La linterna mágica [Fragmento]

Ingmar Bergman

 

Cuando yo nací en el mes de julio de 1918 mi madre tenía la gripe, mi estado general era malo y me hicieron un bautizo de urgencia en el hospital. El viejo médico de cabecera vino un día de visita, me miró y dijo: «Éste se está muriendo de hambre». Entonces mi abuela materna me llevó a la casa de campo que tenía en Dalecarlia. Durante el viaje en tren, que en aquellos tiempos duraba un día, mi abuela me fue dando de comer bizcochos mojados en agua. Cuando llegamos estaba casi muerto. Mi abuela encontró, sin embargo, un ama —una buena muchacha rubia de un pueblo vecino— y, aunque me fui reponiendo, tenía muchos vómitos y me dolía el vientre continuamente.

Sufrí además toda una serie de enfermedades indefinibles; era como si no acabara de decidirme a vivir. Si me adentro en mi conciencia puedo evocar con exactitud lo que sentía: el hedor de las secreciones del cuerpo, las ropas húmedas y rasposas, la suave luz de la lamparilla de noche, la puerta entreabierta de la habitación contigua, la profunda respiración de la niñera, pasos sigilosos, susurro de voces, los reflejos del sol en la botella de agua. De todo esto me acuerdo, pero no recuerdo haber pasado miedo alguno. El miedo llegó más tarde.

El comedor daba a un oscuro patio interior rodeado de un alto muro de ladrillo y en el patio había un retrete, cubos de basura, ratas gordas y un tendedero para sacudir alfombras. Yo estaba sentado en las rodillas de alguien que me daba la papilla. El plato estaba encima de un mantel de hule gris con borde rojo. El esmalte del plato era blanco con flores azules y reflejaba la escasa luz de las ventanas. Yo probaba diferentes ángulos inclinándome a los lados y hacia delante. Según movía la cabeza los reflejos del plato de papilla iban cambiando y tomando nuevas formas. De repente vomité encima de todo.

Probablemente mi primer recuerdo es éste: mi familia vivía en un primer piso de la casa que hace esquina entre las calles de Skeppargatan y Storgatan.

En el otoño de 1920 nos trasladamos al 22 de Villagatan en el barrio de Östermalm. Huele a pintura fresca y a suelos de parquet encerados. En el cuarto de los niños el suelo es de corcho amarillo y las persianas son claras con castillos y flores. Las manos de mi madre son suaves y ella tiene tiempo de contarnos cuentos. Una mañana mi padre tropieza con el orinal al levantarse y exclama: «¡Cáspita!». En la cocina se afanan dos mozas de Dalecarlia a quienes les gusta cantar y lo hacen con frecuencia. Enfrente del zaguán hay una compañera de juegos de mi misma edad que se llama Tippan. Es muy fantasiosa y emprendedora. Comparamos nuestros cuerpos y encontramos interesantes diferencias. Alguien nos pilla, pero no dice nada.

Nace mi hermana; tengo cuatro años y la situación cambia radicalmente: una figura gorda y deforme se convierte de pronto en protagonista. Me echan de la cama de mi madre, mi padre está radiante con ese paquete que sólo sabe dar alaridos. El demonio de los celos ha clavado su garra en mi corazón; estoy furioso, lloro, defeco en el suelo y me embadurno de mierda. Mi hermano mayor y yo, habitualmente enemigos mortales, hacemos las paces y planeamos diversas formas de matar al repugnante gusano. Por no sé qué razón mi hermano considera que yo soy el más adecuado para realizar el acto. Me siento halagado y buscamos el momento propicio.

Una tarde silenciosa y soleada en la que creo estar solo en el piso, entro sigilosamente en el dormitorio de mis padres donde duerme aquel ser en su rosada cuna. Cojo una silla, me subo y contemplo la cara abotargada y la boca babeante. Mi hermano me había dado instrucciones claras de lo que tenía que hacer. Pero yo no las había comprendido bien. En lugar de apretar el cuello de mi hermana trato de aplastar su pecho. Se despierta inmediatamente con un penetrante chillido, le tapo la boca con la mano, los acuosos ojos azul claro bizquean clavados en mí, doy un paso adelante para agarrarla mejor, pero pierdo pie y me caigo al suelo.

Me acuerdo de que la acción misma está unida a un intenso placer que rápidamente se transforma en horror.

