Alguien más

Miguel Rodríguez

 

Aquel día la vi y me resultó incomprensible no haberme dado cuenta antes.

Llevo dos meses aquí y ya he sentido el frío. Me ha pasado en todas las casas en las que he vivido, por eso no me he sorprendido al notarlo de nuevo. Al fin y al cabo, no es el frío de lo que he venido huyendo, y tampoco es que sea intenso, es más bien algo constante, creo que vive en las esquinas y que de vez en cuando se despereza y se extiende por el resto de la vivienda. Cuando es así, intercambiamos papeles, residencia, tomo su lugar y me acurruco en un rincón que – imagino – ha de estar más templado, y procuro dejar que él se expanda por el resto de las salas y me olvide un rato.

Anoche, mientras me escondía en una de estas esquinas, la descubrí. No me explico cómo pude pasar esto por alto al llegar, hace ya tantas semanas. Apenas llama la atención, cierto, pero si uno deja la mirada perdida se hace evidente que siempre ha estado allí. Bueno, o tal vez no; quizás haya llegado hace poco, como yo, de otras casas, permanecido oculta y escondida a mis ojos, y ahora, sin motivo alguno que yo pueda percibir, se hace visible. Porque estas cosas suceden así, sin motivo, con esto prefiero quedarme, pues si lo hubiera creo que empezaría a pensar cosas raras de esas que salen a veces en la tele, y no, yo no soy así. O, al menos, nunca antes lo he sido, aunque tal vez esto sea algo que comience a mostrarse también al llegar a esta casa. Se lo he dicho al casero, él insiste en que todo estaba en perfectas condiciones cuando me la alquiló, pero ha acabado por acceder y atender mi queja. Vino por la tarde, en medio del frío, y sí, allí seguía, se veía perfectamente: una mancha extraña al fondo de la pared de la sala, junto a la ventana. ‘Nada relevante’, dijo, ‘no hay motivo para preocuparse’, y añadió que enviaría a alguien a hacerse cargo del arreglo. Me desconcierta la facilidad con la que alguien decide que hay o no hay motivo para algo que atañe a una vida que no es la suya, en este caso la mía.

Así sucedió, y a los pocos días llegó un operario muy temprano y comenzó a frotar y lijar, pulió y añadió mezclas y dio una mano de pintura a la esquina en cuestión. La pared quedó limpia y él volvería el fin de semana, cuando ya se hubiera secado, para darle una segunda mano. Cuando volvió, el hombre no comprendía cómo era posible que la mancha hubiera vuelto a salir, que no se hubiera deshecho después de su tratamiento y que mostrara el mismo aspecto que antes de venir unos días antes. Porque esto es lo que creo, lo que prefiero creer, que esa era la primera vez que venía, pero no lo sé. No sé si la mancha había estado antes aquí, con otros inquilinos, con otros propietarios, con otros operarios. No sabía qué hacer, y repitió las tareas propias del arreglo, tal como hiciera días atrás, deseando que éstas hubieran adquirido alguna propiedad mágica que le salvara de su angustia, de su duda. O, tal vez, de su certeza. Una repetición que trastocara el caos, el azar, la persistencia obstinada de lo desconocido por manifestarse como le dé la gana. Eso es lo que he elegido creer, que todo ello le era desconocido, pues de otra manera sería incapaz de dormir por las noches. Al poco, se fue sin anuncio de cita posterior para comprobar el estado de la pintura. El futuro había dejado de existir para él. ¿Dónde vivía este hombre? ¿Sería propietario o estaría de alquiler, como yo? ¿Tendría manchas de este tipo en su casa? ¿Por qué vino él, precisamente?

