rumor de los juegos a los cuales jugaba Annuchka corrió entre los niños. Y bien pronto las criaturas del vecindario, prudentes al principio, después más y más confiados, aparecieron en la cocina de los Blaha, parados en los rincones cuando la noche comenzaba a caer y sin perder de vista los bellos muñecos que repetían siempre las mismas cosas.

Un día Annuchka dijo, con las mejillas enrojecidas:

-Tengo todavía una muñeca mucho más grande.

Los niños temblaban de impaciencia. Pero Annuchka parecía haber olvidado lo que acababa de decir. Dispuso todos sus personajes en el jardín, apoyando contra los bastidores las muñecas que no podían sostenerse por sí mismas de pie. En esa ocasión apareció una suerte de arlequín de gran cara redonda que los niños no recordaban haber visto nunca. Pero su curiosidad se sintió picada más aún por todo ese esplendor y suplicaron que les mostrara la “¡muy grande! ¡Tan sólo una vez la “muy grande”! ¡Tan sólo por un momento la “¡muy grande”! Annuchka volvió junto a su maleta. La noche caía. Los niños y las muñecas estaban de pie, frente a rente, silenciosos y casi parecidos. Pero desde los ojos muy abiertos del arlequín, que parecía aguardar algún espectáculo espantoso, se expandió de pronto un miedo tal sobre los niños que, exhalando gritos, huyeron sin excepción.

Llevando un gran objeto azulado en sus manos, reapareció Annuchka. De súbito sus manos se pusieron a temblar. La cocina, abandonada por los niños, estaba extrañamente vacía y silenciosa.

Annuchka no tenía miedo. Se rió suavemente y derribó el teatro de un puntapié, después pisoteó y rompió las delgadas tablitas que habían figurado el jardín. Y enseguida, cuando la cocina estuvo sumergida en la noche, dio una vuelta por ella y partió el cráneo a todas las muñecas, incluso la grande azul.

 

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