Me inclino sobre fotografías de la infancia y estudio el rostro de mi madre con una lupa en un intento de penetrar a través de sentimientos podridos. Sí, sí que la quería y en la foto está muy atractiva: el espeso cabello peinado con raya al medio sobre la amplia frente baja, el delicado óvalo facial, la dulce boca sensual, la cálida y franca mirada bajo las oscuras y bien dibujadas cejas, las manos pequeñas y fuertes.

Mi corazón de cuatro años se consumía en un amor fiel como el de un perro.

La relación, sin embargo, no carecía de complicaciones: mi devoción la molestaba e irritaba, mis muestras de ternura y mis violentos arrebatos la inquietaban. Muchas veces ella me alejaba con un tono fríamente irónico.

Yo lloraba de rabia y desilusión. Su relación con mi hermano era más sencilla ya que siempre tenía que defenderlo frente a mi padre, que lo educaba con rigurosa dureza en la que el argumento más repetido era el brutal castigo físico.

Poco a poco fui comprendiendo que mi adoración, a veces tierna y a veces rabiosa, tenía poco efecto. Así que muy pronto empecé a ensayar una conducta que le resultara grata y que lograra despertar su interés. Un enfermo provocaba inmediatamente su compasión. Como yo era un niño enfermizo con innumerables dolencias, convertí esto en un camino, ciertamente doloroso pero infalible hacia su ternura. Las simulaciones, en cambio, se descubrían en seguida —mi madre era enfermera titulada— y se castigaban con rigor.

Había otro camino más peligroso para atraer su atención. Descubrí que mi madre no soportaba ni la indiferencia ni el distanciamiento: ésas eran precisamente sus armas. Aprendí pues a dominar mi pasión y empecé a interpretar una extraña comedia cuyos principales ingredientes eran la arrogancia y una gélida amabilidad. No me acuerdo en absoluto de cómo lo lograba, pero el amor te otorga inventiva y no tardé en despertar interés hacia mi sangrante dignidad herida.

El problema más difícil era que nunca se me daba la posibilidad de descubrir mi juego, arrojar la máscara y dejarme envolver por un amor correspondido.

Muchos años después, cuando mi madre estaba en el hospital a causa de su segundo infarto, con un tubo en la nariz, nos pusimos a hablar de nosotros y de nuestras vidas. Le conté la pasión de mi infancia y ella reconoció que eso la había atormentado, pero no de la manera que yo había creído. Preocupada por mí, se había confiado a un famoso pediatra que la había puesto en guardia en términos muy serios (era a principios de los años veinte) y le había aconsejado rechazar con firmeza mis, según él, «acercamientos enfermizos». Cualquier condescendencia podía dañarme para toda la vida.

Recuerdo con claridad una visita a ese médico. La razón era que me negaba a ir a la escuela a pesar de haber cumplido los seis años. Día tras día me metían a rastras o en brazos en clase mientras yo gritaba de angustia. Vomitaba sobre todo lo que veía, me desmayaba y sufría alteraciones en el equilibrio. Terminé ganando la partida y mi escolaridad se aplazó, pero lo que no pudo evitarse fue la visita al famoso pediatra.

El doctor llevaba una gran barba, cuello alto y olía a cigarro puro. Me bajó los pantalones, cogió mi insignificante órgano con una mano y trazó con el índice de la otra un triángulo sobre mi pubis, diciéndole a mi madre, que estaba sentada detrás de mí con su abrigo orlado de piel y un sombrero de terciopelo verde oscuro con velito: «Aquí, el muchacho sigue pareciendo un niño».

Cuando regresamos a casa después de la visita al médico, me pusieron el delantal amarillo pálido ribeteado de rojo con un gato bordado en el bolsillo. Me dieron una taza de chocolate y una rebanada de pan con queso. Me fui después al reconquistado cuarto de los niños; mi hermano tenía la escarlatina y vivía en otro sitio (evidentemente yo alimentaba la esperanza de que se muriera —en aquellos tiempos la escarlatina era una enfermedad grave—). Saqué del armario de los juguetes un carro de madera con ruedas rojas y radios amarillos y enganché un caballo de madera a las varas. La amenaza de la escuela había empalidecido y sólo quedaba el agradable recuerdo de victoria.