A la semana siguiente decidí hacerme yo cargo del asunto y ponerme manos a la obra. Nadie quiere vivir con una mancha en su sala de estar, en el centro de su vida. Alguien que llegase podría dejar la mirada perdida un instante y la percibiría de inmediato, aunque no es muy común perder la mirada en casas que no sean la nuestra. Pero sucede, tenemos una capacidad hiperdesarrollada para detectar manchas y decidir si son preocupantes o no. Metido en faena, froté con estropajos de esparto, hice uso de todo tipo de limpiadores y razonamientos absurdos que había almacenado durante años, la lavé esperando que se deshiciera y, para mi sorpresa, cuanto más la frotaba, más nitidez iba adquiriendo ésta. Era como si la acción de rascar fuera sacando a la superficie algo distinto, líneas que se buscaban libres de la capa de pintura que las encerraba y que caía por fin junto con todos los motivos que siempre procuramos tan limpios para las visitas. Aturdido y cansado de un esfuerzo en balde, me fui a la cama, a una de las esquinas de mi cama tan fría, esperando que con el paso de las horas la mancha cediera a mi intento y fuera disipándose.

Hay horas demasiado largas. El frío conoce mi cama y parece haberle cogido apego, a veces es lo único que queda después de tantos años negociando hábitos y motivos. Me visita demasiado a menudo. Muchas noches se acerca, me pide esquina y cuerpo, y me despierto helado, tiritando. No quiero que me toque. Cuando me toca, me convierto yo también en frío. No sé si en realidad éste sea el mismo que he conocido en las otras casas en las que he vivido, y se haya mudado aquí conmigo. El frío tiene múltiples manifestaciones. Quizás éste piense que somos algo así como familia, que no debe dejarme.

Los días siguientes fueron una metamorfosis, un ir y venir geométrico de líneas que se movían y se revolvían entre ellas con virulencia y delicadeza, una gestación inesperada buscando un contorno nítido, un perfil. Durante este tiempo, el frío fue más intenso que de ordinario. Atacó con rabia el lavabo, el dormitorio, la despensa, mi piel, mis recuerdos, mi conciencia. Lo que yo sabía de mí. Todo en la casa era frío, todo se había detenido. Y en este parón, de repente, algo cesó sutilmente. Cedió mi impulso por apretar la sábana tratando de exprimir algo de calor; cedió la sensación de ser un invitado en mi propia casa. El frío había dejado de ocuparme. Me desperecé rápido para ir a ver qué había pasado. Y la vi, por fin la vi. Ya no había guerra, ni revoltijo de rayas en direcciones contrapuestas. Solo había una silueta clara, definida, una figura humana que había roto la pintura y había decidido vivir. Una mujer que me miraba sin motivos, sin razonamientos, sin líquidos limpiadores, con un poco de sueño y algo despeinada.

– ¿Cómo has llegado aquí? ¿Quién eres?

La pregunta me la hizo ella a mí, no yo a ella.

– ¿Has vivido aquí siempre? ¿Has llegado de otras casas? ¿Te gusta este color de la pared? No te hace bien la humedad, ¿verdad?

Uno no suele ver lo que hay más allá de una mancha hasta que no se abandona a un cierto mirar. La mujer que conocí y que habitaba mi casa sin yo saberlo había ido dejando algo suyo por cada una de las casas por las que yo había ido pasando, desde las que ha venido a buscarme. Hay gente que tiene la capacidad de traspasar muros, conciencias, palabras, y que llega a uno por medio de líneas sutiles que no siempre acertamos a ver más allá de las manchas de presentación. No sé cuánta más gente en mi vida haya de manifestarse en esta casa a la que he llegado. Beso sus líneas, su contorno, sus curvas, su marca de nacimiento, una especie de garabato o tatuaje. Acaba de llegar a mi casa una mujer que no marca mis palabras, sino que las acoge. Tal vez me estoy convirtiendo en un grafiti. Observo el resto de las salas en una casa de la que me marcharé pronto, muy pronto. La mujer y yo hemos resuelto dar un frotar a todas las paredes antes de irnos. Intuyo que vendrá alguien más con nosotros.

Como he dicho antes, aquel día la vi y me resultó incomprensible no haberme dado cuenta antes.

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