Los tres chanchitos y el lobo feroz

Fernando Morote

 

-¿Qué sentido tiene engañarlos de esa manera infame? –pensó el lobo feroz, observándolos escondido detrás del arbusto.

Los tres chanchitos no cesaban de correr ansiosos, sin dirección. El problema con ellos era que su madre los crió aplicando conceptos extemporáneos a sus edades: cuando eran niños los trató como bebés y cuando fueron adolescentes siguió protegiéndolos como si fueran niños. Ahora estaban echados a perder. Conformaban un trío de hermanitos simpáticos, correctos y recatados, pero también apáticos, asustadizos y pesimistas; inútiles, incapaces de valerse y defenderse por sí mismos. El amor materno les estropeó el crecimiento, cortándoles las alas. Nada lograba hacer hervir su sangre, eludían el riesgo y rechazaban la aventura; cualquier asomo de audacia los escandalizaba.

-Construir esas casas es el resultado del fracaso –concluyó el lobo feroz.

Pero el lobo feroz era consciente de que sus antecedentes lo condenaban. Universalmente considerado un canalla, sabía que tenía pocas posibilidades de éxito en su empeño por ayudar. “La maldad campea en el mundo”, reflexionó, “sólo que nadie sabe reconocer de qué lado está realmente”.

Cuando los tres chanchitos, al coronar sus edificaciones, empezaron a bailar haciendo una ronda tomados de las manos y luego el mayor se puso a silbar la flauta, el intermedio a raspar el violín y el menor a tocar el piano, el lobo feroz se convenció de que debía actuar drásticamente. Se dirigió a un gigantesco almacén y alquiló los equipos necesarios para poner en práctica su proyecto.

La casita de paja del chanchito menor quedó reducida a cenizas con una nefasta ráfaga de lanzallamas. La casita de madera del chanchito intermedio quedó aplastada como una tortilla después de arrasarla con una bola de hierro. La casita de ladrillo del chanchito mayor quedó pulverizada por la detonación de un saco de dinamita.

Los tres chanchitos lloraban desconsolados contemplando su desgracia, víctimas de una injusticia sin nombre. Esperaban que su mamá llegara una vez más a rescatarlos.

El lobo feroz no estaba interesado en obtener reconocimiento alguno por su obra. Por el contrario, no dudaba de que lo persiguirían y castigarían sin clemencia. Había asumido con determinación, pese a las circunstancias, su rol educativo. Para él no existía valor más importante en la vida que volar sin límites.

Colorín Colorado, este cuento se ha acabado.

 

 

 

 

 

 

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