Un ventoso día invernal de principios de 1965 me telefoneó mi madre al teatro para decirme que mi padre había ingresado en el hospital y que lo iban a operar de un rumor maligno en el esófago. Quería que fuera a verlo. Le dije que no tenía ni ganas ni tiempo, que mi padre y yo no teníamos nada que decirnos, que me era completamente indiferente y que lo único que iba a conseguir con mi visita era asustarlo y molestarlo en su posible lecho de muerte. Mi madre se enfadó. Insistió. Yo también me enfadé y le pedí que no me hiciera objeto de chantaje sentimental. El eterno chantaje del «hazlo por mí».

Mi madre se puso furiosa y se echó a llorar, yo le hice notar que las lágrimas nunca me habían causado la más mínima impresión. Y le colgué.

Esa misma noche tenía guardia en el teatro. Di una vuelta por las diferentes salas, hablé con los actores, y fui metiendo a empujones a los espectadores que llegaban tarde a causa de una terrible tormenta de nieve. La mayor parte del tiempo estuve en mi despacho trabajando en la puesta en escena de la pieza de Peter Weiss «La investigación».

Sonó el teléfono y la telefonista me informó de que abajo había una señora Bergman que exigía hablar con el jefe del teatro. Como había unas cuantas señoras Bergman entre las que elegir, pregunté ásperamente de qué coño de señora Bergman se trataba. La telefonista contestó ligeramente asustada que era la madre del jefe del teatro y que quería hablar con su hijo inmediatamente.

Bajé a buscar a mi madre que había llegado al teatro o pesar de la tormenta de nieve. Todavía jadeaba intensamente por el esfuerzo, por sus problemas de corazón y por la ira.

Le pedí que se sentara y le pregunté si quería una taza de té. Me contestó que desde luego no pensaba sentarse y que de ningún modo deseaba tomar té. Venía sencillamente a oírme repetir todos los insultos, crueldades y groserías que le había dicho por teléfono aquella misma tarde. Quería ver la cara que ponía al rechazar e injuriar a mis padres.

La nieve se iba fundiendo alrededor del pequeño personaje envuelto en un abrigo de piel y dejaba manchas oscuras en la alfombra. Estaba muy pálida, con los ojos negros de rabia y la nariz roja.

Traté de abrazarla y besarla, pero me apartó y me dio una bofetada. (La técnica de mi madre para las bofetadas era insuperable. Soltaba el golpe con la rapidez de un relámpago y con la mano izquierda en la que dos pesados anillos, el de compromiso y el de boda, daban al castigo un doloroso énfasis). Yo me eché a reír y mi madre a llorar con desconsuelo. Se derrumbó, no sin habilidad, en una de las sillas de la mesa de conferencias y se tapó la cara con la mano derecha mientras que con la izquierda buscaba un pañuelo en el bolso.

Me senté a su lado y le aseguré que por supuesto iría a visitar a mi padre, que me arrepentía de lo que le había dicho y que le pedía de todo corazón que me perdonase.

Me abrazó vehementemente y declaró que en ese caso no iba a entretenerme ni un minuto más.

A continuación tomamos un té y nos quedamos charlando hasta las dos de la madrugada.

Lo que acabo de relatar ocurrió un martes. El domingo siguiente por la mañana telefoneó una amiga de mi familia, que vivía con mi madre mientras mi padre estaba en el hospital, para decirme que fuera inmediatamente porque mi madre estaba muy mal. El médico de mi madre, la doctora Nanna Svartz, estaba en camino y de momento el ataque había remitido. Me fui volando a Storgatan 7. Me abrió la doctora y en cuanto entré me dijo que mi madre acababa de morir.

Para asombro mío me eché a llorar violenta y descontroladamente. Me pasó pronto; la vieja doctora estaba a mi lado cogiéndome la mano en silencio. Cuando me serené me dijo que todo había ido bastante rápido, en dos oleadas de veinte mininos cada una.

Poco después me quedé a solas con mi madre en el silencioso piso.

Yacía en su cama, vestida con un camisón de franela blanco y una mañanita azul. Tenía la cabeza ligeramente vuelta hacia un lado y los labios entreabiertos. Estaba pálida, con ojeras, y el pelo, todavía oscuro, bien peinado —no, ya no tenía el pelo oscuro, sino entrecano, y los últimos años lo llevaba corto, pero la imagen del recuerdo me dice que su pelo era oscuro, tal vez con algunas canas—. Las manos descansaban en su pecho. En el dedo índice de la mano izquierda llevaba una tirita.

De súbito una intensa luz de temprana primavera llenó la habitación. El pequeño despertador hacía tictac apresuradamente en la mesilla de noche.

