Cuerpos

Marcos Tabossi

 

Cuando abrí la puerta el cuerpo ya estaba ahí. Estábamos cansados y nerviosos. La hija de Conto se había resistido más de la cuenta. Ahora, atada y amordazada en el cuarto de arriba, nos había dado un respiro. Pero entonces sonó el timbre.

Walter me gritó que no atendiera. Pero, ¿si era alguien que había visto movimientos raros? Mejor atender y tratar de disuadir antes que levantar más sospechas, pensé. Además, podría haber sido Kevin que llegaba más temprano.

Era un cuerpo pálido que ya empezaba a emanar un olor putrefacto. Llamé a Walter, que estaba arriba vigilando a la hija de Conto, y le dije que bajara de inmediato. Los dos nos quedamos pasmados, sin saber qué hacer, mientras el cadáver seguía ahí, obstruyendo la entrada, mirándonos, como esperando que hiciéramos algo. Lo tomé de las axilas y le indiqué a Walter, con la mirada, que lo alzara de las piernas. Nunca había levantado a un muerto y pesaba más de lo que imaginaba.

Lo llevamos al sillón. Di unas vueltas alrededor del cadáver como un perro antes de cavar y guardar el hueso, y después fui hacia el teléfono movido por un impulso.

—¿Qué haces? –dijo Walter.

—Voy a llamar a la policía. Les explicamos que alguien lo dejó en la puerta y que se lo lleven.

—¿Sos idiota? –gritó Walter y me arrastró de un brazo alejándome del aparato–. Tenemos a la hija de Conto secuestrada, la están buscando por todos lados, ¿y vos querés llamar a la policía?

—¿Y si no qué? ¿Se te ocurre algo mejor? ¿Querés que llamemos un taxi para que se lo lleven al río? Llamemos a Kevin, entonces. Él sabrá qué hacer.

—No lo podemos llamar. Él se va a comunicar con nosotros, ¿no lo escuchaste? Capaz que tiene el teléfono intervenido. ¿Lo querés mandar en cana?

Walter, que estaba más nervioso que yo, pensaba con más claridad, pero su cuerpo no reaccionaba. Yo, en cambio, estaba hecho un maníaco. Subía cada dos minutos para comprobar que la hija de Conto estuviera bien atada y me asomaba a la ventana todo el tiempo, no sé si por miedo a que nos hubieran visto o con la ilusión de que alguien llegara, nos diera las explicaciones del caso, y se llevara el cuerpo pidiéndonos disculpas.

Claro que eso no pasó. Lo que sí pasó fue el timbre, que sonó otra vez. Era un jardinero que al ver los pastos de la entrada tan altos, se estaba ofreciendo a hacer una changa. Lo atendió Walter, que apenas abrió la puerta lo necesario para sacar la cabeza. Estaba a punto de ahuyentarlo cuando vio que el pibe andaba en una camioneta donde llevaba las herramientas y bolsas de consorcio llenas de mugre.

Entonces le dijo que sí, que pasara a cortar el pasto. Después entró y me dijo que subiera a cuidar de la hija de Conto, que él se encargaría del cadáver. Se llevaría la única pistola que teníamos. No iba a demorar más de un par de horas.

Subí, cerré la puerta del cuarto y puse música bien fuerte. Pasaron varias horas y ni noticias de Walter. La chica y yo, en la habitación, mirándonos, y viendo por la ventana el final del día. Sus ojos, verdes agua, parecían ahogados, ya no tenía lágrimas. Decidí sacarle la mordaza, le dije que pronto la dejaríamos ir sin hacerle daño. Le hablaba en plural, pero en ese momento, ya estaba solo. Ella se tranquilizó y pudimos charlar para matar el tiempo. Yo, que hubiese deseado nacer en otro barrio y ser hijo de un empresario millonario, por ejemplo, la escuchaba a ella, la hija de Conto, lamentar haber nacido en esas condiciones. No sé cómo hizo pero me convenció de que le sacara las amarras. Su voz, ahora calma, me resultaba de una dulzura familiar. Cualquier cosa que dijera la sentía cercana, como si compartiéramos los mismos códigos. Era esa clase de chicas que podría convencerte de cualquier cosa. Le compartí parte de mi comida: un sanguche de mortadela y queso. Ella me dijo que yo no era como mi compañero –Walter-, que era otra clase de tipo y que pensara en lo que estaba haciendo, que para ir bien con estas cosas no hay que tener corazón, y que yo era demasiado bueno.

Había algo que nos unía: ninguno de los dos queríamos estar en esa situación. Yo tenía miedo, mucho miedo. Más que ella, incluso. Pasaban los minutos y la idea de que tanto Walter como Kevin habrían caído crecía más y más. Ya no podía controlar mis nervios. Ella me abrazó y me dijo que me tranquilizara, que teníamos que pensar algo juntos para salir de ahí. Después se acercó a mi oreja y me pasó la lengua. Juro que no quería perder el control, pero no pude: acabamos revolcándonos en el suelo.

Nos quedamos abrazados un largo rato, quietos, como si fuéramos dos hermanitos solos en la casa que se meten debajo de la cama al escuchar entrar ladrones.

Así me dormí, imaginando que tal vez mi vida podía cambiar a su lado. Pero cuando desperté, ya no estaba. Quedaba su bombacha, nomás, olvidada debajo de la cama.

Ahora entendía lo que me había dicho Kevin, eso de que no habláramos con las víctimas bajo ninguna circunstancia. Porque cuando hablamos, perdemos.

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