Me pareció que mi madre respiraba, que su pecho se alzaba, que yo la oía respirar serenamente, creí ver un temblor en sus párpados, me pareció que dormía y estaba a punto de despertar: el engañoso juego de la costumbre con la realidad.

Pasé allí sentado varias horas. Las campanas de la iglesia de Hedvig Eleonora tocaban a misa mayor, la luz vagaba por la habitación, se oía música de piano en alguna parte. No creo que sintiera dolor, tampoco que pensara, ni siquiera creo que me observara o me hiciera mi propia puesta en escena esa deformación profesional que me ha acompañado sin piedad toda la vida y que tantas veces ha robado o escindido mis más profundas vivencias.

No recuerdo mucho de aquellas horas que pasé en la habitación de mi madre. Lo que recuerdo con mayor claridad en la tirita de su dedo índice izquierdo.

Aquella misma tarde fui a ver a mi padre al hospital y le dije que madre había muerto. Él había salido bien de la operación y de la pulmonía subsiguiente. Estaba sentado en la butaca azul de la habitación, vestido con su viejo batín, pulcro y bien afeitado, con su larga mano huesuda en el puño del bastón. Me contempló fijamente. Tenía los ojos límpidos, serenos, muy abiertos. Cuando le conté lo que sabía no hizo más que asentir con la cabeza y me pidió que lo dejara solo.

Casi toda nuestra educación estuvo basada en conceptos como pecado, confesión, castigo, perdón y misericordia, factores concretos en las relaciones entre padres e hijos, y con Dios. Había en ello una lógica interna que nosotros aceptábamos y creíamos comprender. Este hecho contribuyó posiblemente a nuestra pasiva aceptación del nazismo. Nunca habíamos oído hablar de libertad y no teníamos ni la más remota idea de a qué sabía. En un sistema jerárquico, todas las puertas están cerradas.

Así es que los castigos eran algo completamente natural, algo que jamás se cuestionaba. A veces eran rápidos y sencillos como bofetadas o azotes en el culo, pero también podían adoptar formas muy sofisticadas, perfeccionadas a lo largo de generaciones.

Si Ernst Ingmar se hacía pis, lo que ocurría con demasiada frecuencia y facilidad, tenía que llevar el resto del día una falda roja que le llegaba a las rodillas. Esto se consideraba inofensivo y risible.

Los delitos más graves eran castigados ejemplarmente: todo empezaba con el descubrimiento del delito. El delincuente confesaba ante una instancia de menor entidad, es decir, ante las sirvientas o ante mi madre o ante alguna de las innumerables mujeres de la familia que vivían a temporadas en la casa rectoral.

La consecuencia inmediata de la confesión era el aislamiento. Nadie te hablaba ni contestaba Esto tenía por objeto, según puedo entender, hacer que el delincuente sintiera deseos de recibir el castigo y el perdón. Después de la comida y del café se convocaba a las partes al despacho de mi padre. Allí seguían los interrogatorios y las confesiones. Después traían la paleta de sacudir alfombras y uno mismo tenía que decir cuántos azotes creía merecer. Una vez establecida la cuota, se cogía una almohada verde, muy rellena, se bajaban los pantalones y los calzoncillos, lo ponían a uno boca abajo sobre el cojín, alguien sujetaba con firmeza el cuello del malhechor y se daban los azotes.

No puedo afirmar que fuesen particularmente dolorosos, lo que dolía era el ritual y la humillación. Mi hermano lo pasó aún peor. Muchas veas mi madre se sentaba en su cama para curarle la espalda en la que los latigazos habían levantado la piel y marcado sanguinolentas estrías. Como yo aborrecía a mi hermano y temía sus violentos arrebatos de mal genio, sentía una gran satisfacción cuando lo castigaban tan severamente.

Terminada la tanda de azotes, había que besar la mano de mi padre. Inmediatamente se comunicaba el perdón y el peso del pecado caía a tierra dando paso a la liberación y a la misericordia. Es cierto que uno se iba a la cama sin cena y sin lectura, pero el alivio era, de todas maneras, notable.

Había también una especie de castigo espontáneo que podía ser de lo más desagradable para un niño que tenía miedo a la oscuridad: el encierro durante más o menos tiempo en un determinado ropero. Alma, la cocinera, contaba que justo en ese ropero vivía un pequeño ser que les comía los dedos de los pies a los niños malos. Yo oía con toda claridad que algo se movía allí dentro en la oscuridad, estaba totalmente aterrorizado, no me acuerdo de lo que hacía, probablemente me subía a los estantes y me colgaba de los ganchos para evitar que me comieran los dedos. Sin embargo, este tipo de castigo dejó de atemorizarme desde que encontré una solución: escondí una linterna que tenía luz roja y verde en un rincón. Cuando me encerraban la sacaba, dirigía el cono de luz hacia las paredes y me imaginaba que estaba en el cine. En una ocasión, cuando abrieron la puerta, estaba tumbado en el suelo con los ojos cerrados fingiéndome desmayado. Todos se asustaron mucho, salvo mi madre que sospechó que yo simulaba, pero al no poder aportar ninguna prueba no hubo castigo adicional.

Otros castigos consistían en prohibirnos ir al cine, dejarnos sin comer, mandamos a la cama, encerrarnos en el cuarto, hacer cuentas, palmetazos en las manos, tirones de pelo, trabajar en la cocina (lo que podía resultar muy divertido), ostracismo durante un tiempo determinado, etc., etc.

Ahora comprendo la desesperación de mis padres. La familia de un pastor vive como en un escaparate, expuesta a todas las miradas. La casa tiene que estar siempre abierta. La crítica y los comentarios de los feligreses son constantes.

Tanto mi padre como mi madre eran perfeccionistas que, con toda seguridad, se doblegaban bajo esta absurda presión. La jornada laboral de mis padres no tenía límite, su matrimonio era difícil de gobernar, tenían una autodisciplina de hierro. Sus dos hijos reflejaban rasgos de carácter que ellos castigaban incesantemente en sí mismos. Mi hermano no fue capaz de protegerse a sí mismo ni de defender su rebeldía. Mi padre aplicó toda su fuerza de voluntad a destrozarlo, cosa que casi consiguió. A mi hermana la amaban mis padres intensa y posesivamente. Su respuesta fue la autoaniquilación y un suave desasosiego.

Creo que yo fui el que mejor parado salió gracias a que me convertí en un mentiroso. Creé un personaje que, exteriormente, tenía muy poco que ver con mi verdadero yo. Como no supe mantener la separación entre mi persona real y mi creación, los daños resultantes tuvieron consecuencias en mi vida hasta bien entrada mi edad adulta y en mi creatividad. En ocasiones he tenido que consolarme diciéndome que el que ha vivido en el engaño ama la verdad.

Conservo claramente en la memoria mi primera mentira consciente. A mi padre lo habían nombrado capellán de un hospital y nos habíamos ido a vivir a un chalet amarillo situado al borde del gran parque que limita con el bosque de Lill-Jan. Fue un frío día invernal. Mi hermano, sus amigos y yo habíamos estado tirando bolas de nieve al invernadero que había en el extremo del parque. Se rompieron muchos cristales. El jardinero sospechó inmediatamente de nosotros y se lo dijo a mi padre. Empezó el interrogatorio. Mi hermano confesó, sus amigos también. Yo estaba en la cocina tomando un vaso de leche. Alma estaba amasando en la mesa. Por los cristales empañados yo podía vislumbrar uno de los lados del invernadero dañado. Siri entró en la cocina contando los terribles castigos que se estaban infligiendo. Me preguntó si yo había participado en la vandálica destrucción, cosa que ya había negado en el interrogatorio preliminar (en el que fui absuelto de momento por falta de pruebas). Al preguntar Siri en tono de broma y como de pasada si yo había conseguido romper algún cristal, me di cuenta enseguida de que intentaba enredarme y le contesté con voz tranquila que había estado mirando un rato, que había tirado algunas bolas flojas que le habían dado a mi hermano y que luego me había ido porque tenía los pies helados. Me acuerdo perfectamente de que pensé: así se hace cuando se miente.

Fue un descubrimiento decisivo. Casi tan racionalmente como el Don Juan de Molière, decidí convertirme en un Hipócrita. No pretendo afirmar que tuviera siempre el mismo éxito. A veces me descubrían a causa de mi falta de experiencia, a veces intervenían extraños.

La familia poseía una benefactora incalculablemente rica a quien llamábamos tía Anna. Nos invitaba a fiestas infantiles en las que había prestidigitadores y otras atracciones, siempre nos hacía costosos y ardientemente deseados regalos de Navidad y todos los años nos llevaba al estreno del Circo Schumann en el parque de Djurgården.

Este acontecimiento me ponía en un estado de febril excitación: el viaje en coche con el uniformado chófer de tía Anna, la entrada en el enorme edificio de madera intensamente iluminado, los misteriosos olores, el desmesurado sombrero de tía Anna, la estruendosa orquesta, la magia de los preparativos, los rugidos de las fieras detrás de los cortinajes rojos del pasillo que llevaba a la pista. Alguien susurraba que un león se había asomado a un oscuro ventanuco debajo de la cúpula, los payasos me inspiraban miedo y parecían enloquecidos. Me adormilé agotado por tantas emociones y una música maravillosa me despertó: una joven vestida de blanco cabalgaba sobre un enorme caballo blanco.

Me invadió el amor por aquella joven. Pasó a formar parte de mis fantasías con el nombre de Esmeralda (quizá fuera ése su nombre). Finalmente mis fabulaciones dieron el aventurado paso que las hizo entrar en la realidad cuando le confié, bajo juramento de que no diría nada, a mi compañero de pupitre, que se llamaba Nisse, que mis padres me habían vendido al Circo Schumann, que pronto se me llevarían de casa y de la escuela y que me entrenarían para convertirme en acróbata y trabajar con Esmeralda, que estaba considerada como la mujer más bella del mundo. Al día siguiente, mi fantasía era del dominio público. Había sido profanada.

La profesora consideró que el asunto era tan grave que escribió una carta indignada a mi madre. Hubo un juicio terrible. Me pusieron contra la pared, humillado y avergonzado, en casa y en la escuela.

Cincuenta años más tarde le pregunté a mi madre si se acordaba de mi venta al circo. Se acordaba perfectamente. Le pregunté por qué no se rió o se enterneció nadie ante tamaña fantasía y audacia. Alguien podía también haberse preguntado por qué un niño de siete años siente el deseo de abandonar el hogar y de ser vendido a un circo. Me contestó que ella y mi padre ya habían tenido disgustos con mi mendacidad y mis fantasías. Tan preocupada estaba que había ido a consultar al famoso pediatra. Él había subrayado la importancia que tenía para los niños el aprender a distinguir a tiempo la fantasía de la realidad. Ante una mentira flagrante y descarada como aquélla, el castigo tenía que ser ejemplar.

Me vengué de mi antiguo amigo persiguiéndolo con el cuchillo de caza de mi hermano por el patio del colegio. Cuando se interpuso una profesora, traté de matarla.

Me echaron del colegio y me sacudieron de lo lindo. A mi falso amigo le dio una parálisis infantil y murió, cosa de la que me alegré mucho. A mi clase le dieron las consabidas tres semanas de vacaciones y todo quedó olvidado. Yo seguí, sin embargo, fantaseando con Esmeralda. Nuestras aventuras se fueron haciendo cada vez más arriesgadas y nuestro amor más apasionado. Entretanto aproveché para hacerme novio de una chica de mi curso que se llamaba Gladys, engañando de esa manera a Tippan, mi fiel compañera de juegos.

El parque del Hospital de Sophia es grande; la parte de delante da a una avenida, la Vallhallavägen, un lateral al Estadio Olímpico, el otro a la Universidad Politécnica de Estocolmo, y la parte de atrás se adentra profundamente en el bosque de Lill-Jan. Los edificios, que entonces eran pocos, estaban desperdigados por un terreno extenso y ondulante.

Por allí anduve con bastante libertad y viví múltiples experiencias. Me llamaba particularmente la atención la capilla funeraria, una pequeña construcción de ladrillo situada en la parte baja del parque. Gracias a mi amistad con el portero del hospital que se ocupaba de los transportes entre el hospital y la capilla tuve ocasión de escuchar muchas historias interesantes y pude ver muchos cadáveres en diferentes fases de descomposición. Otro edificio, al que en realidad estaba prohibida la entrada, era la central de máquinas, donde había cuatro enormes y atronadores hornos. El carbón se llevaba en vagonetas y lo echaban al fuego unas figuras negras. Varios días por semana llegaban galeras tiradas por pesados percherones. Hombres con capuchones de arpillera llevaban los sacos hasta las trampas de acero abiertas. De vez en cuando llegaban transportes secretos de órganos sanguinolentos y miembros cortados para ser quemados en los hornos.

Mi padre celebraba misa mayor un domingo sí y otro no en la capilla del hospital que se llenaba de enfermeras, vestidas con sus uniformes de gala negros con delantales blancos almidonados y con la cofia distintiva del Hospital de Sophia sobre los esmerados peinados. Frente a la rectoría estaba Solhemmet, el edificio donde vivían las enfermeras ancianas que habían dedicado su vida al hospital. Se comportaban como una orden religiosa con severas reglas conventuales.

Los habitantes de Solhemmet podían ver muy bien lo que pasaba en la rectoría. No se privaban de hacerlo.

A decir verdad pienso en mis años infantiles con placer y curiosidad. Nunca me faltó alimento para la fantasía y los sentidos, y no puedo recordar haberme aburrido jamás. Al contrario, los días y las horas desbordaban de cosas curiosas, parajes inesperados, instantes mágicos. Todavía puedo pasearme por los paisajes de mi infancia y revivir luces, aromas, personas, habitaciones, instantes, gestos, acentos y objetos. Raras veces se articulan en episodios que contar; son más bien películas rodadas al azar, cortas o largas, sin sentido.

La prerrogativa de la infancia: moverse sin dificultad entre la magia y el puré de patatas, entre el terror sin límites y la alegría explosiva. No había más límites que las prohibiciones y las normas, unas y otras eran sombrías, la mayoría de las veces incomprensibles. Recuerdo, por ejemplo, que yo no entendía eso de las horas: «Tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj». Y sin embargo el tiempo no existía. Llegaba tarde al colegio, llegaba tarde a las horas de comer. Me paseaba con absoluta despreocupación por el parque del hospital, mirando cosas y fantaseando, el tiempo dejaba de existir, algo me recordaba que en realidad tenía hambre y ya se había armado.

Era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo que se consideraba real. Haciendo un esfuerzo podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, espectros y fantasmas. ¿Qué iba a hacer con ellos? Y los cuentos, ¿eran reales? ¿Dios y los ángeles? ¿Jesucristo? ¿Adán y Eva? ¿El Diluvio? ¿Qué pasó en realidad con Abrahán e Isaac? ¿Pensaba de verdad cortarle la cabeza a su hijo? Excitado, con los ojos clavados en el grabado de Doré, me identificaba con Isaac, eso era real: el padre estaba pensando cortarle la cabeza a Ingmar, ¿y si el ángel llega demasiado tarde? Habrá lágrimas. Se derrama sangre e Ingmar sonríe pálidamente. Realidad.

Y entonces llegó el cinematógrafo.

Fue unas semanas antes de Navidad. Jansson, el uniformado chófer de la incalculablemente rica tía Anna, había venido a traer una gran cantidad de paquetes que, según la costumbre, se ponían en el cesto de regalos de Navidad que se metía en el armario que había debajo de la escalera de acceso al piso de arriba. Había un paquete que despertaba especialmente mi excitada curiosidad: era marrón y cuadrado y en el papel de envolver ponía «Forsners». Forsners era una rienda de fotografía que había en la cuesta de la Hamngaran. No vendían únicamente cámaras, sino también cinematógrafos de verdad.

Lo que yo más deseaba en el mundo era un cinematógrafo. Un año antes había ido al cine por primera vez y había visto una película que trataba de un caballo, creo que se titulaba «Belleza Negra» y estaba basada en un famoso libro infantil. La pasaban en el cine Sture y nosotros estábamos en la primera fila del anfiteatro. Para mí ése fue el principio. Se apoderó de mí una fiebre que no desaparecía. Las sombras silentes vuelven sus pálidos rostros hacia mí y hablan con voces inaudibles a mis más íntimos sentimientos. Han pasado sesenta años y nada ha cambiado, sigue siendo la misma fiebre.

Poco después, ese mismo otoño, fui a casa de un compañero de colegio. Tenía un cinematógrafo y unas cuantas películas y nos hizo una función de cumplido a Tippan y a mí. El anfitrión me permitió darle a la manivela mientras él le metía mano a Tippan.

La Navidad era una explosión de regocijo. Mi madre dirigía la fiesta con mano firme. Tuvo que haber habido una considerable organización detrás de aquella orgía de hospitalidad, comidas, parientes que llegaban, regalos y ceremonias religiosas.

En nuestra casa la Nochebuena era un acontecimiento bastante tranquilo que empezaba con la oración de Navidad en la iglesia a las cinco y seguía luego con una comida alegre, pero mesurada. Después se iluminaba el árbol, se leía el evangelio de Navidad y nos íbamos pronto a la cama porque teníamos que levantarnos a tiempo para la misa del alba que en aquella época era de verdad al alba. No se repartía ningún regalo, pero la noche era animada, un prólogo excitante de los festejos del día de Navidad Después de la misa del alba, con sus velas y trompetas, daba comienzo el desayuno de Navidad. Para entonces mi padre ya había cumplido sus obligaciones profesionales y cambiaba la sotana por el batín. Solía desplegar su mejor humor y pronunciaba un improvisado discurso en verso para los invitados, cantaba canciones especialmente compuestas para la fiesta, brindaba con aguardiente, imitaba a sus colegas y hacía reír a todo el mundo. A veces pienso en su alegre ligereza, su despreocupación, su ternura, su amabilidad, su temeridad. Pienso en todo aquello que las tinieblas, la pesadez, la brutalidad y el distanciamiento borraron con tanta facilidad. Creo que muchas veces he sido muy injusto con mi padre en mis recuerdos.

Después del desayuno íbamos todos a la cama a dormir unas horas. La organización interna tuvo que haber seguido funcionando ya que a las dos en punto de la tarde, justo al anochecer, se servía el café. La casa estaba abierta para todos los que querían desear Felices Pascuas en la rectoría. Algunos de los amigos eran músicos de profesión y en las festividades de la tarde solía haber un concierto improvisado. Y así se iba acercando el cenit pantagruélico del día de Navidad, que era la cena. Tenía lugar en la amplia cocina donde provisionalmente se había suprimido el rango social. La comida estaba en la mesa y en los bancos del fregadero cubiertos con manteles. Los regalos se repartían en la mesa del comedor. Se traían los cestos, mi padre oficiaba provisto de un puro y una copa de licor, se entregaban los paquetes, se leían versos, se aplaudían y comentaban; no había regalo sin versos.

Y ahora viene lo del cinematógrafo. Fue a mi hermano a quien se lo dieron.

Yo empecé inmediatamente a aullar, fui reprendido, desaparecí debajo de la mesa donde seguí gritando, me dijeron que hiciera el favor de callarme, me fui corriendo al cuarto jurando y maldiciendo, pensé escaparme de casa y, finalmente, me dormí de tristeza.

La fiesta siguió su curso.

Desperté ya entrada la noche. Abajo, Gertrud cantaba una canción popular, la luz de la lámpara estaba encendida. Una lámina transparente con el portal de Belén y la adoración de los pastores brillaba tenuemente sobre la alta cómoda. En la mesa blanca plegable, entre los demás regalos de mi hermano, estaba el cinematógrafo con su chimenea curvada, su lente circundada por el latón delicadamente trabajado y su soporte para los rollos de película.

Tomé una decisión rápida, desperté a mi hermano y le propuse un trato. Le ofrecí mis cien soldados de plomo a cambio del cinematógrafo. Como Dag tenía un gran ejército y siempre estaba enzarzado en asuntos bélicos con sus amigos, llegamos a un acuerdo satisfactorio para los dos.

El cinematógrafo era mío.

No era una máquina complicada. La luz procedía de una lámpara de queroseno y la manivela estaba unida a una rueda dentada y a una cruz de Malta. En el lado posterior de la caja de hojalata había un sencillo espejo reflector. Detrás de la lente había un soporte para transparencias coloreadas. Con el aparato venía también una caja cuadrada de color violeta. Contenía unas cuantas transparencias de vidrio y una película de 35 mm. de color sepia. Medía unos tres metros y estaba pegada formando una cinta sin fin. En la tapa venía el título de la película: Frau Holle. Nadie sabía quién era la tal Frau Holle, pero con el tiempo se aclaró que era el equivalente popular a la diosa del amor de los países mediterráneos.

A la mañana siguiente me retiré al amplio ropero de nuestro cuarto, coloqué el cinematógrafo sobre un cajón, encendí la lámpara y dirigí la luz hacia la blanca pared. Después lo cargué con la película.

En la pared apareció la imagen de una pradera. En la pradera dormitaba una joven vestida con lo que parecía un traje regional. Al mover la manivela —esto no se puede explicar, no puedo poner en palabras mi excitación; puedo, en cualquier momento, rememorar el olor del metal caliente, el olor a polvo y alcanfor del ropero, la manivela en mi mano, el tembloroso rectángulo de la pared—.

Yo movía la manivela y la joven se despertaba, se sentaba, se levantaba lentamente, estiraba los brazos, daba una vuelta y desaparecía por la derecha. Si seguía dando a la manivela, la chica volvía a estar en la pradera y luego repetía exactamente los mismos movimientos.

Se movía.

 

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